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Archive For The “Personajes” Category

EL GARROVILLANO, EL ULTIMO AMBULANTE

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Domingo Pizarro, el Garrovillano, es, probablemente, el último vendedor ambulante de aquella generación de los cincuenta que, a sus 78 años, continúa pregonando los productos de su huerta, por la capital cacereña. Un personaje entrañable y de una estirpe fuerte, como la de los Vito, como los conocen en su pueblo… Este es mi artículo, EL GARROVILLANO, EL ULTIMO AMBULANTE, que hoy, 3 de junio de 2021, aparece publicado en las páginas del diario regional «Hoy», de Cáceres.

Ya se acaban los vendedores ambulantes. Un grito que se expande entre las nuevas generaciones, que ya no encuentran mulas cargadas de picón, sandías o cacharros alfareros.

Pero todavía quedan luchadores, duros como las rocas, que se niegan a la extinción de esos trajines que les posibilitó el condumio, como apunta Domingo Pizarro, el Garrovillano, de la familia de los Vito, que a sus 78 años lleva sesenta y muchos acudiendo con su mercancía hortelana hasta Cáceres.

Mamó el oficio de vendedor ambulante con su padre, aprendiendo una forma de ganarse de la vida, con sacrificio, que nunca se sabe. En los veranos de aquellos tiempos, salían de Garrovillas al caer la tarde, haciendo noche cerca del Casar, durmiendo en las rastrojeras, al sereno, soltando a las bestias, entrando en Cáceres con el alba. Atrás quedaban unas cuantas horas de caminata. Por delante, el pateo de la ciudad con una romana al hombro y una mula con unos cien kilos de piñones al grito de “Piñones como dientes de ajo” o “Piñones de maravilla, que son de Garrovillas”.

En invierno transitaban en frías madrugadas, pernoctando en la posada La Machacona, donde disponían de sus sacos de paja para dormir, colgando los aparejos de las caballerías y sus pertenencias en unos palos de la pared. En una nave tanto mujeres como hombres. Por las  cercanías de la Machacona, emanaban malos olores de cuadra con estiércol y rebuznos. Otras veces se hospedaban en la Posada de Basilio.

Domingo, el último vendedor ambulante, defiende a ese gremio desgarrado ante los hipermercados. Una estirpe recia, que camina con la mente en su rutina, aguando estoicamente las fuertes embestidas migratorias en los pueblos…

Ante el Múltiples, con frío o calor, el Garrovillano continúa ofertando los productos de su huerta, que atiende por la tarde, que le demanda su cada vez menor clientela: Patatas, higos chumbos, criadillas, espárragos, cardillos, aceitunas guisadas, perejil, laurel, tomillo, orégano…

Vendedores ambulantes que van desapareciendo de la iconografía popular…

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FRAY JOSE GARCÍA SANTOS, FRANCISCANO

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José García Santos, un fraile franciscano que durante toda sus vida divulgó las enseñanzas de Francisco de Asís, de Antonio de Padua, de Pedro de Alcántara, que cantaba como los ángeles y que recaló en Cáceres durante un tiempo… Intelectual, amigo de los jóvenes del Cáceres de Aquellos Tiempos, su figura, aún silente y esmaltada, quedó marcada en cuantos tuvimos el placer de conocer y saber de su bondad, de sus consejos, de su mano amable…

Nació en la pequeña localidad zamorana de Gema de los Vinos, 1932, en el seno de una familia muy religiosa, con dos hermanos también religiosos. Uno, franciscano, y una monja, y se despidió de nosotros en el convento cacereño de San Antonio el pasado año 2020.

En su tiempo en Cáceres fue enseñante de las asignaturas de latín y francés en el colegio de San Antonio, ejerciendo como secretario del mismo, asesor religioso en la Sección Femenina, e impartiendo clases de Formación Religiosa a las jóvenes durante la prestación del Servicio Social en la Escuela Hogar, allá en la calle San Antón.

El religioso gustaba, asimismo, del ejercicio de la lectura, del paseo reposado, de la predicación, de la charla amena y fluida, lo mismo que también se identificaba con el silencio y la reflexión, a caballo entre la sencillez y la humildad, como saboreaba sus caminatas admirando el murmullo de la eternidad en el Casco Histórico-Monumental de Cáceres y  sus buenos amigos frailes como, por ejemplo, el padre Pacífico o el padre Serafín.

