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VENDEDORES AMBULANTES EN CABALLERÍAS

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Los Vendedores Ambulantes, que marcaban una parte de la vida cacereña en Aquellos Tiempos, llegaban a la capital cacereña desde todas partes… De pueblos cercanos y lejanos, desde las propias entrañas de los arrabales. En unas estampas de dureza de vida que marcaban un poco el espacio a todos… Ahí quedan enmarcadas las imágenes de algunos aquellos vendedores por las callejuelas y plazoletas de Cáceres lanzando su pregón de mercancías a voz en grito.

Vendedor ambulante ante la Casa del Sol. 1931. Fotografía Marqués Santa María del Villar

Vendedor ambulante ante la Casa del Sol. 1931. Fotografía M. Santa María del Villar

Palpo la esencia de aquella historia. De los vendedores ambulantes y viajeros impenitentes a lomos de mulos y yeguas, o tirando de las riendas con los serones cargados de una numerosa serie de productos de la geografía cacereña, con la cara resquebrajada de heridas por el sudor de la tierra, con el rostro curtido por el azote del sol, los rigores del invierno, las crudezas de la vida en el alma… ¿Todo un sentido de vida? ¡Todo un sentido de la necesidad de la supervivencia……!

Trasegaban los vendedores con sus panas y alpargatas, con sus camisas deshilachadas, con sus boinas desparramadas por la cabeza contra el sol o contra la llovizna, con sus silencios, crudos, largos, inveterados silencios de la noche de sus adentros, sin luz alguna al final del túnel, con sus ásperas voces, con la colilla de forma mortecina esquinada y apagada del hilo de la vida en la comisura de los labios, con sus manos fornidas entre las raíces de la tierra, entre las venas del campo… Sonaba el eco de sus latidos, así como desesperados, así como palpitantes…. Sonaba y parpadeaba el eco y el murmullo de sus latidos heridos por las campas de los silencios, por las campas de las soledades… Entre las espesas tinieblas de los silencios más compungidos, entre las pinceladas oscuras del clamor de las soledades… Soledades de las soledades en la soledad, inmensa e intensa, de las soledades, que se le derrumbaban en ocasiones por las campanadas de la reflexión…

Caminaban en el trasiego de la búsqueda de unas monedas, humildes, pobres, cabizbajos, esforzados… Con el rosario de su misterio de penas y pesares en el azar de la vida, pisándoles los talones de la miseria, silbándoles el capricho de los trasiegos, lamiéndoles las ráfagas disparadas por el viento, por el sol, por los temblores, por el cansancio, por la lluvia, por los duendes, por el miedo, por los misterios, por el azote de la respiración a cada instante, como un remolino entre respiraciones y expiraciones del aire que se necesita para seguir en el trayecto…

¡Ay, aquellos vendedores cacereños, serpenteando por las encrucijadas de la capital y los destinos de la vecindad…!

Carbonero en la calle Caleros. Javier. 1960

Carbonero en la calle Caleros. Javier. 1960

Anhelantes de sobrevivir entre los pasos, crueles, cansinos, de largas caminatas, cabalgando con la mente a pájaros, rumiando silencios de inveteradas miradas perdidas a saber por qué páramos de sus propias opacidades… Voceando, de forma anhelante, de sueños y misterios, con la compañía solitaria de las caballerías con las que, de cuando en vez, intentaban echarse una parrafada en sus éxtasis…

— Tú sí que me entiendes y bien ¿no verdad que sí, Pajarita? ¡No me salgas ahora por peteneras y me vayas a decir que no, carajo…! ¡A ver si también me vas a fallar tú, con tanta caminata y confidencias que te cuento…! Y tú, siempre, calladita como los muertos…

La mula, Pajarita, de gris parduzco con motas blanquecinas y sucias, cansada de las caminatas, de los trajines, de los afanes, de forma estoica, obediente, siempre a la voz del vendedor, pareciera mover la testuz, de forma afirmativa; aunque, probablemente, de modo indiferente a los avatares de su amo. Lo suyo era comer lo que se encontrara a mano o a boca, pacer en el suelo, mirar sus horizontes con grandes ojos y de forma asustadiza. A veces hasta pareciera bostezar, así como aburrida de la vida, como en otras ocasiones soltaba un grito así como de queja, así como de ironía, así como de cruzada por los estigmas de la incomprensión. ¡Quién sabe…! . ¡Cosas, probablemente, de las mulas, y que, en ocasiones, hasta alguna vez pudiéramos entender los humanos…! Eso sí, quizás con un poco de esfuerzo…

Por el Arco de la Estrella. Fotografía Eulogio Blasco, 1925

Por el Arco de la Estrella. Fotografía Eulogio Blasco, 1925

La romana bamboleándose y tintineando, con la secuela del horizonte en los que se perdían sus existencias entre amaneceres, bajo una espesa acuarela, tintada de nebulosas penas, con cromatismos oscuros, diluidos entre el alegre y amplio ramo de colores que latían de rojo pasión, de verde esmeralda y esperanzado, de morado nazareno, de amarillos crecientes, de azahar y de renacimiento…!

