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Archive For The “Leyendas” Category

LA TOMA DE CACERES, POR JUAN LUIS CORDERO

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«La toma de Cáceres» fue el poema con el que el cacereño Juan Luis Cordero obtuvo el Premio de los Juegos Florales de Badajoz el año 1911. Una bella composición, de un magistral poeta y escritor, que pasa revista a la leyenda de la conquista de la historia de Cáceres. Aquel cacereño que comenzó de aperador de carros y que llegó a ser un ilustre y prestigioso escritor y de muy amplia cultura. 

 

juanluiscordero,1911

Juan Luis Cordero, en la portada del periódico «El Bloque», de Cáceres, del 10 de octubre de 1911.

Juan Luis Cordero (1982-1953), fue, además, aprendiz de carpintero, peón caminero y secretario de Ayuntamiento, demostró, desde siempre, su inmenso afán por el estudio y la cultura, en cuyos afanes se esmeró al máximo, tal como queda constancia en el transcurso de su vida.

En este sentido es de señalar como escribe: «He construido arados en los tinados anchurosos, he volteado estiércol en las penumbras del establo, he abatido a brazo el trono añoso de la encina extremeña«.

Alcanzó a ser fundador y coparticipar en la fundación de más de una decena de periódicos, dirigió el semanario «El Bloque«, colaboró en diversos diarios, militó en las filas socialistas y defendió las tesis del regionalismo extremeño, llegando a liderar la candidatura de las elecciones generales en el año 1933.

Su firma queda, para la historia, en periódicos como «El Noticiero Extremeño«, «Brisas Nuevas«, que fundara el mismo, «Extremadura Literaria«, que creara junto al escritor y militar Federico Reaño, «El Adarve«, «La Carretera«, que también pusiera en marcha como fruto de su constancia, «Miau«, y otros varios.

En su obra poética destacan libros como «Varias poesías«, con el que dio su primer paso en firme, «Mi Torre de Babel«, «Eróticas«, «Vida y ensueño«, «Mi patria y mi dama«, «La tragedia de un héroe«, «Devocionario de amor«, «Hojas del árbol caídas«… Y novelas como «Almas«, «La Molinera«, «Clara Luna» o «Cosas de la Vida«. Y, también ensayos como «Regionalimo. Problemas de la provincia de Cáceres«.

Por mérito y derecho propio ocupa un lugar de notorio relieve en las letras extremeñas de la primera mitad, sobre todo, claro es, del pasado siglo.

Se alzó con numerosos premios poéticos y literarios como la Flor Natural de Cuenca con «La voz ignorada«, de Ronda con la poesía «Mensaje«, de los Juegos Florales de Cáceres en el año 1946…

Y de su obra un escritor y poeta de la talla de Fernando Bravo y Bravo subraya en la necrológica tras el fallecimiento de Juan Luis Cordero: «Siento que la obra de Juan Luis es carne doliente y espíritu en llamas, con todos los defectos que se quieran o puedan señalar, pero también con todos los innegables, espléndidos aciertos que es de justicia elogiar«.

También Fernando Bravo, amigo íntimo de Juan Luis Cordero, escribe en la misma necrológica que conoce «y bien la tremenda vocación literaria de Juan Luis: tremenda por lo irreprimiblemente  fuerte y tremenda por lo duramente fatigosa, eso, nada menos, implica el haber sabido elevarse de simple aperador de carros, desvalido de asistencias, a vate laureado  en certámenes y agasajado por los públicos«.

Juan Luis Cordero, escritor vocacional y firme, recio y sencillo, fertil y prohumano, cercano, es de uno de sus hombres comprometidos con la tierra que le viera nacer, que sentía devoción por la gente humilde, enamorado del paisaje extremeñoque presta su apellido al callejero cacereño y que, entre su amplia producción literaria, nos dejé el poema «La toma de Cáceres» que hoy incorporo a la sección ANTOLOGÍA SOBRE CÁCERES, de este Blog,

LA TOMA DE CACERES

(El asunto de esta leyenda está tomado de la tradición acerca de la historia de Cáceres)

I

   Mucho la adora su padre

que es moro de estirpe regia,

caid de Castra Caecilia

y de las villas fronteras;

mucho en su cuido se afanan

sus servidores y dueñas

y no hay mancha de nota

que no suspire por ella;

tiene para su regalo

las más costosas preseas

y en su honor se corren cañas

y en su honor se fraguan fiestas.

   No es mucho que por su gozo

todos así se entretengan,

que si su linaje es alto

soberana es su belleza.

   Es su talle esbelto y grácil

como ondulante palmera

y son muy negros sus ojos,

y son muy negras sus trenzas,

donoso marco en que encaja

su carita de azucena

y su boca que parece

herida recien abierta.

   Es una hurí por lo hermosa

y es un ángel por lo ingenua,

encanto de los donceles,

dechado de las doncellas.

   Pero es sabido que a veces

las galas y las preseas

no dan el gusto y el regalo

que apetece el que las lleva,

y algo de esto le ocurría

a la mahometana bella,

que no alcanzaba el motivo

de la lánguida tristeza

que la atraía agitada,

absorta, insomne y suspensa.

   Fragante rosa en capullo,

virgen muy casta y honesta,

a nadie osaba decir

su malestar y su pena

que al ser ignota la causa

podría envolver afrenta.

