‘La Farruca’, la última lavandera en dejar su trabajo en el lavadero de los Beltrán, años setenta, un ejemplo de las severas tareas y trabajos en el Cáceres de aquellos tiempos
Artículo de Juan de la Cruz Gutiérrez publicado en «El Periódico Extremadura», del 12 de septiembre de 2026, como el capítulo XXV de su sección que lleva por título «Cacereñando«

‘Las lavanderas de Cáceres, todas contentas están. Se han comido de merienda una sardina con pan’ (‘Jota de las Lavanderas‘).
Vicenta Polo Salgado (Cáceres, 1907-1989), hija de Andrés, hortelano, y Juliana, que se dedicaba a las múltiples labores, afanes y trajines derivados de las tareas de las amas de casa de aquellos tiempos. El apodo con el que era conocida la familia en todo Cáceres, el de Farruco, proviene de la familia paterna y a quienes apodaban con el apelativode farrucos, tanto por su carácter como por su temperamento.
Recorrer los pasos, caminos y tareas de la Farruca, se ofrece, por tanto, como toda una imagen y un espejo auténtico de tantas otras lavanderas de aquel duro oficio en Cáceres.
Hablamos del carácter y temperamento al que se fue haciendo desde muy joven Vicenta Polo Salgado. Una mujer menuda, con gran aguante físico, echada para adelante, dicharachera, con genio y con ingenio a la vez, con una lengua mordaz y adelantada a su época. Vicenta era la segunda de cuatro hermanos, junto a Francisco, Fernanda y Paula, que se criaron en aquel hogar de tantas dificultades y adversidades. Aunque que, eso sí, rebosaba de cariño y unión familiar.

La Farruca nació en el número 24 de la calle Picadero. Desde niña aprendió a saber de las dificultades, necesidades y carencias en la casa familiar, lo mismo que oía el toque de las campanas de la iglesia de Santiago. Unas veces llamando a la misa insistentemente, en otras doblando por algún difunto. Del mismo modo que también se deleitaba con el crotoreo de las cigüeñas, con el silencio y la paz de la zona que respiraba y respira el barrio.También escuchaba, claro es, esas voces intermitentes que salían de las gargantas de una serie de vendedores ambulantespregonando sus mercancías: “Picón, quién?” “A raja y calá”, “Tomates coloraos”, “Piporros finos, macetas de barro”, “El afilaooooó”, “El dulcero del Casaaaaar”…
La severidad de la vida de la lavandera
Su familia, como las de todas las lavanderas, pertenecía a la clase trabajadora, llevando una vida dura, con bajos jornales y frecuentes temporadas de paro. En algunos casos las viviendas eran compartidas por varias familias, que se decían moradores, incluso con cocina común. Sin embargo, la casa de Vicenta estaba habitada solo por ellos, disponía de un amplio zaguán, cuatro habitaciones una espaciosa cocina, cuadra y pajar, ya que debido al trabajo de su padre en el campo necesitaban una caballería.
Por su condición social y familiar nuestra protagonista no pudo asistir, lamentablemente, a la escuela, encontrándose, desde muy pequeña, en la obligación y en la necesidad, de arrimar el hombro a las tareas domésticas, junto a su madre, conociendo desde muy pequeña la aspereza de sus pasos. Por lo que se vio obligada a incorporarse a esa serie de funciones como suponían las de ir con el cántaro a por agua a la fuente, aprender a cocinar, a coser y demás labores.
También, desde muy joven, comenzó a trabajar como lavandera para conocidas familias cacereñas como las del locutor Cayetano Polo “Polito”, los Acha, los Donaire y Juanita Franco, entre otros, recorriendo durante muchos años el largo camino que transita entre el domicilio familiar y el lavadero de Beltrán, situado en los regajos, antigua carretera del Casar de Cáceres, que debe su nombre a José Beltrán, un riojano que llegó a la capital cacereña en 1901. Una larga caminata, pues, que llevaba a cabo con la rodilla para cargar con el barreño de cinc sobre la cabeza, el batidero, dos cubos, uno con ropa, con el jabón casero y comida en el otro, y el rodillero de madera con una almohadilla de trapos viejos. Lo mismo en las gélidas mañanas invernales, con pilas cubiertas por láminas acristaladas de hielo; con calores sofocantes en el tiempo estival. La piladonde lavaba la ropa, era la primera de la fila, a la izquierda del lavadero, y la más cercana al Caminito del Pozo, justo al lado de los Chabarcones.

Cuando Vicenta “La Farruca” y otras lavanderas cacereñas hacían un alto en el camino solían tomar conservas, sobre todo sardinas o caballas, algún chorizo, patatera y queso fresco o añejo.
