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Archive For The “Relatos” Category

EL PICONCILLO

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El piconcillo, aquella cabezadilla que tantos y tantos se echaban, después de almorzar, como un pequeño tiempo de descanso antes de reemprender las tareas por la tarde. Una costumbre popular que ya parece haber desaparecido como arrasada por las corrientes de intensidad de los tiempos modernos. Que pareciera que todo se lo llevan por delante. El artículo aparece publicado hoy, 13 de febrero de 2020, en el periódico regional «Hoy»

— No armes ruido que tu padre está echando un piconcillo.

Los dos pequeñuelos cogimos la pelota Gorila, que habían regalado a mi amigo cuando su madre le compró unos zapatos, y nos marchamos con la música a otra parte.

Dejamos adormilado a su padre en el sillón de mimbre tras comer y echarse un café de puchero, transportándose al mundo de la soñarrera, con algún manotazo de cuando en vez, antes de volver a sus tareas.

Salimos de puntillas desde el cuarto de estar, atravesamos el lúgubre pasillo y accedimos al patio para echarnos un fío, o sea, un partido de fútbol, hasta sudar como un pollo, batiéndonos el cobre, imitando a Tate, ídolo del Cacereño…

En el patio estaban el señor Genaro y su ayudante, Silvestre, con gafas de miopía severa, ataviados con un mono azul y manchones de cemento, que andaban subiendo unas tapias. Tras haber almorzado, tartera en mano, también daban una cabezada, sentados de espaldas a la sombra de una higuera, las gorras en las manos…

Genaro y Silvestre parecieran en pleno sopor, por lo que optamos por echarnos la pelota de mano a mano con el mayor sigilo. Ni fío ni ná…

En esas ‘Canelo’, su perro, se lanzó por la pelota, ladrando suave, tímidamente. Ambos enrojecimos por la imprudencia.

Silvestre bostezó y murmuró:

— ¡Chacho, no podemos echar un piconcillo, como tó quisque, antes de seguir trabajando…!

En escasos segundos ya estaba la señora Matilde, madre de mi amigo, reprendiéndonos en voz baja, mandándonos a la calle:

— ¡Anda, que no teneis vergüenza! ¡Ni dejais descansar a los albañiles…! ¡Fuera de aquí…!

Genaro razonó:

— ¡No se preocupe, señora, que ya andamos espabilados…!

Desde la cacereña calle Margallo se escuchó el pregón de un lugareño de Malpartida, bañado en negro, gritando:

— ¡Picón… quién?

Los dos amigos se miraron confundidos. Acaso porque no convergían las diferencias entre el picón del malpartideño y el piconcillo de los traspuestos.

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TIERRA DE SILENCIO

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Se cumplen ahora 35 años de la publicación de mi novela TIERRA DE SILENCIO, que se basa en y sobre el drama migratorio de Extremadura. Una de las mayores tragedias histórico-sociales de nuestra región.

