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Archive For The “Antología sobre Cáceres” Category

CACERES EN LA FOTOGRAFIA DE ANTONIO VERDUGO

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El entonces llamado Casco Antiguo de Cáceres siempre fue un lugar de belleza para los amantes de la historia y, al tiempo, de orgullo para todos los cacereños, fascinados por lo que hoy constituye la Ciudad Medieval. Hoy lo hacemos con un recorrido fotográfico de Antonio Verdugo.

Arco del Cristo, en fotografía de Antonio Verdugo.

Arco del Cristo, en fotografía de Antonio Verdugo.

De aquel viaje por el Cáceres Histórico-Monumental, Antonio Verdugo, magistral maestro de la fotografía, le dijo a Valeriano Gutiérrez Macías, corresponsal del diario ABC y otros medios periodísticos, investigador, comandante en aquel entonces, escritor polifacético, que había hecho un recorrido inolvidable, que se llevaba un tesoro en su zurrón y que regresaría cuando pudiera porque tenía mucho que decir sobre Cáceres desde la perspectiva de la fotografía histórica.

Uno de los ejemplos de su peculiaridad fotográfica aparece en la composición de la fotografía que aparece a la izquierda de estas líneas sobre el Arco del Cristo y un par de borricos cuesta arriba, camino de pasar bajo el mismo, en una estampa de sensibilidad histórico-popular y muy acorde por aquellos tiempos. Nos referimos al año 1958. Hace ya, 60 años.
El hecho cierto es que la diversidad de recorridos por la Ciudad Antigua de Cáceres fascinó, y de qué modo, al maestro fotográfico Antonio Verdugo.
En el citado viaje periodístico, cámara al hombro, el amigo Antonio Verdugo no paró en su empeño, en admiración, en su amor propio, tratando de captar tantas cuantas instantáneas fotográficas pudiera y así, de esta manera, enriquecer sobremanera tanto su archivo y colección particular como el archivo fotográfico de la revista «Blanco y Negro«, emblemática en aquellos tiempos,
Así fotografió Verdugo la Casa del Sol.

Así fotografió Verdugo la Casa del Sol.

Es de señalar que, pasado y traspasado, ya, el Arco de la Estrella, Antonio Verdugo se fue desplazando, en su constancia, por una diversidad de caminos, para no dejarse atrás un segundo de visión histórico-monumental.

— ¡Qué lujo, don Valeriano…! –le decía a Gutiérrez Macías, mientras pegaban la hebra y se echaban parrafadas de canto a nuestro Cáceres del alma.
Aquí teneis, pues, otra de las muestras del amigo y maestro Antonio Verdugo, en un perfecto juego de luces y sombras sobre la Casa del Sol. 
 Ya en aquellos tiempos llevado por las prisas, nuestro admirado y extraordinario fotógrafo apenas pasó un par de días en Cáceres, mientras se lamentaba de la celeridad con que tenía que moverse por toda España porque no daba abasto en su trabajo.
Y en éste recorrido por la ciudad de Cáceres, concretamente, no paró de admirarse, de soltar exclamaciones de belleza y de disparar su cámara fotográfica, de forma casi continuada, mientras recorría, de forma incansable, todo ese laberinto de silencio y de hermosura que conforman las callejuelas y plazoletas del entonces llamado Casco Antiguo de Cáceres.
Aquí teneis, pues, otra muestra más de la dinámica fotográfica de Antonio Verdugo. Esta vez con el hilo argumental del Palacio de Mayoralgo, en la Plazuela de Santa María, y aprovechando, curiosamente el recorrido de una joven por el caminillo que marcan las losas de la fotografía.
De este modo aquí quedan tres de sus muestras que vieron la luz en el reportaje que el mismo publicara en la revista «Blanco y Negro» en el año 1958, marcadas por su peculiar tipología: El Arco del Cristo, Casa del Sol y Palacio de Mayoralgo y dejando, a través de su pálpito artístico, la esencia del genio profesional que, de siempre, llevó en el fondo de su particular visión para hacer belleza desde sus flashes fotográficos.

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LOS INICIOS DE TVE-EXTREMADURA

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La historia del Centro Territorial de TVE-Extremadura tiene, también, un señalado recorrido. Y, en el que un modesto servidor, forma parte. Por eso ahora, tirando de la memoria, trato de introducirme en una senda que conforma una parte del recorrido periodístico de TVE en Extremadura y uno de mis caminos en tan extraordinario y apasionante medio.

Los históricos estudios de TVE, en el Paseo de La Habana, que, recientemente, se llevó por delante la excavadora de la especulación.

El 28 de octubre 1956 se levantaba el telón de Televisión Española, en los estudios del Paseo de la Habana, donde el articulista trabajó casi cuarenta años. Primero en el edificio de TVE-Prado del Rey, luego en los estudios de TVE en la Casa de la Radio, posteriormente en Torrespaña, más tarde en TVE-Paseo de La Habana… Donde, en su día, por una curiosa circunstancia histórica, se enclavó el Centro de TVE-Extremadura.

Y al medio todo un montón de aprendizaje, de trabajo, de ilusiones, de inquietudes, de anhelos, de expectativas… Y donde tanto aprendí de tantos buenos profesionales y entrañable y buena gente en todas las áreas de la Televisión. Sobre todo, claro es, en el periodismo. Y también, por supuesto, de otros muchos profesionales, de la realización, de la cámara, del montaje, de la documentación, de la técnica, de la producción, de la locución y presentación…

Con la puesta en marcha de Televisión España, llegaba, a la vez, la creación y emisión de un paulatino abanico de programas informativos, deportivos, musicales, de variedades, culturales, sociales, de investigación, folklóricos, taurinos, históricos, infantiles, concursos, religiosos, debates, retransmisiones, etc, y, paulatinamente, se procedía a abrir un hueco para atender la actualidad más señalada en las diferentes provincias. En aquellos primeros tiempos, pues, se pusieron en marcha los Centros de TVE-Cataluña, en Miramar, y TVE-Canarias, que un servidor dirigiera durante seis años.

Emilio Rodríguez Olivenza, uno de los pioneros de TVE en Extremadura, y corresponsal en Badajoz.

Emilio Rodríguez Olivenza, uno de los pioneros de TVE en Extremadura, y corresponsal en Badajoz.

Unas informaciones, las de las provincias, con aquellas primeras cámaras de cuerda, Bolex Paliard, que llegaban desde Extremadura solo con imágenes. Lo que se conocía en el argot profesional y técnico como un «mudo«. Esto es, solo imagen y, más tarde, se le añadía el texto correspondiente.

Dichas imágenes llegaban hasta Madrid desde Badajoz, con el trabajo, la inquietud y el esfuerzo de un personaje de excepcional relieve, profesional y humano, como fue Emilio Rodríguez Olivenza, perteneciente a una saga histórica que arrancara allá por los comienzos del último tercio del siglo XIX.

Y allá que se iba el bueno de Emilio, siempre de buen humor, sonriente siempre, servicial, de modo constante, cámara al hombro, «porque me lo han encargado de Televisión Española«.

El gran Emilio Rodríguez Olivenza hoy presta su nombre a una plaza en la capital pacense. Un gesto por cierto de la gratitud de la ciudad pacense con mismo.

Y, así, entre unos y otros pasos, poco a poco se van configurando los compases adecuados para ir avanzando, paso a paso, en el camino, en el trayecto y en el desarrollo con dirección a lo que un día habría de ser el Centro Territorial de Televisión Española en Extremadura.

Luis Bravo, otro de los pioneros de TVE en Cáceres.