Carboneros cobijados bajo las mantas en las madrugadas invernales, tiritando de fríos y penas, tiznados meloneros con gritos cortos, como los «¡Sandías coloraaaás…!», «¡A raja y calaaa…!»… alfareros, entre piporros, jarras, ollas, platos, barriles, cántaros, voceando, a veces escasos de fuerza y de ganas, automatizados, «¡Pucheros d´Arroyo…!», caleros, dulceros…

Silencios de vida, crujidos de almas en sus tejidos de las durezas existenciales…

¿Y…?

Se despertaba el caminar aburrido con las mercancías… Una forma de vida, la de los vendedores ambulantes, tan dura como cansina, tan rutinaria como, acaso, de forma contemplativa, intentando arrancar unas pesetas con las que poder sacar adelante, entre kilómetros desde los pueblos vecinos y la esperanza de alcanzar el pan de cada día, en medio de la severidad de unos trajines ante lo que no encontraban más remedio que hacer frente como forma de supervivencia a base de una capacidad de trabajo y de lucha irredenta.

Vendedores de todo y vendedores de nada… A veces, inclusive, perdóneseme, como me relatara personalmente uno de esos vendedores, en el recorrido, allá por la calle General Margallo, siempre conocida como calle Moros, en la niñez del articulista, vendedores de un todo un puñado de agonías y de todo un puñado de angustias…

Fotografía de un vendedor por el Adarve cacereño. Hacia 1915-1920. Autor Kurt Hielscher

Fotografía de un vendedor por el Adarve cacereño. Hacia 1915-1920. Autor Kurt Hielscher

Añadiendo, aún ignorando si de modo jocoso,y riéndose desganadamente, hasta de sí mismo:

— ¡Pero es que d´algo hay que vivir…!

Continuaba con los hilos entresacados de sus conocimientos de los páramos rurales y populares que vertebran de siempre, en un largo e histórico sendero, los más mayores del lugar, cachaba en mano, ceño fruncido y ondulado entre dudas de arrugas:

— ¡Es que no nos queda otra a los pobres, que no hay más cera que la que arde…!

Un silencio de un segundo. Acaso un silencio con una velocidad como la del zig zag de un rayo tiñendo, en una secuencia de marrón oscuro, el cielo… Un visto y no visto. Añadía:

— Así que no hay tu tía y no hay más cáscara…!

— ¿Y…?

— Pues si no se trabaja como un esclavo, tó el santo día de Dios, aquí el menda lerenda se va echando leches a criar amapolas al camposanto…!

Explicaciones aprendidas y mamadas de conversaciones escuchadas mil veces, mil, a los mayores de pueblo, echando mano del refranero castellano, siempre muy socorrido a la hora de pegar la hebra con el paisanaje. El vendedor ambulante canteó la vista para el horizonte, pegó un latigazillo con las riendas, cruzó la lengua con los molares, soltó un chasquido de ordeno y mando a Pajarita, la mula fiel, y voceó:

— ¡Melone durse y amariyo de Marpartiaaaaa…!

Casa del Aguila. Fotografía de 1900

Casa del Aguila. Fotografía de 1900

Un mínimo eco, esmaltado con su voz irreconocible, le respondió.

— Jooooooooooó…!

Gritaban los vendedores que iban a lo suyo, esto es, a quitarse la mercancía del medio lo antes posible, no se dejaban sorprender mirando el hechizo de la Ciudad Antigua o Vieja, como decíamos, ni se imaginaban tan siquiera la historia que se escondía en el recinto entre judíos, moros y cristianos, rodeado de palacios, como el de los Golfines de Abajo, iglesias, como la de Santa María, casonas medievales y señoriales, conventos, como el de San Pablo, mientras continuaban recorriendo, de forma apelmazada, abúlica, acaso poco o nada comercial, aquellas callejuelas y plazoletas, con el alma en sacar adelante a la familia mientras los ojillos de pena solo se detuvieran, probablemente, en un ama de casa, en una venerable anciana, en un crío, correteando hacia ellos con alguna voz…

Un pequeño aviso a la caballería:

— ¡Sooooooo, Pajaritaaaaaaaa, sooooooo…!

La mula Pajarita cejaba en su caminar. Unos segundos de intercambio con austeras palabras y con sabor a un parco castellano, acaso de un castellano precipitado, como temeroso y dubitativo, como si las prisas, malas consejeras, llamaran a la puerta… Un acuerdo fácil y rápido entre el vendedor  y la clientela, un poco de mercancía para el ama de casa, la anciana o el chicuelo, unas monedillas, siempre pocas y escasas, al bolsillo, donde tintineaban a cada paso, alegres y cascabeleras, aunque el vendedor, en su esmero, seguía lanzando el mensaje, pregonado, de sus productos, animándose y dejándose animar cuando Pajarita, ajena a los planteamientos de pena de su amo, le rozaba cariñosamente el cuerpo o la cara con el hocico, y, en ocasiones, hasta sacaba esa larga lengua lameteándole con cariño de compañera inseparable entre trajines y afanes.

