AQUELLAS SUFRIDAS LAVANDERAS…

Las lavanderas, aquellas sufridas lavanderas, que tenían su origen en los estratos más humildes de la sociedad, fueron hijas, esposas, madres sacrificadas casi hasta, y quizás sin el casi, hasta el final de sus días. Multiplicaban las horas de trabajo doméstico, fregar, lavar, planchar, cocinar, limpiar, coser, bordar, remendar, ir al mercado, lavar la ropa, caminaban de modo impenitente y esforzado hasta fuentes y lavaderos como Fuente Hinche, Fuente Concejo, Beltrán, Fuente Fría, en las minas de Valdeflores, en Valhondo, Fuente Fría, El Corchito, San Marquino, se dejaban las manos, entre las frías aguas invernales, y se dejaron, al tiempo, todo un mundo, apenas reconocido, por sacar adelante la casa junto al jornal de la casa, estirando el sueldo, si es que lo había.

LAVANDERAS

La instantánea de Tomás Martín Gil, 1891-1947, una figura emblemática de la investigación y de la fotografía, deja constancia del esfuerzo de las lavanderas en los años 40.

Mujeres esforzadas y heroicas, anónimas, sufridas lavanderas, que batallaron y sudaron a base de bien entre asperezas de vida, entre las severidades propias de aquellos tiempos, sin descanso alguno y con una y mil tareas.

Las mismas llegaron a poner en marcha, en Cáceres, en su día, una hermandad, con su normativa y todo. Sobe todo para ayudarse entre ellas. Por solidaridad. Y, también, crearon hasta sus costumbres. Entrañables, pioneras y esforzadas trabajadoras del hogar.

Y hasta las fuentes y lavaderos se encaminaban con tajuelas para hacer más cómoda, si vale la palabra, la posición de las rodillas, los cestos de mimbre para albergar la ropa seca, el jabón casero, con aceite usado o tocino o sosa caústica, y rodillera.

De ahí en adelante sábanas, camisas, camisetas, calcetines, calzoncillos, rebecas, bragas, enaguas, pañuelos o moqueros, cortinas, y todo un montón de prendas que se almacenaban en casa.

Labores, trabajos y misiones que hoy, afortunadamente, ya no se conocen, mientras que la historia de los sufrimientos y de las durezas quedan atrás. Y con la queja en el silencio. Como la severidad de las frías aguas invernales que hasta les generaban sabañones o el calor del estío.

LAVANDERAS

Lavanderas en el duro trabajo al que estaban sometidas.

La mayoría de ellas, que eran muchas y procedentes todas ellas de humildes barrios, tenían su apodo.

Toda una serie de muy esforzadas, sacrificadas y heroicas mujeres, en medio de unas labores francamente duras y a las que hacían frente a base de un coraje extraordinario, a lo largo de la historia, y que hay que reconocer de forma significativa.

Sobre todo, y muy fundamentalmente, por su capacidad de trabajo para aguantar estoicamente tan crudas tareas en el día a día, semana tras semana, año tras año…

Por ejemplo, Vicenta Polo Salgado, denominada la Farruca, una mujer de casta donde las hubiera, dichararachera, siempre con un genio e ingenio de relieve, tal como dejara constancia su sobrina nieta Teresa Muñoz. La Farruca fue la ùltima lavandera de Beltrán, lugar en el que aparece en la fotografía de la izquierda. También estaban las Cañetas, Ana, apodada La Clavera, Las Galapas, que vivían en el cacereñísimo barrio de San Antonio, Severiana, conocida como La Patilla, que habitaba en Sande, Lorenza, a quien conocían como La Gata, y que le molestaba que la llamaran con  semejante apelativo. O, por ejemplo, Las Culolobos, grupo formado por La Gabina, apodada La Chata, y sus cuatro hijas…

lavandera caceres años 60

La lavandera La Farruca. Una desgarradora imagen de la dureza de una lavandera caminando señaladas distancias con un gran peso de ropa. en los brazos y sobre la cabeza

También figuran en el listado de los recuerdos de las lavanderas cacereñas Manuela, que residía en La Berrocala, encargada tambien de atender el lavado de ropa de buena parte de militares, La Carambanilla, La Patilla, Juana, a quien llamaban La Juanilla, y que además vendía leche, La Micaela, María, La Cana, que residía en la calle Piedad, Josefa Leal Congregado, La Forosa,  familia de los Camamas, Hermenegilda, la señora Guadalupe, en la calle Caleros, Andrea Manzano, la Pateta, porque era el abuelo de los Patete, Antonia Hurtado, la madrina de Antonia Reguero Iglesias, o la madre de Angeles Criado Molano, lavandera y aguadera, insansable, fuerte y con diez hijos y una casa por sacar adelante. Lo que se dice pronto, y hasta fácilmente, pero que había que padecerlo en las carnes y las penalidades de las propias lavanderas y de sus familiares.