Una tierra desgarrada, la extremeña, por la sangría de la emigración en ese arco, segmentado desde los poderes políticos, entre el Gobierno y el desarrollismo industrial, que se centra en una serie de Comunidades, fundamentalmente Cataluña, el País Vasco y Madrid, que se potencian, de forma excepcional a raíz de los años sesenta, en base al esfuerzo de los jóvenes brazos de los muchachos extremeños, castellano-manchegos, andaluces, castellano-leoneses, emigrando hacia los polos de desarrollo, ayudando, con su sudor a levantar otras tierras ajenas   todas sus dinámicas, en aquel entonces, mientras las extremeñas se perdían por las campas del olvido de tantos y de tantos… ¡Malditas paradojas…!
Una injusticia y un severo dolor, el de los emigrantes, en todas sus vertientes: La lejanía familiar, ay, el abatimiento de los pueblos extremeños, el decaimiento económico, el desvencijamiento de la historia y las historias, de las tierras, de las tradiciones y costumbres, de los paisajes humanos, el desmoronamiento de las casas sensibilidad y la hondura de nuestras gentes… Y que hoy, todavía, continúan perdiendo hombres, mujeres, niños…
Lo que aún resulta peor: A fecha de hoy, 16 de septiembre de 2019, todos, absolutamente todos los municipios extremeños, incluidas las grandes ciudades, Badajoz, Cáceres, Mérida, Plasencia, Don Benito, Navalmoral de la Mata, Zafra, Miajadas, siguen perdiendo jóvenes y población respecto al pasado año…
¡Cuánta lástima y dolor segmentan los surcos de Extremadura, con la sangre de sus gentes, de su paisanaje, de sus nativos, traspasando la linde regional…!
En la contraportada de la novela se puede leer: «TIERRA DE SILENCIO, una novela que se desarrolla en un imaginario pueblo de Extremadura, refleja el drama de la emigración. La novela es una denuncia sobre una de las mayores injusticias que padece el pueblo extremeño, la emigración, así como la búsqueda de unos caminos de identidad y concienciación ante la grave problemática regional».
Asimismo se señala en dicha contraportada: «TIERRA DE SILENCIO rescata para Extremadura la novela social. Pero también es una novela política, con la que Juan de la Cruz nos acerca, suave y dramáticamente, al mundo de la emigración. TIERRA DE SILENCIO es una novela que sabe a Extremadura y donde más allá de la crítica se perfila un horizonte de esperanzas al que hay que saber llegar«.
Treinta y cinco años después, sin embargo, lamentable, lastimosamente para el pueblo extremeño, continúa latente la tragedia migratoria, con la paulatina marcha de sus brazos más jóvenes, mientras todos los pueblos y todas ciudades de la región continúan una pérdida poblacional.
Así comienza la novela:
«Cuando se iniciaba el día Campoáguila mostraba en sus callejuelas y plazas la huella del silencio que solo se rompía, rítmicamente, por el canto de los gallos desafiándose con el respaldo de las tapias que separaban los corrales.
A esa hora algunas estrellas todavía naufragaban entre las aguas del cielo. Poco más tarde, a lo lejos, asomaba el resplandor solar por un resquicio entre las montañas que se alzaban, enormes y gigantescas, como grandes dioses, presidiendo la humilde y sencilla vida de aquel pueblo casi perdido en la inmensa geografía extremeña.
Campoáguila, situado en un paisaje agreste y pintoresco, había sido y era un pueblo marginado de las acciones de desarrollo, de progreso, de justicia social, y que en muy contadas ocasiones había conocido la preocupación y ayuda de los órganos de la Administración. Pueblo cargado de desatenciones y abandono, larga y dramáticamente deshabitado, con el permanente calvario de una socioeconomía rudimentaria y regresiva, que guardaba entre sus reliquias una iglesia con el tejado medio derruido, cuyos fieles más asiduos eran las golondrinas, gorriones y vencejos que anidaban en su interior. 
También eran fieles y casi devotas visitantes de la iglesia, de año en año, cuatro o cinco parejas de cigüeñas que levantaban sus nidos sobre la torre del campanario, allá por San Blas, portando el presagio del buen tiempo…«.
Baste señalar tan solo que, a fecha de hoy, según las cifras oficiales, la región extremeña cuenta con 1.046.329 habitantes. Y que hoy, treinta y cinco años después, se contabilizan 1.070.586 almas. O, lo que es lo mismo, a día de hoy la población actual es prácticamente similar a la que se registraba en el año 1920.
Sin embargo es de subrayar, asimismo, que en el año 1920 España contaba con 21,388.531 habitantes y hoy son 47.007.6737 los ciudadanos que se registran en nuestro país…
La portada e ilustraciones de la novela «TIERRA DE SILENCIO» forman parte de un haz con unos llamativos dibujos, obra del prestigioso y cualificado pintor extremeño Juan Carrillo, afincado en París.

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CANOVAS, SENCILLAMENTE (Ante una fotografía de 1961)

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¡Cómo pasa el tiempo entre adioses y sonrisas, entre recuerdos y nostalgias, entre los senderos, los caminos, los vericuetos de la vida…! Golpe a golpe, verso a verso, que escribiera Antonio Machado, que cantara Serrat y que, entre otras cosas dice: Yo amo los mundos sutiles,/ingrávidos y gentiles. Siempre, claro es, en el Cáceres de nuestras pasiones…

 

caceres.plangeneral1961.canovasHoy, contemplando esta fotografía, fechada en 1961, he retrocedido, de una tacada, 55 años. Me he situado en la atalaya de aquel Cáceres por el que el entonces mochuelillo y bachiller de calzón corto transitaba sin más importancia que sus propias andanzas y correrías: Una fuga de una clase de don Pablo Naranjo o de don Daniel Serrano, o de don Juan Delgado Valhondo, señalados pedagogos, una mirada fugaz a aquella hermosa chiquilla, por la que uno bebía los tiempos y se juramentaba amor eterno, aunque hoy ya quizás el viento del olvido se llevó los amoríos niños por delante, una charla insubstancial sobre los aconteceres ciudadanos y propia de la muchachada. O, tal vez, el recorte del esquinazo de las Avenidas de España con la de la Montaña para las clases particulares de don Ricardo Durán, Buena gente, compañero. O en la ruta hacia la Escuela Normal donde andaban con sus magistrales enseñanzas don Isaías Lucero o don Julio Merino.

