Eulogio Saavedra, un popular taxista de Cáceres de aquellos tiempos

Había pocos taxistas en la pequeña capital de provincia. Todos ellos, por cierto, muy conocidos, populares, serviciales y queridos. Eulogio Saavedra Rosado era uno de ellos

Saavedra en Margallo con su Chevrolet.
Saavedra en Margallo con su Chevrolet. / El Periódico

Artículo publicado por Juan de la Cruz Gutiérrez en «El Periódico Extremadura» el 19 de septiembre de 2026, y capítulo XXV de su sección «Cacereñeando«.

Eulogio Saavedra Rosado (Villar del Rey, 1902-1975), era hijo de Elías Saavedra Bermejo y de Petra Rosado Aldana, agricultores, que tuvieron otros cinco hijos: Emilia, Isabel, Francisca, Rafael y Alonso. Los tiempos aquellos se caracterizaban para los humildes por su dureza, la continuidad de esfuerzos y sudores, de sacrificios y penoso, como se radiografiaba a través de las demandas, quehaceres y exigencias del campo.

Tanto que Rafael Saavedra Aldana, hermano de Eulogio, nuestro protagonista de hoy en la sección y cita semanal de “Cacereñeando”, decidió abandonarlo para alistarse en el ejército, combatiendo en la Guerra de Africa, (el Gurugú, que decía él, el tremendo monte Gurugú como refugio de moros para sus ataques contra las guarniciones españolas). En base a una gran entrega y capacidad de servicio alcanzó la graduación de capitán, con destinos a caballo entre Cáceres y Plasencia.

Con las relaciones del mismo en una pequeña capital de provincia, con su consideración al tiempo como oficial militar, Rafael emprendió el empeño de buscar su primer empleo a Eulogio, a fin de que abandonara, ya en aquellos lejanos tiempos, la crudeza y severidad que definían las constantes y duras tareas del mundo del agro, como haría, posteriormente, con sus hermanas Paca e Isabel. De este modo y manera Eulogio SaavedraAldana dejaba atrás el panorama rural de Villar del Rey y comenzaba a desempeñar un nuevo cometido como el que era servir como conductor de un personaje como el que representaba la figura de don Marcial Higuero Cotrina

Junto a su mujer y su hijo en Cánovas.
Junto a su mujer y su hijo en Cánovas. / Cedida a El Periódico

Los tiempos, pues, y la situación de Eulogio Saavedra, cambiaban afortunadamente de la noche de ayer, en medio del campesinado de Villar del Rey, con una situación más desahogada y animada, a su estabilidad en Cáceres y un trabajo que le infería una situación totalmente diferente a la que le ofrecía el pueblo que, cada más, quedaba un poco más lejos, aunque, eso sí, siempre en lo más hondo de sus corazón, con el desfile de las estampas familiares que tanto se asomaban en su alma y en su corazón.

De este modo y manera la familia Saavedra se instaló, inicialmente, en la calle Reñidero de Gallos. Con el transcurso del paso del tiempo, sus componentes, claro es, se fueron abriendo paso, a través de sus inquietudes y relaciones, en un mayor abanico humano y con el paulatino despliegue de diversas ramas del árbol familiar que se iba abriendo en la capital cacereña. De este modo y manera, en el caso concreto de Eulogio Saavedra, el mismo se trasladó a la calle Margallo 29, primero, y 33, después.

Eulogio Saavedra, un taxista popular

Eulogio Saavedra, persona muy trabajadora, se levantaba en plena madrugada, cuando la oscuridad era, aún, fuerte. Se instalaba en su puesto de la parada de taxis, ubicado en la céntrica Plaza de San Juan, cuando en la ciudad cacereña tan solo existían otras dos paradas, en la Plaza Mayor y en lo alto de Cánovas. Unas largas jornadas, a piñón fijo, a la espera de la clientela. Así, pues, Cáceres arriba, Cáceres abajo, carretera arriba, carretera abajo, y, también, por las carreteras que desembocaban en todos los pueblos de la geografía altoextremeña.

A Eulogio le gustaba, sobremanera, cargar viajeros y trasladarlos hasta los más variados y diversos municipios de la provincia. De este modo, como señalaba, podía contemplar la hondura y el sabor del pais0aje extremeño, entre rebaños de merinas trashumantes, entre encinares, y, mejor aún, todavía, con una buena charla al medio, por lo general, con los pasajeros de sus taxis.

Un oficio y una ocupación que le infería una relación amplia, como servicio particular. Aunque también le seducían los pequeños compases de espera en las respectivas parada que transcurrían pasaban tertulias con los compañeros taxistas.

Saavedra en la calle Margallo.
Saavedra en la calle Margallo. / Cedida a El Periódico

Don Valeriano (Gutiérrez Macías, claro es), conocedor de todo los ámbitos que emanaba aquel Cáceres, que albergaba en lo más profundo de sí, señalaba que Eulogio Saavedra “era un tipo campechano y sencillo, amigo de pegar la hebra cercana y humana, buena gente, añadiendo, entre otros argumentos y razones que por su don de gentes, su amabilidad, su disponibilidad y las exigencias, por decirlo de algún modo, de su trabajo, conocedor de Cáceres, como la palma de la mano, como se solía decir, como un taxista. Y al que todo el mundo conocía, desde la primera autoridad municipal hasta el último ciudadano.

