DE LA VIRGEN DE LA MONTAÑA

La Virgen de la Montaña, Patrona de Cáceres, allá en su santuario, en lo alto de la Sierra de la Mosca, al que tanto peregrinan los paisanos, es objeto de fe, de culto, de devoción, de esperanza, de tradiciones, de promesas, de pasión…

Y, también, de curiosidades que se enmarcan en la historia alrededor de la Virgen de la Montaña.

Esta es el reflejo o, si se prefiere, mejor, el recorrido de una sorprendente curiosidad alrededor de la misma. Un día cualquiera, allá por los mediados del pasado siglo XX, los consumidores de Ceregumil, un rico jarabe que algunos tomábamos como complemento alimenticio, nos encontramos con el obsequio de una colección conformada por la estampa de Vírgenes y Patronas de España.

Un día, pues, de Aquellos Tiempos, al abrir la caja de Ceregumil, apareció la correspondiente a la Virgen de la Montaña. La que llevara hasta el Santuario aquel peregrino y ermitaño, de nombre Francisco de Paniagua, natural de la localidad de Casas de Millán, que recorría caminos, veredas y senderos pidiendo ayudas y limosnas tratando de alzar una capilla para su imagen. Francisco de Paniagua llegó a Cáceres en 1621 y, gracias a tantas atenciones, ayudas y esfuerzos, se quedó en la entonces Villa.

Una estampa que aparecía así en la ilustración de la lámina como obsequio junto al jarabe y que, como tantas y tantas curiosidades, fue y generó toda una larga comidilla a lo largo y a lo ancho de la ciudad y que corrió de boca en boca entre tertulias, conversaciones en los zaguanes y a las puertas de las casas, en los corrillos de pequeños y mayores, en las barras de los bares, en los paseos cotidianos, Plaza Mayor y Pintores arriba, Plaza Mayor y Pintores abajo, propios de aquellos tiempos, aunque muchos, se estiraban en tales recorridos y trasiegos, sin mayores prisas, calando, pues, el segmento de San Pedro, San Antón hasta lo más alto de Cánovas.

Ceregumil se conformaba como un brevaje tonificante y reconstituyente que inventara, allá en 1907, el boticario Bernabé Fernández Sánchez, en su laboratorio de la ciudad cordobesa de Montilla, con una mezcla macerada compuesta por extractos de trigo, cebada, maíz, avena, judías y lenteja, glicerofosfato de calcio, miel de abejas y azúcar de caña.

El anverso de la estampa de Ceregumil con su slogam promocional como “el mejor alimento para ancianos, niños y convalecientes“, no dejaba de resultar menos llamativo.

Hoy, tantos años después, la marca del jarabe continúa en el revoloteo del mercado, siempre tan competitivo.

Y como quiera que los tiempos cambian que es una barbaridad, como se suele decir coloquial y popularmente, ahora el compuesto, entre otra serie de recomendaciones, para combatir el estrés laboral, el cansancio y el decaimiento.

¡Así, pues, que nos sea leve, amigo lector…!

 

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