Vendedor ambulante. Fotografía de Javier, 1950

Vendedor ambulante. Fotografía de Javier, 1950

Trasegantes vendedores aquellos de tiempos segmentados por la severidad de la vida, por la crudeza de los tiempos, por el revés del destino, por la miseria infinita que les desbordaban en medio de un rosario de sudores y sudores sacados por las venas y los entresijos de sus existencias, tal cual si fuera o semejara todo un calvario de penalidades… ¡Qué difíciles…!, se añadía el vendedor, asfixiado en su desconsuelo y en su calamidad…

… Toda una serie de desconsuelos y calamidades en los que no caía, apenas, en la que apenas casi nadie porque prácticamente nadie se fijaba lo más mínimo en ellos, más allá de necesitar la mercancía para la intendencia familiar…

¿Nadie, absolutamente nadie del paisaje cacereño se fijaba en ellos?. La respuesta la facilitaba el propio vendedor en sus monólogos con Pajarita, su compañera inseparable, y en sus monólogos consigo mismo

— ¡Quiaaaaaá, Pajarita, naide, naide, naide, lo que se dice naide quiere saber ná de nosotros, los desgraciados…!

Suspiraba. Que el vendedor, qué caray, también tenía derecho a suspirar:

— ¿No te das cuenta, Pajarita, que naide, naide, naide? Semos unos desgraciados… Lo que pasa es que tú, que eres más lista que yo, ves, oyes, sientes, me escuchas, pero callas… ¡Ay, so joía zorra…! Menos mal que semos compañeros de fatigas…

Se le crujía el alma, se le rompía la noria de la vida, se le secaba el manantial de sus vibraciones, porque no encontraba salida a una vida anclada entre un terremoto de adversidades… Pero, a fin de cuentas, el vendedor ambulante no encontraba más remedio ni salida que continuar cabalgando por esos pueblos de Dios, atravesar largos caminos en las encrucijadas de su existencia, con pocos destinos, o tal vez más de los que uno considerara, mientras el amigo, ambulante y vendedor, dibujaba en un sinsentido cabriolas en el aire… Aunque solo fuera por el instinto de tener que continuar, día a día, madrugada a madrugada, kilómetro a kilómetro, a lomos de la mula o de la yegua, para ganarse el pan con el sudor de su frente…

Vendedores Ambulantes que tantas veces se patearon y se recorrieron, con sus mercancías las entrañas más profundas de Cáceres, arriba y abajo, abajo y arriba, con el sudor inveterado deslizándose por sus frentes, con el alma rasgada por esas heridas que nadie sabe por qué le crujen a uno en lo más hondo del alma y desde que le nacieron, sin saber cómo, sin saber por qué, sin saber dónde, sin saber para qué…

 

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EL PICONCILLO

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El piconcillo, aquella cabezadilla que tantos y tantos se echaban, después de almorzar, como un pequeño tiempo de descanso antes de reemprender las tareas por la tarde. Una costumbre popular que ya parece haber desaparecido como arrasada por las corrientes de intensidad de los tiempos modernos. Que pareciera que todo se lo llevan por delante. El artículo aparece publicado hoy, 13 de febrero de 2020, en el periódico regional «Hoy»

— No armes ruido que tu padre está echando un piconcillo.

Los dos pequeñuelos cogimos la pelota Gorila, que habían regalado a mi amigo cuando su madre le compró unos zapatos, y nos marchamos con la música a otra parte.

Dejamos adormilado a su padre en el sillón de mimbre tras comer y echarse un café de puchero, transportándose al mundo de la soñarrera, con algún manotazo de cuando en vez, antes de volver a sus tareas.

Salimos de puntillas desde el cuarto de estar, atravesamos el lúgubre pasillo y accedimos al patio para echarnos un fío, o sea, un partido de fútbol, hasta sudar como un pollo, batiéndonos el cobre, imitando a Tate, ídolo del Cacereño…

En el patio estaban el señor Genaro y su ayudante, Silvestre, con gafas de miopía severa, ataviados con un mono azul y manchones de cemento, que andaban subiendo unas tapias. Tras haber almorzado, tartera en mano, también daban una cabezada, sentados de espaldas a la sombra de una higuera, las gorras en las manos…

Genaro y Silvestre parecieran en pleno sopor, por lo que optamos por echarnos la pelota de mano a mano con el mayor sigilo. Ni fío ni ná…

En esas ‘Canelo’, su perro, se lanzó por la pelota, ladrando suave, tímidamente. Ambos enrojecimos por la imprudencia.

Silvestre bostezó y murmuró:

— ¡Chacho, no podemos echar un piconcillo, como tó quisque, antes de seguir trabajando…!

En escasos segundos ya estaba la señora Matilde, madre de mi amigo, reprendiéndonos en voz baja, mandándonos a la calle:

— ¡Anda, que no teneis vergüenza! ¡Ni dejais descansar a los albañiles…! ¡Fuera de aquí…!

Genaro razonó:

— ¡No se preocupe, señora, que ya andamos espabilados…!

Desde la cacereña calle Margallo se escuchó el pregón de un lugareño de Malpartida, bañado en negro, gritando:

— ¡Picón… quién?

Los dos amigos se miraron confundidos. Acaso porque no convergían las diferencias entre el picón del malpartideño y el piconcillo de los traspuestos.

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TIERRA DE SILENCIO

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Se cumplen ahora 35 años de la publicación de mi novela TIERRA DE SILENCIO, que se basa en y sobre el drama migratorio de Extremadura. Una de las mayores tragedias histórico-sociales de nuestra región.

