CACERES, POR ENRIQUE POLO DE LARA

Enrique Polo de Lara, Gobernador Civil de Cáceres, entre los años 1912-1913, dejó un señalado recuerdo entre la ciudadanía de aquel entonces por su dedicación a la provincia de Cáceres. (1).

 

Enrique Polo de Lara, (Sevilla, 1854-1931), teniente coronel de Artillería, masón, en posesión de la Cruz de San Hermenegildo. fue gobernador en diversas provincias de Cuba, en Manila, en Camarines, en Ilocos, y, ya en España, en Huelva, Santander, Cáceres, Soria y Almería.

También fue presidente de Izquierda Liberal en Sevilla, escribió numerosos artículos, diversos libros, creó una empresa de insecticidas, inventó el insecticida Polo, para naranjos y olivos, y hasta fue preso en Filipinas, de cuya cárcel se escapó, y sobrevivió, como pudo, durante 45 días, en  la selva, donde se alimentó de hierbas aceitosas como las denominadas ojos de mariposa. También fue cofundador de señaladas publicaciones en Sevilla.

Enrique Polo de Lara dejó en Cáceres la huella de una profunda actividad social, donde puso en marcha La Cantina Escolar, como ayuda alimenticia a los niños más humildes, veló por dignificar la Escuela, la figura del Maestro, mostró su máxima preocupación por el Hospicio y los Hospitales, fortaleció la autoridad de los curas párrocos en sus jurisdicciones municipales, saneó las costumbres y la moral, combatió el juego, una lacra social, trató de frenar la emigración, prohibió la mendicidad y luchó por erradicar las casas non-sanctas, prohibiendo “que salgan a la calle las mujeres de vida alegre”.

Enrique Polo de Lara dejó escrito en el periódico “El Bloque“, allá por 1913, el siguiente artículo titulado “Cáceres“:

CACERES

Cáceres la vieja, Cáceres la histórica, ¡qué hermosa y qué desconocida! ¡Qué joya de los pasados siglos, tan olvidada en el presente!

¡Qué de protestas contra la torpe ignorancia he lanzado al recorrer las silenciosas calles, tus completos barrios del siglo XII, y al contemplar los severos edificios, acusadores de tan largos siglos de existencia!

No hay joya en España como tú; ni la imperial Toledo, ni la vetusta Avila, ni la científica Salamanca; nadie como tú presenta romanos muros y árabes adarves, conservando las históricas puertas de estas épocas y desafiando enhiestas las iras de los hombres y la destrucción del tiempo, tus ennegridos torreones, gigantes de remotos siglos, que dicen a la generación presente su poderío del distanciado ayer; muros que encierran una ciudad con cimientos de las árabes mezquitas, con poblaciones feudales de heráldicos blasones; altas y almenadas torres, rancios conventos, arabescas casas de caprichosas labores y reducidos huecos; largas calles y algunas sin puerta alguna, de donde arrancan viejas construcciones sobre las naturales crestas de pizarras; otras estrechas, tortuosas; semienroscadas, llenas de sombra y de pálidas hierbas, pendientes, muy pendientes, porque Quinto Caecilio Metelo, gran conquistador y general romano, fundó esta Castra Caecilia en la parte alta de muy densa colina.

Aseméjase hoy, ante el olvido, como nido de águila caudal que las nubes besan y que solo explora o visita el atrevido turista. ¡Ah! el día que el turismo conozca de ti, seguramente que has de figurar en las primeras etapas de estos cultos y recreados paseos por la historia; historia que tan precisa es a la humanidad, como dice Cicerón, porque el hombre que no la conozca es siempre niño, dada la brevedad de la vida, que desaparece antes de que con los hechos pueda aprender el hombre.

En esta segunda mansión de las fundadas en la Calzada Romana de Mérida a Zaragoza, ora contemplar ejemplares preciosos de la estatuaria romana, como son las diosas Ceres y Diana: o bien el balcón que avanza desde cesáreo torrejón, en donde los diunviros dirigían la voz al pueblo, o estudias el derruido Sacello, que, al igual de los griegos, los Césares Augustos levantaban el pie de la vía lata para robustecer la fe en estos templetes o aedículas.

Otras veces te quedas absorto contemplando los árabes adarves, y recuerdas que allá en el noveno siglo, el rey moro de Coria, el valiente Zeh, humillaba a los árabes cacereños y noblemente indultaba a los pocos supervivientes a quienes respetaron las luchas del duro sitio y la terrible peste que azotó a la breve guarnición; o bien esperas ver arrolladas las arabescas armas por el firme empuje del católico rey Alfonso VII, que más tarde, dos años después, los azares de la guerra hizo triunfar la independencia árabe; y aquel Alhá-el-Camir, que quedó gobernándola, con sus talentos y energías, alzó palacios, borró las ruinas, conquistó dominios, consolidó los fuertes y murallas; y así ves la inmensa cisterna que abasteció a sus ejércitos y vecindarios, y la contemplas al igual que entonces, con un mismo nivel que sostienen tenaces manantiales las mismas argamasas y caños, el firme nacimiento natural y las grandes cadenas de hierro, enlazando poderosas columnas, bases del palacio que alzaron los alarifes del siglo XII.

En la vetusta Plaza de San Mateo se espera oir los alálores de los vencedores musulmanes, que ciegos de guerrero entusiasmo, propio de las victorias alcanzadas en Alcántara, coronaban rey de Al Karica y de Cantarat a su caudillo Alhá-el-Camir y esperas ver de un momento a otro el cruzar por los torcidos callejones la africana corte, mediando poco más o menos el siglo XII.

Doce años después recuerdas que aquellas plazas de armas cruzaban los primeros caballeros de Santiago, que, vencedores del indomable rey Alhá-el-Camir, mostrábanse orgullosos de haber arrollado con  fiero empuje a los defensores de la falsa religión, para nueve años después tener que rendir su cristiana valentía a las agarenas armas, las que cuatro después humilló Fernando de León quien, generoso, hizo cesión de la conquistada plaza a los caballeros santiaguistas, que no pudieron retener su poderío, dando lugar a treinta y tres años de guerras y turbulencias, en las que se repitieron los sitios y asaltos, retiradas y falaces promesas e incumplidos convenios, hasta que, al terminar el primer cuarto del siglo XIII, el rey D. Alfonso de León, ayudado por los calatravos, arrojó para siempre la morisca grey.

Como esta Cáceres de hoy, rica joya de los viejos tiempos, es tan espléndida y notable, y queda tanto y tanto por decir de ella, a pesar de vuela pluma, esbozador tan solo de sus historias y riquezas: hago alto, dejando al mañana como continuador compendioso y rápido extractador de los demás encantos de tan hermosa ciudad, reflejo fiel del siglo XII.

NOTA:

(1): En la sección PERSONAJES, de CACERES, EL BLOG DE JUAN DE LA CRUZ, se encuentra el capítulo titulado “POLO DE LARA, UN GOBERNADOR QUE SE VOLCO CON CACERES”.

 

 

 

 

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