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Archive For The “Personajes” Category

MANUEL TRINIDAD, UN RETO EXTREMEÑISTA

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Manuel Trinidad es un personaje comprometido, de modo firme, con Extremadura. Su blogspot «Biblioteca Virtual de Extremadura», a disposición de todos, ofrece numerosas publicaciones virtuales de la historia de nuestra Comunidad, en diferentes vertientes, y que no hay forma de encontrar por arte alguna.

 

Manuel Trinidad, un extremeño comprometido con la tierra parda.

Manuel Trinidad, un extremeño comprometido con la tierra parda.

Manuel Trinidad es un extremeño de pro, antropólogo, que está llevando a cabo, de forma paulatina, un trabajo de extraordinario interés sobre el panorama histórico y cultural de Extremadura, fruto de numerosas investigaciones y trabajos.

Bibliotecario en la Facultad de Derecho, apasionado de la hondura cultural y del panorama festivo extremeño, tan variopinto y rico en todas sus manifestaciones, un día se puso a aunar tantas inquietudes. Fruto de ello es la puesta en marcha en su día del blogspot bajo el nombre de “Diccionario Virtual de Extremadura”, en el que, en colaboración con diversas instituciones y autores, lo mismo se puede leer “Extremadura, la tierra en que nacían los dioses”, de Miguel Muñoz de San Pedro, que consultar el “Diccionario histórico geográfico de Extremadura”, de Pascual Madoz, o deleitarse con la “Revista de Extremadura”, con una manifiesta abundancia y presentación de libros, de textos, de documentales, que ya no se encuentran ni bajo las piedras, aportando un relevante testimonio a nuestra cultura.

Fruto, todo ello, de su vocación extremeñista y de abrir de par en par las puertas de esa biblioteca a todos. Lo mismo que hace con la página “Indumentaria Popular de Extremadura”.

Trinidad con traje de pastor del Valle del Jerte.

Trinidad con traje de pastor del Valle del Jerte.

Una memoria viva y palpitante de la tierra parda que, desde nuestra perspectiva, es de justicia, promocionar y divulgar para el mayor prestigio y conocimiento de Extremadura, entre los miles de testimonios que pueden encontrarse en esta interesante propuesta.

Apasionado defensor de Extremadura, a través de estas aportaciones, con un calibre de excepcional relevancia, Manuel Trinidad ha entrado, con el bagaje de sus méritos, en ese panorama de cualificados extremeños y que, desde su generosidad, tiene las puertas abiertas de sus páginas como documentos ilustrativos de todos.

Un esfuerzo y una labor altruista, la de Trinidad, que destaca por facilitar a los usuarios una amplia hemeroteca, en tantas manifestaciones, como artículos, revistas, canciones o videos como los que sobresalen en sus páginas.

Gracias, muchas, de todo corazón, por esa labor tan abierta como profundamente humanista que tanto nos honra a todos los que seguimos una trayectoria tan vitalmente extremeñista como es la que llevas a cabo desde hace largo tiempo.

Extremadura, amigo mío, se encuentra en deuda contigo.

 

 

 

 

 

 

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PEPE HIGUERO, IN MEMORIAM

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Pepe Higuero,profesional de relieve en el periodismo, en el radiofonismo y en el cacereñismo, director de Radio Popular en Cáceres y del periódico «Extremadura», amigo, compañero, buena gente,se nos ido. Aquí os dejo mis líneas de despedida que aparecen publicadas hoy, 29 de mayo, en el diario del que estuvo al frente.

Se nos ha ido Pepe Higuero. Una excelente persona, un gran compañero.

Y me quedo, sencillamente, cercado por la consternación en la marcha de un cacereño y personaje, a la vez, del tiempo, como notario de la actualidad, como uno de esos apasionados por el fenómeno del cacereñismo. Como una idea de su propia filosofía de vida. ¡Qué importancia esa fuerza en su propia dinámica y en su propia concepción de un fenómeno que le presidió desde siempre!

Pepe Higuero, ahora que escribo estas líneas a vuelapluma, se configura como uno de los referentes del Cáceres de Aquellos Tiempos que algunos vamos tratando de recomponer como si fuera un puzle entre estampas, nostalgias, imágenes, relatos, recuerdos, curiosidades, fotografías, semblanzas, diseños, apuntes, y todo tipo de pormenores, intentando alzar la copia más exacta de aquel Cáceres que tanto nos marcó a los de aquellas quintas y aquellos tiempos. Que es, sencillamente, la memoria del paso de los días y años. Pero en la que quedan quienes marcan carácter, con su sello y tipología personal, y forman parte, a la vez, de esa radiografía que se conforma en nuestra ciudad y provincia. Como era y es el ejemplo de Pepe.