Una tierra desgarrada, la extremeña, por la sangría de la emigración en ese arco, segmentado desde los poderes políticos, entre el Gobierno y el desarrollismo industrial, que se centra en una serie de Comunidades, fundamentalmente Cataluña, el País Vasco y Madrid, que se potencian, de forma excepcional a raíz de los años sesenta, en base al esfuerzo de los jóvenes brazos de los muchachos extremeños, castellano-manchegos, andaluces, castellano-leoneses, emigrando hacia los polos de desarrollo, ayudando, con su sudor a levantar otras tierras ajenas   todas sus dinámicas, en aquel entonces, mientras las extremeñas se perdían por las campas del olvido de tantos y de tantos… ¡Malditas paradojas…!
Una injusticia y un severo dolor, el de los emigrantes, en todas sus vertientes: La lejanía familiar, ay, el abatimiento de los pueblos extremeños, el decaimiento económico, el desvencijamiento de la historia y las historias, de las tierras, de las tradiciones y costumbres, de los paisajes humanos, el desmoronamiento de las casas sensibilidad y la hondura de nuestras gentes… Y que hoy, todavía, continúan perdiendo hombres, mujeres, niños…
Lo que aún resulta peor: A fecha de hoy, 16 de septiembre de 2019, todos, absolutamente todos los municipios extremeños, incluidas las grandes ciudades, Badajoz, Cáceres, Mérida, Plasencia, Don Benito, Navalmoral de la Mata, Zafra, Miajadas, siguen perdiendo jóvenes y población respecto al pasado año…
¡Cuánta lástima y dolor segmentan los surcos de Extremadura, con la sangre de sus gentes, de su paisanaje, de sus nativos, traspasando la linde regional…!
En la contraportada de la novela se puede leer: «TIERRA DE SILENCIO, una novela que se desarrolla en un imaginario pueblo de Extremadura, refleja el drama de la emigración. La novela es una denuncia sobre una de las mayores injusticias que padece el pueblo extremeño, la emigración, así como la búsqueda de unos caminos de identidad y concienciación ante la grave problemática regional».
Asimismo se señala en dicha contraportada: «TIERRA DE SILENCIO rescata para Extremadura la novela social. Pero también es una novela política, con la que Juan de la Cruz nos acerca, suave y dramáticamente, al mundo de la emigración. TIERRA DE SILENCIO es una novela que sabe a Extremadura y donde más allá de la crítica se perfila un horizonte de esperanzas al que hay que saber llegar«.
Treinta y cinco años después, sin embargo, lamentable, lastimosamente para el pueblo extremeño, continúa latente la tragedia migratoria, con la paulatina marcha de sus brazos más jóvenes, mientras todos los pueblos y todas ciudades de la región continúan una pérdida poblacional.
Así comienza la novela:
«Cuando se iniciaba el día Campoáguila mostraba en sus callejuelas y plazas la huella del silencio que solo se rompía, rítmicamente, por el canto de los gallos desafiándose con el respaldo de las tapias que separaban los corrales.
A esa hora algunas estrellas todavía naufragaban entre las aguas del cielo. Poco más tarde, a lo lejos, asomaba el resplandor solar por un resquicio entre las montañas que se alzaban, enormes y gigantescas, como grandes dioses, presidiendo la humilde y sencilla vida de aquel pueblo casi perdido en la inmensa geografía extremeña.
Campoáguila, situado en un paisaje agreste y pintoresco, había sido y era un pueblo marginado de las acciones de desarrollo, de progreso, de justicia social, y que en muy contadas ocasiones había conocido la preocupación y ayuda de los órganos de la Administración. Pueblo cargado de desatenciones y abandono, larga y dramáticamente deshabitado, con el permanente calvario de una socioeconomía rudimentaria y regresiva, que guardaba entre sus reliquias una iglesia con el tejado medio derruido, cuyos fieles más asiduos eran las golondrinas, gorriones y vencejos que anidaban en su interior. 
También eran fieles y casi devotas visitantes de la iglesia, de año en año, cuatro o cinco parejas de cigüeñas que levantaban sus nidos sobre la torre del campanario, allá por San Blas, portando el presagio del buen tiempo…«.
Baste señalar tan solo que, a fecha de hoy, según las cifras oficiales, la región extremeña cuenta con 1.046.329 habitantes. Y que hoy, treinta y cinco años después, se contabilizan 1.070.586 almas. O, lo que es lo mismo, a día de hoy la población actual es prácticamente similar a la que se registraba en el año 1920.
Sin embargo es de subrayar, asimismo, que en el año 1920 España contaba con 21,388.531 habitantes y hoy son 47.007.6737 los ciudadanos que se registran en nuestro país…
La portada e ilustraciones de la novela «TIERRA DE SILENCIO» forman parte de un haz con unos llamativos dibujos, obra del prestigioso y cualificado pintor extremeño Juan Carrillo, afincado en París.