En una diversidad de ocasiones aquellos senderos a Vicenta se le hacían casi interminables. Muchas veces cansada por el peso y la incomodidad de los acarreos. Un recorrido que en ocasiones hacía con el cielo cubierto de nubes ligeras o pesadas, blancas o grises que amenazaban lluvia hasta que de repente el cielo se vaciaba a cántaros. Otras mañanas se despertaban con el aliento formando un halo que se diluía en el aire. En muchas ocasiones Vicenta se encontró con las pilas cubiertas por capas de hielo que semejaban cristales. Entonces tiraban de la lumbre y calentar agua para evitar la aparición de los temidos sabañones, que enrojecían sus manos, que curaban con remedios caseros y con hierbas del campo con propiedades medicinales. Sobre todo, con friegas de alcohol de romero.
También había sofocantes días de verano, cuajados de polvo y sol en el campo, viento solano y monótono canto de chicharras y tórtolas en los olivares cercanos, que solían terminar en retumbantes tormentas, por lo que con los trastos en la cabeza y en las manos y marchando a paso ligero había que regresar a casa o pasarla cobijada bajo el sombrajo. Igualmente había tibias y claras mañanas de primavera, con ciruelas, naranjas y membrillos en flor, olor a habas en los huertos, poleos en los regatos, y el canto del cuco. Unos días en los que Vicenta comentaba que “daba gusto y hasta el trabajo parecía más ligero”. Siempre, al fondo, se divisaba de pleno la hermosura de la ciudad de Cáceres. Lo que a Vicenta le parecía precioso, “toda una belleza y toda una maravilla”, repetía, con sus torres recortadas en el cielo, lo mismo que se apreciaba ni más menos, que el santuario de la Montaña, con la Virgen, la Patrona de Cáceres, velando por sus hijos.
Un trabajo de lavandera que compartía, habitualmente, con la Forosa, Dolores, la Tórtola, Andrea, también conocida como “La Farruca” y otras compañeras de trabajo. Si bien nunca faltaba una lumbre con el puchero de café, que ofrecían a todos aquellos que por allí se acercaban. A esas horas, haciendo un alto en el camino, un trago de café, entre pequeñas tertulias encontraba el sabor a la cercanía afectiva, mientras pegaban un rato la hebra con sus colegas. A Vicenta le gustaba el café negro en vasos de leche condensada, que se fregaban con estropajo de esparto y asperón, en muchas ocasiones acompañado de pringá frita , no en aceite, si no en la grasa del tocino derretido.

A Vicenta le gustaban sobremanera las sopas que ella misma se preparaba en un infiernillo, las pringás, pero no en aceite, si no en la grasa del tocino derretido la patatera, el café migao, el queso fuerte, el gazpacho de poleo, las sopas de tomate siempre con sardinillas o con higos, las roscas de alfajor…
El Cáceres de aquellos tiempos es pequeño y provinciano y vive apegadoa sus costumbres, en calles tan populares como Caleros, Picadero, Tenerías… Casas habitadas por cacereños de pura cepa, que conservaban la esencia del pueblo, donde se compartían muchas tertulias y se celebraba la Nochebuena con reuniones familiares y amigos en los zaguanes de las casas, para cantar villancicos y romances como “Madre a la puerta hay un niño”, “El pájaro pinto”, “Moralinda”, acompañado de zambombas y almireces, saboreando polvorones y rosquillas, sin que faltase la botella de anís y aguardiente.
En el zaguán abovedado de la casa de Vicenta, amplio y acogedor con butacas de mimbre se celebraban, además, reuniones tanto familiares como amigas.Debido a su trabajo Vicenta apenas podía participar apenas en la celebración de los festejos populares, San Blas, Las Candelas, Los Mártires… Pero su trabajo estaba donde estaba y no tenía otra opción. A caballo de esas contrariedades, Vicenta se esmeraba en su amor propio, capacidad de esfuerzo y sacrificio, lo que llevó a cabo siempre, buscando, cada día, más familias a las que lavar la ropa.
Lavanderas, en todo caso, que multiplicaban una tarea tan severa y dura porque las necesidades familiares, acorde con la época, con los precios y el costo de la vida así lo requerían.
Sus escasos tiempos libres, en función del ritmo diario que llevaba a cabo, Vicenta los consideraba importante. Por lo que suponía de descanso y que ocupaba, preferentemente, en pasear con sus amigas por la Plaza Mayor, por las Afueras de San Antón, Paseo de Cánovas y por El Arandel. En ocasiones asistía al cine instalado en la Plazuela de San Juan.