Se me ha hecho y se me ha echado encima, el silencio, la brisa del Paseo. Todo un arcoriris de adioses y de hasta luego, con sabor a Cáceres. Y hasta aquel viejo dicho popular cacereño que reza: Paseo, pipas y pa casa.

Cánovas, ay, siempre.

He sentido un pálpito contemplando, sin pestañear, la fotografía. He suspirado, he galopado, no se si he temblequeado, mientras, probablemente, se me caían algunas lagrimillas pespunteadas de Cáceres. Tan solo me he atrevido a decir, con aquellas secuencias, que un día fueron vitales, como la de echarnos agua de los estanques de Cánovas, –¡Ya veis, qué juegos…!–, que la fotografía contiene y se conforme de una belleza honda, penetrante… Acaso manando luz de vida o esplendor de aquellas escenas, sin embargo, cotidianas.

Por allí, aquel Cáceres que se apretujaba en el paseo de Cánovas, se andaba el Cine Norba como una explosión de distracción, el Asilo de los Pobres donde tantos muchachillos, y otros no tanto, íbamos a visitar a los ancianos, la Casa de los Málaga, en la fotografía adjunta, edificio singular («A las ocho nos vemos en la esquina de los Málaga«), el Café señorial del Avenida, con los limpiabotas, gitanos de pura cepa, colándose con sus aparejos, su cigarrillo en la comisura de los labios, su melena, larga y brillante, también gitana de pura cepa, y con aquella caja de cepillos, de cremas, de gamuzas, de cartas de la baraja que se colocaban por los laterales de los pies para no manchar los calcecines…

Lo mismo que se andaba Peluca que dejó las tijeras, el peine y la maquinilla por el tintineo de las pesetas rubias cuando los críos nos picábamos y nos empicábamos con las eternas partidas del futbolín. ¡Vaya un personaje, Peluca, para los críos y adolescentes y jóvenes, comandando aquellos catorce o quince futbolines…!

Como emanaban los aires y aromas del Café-café kiosko Colón. Lo mismo que se salpicoteaba la esquina del Requeté, de nuestro querido Getulio, que lograba colas que ni en un partido del Club Deportivo Cacereño contra la Unión Deportiva Plasencia, a ver si les zurrábamos la badana, el pase de alguna peli de por Aquellos Tiempos. Acaso «Molokai«, «El puente sobre el río Kwai«, «Los cañones de Navarone«, o el desfile, no se si insondable, de la rutina y del trasiego.

Y la estampa de Caldera, Santiago, el creador de la saga fotográfica, con sus burrillos, sus toritos, sus caballitos, la imagen de la cara conocida, los vendedores de polos, de pipas, de almendras saladas, de garrapiñadas, de cigarrillos sueltos, o el grito de «¡Patatas Fritas El Galloooooo….!», y que eran, qué duda cabe, las mejores de España.

También, claro es, arriba del todo, el Parador del Carmen. O un puñado de periodistas y escritores de raza y de ley, maestros de este modesto periodista, cacereños cacereñeadores que siempre galopaban cacereñeando, que no paraban, ¿verdad, Fernando (García Morales), Dionisio (Acedo Iglesias), Germán (Sellers de Paz), Narciso (Puig Megías), Domingo (Tomás Navarro), Enrique (Romero Ruiz), Domingo (Salas de la Cámara)?

Y tantos notables y paisanos de a pie que transitaban por el sosiego del Paseo de Cánovas, una de las columnas vertebrales de Cáceres. Sobre todo desde aquel día del año 1881, en que Su Majestad el Rey inauguraba la línea férrea Madrid-Lisboa. Una época, entonces, en la que el Paseo de Cánovas tan solo contaba con tres edificios: El Hospital, El Asilo de Ancianos y, claro es, el Parador del Carmen, otra imagen emblemática, que se abrían al correr de los nuevos tiempos, entre cercados y descampados, al trasiego de las nuevas etapas, a la inquietud de los nuevos aires del crecimiento de lo que se conforma como el Aquel Entonces.