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CANOVAS, SENCILLAMENTE (Ante una fotografía de 1961)

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¡Cómo pasa el tiempo entre adioses y sonrisas, entre recuerdos y nostalgias, entre los senderos, los caminos, los vericuetos de la vida…! Golpe a golpe, verso a verso, que escribiera Antonio Machado, que cantara Serrat y que, entre otras cosas dice: Yo amo los mundos sutiles,/ingrávidos y gentiles. Siempre, claro es, en el Cáceres de nuestras pasiones…

 

caceres.plangeneral1961.canovasHoy, contemplando esta fotografía, fechada en 1961, he retrocedido, de una tacada, 55 años. Me he situado en la atalaya de aquel Cáceres por el que el entonces mochuelillo y bachiller de calzón corto transitaba sin más importancia que sus propias andanzas y correrías: Una fuga de una clase de don Pablo Naranjo o de don Daniel Serrano, o de don Juan Delgado Valhondo, señalados pedagogos, una mirada fugaz a aquella hermosa chiquilla, por la que uno bebía los tiempos y se juramentaba amor eterno, aunque hoy ya quizás el viento del olvido se llevó los amoríos niños por delante, una charla insubstancial sobre los aconteceres ciudadanos y propia de la muchachada. O, tal vez, el recorte del esquinazo de las Avenidas de España con la de la Montaña para las clases particulares de don Ricardo Durán, Buena gente, compañero. O en la ruta hacia la Escuela Normal donde andaban con sus magistrales enseñanzas don Isaías Lucero o don Julio Merino.

Se me ha hecho y se me ha echado encima, el silencio, la brisa del Paseo. Todo un arcoriris de adioses y de hasta luego, con sabor a Cáceres. Y hasta aquel viejo dicho popular cacereño que reza: Paseo, pipas y pa casa.

Cánovas, ay, siempre.

He sentido un pálpito contemplando, sin pestañear, la fotografía. He suspirado, he galopado, no se si he temblequeado, mientras, probablemente, se me caían algunas lagrimillas pespunteadas de Cáceres. Tan solo me he atrevido a decir, con aquellas secuencias, que un día fueron vitales, como la de echarnos agua de los estanques de Cánovas, –¡Ya veis, qué juegos…!–, que la fotografía contiene y se conforme de una belleza honda, penetrante… Acaso manando luz de vida o esplendor de aquellas escenas, sin embargo, cotidianas.

Por allí, aquel Cáceres que se apretujaba en el paseo de Cánovas, se andaba el Cine Norba como una explosión de distracción, el Asilo de los Pobres donde tantos muchachillos, y otros no tanto, íbamos a visitar a los ancianos, la Casa de los Málaga, en la fotografía adjunta, edificio singular («A las ocho nos vemos en la esquina de los Málaga«), el Café señorial del Avenida, con los limpiabotas, gitanos de pura cepa, colándose con sus aparejos, su cigarrillo en la comisura de los labios, su melena, larga y brillante, también gitana de pura cepa, y con aquella caja de cepillos, de cremas, de gamuzas, de cartas de la baraja que se colocaban por los laterales de los pies para no manchar los calcecines…

Lo mismo que se andaba Peluca que dejó las tijeras, el peine y la maquinilla por el tintineo de las pesetas rubias cuando los críos nos picábamos y nos empicábamos con las eternas partidas del futbolín. ¡Vaya un personaje, Peluca, para los críos y adolescentes y jóvenes, comandando aquellos catorce o quince futbolines…!

Como emanaban los aires y aromas del Café-café kiosko Colón. Lo mismo que se salpicoteaba la esquina del Requeté, de nuestro querido Getulio, que lograba colas que ni en un partido del Club Deportivo Cacereño contra la Unión Deportiva Plasencia, a ver si les zurrábamos la badana, el pase de alguna peli de por Aquellos Tiempos. Acaso «Molokai«, «El puente sobre el río Kwai«, «Los cañones de Navarone«, o el desfile, no se si insondable, de la rutina y del trasiego.

Y la estampa de Caldera, Santiago, el creador de la saga fotográfica, con sus burrillos, sus toritos, sus caballitos, la imagen de la cara conocida, los vendedores de polos, de pipas, de almendras saladas, de garrapiñadas, de cigarrillos sueltos, o el grito de «¡Patatas Fritas El Galloooooo….!», y que eran, qué duda cabe, las mejores de España.

También, claro es, arriba del todo, el Parador del Carmen. O un puñado de periodistas y escritores de raza y de ley, maestros de este modesto periodista, cacereños cacereñeadores que siempre galopaban cacereñeando, que no paraban, ¿verdad, Fernando (García Morales), Dionisio (Acedo Iglesias), Germán (Sellers de Paz), Narciso (Puig Megías), Domingo (Tomás Navarro), Enrique (Romero Ruiz), Domingo (Salas de la Cámara)?

Y tantos notables y paisanos de a pie que transitaban por el sosiego del Paseo de Cánovas, una de las columnas vertebrales de Cáceres. Sobre todo desde aquel día del año 1881, en que Su Majestad el Rey inauguraba la línea férrea Madrid-Lisboa. Una época, entonces, en la que el Paseo de Cánovas tan solo contaba con tres edificios: El Hospital, El Asilo de Ancianos y, claro es, el Parador del Carmen, otra imagen emblemática, que se abrían al correr de los nuevos tiempos, entre cercados y descampados, al trasiego de las nuevas etapas, a la inquietud de los nuevos aires del crecimiento de lo que se conforma como el Aquel Entonces.

¡Uf…! Acaso como el grito de guerra que un día se impuso en el fútbol pero que lo he trasvasado a Cánovas: Mucho Cánovas, mucho Cánovas, mucho Cánovas, eh, eh, mucho Cánovas, eh…

Golpe a golpe, verso a verso…

Y añado:

Y Cánovas siempre con mis besos…

NOTA;: La fotografía aparece en el Plan de Urbanismo de Cáceres del año 1961.