   En busca de esparcimiento

iba a los jardines ella

y pasaba largas horas

en las torres más enhiestas,

fijando en las lontananzas

su triste mirada incierta

como si –ilusa– pensara

que de ellas, llegar pudiera

la paz que miró perdida,

la dicha que nunca llega.

   Fiebra de amor aquejaba

el alma de la doncella

y la inquietud del amor

se parece a la tristeza.

   ¡Oh, la encantadora hurí,

flor de quince primaveras,

mira en quién pones los ojos

porque amor trastorna y ciega!.

II

   Un día al ingente alcázar

llegó un torvo mensajero:

Por las tierras del caid

se entraba Alfonso el noveno,

cuasi huracán que derriba

cuanto se pone a su encuentro.

   Triunfante llega el leonés

al frente de sus guerreros,

luego de humillar castillos

y arrasar preciados feudos.

   Y cuentan muy viejas crónicas,

que sembraron desconcierto

en el alma del caid

las nuevas del mensajero,

más no así en la de su hija

que mal alguno vio en ello.

   A su mirador más alto

subió la mora de intento

por escudriñar el llano

que aún se mostraba desierto.

   Una mañana sus ojos

en el horizonte vieron

espesa nube de polvo

que iba avanzando y creciendo;

se oyó gritar de bocinas,

de atambores el golpeo,

loco galopar de brutos

y un vocear descompuesto;

y a los fulgores del sol,

que iba en Oriente surgiendo,

fueron adquiriendo forma

los escuadrones soberbios

en rebrillar fulgurante

de corazas y de petos,

flamear de banderolas,

de penachos y trofeos.

   Mucho se holgó la agarena

al ver los nobles guerreros

así que al pie de los muros

plantaron su campamento;

y diz la arcaica leyenda

que al mirarlos tan apuestos

en vez de encontrar temor

halló gran divertimiento.

III

   Estando un día la mora

abstraída en su atalaya,

vio en la cercana colina

que hay enfrente del alcázar

un muy gallardo guerrero

que insistente la miraba.

   Era un doncel arrogante

armado de todas armas

sobre un fogoso corcel

de piel negra y fina estampa;

y aunque tímida y confusa,

no dejó de deleitarla

la guapeza de aquel porte

y el brío de aquellas armas.

   Siguió viéndole a diario

hasta quedar fascinada

y en tan bizarra figura

prenden la vida y el alma.

   También el noble leonés

herido de amor estaba

y en las treguas del asedio

constantemente se halla

en la cercana colina

que hay enfrente del alcázar.

   Amor tendió un hilo mago

para unir aquellas almas

y se amaron, a despecho

del tiempo y de la distancia.

   Y una tarde, un pergamino,

de un agudo dardo en alas,

cayó a los pies de la bella,

mensajero de las ansias

del arrogante doncel

que su hambre de amor se inflama.

   Y una que vino radiante

noche azul de luna clara,

salió la mora al jardín

buscando a sus males calma

y un nuevo pliego cayó,

en fina flecha, a sus plantas.

   Desapareció la mora

en las frondas encantadas

y en tanto el noble doncel,

fijo en aquellas murallas,

de nuevo esperó impaciente

la aparición de su amada.

   Pero de pronto, no lejos

del lugar donde él estaba

se oyó ruido de boscaje

y un leve pisar, las ramas

se abrieron, y al separarse

apareció la más blanca

y radiante aparición

que cabe en cuento de hadas.

   Allí estaba la doncella

en busca del que idolatra.

   Era, que una galería

oculta, desde el alcázar

hasta las huertas conduce

que hay al pie de las murallas.

IV

   Mucho tiempo dura el cerco

sin que ninguno desmaye,

que son bravos los leoneses,

que son los moros leales

y es dudosa la victoria

cuando es reñido el combate.

   El leonés y la doncella

siguen sin trabas amándose,

que hasta el jardín del alcázar

por escondidos lugares

llega de noche el doncel

do está su amada esperándole

y ajenos a toda cosa

ven transcurrir los instantes,

entre muy dulces coloquios

y caricias inefables.

   En cierta noche,a la cita

acudió el cristiano, grave;

y en parecidas razones

dialogaron los amantes:

— ¿Qué le pasa a mi guerrero?

¿cómo austero

viene a su agarena fiel

¿Por qué mira severo

mi doncel?

— No es desvío, mi agarena,

una pena

traspasa mi corazón;

¡tengo un pesar que me llena

de aflicción!

— ¡Oh, mi dueño bien amado!

¿he causado

por desdicha, tal pesar

Esa pena. ¿no me es dado

desterrar?

— Han causado mis dolores

tus amores,

oh, mi agarena gentil.

Tornar puedes mis alcores

en pensil.

— ¿En qué te ofendió tu mora,

que te adora?

¿Cómo alegrarte podría?

¡Hasta la vida, en buena hora

te daría!

— No es tu vida lo que quiero,

mi lucero,

que solo anhelo tu bien;

lograr las llaves espero

de tu edén.

Quiero sin trabas arteras

ni barreras,

llegar a tu oculto lar,

por quererte y que me quieras,

sin dudar…

— ¿Qué me pides, mi cristiano?

inhumano,

¿quieres que falte a mi ley?

¿quieres que ponga en tu mano

a mi grey?

— ¡Agarena!

¡tu negra duda envenena

la hidalguía de mi amor!

tu agravio colma mi pena

al calcularme traidor.