José García Santos, en 1956.

José García Santos, en 1956.

Licenciado en Filosofía y en Teología, disponía de un verbo fluido y ameno, ejercía la bondad, se esmeraba en sus misiones y en sus trabajos, ofrecía la mano amiga y la sonrisa abierta y se incrustó tanto en sus vocaciones, además de la propia filosofía religiosa, que llegó a cantar con el Orfeón Cacereño, con Trinidad León al piano, y con el grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Cáceres. Y hasta ejerciendo de solista en alguna canción con motivo de la grabación del disco titulado «Canciones y Danzas de Cáceres» y entonado por dicha agrupación.

El padre García Santos cantaba profundamente, con una voz tan alegre como acentuada, cuando entonaba esa estrofa que tanto le llenaba en su pálpito emocional, y sonriendo, con la Virgen de Guadalupe al medio:

Tiene Guadalupe hermoso,

tiene Guadalupe hermoso,
tres cosas particulares.
El camarín y la virgen y el convento de los frailes.

El camarín y la virgen y el convento de los frailes.

O, si se prefiere, cuando entonaba esa parte del estribillo, de la «Jota de Guadalupe«, que nos emociona a todos los extremeños, cuando cantamos a nuestra Patrona, la Morenita de las Villuercas:

Virgen de Guadalupe, dame la mano

para subir la cuesta de Puertollano,

de Puerto Llano, niña, de Puertollano,

Virgen de Guadalupe, dame la mano.

Entre sus numerosos pasos por diversos conventos y centros de la orden, se adentró por la senda del franciscanismo más hondo, en su peregrinaje por una vocación intensa y en su idealización de las figuras de personajes como las que representan la talla de Francisco de Asís, de Pedro de Alcántara, de Antonio de Padua y de tantos que, de una u otra manera, marcaban su senda. Porque se significó con el espíritu de la Orden, desde sus planteamientos adolescentes hasta esa serie de trabajos y reflexiones que publicó, durante los últimos años de su vida, en la revista «La Voz de San Antonio«, bajo el epígrafe de «Florecillas Alcantarinas«.

El autor de este Blog dispuso de la suerte de saborear de su amistad, a pesar de la diferencia de años, y de aquellas siempre entrañables conversaciones que implantaban sosiego y confianza.

Hace largo tiempo andaba tratando de recopilar algunos datos sobre José García Santos. Y recalé en el Convento del Palancar, charlando con el padre Manuel Tahoces, y con Antonio Arévalo Sánchez, que fuera superior del Monasterio de Guadalupe y director del Colegio San Antonio, en Cáceres, con quince años de trabajo intenso en el citado centro educativo. Otro fraile de pro, hoy secretario provincial de la Bético-extremeña, significado luchador en defensa de la cultura, de la orden franciscana y de la sensibilidad del mensaje de Antonio de Padua.

Muchos cacereños, ya mayores, claro, recordarán la imagen de José García Santos: Su serenidad y afabilidad, su cordialidad con todos, la sencilla intensidad de una vida profunda en su significado, haciendo permanente camino al andar, como escribiera Antonio Machado.

Ante la imagen de san Pedro de Alcántara, en El Palancar. 2011,

Ante la imagen de san Pedro de Alcántara, en El Palancar.  2011

Fue maestro de frailes de coro o estudiantes en el Monasterio de Guadalupe, pasó por los conventos sevillanos de Espartinas y de San Buenaventura, galopó en peregrinación hasta el cacereño retiro de soledades inmensas e intensas en El Palancar, con las manos abiertas a todos. Ya fuera en las homilías, ya en los ejercicios espirituales, ya en las tertulias, ya en los estudios…

Quería caminar por los senderos diversos de la vida que se le ofrecían desde el franciscanismo más auténtico y transparente, más claro, como un mensaje constante. Se embarcó hasta Las Palmas, Córdoba, La Rábida… Por esas andaduras, siempre calaba con la transmisión de su palabra amiga, en calma y en paz, de una penetrante divulgación de su profundidad religiosa.

