CACERES EN SEPIA

Hoy he pasado revista a una serie de fotografías y postales de color sepia sobre Cáceres. Y me he dejado llevar, seguramente como todos, casi todos los días, en un vuelo de nostalgia a través de las siempre hermosas y sorprendentes pinceladas y estampas de aquel Cáceres con ochenta, con noventa, con cien o con ciento diez años de antigüedad. Todo un lujo y toda una maravilla en el álbum de los recuerdos de la ciudad.

 

arco del cristo 1932

El Arco del Cristo en fotografía del año 1932

Entre campanas medievales y un color de infinitas sensaciones y vibraciones de antigüedad, entre la brisa del Paseo Alto en los anocheceres estivales o con el calor de las escapadas clandestinas hasta la Charca Musia, O mirando, ya desde chiquillo, a las niñas. Y se me ha ido la mente hasta aquellas tardes en que mi madre, que hoy sería una gran CACEREÑEADORA, nos mostraba fotografías y postales que guardaba conservaba, con esmero e inmenso cariño, como un tesoro, en una cajita metalizada, de bombones, en las que se descubrían recuerdos y rasgos fotográficos que forman parte, indefectiblemente, de la historia de Cáceres.

Ahora, porque la morriña es así de caprichosa, volvemos al sepia. Y, día a día, nos sorprendemos de la belleza de la tipología a través de los tiempos. De las vestimentas de los paisanos, de los espacios tan diferentes que se configuraban entonces y de los monumentos de siempre pero con la abismal y gigantesca diferencia entre aquel sepia, casi amarillento en ocasiones diluido en los inicios de la fotografía a la excepcional tecnología de hoy.

plaza santa maria 1910

La Plaza de Santa María en una postal del año 1910.

El sepia de aquel Cáceres, de hace tanto tiempo, incrustado en la historia de la ciudad, como toda una serie de documentos de estampas que no conocimos, y de las que algunos pudimos conocer, se conforman, ahora, como una secuencia de luz, de color, de calidez, sobre la que se acumulan manantiales de emociones al contemplar el paso del tiempo, sin que nadie, prácticamente, se diera cuenta de que día a día, iban cambiando los paisajes, las calles, los edificios, los paseos, el urbanismo, la gente… Tal cual sigue pasando a día de hoy. Tal cual, por ejemplo, desapareció en su día la acuarela, siempre romántica, del Paseo de las Acacias. O tal cual un día se evaporó entre excavadoras insensibles el Jardín Central de la Plaza Mayor de Cáceres. O tal cual todo el paisaje urbano de la ciudad se va configurando de cambios casi sin darnos cuenta en el pestañeo, más que con el paso del tiempo.

Se trata, sencillamente, del transcurso de la vida y de una ley inexorable de la misma. Como si la misma fuera, sencillamente, el golpeteo rítmico del segundero del reloj, mientras los obreros, los arquitectos, los comerciantes, los transeúntes, van contribuyendo a cambiar ese decorado de la ciudad.

Adarve de Cáceres

El Adarve de Cáceres.

Y de la mano del color sepia la imaginación vuela hacia la sorpresa como avanza el agua del riachuelo por los senderos ya trillados a lo largo de los años.

Pero Cáceres en sepia es un rayo de luz, un hálito de vida, una estampa de aquella ciudad que en algunos tramos vivieron nuestros padres, que en muchos más tramos vivieron nuestros abuelos y que en muchísimos más tramos vivieron nuestros bisabuelos y tatarabuelos.

Unas tonalidades sepia que se enmarcan, con una gran delicadeza y cuidado, en el zurrón de las fotografías, esmaltadas con su papel celofán, y que ya, cada día, resulta más difícil encontrar en sus estampaciones originales. Sencillamente, acaso, porque los tiempos avanzan que es una barbaridad.

Y el sepia, qué queréis que os diga, marca una semblanza de la propia configuración de la ciudad en aquellas épocas. Ya sea de mil ochocientos ochenta o de mil novecientos treinta.

Todo un color que se conforma, que se plasma, que se diseña, que se eleva de sintonia en la radiografía de aquel Cáceres, en sus fechas correspondientes. Exaltadas de las tonalidades, de los encuadres, de la imaginación de los artistas que retrataron para la inmortalidad determinadas estampas, y de las que fueron testigos anónimos tantos y tantos cacereños relacionados, generacionalmente hablando, con todos nosotros y de quienes íbamos heredando los  apellidos en el árbol genealógico de la ciudad.

La Corredera de San Juan en Sepia

LaCorredera de San Juan en fotografía correspondiente al año 1886.

¡Qué lujo de color sepia, ahora que recuerdo aquellas tardes en que mi madre, con unas crujientes galletas María, las de siempre, o con unas galletas de vainilla al medio, o con unas galletas Campurrianas, o quizás alguna bolluela del Casar, o simplemente un bocadillo de patatera, nos relataba historias y semblanzas familiares y de CACEREÑEO a sus hijos. Algunos las miraban con más detenimiento y ahínco, mientras otros, tras un vistazo, nos poníamos nerviosos porque nos presionaban los amigos de la pandilla, que abrían la puerta de casa y pegaban un grito:

– ¡Juaaaaaaaaan…!

Yo, entonces, con calzón corto, prefería batirme entre sudores inveterados por los trasiegos, allá por el Paseo Alto, con andanzas niñas que también, sin darnos cuenta, formaban parte de la cultura sepia. Perdón, de la cultura fotográfica del blanco y negro, por mor de los tiempos.

Hoy, con el paso de los años, con Cáceres en el corazón, prefiero deleitarme con la cultura sepia, mientras pienso, porque la cultura del tiempo es así, que ya no hay pandillas que vayan con el tirador, que cacen grillos a través de la hura, que vayan de ranas con la linterna,

primer campo de futbol del rodeo. vidal gamonales gaspar.No eres de cc.

Primer campo de fútbol del Rodeo. La fotografía, según diversas fuentes, corresponde a los años 20 del pasado siglo.

que trepen a los árboles como monos, que se escuchen en mitad de la calle canciones de niñas al ritmo de “Mambrú se fue a la guerra”, “El señor don Gato”, “El corro de la patata” o “El patio de mi casa”… O, tal vez, de nuestros vozarrones, puede que hasta engolando la voz para tratar de crecer más rápidamente, mientras algunos de los amigos de la pandilla, algo mayores, eso sí, nos relataban a los más pequeños que ya se afeitaban, a espaldas de sus padres, para intentar forzar el crecimiento de una barbilla adolescente por la que solo florecía, si acaso, una pelusilla de andar por casa.

Al tiempo que caigo en la cuenta, no se por qué, que ya resulta muy difícil encontrar un chiquillo que llame a las aves por su nombre en vez de decir de forma genérica: “¡Mira, un pájaro!”, sin saber distinguir un arrendajo de una lechuza, o que en vez de decir “¡Aquello es un eucalipto!”, lo resume tan solo en un árbol, como si no hubiera encinas, olivos, alcornoques, pinos, ciruelos, almendros…

 

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