¡Uf…! Acaso como el grito de guerra que un día se impuso en el fútbol pero que lo he trasvasado a Cánovas: Mucho Cánovas, mucho Cánovas, mucho Cánovas, eh, eh, mucho Cánovas, eh…

Golpe a golpe, verso a verso…

Y añado:

Y Cánovas siempre con mis besos…

NOTA;: La fotografía aparece en el Plan de Urbanismo de Cáceres del año 1961.

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EL PRIMER CUENTO DE DON VALERIANO

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Es de suponer que aquella mañana del 5 de mayo de 1931, con dieciseis años, don Valeriano (Gutiérrez Macías, que subrayaría Fernando García Morales), debía de encaminarse a la Escuela Normal de Magisterio.
 

valeriano-recuero-bustamante-virgenmontañaSeguramente hizo un alto en el camino, adquirió, como de costumbre, el periódico «Nuevo Día«, y probablemente le vibrara el sentido emocional al ver cómo el director del diario, en el que colaboraban personajes de la talla de León Leal Ramos, una eminencia en la historia de Cáceres, y José Ibarrola, había a decidido publicar su cuento «El pájaro enjaulado”.

Don Valeriano Gutiérrez Macías, a la sazón mi padre, figura en las páginas de la historia de la ciudad y de la provincia, con las que se comprometió al máximo. Coronel de Infantería, Maestro Nacional, Primer Teniente de Alcalde, Presidente de la Comisión de Ferias y Fiestas, Vicepresidente de la Diputación y diputado de Cultura, escritor, humanista, Premio Nacional de Periodismo «Gabriel y Galán«, autor de cientos de artículos, ensayos y numerosos libros: «Cáceres«, ¨Por la Geografía Cacereña. Fiestas Populares«, declarado de Interés Turístico, «Biografía de Gabriel y Galán«, «Mujeres Extremeñas«…  

Yo, honradamente, descubrí esta publicación, hace unos días, de forma casual, indagando en mis modestas investigaciones. Y noté un escalofrío al ver su nombre y comprobar que con dieciséis años ya incrustaba sus primeras líneas junto a personajes como los citados y otros. Entonces me restregué los ojos, alcé la mirada por los cristales de la ventana, contemplé un horizonte donde rompe el color de la hondura primaveral, en medio de una acuarela pincelada de las más variadas tonalidades…

Y sentí esa fuerza espiritual que conlleva la sangre del progenitor, siempre esmerado en inyectar cultura, educación y moral a su prole.

Luego, al recuperar su imagen, nunca perdida, me encontré en aquella profundidad del cuadro de la vida cómo las líneas del cielo y de la tierra, en las que tanto creyera don Valeriano, se juntaban.

Quizás fuera esa inquebrantable línea recta del horizonte la que le llevara a persistir en los baremos y el bienestar que emanaba de sus principios.

Posteriormente he ido escribiendo a mano letra a letra su cuento, y luego, tecla a tecla, la he ido trascribiendo. Lo que ha supuesto, claro es, una muy placentera tarea.

Aquí está, pues, lo que probablemente sea el primer cuento de Don Valeriano: EL PAJARO ENJAULADO, que dedicaba a su compañero de Magisterio Benedicto Lucero Fernández.

EL PAJARO ENJAULADO, POR VALERIANO GUTIERREZ MACIAS

VALERIANO-NUEVODIA.5-MAYO1931Sobre una de las paredes de la morada de Manuel hay colgada una jaula de cristal muy bonita, pequeña y adornada con varios ramos de flores que el niño cotidianamente le pone. En ella vive prisionero un jilguero. Lo cogió hace unos meses en cierta excursión que hizo a las hermosas huertas de esta villa.

El pajarito estaba posado en un ciruelo y Manuel, con sus artimañas, lo cogió para que le entretuviera de sus aburrimientos de la vida pueblerina con los armoniosos trinos. Un jilguero que inocente cantaba en la huera vino a caer no sé por dónde en sus manos! Manuel es gran amante de los jilgueros y los cuida con excelente esmero. ¡Qué alegría a recibió al tener en sus manos aquel pájaro! Hizo propósito de alimentarle y cuando le pareciera darle la libertad! ¡Oh, la libertad, santa libertad la de los animales!

Y al introducirlo en la jaula –verdadera cárcel de alambre– quedóse el jilguero asustado. No cantaba, ni apenas se movía del mismo sitio. Miraba a un lado y otro como lamentando su estado de prisión, su retraimiento en aquel sitio que sin comprenderle…

Manuel se sonreía irónicamente de la palidez del pajarito. ¿Por qué permanecería así si él había de alimentarle bien? ¿Cómo estaría tan melancólico si Manuel le silbaría a su manera invitándole a cantar?