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EL PRIMER CUENTO DE DON VALERIANO

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Es de suponer que aquella mañana del 5 de mayo de 1931, con dieciseis años, don Valeriano (Gutiérrez Macías, que subrayaría Fernando García Morales), debía de estar encerrado en la casa de Aliseda ante la proximidad de los exámenes de Magisterio.

Valeriano Gutiérrez Macías

Valeriano Gutiérrez Macías

Seguramente hizo un alto en el camino, adquirió, como de costumbre, el periódico «Nuevo Día«, y probablemente le vibrara el sentido emocional al ver cómo el director del diario, en el que colaboraban personajes de la talla de León Leal Ramos, una eminencia en la historia de Cáceres, y José Ibarrola, había a decidido publicar su cuento «El pájaro enjaulado”.

Don Valeriano Gutiérrez Macías, a la sazón mi padre, figura en las páginas de la historia de la ciudad y de la provincia, con las que se comprometió al máximo. Tal como se puede apreciar en diversos escritos de este Blog, «Cacereñeando, el blog de Juan de la Cruz«. Persona de extraordinario coraje e impulso intelectual en las letras extremeñas, cacereño de pro, de aliento vital todas las coordenadas de su vida, que siempre aplicó con esmero en la educación, formación y orientación de sus vástagos. Escritor, humanista, Premio Nacional de Periodismo «Gabriel y Galán«, premio «Ejército», premio «Dionisio Acedo«, de la Diputación Provincial de Cáceres, autor de cientos de artículos, ensayos, reportajes, en numerosos periódicos y revistas… 

Como telón de fondo, siempre, Cáceres: Sus gentes, sus costumbres, su progreso, sus festividades, su cultura, sus personajes, sus tipos populares, sus investigaciones.

Una persona verdaderamente admirable, más allá del escenario filial, que trabajaba mañana, tarde y noche en el desempeño de sus funciones sociales, humanas, periodísticas, en el servicio a la ciudad, como lo llevó a cabo desde sus responsabilidades como primer teniente de alcalde y vicepresidente de la Diputación Provincial… Y cuyo nombre figura, merecidamente, lo que traslado con el mayor orgullo, en el callejero de la ciudad.         

Yo, honradamente, descubrí esta publicación, hace unos días, de forma casual, indagando en mis modestas investigaciones. Y noté un escalofrío al ver su nombre y comprobar que con dieciséis años ya insertaba sus primeras líneas junto a personajes como los citados y otros. Entonces me restregué los ojos, alcé la mirada por los cristales de la ventana, contemplé un horizonte donde rompe el color de la hondura primaveral, en medio de una acuarela pincelada de las más variadas tonalidades, se me deslizó una lagrimilla de emoción… ¡Era tan fuerte la impresión…! Más allá, con la acuosidad en los ojos, sin embargo, sonreía de una forma, perdonadme, tan humana y próxima a él…

Sentí, entonces, esa cúmulo de fuerza espiritual que conlleva la sangre del progenitor, siempre esmerado en inyectar cultura, educación y moral a su prole.

Luego, al recuperar su imagen, nunca perdida, me encontré en aquella profundidad del cuadro de la vida percibiendo en la distancia de la soledad y la riqueza de los horizontes, donde se fusionan líneas de la tierra y del cielo. En las que tanto creyera don Valeriano cuando se ponía manos a la obra, día a día, con la máxima de que cada día trae su afán…

Quizás fuera esa inquebrantable línea recta del horizonte la que le llevara a persistir en los baremos y el bienestar que emanaba de sus principios.

Posteriormente he ido escribiendo a mano letra a letra su cuento, y luego, tecla a tecla, la he ido trascribiendo. Lo que ha supuesto, claro es, una muy placentera tarea.

Aquí está, pues, lo que probablemente sea el primer cuento de Don Valeriano: EL PAJARO ENJAULADO, que dedicaba a su compañero de Magisterio Benedicto Lucero Fernández.

EL PAJARO ENJAULADO, POR VALERIANO GUTIERREZ MACIAS

VALERIANO-NUEVODIA.5-MAYO1931Sobre una de las paredes de la morada de Manuel hay colgada una jaula de cristal muy bonita, pequeña y adornada con varios ramos de flores que el niño cotidianamente le pone. En ella vive prisionero un jilguero. Lo cogió hace unos meses en cierta excursión que hizo a las hermosas huertas de esta villa.

El pajarito estaba posado en un ciruelo y Manuel, con sus artimañas, lo cogió para que le entretuviera de sus aburrimientos de la vida pueblerina con los armoniosos trinos. Un jilguero que inocente cantaba en la huera vino a caer no sé por dónde en sus manos! Manuel es gran amante de los jilgueros y los cuida con excelente esmero. ¡Qué alegría a recibió al tener en sus manos aquel pájaro! Hizo propósito de alimentarle y cuando le pareciera darle la libertad! ¡Oh, la libertad, santa libertad la de los animales!

Y al introducirlo en la jaula –verdadera cárcel de alambre– quedóse el jilguero asustado. No cantaba, ni apenas se movía del mismo sitio. Miraba a un lado y otro como lamentando su estado de prisión, su retraimiento en aquel sitio que sin comprenderle…

Manuel se sonreía irónicamente de la palidez del pajarito. ¿Por qué permanecería así si él había de alimentarle bien? ¿Cómo estaría tan melancólico si Manuel le silbaría a su manera invitándole a cantar?