Luis Bravo, otro de los pioneros de TVE en Cáceres.

Las primeras imágenes de la ciudad y de la provincia de Cáceres desde aquel entonces, y a lo largo de muchos años, eran fruto tanto del trabajo y de la constancia permanente tanto de Luis Bravo Hernández como de Enrique Caldera González. Ambos dos, buenos amigos del articulista y bloguero, con quienes tuve la oportunidad de pasar muchas horas.

Luis Bravo se conformaba como otra persona íntegra y trabajadora, que también da nombre a una calle en la capital cacereña, merced a su historial, cámara al hombro, permanentemente, como tantos, en busca de la fotografía, de la imagen, de la noticia, de la actualidad, de la curiosidad, del personaje, de la sensibilidad humana, de la inquietud… En definitiva, de su gran pasión que llevaba en sus adentros desde que tuvo uso de conocimiento.

Luis se movía con una soltura de escuela fotográfica que adobaba con su cordialidad humana y afectiva.

Hoy, tanto tiempo después, sus instantáneas, que no abundan de modo público, son uno de esos objetos que se persiguen en la configuración, paulatina, para la conformación de la historia de la ciudad.

También en Cáceres, al mismo tiempo que Emilio Rodríguez Olivenza y que Luis Bravo Hernández, otro pionero, como Enrique Caldera González, descendiente de otra señalada saga que fundara su padre, Santiago, toda una institución en la ciudad. Y que, como los dos anteriores, se ganó, y bien, a base de un duro pulso, de mucho esfuerzo y de un señalado reconocimiento, la gratitud por parte de todos.

Enrique Caldera, una imagen, siempre, de Cáceres. Otro pionero de TVE en la ciudad cacereña.

Enrique Caldera, una imagen, siempre, de Cáceres. Otro pionero de TVE en la ciudad cacereña.

Enrique Caldera, gran amigo, fue de esos apasionados trabajadores que se dejó, prácticamente, la vida, por el panorama fotográfico y televisivo de la ciudad y de toda la provincia, Lo que dice mucho y bien, claro es, en su favor.

Y con el que Cáceres, para no engañarnos, se encuentra en deuda. Lo que escribimos y de lo que dejamos constancia en la esperanza de que un día alguien tenga la capacidad y decisión de incorporar su nombre, como en los casos anteriores, al callejero cacereño, a cuyas gentes y noticias, a cuyas plazoletas y callejuelas, a cuyas actividades de todo tipo, tanto y tanto se entregó en la suma de toda una vida de celeridad tras los pasos de la propia actualidad en todos los campos.

Emilio Rodríguez Olivenza, Luis Bravo Hernández y Enrique Caldera González, tres cualificados profesionales en la historia de Extremadura, buena gente, trabajadores incansables y serviciales.

Con toda una serie de gestiones y de esfuerzos, ya llegaron las cámaras Beauliex, también solo con imágenes. Y ya, más tarde, los corresponsales comenzaron a disponer de las Arriflex BL, con imagen y sonido por separado, que se grababa en un magnetófono Nagra, Lo que se conocía como doble banda.

Los mismos remitían sus informaciones a través de autobuses de línea y tren y, tras llamar por teléfono a los servicios de producción, dejando la hora de llegada del medio correspondiente y la persona que llevaba el paquete, los envíos eran recogidos en las estaciones madrileñas por un conductor de Televisión Española. Posteriormente la película pasaba al laboratorio para su revelado y se hacía el repicado correspondiente del sonido. Los cámaras acompañaban sus imágenes y declaraciones de los protagonistas con informaciones de agencia o unas líneas, elaboradas por ellos mismos, para que un periodista de la redacción central elaborara la noticia que se preparaba en montaje para su emisión.

José María Echevarría, montador, y Juan de la Cruz, procediendo al montaje de una información. Finales de los 70.

José María Echevarría, montador, y Juan de la Cruz, procediendo al montaje de una información. Finales de los 70.

Para ello el montador tenía que sincronizar, en ocasiones con extraordinaria habilidad, las declaraciones de los entrevistados hasta coincidir el movimiento de los labios con sus palabras y posibilitar la sincronización de la imagen y el sonido. Asimismo un realizador o ayudante de realización, procedían a seleccionar las imágenes idóneas para la configuración de la noticia. Más tarde se procedía a los empalmes de imágenes y textos quedando configurada la información.

Las informaciones que llegaban de las provincias a Madrid, en aquel entonces, solían recoger, por lo general, además de actos oficiales, inauguraciones, visitas de personalidades, congresos, exposiciones, evolución y crecimiento de las ciudades y pueblos, ferias, romerías, juras de bandera, sucesos de relieve, tradiciones festivas, iniciativas empresariales, actos académicos, tipos populares y un amplio campo de las más diversas y variopintas curiosidades.

Poco a poco se iba procediendo a la descentralización informativa por regiones. De este modo en el año 1970 arrancaba el Centro Territorial de TVE-Andalucía y en 1971 se ponían en marcha los correspondientes a Galicia, País Vasco y Comunidad Valenciana.

Por esas fechas se incorporaba en Plasencia como corresponsal gráfico Antonio Medina.

Coincidiendo con el día de la llegada de Adolfo Suárez a Cáceres, durante la campaña electoral de 1977, llegaban las primeras cámaras Arriflex, pero con sonido sincronizado por radiofrecuencia.

Luis Mariñas Lage, uno de los grandes de TVE, dirigió "19 Provincias".

Luis Mariñas Lage, uno de los grandes de TVE, dirigió «19 Provincias».

De este modo, por aquella época, se emitían, desde los Estudios de Prado del Rey, los programas “Plaza Mayor”, «Desde la Bola del Mundo» y “19 provincias” con informaciones de las dos Castillas, Cantabria, Aragón, Madrid y Extremadura., que dirigirían, entre otros entrañables periodistas Juan Rodríguez Ruiz y Luis Mariñas Lage, buenos amigos los dos del firmante de este recorrido, aunque ambos dos, ya, lamentablemente, nos dijeron adiós por las campas de la eternidad.

Una labor de intensidad de trabajo y de esfuerzos por ir ganando competencias y trabajar de la forma más cercana, a pesar de las distancias geográficas, con la actualidad que se generaba, cada día, en las diferentes provincias que determinaban la configuración del espacio informativo.

Desde la bola del mundo” se configuraba como un programa que presentaba en su momento la locutora y periodista Nieves Romero. Y del que fueron realizadores, en aquellos tiempos, José Miguel Sierra Mackew y el amigo Terribas.

Y fue en dicho espacio, precisamente, en el que un servidor dio sus primeros pasos como redactor, con noticias procedentes de las diecinueve provincias, y, también, con una larga serie de entrevistas en el estudio, que estaba situado en el sótano de la Casa de la Radio.

Adela Cantalapiedra, uno de los rostros más conocidos de la TVE de Aquellos Tiempos.

Adela Cantalapiedra, uno de los rostros más conocidos de la TVE de Aquellos Tiempos.

El espacio informativo de Extremadura, ya, a esas alturas, los presentábamos Adela Cantalapiedra y Juan de la Cruz.

Al mismo tiempo ya iban colaborando con sus textos y entrevistas, también como periodistas, «corresponsales literarios» en el argot televisual. José María Parra en Cáceres, y Manuel López en Badajoz.

Espacios en los que se volcó todo un gran equipo. Los programas se completaban, además, con numerosos reportajes, entrevistas, informaciones y noticias elaboradas por reporteros y cámaras llegados desde Madrid y que se adentraban por diferentes rutas, caminos y senderos de la más que variada y diversa geografía periodística extremeña. Lo que dio lugar a que la Cadena Ser-Extremadura distinguiera con el trofeo «Extremeños del Año» a TVE, en la persona de Luis Mariñas y a este periodista.