En aquellos ratos de asueto, siempre endiente con el rabillo del ojo de que lesaliera alguna carrera, fuera donde fuera, Eulogio Saavedra pegaba la hebra y se echaba sus buenas parrafadas con todos los compañeros que conformaban las listas de taxistas de la capital de Cáceres, como Galvao, losCurinas, a quienes conocían así porque ambos habían pasado por el Seminario, Penalti, los Portillinos, al mayor de los cuales le conocían como Culopato, porque, según señalaba el aire popular humano, al andar parecía un ánade, mientras que el pequeño se mostraba como un tipo cordial, Isidro, buen amigo de Saavedra y su familia, Aguirre, a quien llamaban el Serio, Eladio, Celestino, Pedro Polo el “Liebre”… Todos ellos, eso sí, muy entregados a sus afanes con el servicio popular y social que se transparentaba a través de ese trabajo, muy humano, muy vocacional y, también, muy servicial.

Saavedra, un taxista al servicio ciudadano

Eulogio charlaba, como sus compañeros de trabajo, de las cuestiones que se distinguían en la actualidad. Claro que, a fin de cuentas, como suelen demarcar los que trabajan, de modo permanente, prestando su servicio con las gentes en los viajes del taxi. Los argumentos de las mismas, charlas de la gente de a pie, como contaba Eulogio Saavedra, que transcurrían entre la escalada de los precios en el Mercado de Abastos, la marcha del Club Deportivo Cacereño, los colores de su equipo, los nuevos establecimientos que se enmarcaban e incrustaban en el paisaje urbano cacereño, el paisanaje amigo, las festividades y romerías, las buenas casas de comidas para recomendar a la clientela, el crecimiento paulatino de la ciudad por los cuatro puntos cardinales, aunque la misma se iba estirando preferentemente hacia el sur, las defunciones, las nuevas modas, las decisiones de los munícipes los tipos populares que trasegaban por las callejuelas y plazoletas de Cáceres…

También, claro es, el consejo y recomendación: De servicios, de preguntas, de orientaciones. “Porque un taxista no deja de estar al servicio de todos”. Y de cuando vez, que nunca viene mal, una copita de cazalla.

En el decir del murmullo popular el de Eulogio Saavedra, pudo haber sido, probablemente, el primer coche de un vecino de la calle Margallo. Aunque ya cuenta su hijo, también Eulogio de nombre, que, además del Chevrolet, su padre tuvo un Renault 4,4, un Gordini y un Renault 8.

Un coche, por cierto, el Chevrolet, toda una joya, que cuidaba, como no podía ser de otra forma, como oro en paño. Y que recogíaen un solar de la calle San Justo. Precisamente donde el médico otorrino y caballero legionario don Luis María Gil y Gil ensayaba con frecuencia con la soldadesca legionaria cacereña. Un solar, además, en el que también tenía su taller un personaje también célebre en todo Cáceres como era Vito, el muñequero.

Probablemente entre aquellos taxis que tuvo nuestro protagonista viniera a desfilar una buena parte de los cacereños de aquellas generaciones que veían, en su rostro, y encontraban, en su carácter, una persona muy cercana y dicharachera.

Eulogio Saavedra, una persona de exquisita cordialidad con todos, se casó el año 1939 con Concepción Fernández Hidalgo, (1918-2011), hija de Juan, un militar nacido en León y destinado en Ceuta, y de Chanita, con la que tuvo tres hijos, Petra, Concepción y Eulogio, (1954), bachiller en el Colegio San Antonio de Padua, y que fuera maestro en Zarauz.

La familia Saavedra está emparentada, entre otras, con familia de los Fajardo, de la calle Margallo en aquel entonces, Juan Fajardo Patrón, mítico interior derecho del Club Deportivo Cacereñoy, María Antonia Fernández Hidalgo, la célebre comadrona cacereña, que presta su nombre al callejero cacereño, con la humilde aportación del periodista y autor de esta sección, “Cacereñeando”. María Antoniavionacer a miles de cacereños, que, de uno u otro modo, forman parte de ese inmenso álbum humano del cacereñismo.Así mismo también se encuentran están emparentados con Fabián Guerra, que fuera militar, casado con Francisca Saavedra, hermana de Eulogio, también, en el Cáceres de Aquellos Tiempos, con residencia en aquella inmensa calle Margallo, que, un día del año 1893 suplía a la placa de calle Moros, honrando el nombre de quien fuera General de Brigada y Comandante Militar de Melilla, muriendo de tres balazos de los moros, cuando defendía la bandera nacional en el fuerte de Cabrerizas Altas, con tan solo trescientos cincuenta soldados ante una multitud de dieciocho mil bereberes.

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