— Sangre de nobles leales

a raudales

en mis venas siento arder,

y no saben mis iguales

sus designios esconder.

— Adiós, para siempre; no quiero

amar a quien, inconstante,

duda de mi fe de amante

y mi honor de caballero!

   Y al decir estas razones

hizo ademán de marcharse

el cristiano, más la mora,

vertiendo llanto a raudales,

por no perder su cariño

puso en sus manos las llaves.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mora bella, mora bella,

la de rizos de azabache,

la de talla de palmera,

la de carita de ángel;

mira que labras la ruina

de tu pueblo y de tu padre.

V

   Luctuoso despertar

fue el despertar de la plaza.

Pérfidas y viles fueron

del cristiano las palabras.

   Por la oculta galería

entró la hueste cristiana,

degollando a los leales

servidores del alcázar

y clavando sus banderas

sobre las torres más altas.

   Y cuenta la tradición

que la bella mahometana,

no tuvo un solo reproche

para el que así la burlara.

   Pero el caid iracundo,

al saber que la causa

del grave mal que le agobia

el bien que tanto idolatra,

así dijo: «Maldición

sobre tí, mujer liviana,

a quien engendré en mal hora

para oprobio de mi raza!

   ¡Alah permita que vagues

en torno a estas murallas,

hasta que la media luna

brille otra vez en mi alcázar,

hasta que caigan las cruces

que hoy mis estados profanan

y vencedores y altivas

fulguren las cimitarras

que hoy se abaten por tu culpa

al peso de una sechanza.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

   Y es fama que desde entonces,

en las noches solitarias,

sobre las frondoas huertas

pulula una forma blanca.

   es el alma de la mora

que, triste y dolida, vaga

hasta que a Castra Caecilia

recobren las cimitarras.

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LA GENERALA Y SU PALACIO

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Cuando el pueblo, o sea, la ciudadanía de a pie, se empeña en algo, lo más probable es que acabe consiguiéndolo. De ahí que el transcurso del tiempo ha demostrado que la Casa Nobiliaria adquirida en su día por don Francisco de Ovando, en la actual Plaza de los Caldereros, justo al lado del Adarve, sea denominada y figura en todas partes como la Casa o el Palacio de la Generala.

 

palacio de lagenerala

El Palacio de la Generala, ubicado en la Plaza de los Caldereros, uno de los rincones más bellos de Cáceres.

La historia de Cáceres es, en sí, fascinante. Tal cual su propia fascinación. Como es, por ejemplo, la denominación popular del Palacio de la Generala, situada en la Plaza de los Caldereros, uno de los corazones neurálgicos del Casco Histórico de Cáceres, que se conforma, al tiempo, como uno de los lugares más genuinamente bellos y atractivos de la Ciudad Medieval.

Un Palacio, Casa Fuerte o Solariega, como se la quiera denominar, en cuya edificación se combinan aires góticos y renacentistas. Y que en un principio, allá por el siglo XV, fue propiedad de la familia Monroy, con don Fernando al frente, cuyo nombre proviene del municipio cacereño de Monroy, que en su tiempo fue andaluz, al estar situado en el Reino de León. Familia, la de don Fernando de Monroy y su esposa, Marina Fernández de Carvajal, y que, al ir a menos, procede a vender la casa en el año 1526 a don Francisco de Ovando, Señor de la Arguijuela de Abajo, y conocido por todo Cáceres como El Rico, que figuraba como una de las mayores fortunas, por aquel entonces, de la Villa de Cáceres.

Los Ovando descendían del batallador Juan Blázquez de Cáceres, uno de los más señalados conquistadores de la Villa de Cáceres, combatiendo junto al Rey Alfonso IX ante los almohades. Como consecuencia la dinastía se convirtió en una de las de mayor raigambre dentro del ámbito de la nobleza cacereña y que se consolida, por utilizar una expresión lo más cercana a la realidad, cuando en el siglo XV Hernán Blázquez matrimonia con Leonor Alfon de Olvando, que, al parecer, ejerció como Dama o Camarera Mayor de Isabel la Católica. 

Un matrimonio del que nacería el segundo hijo del matrimonio, pero primogénito en la varonía, el lengendario Capitán Don Diego de Cáceres y Ovando, uno de los caballeros más legendarios de la historia de Cáceres, así como de Extremadura, e, incluso, del Reino de Castilla. Aunque la Casa, eso sí, pasó a heredad de Francisco de Ovando, El Viejo, su hermano. Por aquel entonces ya se había producido el abandono del apellido Blázquez procediéndose a anteponer el primer apellido materno. Ovandos que llegaron a conformar la cabeza visible del bando en el que también estaban incrustados los Mayoralgo, los Solís, los Ribera, los Godoy, los Galarza, los Plata y otros, y que tenían enfrente, sin embargo, a los Ulloa, a los Carvajales y otros.

Palacio al que el hijo del anterior don Francisco de Ovando y Mayoralgo, el Rico, añade casas y solares contiguos, como lo son, por ejemplo, los de Antonio de Monroy y de los Zevallos, así como otros, logrando y armando una posesión de gran amplitud en sus dependencias.

Un Palacio que alcanzó la residencia del Alférez Mayor, o sea, el alcalde, tras haber recaído el mismo en los descendientes de don Francisco de Ovando y que en aquellos tiempos se llevaba a cargo de forma hereditaria.