Poco a poco, pues, iba creciendo la presencia de Extremadura en los diversos campos informativos, a través de TVE. Un compromiso en el que todo el equipo profesional de las diferentes áreas se volcó.

Como nota curiosa y anecdótica señalemos que como el espacio comenzaba a las dos de la tarde, durante un largo tiempo el programa arrancaba con las dos campanadas horarias de un Ayuntamiento o Iglesia grabada en algún municipio de la zona de las “19 Provincias”, y con el anuncio del presentador sobre el lugar, mientras se podía contemplar la imagen del reloj y la torre.

Más tarde Carlos Robles Piquer, director general de RTVE, nombró a este periodista Delegado de TVE para Extremadura, compatibilizando el servicio con la Subdirección del Area de Información Parlamentaria y tratar de incrustar la mayor presencia regional en los programas que buenamente se podía e ir trabajando para, en su día, la puesta en marcha del Centro Territorial de TVE-Extremadura. De este modo las expectativas regionales, las inquietudes industriales y empresariales, el panorama agrícola-ganadero, la proyección de la vida política, el crecimiento universitario, las nuevas dinámicas sociales, las ferias y fiestas populares, la cocina extremeña, el auge del turismo, las curiosidades más variopintas y otros muchos temas se incluían en diferentes espacios.

Inclusive se llegó a emitir un programa especial en directo, durante la jornada electoral de las primeras elecciones autonómicas extremeñas, presentado por Adela Cantalapiedra y Juan de la Cruz desde el Hotel Emperador, de Mérida, con los datos del escrutinio y entrevistas con los líderes de los partidos políticos, así como se procedía a retransmisiones de los actos centrales del Día de la Comunidad y otras.

Más tarde, y durante un determinado tiempo, el programa «19 Provincias» cambiaría su nombre y pasaría a denominarse «Antena Regional».

Fernando Hernández Pelayo.

Fernando Hernández Pelayo.

En el año 1984 ya se puso en funcionamiento una redacción central de TVE-Extremadura en Mérida, en la calle John Lennon, con Fernando Hernández Pelayo (1958-2008) al frente.

Fernando Hernández Pelayo, que está calificado como un todoterreno del periodismo, procedente de Radio Nacional de España en Cáceres, llegaría a ser Jefe de Informativos del Centro de TVE en la región, y a quien, tras su fallecimiento, le fue concedida la Medalla de Extremadura a título póstumo por el Gobierno de la Junta.

Allí, en Mérida, le acompañaba como cámara y en un enriquecedor trabajo, pero, eso sí, a destajo, José Luis Caldera, mientras desde los estudios de TVE-Torrrespaña, ya se disponía de una programación informativa diaria sobre Extremadura, que se emitía de lunes a viernes con tres redactores en Madrid, Antonio Hidalgo Santos, que en 1987 pasa a ser redactor en Cáceres, Reyes Ramos y Francisco Fernández Carrasco.

Los presentadores del citado espacio informativo de Televisión Española dedicado íntegramente a la región extremeña eran Carmen Santos y José Luis Montero.

De este modo se iban dando unos pasos de extraordinario avance y relieve en la configuración del Centro Territorial de Televisión Española en Extremadura.

Juan de la Cruz, Director de TVE-Extremadura y Madrid, entre 1986-1990.

Juan de la Cruz, Director de TVE-Extremadura y Madrid, entre 1986-1990.

En 1986 se procede a mi nombramiento, como Director de los Centros Territoriales de Extremadura, Castilla-La Mancha y Madrid.

Un tiempo en el que logramos trasladar el Centro desde Torrrespaña a los estudios de TVE en el Paseo de La Habana, con lo que se ganó bastante, en mi más que siempre modesta opinión, en una extraordinaria y significativa autonomía, en una mayor y mejor disposición tanto de medios técnicos como de servicios y en operatividad.

También se había incorporado en Plasencia Ignacio Palma como cámara.

Poco a poco se iban creando Centros Territoriales en las diferentes Comunidades Autónomas y la programación extremeña ya se conformaba de un informativo y de un espacio magazine diario de lunes a viernes.

Enseguida la programación extremeña también comienza a contar, ya, con un informativo y con un magazine diario de lunes a viernes. Como anécdota dejar constancia de que en la madrugada de todos los lunes Fernando Hernández Pelayo salía desde Mérida, bien en su Renault 5 turbo o en su moto, para elaborar en Madrid la información deportiva extremeña. Un gesto y una gesta. Y tras trabajar toda la mañana intensamente presentaba el espacio “Lunes Deportivo Extremeño”, con especial dedicación e intensidad a la jornada futbolística de los principales equipos extremeños, claro es, y, a continuación, salía con toda celeridad camino de Mérida.

En la parte del magazine colaboraban periodistas extremeños como Juan Antonio Pérez Mateos, autor de numerosos libros como «Cáceres: Piedra y fuego» o «Las Hurdes, clamor de piedras«, con el espacio «Diálogos Extremeños«, conformado en base a entrevistas con personajes y personalidades de todos los campos y ámbitos de Extremadura, Marciano Rivero Breña, ex-redactor del “Hoy” en Cáceres, con unos reportajes de relieve, y unos programas, «Buenas tardes, Extremadura«, de entrevistas y actuaciones musicales, presentados por la también periodista extremeña, de la localidad de Marchagaz, Fabiola Méndez.

Un tiempo de una labor apasionante por la identidad extremeña, con tan inquietos compañeros, tratando de obtener la mayor y más amplia imagen informativa y documental acerca de la región. Numerosos viajes con miles de kilómetros por las carreteras y caminos de geografía autonómica, cientos y cientos de noticias, de entrevistas, de reportajes, de informaciones, en lo que se podría denominar, como un acto de la mayor justicia, un compromiso apasionado de un gran conjunto de personas que se volcaban en un extraordinario equipo. Humano y profesional. Y, como me recordaba días atrás Antonio Hidalgo, trabajando mucho el reportaje del relato humano y de los aconteceres en los pueblos y ciudades extremeñas.

Continuamos ahondando en la altavocía informativa de Extremadura y que, al emitirse desde Madrid, con la ingente cantidad de emigrantes, alcanzaba un eco de señalada audiencia entre Extremadura y la capital del Estado.

Ya, en el año 1989, se alzó el telón del Centro Territorial de Televisión Española en Mérida, con Amador Rivera como director, alcanzándose un largo y brillante recorrido, hasta hoy.

 

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LA LUZ DE LOS LIENZOS DE JUAN CALDERA

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Juan Caldera Rebolledo, una eminencia y una notoriedad de la pintura de, en, por, sobre, hacia y para Cáceres, tenía una obsesión auténtica por la luz de sus cuadros. Y de esa pasión y amor por la luz salió una pintura bella y hermosa sobremanera.

En el año 1919 el pintor cacereño Juan Caldera Rebolledo tan solo contaba con 22 años. A esa edad tan temprana ya estaba consolidado como una figura de cierta relevancia y notoriedad con el pincel… Y ese fue el motivo por el que desde la prestigiosa revista nacional e internacional española como «La Esfera«, editada por Prensa Gráfica, que se publicara en el período comprendido entre 1914 y 1931, y en donde firmaban escritores de tan alto prestigio como Miguel de Unamuno, Jacinto Benavente, Emilia Pardo Bazán, Ramón Perez de Ayala o Ramiro de Maeztu entre otros, le pidieran una obra de Cáceres para la sección de la misma e incrustarla dentro de la serie denominada «Ciudades Españolas«.
 