¡Pobre jilguero!… Sujeto a las inclinaciones traviesas y algún tanto mal intencionadas del rapaz que, a lo mejor, algún día que estuviera enfadado, al insistirle, lo asesinaría bárbaramente… Ni qué decir tiene que la vida del pájaro para Manuel no era muy prolongada si sus trinos no le admiraban.

A las pocas semanas de tenerlo en su casa, quiso probar el canto del jilguero. Lo invitaría tal vez…

Iba a llenar un comedero de alpiste con júbilo extraordinario. Antes de entrar en la habitación se para a escucharle.

Sí cantaba con dulzura y delicadeza, cantaba mucho. Más aún de lo que Manuel tenía creído. Por un momento marcharon de este niño las ideas de posible venganza contra el pájaro. No tenía motivos.

Entra en la habitación con brusquedad. Fili –como denominaba el muchacho al pájaro—vuelve a asustarse. En el campo nadie le impedía sus alabanzas a la Naturaleza y aquí a cada instante. No estaba Fili acostumbrado aquellos bruscos cambios de entrada y salida del personal. Vivía el pajarito constantemente asustado.

— Canta, jilguerito, canta… ¿Verdad que tú, Fili, me conoces a mí y sabes que yo te trato muy bien?, decíale Manuel.

Fili continuaba sin cantar. Manuel se desespera. Abre la puerta el muchacho para limpiar el comedero… Fili aprovecha la ocasión… Vertiginosamente logra evadirse de la jaula… Manuel corre, traspasa calles, atraviesa prados y huertas… Va en busca del jilguero que tuvo en su casa, aquel bonito jilguero tan fino cantador como de vuelo ligero…

… Pero nada. No le encuentra por más que anda de acá para allá. Fili iba en busca de la libertad. La libertad es lo más característico de los pájaros. ¿Por qué oponerse los niños con sus débiles inclinaciones a cortarles las alas de la libertad…? ¡Qué bien encaminadas las leyes de protección a los pájaros y de prohibición por cazarlos!… ¡Oh, si se observan como merece…!

                                           . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .  . .

Fili, el pájaro enjaulado antes por las travesuras de Manuel, camina por los campos… jubiloso de haber rescatado la libertad. Ya no permanece sujeto a las ideas de Manuel. Es un pájaro en libertad.

NOTA: En la fotografía, plena de cacereñismo, la Virgen de la Montaña, Patrona de Cáceres, la Plaza Mayor, Alfonso Díaz de Bustamante, alcalde de Cáceres, a la izquierda, Valeriano Gutiérrez Macías, y en el centro un poco más atrás Antonio Rubio Rojas, que sería Cronista Oficial de Cáceres. (Una fotografía que, en su día, me remitió mi querido amigo José Antonio García Recuero). 

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¡A RAJA Y CALAAAA…! EN 1920

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En aquella crudeza de los tiempos las calles de Cáceres estaban cuajadas de vendedores ambulantes de todo tipo y condición: Paragüeros, lateros o lañaores, chamarileros, chatarreros, piñoneros, traperos, pieleros conejeros, carboneros. Con estos últimos, en pleno verano, gritando: ¡A raja y calaaaa…!
¡A RAJA Y CALAAAA...! melonero garrovillas en arco de la estrella

El popular melonero conocido como El Garrovillano con su mercancía por el Arco de la Estrella.

Un ¡A raja y calaaaaaá…! de hombres cargados de desesperanzas, de angustias, con el rostro cruzado por el puzle de las severidades de la vida. Pero no había más remedio que salir adelante, como fuera.

Los meloneros, como si fuera hoy mismo con estos calores, como el de la postal, fechada en 1920, hace ya noventa y cinco años, y que representa al Garrovillano pasando por el Arco de la Estrella, tiraban de las riendas de un mulo, al alba, con las primeras luces del día, y se pateaban las calles cacereñas, arriba y abajo, monótona, cansinamente. Vestían una chambra o una camisa, pantalón de pana, sombrero abrillantado por el exceso de uso, alpargatas de esparto, el cigarrillo de picadura, indefectiblemente, en la comisura de los labios, los ojos perdidos en el trasiego de cada día. Y voceaban:
— ¡A raja y calaaaaá…!

A la espera de que se abriera un portón, saliera un vecino y se interesara por la mercancía. Entonces se metía la mano en el bolsillo, abría una navaja, hacía un cuadradito en el melón, para la cata y se lo daba a probar al hipotético comprador.