Regresó, probablemente influenciado por su admiración y conocimiento de la vida de Pedro de Alcántara, al minúsculo Convento del Palancar. Setenta y cuatro metros cuadrados de santidad, de oraciones, de esmero, de retiro, de vida contemplativa, donde pasaría una muy larga estancia de diecisiete años, apasionado en todo el amplio campo de su esmero vocacional, y donde durante unos cuantos años ejerció como capellán, como guardián, como párroco, mientras, además, traducía la vida y la obra de Beatriz de Silva, fundadora de la Orden Monástica de la Inmaculada Concepción.

Camino de sus últimos pasos, acaso agotado, traspasó, por última vez, con un alma de soñador y con una maleta de adioses humanos, espirituales, amigos, el umbral del conventual cacereño de San Antonio.

Hoy, en esta tarde cuajada de rayos primaverales, tan abiertos como su propia palabra, tras hablar de forma distendida y detenida con el padre Antonio Arévalo, un humanista de relieve, me lleno de aquel recuerdo, tantos años atrás, y plasmar, con la mayor de las emociones, este modesto recorrido por la semblanza de un fraile que solo quería amar, desde la atalaya y el fervor de su palabra, la mano que le condujera a la esperanza.

Gracias, fray José, o fray Pepe, como le gustaba escuchar. Gracias, pues, ayer, ahora, siempre, por tu generosidad.

NOTAS.

A.- Fuente: Necrológica: José García Santos, OFM, por el padre Antonio Arévalo Sánchez.

B.- Las dos últimas fotografías pertenecen al Blog «Cofrades«, en publicación de Pasión de Molviedro. Con nuestro mayor agradecimiento.

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ANGELETE, PRIMER TORERO CACEREÑO

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Angel Fernández Pedraza, «Angelete», es el primer diestro cacereño que tomó la alternativa en la historia del toreo… Una trayectoria en la que empezó con ganas, entró en Madrid, siguió con cierta irregularidad y que demostró coraje y valentía, aunque no alcanzara el escalafón con el que soñaba.

Nacido en la localidad de Baños de Montemayor, 1892, y fallecido a la temprana edad de 38 años, Angel Fernández Pedraza sintió correr por sus venas, ya desde muy pequeño, la vocación torera por cuyos surcos se fue incrustando poco a poco intentando triunfar en el siempre complejo mundo del arte de Cúchares.

Todo un recorrido que, para no engañarnos, le costó harto trabajo. Y quizás, nunca mejor dicho, sangre, sudor y lágrimas.

Tras iniciarse como banderillero en la cuadrilla de su hermano Víctor, conocido como «El Extremeño» en el mundillo taurino de aquellos lejanos tiempos, con más de un siglo de antigüedad, ya en 1913 va alternando, con el tan anhelado traje de luces de novillero, por diversas plazas de cierta entidad. Lo que desembocó en su presentación en el coso de la capital madrileña el 18 de marzo de 1916, cautivando a los aficionados con su temple, con su valor, con el arrojo con los rehiletes en el tercio de banderillas y otras cualidades. Lo que le llevó a ser uno de los novilleros por los que la afición mostraba sus predilecciones.

Ya en el año 1916 Angelete hizo el paseíllo en 37 ocasiones, con diversas actuaciones en Madrid, lo que le iba facilitando una especie de pasaporte para el siguiente paso, el de la alternativa. Y consolidarse y pasar a la historia como el primer torero cacereño doctorado en tauromaquia.

De este modo el diestro cacereño llegó a tomar la alternativa como matador de toros el 12 de septiembre en la Plaza de Salamanca, dentro del programa de sus Ferias y Fiestas.

Un día de excepcional relevancia en su vida, recibiendo muchas visitas de paisanos extremeños con frases de aliento y entusiasmo para esa tarde, cuando ya había lidiado más de trescientos novillos.

Y todo ello en medio de un cartel de relevancia y tronío. Puesto que es de señalar que le entregó la muleta y el estoque Joselito, el Gallo, ante Saleri y Silveti. Angelete, que toreó con decisión y valentía al astado de la alternativa, de nombre Gitano, de la ganadería de Andrés Sánchez, mató de media estocada superior y obtuvo el silencio del respetable. En el último de su lote, de la ganadería de Coquilla, logró una ovación del público. Ese día Angel Fernández, «Amgelete», hizo el paseíllo con un terno gris perla y oro y brindó el toro de la alternativa al compositor trujillano Jacinto Cabrera Orellana.