Para la historia de la dureza, de la crudeza, de la severidad de aquellas vidas, sufridas y sin parar, muchas de ellas, en sus propias adversidades, pero obligaciones necesarias e imperativas de los tiempos, tuvieron hasta que romper carámbanos…

Agustina Saez, la última lavandera

Agustina Sáez, la última lavandera de Cáceres.

O Agustina Saez, la Colorá, que residía en Aguas Vivas, y conocida así por el color de su pelo. La misma, según rezan las crónicas, fue la última lavandera, afortunadamente, añadimos, y que falleció, con noventa y ocho años de edad, dejando atrás, a través de una larga vida de servicio doméstico, hasta donde han ido contando compañeras de trabajo, familiares y vecinos, una muy continuada historia de esfuerzos, de sacrificios y de un gran esmero en el desarrollo de su cumplimiento laboral y, de este modo, poder ir llevando un jornal a casa. Y a ver, cuentan que decía, si corre el boca a boca, y van saliendo más trabajos.

Todo un duro trabajo, como ya queda dicho, que tenían que desempeñar muchas mujeres cacereñas, a fin de poder llevar un dinero extra a la casa y así, de este modo, intentar salir adelante del mejor modo posible. A pesar, claro es, de las penalidades, los avatares, las adversidades climatológicas y, asimismo, la propia severidad del trabajo.

Un día, sin embargo, en el correr del año 2004, el Ayuntamiento de Cáceres, en un gesto de sensibilidad, levantó una estatua a las lavanderas cacereñas. Y bien merecida, por cierto. Para que nunca jamás las olvidemos. Una estatua, obra de Antonio Fernández Domínguez, con el rostro curtido de dureza y de facciones cruzadas de una vida dura en extremo.

lavandera estatua

La estatua a la lavandera cacereña se alza como un homenaje a su trabajo y a su entrega.

La estatua se alza en un lugar emblemático. En lo que representaba, entonces, el inicio de la carretera del Casar de Cáceres, enfrente de la Plaza de Toros. donde llegaban a primeras horas de la mañana piconeros, meloneros, dulceros, con jumentos cargados de mercancías para patearse, literalmente hablando, las calles de Cáceres, desde primeras horas de la mañana, y regresar cuando los serones quedaban vacíos y se llevaban unas perrillas para casa. Un lugar que hoy ya es conocido en el callejero cacereño como Avenida de las Lavanderas. Lo que supone y representa todo un homenaje de sensibilidad, de respeto y de la más profunda admiración a unas mujeres que tan solo merecen, por su labor del día a día, el calificativo de heroicas, admirables, sacrificadas, esforzadas, resistentes y, sobre todo, duras, ante los avatares y adversidades que, por circunstancias, les deparó la vida.

Avatares y adversidades a los que ellas, con un amor propio y un coraje digno de la mayor admiración y respeto en la historia de Cáceres se merecen toda la gratitud de sus padres, de sus esposos, de sus hijos y de todo el vecindario.

pelele lavanderas

El Pelele es paseado en burro por las calles de Cáceres, durante la Fiesta de las Lavanderas, y, posteriormente, es quemado por las mismas.

Hace ya veintiseis años, en 1989, se recuperó su Fiesta, con la quema del Pelele como acto central, con que se enciende el cohete anunciador de los Carnavales. El Pelele es un muñeco fabricado con ropas viejas que se encuentran rellenas de paja y que representa la simbología del mes de febrero, que no era para nada del gusto de las lavanderas, debido a la variante climatología, y que les impedía realizar su trabajo debidamente.

Una fiesta tradicional y entrañable que consigue un reencuentro con las raíces tradicionales de los cacereños al tiempo que se rinde homenaje a un más que duro trabajo como era el de las lavanderas.

El Febrero se conformaba como la fiesta las lavanderas cacereñas con un ritual en el que el desahogo de los problemas acumulados por las mismas era fundamental.

La tradición mandaba que el día grande las lavanderas lo iniciaban con un paseo al Pelele en burro, mientras corría el aguardiente y el típico y rico frite extremeño, al tiempo que el Pelele era quemado.

Y esta es la Jota de las Lavanderas, una canción muy popular en la ciudad de Cáceres, que cantaban las antiguas lavanderas, y en la que, tras la quema del Pelele, que es paseado en burro, canta Mansaborá:

ESTRIBILLO

Las lavanderas de Cáceres,

todas contentas están,

se han comido de merienda

una sardina con pan.

En el lavadero yo he visto lavar,

te he visto las ligas y eran colorás.

Y eran colorás, y eran colorás,

en el lavadero yo te he visto lavar.

ESTRIBILLO

Los calzones del señor,

a solear los tendieron.

Por mucho que los solean,

no se les quita el plumero.

En el lavadero yo he visto lavar.

ESTRIBILLO

Soy lavadera de raza

porque así lo quiso Dios.

Lavandera fue mi madre

y lavanderita soy yo.