Si llegaban a un acuerdo el melonero echaba mano de la romana, equilibraba el peso, negociaban el acuerdo y a seguir pregonando Margallo arriba o San Justo abajo:
— ¡A raja y calaaaaá!

Cuando el serón que albergaba la mercancía agotaba las existencias, acaso ya pasada la tarde, quizás con un poco de pan candeal y un poco de patatera en el cuerpo como todo almuerzo, y unos buches de agua caldorra de una cantimplora, regresaban a Malpartida de Cáceres, a Sierra de Fuentes, a Arroyo de la Luz.

El día siguiente se dibujaba con el mismo prisma de desesperanza, mirando, de forma así como cansinamente, casi desdibujada, con la cara atravesada por las heridas de las necesidades y de los sacrificios, gritando:
— ¡A raja y calaaaaá…!

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CAMINANDO POR CACERES

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Camino. Más, al caminar, me vibra, acaso hasta el dolor, el alma, Cáceres, en el ansia emocional de la vida. Y, más aún, en el silencio de mi propio interior, como si llegara. como cada día, la hora de la reflexión, con uno mismo. Que es, cuentan, donde radica la verdad personal. Es decir, el momento en que uno habla consigo mismo.

 

otradecaceres.abc.es

El Casco Histórico-Monumental de la ciudad de Cáceres invita a la reflexión, al sosiego, a pasear con y por la historia.

Me escuece de pasión el pasear caminando por Cáceres como me escuece el canto y el llanto en el jardín en soledad, como el parpadeo por la lagrimilla que me hace ver, de forma borrosa, la Plaza de Santa María, el Palacio de los Golfines de Abajo y esquinado y abrazado para siempre a la Plaza de San Jorge, la esbeltez de la iglesia de la Preciosa Sangre, el escondido Rincón de la Monja en el puzle laberíntico del Casco Histórico-Monumental, la majestuosidad, diría que sublime, del Convento de San Pablo, envuelto entre dulces cánticos de las monjas de la clausura clarisa, la hondura de la Cuesta de la Compañía, la estrecha cuesta de la Calle Ancha, el largo sendero del Adarve, el volar incansable y  elegante de la cigüeña o la alocada bandada de vencejos y golondrinas, el silencio de los cielos cacereños pintarrajeados, con frecuencia, de azul claro, la panorámica desde la Plazuela de las Veletas con el Santuario de la Montaña allí arriba, envuelto entre paisajes de campos verdes y rocas grises y ocres, los recovecos del encanto de una Ciudad de la historia silueteada y esmaltada en arte, las ideas y venidas y los trasiegos de unos y otros, el sentido medieval del Casco Histórico-Monumental…

Reflexiono mientras camino Cáceres por tu recorrido intramuros. Quizás sin mayor destino que aquel al que me dirigen mis pasos. Pero se me exalta de eternidad la mirada hacia lo más alto del cielo… Ya puede corretear con toda la fuerza del mundo el agua de la lluvia invernal por tus plazoletas, ya puede deslumbrar el sol estival en las espadañas o en las piedras graníticas de las paredes de tus casonas palaciegas y nobiliarias, esculpirse la silueta del tañido de la campana, incansable en su melodía, pregonando su eco a los cuatro vientos por los rincones de las callejuelas, o correr con vehemencia ardorosa mi propia sangre por tu empedrado. Allá por donde transcurre la historia de la judería, el tránsito de la morisma, la conquista de la cristiandad.

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La ciudad de Cáceres está declarada Patrimonio de la Humanidad y es el Tercer Conjunto Monumental de Europa, tras Praga y Tallín.

Y, de repente, mientras escucho el palpito de mi corazón, me he quedado estático, con una respiración inmensamente contenida. Acaso, tal vez, por la intensidad del ritmo de mis pensamientos que van a desembocar a la mar de los suspiros, de las secuencias del paso implacable del tiempo… Como si dijéramos adiós a cada segundo y que, en el fondo, es lo que hacemos con el segundo que acaba de quedar atrás. ¡Quizás, qué contradicción, pasos vacíos y perdidos en un mundillo de inercias! Pero, eso sí, clavados y crucificados en en un recorrido acaso sin destino, caminando, extrañamente, desde la quietud. Esto es, sin avanzar por los caminos de Cáceres.