Una alternativa que confirmaría tan solo once días después en la Plaza de Toros de Madrid, con el diestro Cocherito de Bilbao, de padrino, y con Celita de testigo.

De su confirmación escribe Don Benigno, crítico taurino del periódico “El Heraldo de Madrid”, escribe estos versos:

Angelete va hacia el toro.

Angelete va hacia el toro

corajudo y decidido.

Luce un flamante vestido

de seda lila con oro.

La muleta es encarnada,

como también encarnado

es el puño cincelado

de la rutilante espada.

Es negra como el carbón

la montera que ha traído,

y de un rojo muy subido

faja y pañoleta son.

Las medias que luce el niño

son de un carmín que atortola,

y en cuanto a la camisola,

blanca como el propio armiño.

¡Que no es preciso, lectores,

que tantos datos se den!

¡Por Dios! ¡Qué dirían

en Baños de Fuentemayor!

En el año 1917 el compositor Esteban Dodignon compuso el pasodoble flamenco titulado «Angelete» y dedicado, como se aprecia en la carátula de la edición correspondiente «Al valiente diestro Angel Fernández, Angelete«.

Angelete en 1915

Angelete en 1915

Angelete, como era conocido en el panorama taurino, fue haciendo frente a sus diversos compromisos. Y el 18 de agosto del año 1919 sufrió una cogida, calificada como de muy grave, en la arena del ruedo de la plaza de toros de Ciudad Real. Una cogida que le truncó, en parte, su recorrido torero. Si bien un día el torero cacereño decide emprender el reto de las Américas e intentar salir delante de las dificultades, adversidades y sinsabores que quedaban atrás por culpa de las escasas actuaciones y los difíciles astados ante los que tenía que lidiar.

No obstante Angelete regresa a España donde toreando esa temporada de su regreso tan solo cuatro corridas. Dos de ellas en el coso que hoy conocemos como la Era de los Mártires.

Aún así el torero no se conforma con la complejidad de su recorrido torero en España. Por lo que vuelve, nuevamente, a América, más concretamente a Méjico, y regresa en 1925 toreando tan solo tres corridas.

Ya le comenzaban a fallar y a faltar las fuerzas de su recorrido. Se lo pensó, cuenta la historia, mucho. Y mucho fue lo que reflexionó en sus recorridos de soledad y penar por las calles de la soledad madrileña y por los hermosos campos de Baños de Montemayor.

Hasta  que uno de esos días, tras tantos sueños arrebatados en muchas noches de inquietud, decidió despedirse de la afición de Cáceres, que tanto le había mostrado su cariño, su apoyo y su comprensión. Una corrida que se anunció como la de su despedida para el 8 de septiembre de 1925. Y con un cartel de lujo en el que compartió el paseíllo en el coso de la plaza de toros de Cáceres con Chicuelo y con Marcial Lalanda. Ahí es nada.

La crónica del festejo relata que Angelete, nada más finalizar el paseíllo recibió un gran aplauso del público, lo que le lleva a saludar montera en mano. Nuestro paisano obtuvo aplausos en el primero de su lote y en el segundo, que brindó a sus compañeros de terna y a Cáceres, consiguió un gran triunfo logrando cortar las dos orejas y el rabo del astado. Chicuelo le brindó el primer toro, con el que obtuvo una oreja y palmas en el quinto, y Lalanda, que también le brindó el primero de su lote, consiguió las dos orejas y el rabo del primero y ovación en el que cerraba plaza.

Aún así Angel Fernández, Angelete, pasó el invierno entero jugando con el capricho de la reflexión a caballo entre las dudas y los campos de las luces toreras. Por lo que decidió organizar las dos corridas de la feria de Cáceres del año siguiente, 1926. Y, de éste modo, volver a vestirse de luces, en la capital de la provincia que le viera nacer y cuyo nombre tanto divulgó por los ruedos de España y América.

El cartel del 30 de mayo de 1926 lo conformaban Angelete, Chicuelo y Lalanda. Chicuelo, que brindó el primero de sus toros a Angelete, silencio y aplausos y Lalanda ovación y petición de oreja.

El paseíllo del día siguiente en el coso cacereño lo hicieron Rafael, el Gallo, Angelete, Chicuelo y Lalanda.

