Recuerdo a don Valeriano: Un brindis por su legado y la memoria de un cacereño ejemplar

El articulista cacereño, recordado por su calidad humana y compromiso con Cáceres, cultivó una prolífica carrera en prensa, literatura y participación ciudadana

Fotogalería | Un paseo por Cáceres con Don Valeriano

Fotogalería | Un paseo por Cáceres con Don Valeriano

Fotogalería | Un paseo por Cáceres con Don Valeriano / Cedidas a El Periódico

Juan de la Cruz Gutiérrez

Cáceres04 ABR 2026 7:00

En medio de una marabunta de papeles en el despacho del articulista miro por la ventana entre secuencias, floridas con resplandor cacereño y con la savia de don Valeriano (Gutiérrez Macías, claro es) y su entregaa la ciudad y provincia. El paisaje de Cáceres eterno, con un haz, inmenso y genuino, de luz, de estampas, de secuencias, con la trayectoria, la palabra y el trabajo de una personalidad, don Valeriano, como era conocido en la pequeña capital de provincia. Una persona de excelente calidad humana, uno de los últimos humanistas, plenamente generoso, cuajado por la moral, la ética y la bonhomía, la cordialidad y la capacidad de servicio, el cacereñismo como santo y seña, desde donde oteabalos segmentos de su vida…

La prensa cacereña, la prensa nacional, el Ayuntamiento, donde ejerció la primera tenencia de alcaldía, la Diputación donde se sentó en uno de sus escaños, el Círculo de la Concordia que presidió en su día, la Cofradía del Cristo de las Batallas que fundó junto a Luis María Gil y Gil, los Festivales Folklóricos Hispano-Americanos, Luso Filipinos que arrancaron con su colaboración y tantos otros,proclamándose a Cáceres, entonces, Plaza Mayor de la Hispanidad, el homenaje a Gabriel y Galán, junto al monumento al mismo, que recuperó en una celebración cada 6 de enero…

Atrás muchas páginas de la historia de Cáceres con sus más de dos mil artículos, como corresponsal de diversos periódicos, revistas, semanarios, unos cuantos libros, “Cáceres”, “Anecdotario de Gabriel y Galán”, “Por la geografía cacereña, Fiestas Populares”, conferenciante, congresista en numerosos encuentros de estudios y temas extremeños y militares, en su condición de coronel.

Su empeño: Cumplir al máximo con sus responsabilidades y compromisos con Cáceres. Como un objetivo prioritario también fue el de formarnos a su prole desde el respeto, la nobleza, la aplicación en las tareas, la cordialidad, el estudio.

Uno de sus hábitos, cuando éramos unos chiquillos, antes de coger los bártulos camino del colegio, era dar ante él lo que denominaba como repaso a los deberes y lecciones. No había forma humana de engañarle, siquiera fuera venialmente. Lo mismo que nos llevaba de las riendas para que leyéramos en alta voz, corrigiéndonos la pronunciación. En un alto te interrogaba:

-¡A ver, Juanito ¿Qué quiere decir esa palabra que acabas de leer?

-No lo sé.

-¿Y no se te ocurre preguntarme por su significado?

Don Valeriano, entonces, te incitaba a consultarlo en el Espasa Calpe. Y hala, a buscar en la enciclopedia con un montón de tomos, que, a un servidor, le generaba mareos.

Por las mañanas se encerraba un buen rato en el despacho, tras leer la prensa y dedicarse a sus trabajos, hasta que llegaba el correo, con un pitido de aquellos carteros conocidos que, bajando el picaporte y abriendo la puerta gritaba: “Don Valerianooooo”. Esperaba el “ABC”, el “Informaciones”, “La Vanguardia Española”, “El Noticiero”, “La Estafeta Literaria”, la “Revista de Estudios Extremeños”, “Mundo Hispánico”, unas cuantas cartas, la mayoría rogando su interés y ayuda en cuestiones referentes a los pueblos cacereños… De lo que tomaba buena nota como en sus paseos por Cáceres y en sus despachos, anotándolo todo.

Acompañamiento

Otras veces te llevaba como acompañamiento para un paseo hasta la plaza de San Juan hasta el paseo de Cánovas arriba.

Enfilábamos la general Margallo abajo y hala, a saludar a una legión de personajes de la vecindad, hasta que Dios quisiera.

Tras el saludo a los primeros vecinos en las cercanías del domicilio familiar, Margallo, 96, Juan Manuel Cuadrado, inclinándose levemente, por su condición sacerdotal, a aAntonio Rubio Rojas, que memorizaba los temas de la carrera de Historia, y alcanzaría el galardón de Cronista Oficial, una charla con el teniente coronel de la Guardia Civil Moreno Antequera.

Unos metros más adelante:

-Cédele la parte de la acera, como un caballero, a doña Valentina.

Acera abajo. Otro saludo. Miraba el reloj y se paraba, al lado de la tienda de ultramarinos de Cascos, con el otorrino Luis María Gil y Gil. Desembocando en la calle José Antonio, dándonos de frente con la casa donde morabaun maestro tan culto como Licerio Granados, –«¿Cómo marcha el estudiante”–, o con Juan Ramón Marchena, pegar la hebra sobre asuntos munícipesrecopilador del Cáceres popular, con Casimiro García, aquel profesor que, pensaba, me había cogido manía, y me preguntaba semiburlonamente ante don Valeriano “¿Quo vadis, Iohannes?” Un servidor enrojecía entre latines bachilleres…

