“CACERES, UN SOPLO AL CORAZON”, POR CESAR ANTONIO MOLINA

Un día cualquiera, tras un viaje de ensueño por Cáceres, César Antonio Molina dijo, más o menos, en un medio de comunicación: “¡Qué fácil y qué difícil, es, a la vez, a pesar de la contradicción, escribir sobre Cáceres…!”. Acaso se escucharon hasta los puntos suspensivos del silencio. O puede que fuera, tal vez, mi imaginación desbordando cacereñismo. Si bien yo, con perdón del lector, prefiero utilizar la palabra cacereñeo.

 

CACERES, PABLO DONCEL

Vista panorámica de la Ciudad Medieval de Cáceres en un fascinante atardecer.

Luego, tal vez por esas fechas, César Antonio Molina se puso manos a la obra. Es decir, se puso a escribir sobre Cáceres. Y ese coruñés, que es capaz de compatibilizar el periodismo, la abogacía, la poesía y la política, que fuera director del Instituto Cervantes y ministro de Cultura, que ahora ejerce la docencia como profesor de Humanidades y Periodismo, con una biografía y un bagaje cultural de relieve, que en un poema, como “Juncos“, señala “Cada uno debajo de su duna, y el sagrado simún sellando todo“, logró, entre lo difícil y lo fácil escribir una recreación, mágica, esplendorosa, sobre Cáceres.

César Antonio Molina, un hombre de talla y de relieve notorio en las letras españolas, se iba maravillando en ese paseo, rítmico, sin prisa, bajo la lluvia de piedras hacia la eternidad y una suculenta serie de poemas de inspiración que le iban emanando en su recorrido por, para, en y hacia Cáceres.

Con un puñado de libros en su haber, entre ensayo, prosa y poesía, por ejemplo “Donde la eternidad envejece“, “Viaje a la Costa da morte“, “Olvido Necesario“, o “Juncos“, luce distinciones como la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, Caballero de la Orden de las Artes y las Letras (Francia) y el III Premio Letras de Bretaña.

Cuando César Antonio Molina repasó, en el silencio de la madrugada, aquellos folios sobre Cáceres, mientras dibujaba la ciudad en la mente en la recreación de la belleza más fascinante, decidió presentar el trabajo al VII Premio Internacional de Periodismo Ciudad de Cáceres, convocado por la Fundación Mercedes Calles y Carlos Ballestero, con el objetivo de premiar los trabajos periodísticos que contribuyan a la promoción del patrimonio y riqueza cultural de esta ciudad.

Y se alzó con el galardón con el artículo que títuló “Cáceres, un soplo al corazón“.

Cáceres, un soplo al corazón”, se conforma como un paseo por la Ciudad Medieval, por el Casco Histórico-Monumental de Cáceres mientras el autor procede a un diálogo con su yo pasado. Es decir, el de quien se acercó hasta ciudad y se hechizó. Lo que hace, en palabras del autor, como un diálogo entre la intermporalidad de la ciudad y la temporalidad juvenil y veterana del paseante. Una propuesta, en definitiva, como un recorrido poético por la Cáceres, Patrimonio de la Humanidad y tercer Conjunto Monumental de Europa. Leédlo, por favor, sencillamente.

CACERES. UN SOPLO AL CORAZÓN

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El Convento de San Pablo, uno de los rincones más sugestivos de Cáceres.

En ese paseo fantasmagórico que lleva a cabo Larra por el Madrid del día de difuntos del año 1836, detenido en el hoy bicentenario cementerio de San Isidro, ve enfrente el Palacio Real y, a sus espaldas, el camino a Extremadura «esa provincia virgen… como se ha llamado hasta ahora». Fígaro que se va cruzando con gentes que acuden a visitar a sus muertos, en fecha tan señalada, sin saber que ellos mismos lo están, pues «el cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio», mira hacia Extremadura como un lugar de esperanza, un lugar de luz, un lugar incógnito que, por otra parte, él bien conocía, de ahí sus magníficos textos sobre Mérida.

Extremadura tierra de luz y Cáceres uno de esos faros brillantes. Cáceres entre las frías sierras del norte agitadas de cerezas, entre las ricas vegas bañadas por abundantes ríos venidos desde las sierras del Tiétar y el Alagón culpables de los espárragos y el tabaco. Más abajo, al sur, el Tajo imperial coronado de puentes aireados por las cigüeñas, avutardas y grullas. Dehesas, campos de encinas y alcornoques. Las cigüeñas nos esperan en los altos nidos de la ciudad antigua, en la torre de su nombre, junto a la iglesia de San Mateo. Acabo de pasear por la Plaza Mayor bajo los naranjos, bajo los soportales, junto a las casas de arquitectura local, modernistas unas y otras repletas de azulejos de intensos colores. El pesado bastión de la muralla, las torres y edificaciones que ocultan muchos paños de la misma, alojan las escaleras que nos ascienden hacia el misterio encerrado. Hasta aquí todo era diáfano. Ahora lo escondido, lo apartado, el jardín pétreo, abierto para todos pero revelado para muy pocos. Por los terrenos de la Plaza Mayor y el Foro de los Balbos.

