En el Cáceres de posguerra, la Iglesia católica, con sacerdotes como Manuel Vidal Carrasco y José Luis Cotallo, impregnaba la vida social y religiosa de la ciudad, desde las parroquias hasta el deporte

Juan de la Cruz Gutiérrez
Cáceres11 ABR 2026 7:00
El Cáceres de aquellos tiempos, de la pequeña capital de provincia, entre las cercanías preconciliares, la celebración del Concilio convocado por Juan XXIII y el movimiento eclesial posterior, se encontraba presidido por un amplio referente religioso que impregnaba determinados espacios y ámbitos sociales. Un Concilio focalizado en el denominado “aggiornamento”, abriendo el ámbito de la iglesia, demasiado anclada en tiempos pasados.
La estampa de sacerdotes, frailes franciscanos y misioneros, como los de la Preciosa Sangre, engarzaban, a través de los impulsos eclesiales y de diversos movimientos organizaciones, actos y conmemoraciones que inferían un relieve católico a la ciudad.
Por lo que resultaba muy frecuente encontrarse a numerosos sacerdotes por las calles con sus sotanas y cuello alzado, buenos oradores desde el púlpito,la mayoría de ellos, cercanos y sociables, tratando de impregnar un nuevo sabor en aquella ciudad en la que, como se suele especificar, aun cuando sea de modo genérico, nos conocíamos todos.
De este modo se podía contemplar por la plaza Mayor, la calle Pintores, la plaza de San Juan, las calle san Pedro y san Antón, la avenida de España y otros rincones, la estampa de Manuel Vidal Carrasco, párroco de la iglesia de San Juan, el Club Deportivo Cacereño y el Centro de Instrucción de Reclutas; de Lorenzo Pascual Manzano, titular del templo de Santiago Apóstol, intelectual y profundo predicador;que bendijo la capilla de la Plaza de Toros en 1956, de José Luis Rubio Pulido, canónigo de la Concatedral de “Santa María”, educador, compositor, capellán en campamentos, enseñando a aquellos adolescentes canciones como:“Con el guri, guri, guri/que lleva la boticaria/parece que va diciendo/del Junquillo sale el agua…”

Un recorrido en el que también se alzaba la figura, siempre sencillay eminente, de José Reveriego Pedrazo, al frente de la ermita, luego iglesia de San Blas, que impulsó un manifiesto crecimiento asistencial de fieles en el templo yel arropamiento del gentío en torno a la popular fiesta en honor del santo del 2 de febrero, con todo Cáceres durante el paseo vespertino entre una ingente cantidad de niñas y jóvenes ataviadas con el traje de campuza luciendo pañuelos de “sandía” o de cien colores y recibiendo los “papelinos” que le arrojaba la muchachada sobre el pelo.
Desde las parroquias se distribuían las Hojas Parroquiales, con frecuencia semanal, que preparaban prácticamente en su integridad los titulares respectivos de las parroquias, divulgando las actividades, movimientos, inquietudes y noticias alrededor de las iglesias.