Angelete, que lucía un terno de verde y oro, consiguió aplausos y ovación.

De este modo Angelete decía adiós, con lágrimas de dolor torero, al mundo de los ruedos donde siempre dejó constancia de su pundonor y de su valía. Atrás quedaban, tan solo, ochenta y dos actuaciones desde la alternativa, dejando el mayor pundonor y abandonado por esa larga serie de circunstancias, de enigmas y de silencios que tanto se dan en el panorama taurino.

Cinco años después en 1930 fallecía en Baños de Montemayor.

No obstante lo anterior es de señalar y dejar constancia que Angel Fernández, Angelete, se conformó como un diestro valiente y que la ciudad de Cáceres, sus amigos, su gente, su público, los aficionados le rindieron en gran homenaje que tuvo lugar en 1914 en los salones del Hotel Europa, instalado en el esquinazo de la Plaza Mayor y la calle General Ezponda.

Angelete cuenta con una calle en su localidad natal de Baños de Montemayor.

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VIÑETA SOBRE EL GENERAL MARGALLO (1893)

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El General Juan García-Margallo y García (Montánchez, 1839-Cáceres, 1893), fue un auténtico héroe militar, que estuvo al frente de la Comandancia Militar de Melilla, hallando la muerte en defensa de la bandera española.

 

En el cometido de esas responsabilidades, en defensa de la plaza española de Melilla, el general Margallo, de extraordinario y aguerrido valor, del que dejó constancia plena hasta el mismo momento de su muerte, tuvo que actuar de modo permanente y constante ante las numerosas escaramuzas, agresiones, amenazas y guerrillas por parte de las fuerzas cabileñas y bereberes.
Hasta el punto de que, encontrándose en la fortificación de Cabrerizas Altas, con una guarnición que apenas alcanzaba unos cuatrocientos soldados españoles, aproximadamente, tuvo que enfrentarse de forma inesperada a un brutal ataque por parte de más de 15.000 bereberes, que sitiaban y rodeaban el fuerte español por todas partes. Una acción de guerra que terminó con la vida del general Margallo cuando, montado sobre su caballo, salió del fuerte animando e incentivando a los soldados españoles al grito de «¡Muchachos…! ¡Vamos por la gloria…!«, tal como recogen las crónicas de la historia, y muriendo, acto seguido, de un balazo en todo el rostro, en el campo de batalla, dejando atrás la fortaleza española de Melilla.
El General Juan García-Margallo, que dejó muy alto el nombre de Cáceres en la Guerra denominada de Africa, conocida también como Guerra del Rif y, asimismo, Guerra de Margallo, tras los numerosos y documentados estudios que voy a llevando a cabo desde hace largo tiempo, alrededor de la figura del ilustre soldado y militar cacereño, se merece honradamente, en mi modesta opinión, bastante mayor relieve y consideración en la historia militar de España y en las páginas de esa misma historia. Sencillamente porque Juan García-Margallo fue un héroe de una talla y una valía verdaderamente excepcional, a pesar de que no contó, precisamente, con la mejor ayuda del entonces ministro de la Guerra.
El General Margallo presta su nombre a la calle de la capital cacereña, desde finales de ese mismo año de su fallecimiento, acaecida en el año 1893, y que anteriormente se denominaba Moros. Una calle en la que nacieron a un servidor.
Atrás os dejo, como ilustración de este trabajo, y que ha dado lugar al mismo, una curiosa viñeta humorística, con el protagonismo del General cacereño Juan García-Margallo, que aparecía publicada, en el transcurso de dicha Guerra, en uno de los periódicos de mayor tirada nacional de aquel entonces.

 

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MORALEDA, DELANTERO DEL C.D. CACEREÑO (AÑOS 20/30)

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El Club Deportivo Cacereño siempre se conformó como una pasión de relieve en el paisaje de la pequeña capital de provincia. Una historia de historias que siempre encontró el mejor apoyo en la afición y en el paisanaje, con jugadores que se batían el cobre en defensa de los colores locales.