Pepe Higuero, buena gente, compañero, buena gente, cercano, cordial, humano, próximo, interesado por todo y con la mano abierta, al mismo tiempo, también, a todo. Luchador inveterado y constante por Cáceres donde desarrolló una trayectoria que hoy y ahora, en el tiempo del adiós, hemos de reconocer que es una marca del periodismo, del radiofonismo y de la inquietud cultural…

El, que, sencillamente, pasó por tantos puestos, siempre aprendiendo, siempre persistiendo, siempre instruyendo, siempre haciendo camino al andar entre ese tiempo de inquietud por el que conducía y reconducía sus pasos, que forma parte de una entrega sin límites a sus responsabilidades. Entre otras consideraciones porque su trabajo y sus quehaceres le nacían en lo más hondo y en lo más profundo de sus adentros.

Leo la semblanza de urgencia que ha escrito Miguel Angel Muñoz sobre Pepe Higuero tras su fallecimiento. Un repaso notorio por todo un tiempo de comprensión y de batallar periodístico que fue plasmando paulatinamente entre ese salvoconducto de sus obligaciones y de sus aficiones. Pero, siempre, con el sello y la marca de su estilo, de su personalidad, de su talante, de su manifiesta personalidad y de su más que buena y exquisita voluntad y de los vericuetos que fue recorriendo hasta alcanzar los escalafones desde donde dejaba constancia de su generosidad mezclada, acertadamente, con su calidad profesional y humana.

Pepe era así, servicial, constante, persistente, abiertamente humanista, sencillo, laborioso, y presidido por la inquietud… Un todoterreno de la vida cacereña, que hoy le despide con el mayor y el mejor cariño, que es lo que se merece toda su trayectoria, ahora que recuerdo aquellos cordiales encuentros, a caballo de nuestros trabajos, alentándome a seguir informando cada día más, sobre Cáceres, desde el ventanal de Televisión Española.

En esta hora del adiós, querido Pepe, permíteme que te diga que unas lagrimillas han caído sobre el teclado de mi ordenador.

Hasta siempre, Pepe, amigo mío.

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MI QUERIDO GABRIEL…

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Gabriel Romero Ruiz (1930-1972), un comunicador de relieve en el Cáceres de Aquellos Tiempos.

Gabriel Romero: Radiofonista, trabajador, bohemio, poeta, periodista, autor de obras teatrales, danzarín de los Coros y Danzas de la Sección Femenina, solista de gran voz… Siempre con el micrófono , con el bolígrafo, con un blog. Siempre, claro, Cáceres: Con, por y para Cáceres. Y que deja sus apellidos, junto al nombre de su hermano Enrique, en la nomenclatura del callejero de la ciudad.

De repente, por aquello del azar, me he encontrado en mi archivo con esta fotografía que me enviara hace unos meses Marcos. Su hijo.

Un día Gabriel Romero lanzó al aire de la inspiración un puñado de versos que esculpió en prensa uno de mis maestros en Radio Nacional de España. Hablamos de Tico Medina:

Quiero llenar mi corazón de tierra,

de tierra de secano, sin malicia.

Quiero llenar la boca y la palabra

de tórtola, de surcos y de encina.

«Radio Cáceres. La Voz de Extremadura«, Cáceres de arriba a abajo, las gentes, la canción, la ciudad apretujada en su alma, la tierra crecida en sus raices, el paisanaje surgido entre parrafadas de la pequeña capital de provincia, el ritmo y el pulso y las esencias de cada día en una rutina de intensidad por las vías de la línea periodística. Gabriel Romero era, sencillamente, información.

Genuino Gabriel, que me estimulaba a trabajar mañana, tarde y noche en aquellas, las ya lejanas prácticas de la carrera universitaria de Periodismo. Palmada a la espaldas, palmada amiga, añadía:

— ¡Pero échale, siempre, amor y alegría al trabajo…!

Luego añadía con la solemnidad de su humor:

— ¡Que ya sabes que eres Gutiérrez, hijo de don Valeriano…!

Con Polito y Fernando García Morales y Tomás Pérez y Roberto García del Río… Haciendo cada día, de su objetivo, más y mejor Cáceres, en beneficio de toda la ciudad, de todos los cacereños… Como buenos notarios de la actualidad a través del curso de los aconteceres por las calles y plazas de la pequeña capital de provincia.