Un buen día el dueño y señor del Palacio, don Vicente Francisco de Ovando y Solís, Castejón y Rol de la Cerda, 1700-1781, IV Marqués de Camarena y también Alférez Mayor y Regidor Perpetuo de Cáceres, decidió incorporarse a la Guardia de Corps, combatiendo en señaladas campañas militares como son la reconquista de Orán, así como la guerra de Nápoles, la batalla de Bitonto y otras de importancia de relieve, logrando alta graduación.

Ya en el año 1752, el ilustre militar prestigioso intelectual, reformista, defensor de la Ilustración, don Vicente de Ovando, procede a realizar un inventario de todos sus bienes, señalando, de modo específico, «por las casualidades que por mi empleo me puedan sobrevenir». En el mismo, que revela su alto nivel de vida, aparecen numerosos cuadros, como trece dibujos de Velázquez, joyas, veneras de oro con esmeraldas y diamantes, plata labrada, escribanías, tapices, colección de mapas, instrumentos científicos, sortijas, cadenas, relojes, candeleros, pequeña armería de pistolas, escopetas, espadas, espadachines, estoques, ballestas, flechas, piezas de cerámica colonial americana, un reloj equinocial, una gran biblioteca en la que destacan las Fábulas de Esopo y las selectas de Cicerón, con volúmenes de filosofía, religión, historia, geografía, gramática, y, sobre todo, militar…. Además, entre otros numerosos objetos, de dos pisos en Madrid y siete viviendas en Getafe.

Posteriormente matrimonió, ya en el año 1753, con doña María Cayetana Vicenta Ulloa de Ovando Calderón, que era de su mismo linaje, y ejercía como Vizcondesa de Peñaparda de Flores, un título nobiliario que fue creado en 1638 por el Rey Felipe IV a favor de don Pedro Alfonso de Flores y Montenegro, también Caballero de Santiago.

El matrimonio vivía en la popular Casa Nobiliaria que, por esas cuestiones de marcado carácter popular, pasa a ser conocido como la Generala, por ser la residencia del militar don Vicente de Ovando, amigo, por cierto, y cuentan que hasta confidente de señalado grado, de Su Majestad el Rey, Carlos III, y de doña María Cayetana. Y porque, al parecer, además de la tipología familiar, Doña Cayetana ejercía el mando con dotes, tal cual corría por las aguas del río entre la rumorología callejera.

Matrimonio que le dio suma prestancia y relieve, en aquel pequeño Cáceres de entonces, a doña María Cayetana que, al parecer, lucía el porte del aire de la importancia de los altos cargos y distinciones de sus esposo en sus paseos de recreo y distracción, en sus conversaciones con las amistades de alta alcurnia, en sus salidas para escuchar la santa misa, y en sus idas y venidas con diferentes motivos por aquel Cáceres nobiliario, en el que alguna que otra ciudadana mirábala, incluso, con desdén, cuando no cierto aire de envidia, y siendo objeto de comidillas propias de la villa cacereña.

Y de ahí que en aquel Cáceres, en el correr del siglo dieciocho, se popularizara la fisonomía del palacio con la identidad de la familia.
— ¡Mira, ahí va la Generala!–, decían algunos, señalando a doña María Cayetana.

O:
— ¡Ahí está la Casa de la Generala!–, señalaban otros.

Posteriormente, ya en el año 1770, don Vicente Francisco de Ovando logra, ni más ni menos, que el ascenso a Teniente General.

Y para más señas, y de una tacada, señalemos, asimismo, que don Vicente de Ovando también desempeñó la misión de Señor de la Arguijuela de Abajo, fue Segundo Teniente de la Primera Compañía de las Reales Guardias de Corps, Brigadier de los Ejércitos Reales, Gobernador Militar de Badajoz, Mariscal de Campo, Capitán General de Castilla y León, Comandante General de Extremadura, además de haber ostentado el marquesado de Camarena la Real, otorgado por el Rey Carlos III, tras haber sido desposeido del título de Marqués de Camarena, a través de un pleito familiar, y cuyo título pasó a denominarse Marquesado de Camarena la Vieja para diferenciarlo del nuevo título de don Vicente de Ovando. También fue Caballero de la Orden de Calatrava, alcanzando el grado de Comendador de Mayorga.

Lo que se dice todo un hombre de suma relevancia e importancia, como se manifiesta y deja constancia en su currículum, mientras el nombre instaurado en aquella época por los cacereños a su domicilio, producto de la tipología, imaginación y originalidad popular, pasaba a ser, sencillamente, el de La Generala.

No obstante otras teorías apuntan, seguramente por confusión, a que el nombre de la Generala proviene de la propietaria del mismo en el siglo XVIII, doña Josefa de Ovando, esposa del general don Antonio Vicente de Arce, tal como figura, por ejemplo, en la página web del Ayuntamiento de Cáceres.

Lo que convendría aclarar por el propio rigor de la historia. Aún cuando fuera como fuere, tras unos años de penoso abandono de la Casa, allí se instaló después, en el año 1923, el periódico Extremadura, posteriormente la Facultad de Derecho y, finalmente, el rectorado de la Universidad y el edificio, para no engañarnos, sigue siendo el Palacio o Casa de la Generala.

Y es que, como decíamos al principio, cuando el pueblo se empeña no hay quien le frene. ¿O hay alguien capaz de cambiar el nombre de la calle Pintores, que ya se conocía así en el siglo XVI, cuando pasó Felipe II en mula por ella en el año 1583, aunque después, en la rotulación oficial pusiera Alfonso XIII, Pablo Iglesias, durante el período, claro es, de la República, o de Generalísimo Franco, para retornar, al cabo de los siglos a volver a ser la calle Pintores.