En el recuerdo, la imagen de tantos sacerdotes
También, en el recuerdo, la imagen de Severiano Rosado Dávila, comandando la parroquia de San José, en la calle del mismo nombre, que puso en marcha numerosas iniciativas en la misma como el lavatorio de los pies el Viernes Santo, un excelente coro y otros, como la creación del Colegio Nazaret en el barrio de La Madrilay que es Hijo Adoptivo de Cáceres; del padre franciscano Barrios, que impulsó un movimiento gigantesco con el baloncesto entre los escolares del colegio San Antonio, ubicado en aquel entonces en la calle Margallo, con un montón de excepcionales jugadores y muchos días de gloria al deporte de la canasta; de Juan Manuel Cuadrado Ceballos, que vivía enfrente de mi casa, calle Margallo, noventa y seis, que me invitara con la imagen del seminario, donde ejerció como rectory que ofició, con una inmensa y muy sentida homilía, en la misa funeral tras el fallecimiento de don Valeriano; la estampa, siempre cercana y afectiva de Felipe Fernández Peña, inmensamente activo, que puso en marcha el Club Juventud y numerosas actividades por y para la juventud; el misionero José Sánchez, de la Orden de la Preciosa Sangre, entusiasta del conjunto “Los Relámpagos”, que luciera uno de los primeros clergyman por la ciudad,de esforzada labor apostólica, social, humana y religiosa entre los más humildes vecinos, por lugares como el Cerro de las Butreras, Aguas Vivas, El Carneril y otros barrios de la ciudad; Manuel Manzano Becerra, que celebraba, de forma abierta reuniones y encuentros sociales con la juventud al ritmo de la música de moda que emanaba del tocadiscos pick-up, con una exquisita capacidad de encuentro con todos los asistentes; José Luis Caldera González, hijo de Santiago, el fotógrafo de “siempre” en Cáceres; Pedro Tovar, que ejerciera de capellán en el Santuario de la Virgen de la Montaña; un notable estudioso y escritor de la talla de fray Antonio Corredor, que dirigió la revista “La Voz de San Antonio”, vocero seráfico popular, y a quien el alumnado del colegio san Antonio denominaba el Cabra, como todos en Cáceres conocían que a Agustín Bravo Riesco, de gran cultura, se le denominaba, socarronamente, el “Mona”, y queda claro el apodo. De señalada formación y áspero carácter.
José Luis Cotallo, todo un santo
También la imagen sencilla y humanista, profunda y consistente, profesoral, de José Luis Cotallo, intelectual notorio, predicador de amplio crédito y confianza social, con una docena de publicaciones, como “El Beato Juan de Avila o un apóstol de cuerpo entero” y una admirada trayectoria sacerdotal que había calado en todos los segmentos ciudadanos del Cáceres de aquellos tiempos.
Fotogalería | Sacerdotes de Cáceres
Fotogalería | Sacerdotes de Cáceres / Cedidas a El Periódico
José Luis Cotallo, nacido en la calle Camberos, se había ganado a pulso una imagen de proximidad evangélica que concitaba la presencia de numerosos asistentes a los actos que contaban con la presencia e intervención del padre Cotallo. En numerosos corrillos de la iglesia cacereña y sociales se divulgaba que era un santo y queestaba destinado a destinos y cometidos de relevancia. Lo que, lamentablemente, impidió su temprano fallecimiento, con cuarenta y siete años. Hoy presta su nombre al colegio diocesano y al callejero cacereño.
De aquellos tiempos
A esas alturas del tiempo, todos los sacerdotes claro es, con la tonsura, y aún en el recorrido y el paso de los años, algún sacerdote todavía lucía en ocasiones el sombrero, como era el caso de Casimiro García García, un duro y ácido profesor de Religión en “El Brocense”.
Tiempos, a la vez, en los que los escolares, al percatarse de la presencia de un sacerdote se acercaban a besarle, respetuosamente, el dorso de la mano derecha, lo mismo que los mayores los saludaban cortésmente, desprendiéndose del sombrero o con saludos afectuosos y corteses ante la presencia emblemática de los religiosos.
Unos sacerdotes que, como acaecía en el primer curso del bachiller, en el Instituto “El Brocense”, los titulares de la asignatura de Religión exigían al alumnado una certificación de saber ayudar a misa, como condición “sine qua non” para optar a poder aprobar la asignatura. Si bien el largo serial de latinajos del misal no se ajustaba mucho al seguimiento de todos los acólitos ataviados con sotana roja y sobrepelliz de color blanco, y muchos, también, con su ropaje paisano.
Retiros, ejercicios espirituales, misiones…
Entre aquellas convocatorias del padre, sacerdote, cura o pater, secelebraban Retiros y/o Ejercicios Espirituales, a lo largo de un fin de semana, entre charlas, orientaciones, convivencia de unos y otros, como vías y espacios de acercamiento y proximidad, a caballo entre lo religioso y lo social, lo fraternal y lo espiritual, la enseñanza y la meditación, del mismo modo que de cuando en vez se desarrollaban en Cáceres las misiones en las que buena parte de la ciudadanía se daba cita.