Por Ezponda

Más adelante, bajando por General Ezponda, se podía escuchar la voz de Emilio Rey «El Pato” diciendo “¡Adiós, don Valeriano...!”, la de Amador, «¡A ver cuándo entra en esta casa!”, saludaba a Rufino Rubio en el comercio de lozas, emanaban dulces aromas de la pastelería Cabeig, y que no anduviera por las cercanías el delegado de Información y Turismo de turno…

Ya llevábamos, qué sé yo, una hora caminando. Unos segundos con Jacinto y que “La Salmantina” era un negocio “muy dulce”, con Terio, que le pedía aliento para aquel San Fernando de tanto eco, –Agusti, Ayúcar, Félix Candela, Palomino, Nani…—charla con Durán, en el estanco, con la prensa del día sobre el mostrador…

En Pintores, madre mía: adiós, hola, hasta luego, con Dios, qué hay, buenos días, a ver si nos vemos.Comenzando por Vicente y las referencias de libros de Cáceres y Extremadura… Por las cercanías Fernando Bravo con su sempiterna pajarita, y más que un saludo, aquello parecía una charla literaria, un encuentro con el señor Rodas, una parrafadilla con Paquito Burgos, un alto por el Jamec, otro choque de manos con Emilio Ovejero, presidente de la Federación Cacereña de Hostelería y del Club Deportivo Cacereño,o con Dionisio Acedo Iglesias, director del “Extremadura”, “¡Mándame, por favor, ese artículo que te pedí ayer», o con Miguel Muñoz de San Pedro, exquisito y pulcro en sus conversaciones…

Con la mente a pájaros

El hijo de don Valeriano, con la mente a pájaros, pensaba en sus historias de bachiller, que se le escapaban, de modo fugaz, porque aparecía Celso Bañeza –«¿Cómo va esa Radio Popular, amigo?»-Pedro Ledesma, médico y humanista, el padre Barrios, que tanto hizo por la juventud cacereña, oJuan García, el cartero poeta,Pepe Massa Solís, pintor luminoso y creativo de mil colores, Fernando García Morales, escribiendo por los páramos del Cáceres de siempre, José Canal Rosado, poeta de versos de belleza desde la atalaya en el ventanal de la Plaza Mayor, con Juan Arias Corrales, que saludaba en francés “¡Oh, la, lá, bon jour…!”, con Luis Nuño Beato, médico y concejal, con Francisco Cebrián Ruiz, director de la Banda Municipal de Música, o con Pedro Romero Mendoza, director de la revista cultural «Alcántara», amigo de siempre en la cultura del periodismo y en el periodismo de la cultura, tal como se referían entre ambos.

-¡Adiós, don Valeriano…!

Don Valeriano, uno de los últimos humanistas de Cáceres, respondía con una sonrisa cordial, que le salía del alma. Tal cual era él. Y respondía:

-¡Adiós, amigo…! ¡Usted lo pase bien…!

Lo mismo que, en sus responsabilidades, recorría los pueblos de provincia palpando las inquietudes de los lugareños como asistía a aquellas celebraciones ancestrales del calendario popular de la geografía cacereña, tomando notas en una libretilla, sacando coplas, la vestimenta típica, los orígenes de las fiestas…

Leía, escribía y ejercía sus funciones a todas horas. Ya fueran compromisos de sus cargos, crónicas de la prensa, sus investigaciones, o los libros, que ordenaba pacientemente mi madre, Dorita, una mujer jovial, encantadora, que trataba, infructuosamente, de arreglarle el despacho.

Un día de aquellos nos topamos, por la Plazuela de San Juan, con ese otrohumanista cacereño, Carlos Callejo Serrano, investigador, conservador del Museo. Con la charla entre los dos escritores, y el mochuelo distraído, mi padre le espetó a don Carlos:

-¡A mi hijo le ha dado ahora por el ajedrez…!

Don Carlos, sonrió y sorprendió al adolescente:

-¡Hombre, un colega…! ¡Ya tengo con quien practicar el ajedrez…!

El sagaz don Carlos, bonachonamente, expuso:

-Empecemos la partida. Yo salgo con peón dos, caballo, rey… Ahora le toca a usted…

Sonreí con timidez, mirando al suelo, como mostrando que andaba pensando la jugada… Don Valeriano me lanzó un salvavidas informándome que don Carlos había escrito un libro titulado “El ajedrez romántico”.

Los festivales

Todavía quedaban numerosos pasos en el caminar de la larga y fecunda vida de don Valeriano: Cómo andaba la Semana Santa, la marcha de la Cofradía del Cristo de las Batallas, el homenaje anual a Gabriel y Galán, las fiestas de San Jorge, los Festivales Folklóricos Hispanoamericanos, la organización de las Ferias y Fiestas desde la Tenencia de Alcaldía, como avanzaban sus últimas publicaciones, la marcha de tantos asuntos ciudadanos, los despachos del Ayuntamiento y la Diputación, con visitas de alcaldes, o las directrices del Círculo de la Concordia, que también presidiera…

Don Valeriano aprovechaba el tiempo con hábito como entre cartujo y militar, se dejaba llevar por la disciplina que se imponía

Hoy, pues, alzo mi copa plateada del más intenso recuerdo, siempre transparente, por mi padre, por sus lecciones de vida, por su generosidad, por su entrega y por sulegado humano y moral.

-¡Va por ti, papá…!

También, claro, por mi madre, que desde aquella labor incansable tanto cooperó en la formación y educación de sus hijos, con el mismo brindis…

-¡Va por ti, mamá…!

El paisaje intensamente emocional, en esta tarde de marzo, se ha eternizado, en medio de un remolino de recuerdos, con una serpentina de lazos infantiles, adolescentes, juveniles, adultos, desde una gratitud que siempre latirá en el alma, porque siempre permanece viva…

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