En esa página del recuerdo, a través de la historia del Club, figura el nombres y los apellidos de cacereños que impactaron en el conjunto futbolístico del Club Deportivo, que se entregaron al máximo, que representan el pundonor y la entrega, el coraje y el sudor de la camiseta. Como ejemplo de ellos podríamos citar, entre otros, a Tate, a Bemba y a otros, que hoy, forman, ya, parte de esa historia del equipo.
Allá por los años 20 del pasado siglo el Club Deportivo Cacereño fichaba al jugador local Manuel Moraleda Roa, que actuaría como miembro de la línea delantera, y participando con jugadores de la talla de Turégano, Viral y otros futbolistas notables,junto a una serie de apellidos incrustados y arraigados por la geografía popular de la capital cacereña.
Un Club, el Cacereño, que siempre fue una pasión en la ciudad.
Manuel Moraleda Roa era hijo de Antonio Moraleda Burillo, primer presidente del Colegio de Veterinarios, vivía en el número 19 de la calle General Margallo, trabajaba como auxiliar administrativo en el Instituto Nacional de Previsión, hizo del fútbol su gran pasión y también jugaría, asimismo, con el equipo Juventudes Socialistas de Cáceres.
Sin embargo, muy pronto, por esas circunstancias de la vida, Manuel Moraleda decidió marcharse a Madrid, dejando atrás el escenario de la ciudad cacereña y del deporte. Atrás quedaba, ya, una vez más, la estación, con destino Cáceres. Mientras tanto su nombre pasaba a engrosar la historia del deporte del fútbol, que daría muchas tardes de gloria a aquellos cacereños que se daban cita en el apoyo al Club.
NOTAS: En la primera de las fotografías Manuel Moraleda aparece tumbado y en el recuadro. La misma pertenece al Archivo Histórico de Cáceres y nos ha sido facilitada por Rosario Pérez Moraleda, sobrina del futbolista. La segunda está captada de la revista AS, correspondiente al año 1933, militando con el equipo de Juventudes Socialistas de Cáceres.
Finalmente, en la tercera de las fotografías, jque se corresponde con el año 1926, publicada en el libro «Cáceres en pasado», de Juan Ramón Marchena, a la izquierda de estas líneas, podemos apreciar a una delantera mítica del Cáceres de Aquellos Tiempos.
Gracias, Manuel Moraleda… ¡Y aúpa, siempre, el Club Deportivo Cacereño…!

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ADIOS A PEPI SUAREZ

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Ayer, 4 de enero de 2021, se nos marchó otra imagen popular, conocida y muy querida en Cáceres. Pepi Suárez.