 

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SAN JONAS ¿INTRODUCTOR DEL CRISTIANISMO EN CACERES?

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Una de las leyendas cacereñas gira en torno a la posibilidad de que San Jonás, a quien algunos autores dan como introductor del cristianismo en Cáceres, podría haber sido Patrón de la ciudad.

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Imagen de San Jonás saliendo del vientre de la ballena que se lo había tragado.

Ya sabeis que la historia, en ocasiones, es la historia. Y que, a veces, se hace leyenda. Y que, en muchos casos, entre la historia y la leyenda, hay un salto gigantesco. Por lo general, inclusive, sin testimonios ni explicaciones mayores. Y entre las leyendas de y sobre Cáceres figura la del profeta San Jonás como introductor que del cristianismo en dicha villa, ni más ni menos, de allá por el siglo I.

El caso es que, según diversas fuentes en alguna parte de la tradición popular y que figura en algunos escritos de la propia historia, se señala que San Jonás, natural de Atenas, discípulo de San Dionisio Aeropagita, ni más ni menos, fue el introductor del cristianismo en Cáceres, ya que el mismo, habiéndole mandado Dios a predicar los evangelios a Nínive hay quienes cuentan que cambió de trayectoria y se encaminó hacia Tarsis. O sea, hacia España. Si bien el hecho cierto, si nos guiamos por algunos pasos de su biografía, es que el Papa San Clemente y San Dionisio Aeropagita mandaron a San Jonás como Presbítero de Cáceres, cargo que, en aquel entonces, equivalía a Obispo.

Encaminóse, pues, San Jonás a divulgar y predicar el Evangelio por tierras cacereñas, sigue señalando la leyenda, donde, al parecer, divulgaría las magnificencias, excelencias y prédicas del cristianismo durante siete largos años, para regresar posteriormente a Roma, cuna de la cristiandad, de donde procedió a pasar a la Galia, para continuar con sus mensajes evangélicos, y regresar en su día, según determinadas fuentes, a Cáceres.

Su primera llegada se situaría, según los datos, por el año 86, fecha en la que Domiciano, nombrado a la vez en su día como Emperador, Pontífice Máximo y Pater Patriae, es decir, Padre de la Patria, como rezaba su nombramiento, persona despiadada en extremo, ya mantenía una muy severa, incansable y cruel persecución contra los cristianos.

Más alguna relación, motivo o explicación debiera de existir en el proceso histórico entre San Jonás y Cáceres. Si bien, para no engañarnos y a tenor de los hechos, todo apunta con bastante más posibilidad de certeza al fenómeno de la leyenda, como tantas y tantas.

Pero el hecho evidente es que en el siglo XVII, procede a alzarse la Ermita del Vaquero en la cacereñísima calle de Caleros, tras la aparición de la Virgen de Guadalupe en Las Villuercas al pastor Gil Cordero, que vivía en la calle en la que se edificó dicha ermita.

Ermita que cuenta con fachada de Sebastián Acosta. Y ermita dedicada, claro es, a la Virgen de Guadalupe. Y he aquí, sin embargo, el misterio. El retablo, obra de Juan Bravo, está presidido por una imagen de la Virgen de Guadalupe y alberga curiosas pinturas de algunos santos, como es el caso de San FranciscoSan Pedro, Santa Lucia, San Ildefonso, San Antonio, San Diego, San Juan Apóstol, y la aparición de la Virgen a Gil Cordero, en el banco del retablo. Mientras que, flanqueando a la Sagrada Imagen, aparecen Santa Eulalia, Santa Lucia, San Benito y, oh casualidad, San Jonás.  ¿Qué relación guarda, pues, como figurar, así, de repente, en una tabla de una iglesia en la ciudad de Cáceres?

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Tabla de San Jonás en la ermita del Vaquero, en  Cáceres.

La imagen del profeta se muestra y ofrece en la Ermita del Vaquero a través de una tabla que representa a la figura del profeta San Jonás y que aparece, tal como se aprecia en la fotografía, con la cabeza en la mano. Si bien algo más sorprendente aún es que, como se puede distinguir en la fotografía, el mismo aparece con vestidura sacerdotal de sotana. ¿Pudiera ser porque en su día el Papa San Clemente, si seguimos algún relato, le ordenó Sacerdote y Presbítero? Todo pudiera ser, aunque no todo resulte fácil de creer en las consideraciones de las propias tesis que pudieran existir alrededor de esta historia. La de la relación de la figura del profeta San Jonás con Cáceres en aquellos remotísimos tiempos.

En algún lado, pues, y por motivo alguno debió de aparecer la vinculación de la figura de San Jonás con Cáceres, aún como fruto de la imaginación e inventiva popular, y con la suficiente fuerza, podríamos añadir, como para figurar en una iglesia por los siglos de los siglos.

Pero, precisamente por todo ello, e inclusive a a pesar de todo, la pregunta queda en el aire ¿Por qué le ha olvidado la historia o la leyenda o la devoción popular?

Hay quienes apuntan que todo se pudo deber, en su momento, a algún relato llevado a cabo por la invención de don Juan Solano de Figueroa y Altamirano, del que algunos señalan que fue predicador o misionero, y hasta hay quien deja constancia de que fue un cronista con amplias dosis de invención y creación en sus conceptos. Si bien nadie ha explicado los motivos.