Todo un honor para el pintor, cacereño por los cuatro costados, que, tras darle muchas vueltas al recorrido de la entonces Ciuudad Antigua, durante unas largas sesiones, consciente de la importancia del encargo para su trayectoria, se sentó con su caballete, con sus pinceles, con su paleta y se ponía a mirar y estudiar, incesantemente, durante horas, Adarve abajo, porque aquel fue el lugar elegido por el artista cacereño e inmortalizarlo a través de su aparición y publicación en «La Esfera«. Juan Caldera Rebolledo había elegido, nada más y nada menos, que El Adarve, y a cuyo título del cuadro en la sección de la revista «La Esfera«, le pondría por delante cuatro palabras de extraordinario calibre y contenido: «Un Rincón de Cáceres«. 
Todo ello, horas y horas, durante días y días, hasta que logró plasmar en la revista «La Esfera» la obra adjunta, para sorpresa, admiración, elogios y aplausos de todos los lectores de la revista.
 
Juan Caldera (1897-1946), enamorado de la tierra, pintor impresionista, dejó su sello de prestigio en la divulgación de su extraordinaria visión del Adarve, con todo lujo y tipo de detalles, y que dio la vuelta al mundo. Como tanta obra suya se enriqueció con su firma, con su prestigio, con su calidad humana, con su semblanza y talla artística.
 
Se formó desde muy pronto con las enseñanzas de Gustavo Muro Hurtado y de Julián Perate, se cuajó en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, impartió clases en el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza, en el Colegio de San Francisco, en la Escuela de Magisterio y en la Escuela Elemental de Trabajo.
 
Tomás Martín Gil, una eminencia de las letras y de la cultura extremeña, donde su nombre está moldeado con letras de oro, le denominó «El pintor de Cáceres y las escenas de costumbres, y los tipos de nuestras muchachas y la mística de nuestras procesiones«, además de retratarle, nunca mejor dicho, como buen amigo, buena gente y hombre bueno.
 
Y Valeriano Gutiérrez Macías, Académico Correspondiente de la Real de la Historia, escribía de Juan Caldera Rebolledo que «La inmensa mayoría de sus lienzos son obras extremeñas», añadiendo que»sus lienzos, muy completos, tienen la luz de Extremadura«. Lo que honraba al pintor, a la tierra y a la esencia de su pintura.
 
Juan Caldera Rebolledo se dedicó a Extremadura por vocación espiritual y humana que se engrandeció y recreó, desde la sencillez y humildad, en ir plasmando, día a día, dibujos, pinceladas, secuencias, logros, todos del Cáceres y la Extremadura de su pasión.
 
Enseñó la hondura y la sensibilidad de la belleza de la pintura en artistas de la talla, excepcional, como la que conformaban cacereños como Victoriano Martínez Terrón, de Ceclavín, (1928), como Indalecio Hernández Vallejo. de Valencia de Alcántara. (1928-2000), y como Juan José Narbón, de San Lorenzo del Escorial (1928-2005), pero afincado entre Cáceres y Malpartida de Cáceres casi desde siempre, y Medalla de Oro de Extremadura. Tres genios de cualificada clase, tres buenas personas, de amantes de lo cacereño. Todo ello, pues, a imagen y semejanza de Juan Caldera Rebolledo.
 
Pintaba, según decían los que paseaban con él y los que frecuentaban aquellas interesantes tertulias con el maestro, pintaba, decía, por la mañana, por la tarde, por la noche, a todas horas. Al parecer porque ese trabajo le imprimía fuerzas para caminar en el estudio de su creatividad, de sus personajes, de toda su obra. Y le preocupaba, sobremanera, la luz, la luz, la luz. Esa luz, impresionante, que emana de todos sus cuadros… Y de la luz, el color. Y, además, un realismo de extraordinaria sensibilidad e identidad personal. Como sobresale la fuerza y el vigor de su tipología costumbrista, y que representó, desde siempre, uno de sus retos y uno de sus compromisos que, a fin de cuentas, le encumbrarían en el pedestal de la pintura cacereña y regional.
 
Su obra se conforma por un bello relieve, por unas connotaciones de incrustrarse en los adentros de sus propios cuadros, pincelada a pincelada, por el ambiente, todo, siempre, de Cáceres y de Extremadura.
 
Cáceres, en todas sus manifestaciones, fue su gran asignatura. Por lealtad, por compromiso, por convicción personal y moral por reflexión y meditación, por conciencia personal. Lo dicen sus lienzos, lo plasman sus argumentos, lo dictan sus apuntes, sus exposiciones, su propia idea y esencia de toda la pintura de su obra que se centra, sencillamente, en la tierra parda de la geografía de Cáceres.
 
Y a todo ello, pues, fue dedicando, paulatinamente, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, su trabajo. Que nacía en los surcos de su identidad con Cáceres. Más mérito, pues, resultaría imposible.
En ese empeño, en esas constantes, en esas particularidades y en ese relieve no cejó prácticamente. Un trabajo y todo un compromiso de honor que de siempre le distinguió por el bien, eso sí, afortunadamente, de la expresión artística de Cáceres. Una ciudad que hoy se enorgullece de su obra y al que recuerda con una calle que lleva su nombre y apellidos.
En su trayectoria le acompañaron algunos premios, como el que configuró la Medalla de Plata de la Exposición Iberoamericana de Sevilla o algunos Carteles de las Ferias y Fiestas de Cáceres, como éste, por ejemplo, correspondiente al año 1930.
 
Juan Caldera Rebolledo, un trabajador nato, llegó pronto a la madurez artística. Por lo que, cada día, se exigía más y más. Y cuando se encontraba imbuido de proyectos, de ideas, de esquemas, se nos fue, lamentablemente, muy temprano. Demasiado temprano para la obra, gigantesca, que tenía pensado desarrollar. Acaso porque la vida es, sencillamente, así…
Pero queda el respeto inmenso, el aplauso y la admiración de todos y la auténtica expresividad y autoridad de su obra que enriquece, sobremanera, el tejido pictórico de los artistas extremeños.
 
Aquí os dejo, pues, la obra citada «El Adarve«, que lució de forma esmerada y destacada en la revista «La Esfera«, cuando navegaban las aguas del curso de la mar del año 1919, ocupando toda una página de la revista señalada y otros cuadros.
Todo un mérito de relieve, de notoriedad, de constancia, de serenidad, de sosiego, de trabajo, de imaginación, Y, sobre todo, de luz, de la belleza de la luz que tanto y tanto le enriquecía.
Por el camino también, claro es, mientras tantos, cientos de bocetos, de apuntes, de dibujos, de cuadros, de lienzos, de carteles, de paisajes, de personajes y tipos cacereños, de tradiciones, todo ello impregnado de ese sabor, de altura, cuajado de relieve, de la provincia en la que Juan Caldera Rebolledo se distinguió sobremanera.
Con sus campesinos, como el de la muestra fotográfica a la izquierda de estas lineas, como el de las montehermoseñas que le atraían sobremanera, como el de los paisajes de nuestra siempre querida y bendita tierra.
Y es que Juan Caldera Rebolleda, fue, sencillamente, todo un auténtico lujo de la pintura en y con el nombre de Cáceres que hoy recrea la ciudad con sumo orgullo emanado de la sensibilidad artística de uno de sus hijos notables en el panorama de las Bellas Artes. En este caso, en el de la pintura.
Más allá de todo ello hay que dejar constancia de su extraordinaria capacidad de trabajo lo que posibilitó una obra amplia y profusa, diversa y netamente cacereña y cacereñista. Algo que es muy de agradecer por elevar de forma tan consagrada los valores de las más variadas manifestaciones que protagonizan sus cuadros y que protagoniza su obra.
Personajes y estampas típicas, paisajes y mercados, retratos y celebraciones tradicionales y costumbristas arraigadas en el paso del tiempo. Lo que vendría a representar una comunión pictórica del pintor, de Juan Caldera Rebolledo, plasmada, prácticamente, en todos y cada uno de sus lienzos, que forman parte de un patrimonio, no ya incuestionable, sino de extraordinario valor en el panorama de la pintura en la historia de Cáceres.
Cáceres, que le reconoce su obra, y su trabajo por la identidad cacereña, le tiene dedicada, por mérito propio, una calle.
Gracias, Juan Caldera Rebolledo, por haber llevado tan lejos y tan alto el nombre de Cáceres desde la consagración de tu obra que hoy engrandece, con honor y esmero, desde la sugestiva belleza que emana de tus pinceles, a la ciudad.