¡Aquella «Radio Cáceres, La Voz de Extremadura«, de tanta intensidad… Y tantos comunicadores que conforman una parte manifiesta de las esencias del Cáceres, ay, de Aquellos Tiempos…

Suelto la mirada hacia el horizonte del ventanal. Y me fijo, casi sin darme cuenta, en el paisaje del transcurrir de la vida. Por sus estrechos y largos railes trasiegan los ciudadanos:

— Lento, si se quiere hasta traqueteando… Pero sin pausa alguna…

Cierro los ojos en las tinieblas. Y de nuevo, al abrir nuevamente los ojos, el tren, con amigos, compañeros y conocidos como pasajeros, circula.

… ¡Cómo marcha, ay, el tren de la vida…!

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DON VALERIANO, UN EDUCADOR

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Don Valeriano, fue, de siempre, un educador, generoso educador. Un aspecto importante y a destacar dentro de la panorámica familiar en la crianza de la saga que conformamos sus hijos. Apasionado por la esencia y raíz de la cultura, enamorado apasionadamente de Cáceres, buena gente, compañero, buena gente…

… Por la mañana, antes de que el alipende cogiera apresuradamente los bártulos y se encaminara al colegio de don Juan Checa Campos, en la calle General Margallo, toda una institución escolar, don Valeriano te hacía repasar los deberes… Y, aunque desayunaba los churros con el café con ese sosiego moral propio de su bonhomía, permanecía atento a las explicaciones y respuestas del escolar, que, por lo general, no las tenía todas consigo.

El almuerzo lo aprovechaba para fomentar esa vieja, noble y sana tradición que conforma la cultura del diálogo y la tertulia familiar, que en los tiempos que corren, anda más bien como desaparecida y evanescente. Acaso por el cambio de los tiempos, de época. Salvo error, que todo es posible, en la apreciación del escritor.

Todos los miembros de la familia sentados alrededor de la redonda mesa camilla y compartiendo mantel, comida y conversación. Don Valeriano impartía, en orden y con moral, generosas y humanas y humanísticas lecciones de vida, se interesaba por la marcha de la saga, por sus conocimientos de y sobre Cáceres, por su aplicación en los estudios, y trataba de seguir con la mayor atención los pasos formativos de la compañía que conformábamos sus hijos. Siete, aunque rápidamente, con el fallecimiento de Valín, el pequeño, víctima de una cruel enfermedad, nos quedamos en seis y huérfanos de la cariñosa compañía del benjamín, que llevaba los nombres de Valeriano José Rodrigo.

Ya por el atardecer, cuando sus ocupaciones se lo permitían, cogía a la saga y nos dictaba párrafos del terrible Miranda Podadera. Un libro que venía a suponer como una provocación para las faltas de ortografía, nos hacía leer en alto alguna página de cualquier libro que echara a mano de aquella amplia y espaciosa biblioteca. Lo mismo daba que fuera «Extremadura, la tierra en que nacían los dioses» como «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha«, «La familia de Pascual Duarte«, «Marcelino, pan y vino«, «La tía Tula» o vete a saber si no descolgaba «Los episodios nacionales«, mientras permanecía pendiente de nuestra pronunciación: «Esa ese del plural, Juanito«, o «esa vocalización, hay que vocalizar con claridad, que se entienda bien lo que lees y expresas«, o «cuida de entonación«, o «ese énfasis«, o «esa coma o ese punto, que denota la claridad expositiva de la frase, porque las comas y los puntos tienen su importancia en la lectura, obviamente«.

Igual que nos impregnaba con las páginas de su cacereñismo, que aquí, entre nosotros, más allá de la pasión de hijo, es de reconocer que, con las páginas de su trayectoria y de su biografía, mereciera la calificación de «cum laude«.

Como consecuencia, ya en este terreno del cacereñismo, que conocía con una esmerada dedicación de muchos años, nos hablaba de una figura insigne como la de don Miguel Muñoz de San Pedro, de la labor de la revista «Alcántara«, del sabor de las tertulias ciudadanas y callejeras, interesadas en la marcha y en la actualidad de la vida capitalina, del abanico de esencias que ofrece la pequeña capital de provincia, de Fernando Bravo Bravo, de Victor Gerardo García del Camino, de José Canal Macías, de notables e ilustres estudiosos y divulgadores de la historia de Norba Caesarina, de ayer y de hoy, de Antonio Floriano Cumbreño, de personajes populares de las cercanías ciudadanas, de profesores, comerciantes, empresarios, catedráticos, investigadores, del sabor y el costumbrismo histórico de las fiestas locales, como las de San Blas, las ferias de mayo y septiembre, la bajada anual de la Virgen de la Montaña, las biografías de los nombres que ilustraban los rótulos de las calles cacereñas, «porque eso es algo fundamental y que debéis de conocer«, porque lo mismo te espetaba en cualquier ocasión:

— ¿Y qué sabe el amigo, por ejemplo, de la insigne figura de don Diego María Crehuet?