Pero como la historia, por lo que se ve, se las trae, la contamos hasta donde hemos podido conocer en nuestras investigaciones y con las que seguimos como fruto de la curiosidad en el ámbito y el panorama de las Anécdotas cacereñas.

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Portada del libro «San Jonás, presbítero y Mártir, Apóstol, Predicador y Maestro de la Noble y Muy Leal Villa de Cáceres», obra de Juan Solano de Figueroa y Altamirano.

El hecho cierto es que Juan Solano de Figueroa Altamirano, 1610-1684, nacido en Jaraicejo, fue doctor teólogo, Canónigo Penitenciario de la Santa Iglesia de Badajoz, Visitador General de su Obispado y Comisario del Santo Oficio de la Inquisición y Vicario de Medellín y su Partido, y que escribió un libro titulado «San Jonás, Presbítero y Mártir, Apóstol, Predicador y Maestro de la Noble y Muy Leal Villa de Cáceres«, editado en Madrid, por Joseph Fernández de Buendía, en 1665, en el que se refiere al ejercicio del Ministerio Apostólico de San Jonás en Cáceres.

En el mismo se señala que en sus prédicas afeó «las torpes costumbres de los habitadores, la ceguedad de su idolatría, el número de sus dioses, la superstición de sus ministros«. También dejó constancia de que era indebida la adoración a Ceres y que «la abundancia que prometía la estatua era únicamente efecto de la liberalidad de un solo Dios verdadero, Creador omnipotente de lo visible e invisible en cielo y tierra y de las demás criaturas contenidas en sus orbes«.

Asimismo el autor destaca que San Jonás predicó en Cáceres «El Altísimo Misterio de la Santísima Trinidad, la Encarnación del Verbo, su vida, muerte y Resurrección«

De tal modo es así su pasión por San Jonás que el Capítulo II del citado libro lleva como título «Propónense las razones y fundamentos para que el señor Obispo de Coria, usando de su autoridad ordinaria, declare a Jonás por Santo Natural de Cáceres, a título de haber sido un Padre, Maestro y Predicador«.

Juan Solano de Figueroa y Altamirano incluso abunda al definir los siete años que estuvo San Jonás en Cáceres «y en las poblaciones de su contorno predicó como su apóstol» y llegando a destacar la figura de sus sermones. Más aún cuando señala, textualmente, que «Por esta razón ha sido Cáceres República tan Cristiana, tan Católica, tan Religiosa».

También apunta en el libro expuesto, dejándose llevar de las tesis del muy erudito Maestro Fray Francisco Vinar, monje de San Bernardo, que San Jonás murió en Cáceres, y que «Esta Villa es el Pago Castrense que refiere el Martirologio Romano«. Lo que, sin embargo, otros muchos historiadores, con más señalados argumentos, apuntan en las cercanías de París, en tiempos, ya, del emperador Juliano, cuando «obedeciendo el mandato del Prefecto le derribaron la cabeza de los hombros«.

Aún así y en su exacerbación el autor del libro subraya que «Siendo pues San Jonás Pastor y Padre de la Iglesia de Cáceres es consiguiente que sea vecino y ciudadano, y para este efecto, natural de Cáceres: y que goce de los honores, títulos y privilegios que gozará y goza cualquier Santo que ha sido Pastor y Obispo de alguna Iglesia«

El mismo fray Vinar expone, en referencia a la presencia de San Jonás en Cáceres, que «no solo merecimos sus naturales tener a San Jonás por Padre, sino que él se precia de ser su hijo, pues nació en Cáceres para la gloria en el martirio«.

La pregunta es cómo el canónigo Juan Solano de Figueroa y Altamirano pudo haber obtenido tantos y tan exhaustivos datos con base en el siglo I. Si bien hay quien y quienes descalifican el texto del mismo de principio a final.

El historiador, epigrafista y religioso agustino Enrique Flórez de Setién y Huidobro, que descalifica la obra de Juan Solano de Figueroa y Altamirano tildándola de cronicón.

El historiador, epigrafista y religioso agustino Enrique Flórez de Setién y Huidobro, que descalifica la obra de Juan Solano de Figueroa y Altamirano tildándola de cronicón.

Aunque tiempo después el padre agustino Enrique Florez de Setién y Huidobro, 1702-1773, historiador, epigrafista, miembro del Consejo de la Inquisición en el cargo de Revisor y Visitador de Librerías, ajusta cuentas con Juan Solano de y Figueroa y Altamirano a través de su amplia obra «España Sagrada», en el volumen XIII, titulado: «De la Lusitania Antigua y de su metrópoli, Mérida«, publicado en 1756, y en el que señala, puntualmente, en referencia al mismo que «Como esta Villa es tan sobresaliente no quiso el inventor de los nuevos cronicones dejarle sin alguna muestra de su liberalidad, y así le concedió a San Jonás o Jonio, presbítero y mártir, diciendo en nombre de Flavio Dextro, que predicó en Castra Cacilia de Lusitania».

Por lo que el libro de Juan Solano de Figueroa no tendría siquiera visos de leyenda, mientas otros sostienen que se trata de una invención de los entones llamados cronicones que fomentaban las más falsas devociones.