En función del buen tiempo Vicenta y sus amigas visitaban las huertas de la Rivera, con casitas pequeñas y fachadas emparradas, donde eran obsequiadas por las amigas y hortelanos con frutas de la temporada, higos, uvas, membrillos, granadas y alguna que otra naranja… Posteriormente, al caer la tarde y con el encendido de las mortecinas farolas de las esquinas llegaba la hora de regresar a casa.
Estas huertas eran trabajadas por familias de tradicionales hortelanos como las de los Periquenes los Brillo, vecinos de la calle Trujillo y propietarios de la huerta de la Merced, que debe su nombre a un privilegio por parte de la Reina Isabel, la Católica.
Los productos de estas huertas se vendían en la Plaza Mayor donde Vicenta acompañaba a su madre para abastecerse de lo necesario en el pequeño mercado, con reducidas casetas de techo de zinc, que solo se usaba para la carne y el pescado. Hasta que en 1931 se construyó el mercado en el foro de los Balbos. Otro tipo de alimentos que compraba la Farruca los adquiría en los ultramarinos de Campón y los Siriris en la Plaza de las Cuatro Esquinas. Vicenta también hacía las compras en una tienda en la Plaza de Santiago que atendía la señora Clarita. Existía por aquel entonces un método de compra usado por las clases más humildes. Se trataba de ir apuntando en una libreta lo comprado durante la semana y llegado el viernes, el día que Vicenta cobraba el jornal, procedía a pagar religiosamente, diciendo habitualmente que quien debe y paga no debe nada.
La última lavandera en aquel duro y esforzado lavadero de los Beltrán
Nuestra protagonista también saboreaba las Ferias cacereñas de mayo, San Fernando, y las de septiembre, San Miguel, a cuyos acontecimientos populares acudía con su hermana Paula. Le atraían los puestos de peladillas, calabazate, turrón, garrapiñada. Si los bolsillos se lo permitían tiraba de los dulces feriales y, también, de alguno que otro y que solía comprar en “La Mallorquina”, aunque la mayoría de las veces tendría que conformarse con un paquete de raspaduras, recortes de distintos dulces, que le gustaba merendarse en un tazón de café en momentos de descanso y placer.
Durante las noches estivales y para combatir las altas temperaturas veraniegas Vicenta, la Farruca, salía a la puerta de su casa con la silla de enea, buscando un poco de frescor y, al tiempo el sabor de las comidillas vecinales pegando la hebra, a la muy débil luz de las farolas y a la muy clara y plateada luz de la luna que hacía resplandecer, siempre, las fachadas encaladas.
Vicenta, que no sabía leer ni escribir, disponía, sin embargo, de un amplio repertorio para todo. También se distinguía por ser una mujer muy rigurosa en sus labores, en sus afanes, en sus cometidos, en sus tareas, en sus horarios. Lo que hizo de ella una de las lavanderas más afanosas de Cáceres, aunque este calificativo se podía aplicar a todas ellas, tal como nos consta a través de los estudios e investigaciones que llevamos a cabo alrededor de las lavanderas cacereñas.
A pesar de su delicada salud, puesto que Vicenta era asmática, la misma no se privó de nada, repitiendo, con humor y humildad, que “muera el gato, muera harto”. Fruto de sus esfuerzos y de sus ahorros, de toda la vida, pudo ver cumplido uno de sus sueños de siempre. Y que era el de adquirir, junto a su hermana Paula, la casa familiar en la que vivió desde siempre.
En todo caso resulta significativo dejar constancia de que Vicenta Polo “La Farruca” fue la última en abandonar aquel lugar que, sin embargo, tanto las acogió durante largos años, en el lavadero cacereño de los Beltrán.
La Farruca, una esmerada lavandera con más de 50 años desempeñando esta dura tarea, aunque jamás nadie le escuchó quejarse de cansancio ni de pereza en su trabajo, posteriormente, continuó con otro empleo como cuidadora de mujeres mayores prácticamente hasta su fallecimiento, con ochenta y dos años. Muy trabajadora, ingeniosa, barruntaba el tiempo por los pájaros, las nubes, el camino de las vacas, el aire de la huerta…
Toda una vida de una intensidad de sacrificios, los de Vicenta, la Farruca, y todas las lavanderas cacereñas, quedando para la historia la estatua que se alza en la Avenida de las Lavanderas, en homenaje de reconocimiento y gratitud a los esfuerzos de tan reconocidas mujeres, obra de Antonio Fernández Domínguez, con el rostro curtido de dureza y de facciones cruzadas de una vida dura en extremo.
Nuestra gratitud a Teresa Muñoz Delgado, sobrina nieta de Vicenta “La Farruca”, por sus aportaciones a este trabajo.