ADIOS EN LA CALLE PINTORES Y EN LA PLAZA DE CACERES EN LOS 60 Y 70

La calle Pintores y la Plaza de Cáceres de siempre han constituido la parte central de la ciudad.

 

adios en pintores y plaza mayor (el periodico)

La calle Pintores, de Cáceres, es, siempre, un bullicio, un murmullo y un hervidero de gente.

En aquella época, de los tan añorados años sesenta y setenta, el eje viario entre la Plaza Mayor, la calle Pintores, la Plaza de San Juan y el Paseo de Cánovas hasta la Cruz de los Caídos, se conformaban como el camino o trasiego habitual de los paseantes. Sin olvidar, claro es, otros muchos.

Y si dicho recorrido fue, y continúa siéndolo, uno de los ejes fundamentales del Cáceres de hoy, amén, claro es, de otros recorridos, aquel, sobre todo en las tardes de los sábados y los domingos y días festivos, se revelaban como un mundanal ruido de paseos. Arriba y abajo, abajo y arriba, con inveteradas charlas de los grupos de amigos con sus conversaciones habituales. De jóvenes, de pequeños, de mayores, y que llevaban la vista puesta a caballo entre los escaparates y los paseantes.

adios en pintores y plaza mayor (flickr.com)

Los soportales de la Plaza Mayor de Cáceres son un lugar de cita y de encuentro en Cáceres.

Paseos que se llevaban a cabo entre la calma y la lentitud, sin prisas. Se diría que con sentido ciudadano propio de una capital de provincias, como escribiría un autor tan expresivo y conocedor del mundo de las pequeñas capitales de provincia como era y fue Miguel Delibes, y donde todo quedaba, casi siempre, a mano. Tan a mano, tan a mano, que, prácticamente, y hablando de forma coloquial, Cáceres se conformaba, en aquel entonces, acaso como una gran familia en la que, salvo error u omisión, nos conocíamos casi todo. Y la ciudad era un hervidero de adioses, de saludos, de miradas de complicidad, de gestos humanos de relieve.

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Los comercios y sus escaparates, claro es, también formaban parte del murmullo y del paisaje humano y urbano de Cáceres. En la fotografía Modas Pérez.

Paseos y trasiegos, pues, entre adioses y hasta luego, entre tertulias callejeras y murmullos del ruido propio de la ciudad. Entre escaparates de entonces, de siempre familiares, con la pastelería Isa, la imprenta la Minerva, la librería de Chelo, la casa de máquinas de coser Singer, los almacenes y sombrerería Terio, la pastelería La Salmantina, el estanco de Durán, la librería Bujaco, el bazar El Siglo, El Precio Fijo, especializada en objetos de tipología religiosa, y donde se exponía un belén antológico y primoroso cada Navidad mientras en la calle Pintores no paraban de escucharse villancicos por la megafonía instalada al efecto, la Joyería Rodas, Fotos Nicolás Javier, Sobrinos de Gabino Díez, que se abría a la calle Moret, la cafetería Jamec, la cafetería Lux, la papelería Acevedo, tejidos Rosendo Caso…

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El Precio Fijo, casa fundada en 1827, y uno de los comercios más emblemáticos de la cacereña calle Pintores.

Y, como si fuera una relación interminable, aunque en el correr de los tiempos unos comercios van sustituyendo a otros, también se exhibían en aquel precioso decorado de comercios, de tiendas, de establecimientos comerciales, en ese eje viario conformado por la calle Pintores y la Plaza Mayor, otras tiendas y cuyos escaparates alegraban la vista: Sederías Oriente, Vicente Libros, siempre apostando, de forma tan persistente como inveterada, por autores cacereños y extremeños y temáticas cacereñas y extremeñas, la tienda de alimentación Jabato, Confecciones Siro Gay, Joyería Corbacho, Zapatería Peña, alimentación Jabato, Joyería Nevado, la tienda de regalos y productos típicos de Paquito Burgos con postales, muñecas vestidas con el traje típico de Montehermoso, objetos de cobre guadalupano, recuerdos diversos, como cucharillas con el escudo de Cáceres…