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… Y DESDE CACERES 1955

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Cáceres, siempre, como un abanico de sensibilidades histórico-monumentales. Una ciudad que, como Roma, es eterna. Y que tiene sus puertas abiertas de par en par, siempre, a las emociones, a la admiración, a la belleza.

 

Arco de la Estrella y fachada lateral del Palacio Episcopal. (1955)

Gracias a las páginas de la historia. Y, también, a las gentes que tanto se esforzaron por la recuperación y conservación de su patrimonio. Hoy, ya, desde hace treinta años, Patrimonio de la Humanidad. Y también, a cuantos fueron pregonando y pregonan sus excelencias.

Allá por el correr del año 1955 el escritor, poeta, dramaturgo y periodista Carlos Soldevila se decidió a llevar a cabo un largo paseo por la provincia de Cáceres.

En la capital cacereña el viajero se extasió nada más pasar bajo el Arco de la Estrella. Y admirar, a la derecha, la cuesta del Adarve.

Tal cual desgranaría, posteriormente, en la revista «Destino«, referente liberal de entonces, y por cuyas páginas era frecuente, según las épocas, encontrarse con las firmas de Azorín, de Camilo José Cela, de Miguel Delibes, de Francisco Umbral…

… Y, siempre, la Torre de Bujaco. Allá, claro, en la Plaza Mayor.

Una ciudad que le arrebató su sensibilidad anímica y emocional escribiendo que «no es posible permanecer indiferente a esta aglomeración de casas solariegas y de iglesias que tiene el viejo Cáceres«. Hoy, claro es, Ciudad Medieval y Conjunto Histórico-Monumental.

Un motivo, quizás, porque el que el cualificado periodista, señalado escritor, que se dejó cautivar por el conjunto del Casco Histórico de Cáceres, se fue recreando, segundo a segundo, monumento a monumento, torre a torre, casa a casa, convento a convento, plazoleta a plazoleta, por ese laberinto de hondura y de honduras que se conforma en las páginas, ay, de Cáceres.

Un lugar para la contemplación admirativa y el silencio, para detener el reloj del tiempo, para caminar y cabalgar sin prisas, para la reflexión sobre las páginas de la historia y las historias de aquella tierra que fuera romana, árabe…

Y que hoy, ahora, ofrece, sencillamente, una estampa mágica, fascinante, repleta de admiraciones de cuantos pasan por su recorrido de hechizos.

De sus fotografías Carlos Soldevila procedió a seleccionar estas tres, que acompañan este texto, para la publicación en las hojas volanderas de una prestigiosa revista de relieve internacional.

Y que habría de dar, claro es, más alas para el vuelo eterno por los aires de la más sorprendente hermosura a Cáceres. Y que, como un día escribiera ese ferviente historiador cacereño, Miguel Muñoz de San Pedro, un icono de Cáceres, se conformó como una tierra en la que nacían los dioses.

 

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CACERES, POR ENRIQUE POLO DE LARA

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Enrique Polo de Lara, Gobernador Civil de Cáceres, entre los años 1912-1913, dejó un señalado recuerdo entre la ciudadanía de aquel entonces por su dedicación a la provincia de Cáceres. (1).

 

Enrique Polo de Lara, (Sevilla, 1854-1931), teniente coronel de Artillería, masón, en posesión de la Cruz de San Hermenegildo. fue gobernador en diversas provincias de Cuba, en Manila, en Camarines, en Ilocos, y, ya en España, en Huelva, Santander, Cáceres, Soria y Almería.

También fue presidente de Izquierda Liberal en Sevilla, escribió numerosos artículos, diversos libros, creó una empresa de insecticidas, inventó el insecticida Polo, para naranjos y olivos, y hasta fue preso en Filipinas, de cuya cárcel se escapó, y sobrevivió, como pudo, durante 45 días, en  la selva, donde se alimentó de hierbas aceitosas como las denominadas ojos de mariposa. También fue cofundador de señaladas publicaciones en Sevilla.

Enrique Polo de Lara dejó en Cáceres la huella de una profunda actividad social, donde puso en marcha La Cantina Escolar, como ayuda alimenticia a los niños más humildes, veló por dignificar la Escuela, la figura del Maestro, mostró su máxima preocupación por el Hospicio y los Hospitales, fortaleció la autoridad de los curas párrocos en sus jurisdicciones municipales, saneó las costumbres y la moral, combatió el juego, una lacra social, trató de frenar la emigración, prohibió la mendicidad y luchó por erradicar las casas non-sanctas, prohibiendo «que salgan a la calle las mujeres de vida alegre».

Enrique Polo de Lara dejó escrito en el periódico «El Bloque«, allá por 1913, el siguiente artículo titulado «Cáceres«:

CACERES

Cáceres la vieja, Cáceres la histórica, ¡qué hermosa y qué desconocida! ¡Qué joya de los pasados siglos, tan olvidada en el presente!

¡Qué de protestas contra la torpe ignorancia he lanzado al recorrer las silenciosas calles, tus completos barrios del siglo XII, y al contemplar los severos edificios, acusadores de tan largos siglos de existencia!

No hay joya en España como tú; ni la imperial Toledo, ni la vetusta Avila, ni la científica Salamanca; nadie como tú presenta romanos muros y árabes adarves, conservando las históricas puertas de estas épocas y desafiando enhiestas las iras de los hombres y la destrucción del tiempo, tus ennegridos torreones, gigantes de remotos siglos, que dicen a la generación presente su poderío del distanciado ayer; muros que encierran una ciudad con cimientos de las árabes mezquitas, con poblaciones feudales de heráldicos blasones; altas y almenadas torres, rancios conventos, arabescas casas de caprichosas labores y reducidos huecos; largas calles y algunas sin puerta alguna, de donde arrancan viejas construcciones sobre las naturales crestas de pizarras; otras estrechas, tortuosas; semienroscadas, llenas de sombra y de pálidas hierbas, pendientes, muy pendientes, porque Quinto Caecilio Metelo, gran conquistador y general romano, fundó esta Castra Caecilia en la parte alta de muy densa colina.

Aseméjase hoy, ante el olvido, como nido de águila caudal que las nubes besan y que solo explora o visita el atrevido turista. ¡Ah! el día que el turismo conozca de ti, seguramente que has de figurar en las primeras etapas de estos cultos y recreados paseos por la historia; historia que tan precisa es a la humanidad, como dice Cicerón, porque el hombre que no la conozca es siempre niño, dada la brevedad de la vida, que desaparece antes de que con los hechos pueda aprender el hombre.

