ORACIONES Y DULCES EN EL CONVENTO DE SAN PABLO

El Convento de San Pablo, que se alza en el siglo XV, en la Plaza de San Mateo, se conforma como un lugar privilegiado en uno de los corazones de la Ciudad Medieval de Cáceres. Un rincón fascinante de Cáceres donde se funden la oración y los dulces de las monjas contemplativas clarisas.

El lugar fue, inicialmente, un recogimiento de beatas de condición noble, que rigiera Juana González de San Pablo, y que más tarde tomaría el nombre de Juana de Dios cuando ya se la faculta “para erigir casa y ermita en monasterio bajo la regla y Orden Tercera de San Francisco“, en tiempos del pontificado del veneciano Paulo II, de nombre Pietro Barbo.

Hoy, tantos años después, el convento de clausura de estas Hermanas Pobres de Santa Clara, de hábito marrón, velo negro, medias negras y sandalias en verano, sobrevive con tan solo catorce hermanas, bajo las directrices de la abadesa sor Asunción, natural de Villasila de Valdavia, Palencia, de 73 años de edad, entre ayudas, donativos, limosnas, y, sobre todo, como una necesidad de subsistencia, en la elaboración continuada y esmerada de los siempre riquísimos y artesanales dulces.

Todo un arte en el que las monjas clarisas cacereñas tienen y cuentan con un muy acreditado prestigio y que desde sus inicios hasta hoy, afortunadamente, se expande más allá de los límites capitalinos gracias a las maravillas que salen del obrador y a esa acertada publicidad del boca a boca de todos los que adquieren y prueban los dulces que emanan del recetario tradicional.

Dulces primorosos entre los que se cuentan tocinitos de cielo, tartas de almendra, magdalenas, perrunillas, ay, qué delicia, palmeras de hojaldre, mantecados, bizcochitos, bocaditos de almendra, nevaditos, cortaditos de cidra, corazones de almendra… ¡Todo un sortilegio, elaborado con primor, por las manos de las monjas clarisas en el obrador…!

Una fabricación que arranca allá por mediados de los años setenta del pasado siglo cuando las monjas clarisas del Cáceres de Aquellos Tiempos tan solo vendían, a través del torno, raspaduras o Pan de Angel, más allá de aquel saludo, que hoy continúan manteniendo:

–¡Ave María purísima…!

Y la inmensa mayoría, señala Sor María Luisa, responde:

— ¡Sin pecado concebida…!

Entre las catorce monjas clarisas de Cáceres, de vida contemplativa, en silencio y en recogimiento, la mayor cuenta ya con 95 años de edad, unas cuantas se andan entre los 86 y los 70, y la más joven tiene 28 años. En la comunidad cacereña de las clarisas hay cuatro keniatas y una cacereña de Guadalupe.

Las monjas, de vida contemplativa en clausura, con sus votos de pobreza, obediencia y castidad, y el silencio como norma, llevan un horario rígido desde que se levantan a las 6,15 de la mañana y comienzan cantando Laudes esparciendo la simbología de sus finos cantos, como hacen en otros momentos del día como cuando tocan a Sexta a Vísperas o en la Eucaristía.

El día transcurre entre oraciones, dos veces por la mañana y otras dos por la tarde, misa, reflexiones, lecciones de formación que imparte don Florentino Muñoz Muñoz, visitas a la capilla, meditaciones, una hora de comunicación diaria entre las mismas, mucho tiempo en la cocina para fabricar los dulces, que adquieren sobre todo turistas, y unas comidas frugales a base de lentejas, verduras, judías, potajes, sopas, cocidos, salchichas…

Aunque, claro es, las monjas clarisas, además de todo ese amplio abanico de tareas y afanes vocaciones, que les ocupa y llena el día, también tienen tiempo para, como es el caso de la fotografía, subirse al tejado del edificio y contemplar el paso, siempre genuinamente bello, de los siempre bellos desfiles procesionales de la Semana Santa cacereña.

Tal cual se puede apreciar en esta más que curiosa y oportuna instantánea fotográfica que captara, en su día, nuestro siempre querido Juan Guerrero al paso de la Procesión Magna.

La voz de sus cánticos religiosos se esparce por los aires conventuales endulzando, aún más, el aire histórico y conventual del retiro que solo abandonan por cuestiones de índole médica o administrativas, así como cursillos de formación que señala la Orden a sus hermanas.

Un recinto sagrado para unas monjas de férrea voluntad en la oración y el retiro devocional de la clausura

Sor María Luisa, una monja de Palencia, que ingresó en el Convento de San Pablo ni más ni menos que en el año 1955 habla de la escasez vocacional, de lo que le debe la Ciudad Antigua y Cáceres, a Alfonso Díaz de Bustamante, ex alcalde, a Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros, investigador e historiador, a Valeriano Gutiérrez Macías, ex primer teniente de alcalde e investigador, a Carlos Callejo Serrano, ex director del Museo e investigador, y a tantos colaboradores, como se refiere a las exigencias, esfuerzos e insistencias que deben de llevar a cabo para arreglar cualquier desperfecto exterior o la simple necesidad de abrir una ventana, de la esperanza a que lleguen nuevas vocaciones a la orden…

Y, por supuesto, de la belleza, abierta a todos, del Casco Histórico-Monumental de Cáceres. Gracias a lo cual se multiplican las visitas, como este pasado fin de semana, que viene bien, no, sino muy bien, de paso, a las arcas de la escasez de las clarisas. Siempre tan necesitadas de la clientela para seguir sosteniendo los pilares del edificio y de la orden clarisa en ese inmenso conventual cacereño de San Pablo, enclavado en uno de los lugares más emblemáticos de nuestra Ciudad Medieval. Patrimonio de la Humanidad, gracias a tantos desvelos de destacadas personalidades del Cáceres de Aquellos Tiempos, entre otros muchos.

— Todo un primor de Ciudad Momumental, Juan. ¡Qué maravilla!–, dice.

Y añade:

— ¡Si esto es para que no paren de llegar turistas…!

Suenan, tañen, repican, repiquetean y doblan las campanas del alma que se alzan en lo alto del convento, espadaña arriba, con su mirada que se expande a los vientos de la alegría del retiro…

Un Convento que se muestra como una de las señas de identidad de la Ciudad Medieval, con el sello propio de unos dulces, verdadero primor, y donde las clarisas se multiplican en sus afanes para salir adelante en ese recinto que cobija su clausura.

NOTAS:

1.- La primera de las fotografías fue publicada por la revista “Alcántara” en 1974 y se debe a P. Javier.

2.- La segunda fotografía está captada del blog spot. restaurantesmg..

3.- La tercera fotografía, como ya se ha señalado, es obra del fotógrafo cacereño Juan Guerrero.

4.- La postal es de Ediciones Arribas y fue difundida el año 1969.

 

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