EL INDIANO PORCALLO, CAUCUBÚ Y TINIMA

De conquistas y amoríos del indiano cacereño Vasco Porcallo, fundador de la villa de la Santísima Trinidad y Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo, en Cuba, y que, según algunos historiadores, llegó a tener 350 hijos.

El conquistador e indiano cacereño Vasco Porcallo de Figueroa.

El conquistador e indiano cacereño Vasco Porcallo de Figueroa.

Caucubú y Tinima fueron, según el relato de la historia, los grandes amores de aquel capitán y extremeño de alto linaje, con casa principal en Cáceres, durante el recorrido por las Indias, que se llamaba Vasco Porcallo de Figueroa (Cáceres, 1474- Puerto Príncipe, 1550).

Un joven que, tras luchar en Italia contra los franceses, con las huestes del Rey Fernando, en 1502 se enroló en la expedición que conquistaría la isla que denominarían La Española, bajo el mando de Fray Nicolás de Ovando, Comendador de Lares en la Orden de Alcántara.

Con su capital de familia y junto al gran número de esclavos indios y africanos y tierras que le correspondieron en el repartimiento, tras derrotar a los insurrectos de Higüey y Jaragua, lo que hoy es Haití y República Dominicana, el último cacicazgo taíno, comenzó toda una larga serie de nuevas aventuras, que se basaban, de modo fundamental, en una personalidad aguerrida, , severa, dura, decidida, constante y en la lucha por la obtención del mayor poder socioeconómico posible en aquellas tierras a las que llegaba desde España.

Porcallo también emprendió la ruta en la conquista y pacificación de Cuba bajo el mando de Diego Velázquez de Cuéllar y  se asentó en la villa de la Santísima Trinidad, que fundara en 1514, hoy Patrimonio de la Unesco, con casa muy adornada y repostería, de donde llegó a ser Gobernador, dueño de inmensas haciendas y encomiendas, ejerciendo un poder ilimitado y obteniendo una fortuna con la adquisición y venta de sus esclavos. Una práctica que ejerció con una señalada frecuencia.

Asimismo fundó la villa de Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo, en un día de enorme vendaval y ante una cruz de madera, que más tarde fuera llamada San Juan de los Remedios.

Una joya histórica y arquitectónica, conocida como la octava villa de Cuba. Y coparticipó en la fundación de Santa María de Puerto Príncipe, hoy Camagüey, San Salvador del Bayamo, Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa y Sancti Spiritus.

Con una vida cuajada de todo tipo de riquezas, inmensas posesiones, muy fuertes y señaladas influencias y todo clase de absoluto poder por doquier, con muchos criados, Porcallo también se dedicaba, entre sus actividades, a prestar ayuda a las naves y aventureros que caminaban con destino en el rumbo de conquistas de tierras, tierras y más tierras, como la llevada a cabo por Pánfilo de Narvaez, explorador de La Florida y gobernador de las provincias comprendidas entre el río de las Palmas y el cabo de la Florida, y que financió con extraordinarias ayudas.

Lo mismo que en el año 1539 se unió desde la Trinidad a su amigo y también conquistador extremeño Hernando de Soto, gobernador entonces de Cuba, en el afán de lograr nuevos objetivos, acompañándole como teniente general de la Armada camino de la conquista de la isla de la Florida, “con ocho navíos, carabelas y bergantines”, y manteniendo numerosas y duras batallas contra los indios, y en una de las cuales falleció Hernando de Soto.

Y es que Vasco Porcallo de Figueroa, tal como dejan constancia numerosas crónicas de la historia, se conformaba como todo un personaje de la Conquista de las Indias y que no paraba en sus afanes y que iban más allá, de la propia panorámica de las aventuras y riesgos de los esforzados aventureros y conquistadores.

Diego de Velázquez y Cuéllar, gobernador de Cuba.

Diego de Velázquez y Cuéllar, gobernador de Cuba.

Asimismo participó en la conquista de Nueva España, México, junto a Hernán Cortés, y fue uno de los quinientos firmantes de un manifiesto a Carlos V para que nombrara a Hernán Cortés capitán general de Nueva España. Lo que haría el Emperador y a quien visitaron ambos dos en el año 1529, allá en la Corte, junto a otros expedicionarios, “en momento de gloria” siendo recibidos “con honores en la corte de Carlos V”.

Porcallo se enriqueció mucho más con el descubrimiento en sus posesiones de minas de oro y plata, con lo que consiguió alcanzar el rango y el privilegio de ser el terrateniente más poderoso de Cuba con sus haciendas y viñas que se expandían desde la provincia de Camagüey hasta Las Villas, y con una extensión aproximada a Bélgica.