En esta segunda mansión de las fundadas en la Calzada Romana de Mérida a Zaragoza, ora contemplar ejemplares preciosos de la estatuaria romana, como son las diosas Ceres y Diana: o bien el balcón que avanza desde cesáreo torrejón, en donde los diunviros dirigían la voz al pueblo, o estudias el derruido Sacello, que, al igual de los griegos, los Césares Augustos levantaban el pie de la vía lata para robustecer la fe en estos templetes o aedículas.

Otras veces te quedas absorto contemplando los árabes adarves, y recuerdas que allá en el noveno siglo, el rey moro de Coria, el valiente Zeh, humillaba a los árabes cacereños y noblemente indultaba a los pocos supervivientes a quienes respetaron las luchas del duro sitio y la terrible peste que azotó a la breve guarnición; o bien esperas ver arrolladas las arabescas armas por el firme empuje del católico rey Alfonso VII, que más tarde, dos años después, los azares de la guerra hizo triunfar la independencia árabe; y aquel Alhá-el-Camir, que quedó gobernándola, con sus talentos y energías, alzó palacios, borró las ruinas, conquistó dominios, consolidó los fuertes y murallas; y así ves la inmensa cisterna que abasteció a sus ejércitos y vecindarios, y la contemplas al igual que entonces, con un mismo nivel que sostienen tenaces manantiales las mismas argamasas y caños, el firme nacimiento natural y las grandes cadenas de hierro, enlazando poderosas columnas, bases del palacio que alzaron los alarifes del siglo XII.

En la vetusta Plaza de San Mateo se espera oir los alálores de los vencedores musulmanes, que ciegos de guerrero entusiasmo, propio de las victorias alcanzadas en Alcántara, coronaban rey de Al Karica y de Cantarat a su caudillo Alhá-el-Camir y esperas ver de un momento a otro el cruzar por los torcidos callejones la africana corte, mediando poco más o menos el siglo XII.

Doce años después recuerdas que aquellas plazas de armas cruzaban los primeros caballeros de Santiago, que, vencedores del indomable rey Alhá-el-Camir, mostrábanse orgullosos de haber arrollado con  fiero empuje a los defensores de la falsa religión, para nueve años después tener que rendir su cristiana valentía a las agarenas armas, las que cuatro después humilló Fernando de León quien, generoso, hizo cesión de la conquistada plaza a los caballeros santiaguistas, que no pudieron retener su poderío, dando lugar a treinta y tres años de guerras y turbulencias, en las que se repitieron los sitios y asaltos, retiradas y falaces promesas e incumplidos convenios, hasta que, al terminar el primer cuarto del siglo XIII, el rey D. Alfonso de León, ayudado por los calatravos, arrojó para siempre la morisca grey.

Como esta Cáceres de hoy, rica joya de los viejos tiempos, es tan espléndida y notable, y queda tanto y tanto por decir de ella, a pesar de vuela pluma, esbozador tan solo de sus historias y riquezas: hago alto, dejando al mañana como continuador compendioso y rápido extractador de los demás encantos de tan hermosa ciudad, reflejo fiel del siglo XII.

NOTA:

(1): En la sección PERSONAJES, de CACERES, EL BLOG DE JUAN DE LA CRUZ, se encuentra el capítulo titulado «POLO DE LARA, UN GOBERNADOR QUE SE VOLCO CON CACERES».

 

 

 

 

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LA TOMA DE CACERES, POR JUAN LUIS CORDERO

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«La toma de Cáceres» fue el poema con el que el cacereño Juan Luis Cordero obtuvo el Premio de los Juegos Florales de Badajoz el año 1911. Una bella composición, de un magistral poeta y escritor, que pasa revista a la leyenda de la conquista de la historia de Cáceres. Aquel cacereño que comenzó de aperador de carros y que llegó a ser un ilustre y prestigioso escritor y de muy amplia cultura. 

 

juanluiscordero,1911

Juan Luis Cordero, en la portada del periódico «El Bloque», de Cáceres, del 10 de octubre de 1911.

Juan Luis Cordero (1982-1953), fue, además, aprendiz de carpintero, peón caminero y secretario de Ayuntamiento, demostró, desde siempre, su inmenso afán por el estudio y la cultura, en cuyos afanes se esmeró al máximo, tal como queda constancia en el transcurso de su vida.

En este sentido es de señalar como escribe: «He construido arados en los tinados anchurosos, he volteado estiércol en las penumbras del establo, he abatido a brazo el trono añoso de la encina extremeña«.

Alcanzó a ser fundador y coparticipar en la fundación de más de una decena de periódicos, dirigió el semanario «El Bloque«, colaboró en diversos diarios, militó en las filas socialistas y defendió las tesis del regionalismo extremeño, llegando a liderar la candidatura de las elecciones generales en el año 1933.

Su firma queda, para la historia, en periódicos como «El Noticiero Extremeño«, «Brisas Nuevas«, que fundara el mismo, «Extremadura Literaria«, que creara junto al escritor y militar Federico Reaño, «El Adarve«, «La Carretera«, que también pusiera en marcha como fruto de su constancia, «Miau«, y otros varios.

En su obra poética destacan libros como «Varias poesías«, con el que dio su primer paso en firme, «Mi Torre de Babel«, «Eróticas«, «Vida y ensueño«, «Mi patria y mi dama«, «La tragedia de un héroe«, «Devocionario de amor«, «Hojas del árbol caídas«… Y novelas como «Almas«, «La Molinera«, «Clara Luna» o «Cosas de la Vida«. Y, también ensayos como «Regionalimo. Problemas de la provincia de Cáceres«.

Por mérito y derecho propio ocupa un lugar de notorio relieve en las letras extremeñas de la primera mitad, sobre todo, claro es, del pasado siglo.

Se alzó con numerosos premios poéticos y literarios como la Flor Natural de Cuenca con «La voz ignorada«, de Ronda con la poesía «Mensaje«, de los Juegos Florales de Cáceres en el año 1946…

Y de su obra un escritor y poeta de la talla de Fernando Bravo y Bravo subraya en la necrológica tras el fallecimiento de Juan Luis Cordero: «Siento que la obra de Juan Luis es carne doliente y espíritu en llamas, con todos los defectos que se quieran o puedan señalar, pero también con todos los innegables, espléndidos aciertos que es de justicia elogiar«.

También Fernando Bravo, amigo íntimo de Juan Luis Cordero, escribe en la misma necrológica que conoce «y bien la tremenda vocación literaria de Juan Luis: tremenda por lo irreprimiblemente  fuerte y tremenda por lo duramente fatigosa, eso, nada menos, implica el haber sabido elevarse de simple aperador de carros, desvalido de asistencias, a vate laureado  en certámenes y agasajado por los públicos«.

Juan Luis Cordero, escritor vocacional y firme, recio y sencillo, fertil y prohumano, cercano, es de uno de sus hombres comprometidos con la tierra que le viera nacer, que sentía devoción por la gente humilde, enamorado del paisaje extremeñoque presta su apellido al callejero cacereño y que, entre su amplia producción literaria, nos dejé el poema «La toma de Cáceres» que hoy incorporo a la sección ANTOLOGÍA SOBRE CÁCERES, de este Blog,

LA TOMA DE CACERES

(El asunto de esta leyenda está tomado de la tradición acerca de la historia de Cáceres)

I

   Mucho la adora su padre

que es moro de estirpe regia,

caid de Castra Caecilia

y de las villas fronteras;

mucho en su cuido se afanan

sus servidores y dueñas

y no hay mancha de nota

que no suspire por ella;

tiene para su regalo

las más costosas preseas

y en su honor se corren cañas

y en su honor se fraguan fiestas.