Asimismo es de señalar que la publicación «Metellinense«, de la Asociación Histórica Metenillense, que define a Juan Solano de Figueroa y Altamirano como gran predicador y excelente documentalista, subraya: «Más cuidado hemos de tener con sus afirmaciones eruditas –en muchos casos gratuitas– sobre la Antigüedad, cuando no conoce base documental o cuando se deja llevar por sus deseos, o por sus expectativas religiosas de tipo hagiográfico».

Si bien, claro es, son muchos más, los que señalan que San Jonás no apareció por estas tierras de la antigua Tarsis ni por asomo, lo mismo que hay quienes hacen referencia que todo fue producto del mercadeo de las reliquias de cara a tratar de influir en la siempre ingenua opinión popular y de cara, claro es, a la obtención de dádivas y limosnas, aunque se ignora si las mismas pudieran ser para el mantenimiento del culto. Como rezaba en la tradición popular.

¿Llegó a aparecer por algún lado y lugar de Cáceres san Jonás? No obstante una nueva pregunta queda en el aire ¿Por qué le ha olvidado la historia o la leyenda o la devoción popular?

Porque de haber sido verdad la historia, y corroborados los hechos, tal vez hoy San Jonás podría ser el patrón de Cáceres en lugar de San Jorge.

Sea como fuere no deja de resultar un pasaje curioso en el panorama de las Anécdotas de la Historia de Cáceres y hasta de sus misterios y fenomenologías.

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EL MILAGRO DEL CONVENTO DE SAN FRANCISCO

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La verdad sea dicha. Y es que para que el Convento de San Francisco se alzara en Cáceres en pleno siglo XV, tuvo que acaecer un milagro. O, al menos, algo parecido.

 

convento de san francisco

El Convento de San Francisco y cuya construcción, cuenta la leyenda, se debe a un milagro.

En aquellos duros años, de tanto trasiego y mendicidad por doquier, llega a Cáceres desde Valencia, el fraile franciscano Pedro Ferrer, junto a otros dos hermanos, con la sana y espiritual intención de erigir un Convento. Lo que no era precisamente cuestión menor.

Menos aún en una Villa como la de Cáceres que hacía señalar en sus Fueros, tras la conquista, que se prohibían las Ordenes Mendicantes. ¡Cuán largo se lo fiaba, pues…!

Más el tesón y su confianza en el Señor hizo que fray Pedro Ferrer insistiera con harta saciedad ante el Concejo, llegando hasta el Corregidor Perpetuo, que le negaba cualquier ayuda señalando que los Fueros especificaban de forma manifiesta la prohibición de dar bienes a los religiosos.

Por lo que fue llegado el día que fray Pedro Ferrer, tras largos periplos, imploraciones al Señor y cansancio de patear la Villa, decidiera partir donde le llevara su cabalgadura en la esperanza de que un rayo de luz posibilitara su llamada del Señor y poder dar prédica a los Santos Evangelios.

Antes de emprender el camino, con algunos libros religiosos y mínima intendencia, el jumento se resiente de la falta de una herradura.

Fray Pedro Ferrer acude a un herrero en la entonces Plaza del Potro, a orillas mismo del Convento de Santa Clara. Pero fraile y herrero no alcanzaban acuerdo alguno porque el religioso vivía de la limosna y carecía de moneda alguna.

En esas aparece un caballero de alta cuna y distinción. Ni más ni menos que don Diego García de Ulloa, Señor de Media Cacha, a quien todos conocían en la Villa de Cáceres como el Rico.

El fraile pidióle limosna. Pero don Diego García de Ulloa respondióle que no llevaba nunca dinero encima.

convento san francisco 1959

El Convento de San Francisco, toda una institución en Cáceres, en una fotografía del año 1959.

Fray Pedro Ferrer, que solo pretendía cambiar de aires hacia otra Villa, le insistió que buscara por su ropaje. Petición a la que accedió don Diego García de Ulloa que rebuscó en la seguridad de que no encontraría ni la más nimia moneda con la que socorrer al franciscano.

De repente el noble encontró en lo más recóndito de sus vestiduras una moneda de oro. Hallazgo que atribuyó a un milagro. Por lo que, como narra Fray José de Santa Cruz, «reconociendo en el prodigio la virtud del siervo de Dios se arrojó del caballo a sus pies, pidióle perdón del despego con que había respondido y rogóle que desistiese de la determinación de irse de la Villa».

Noble y fraile entraron, entonces, en conversación. Más don Diego García de Ulloa acabó convencido de que la voluntad del Señor radicaba en que el monje franciscano, pedigüeño durante largo tiempo por las callejuelas y plazoletas cacereñas, pudiera alzar su anhelado Convento

En nada y menos logró convencer al Concejo para erigir un convento desde el que fray Pedro Ferrer divulgó el mensaje espiritual de San Francisco y las bondades asistenciales de la Orden.

El Convento llegó a ser sede del Colegio de Teología Escolástica en 1781, sufrió significados daños, saqueos y destrozos durante la Guerra de la Independencia e incluso fue incendiado por las tropas del general Juan Martín, El Empecinado.

El investigador e historiador Publio Hurtado publica en su libro «Recuerdos Cacereños» que «Los frailes franciscanos eran, pues, los obligados oradores en la cátedra sagrada, los directores de hecho de las conciencias, los zanjadores de rencillas familiares, y los que departían a diario con las autoridades locales sobre asuntos tocantes a la vida pública».