Vasco Porcallo se  configura como un personaje de no muy grato recuerdo en Cuba, al que la mayoría de los historiadores denominan como cruel encomendero, feroz, infame o sanguinario soldado, Pastor Guzmán le describe de “noble innoble, gran fornicador, pícaro redomado y señor feudal de horca y caudillo”, la historiadora María Antonieta Jiménez Margolles le tilda de pavoroso y Eduardo Zayat Bazán escribe que “el español más odiado y temido por los siboneyes era el Capitán Vasco Porcallo de Figueroa”.

Si bien fray Diego de Sarmiento Sotomayor, religioso cartujo deja constancia de que es “la más cualificada persona de esta isla, de linaje y hacienda”, además de “generoso y animoso, y es mucha parte para sustentar esta villa y la de Sancti Spíritus”. Asimismo señala que “todos le respetan como a padre, por sus buenas obras”.

También el inca Garcilaso de la Vega le define como “hombre generoso y riquísimo, que ayudó magníficamente para la conquista de la Florida” y Marcos Antonio Ramos apunta que el conquistador cacereño es “figura pionera y hasta legendaria de nuestra historia, uno de los propulsores de la colonización y desarrollo de Cuba”.

Asimismo es de señalar que, siguiendo el relato de las crónicas, Porcallo era especialmente adicto a mujeres indígenas , por lo que sus descendientes eran mestizos. Y aunque, oficialmente, se le reconocen cuatro esposas y trece hijos, el historiador Eusebio Leal Spengler subraya que recorría todos aquellos y amplias zonas “cargado en una litera, le precedían sus mujeres indias y más de 350 hijos naturales que tuvo con ellas”. Más moderado en la cifra el historiador Venegas Delgado le atribuye más de cien hijos y Franck de Varona, relata en un ensayo que “muchos camagüeyanos y cubanos de otras partes de Cuba son descendientes de Vasco Porcallo de Figueroa y de la Cerda”.

Un día cualquiera del correr del año 1513 Vasco Porcallo, de una vida verdaderamente polígama, en el transcurso de una fiesta que ofrecía en el poblado de Mancanilla el cacique de la región de Guamuhaya, Manatiguahuraguena, a Diego Velázquez, gobernador de Cuba, Porcallo puso sus ojos en Caucubú, que en lengua india quiere decir “piedra de oro“. Caucubú se mostraba como una muy hermosa doncella, esbelta como la propia jocuma, cuentan los relatos, hija del cacique y cuya belleza llamaba la atención en muchos kilómetros a la redonda.

De larga y negra melena, sus ojos, penetrantes y atractivos, brillaban y deslumbraban al mismo sol que reluce durante el día. De piel entre acaramelada y de color membrillo. De sus labios emanaban manantiales de preciosas melodías, de sus sentimientos nobleza y bondad y de ella, ay, salía la luz que deslumbraba a tantos mortales que suspiraban siquiera fuera por la sensibilidad de poder deleitarse contemplándola… Y, por si fuera poco, bailaba las danzas indígenas como nadie, con una dulzura que abría los propios misterios de los cielos… Y siempre, además, lo que se dice siempre, contaba con una límpida y arrolladora sonrisa para todos.

Cuando las fiestas nocturnas alrededor del fuego, y con el aroma que surgía de los lirios y de las ramas de guayaba, que ascendían aromatizando el ambiente, bailaba con especial y alegre encanto en areitos, danzas aborígenes de las Antillas Mayores.

Hasta el extremo que desde los cacicazgos de Cubacanán, Escambray, Sabaneque, Magón, Ornafay, Sabana, Jague y hasta de la lejana Camagüey se llegaban en inquietas y apasionadas visitas de primogénitos de caciques y nitaínos en busca de lograr su amor lo mismo que la pretendían hidalgos…

Pero Caucubú, entregada a sus afanes artesanales y comidas, a sus entretenimientos, y enamorada perdidamente de Naridó, Cara Roja, un joven pescador y cazador, con lo que mantenía el sustento familiar, que le correspondía en las campas del amor, dejaba pasar los días en medio de sus encantos, arrobados al viento de las inquietudes de sus admiradores, al tiempo que se mostraba atenta con madres y hermanas de sus pretendientes y hasta les obsequiaba, al parecer, con “primorosas hamacas salidas de sus talentosas manos y cuajadas de adornos confeccionados con el oro de las tierras de Mabujina o Arimao”.

Caucubú y Naridó sonreían de felicidad, con las manos entrelazadas de amor y miradas pasionales, en medio de una inmensidad de cedros, jagüeyes y otras especies arbóreas de la zona.