El paisaje urbano y comercial, la gran cita del paseo permanente en aquel Cáceres de los años sesenta y setenta, se diría que siempre, forma parte de ese profundo paisaje humano que todos guardamos en lo más profundo de nuestros recuerdos, de nuestros paseos. Sobre todo en aquellas largas, muy largas tardes que dejábamos pasar, entre la Plaza de San Juan y el final de la Plaza Mayor dejándonos llevar en muchas ocasiones por el sabor de los escaparates. Y es que había comercios, como los ya citados, y escaparates que podíamos ver veinte o treinta veces en una tarde de sábado o de domingo. Dioni Modas, Modas Pérez, la barbería de Juanito Barra, Almacenes Mendieta, la farmacia Acedo Iglesias, Correa, Siro Gay, Almacenes Mendoza…

Por los aledaños de ese eje, un gran salpicado de bares de renombre conformados por una muy amplia carta de tapas, raciones y vinos con excelentes productos de comida y suculentos vinos. El Sanatorio, orillado a Pintores y la Plaza Mayor, el bar Rialto en la Plaza de la Concepción, El Pato y Amador, luchando desde la competencia y de forma bravía, con todo un bagaje de una gran cocina y una señalada atención personal, cuajada de amabilidad, allá en la calle General Ezponda, la Cueva de Pernales, que regentaba Guillermo Rey, hermano de Emilio Rey, El Pato…

PLAZA MAYOR 1969

La Plaza Mayor de Cáceres disponía, en aquel entonces, de un precioso y siempre preciado Jardín Central…

Un recorrido que se adornaba con limpiabotas en los soportales durante las mañanas, especialmente en las mañanas de los domingos, la inmensa mayoría de ellos gitanos, con el sonsonete de “¡Limpiaaa…!, y puestos de chucherías con pirulís, pipas, altramuces, regaliz, chicles, cacahuetes, caramelillos, chufas, cigarrillos sueltos de las marcas Ideales, Celtas, Peninsulares, Bisonte. También, claro es, la zona se adornaba con otros tipos de puestos ambulantes de lo más imprevisto y que surgían de forma espontánea de la noche a la mañana, mientras el Jardín Central se alzaba como un icono de verdadera antología en el corazón de la ciudad de Cáceres.

Una parte de la moda, en tantos sentidos, se marcaba, insisto, preferentemente, por los escaparates de la zona. Y desde vestidos hasta rebecas, desde zapatos hasta libros, desde camisas hasta polos, desde juguetes hasta pantalones, desde cinturones hasta corbatas, desde ropa interior hasta productos farmaceúticos, desde relojes hasta anillos, desde pendientes hasta cortinas, desde fotografías hasta cirios y velas, desde cervezas hasta toda la amplia gama de ferretería, se delineaban en la vista de los paseantes ante esos escaparates, que, a lo largo de una tarde de paso, podrían recorrer unas cuantas veces…

Pero, siempre, por supuesto el adiós y el hasta luego a las caras conocidas de siempre. Y, si se terciaba, la charla de unos minutos, con preguntas por la familia, por los estudios, por el trabajo, por las novias o los novios… Por esa infinidad de conversaciones que van surgiendo al hilo de una ciudad, como aquel Cáceres de entonces, tan familiar, tan cercano, tan profundamente humano. Y en el que, como ya he dicho en alguna ocasión, casi casi nos conocíamos todos. Lo que enriquecía, sobremanera, el ámbito de las relaciones humanas en nuestro Cáceres, ay, del alma.

Adioses y hasta luego, claro, que los domingos se revestían de gala con las mejores ropas de cada uno.

NOTA: La instantánea de la calle Pintores está captada del periódico Extremadura.

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