El pequeño, entonces, se arrebujaba, pensando que ya le podía haber preguntado su progenitor por la calle Pintores, que entre comercios y la propia palabra pintores facilitaba siquiera fuera una mínima salida… Ante la cara de duda del estudiante, don Valeriano cambiaba el protagonista de la calle y exponía con una voz nítida:

— ¿Y de Gil Cordero, qué nos dice el amigo?

El amigo, como soltaba con su peculiar pero bonachona ironía, enrojecía de vergüenza por su ignorancia y desconocimiento de dato alguno sobre «la insigne figura de Diego María Crehuet«, y de Gil Cordero, y esperaba la correspondiente explicación, a fin de memorizarla en la medida de lo posible porque, a buen seguro, que tal o tales figuras habrían de ser repasadas por la tarde en el empeño paterno para ilustrarnos sobre la importancia de los rótulos del callejero como de tantas cuestiones alusivas en la nomenclatura de Cáceres.

Don Valeriano, asimismo, nos insistía en la necesidad de frecuentar por la Biblioteca Municipal, del aprendizaje por los parajes y los pasajes de la Ciudad, Vieja o Antigua, como se denominaba en Aquellos Tiempos a la hoy Ciudad Monumental, Patrimonio de la Humanidad, insistiendo, como se lograría, que tendría que rehabilitarse a costa de los esfuerzos que fueran necesarios, y de la amplitud de los valores culturales y humanos y urbanos que se condensaban en Cáceres… Hacía un alto. Y tan solo unos segundos después de un silencio añadía:

— ¡Que son muchos, hijo…!

Luego, quizás, acaso, tal vez, echaba una ojeada bondadosa, como la propia expresión que emanaba de su cara, por el horizonte del despacho: Los paisajes y casas de Victoriano Martínez Terrón, cuajados de figurativismo y de color, con tejas retorcidas, con calles así como tortuosas, con esplendor de campo, los retratos de Solís Avila, que en unos minutos te copiaba la expresión y los rasgos, la caricatura amiga de Lucas Burgos Capdevielle, la prensa del día, la de Cáceres, Madrid y Barcelona, el desfile de fotografías, con la belleza genuina del rostro de mi madre, con el documento de la familia entera, con las revistas nacionales y provinciales, «La Estafeta Literaria«, «Revista de Occidente«, «Ejército», «Monasterio de Guadalupe«, con los montones de cuartillas y folios en papel cebolla con sus apuntes, con sus artículos, con sus trabajos por el Cáceres de Aquellos Tiempos, con sus colaboraciones, con sus crónicas, con sus conferencias, con sus pregones, con sus recortes, con la instantánea de don Valeriano en su despacho munícipe como un servicio abierto de modo permanente en lo que ya entonces conocía, de forma servicial, como de atención al ciudadano, que le solicitaban los vecinos sobre los más variados y diversos temas… Pero que él, como servidor público, no podía por menos que atender. Dejando constancia expresa, que conste, de que hasta que no lograba solventar las demandas conciudadanas no dejaba el tema.

Así, al menos, lo denotaba y confesaba su pequeño cuadernillo de cuadrículas, siempre en el bolsillo de la americana, donde apuntaba, con perfecta y culta caligrafía todas las exposiciones, sugerencias, peticiones y solicitudes del paisanaje que se encontraba en el camino de sus rutas y tránsitos por la ciudad. Todo un largo listado de los que iba dando cumplida cuenta a sus demandantes.

Posteriormente, con la mirada tintada por esos brochazos permanentes de ilustración formativa, y mirada serena, aconsejaba:

— Sería conveniente que nunca olvidaras los consejos de tu padre… Que cuanto te dice no es más que por tu bien.

Nos hablaba y formaba con temas de educación, de deberes y obligaciones, de corrección, de modales, de cumplimientos, de esfuerzos, de aplicación en el estudio «para ser hombres de provecho«… Le preocupaba, sobremanera, la hondura y la sensibilidad del panorama de la cultura, como base en los pasos y en los andares por los caminos y caminares en la vida de cada uno de sus vástagos.

Don Valeriano (Gutiérrez Macías, claro es), se representaba, por tanto, como un culto perfeccionista. Porque, como solía aplicarnos, «siempre se puede mejorar todo«.

Una de las aficiones persistentes de don Valeriano, en el ámbito cultural, radicaba en la caligrafía. Lo que trataba de inculcarnos a la prole con ese sentido educativo que le distinguía.