Hasta que Vasco Porcallo, de fuerte y engreído carácter, tirano, arropado en la inmensidad de su poder, de sus logros y de su riqueza, del que decían que ya contaba en su haber por aquellas fechas con más de cien hijos, obsesionado con los múltiples encantos Caucubú, pidió a la soldadesca de forma bellaca que la condujeran a su albergue, y, si fuera preciso, al precio que sin límite que se estipulara, y, en última instancia, por la fuerza.

Como quiera que Caucubú estaba avisada de las pretensiones de Porcallo y presidida por sus sentimientos de fidelidad y lealtad inquebrantable a su amor por Naridó, antes de quedar sometida a los caprichos del conquistador cacereño, acosada por la búsqueda de las huestes españolas, huyó atravesando el mágico valle de Vicunia, echó una mirada hacia la inmensidad del paisaje humano y terrenal que se le ofrecía a la vista, atrás, mandó un beso, empapado en un pañuelo de lágrimas, así de grande a su gente, a su tierra, a sus paisajes, al infinito, y se adentró en la llamada Cueva de las Maravillas para encerrarse en un definitivo cautiverio.

Como ni Porcallo ni sus soldados daban con ella, imaginando que el padre de la hermosa joven sabía de su paradero, lo que el mismo negó, fue torturado hasta su muerte, mientras los taínos que conocían su destino le llevaban frutas y flores, donde, un día, se ignora si de hambre, de pena, de decepción, de soledad, o, quizás de amor, perdió la vida…

… Y, poco tiempo después, Naridó también falleció. Unos cuentan que de un espadazo de daga española, otros que de pena bajo el llanto constante ante el sol y la luna, y otra versión relata que el joven fue capturado descubierto por la soldadesca española y torturado hasta la muerte.

La leyenda tradicional indocubana narra que, en las noches de luna llena, Caucubú se muestra por la magia de los aires en todo su esplendor y belleza, con su larga y suave melena al amor de los vientos y al viento de los amores, y que sus ojos miran a la inmensidad de aquellas tierras de su vida, mientras sueña con encontrarse con Naridó

No obstante el conquistador y encomendero cacereño Vasco Porcallo de Figueroa siguió adelante a través de los pasos de su vida en medio de todas aquellas y muy diversas inquietudes y con las pautas que se iba marcando de modo férreo..

El cacique Camagüebax, que da nombre a Camagüey.

El cacique Camagüebax, que da nombre a Camagüey.

De tal modo que, llevado por sus impulsos ante las mujeres de aquellos lugares, un día Porcallo se enamoró de la princesa Tinima, (Sabaneque, 1490), joven de impresionante belleza, atractiva, hija del cacique Camagüebax, y que recibió el nombre del río, que lleva sus aguas en medio de una muy tupida y coloreada vegetación.

Camagüebax dominaba la región aborigen en Camagüey, ejerciendo el mando entre los ríos Tinima y San Pedro, donde los castellanos fueron muy bien recibidos, y donde les dispensaron muy generosa hospitalidad.

Tras múltiples e infructuosos intentos de casi toda índole para conquistar el corazón de Tinima, y una vez que los españoles mataron a su padre despeñándole desde lo más alto de la cima del cerro Tuabaquey, la misma fue forzada a desposarse “con el arrogante y temido conquistador Vasco Porcallo”, y, que, después de bautizada, fue conocida como Elvira Tinima de Mendoza.

Tinima sufrió muchos pesares desde su desposorio con Porcallo y no había día que no dejara en sus dependencias y en sus soledades todo un mundo arrastrado de las más pesarosas penas.

Hasta el extremo que un día, desesperada por tanta desgracia, sufriendo a la vez el paulatino exterminio de las gentes del poblado, marchó tierras arriba del río Tinima con la decisión de arrojarse a las aguas en un gesto, cuentan algunos, de coraje, y otros, de amor propio. Tinima fue ascendiendo, paso a paso, latido a latido, lágrima a lágrima, hasta que se lanzó desde lo más alto, a las aguas, claras y transparentes, del río que le dio nombre, y, envuelta en todo un mar de adioses y recuerdos, de estampas de toda una vida, que llevaba grabadas en lo más hondo de su alma. Y así evitar más sufrimientos.

Aún hoy se cuenta que el murmullo del caminar de las aguas del río Tinima evoca el hondo sentimiento y dolor de la princesa y que su larga y negra cabellera, junto a sus lágrimas de amor de pueblo indio, aún se dejan ver, de cuando en vez, emergiendo del cauce del río en la inmensidad de su figura y diseñada entre la frondosidad de la zona y el fondo azul del cielo…

Tras el fallecimiento del indiano cacereño Vasco Porcallo de Figueroa, acaecido en Puerto Príncipe, en el año 1550, sus restos fueron enterrados bajo el altar mayor de la parroquia de Santa María de Puerto Príncipe, la actual Camagüey.

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