   No es mucho que por su gozo

todos así se entretengan,

que si su linaje es alto

soberana es su belleza.

   Es su talle esbelto y grácil

como ondulante palmera

y son muy negros sus ojos,

y son muy negras sus trenzas,

donoso marco en que encaja

su carita de azucena

y su boca que parece

herida recien abierta.

   Es una hurí por lo hermosa

y es un ángel por lo ingenua,

encanto de los donceles,

dechado de las doncellas.

   Pero es sabido que a veces

las galas y las preseas

no dan el gusto y el regalo

que apetece el que las lleva,

y algo de esto le ocurría

a la mahometana bella,

que no alcanzaba el motivo

de la lánguida tristeza

que la atraía agitada,

absorta, insomne y suspensa.

   Fragante rosa en capullo,

virgen muy casta y honesta,

a nadie osaba decir

su malestar y su pena

que al ser ignota la causa

podría envolver afrenta.

   En busca de esparcimiento

iba a los jardines ella

y pasaba largas horas

en las torres más enhiestas,

fijando en las lontananzas

su triste mirada incierta

como si –ilusa– pensara

que de ellas, llegar pudiera

la paz que miró perdida,

la dicha que nunca llega.

   Fiebra de amor aquejaba

el alma de la doncella

y la inquietud del amor

se parece a la tristeza.

   ¡Oh, la encantadora hurí,

flor de quince primaveras,

mira en quién pones los ojos

porque amor trastorna y ciega!.

II

   Un día al ingente alcázar

llegó un torvo mensajero:

Por las tierras del caid

se entraba Alfonso el noveno,

cuasi huracán que derriba

cuanto se pone a su encuentro.

   Triunfante llega el leonés

al frente de sus guerreros,

luego de humillar castillos

y arrasar preciados feudos.

   Y cuentan muy viejas crónicas,

que sembraron desconcierto

en el alma del caid

las nuevas del mensajero,

más no así en la de su hija

que mal alguno vio en ello.

   A su mirador más alto

subió la mora de intento

por escudriñar el llano

que aún se mostraba desierto.

   Una mañana sus ojos

en el horizonte vieron

espesa nube de polvo

que iba avanzando y creciendo;

se oyó gritar de bocinas,

de atambores el golpeo,

loco galopar de brutos

y un vocear descompuesto;

y a los fulgores del sol,

que iba en Oriente surgiendo,

fueron adquiriendo forma

los escuadrones soberbios

en rebrillar fulgurante

de corazas y de petos,

flamear de banderolas,

de penachos y trofeos.

   Mucho se holgó la agarena

al ver los nobles guerreros

así que al pie de los muros

plantaron su campamento;

y diz la arcaica leyenda

que al mirarlos tan apuestos

en vez de encontrar temor

halló gran divertimiento.

III

   Estando un día la mora

abstraída en su atalaya,

vio en la cercana colina

que hay enfrente del alcázar

un muy gallardo guerrero

que insistente la miraba.

   Era un doncel arrogante

armado de todas armas

sobre un fogoso corcel

de piel negra y fina estampa;

y aunque tímida y confusa,

no dejó de deleitarla

la guapeza de aquel porte

y el brío de aquellas armas.

   Siguió viéndole a diario

hasta quedar fascinada

y en tan bizarra figura

prenden la vida y el alma.

   También el noble leonés

herido de amor estaba

y en las treguas del asedio

constantemente se halla

en la cercana colina

que hay enfrente del alcázar.

   Amor tendió un hilo mago

para unir aquellas almas

y se amaron, a despecho

del tiempo y de la distancia.

   Y una tarde, un pergamino,

de un agudo dardo en alas,

cayó a los pies de la bella,

mensajero de las ansias

del arrogante doncel

que su hambre de amor se inflama.

   Y una que vino radiante

noche azul de luna clara,

salió la mora al jardín

buscando a sus males calma

y un nuevo pliego cayó,

en fina flecha, a sus plantas.

   Desapareció la mora

en las frondas encantadas

y en tanto el noble doncel,

fijo en aquellas murallas,

de nuevo esperó impaciente

la aparición de su amada.

   Pero de pronto, no lejos

del lugar donde él estaba

se oyó ruido de boscaje

y un leve pisar, las ramas

se abrieron, y al separarse

apareció la más blanca

y radiante aparición

que cabe en cuento de hadas.

   Allí estaba la doncella

en busca del que idolatra.

   Era, que una galería

oculta, desde el alcázar

hasta las huertas conduce

que hay al pie de las murallas.

IV

   Mucho tiempo dura el cerco

sin que ninguno desmaye,

que son bravos los leoneses,

que son los moros leales

y es dudosa la victoria

cuando es reñido el combate.

   El leonés y la doncella

siguen sin trabas amándose,

que hasta el jardín del alcázar

por escondidos lugares

llega de noche el doncel

do está su amada esperándole

y ajenos a toda cosa

ven transcurrir los instantes,

entre muy dulces coloquios

y caricias inefables.

   En cierta noche,a la cita

acudió el cristiano, grave;

y en parecidas razones

dialogaron los amantes:

— ¿Qué le pasa a mi guerrero?

¿cómo austero

viene a su agarena fiel

¿Por qué mira severo

mi doncel?

— No es desvío, mi agarena,

una pena

traspasa mi corazón;

¡tengo un pesar que me llena

de aflicción!

— ¡Oh, mi dueño bien amado!

¿he causado

por desdicha, tal pesar

Esa pena. ¿no me es dado

desterrar?

— Han causado mis dolores

tus amores,

oh, mi agarena gentil.

Tornar puedes mis alcores

en pensil.

— ¿En qué te ofendió tu mora,

que te adora?

¿Cómo alegrarte podría?

¡Hasta la vida, en buena hora

te daría!

— No es tu vida lo que quiero,

mi lucero,

que solo anhelo tu bien;

lograr las llaves espero

de tu edén.

Quiero sin trabas arteras

ni barreras,

llegar a tu oculto lar,

por quererte y que me quieras,

sin dudar…

— ¿Qué me pides, mi cristiano?

inhumano,

¿quieres que falte a mi ley?

¿quieres que ponga en tu mano

a mi grey?

— ¡Agarena!

¡tu negra duda envenena

la hidalguía de mi amor!

tu agravio colma mi pena

al calcularme traidor.

— Sangre de nobles leales

a raudales

en mis venas siento arder,

y no saben mis iguales

sus designios esconder.

— Adiós, para siempre; no quiero

amar a quien, inconstante,

duda de mi fe de amante

y mi honor de caballero!

   Y al decir estas razones

hizo ademán de marcharse

el cristiano, más la mora,

vertiendo llanto a raudales,

por no perder su cariño

puso en sus manos las llaves.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Mora bella, mora bella,

la de rizos de azabache,

la de talla de palmera,

la de carita de ángel;

mira que labras la ruina

de tu pueblo y de tu padre.

V

   Luctuoso despertar

fue el despertar de la plaza.

Pérfidas y viles fueron

del cristiano las palabras.

   Por la oculta galería

entró la hueste cristiana,

degollando a los leales

servidores del alcázar

y clavando sus banderas

sobre las torres más altas.

   Y cuenta la tradición

que la bella mahometana,

no tuvo un solo reproche

para el que así la burlara.

   Pero el caid iracundo,

al saber que la causa

del grave mal que le agobia

el bien que tanto idolatra,

así dijo: «Maldición

sobre tí, mujer liviana,

a quien engendré en mal hora

para oprobio de mi raza!