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Panorámica del Casco Histórico-Monumental de Cáceres.

Subo las escaleras, dejando atrás la gran explanada siempre alegre y, al atravesar el Arco de la Estrella, el silencio se va imponiendo: un espacio nuevo, distinto. Pocas ciudades antiguas tan teatrales. Varios caminos se nos abren, a diestra, siniestra y enfrente. ¿Cuál seguir? Ahora lo sé, después de tantos viajes pero entonces, la primera vez, la iniciática, tuve dudas. Mi padre siempre me aconsejó que eligiera el camino más difícil. Los laterales recorren el sendero seguro de la muralla, el de enfrente nos irá poniendo a prueba una y otra vez, pero también nos ofrecerá cobijo en los palacios, iglesias y torres vigía cegadas por el tiempo. Este recinto se asemeja a mi paisaje interior. Pétreo, enjuto y amplio, llano y en cuesta, abandonado y acompañado por el joven que uno fue y lo pisó tantas veces en primavera apoyándose en las rubias trenzas romanas. Ahora el otoño comienza a helar al fatigado caminante que necesita sentarse sobre las tumbas, que mira en la Concatedral de Santa María la Mayor al Cristo Negro crucificado. Todo el dolor del mundo expresado en esta madera retorcida. Comprensión de nosotros hacia Él, piedad de Él hacia nosotros. En la Plaza de Santa María, en la Plaza de San Mateo se ahuyenta a la vejez ya poco lejana. Si no llegase, mejor quedarse aquí dormido sobre un quicio del Palacio de los Toledo-Moctezuma, del Palacio Mayoralgo, del Palacio de los Golfines; y si lo hiciera -llegar a su tiempo- también recibirla triunfalmente desde el balcón protegido del palacio de los Solís o desde la torre de los Sande enmascarada por el jardín colgante de hiedras, antes de cubrirla de improperios.

Paseando, caminando por estas calles de un viejo atrezzo de Cinecitta es como una pequeña patria desconocida, la justa dimensión del imaginario de nuestro ser, la celda para recogerse de las tribulaciones, sabiendo, según escribió el de Tarso, que estos temporales producen paciencia, y la paciencia, prueba, y la prueba, esperanza. Ciudadela de la esperanza. Esperar desesperando por el laberinto de calles. Esperar no encontrar la salida, retrasarla. Entre estos muros de la Casa de los Carvajales, entre estos muros del convento de San Pablo, entre estos muros del Palacio de las Veletas me reconozco en una patria exiliada del tiempo. Y cuando uno encuentra su lugar ya no puede irse de él. En este bosque pétreo repleto, la mayor parte, de edificios renacentistas, ajeno a mí mismo, olvidado entre tantas piedras recordadas no siento ni goce ni dolor, solo presente intemporal. Olvido, protección vital contra los impedimentos del vivir y los recuerdos inoportunos.

Fecunda lentitud del caminar sin buscar nada y encontrándolo todo. En el palacio Episcopal, la sombra de Felipe II allí alojado tras ser coronado rey de Portugal. Lisboa tan cercana. «Transeúnte de todo -hasta de mi propia alma-, no pertenezco a nada, no deseo nada, no soy nada: centro abstracto de sensaciones impersonales, espejo caído sintiente girando hacia la variedad del mundo. Con esto, no sé si voy feliz o infeliz, ni me importa». ¿Pessoa escribiría lo mismo paseando por aquí que por la Baixa de Lisboa? Seguramente sí.

Quisisana. Escuché esta palabra una vez en Italia, quizás latina, La persona, en la Isola Tiberina, me dijo que allí se sanaba. Aquí también. Todo el mundo se sana donde no permanece. Y la ciudad antigua de Cáceres, no está, está en el aire prendida del pico de las cigüeñas. Aquí este lugar avala mi existencia de transeúnte. Los monumentos me acogen, me respetan, me lanzan el mismo silencioso desdén que Ayax le regaló a Ulises en el inframundo. Ciudadela del silencio entre adarves, aljibes y patios interiores. El silencio más grande y sublime que cualquier palabra. ¡Ya tantas han sido escritas en su honor! «La arquitectura es el silencio» escribió el poeta Diego Doncel. Ni mis pasos siquiera se atreven a marcar el ritmo de mi corazón. O mejor aún, estas piedras se niegan a repercutir mi choque cuidadoso sobre ellas, tan lijadas, tan limpias, tan veteadas de cirros. Don Juan Manuel, en ‘El Conde Lucanor’, cuenta que el rey de Sevilla -tan cercana- al-Mu’tamid no pudo impedir el deseo irrefrenable de su esposa I´timad, de pisar el barro y construir ella misma adobes. Entonces el esposo, para hacerle más liviana esta prueba, mandó arrojar sobre aquella fea y maloliente materia: azúcar, canela, jengibre, ámbar, algalia y otras especies y perfumes. Así los suelos de esta parte de la ciudad invisible. En el palacio de los Golfines -mi favorito- se alojó a los Reyes Católicos que desmocharon estos palacios. Ciudad invisible, ciudad oculta, todos la quieren ver pero ¿quién se queda para amarla? Solo aquellos que aún buscamos, como Garcilaso, alguna herida al corazón «… aún teniendo buena vida,/esa razón/perdella y, estando sano,/buscar alguna herida/al corazón».