Una noticia luctuosa que nos llega a lo más profundo del alma. La marcha de Pepi Suárez, Una imagen radiante del Cáceres de Aquellos Tiempos, que se nos clavan en el alma, entre dolores y ausencias, entre adioses y lágrimas, entre recuerdos e imágenes, entre saludos y abrazos, entre encuentros y charlas, entre viajes y nostalgias…
Pepi Suárez estuvo largo tiempo al frente del Grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Cáceres, enseñando, divulgando y aireando, por numerosos lugares, las esencias tradicionales y típicas de las canciones y danzas más populares de la provincia altoextremeña, que conformaban y conforman un rico patrimonio costumbrista, al ritmo del tamboril, del laud, de las castañuelas, de la guitarra, de la flauta, del pandero, del almirez, de la bandurria, de la pandereta…
Sonaban, fuertes e intensos, los ritmos, acordes y letras del «Redoble«, la jota dieciochesca cacereña por excelencia, cuyo estribillo, al menos, todos aprendimos desde pequeños, de la «Jota de Guadalupe«, siempre en recuerdo y honor a la Patrona de Extremadura, de «La Jerteña«, con aires de esa inmensa y rica comarca, de la «Jota Cuadrada«, que naciera en la localidad de Monroy, del «Pindongo«, de «Los Sones de Montehermoso«, de la «Jota de Alcuescar«, entre piropos en verso de los mozos y bailadores a las jóvenes y bailadoras, de «La carta«, del «Perantón» de «Qué bonitas son las cacereñas«…
¡Cuántos recuerdos, ahora, así, a bote pronto, de repente, entre ensayos y actuaciones, haciendo fuerte, muy fuerte, la tradición divulgativa de los cantos y las danzas de la tierra que nos viera nacer, como legado de nuestros antepasados y de la mano, firme y cariñosa, siempre, de Pepi Suárez, tratando de imprimir el mejor de los ritmos en las embajadas cacereñas folklóricas que ella comandaba.
El 26 de octubre del año pasado, sabiendo de su delicado estado de salud, publiqué un artículo en el periódico «Hoy«, tratando de rendirle ese tributo de admiración y de cariño que, sin lugar a dudas, se merecía en mi modesta opinión, por parte de la ciudad de Cáceres. Por su labor, por su entrega, por llevar siempre, como muchos cacereños podemos atestiguar de todo corazón, la palabra Cáceres con orgullo, con sentimiento espiritual, con coraje, con armonía y con esos dones que concede el sabor de la tierra parda.
Del mismo modo y manera que lo hice en las páginas de la prestigiosa revista nacional «Folklore«, en un ensayo titulado «Cuatro folkloristas cacereños«, entre los que incrustaba su nombre y su trayectoria, su espíritu para seguir expandiendo los aires folklóricos de la provincia.
Pepi Suárez se envolvió, desde muy joven, en la dinámica alrededor de las canciones y bailes típicos de la provincia de Cáceres, su gran pasión e inquietud desde pequeña, como tantas veces me comentara personalmente, hasta lograr convertir a los Coros y Danzas de la Sección Femenina en una agrupación de prestigio, difundiendo la belleza, la hondura y el sabor que emanan, hermosa, tradicional coreográfica y plásticamente, de las jotas y las canciones cacereñas.
Una agrupación a la que el autor de este blog «Cáceres, el blog de Juan de la Cruz«, perteneció durante un tiempo, disfrutando de la sensibilidad y riqueza que existe alrededor de la parcela del folklore cacereño, y que habían ido estudiando, recopilando y enseñando, con extraordinario ímpetu personajes cacereños como el investigador Manuel García Matos, como la musicóloga Angelita Capdevielle Botella, y otros muchos, conocidos y anónimos, que participaban y continúan haciéndolo, afortunadamente, comprometidos con Cáceres, con sus esencias y sus panorámicas.
Como suponían, sin ir más lejos, los propios protagonistas que habían ido recogiendo y manteniendo esas raíces y esas tradiciones que se conforman de tanta belleza. Los padres, los abuelos, entre notas, apuntes, compases, grabaciones de testimonios sobre celebraciones festivas, rondas, siegas, matanzas, romerías, bailes, amores, costumbres y toda una amplia diversidad de cuestiones como son todas aquellas que giran alrededor de los pueblos y su propio ámbito tradicional y etnográfico…
¡Cuán hermoso y bello y genuino y auténtico el folklore de nuestra tierra cacereña, de sólidas raíces a través de las páginas por las que circula el tiempo, que, lamentablemente, casi todo lo puede…!
A todos los investigadores, estudiosos, historiadores, folkloristas, escritores, músicos, bailadores, cantantes, de los que existe un muy largo listado en Cáceres, les debemos mucho. Tanto, tanto, tanto, que hoy lo encarnamos todo, con la mayor intensidad emocional, si se me permite por parte del lector, en esta compleja hora del adiós, en la figura, siempre entrañable, sonriente, esmerada, cariñosa de nuestra querida y entrañable Pepi Suárez.
Una verdadera y manifiesta embajadora del mundo del folklore cacereño, a cuya divulgación se entregó, siempre, a lo largo del tiempo, de mil amores, tratando de bordar, cada día, esa perfección de un grupo en sus actuaciones por los diversos escenarios de la geografía festiva de España, Europa y América.
Ahora, desde el dolor y la emoción, embargado por el mayor cariño, con el sentimiento más profundo como testigo, en el silencio de mi despacho, con la mente en la personalidad de Pepi Suárez, quisiera hilvanar este puñado de líneas acompasadas del mayor y mejor abrazo por las campas en las que ahora, ya, se encuentra.
Paso revista, silenciosamente a ese ritmo del tiempo que queda atrás. En aquel pequeño salón de la calle General Primo de Rivera y de aquel otro de la calle General Ezponda y guiado de tu mano me llevas al recuerdo de un montón de nombres, componentes de aquel grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Cáceres como Gabriel Romero Ruiz, Adolfo Romero Ruiz, «Fito», Josefina Collado, Leocadio Bernáldez, Fernando Mateos, Manuel Lucas, Ana Mary Sevilla,  Francisco José Romero, «Quico», Concepción Ciborro, Mamen Bordallo, Purificación Silva, Vidal Sánchez Corrochano, Juan Antonio Fajardo, Luis Arroyo, Luis Miguel Luengo, Juan Palomino, Justi, Vicenta, Marichu, Isabel, Benito… Y tantos otros que iremos incorporando a medida que el recuerdo y los amigos nos vaya facilitando nombres y apellidos de todos aquellos cuantos tuvimos el honor y la suerte de saborear la copa dulce de nuestra tierra entre las esencias de las numerosas jotas, danzas y canciones tradicionales y típicas orgullo, siempre, de la tierra cacereña y que se esparcen por la geografía provincial.
Ahora que te acabas de marchar, mi querida Pepi, ¡Buen viaje, cacereña de pro, por las campas de la eternidad…!
Finalmente, como el mejor homenaje posible al alcance de este modesto blog, mientras tantos cacereños, tantos amigos, tantos conocidos, tantos paisanos, tantos compañeros de aquel grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina, de Cáceres, te despedimos –pero, también, siempre, te llevaremos en el alma con nosotros– lo que hacemos, cantándote, con tanto entusiasmo como siempre, como aquel con el que tanto nos estimulabas, ese estribillo tan manifiestamente popular del «Redoble», junto al sonido de las rítmicas palmas de todos. Tal cual, como tantas veces hicimos juntos, entre sonrisas motivadas por las celebraciones festivas:
Redoble, redoble,
vuelvo a redoblar,
con ese redoble,
me vas a matar,
me vas a matar,
me voy a morir,
con ese redoble,
vuelvo a repetir.