Leer, estudiar, observar, aprender, escribir, consultar el diccionario, la prensa, los libros, utilizar a base de bien los numerosos ejemplares que conformaban la Biblioteca y en la que no paraban de entrar volúmenes…

Como buen amante de la caligrafía la practicaba con frecuencia: Aquí os dejo la dedicatoria de su libro «RETABLO POPULAR DE LA TIERRA PARDA» a la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad de Extremadura.

Ya, llegado por fin el tiempo libre del día, probablemente por una más que caritativa señal de mi madre, tras entreabrir la puerta, el chicuelo salía despendolado y a todo meter a la calle donde le esperaba inquieta la pandilla para echarse un impresionante fío, en los que nos partíamos el pecho como jabatos, que, a fin de cuentas, representaba lo más importante en el argumento de la sesión cinematográfica personal del transcurrir temporal del muchachuelo, tratando de emular a los Tate, Mandés o Palma, aquellos ídolos del Club Deportivo Cacereño de nuestros amores y pasiones.

Un fío, con las porterías dibujadas por trazos de tiza en los bordillos de las aceras, o con las alcantarillas, y que solía durar hasta que nos llamaran para la cena o si asomaba un guindilla que, si nos pillaba desprevenidos, cosa extraña, porque siempre nos tenían ojo avizor, nos espabilaba la pelota…

Gracias, pues, querido papá, de todo corazón, ahora que me he permitido el lujo de pasear de tu mano por el recorrido que cada día queda, lamentablemente, un poco más atrás. Y también, por supuesto, a la vez,  porque cada día, afortunadamente, queda, asimismo, un poco más cerca.

Y hoy, como añadido, con mayor gratitud que nunca. Y también, gracias, muchas, a ti, mi querida mamá, siempre con ese gesto,  extraordinariamente cariñoso, que nos libró de alguna pequeña regañina y por aquellos gestos que nos permitían desarrollar aquellas otras inquietudes callejeras, que, sin aportarnos ningún futuro, nos daban alas de aquella, nuestra propia e ingenua libertad, que no pasaba de eludir un poco los estudios, de atrapar unos pajarillos, de mirar a las pequeñas vecinas o de jugar a burro nuevo, al rescate, al salto del estudiante, a mosca burrera, o de echarnos algún cigarrillo de anís entre las primeras toses…

Luego el transcurso del tiempo, sin darnos cuenta, iba dando uno y otro y otro paso que, todos unidos, conformaban, paulatinamente, sin prisa pero sin pausa, como solían decirnos nuestros mayores, un espectacular salto de época. Tal como hoy, si hay suerte y lugar, podemos transmitir a quienes nos siguen… Otra cosa bien distinta resulta la de convencerles de que eso es así… Que en asuntos de razones, los mayores, de siempre, suelen llevarla, pero que, en los momentos puntuales de los debates, les son rebatidas por aquello de las inmensas distancias en los territorios generacionales.

(A la memoria de don Valeriano y doña Dorita, que gloria hayan, que tanto nos dieron y entregaron tan generosa, tan esforzadamente).

NOTA: La caricatura apareció publicada en la revista «Alcántara«, de allá por los años cincuenta de la pasada centuria.

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GENERAL MARGALLO, UN HEROE

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La Guerra del Riff, también conocida como de Africa, y de Margallo, se conforma como un episodio de significativo relieve en la historia de España. Por cuanto había en juego, y el pulso entre los bereberes sublevados, saltándose el Tratado de Wad-Ras, contra las fuerzas españolas. El General cacereño Juan García Margallo, Comandante General de Melilla, fue un héroe.

 

En opinión del articulista, leyendo las páginas de la historia, defensa, coraje y lucha de Juan García Margallo, tal como figura en las hemerotecas de la prensa española de aquellos tiempos, la historia le debe un lugar de mayor relevancia que el que hoy ocupa. Un militar cacereño al que dedico una parte de mis trabajos, que figuran publicados en «CACERES, EL BLOG DE JUAN DE LA CRUZ», tal como en la relación al final de este trabajo.

Mis estudios e investigaciones por la figura del General Margallo arrancan desde lejos. Cuando situado en el escenario de aquellos, mis paisajes niños, acudía a la escuela del maestro don Juan Checa Campos, también instalada en la misma calle. Lo explico. Nací, pues, en la calle cacereña en cuyo rótulo se podía leer General Margallo, y anteriormente se denominaba calle Moros.