Un día, verás, aprendí a mamar el amor por ti, Cáceres. Lecciones de amor que quedaron grabadas a sangre y fuego. No ya en mi piel, no. En mi corazón, en mis adentros, en mi alma. Y, ahora, tras el examen de conciencia, tras la reflexión, no me importaría convertirme en una estatuilla mínima, insignificante, y albergarme, tan solo, en el mejinal, en la oquedad del nido de una privilegiada chova de las que habitan intramuros de la Ciudad Medieval, y adormilarme.

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Una bellísima instantánea fotográfica sobre el revoloteo de una bandada de golondrinas en la Ciudad monumental de Cáceres.

Lo haría con sosiego, con calma, con relajo. Al tiempo, con mucha melancolía y con unas cataratas de melancolía. Quizás, dejándome llevar por el caudal de miles de imágenes, de esas de siempre, de las que todos albergamos en lo más profundo de nuestroça alma, mientras suenan los alegres acordes de la Marcha Radetzky. Sí, la que compuso Johan Strauss, como si fuera el final de un Concierto de Año Nuevo, con los acordes de la Orquesta Sinfónica de Viena, como ya es tradicional en la historia, o, acaso, con la mágica placidez para escuchar aquella composición sublime del maestro gaditano Joaquín Rodrigo titulada «Noche en los Jardínes de España», mientras repiquetea y salta por todas una de las piedras y de los palmos del espacio del Casco Histórico-Monumental de Cáceres.

Sería lo menos que se merece dormitar, plácidamente, en el nido de una chova, a golpe de historia, de campanas, de palacios, de ermitas, de casonas nobiliarias, de museos, con sabor a unas aventuras y a unas épocas verdaderamente apasionante en el curso de la vida de Cáceres para llegar hasta hoy.

NOTA: La primera fotografía está captada del periódico ABC, la segunda del blog spot ampemu y la tercera es del diario Hoy.

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CACERES EN SEPIA

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Hoy he pasado revista a una serie de fotografías y postales de color sepia sobre Cáceres. Y me he dejado llevar, seguramente como todos, casi todos los días, en un vuelo de nostalgia a través de las siempre hermosas y sorprendentes pinceladas y estampas de aquel Cáceres con ochenta, con noventa, con cien o con ciento diez años de antigüedad. Todo un lujo y toda una maravilla en el álbum de los recuerdos de la ciudad.

arco del cristo 1932

El Arco del Cristo en fotografía del año 1932

Entre campanas medievales y un color de infinitas sensaciones y vibraciones de antigüedad, entre la brisa del Paseo Alto en los anocheceres estivales o con el calor de las escapadas clandestinas hasta la Charca Musia, O mirando, ya desde chiquillo, a las niñas. Y se me ha ido la mente hasta aquellas tardes en que mi madre, que hoy sería una gran CACEREÑEADORA, nos mostraba fotografías y postales que guardaba conservaba, con esmero e inmenso cariño, como un tesoro, en una cajita metalizada, de bombones, en las que se descubrían recuerdos y rasgos fotográficos que forman parte, indefectiblemente, de la historia de Cáceres.

Ahora, porque la morriña es así de caprichosa, volvemos al sepia. Y, día a día, nos sorprendemos de la belleza de la tipología a través de los tiempos. De las vestimentas de los paisanos, de los espacios tan diferentes que se configuraban entonces y de los monumentos de siempre pero con la abismal y gigantesca diferencia entre aquel sepia, casi amarillento en ocasiones diluido en los inicios de la fotografía a la excepcional tecnología de hoy.

plaza santa maria 1910

La Plaza de Santa María en una postal del año 1910.

El sepia de aquel Cáceres, de hace tanto tiempo, incrustado en la historia de la ciudad, como toda una serie de documentos de estampas que no conocimos, y de las que algunos pudimos conocer, se conforman, ahora, como una secuencia de luz, de color, de calidez, sobre la que se acumulan manantiales de emociones al contemplar el paso del tiempo, sin que nadie, prácticamente, se diera cuenta de que día a día, iban cambiando los paisajes, las calles, los edificios, los paseos, el urbanismo, la gente… Tal cual sigue pasando a día de hoy. Tal cual, por ejemplo, desapareció en su día la acuarela, siempre romántica, del Paseo de las Acacias. O tal cual un día se evaporó entre excavadoras insensibles el Jardín Central de la Plaza Mayor de Cáceres. O tal cual todo el paisaje urbano de la ciudad se va configurando de cambios casi sin darnos cuenta en el pestañeo, más que con el paso del tiempo.