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PEPI SUAREZ Y EL FOLKLORE CACEREÑO

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Pepi Suárez se conforma como una divulgadora del folklore típico y popular cacereño, al frente del grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Cáceres durante largos años. Un folklore recogido y recopilado por investigadores y estudiosos, con la colaboración de los más mayores de los pueblos altoextremeños… Y con la cooperación de tantos se expandían los aires de las canciones y danzas cacereñas del patrimonio folklórico de la tierra. Artículo publicado el 26 de octubre de 2020 en el periódico «Hoy». 

El paso del tiempo se va conformando con estampas, con gentes, con esencias de unas etapas y épocas a otras como el hilo conductor de la intrahistoria de los pueblso. Entre esas labores y afanes populares, la fibra de Pepi Suárez (Cáceres, 1933), que, enamorada por la representación de las canciones y danzas típicas cacereñas, en un album de relieve para el mantenimiento de las semblanzas tradicionales de la Alta Extremadura, pasó a ser, durante largo tiempo, directora de los Coros y Danzas de la Sección Femenina de Cáceres, que dinamizó de forma relevante.

            Con su trabajo e inquietud, una imagen testimonial en las calles cacereñas, fue posibilitando la revitalización de esos sones y aires para conformar la base de un grupo de cacereños volcado en esa divulgación que tanto enriquecía, en certámenes, concursos, festividades, la dinámica de un folklore arraigado alrededor de las manifestaciones de los pueblos cacereños.

            Una muestra con la jota dieciochesca cacereña por excelencia, “El Redoble”, o “Los Sones de Montehermoso”, las “bombas” o piropos, tan curiosos a mitad de la danza que lanzan los bailadores a las jóvenes, como “Eres como el pino verde, que arriba tiene la copa, eres como el caramelo, que se deshace en la boca”, en la “Jota de Alcúescar”, “La Rondeña”. “La Carta”, “Los Pajaritos”…

            Una imagen llamativa, pregonando las esencias folklóricas de la tierra parda, con una agrupación volcada en la representación y difusión de esas estampas al compás de una manifiesta muestra de investigadores, que se esforzaron en recorrer muchos caminos entre pueblos y aldeas recuperando el sortilegio de una cultura popular a caballo de la canción y la danza.

            Llena de embrujo y belleza, de historias y misterios, de tradiciones remotas, que se albergaban entre los más mayores de aquellos lugares, ejemplares protagonistas, conformando un rico legado, y que de no ser, por tantos sacrificios de muchos, en todos los campos etnográficos del folklore, como señalara el eminente profesor García Matos, corrían el riesgo de haber desaparecido, entre las páginas del silencio y del olvido, como germen y fruto de una extraordinaria belleza en el afán popular.

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