   ¡Alah permita que vagues

en torno a estas murallas,

hasta que la media luna

brille otra vez en mi alcázar,

hasta que caigan las cruces

que hoy mis estados profanan

y vencedores y altivas

fulguren las cimitarras

que hoy se abaten por tu culpa

al peso de una sechanza.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

   Y es fama que desde entonces,

en las noches solitarias,

sobre las frondoas huertas

pulula una forma blanca.

   es el alma de la mora

que, triste y dolida, vaga

hasta que a Castra Caecilia

recobren las cimitarras.

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EL PRIMER CUENTO DE DON VALERIANO

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Es de suponer que aquella mañana del 5 de mayo de 1931, con dieciseis años, don Valeriano (Gutiérrez Macías, que subrayaría Fernando García Morales), debía de encaminarse a la Escuela Normal de Magisterio.
 

valeriano-recuero-bustamante-virgenmontañaSeguramente hizo un alto en el camino, adquirió, como de costumbre, el periódico «Nuevo Día«, y probablemente le vibrara el sentido emocional al ver cómo el director del diario, en el que colaboraban personajes de la talla de León Leal Ramos, una eminencia en la historia de Cáceres, y José Ibarrola, había a decidido publicar su cuento «El pájaro enjaulado”.

Don Valeriano Gutiérrez Macías, a la sazón mi padre, figura en las páginas de la historia de la ciudad y de la provincia, con las que se comprometió al máximo. Coronel de Infantería, Maestro Nacional, Primer Teniente de Alcalde, Presidente de la Comisión de Ferias y Fiestas, Vicepresidente de la Diputación y diputado de Cultura, escritor, humanista, Premio Nacional de Periodismo «Gabriel y Galán«, autor de cientos de artículos, ensayos y numerosos libros: «Cáceres«, ¨Por la Geografía Cacereña. Fiestas Populares«, declarado de Interés Turístico, «Biografía de Gabriel y Galán«, «Mujeres Extremeñas«…  

Yo, honradamente, descubrí esta publicación, hace unos días, de forma casual, indagando en mis modestas investigaciones. Y noté un escalofrío al ver su nombre y comprobar que con dieciséis años ya incrustaba sus primeras líneas junto a personajes como los citados y otros. Entonces me restregué los ojos, alcé la mirada por los cristales de la ventana, contemplé un horizonte donde rompe el color de la hondura primaveral, en medio de una acuarela pincelada de las más variadas tonalidades…

Y sentí esa fuerza espiritual que conlleva la sangre del progenitor, siempre esmerado en inyectar cultura, educación y moral a su prole.

Luego, al recuperar su imagen, nunca perdida, me encontré en aquella profundidad del cuadro de la vida cómo las líneas del cielo y de la tierra, en las que tanto creyera don Valeriano, se juntaban.

Quizás fuera esa inquebrantable línea recta del horizonte la que le llevara a persistir en los baremos y el bienestar que emanaba de sus principios.

Posteriormente he ido escribiendo a mano letra a letra su cuento, y luego, tecla a tecla, la he ido trascribiendo. Lo que ha supuesto, claro es, una muy placentera tarea.

Aquí está, pues, lo que probablemente sea el primer cuento de Don Valeriano: EL PAJARO ENJAULADO, que dedicaba a su compañero de Magisterio Benedicto Lucero Fernández.

EL PAJARO ENJAULADO, POR VALERIANO GUTIERREZ MACIAS

VALERIANO-NUEVODIA.5-MAYO1931Sobre una de las paredes de la morada de Manuel hay colgada una jaula de cristal muy bonita, pequeña y adornada con varios ramos de flores que el niño cotidianamente le pone. En ella vive prisionero un jilguero. Lo cogió hace unos meses en cierta excursión que hizo a las hermosas huertas de esta villa.

El pajarito estaba posado en un ciruelo y Manuel, con sus artimañas, lo cogió para que le entretuviera de sus aburrimientos de la vida pueblerina con los armoniosos trinos. Un jilguero que inocente cantaba en la huera vino a caer no sé por dónde en sus manos! Manuel es gran amante de los jilgueros y los cuida con excelente esmero. ¡Qué alegría a recibió al tener en sus manos aquel pájaro! Hizo propósito de alimentarle y cuando le pareciera darle la libertad! ¡Oh, la libertad, santa libertad la de los animales!

Y al introducirlo en la jaula –verdadera cárcel de alambre– quedóse el jilguero asustado. No cantaba, ni apenas se movía del mismo sitio. Miraba a un lado y otro como lamentando su estado de prisión, su retraimiento en aquel sitio que sin comprenderle…

Manuel se sonreía irónicamente de la palidez del pajarito. ¿Por qué permanecería así si él había de alimentarle bien? ¿Cómo estaría tan melancólico si Manuel le silbaría a su manera invitándole a cantar?

¡Pobre jilguero!… Sujeto a las inclinaciones traviesas y algún tanto mal intencionadas del rapaz que, a lo mejor, algún día que estuviera enfadado, al insistirle, lo asesinaría bárbaramente… Ni qué decir tiene que la vida del pájaro para Manuel no era muy prolongada si sus trinos no le admiraban.

A las pocas semanas de tenerlo en su casa, quiso probar el canto del jilguero. Lo invitaría tal vez…

Iba a llenar un comedero de alpiste con júbilo extraordinario. Antes de entrar en la habitación se para a escucharle.

Sí cantaba con dulzura y delicadeza, cantaba mucho. Más aún de lo que Manuel tenía creído. Por un momento marcharon de este niño las ideas de posible venganza contra el pájaro. No tenía motivos.

Entra en la habitación con brusquedad. Fili –como denominaba el muchacho al pájaro—vuelve a asustarse. En el campo nadie le impedía sus alabanzas a la Naturaleza y aquí a cada instante. No estaba Fili acostumbrado aquellos bruscos cambios de entrada y salida del personal. Vivía el pajarito constantemente asustado.

— Canta, jilguerito, canta… ¿Verdad que tú, Fili, me conoces a mí y sabes que yo te trato muy bien?, decíale Manuel.

Fili continuaba sin cantar. Manuel se desespera. Abre la puerta el muchacho para limpiar el comedero… Fili aprovecha la ocasión… Vertiginosamente logra evadirse de la jaula… Manuel corre, traspasa calles, atraviesa prados y huertas… Va en busca del jilguero que tuvo en su casa, aquel bonito jilguero tan fino cantador como de vuelo ligero…

… Pero nada. No le encuentra por más que anda de acá para allá. Fili iba en busca de la libertad. La libertad es lo más característico de los pájaros. ¿Por qué oponerse los niños con sus débiles inclinaciones a cortarles las alas de la libertad…? ¡Qué bien encaminadas las leyes de protección a los pájaros y de prohibición por cazarlos!… ¡Oh, si se observan como merece…!

                                           . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . .  . .

Fili, el pájaro enjaulado antes por las travesuras de Manuel, camina por los campos… jubiloso de haber rescatado la libertad. Ya no permanece sujeto a las ideas de Manuel. Es un pájaro en libertad.

NOTA: En la fotografía, plena de cacereñismo, la Virgen de la Montaña, Patrona de Cáceres, la Plaza Mayor, Alfonso Díaz de Bustamante, alcalde de Cáceres, a la izquierda, Valeriano Gutiérrez Macías, y en el centro un poco más atrás Antonio Rubio Rojas, que sería Cronista Oficial de Cáceres. (Una fotografía que, en su día, me remitió mi querido amigo José Antonio García Recuero). 

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