El edificio también fue desde el año 1841 Hospital General Civil y Hospicio de Niños a partir del año 1890 hasta que en 1939 se convierte en Colegio Provincial.

El mismo también fue utilizado como Casa de la Misericordia, cuartel y caballerizas en tiempo de guerras, y hasta como Casa de Refugio para Pobres y Errabundos Transeúntes.

Un lugar, el Convento de San Francisco, Monumento Histórico-Artístico desde 1949, y sobre el que muchos cacereños aún recordarán entre infinitas estampas de cariño a sus tutores que velaron en sus aulas y talleres por su formación para abordar los retos de la vida.

NOTA: La primera imagen está captada del blog visitardosdias.com y la segunda del blog caceresenochodias.com.

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EL POZO DE LOS ENAMORADOS

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La Leyenda del Pozo de los Enamorados es una de las que figuran en el amplio capítulo de las leyendas en Cáceres.

 

SANTUARIO VIRGEN DE LA MONTAÑA 1

El Santuario de la Virgen de la Montaña forma parte de la historia de la Leyenda de los Enamorados, un hecho real en la ciudad de Cáceres que se acompañó, también, de inventivas populares.

Una Leyenda, la del Pozo de los Enamorados, de honda raigambre popular, y que, tal vez, no conozcan en toda su exactitud y precisión todos los cacereños, en el sentido de que la leyenda nació de la propia realidad de los hechos.

Caminaban los últimos años del siglo XIX o los primeros años del XX, que no se sabe y precisa con exactitud, cuando una moza y doncella cacereña, de familia hacendada, y por tanto de buenos recursos y posibles, llamada Margarita, aunque otros conocen como Mariquita, que hasta en eso hay dudas, se enamoró perdidamente, al parecer, del hijo de un albañil que andaba atareado y afanado en medio de unas obras en la Casa-Palacio en la que vivía la familia de la distinguida moza y perteneciente a recio abolengo. Amor correspondido por el joven y del que, a parecer, pudieron haber nacido paseos y confidencias propios de los siempre ansiados amoríos de la mocedad.

Más una relación y un amor que se cortó de inmediato, en cuanto la noticia de la misma llegó a oídos del padre de la joven, que lucía distinción en sus paseos por la ciudad de Cáceres. Hasta tal punto que, acaso por las diferencias sociales entre las familias de los enamorados, sin mayor motivo que su propio criterio, decidió cortar de raíz dicha relación al prohibir salir de la casa a su hija.

La severidad del castigo impuesto por el padre hizo imposible la continuidad de la relación entre los dos mozos cacereños. Pero el amor, al parecer, tiraba más de los jóvenes que el silencio de la distancia y la amargura de no poder verse,.

santuariodelamontaña1

… Y allí, en aquellos bancos del Santuario, y ante la Virgen de la Montaña, quedó el secreto de los enamorados y protagonistas de la Leyenda y la realidad.

Al cabo del tiempo ambos pudieron citarse una tarde de domingo. Y, tras el encuentro, ni cortos ni perezosos, se encaminaron, de forma decidida, hasta el santuario de la Virgen de la Montaña, enclavado allá en la Sierra de la Mosca, y en cuyos bancales donde desplegaron durante un tiempo, quizás nunca mejor dicho, todo un rosario de oraciones. Oraciones, eso sí, con aires de despedida.

Porque desde el Santuario la pareja se marchó hasta la zona conocida como El Cuartillo. Y allí, llegados al pozo que llaman Cuartujo, dejaron junto al mismo una serie de prendas. Una gargantilla, unos pendientes un lazo una cadena y un reloj. También dejaron una carta envuelta en un pañuelo de seda.

Acto seguido, tras darse un cálido beso, jurándose amor eterno y «unidos por una cinta», como cuenta el romance, los dos jóvenes decidieron lanzarse a las profundidades del Pozo. Y que, desde entonces, se conoce como el Pozo de los Enamorados.

Un hecho que conmovió a toda la sociedad de una pequeña capital, como era Cáceres mientras los pregones y romances sobre el acaecer y aconteceres de la infortunada y desventurada pareja, enamoradizos jóvenes, corrían por tabernas y mercados, por plazoletas y callejuelas, por esquinas y rincones. Y, si nos apuran, hasta por los aires y los ecos y los vientos. Aunque, eso sí, la leyenda se diluía en el tiempo y quedaba, para la historia el romance.

La carta que quedó envuelta en el pañuelo de seda decía:

El domingo por la tarde, subieron a la Montaña
al despedirse del mundo los dos amantes del alma,
adios calle de pintores, con tus tiendas y boticas
que me voy a tirar a un pozo con mi novia Margarita,
en la orilla del pozo la gargantilla quedó, el lazo y los
pendientes y la cadena y el reloj, en el pretil del pozo
una carta quedó escrita, con el pañuelo de seda de mi
novia Margarita, al pozo del Cuartillo es preciso echarle
llave, que no se vuelvan a hogar hijos de tan buenos padres,
en el pozo del Cuartillo con mas de dos metros de agua, se
ahogaron dos amantes atados con una faja, en el pozo del
Cuartillo por angostas estrechuras se han ahogado dos
amantes atados por la cintura.

No obstante es de señalar que el romance sobre el suceso y su leyenda contiene muy similares características.

NOTA: La imagen del Santuario está sacada de la página www.todocoleccion.net, en edición de M.C. Cáceres. La fotografía del interior del santuario está obtenida del blogspot semanasantaymás.

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