ESTRIBILLO

Jabón le doy a la ropa,

jabón y buen restregón,

jabón que todo lo aclara,

jabón y venga jabón y jabón.

aguasvivas.caceresAsimismo es de señalar que, curiosamente, la Asociación de Vecinos del Barrio de Aguas Vivas, que lucha y defiende con ahínco los intereses de sus vecinos, registra, como anagrama, una curiosa imagen identificativa de las lavanderas cacereñas. Y que se configuraba, evidente, lamentablemente, como una de las imágenes que quedaron grabadas a sangre y fuego en tantos y en tantos y tantas cacereños y cacereñas de Aquellos Tiempos tan duros. Y, al tiempo, con tantísimas y siempre tan esforzadas mujeres plenas de amor propio y de coraje. Dignas de todo respeto, consideración y veneración en las páginas de la historia de Cáceres en el compás del paso del tiempo. Lo que se conforma, en nuestra más que modesta opinión, como un acto de justicia a las mismas.

Por su parte el poeta placentino Vicente Neria, componía, allá por el año 1957, el siguiente poema titulado LAVANDERA:

Te ví al regreso de la brega dura

con tu cesto brutal a la cabeza;

resignada y humilde, en la pobreza

de tu existencia anónima y oscura.
A la luz del crepúsculo, insegura,
eras visión de trágica grandeza;
en tus ojos sin luz ,¡cuánta tristeza!
en tu pálida faz, ¡cuánta amargura!
En los momentos de tu hogar sin calma,
el gran Vesubio que arderá en tu alma
y que tu vida, destructor, agota,
será mi “yo acuso” que alzará tu seno
hacia ese mundo de injusticias lleno
que tu indigencia y tu dolor explota.
Por su parte el poeta cacereño Juan José Romero Montesino-Espartero, 1941, dentro de su
amplio mapa poético, de fina sensibilidad, de señalada pulcritud, de gran sencillez Y
delicadeza, siempre Cacereñeador, aún en la cruel y severa distancia migratoria, dedica este
soneto de
reconocimiento a la figura de Las Lavanderas Cacereñas y que recogemos como muestra
antológica del agradecimiento eterno de la ciudad y las gentes de Cáceres a la figura heroica y
siempre admirada de unas mujeres plenas de vitalidad, de amor propio, de esfuerzo, que se
dejaban la vida y el alma entre los más duros menesteres.

 

He aquí, pues, los versos de Juan José Romero Montesino-Espartero en el soneto

titulado LAVANDERAS  CACEREÑAS.

Espadas matutinas blande el frío,

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4 comments on “AQUELLAS SUFRIDAS LAVANDERAS…
  1. juana martinez dice:

    me ha parecido exquisito autentica la definición de aquellas maravillosas mujeres de sufrimiento anónimo dignas de las mas grandes alabanza respeto y consideración en la historia del costumbrismo etnográfico. Enhorabuena a ese ayuntamiento que tubo la dignidad de hacer un monumento a la mujeres lavanderas cacereñas. pienso que en todas las ciudades han existido pero en muy pocas se ha considerado el esfuerzo y el carisma de estas mujeres

  2. Un merecidísimo homenaje el que le rindes a estas sacrificadas mujeres trabajadoras que se dejaban la piel, la salud e incluso a veces la vida, con el durísimo trabajo que realizaban para que otros, entre los que me incluyo, durmiéramos en sábanas blancas y perfumadas de limpieza. Me asombra enormemente los datos que siempre acompañan a tus escritos, trayendo en este caso a colación incluso los motes con los que eran conocidas algunas de ellas.
    Ya veo, y te lo agradezco, que en tu artículo has incluido un soneto mío que, acordándome de aquellas lavanderas que venían andando desde Malpartida de Cáceres para recoger la ropa sucia de los cacereños y que se llevarían para ser lavadas en el río, hace algún tiempo escribí en homemaje a todas ellas.
    Y, redundando en el tema, te diré que hace dos o tres años me encontré sentada en un banco del paseo de Cánovas a una de esas lavanderas, ya con cerca de los noventa años, y que me inspiró este segundo poema:

    MARCELA

    Llega siempre a su cita, sin demora,
    la soledad la espera cada día,
    arrastra sus cadenas
    de gruesos eslabones,
    por el largo camino de los años.

    Alborotado y sucio su cabello blanco,
    su frente es campo arado por el tiempo,
    ojos grises color de su existencia
    y una espera que a nadie espera,
    la acompaña en un banco solitario.

    Su vista puesta allá, en la lontananza,
    lejos, muy lejos,
    tan lejos que no encuentra su pasado,
    rebusca en sus recuerdos con ahínco,
    recuerdos ya canjeados por futuro.

    Con la fuerza que nace entre cenizas
    trata de asir lo poco que le queda,
    ese hilo fino de su vida que se escapa
    esa vida que vive por vivir,
    ya sin nadie, ya sin nada.

    Ayer no pude resistir mi pena
    y me acerqué temiendo importunarla;
    la regalé un clavel con una rosa
    y tras mirarme un tanto confundida,
    no pudo sujetarlas con sus torpes manos

    ¡ La vida le ha pasado por encima!…

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