Un día cualquiera de aquella niñez escolar, allá por los principios de los años sesenta, mi padre, escritor, estudioso, investigador del cacereñismo en su más amplia acepción, como se traza en su biografía y en su trayectoria, me situó ante el nombre de la calle y con actitud pedagógica procedió a explicarme el recorrido e importancia del esforzado y valiente general cacereño que se dejó la vida defendiendo a España, a su bandera, a la guarnición española de Melilla.

Tomé conciencia, entonces, de la capacidad de su figura así como de la sorprendente aventura que me relató mi progenitor con un puñado de soldados españoles rodeados y sitiados por más de treinta mil bereberes armados, por cierto, hasta los dientes… Y con fusiles Remingtons…

Entonces fui estudiando y conociendo, paulatinamente, la trayectoria del militar, nacido en la localidad cacereña de Montánchez. Y que se encuentra, injusta, lamentablemente, demasiado olvidado, sin embargo, en las páginas del libro de la Historia Militar de España. Cuando su comportamiento y su actitud fue la de un verdadero héroe.

Precisamente uno de los objetivos de este recorrido y divulgación, paulatina, de la figura de Juan García-Margallo es de la intentar incrustarle en el lugar que, en justicia, le corresponde, dentro de la historia de España y de la historia militar., También, claro es, de Cáceres y Extremadura.

Con una trayectoria impecable y de un relieve excepcional, entregado ardorosamente a la defensa del territorio español, Juan García Margallo, desasistido por el ministro de la Guerra en unos momentos cruciales, fue traicionado, de forma indigna por el entonces ministro de la Guerra, José López Domínguez. Un ministro de una más que punible conducta y severamente cuestionado por el pueblo español y la práctica totalidad de los periódicos y semanarios.

Una traición que se completó con el cese del general Margallo como Gobernador Militar de la plaza de Melilla, en plena Guerra del Riff, sin comunicación ni aviso previo, y de la que el general tan solo se enteró por la prensa. Y una muerte, la del general Margallo, como la de tantos soldados españoles de aquella guerra, que pesarían sobre su conciencia.

Una situación tan compleja ante la que el soldado cacereño respondió con la entrega más valiente y ardorosa, a caballo entre el coraje de su dignidad y de su moral, por un lado, y la defensa de la bandera y el nombre de España, al otro. Al medio, su compromiso con su patria.

La guerra, con una extrema tensión, se agravó de extrema severidad para las tropas españolas, por la impresionante superioridad de los bereberes, procedentes de las cabilas marroquíes. De tal forma que, tan solo veinticinco días después de comenzados los enfrentamientos bélicos, en la mañana del 28 de octubre de 1893, el general cacereño dejó atrás el Fuerte de Cabrerizas Altas, completamente sitiado por los moros, donde se encontraban sus soldados, sus ayudantes, su esposa, sus ocho hijos, y en tan solo unos instantes, cayó abatido al suelo por las balas bereberes..

La historia militar española nunca valoró su gesto de honor, como es debido, y que se define, sencillamente, por el coraje, el valor, el orgullo y la fuerza que sentía correr  por sus venas, por su carácter militar, por la patria española. Un general, Juan García Margallo, que se merece bastante más que el nombre de una calle en Montánchez, en Cáceres, en Madrid, en Melilla, y en algún otro municipio español.

Aquí os dejo cuatro documentos: Un retrato muy poco conocido del general cacereño, el documento acreditativo de su nombramiento como Gobernador Militar de la plaza de Melilla, firmado por la Reina María Cristina, el fuerte de Cabrerizas Altas, ante el que encontró la muerte delante de sus soldados, en primera línea de fuego, y la información aparecida en la prensa nacional dando cuenta de su incorporación al rótulo del callejero cacereño, pocos días después de su fallecimiento.

MAS INFORMACION:

01: http://juandelacruzgutierrez.es/general-margallo

02: http://juandelacruzgutierrez.es/el-general-margallo-extremeno-y-heroe

03: http://juandelacruzgutierrez.es/noche-de-soledad-en-mi-calle-margallo-tambien-moros

04: http://juandelacruzgutierrez.es/el-general-margallo-extremeno-y-heroe

 

3Licencia de Creative Commons
GENERAL MARGALLO, UN HEROE by JUAN DE LA CRUZ FUTIERREZ GOMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

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MENCIA DE LOS NIDOS

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Mencía de los Nidos, una valerosa mujer cacereña, durante la conquista de Chile, que aún no cuenta con calle en Cáceres, aunque sí en las ciudades de Concepción y de Santiado de Chile, país en el que nuestra paisana es considerada con el rango de heroína nacional. Mi artículo de hoy, que aparece publicado en el periódico regional extremeño «Hoy».

Si el lector busca la calle Mencía de los Nidos, heroína cacereña, lamentablemente no la encontrará. Pero sí hallará la misma en las ciudades de Santiago de Chile y de Concepción.