Dioses destronados

Este paisaje urbano, este esqueleto del tiempo detenido a los pies de una muralla, crea la ilusión de algo que ya no existe, pero que quisiéramos que todavía existiera. Las arquitecturas me necesitan y yo a ellas. Dioses destronados estos roquedales esculpidos. Lares y penates apenas somos quienes nos aventuramos a ir errantes. Entre las calles Tiendas y Amargura, junto al palacio de Carvajal o Casa Quemada puedo percibir al Dios de Spinoza, el más cercano para mi entendimiento. Un dios inmanente, una sustancia que no solo está comprometida con el mundo sino que, en cierto sentido, es el mismo mundo. Ambos, piedras y huesos somos él mismo mundo.

Entro en la iglesia de San Francisco Javier después de subir las escaleras protegidas por la estatua en bronce de San Jorge hostigando al dragón, y todo está en penumbra, incluso la misa ha detenido al órgano y a las palabras divinas. La música y las palabras fueron una construcción humana, el silencio no. La pureza pertenece solo al silencio y, por tanto, a la ausencia de lo decible. Gritos en el exterior de la iglesia, en el atrio, que rompen violentamente el gélido llanto de piedra. Gritos y ladridos. El lugar primario de la humanización de la vida fue el grito. Gritos festivos para celebrar el amor de los jóvenes contrayentes. ¡Ah! el amor, en esta isla de la utopía. ¡Ah! el amor desde las ventanas góticas de la casa del Águila. Perdonarle al amado incluso el deseo.

Arriba, más arriba, la Casa de las Veletas y en su interior el aljibe almohade tan bello como los de Constantinopla. Veo mi reflejo sobre sus aguas en marea baja y pienso que siempre habrá muchos bañistas en las aguas del Leteo. Elias Canetti, en La conciencia de las palabras, afirma que no puede ser tarea del escritor dejar a la humanidad en brazos de la muerte. Siempre activo, jamás capitulará en esa batalla. Desde esta altura escucho en mi oído un verso de Víctor Hugo que la ciudad misma me susurra «Soy lo que cuando un mundo se destruyó renace».

Podemos tomar a broma la expresión «encontrarse a sí mismo», pero esa figura del lenguaje pese a su reiteración y agotamiento reconoce nuestro sentimiento profundo de que quienes somos está ligado a dónde estamos. Caminar es nuestra manera fundamental de estar en el mundo. Caminar es un proceso continuo de autorenovación, de ganar tiempo al tiempo, de convertirnos nosotros mismos en espacio.

En el antiguo barrio judío, desde donde se ven aún huertos cultivados, me siento sobre el saliente de una roca a ver crecer la hierba y pienso que también florece en Birkenau, al igual que en todas partes. La hierba no está asqueada de resurgir en esos lugares tan bellos que albergaron un indecible dolor. La insolente primavera es lo que hace brillar al tiempo. Comprender es perdonar, pero cuando no se comprende, perdonar es inútil.

Cáceres, ciudad de provincia. Pero como escribió W. C. Williams en Paterson «la provincia del poema es el mundo». Camino de regreso por los mismos lugares, pensando en cuántas otras veces los volveré a pisar. Al llegar al palacio de los Toledo-Moctezuma busco la librería de viejo Boxoyo y compro varios grabados antiguos donde se ven aunados fragmentos de inscripciones romanas rotas.

Salgo de nuevo por el arco de la Estrella. Las escaleras como un abismo. Veo toda la Plaza Mayor en pleno jolgorio. Hay varios puestos de flores «compramos corazones a las floristas:/eran azules y se abrían en el agua» (dice Paul Celan en ‘Corona’). Bajo las escaleras, paso a formar parte de la Plaza Mayor y descubro, como Vallejo, «el humo que, al fin, sale del futuro». En él estoy.

NOTA: La primera fotografía está obra del gran fotógrafo cacereño Pablo Doncel, la segunda está captada del Blog Fotos de José Antonio y la panorámica de la tercera fotografía es del blog Foto por Carlos Estévez.

2 comments on ““CACERES, UN SOPLO AL CORAZON”, POR CESAR ANTONIO MOLINA
  1. Tu cacereñeo es de lujo, amigo Juan.
    Un abrazo.

    • Muchas gracias, Juanjo. Resulta todo un placer contar en la nómina de amigos, compañeros, colegas, paisanos, con personas de tu relieve. Algo de lo que cada día me enorgullezco más, mientras me sosiego y disfruto con la placidez de tus versos y la calidez y la calidad de tu palabra, siempre, amiga. Un abrazo.

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