¡Pobre jilguero!… Sujeto a las inclinaciones traviesas y algún tanto mal intencionadas del rapaz que, a lo mejor, algún día que estuviera enfadado, al insistirle, lo asesinaría bárbaramente… Ni qué decir tiene que la vida del pájaro para Manuel no era muy prolongada si sus trinos no le admiraban.

A las pocas semanas de tenerlo en su casa, quiso probar el canto del jilguero. Lo invitaría tal vez…

Iba a llenar un comedero de alpiste con júbilo extraordinario. Antes de entrar en la habitación se para a escucharle.

Sí cantaba con dulzura y delicadeza, cantaba mucho. Más aún de lo que Manuel tenía creído. Por un momento marcharon de este niño las ideas de posible venganza contra el pájaro. No tenía motivos.

Entra en la habitación con brusquedad. Fili –como denominaba el muchacho al pájaro—vuelve a asustarse. En el campo nadie le impedía sus alabanzas a la Naturaleza y aquí a cada instante. No estaba Fili acostumbrado aquellos bruscos cambios de entrada y salida del personal. Vivía el pajarito constantemente asustado.

— Canta, jilguerito, canta… ¿Verdad que tú, Fili, me conoces a mí y sabes que yo te trato muy bien?, decíale Manuel.

Fili continuaba sin cantar. Manuel se desespera. Abre la puerta el muchacho para limpiar el comedero… Fili aprovecha la ocasión… Vertiginosamente logra evadirse de la jaula… Manuel corre, traspasa calles, atraviesa prados y huertas… Va en busca del jilguero que tuvo en su casa, aquel bonito jilguero tan fino cantador como de vuelo ligero…

… Pero nada. No le encuentra por más que anda de acá para allá. Fili iba en busca de la libertad. La libertad es lo más característico de los pájaros. ¿Por qué oponerse los niños con sus débiles inclinaciones a cortarles las alas de la libertad…? ¡Qué bien encaminadas las leyes de protección a los pájaros y de prohibición por cazarlos!… ¡Oh, si se observan como merece…!

                                           . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .  . .

Fili, el pájaro enjaulado antes por las travesuras de Manuel, camina por los campos… jubiloso de haber rescatado la libertad. Ya no permanece sujeto a las ideas de Manuel. Es un pájaro en libertad.

NOTA: En la fotografía, plena de cacereñismo, la Virgen de la Montaña, Patrona de Cáceres, la Plaza Mayor, Alfonso Díaz de Bustamante, alcalde de Cáceres, a la izquierda, Valeriano Gutiérrez Macías, y en el centro un poco más atrás Antonio Rubio Rojas, que sería Cronista Oficial de Cáceres. (Una fotografía que, en su día, me remitió mi querido amigo José Antonio García Recuero). 

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¡A RAJA Y CALAAAA…! EN 1920

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En aquella crudeza de los tiempos las calles de Cáceres estaban cuajadas de vendedores ambulantes de todo tipo y condición: Paragüeros, lateros o lañaores, chamarileros, chatarreros, piñoneros, traperos, pieleros conejeros, carboneros. Con estos últimos, en pleno verano, gritando: ¡A raja y calaaaa…!
¡A RAJA Y CALAAAA...! melonero garrovillas en arco de la estrella

El popular melonero conocido como El Garrovillano con su mercancía por el Arco de la Estrella.

Un ¡A raja y calaaaaaá…! de hombres cargados de desesperanzas, de angustias, con el rostro cruzado por el puzle de las severidades de la vida. Pero no había más remedio que salir adelante, como fuera.

Los meloneros, como si fuera hoy mismo con estos calores, como el de la postal, fechada en 1920, hace ya noventa y cinco años, y que representa al Garrovillano pasando por el Arco de la Estrella, tiraban de las riendas de un mulo, al alba, con las primeras luces del día, y se pateaban las calles cacereñas, arriba y abajo, monótona, cansinamente. Vestían una chambra o una camisa, pantalón de pana, sombrero abrillantado por el exceso de uso, alpargatas de esparto, el cigarrillo de picadura, indefectiblemente, en la comisura de los labios, los ojos perdidos en el trasiego de cada día. Y voceaban:
— ¡A raja y calaaaaá…!

A la espera de que se abriera un portón, saliera un vecino y se interesara por la mercancía. Entonces se metía la mano en el bolsillo, abría una navaja, hacía un cuadradito en el melón, para la cata y se lo daba a probar al hipotético comprador.

Si llegaban a un acuerdo el melonero echaba mano de la romana, equilibraba el peso, negociaban el acuerdo y a seguir pregonando Margallo arriba o San Justo abajo:
— ¡A raja y calaaaaá!

Cuando el serón que albergaba la mercancía agotaba las existencias, acaso ya pasada la tarde, quizás con un poco de pan candeal y un poco de patatera en el cuerpo como todo almuerzo, y unos buches de agua caldorra de una cantimplora, regresaban a Malpartida de Cáceres, a Sierra de Fuentes, a Arroyo de la Luz.

El día siguiente se dibujaba con el mismo prisma de desesperanza, mirando, de forma así como cansinamente, casi desdibujada, con la cara atravesada por las heridas de las necesidades y de los sacrificios, gritando:
— ¡A raja y calaaaaá…!