Se trata, sencillamente, del transcurso de la vida y de una ley inexorable de la misma. Como si la misma fuera, sencillamente, el golpeteo rítmico del segundero del reloj, mientras los obreros, los arquitectos, los comerciantes, los transeúntes, van contribuyendo a cambiar ese decorado de la ciudad.

Adarve de Cáceres

El Adarve de Cáceres.

Y de la mano del color sepia la imaginación vuela hacia la sorpresa como avanza el agua del riachuelo por los senderos ya trillados a lo largo de los años.

Pero Cáceres en sepia es un rayo de luz, un hálito de vida, una estampa de aquella ciudad que en algunos tramos vivieron nuestros padres, que en muchos más tramos vivieron nuestros abuelos y que en muchísimos más tramos vivieron nuestros bisabuelos y tatarabuelos.

Unas tonalidades sepia que se enmarcan, con una gran delicadeza y cuidado, en el zurrón de las fotografías, esmaltadas con su papel celofán, y que ya, cada día, resulta más difícil encontrar en sus estampaciones originales. Sencillamente, acaso, porque los tiempos avanzan que es una barbaridad.

Y el sepia, qué queréis que os diga, marca una semblanza de la propia configuración de la ciudad en aquellas épocas. Ya sea de mil ochocientos ochenta o de mil novecientos treinta.

Todo un color que se conforma, que se plasma, que se diseña, que se eleva de sintonia en la radiografía de aquel Cáceres, en sus fechas correspondientes. Exaltadas de las tonalidades, de los encuadres, de la imaginación de los artistas que retrataron para la inmortalidad determinadas estampas, y de las que fueron testigos anónimos tantos y tantos cacereños relacionados, generacionalmente hablando, con todos nosotros y de quienes íbamos heredando los  apellidos en el árbol genealógico de la ciudad.

La Corredera de San Juan en Sepia

LaCorredera de San Juan en fotografía correspondiente al año 1886.

¡Qué lujo de color sepia, ahora que recuerdo aquellas tardes en que mi madre, con unas crujientes galletas María, las de siempre, o con unas galletas de vainilla al medio, o con unas galletas Campurrianas, o quizás alguna bolluela del Casar, o simplemente un bocadillo de patatera, nos relataba historias y semblanzas familiares y de CACEREÑEO a sus hijos. Algunos las miraban con más detenimiento y ahínco, mientras otros, tras un vistazo, nos poníamos nerviosos porque nos presionaban los amigos de la pandilla, que abrían la puerta de casa y pegaban un grito:

– ¡Juaaaaaaaaan…!

Yo, entonces, con calzón corto, prefería batirme entre sudores inveterados por los trasiegos, allá por el Paseo Alto, con andanzas niñas que también, sin darnos cuenta, formaban parte de la cultura sepia. Perdón, de la cultura fotográfica del blanco y negro, por mor de los tiempos.

Hoy, con el paso de los años, con Cáceres en el corazón, prefiero deleitarme con la cultura sepia, mientras pienso, porque la cultura del tiempo es así, que ya no hay pandillas que vayan con el tirador, que cacen grillos a través de la hura, que vayan de ranas con la linterna,

primer campo de futbol del rodeo. vidal gamonales gaspar.No eres de cc.

Primer campo de fútbol del Rodeo. La fotografía, según diversas fuentes, corresponde a los años 20 del pasado siglo.

que trepen a los árboles como monos, que se escuchen en mitad de la calle canciones de niñas al ritmo de «Mambrú se fue a la guerra», «El señor don Gato», «El corro de la patata» o «El patio de mi casa»… O, tal vez, de nuestros vozarrones, puede que hasta engolando la voz para tratar de crecer más rápidamente, mientras algunos de los amigos de la pandilla, algo mayores, eso sí, nos relataban a los más pequeños que ya se afeitaban, a espaldas de sus padres, para intentar forzar el crecimiento de una barbilla adolescente por la que solo florecía, si acaso, una pelusilla de andar por casa.

Al tiempo que caigo en la cuenta, no se por qué, que ya resulta muy difícil encontrar un chiquillo que llame a las aves por su nombre en vez de decir de forma genérica: «¡Mira, un pájaro!», sin saber distinguir un arrendajo de una lechuza, o que en vez de decir «¡Aquello es un eucalipto!«, lo resume tan solo en un árbol, como si no hubiera encinas, olivos, alcornoques, pinos, ciruelos, almendros…

 

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CACERES EN SEPIA by JUAN DELA CRUZ GUTIÉRREZ GÓMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

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