Las misiones se generaban con la llegaba de un puñado de religiosos que desempeñaban y ejercían la responsabilidad de su ministerio en lugares remotos, en dispersos poblados centroamericanos o en lejanas aldeas orientales. La mayoría de esos misioneros, con unos días de fervor religioso en Cáceres, llamaban la atención del gentío cacereño por sus atuendos y vestimentas, con guayaberas, por sus luengas barbas, por sus melenas, por su palabra evangélica.
Durante esos días de las misiones se generaba un espíritu de mayor intensidad yfervor, que se transmitía por las calles e iglesias como un fenómeno de una particularidad especial, en una actividad sin descanso por parte de los misioneros que iniciaban el día en la madrugada, recorriendo las calles de la ciudad, rezando el rosario de la aurora y entonando canciones religiosas a través de las dos largas hileras de cacereños que desfilaban por las aceras de las calles.
En esos recorridos ciudadanos se escuchaban canciones con letras como:El demonio en la oreja/te está diciendo/No vayas al rosario/ sigue durmiendo…
Buena parte de los actos, con el mensaje misionero, se desarrollaban en la Santa Iglesia Concatedral, con lleno total, y, también, en el salón de actos del cine Coliseum, que, literalmente, asimismo, se cuajaba, de emociones escuchando los hilos argumentales de los embajadores de la palabra del Señor por aquellas lejanas tierras.
Había, claro es, otros muchos sacerdotes. Don Teodoro Rodríguez, profesor de Religión en El Brocense; don Benjamín, un sabio, que hablaba en Latín, vivía en la calle San José, José García Santos, conocido como fray Pepe, con una voz divina, que, Celso Bañeza Román, un ejemplo de sensibilidad y bien hacer como demostró cuando abrió las puertas de Radio Popular, Emeterio Hierro Martín…
Otros movimientos religiosos
En aquella pequeña capital de provincias se esparcía, al mismo tiempo, todo un amplio escenario de manifestación religiosa y social, donde se esparcían movimientos como los de la Hermandad de Obreros de Acción Católica, la Legión de María, a la que perteneció un servidor, ayudando con frecuencia a las monjas de las Hermanitas de los Pobres para la distribución de la comida y posibilitar un poco de aliento moral y de cháchara, ¿por qué no?, a los allí acogidos, como existía Acción Católica con sus equipos de trabajo, en su amplia sede en la Plaza de Caldereros, conviviendo con la esencia del periódico “Extremadura”, donde Dionisio Acedo Iglesias dirigía con su sabiduría, cordialidad, templanza y buen hacer aquella escuela de periodistas e informadores, al hilo de la actualidad cacereña, como se removía, de forma paulatina y con extrema discreción, el OpusDei, con su sigilo y que no se enteraran, salvo error, a ser posible, ni las piedras, en el Cáceres de aquellos tiempos. discreción habitual. Del mismo modo y manera que tenían lugar adoraciones nocturnas o que se celebraban cursillos de cristiandad para hombres maduros y en algunos casos de vidas poco edificantes.
En el candelero de la moda eclesial de entonces figuraba el de contar con un director espiritual para mayor y mejor conocimiento del confesante. ¿De penitencias? ¡Ay…! Cada uno sabrá en su conciencia cuando se arrodillaba. preferentemente, en las tardes sabatinas en el confesionario diciendo:
— ¡Ave María purísima…!
Tras escuchar la voz del pater con la respuesta “Sin pecado concebida…”, se iniciaba el acto de ir soltando los considerandos de las faltas.
Cáceres disponía ya, también, de un Seminario Mayor que albergaba a una amplia selección de alumnos vocacionales hacia la trayectoria sacerdotal. Buena parte de ellos, por cierto, buenos jugadores de fútbol, deporte de moda en la sociedad, y una de las salidas de escape de aquellos muchachotes que soñaban con vestir un día la túnica negra y ejercer el ministerio sacerdotal.
Un gran puñado de seminaristas que los domingos por la tarde salían en paseo conjunto con sus sotanas y sus bandas rojas, aunque no todos llegaran a alcanzar la meta final del sacerdocio.
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