Mencía de los Nidos Alvarez de Copete, hija del propietario de unas casas en la calle Tiendas, se enroló en 1544 en una expedición a las Indias, siguiendo a su hermano Gonzalo, uno de los conquistadores de Perú, regidor de Cuzco, que sería macabramente ajusticiado. Mencía de los Nidos, entonces, emprende la ruta hacia La Concepción de María Purísima del Nuevo Extremo, Chile, fundada por Pedro de Valdivia.

Tras la derrota de Valdivia ante los araucanos en el desastre de Tucapel, donde dieron muerte y cortaron la cabeza al conquistador, fue nombrado Gobernador Francisco de Villagra, cuyas fuerzas fueron estrepitosamente vencidas por los mapuches en la batalla de Marihueñu. De tal forma que el Gobernador español, ante un cercano ataque de los indígenas, pidió a la población de Concepción la huida a Santiago de Chile, Pero le hizo frente una valerosa Mencía de los Nidos, que, con una espada y un escudo, arenga a la población a defender la ciudad y su hacienda, culpa de aquellas desgracias al Gobernador, ensalza el esfuerzo de los conquistadores y recuerda a los soldados y hombres su honor y obligación guerrera.

Incluso señala que ella será la primera en “arrojarse a los hierros enemigos”. Pero todos los pobladores optaron por abandonar la ciudad. Concepción acabó arrasada y saqueada por los araucanos.

Una rebelión de la heroína cacereña, referenciada en la obra «La Araucana«, de Alonso de Ercilla, inmortalizando su gesto, calificándola como noble, valerosa y osada.

En su día el historiador y entonces concejal Francisco Acedo, reivindicó una calle con el nombre de Mencía de los Nidos. Pero el grupo político del que formaba parte no lo consideró oportuno.

Bueno resultaría ahora que Cáceres reconociera la gesta de Mencía de los Nidos incorporando su nombre al callejero de la ciudad.

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ANTONIO MORALEDA, PRIMER PRESIDENTE DEL COLEGIO VETERINARIO CACEREÑO

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De las páginas del Cáceres de Aquellos Tiempos nacen sagas familiares que se abren por el abanico de la ciudad. Como resulta el caso, por ejemplo, de la saga Moraleda. Estampas de la historia que dinamizan el hilo del paisaje humano cacereño a través de los años. Hoy rescatamos, para ese edificio social e histórico de Cáceres, la figura de Antonio Moraleda Burillo, primer presidente del Colegio Oficial de Veterinarios de la provincia.

Antonio Moraleda Burillo (Toledo, 1875- Cáceres, 1933) llegó a Cáceres por la vía profesional de la veterinaria y poniendo en marcha, por esos azares de la vida, una nueva saga en el paisaje cacereño.

Tras sus estudios de bachiller Antonio Moraleda Burillo, estudió Veterinaria en la Facultad de la Universidad de Madrid, ciudad donde conoció a Rosario Roa Pérez, también madrileña, que posteriormente sería su esposa.

Una vez obtenido el título de Veterinario Antonio Moraleda Burillo desempeñó sus primeros oficios en Madrid, más tarde, en la localidad toledana de Nombela y en Cartagena para llegar Cáceres, donde el matrimonio se integró plenamente hasta el extremo que decidieron quedarse a vivir en la capital cacereña, ubicándose a lo largo de muchos años en el número 19 de la calle Margallo.

En el transcurso de sus pasos llegó a ser Inspector Provincial de Higiene y Sanidad Pecuaria, y, también, primer Presidente del Colegio Oficial de Veterinarios de Cáceres, desde el año 1922 hasta finales de los treinta. Un Colegio que se constituyó formalmente en la Diputación Provincial y cuya primera sede estuvo situada, precisamente, en su domicilio particular. Posteriormente, en los años cuarenta, el Colegio se traslada a la sede de la Avenida de La Montaña.

Todo un tiempo en el que trabajó, de modo afanoso, muy intensamente, por erradicar el intrusismo en la profesión. Más, en una provincia eminentemente ganadera, y, más aún, con la amplitud de la geografía provincial, y la paulatina incorporación de licenciados en la carrera veterinaria… Lo que le llevó a volcarse en sus tareas logrando un manifiesto apoyo del Colegio.

Antonio Moraleda desarrollaba una vida de la mayor integración en la pequeña capital de provincia, con unos treinta mil habitantes, entre la mezcolanza social y humana, donde convergen las tertulias, las curiosidades, las particularidades, las inquietudes de esa vecindad tan cercana y conocida en diversos estamentos.