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CAMINANDO POR CACERES

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Camino. Más, al caminar, me vibra, acaso hasta el dolor, el alma, Cáceres, en el ansia emocional de la vida. Y, más aún, en el silencio de mi propio interior, como si llegara. como cada día, la hora de la reflexión, con uno mismo. Que es, cuentan, donde radica la verdad personal. Es decir, el momento en que uno habla consigo mismo.

 

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El Casco Histórico-Monumental de la ciudad de Cáceres invita a la reflexión, al sosiego, a pasear con y por la historia.

Me escuece de pasión el pasear caminando por Cáceres como me escuece el canto y el llanto en el jardín en soledad, como el parpadeo por la lagrimilla que me hace ver, de forma borrosa, la Plaza de Santa María, el Palacio de los Golfines de Abajo y esquinado y abrazado para siempre a la Plaza de San Jorge, la esbeltez de la iglesia de la Preciosa Sangre, el escondido Rincón de la Monja en el puzle laberíntico del Casco Histórico-Monumental, la majestuosidad, diría que sublime, del Convento de San Pablo, envuelto entre dulces cánticos de las monjas de la clausura clarisa, la hondura de la Cuesta de la Compañía, la estrecha cuesta de la Calle Ancha, el largo sendero del Adarve, el volar incansable y  elegante de la cigüeña o la alocada bandada de vencejos y golondrinas, el silencio de los cielos cacereños pintarrajeados, con frecuencia, de azul claro, la panorámica desde la Plazuela de las Veletas con el Santuario de la Montaña allí arriba, envuelto entre paisajes de campos verdes y rocas grises y ocres, los recovecos del encanto de una Ciudad de la historia silueteada y esmaltada en arte, las ideas y venidas y los trasiegos de unos y otros, el sentido medieval del Casco Histórico-Monumental…

Reflexiono mientras camino Cáceres por tu recorrido intramuros. Quizás sin mayor destino que aquel al que me dirigen mis pasos. Pero se me exalta de eternidad la mirada hacia lo más alto del cielo… Ya puede corretear con toda la fuerza del mundo el agua de la lluvia invernal por tus plazoletas, ya puede deslumbrar el sol estival en las espadañas o en las piedras graníticas de las paredes de tus casonas palaciegas y nobiliarias, esculpirse la silueta del tañido de la campana, incansable en su melodía, pregonando su eco a los cuatro vientos por los rincones de las callejuelas, o correr con vehemencia ardorosa mi propia sangre por tu empedrado. Allá por donde transcurre la historia de la judería, el tránsito de la morisma, la conquista de la cristiandad.

cuestadelacompañia

La ciudad de Cáceres está declarada Patrimonio de la Humanidad y es el Tercer Conjunto Monumental de Europa, tras Praga y Tallín.

Y, de repente, mientras escucho el palpito de mi corazón, me he quedado estático, con una respiración inmensamente contenida. Acaso, tal vez, por la intensidad del ritmo de mis pensamientos que van a desembocar a la mar de los suspiros, de las secuencias del paso implacable del tiempo… Como si dijéramos adiós a cada segundo y que, en el fondo, es lo que hacemos con el segundo que acaba de quedar atrás. ¡Quizás, qué contradicción, pasos vacíos y perdidos en un mundillo de inercias! Pero, eso sí, clavados y crucificados en en un recorrido acaso sin destino, caminando, extrañamente, desde la quietud. Esto es, sin avanzar por los caminos de Cáceres.

Un día, verás, aprendí a mamar el amor por ti, Cáceres. Lecciones de amor que quedaron grabadas a sangre y fuego. No ya en mi piel, no. En mi corazón, en mis adentros, en mi alma. Y, ahora, tras el examen de conciencia, tras la reflexión, no me importaría convertirme en una estatuilla mínima, insignificante, y albergarme, tan solo, en el mejinal, en la oquedad del nido de una privilegiada chova de las que habitan intramuros de la Ciudad Medieval, y adormilarme.

pajarosencaceres.hoy.es

Una bellísima instantánea fotográfica sobre el revoloteo de una bandada de golondrinas en la Ciudad monumental de Cáceres.

Lo haría con sosiego, con calma, con relajo. Al tiempo, con mucha melancolía y con unas cataratas de melancolía. Quizás, dejándome llevar por el caudal de miles de imágenes, de esas de siempre, de las que todos albergamos en lo más profundo de nuestroça alma, mientras suenan los alegres acordes de la Marcha Radetzky. Sí, la que compuso Johan Strauss, como si fuera el final de un Concierto de Año Nuevo, con los acordes de la Orquesta Sinfónica de Viena, como ya es tradicional en la historia, o, acaso, con la mágica placidez para escuchar aquella composición sublime del maestro gaditano Joaquín Rodrigo titulada «Noche en los Jardínes de España», mientras repiquetea y salta por todas una de las piedras y de los palmos del espacio del Casco Histórico-Monumental de Cáceres.

Sería lo menos que se merece dormitar, plácidamente, en el nido de una chova, a golpe de historia, de campanas, de palacios, de ermitas, de casonas nobiliarias, de museos, con sabor a unas aventuras y a unas épocas verdaderamente apasionante en el curso de la vida de Cáceres para llegar hasta hoy.

NOTA: La primera fotografía está captada del periódico ABC, la segunda del blog spot ampemu y la tercera es del diario Hoy.

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