Una personalidad, la de nuestro protagonista, de identidad republicana, talante moderado y tolerante, carácter afable, y amistades en los diversos campos y ámbitos sociales…

Durante el período en el que desempeñó la presidencia del Colegio Oficial de Veterinarios de Cáceres también ejercía como director de la revista “Cáceres Pecuario. Boletín de la Asociación Provincial de Veterinarios”. Publicación con como domicilio oficial, asimismo, la casa de Antonio Moraleda, hasta el año 1935.

Su tarjeta de identidad como Inspector Provincial de Higiene y Sanidad Pecuaria está fechada el 8 de septiembre de 1930 y visada por el Gobernador Civil de Cáceres, a la sazón Tomás Sandalio Carbonell y Arce.

Del matrimonio de Antonio Moraleda Burillo y Rosario Roa Pérez, nacieron seis hijos: Manuel, auxiliar administrativo del Instituto Provincial de Higiene de Cáceres, miembro de UGT y de la Agrupación Socialista de Cáceres, que también militó en las filas del Club Deportivo Cacereño, y que se encaminó a vivir en Madrid; María, Faustino, funcionario en el INP, casado con María Domínguez, que, posteriormente, se trasladaría a Huelva, Tomasa, auxiliar administrativo en el Colegio de Veterinarios, Josefa y Concepción, que también decidió enfocar su vida por los Madriles.

 Antonio Moraleda había creado la saga cacereña de los Moraleda y en el Cáceres de Aquellos Tiempos debiera de ser un personaje de ese serpenteo que corretea por las calles y plazuelas cacereñas, hasta el punto, curioso, que en la esquela de su defunción, 3 de febrero de 1933, figura, en primer lugar, el Excelentísimo Gobernador Civil, Angel Vera Coronel, de Izquierda Republicana, a continuación el Colegio Oficial de Veterinarios, y, seguidamente, su esposa, hijos, hijos políticos, madre política…

En esas raíces familiares llegamos al matrimonio de Juan José Pérez Regodón, secretario de Juzgado en Salvatierra de Santiago, que atendía las tierras familiares, con Josefa Moraleda, maestra en dicho pueblo, del que nacen cuatro hijos: Juan Antonio y José Luis, que estudiaron en el colegio «San Antonio” formándose en carreras técnicas, Manuel Fernando, bachiller en el Instituto «El Brocense» y Rosario, alumna en el Sagrado Corazón, maestra, y Promotora de Imagen de la Diputación Cacereña.

Rosario Pérez Moraleda, catovi de pura raza, matrimonió con Juan Carlos Bravo García, otro catovi, que fuera Jefe de la Unidad de Festejos del Ayuntamiento, desde hace unos años Presidente del Orfeón de Cáceres, autor del Libro “El Orfeón de Cáceres” y que puso en marcha la Asociación “Federación de Corales de Ciudades Patrimonio de la Humanidad”.

 Una saga cacereña, la Moraleda, que aporta ese sentimiento y recorrido por el paisaje de la ciudad de siempre: La de ayer, la de hoy, la de mañana…

…  Y siempre, claro, en el escenario de todas las historias humanas de tantos tiempos, de tantas épocas, Cáceres.

NOTA: El presente trabajo ha sido posible gracias a la colaboración de Rosario Pérez Moraleda y de Juan Carlos Bravo García, que, un día, hará unos tres años, me remitieron las fotografías de Antonio Moraleda Burillo, de dos de sus hijas, de su nieta, y, por otra parte, de Juan Carlos, porque todos ellos vivieron en la calle General Margallo.

De este modo todos ellos, como residentes en la misma calle, en la que naciera y viviera largo tiempo el autor de este blog, quedaron incorporados a mi recorrido vecinal titulado «NOCHE DE SOLEDAD EN MI CALLE MARGALLO… TAMBIEN MOROS«. Un recorrido de la larga calle Margallo, que sigue siendo posible con la colaboración de tantos vecinos a lo largo de los tiempos, de la misma. Y que, como siempre, continúa con las puertas abiertas de par en par a todos.

Hace unos meses manifesté a mi querido amigo Juan Carlos Bravo la curiosidad alrededor de la personalidad de Antonio Moraleda Burillo, la particularidad de haber sido el primer presidente del Colegio Oficial de Veterinarios de Cáceres y de las fotografías que me remitió, como las que quedan insertadas en este trabajo. Como le manifesté que podríamos intentar algún recorrido por los pasos del mismo y por la saga Moraleda.

Atrás queda, pues, el recorrido de la saga cacereña Moraleda, cuyos pilares puso Antonio Moraleda Burillo.

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