CAMINANDO POR CACERES

Camino. Más, al caminar, me vibra, acaso hasta el dolor, el alma, Cáceres, en el ansia emocional de la vida. Y, más aún, en el silencio de mi propio interior, como si llegara. como cada día, la hora de la reflexión, con uno mismo. Que es, cuentan, donde radica la verdad personal. Es decir, el momento en que uno habla consigo mismo.

 

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El Casco Histórico-Monumental de la ciudad de Cáceres invita a la reflexión, al sosiego, a pasear con y por la historia.

Me escuece de pasión el pasear caminando por Cáceres como me escuece el canto y el llanto en el jardín en soledad, como el parpadeo por la lagrimilla que me hace ver, de forma borrosa, la Plaza de Santa María, el Palacio de los Golfines de Abajo y esquinado y abrazado para siempre a la Plaza de San Jorge, la esbeltez de la iglesia de la Preciosa Sangre, el escondido Rincón de la Monja en el puzle laberíntico del Casco Histórico-Monumental, la majestuosidad, diría que sublime, del Convento de San Pablo, envuelto entre dulces cánticos de las monjas de la clausura clarisa, la hondura de la Cuesta de la Compañía, la estrecha cuesta de la Calle Ancha, el largo sendero del Adarve, el volar incansable y  elegante de la cigüeña o la alocada bandada de vencejos y golondrinas, el silencio de los cielos cacereños pintarrajeados, con frecuencia, de azul claro, la panorámica desde la Plazuela de las Veletas con el Santuario de la Montaña allí arriba, envuelto entre paisajes de campos verdes y rocas grises y ocres, los recovecos del encanto de una Ciudad de la historia silueteada y esmaltada en arte, las ideas y venidas y los trasiegos de unos y otros, el sentido medieval del Casco Histórico-Monumental…

Reflexiono mientras camino Cáceres por tu recorrido intramuros. Quizás sin mayor destino que aquel al que me dirigen mis pasos. Pero se me exalta de eternidad la mirada hacia lo más alto del cielo… Ya puede corretear con toda la fuerza del mundo el agua de la lluvia invernal por tus plazoletas, ya puede deslumbrar el sol estival en las espadañas o en las piedras graníticas de las paredes de tus casonas palaciegas y nobiliarias, esculpirse la silueta del tañido de la campana, incansable en su melodía, pregonando su eco a los cuatro vientos por los rincones de las callejuelas, o correr con vehemencia ardorosa mi propia sangre por tu empedrado. Allá por donde transcurre la historia de la judería, el tránsito de la morisma, la conquista de la cristiandad.

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La ciudad de Cáceres está declarada Patrimonio de la Humanidad y es el Tercer Conjunto Monumental de Europa, tras Praga y Tallín.

Y, de repente, mientras escucho el palpito de mi corazón, me he quedado estático, con una respiración inmensamente contenida. Acaso, tal vez, por la intensidad del ritmo de mis pensamientos que van a desembocar a la mar de los suspiros, de las secuencias del paso implacable del tiempo… Como si dijéramos adiós a cada segundo y que, en el fondo, es lo que hacemos con el segundo que acaba de quedar atrás. ¡Quizás, qué contradicción, pasos vacíos y perdidos en un mundillo de inercias! Pero, eso sí, clavados y crucificados en en un recorrido acaso sin destino, caminando, extrañamente, desde la quietud. Esto es, sin avanzar por los caminos de Cáceres.

Un día, verás, aprendí a mamar el amor por ti, Cáceres. Lecciones de amor que quedaron grabadas a sangre y fuego. No ya en mi piel, no. En mi corazón, en mis adentros, en mi alma. Y, ahora, tras el examen de conciencia, tras la reflexión, no me importaría convertirme en una estatuilla mínima, insignificante, y albergarme, tan solo, en el mejinal, en la oquedad del nido de una privilegiada chova de las que habitan intramuros de la Ciudad Medieval, y adormilarme.

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Una bellísima instantánea fotográfica sobre el revoloteo de una bandada de golondrinas en la Ciudad monumental de Cáceres.

Lo haría con sosiego, con calma, con relajo. Al tiempo, con mucha melancolía y con unas cataratas de melancolía. Quizás, dejándome llevar por el caudal de miles de imágenes, de esas de siempre, de las que todos albergamos en lo más profundo de nuestroça alma, mientras suenan los alegres acordes de la Marcha Radetzky. Sí, la que compuso Johan Strauss, como si fuera el final de un Concierto de Año Nuevo, con los acordes de la Orquesta Sinfónica de Viena, como ya es tradicional en la historia, o, acaso, con la mágica placidez para escuchar aquella composición sublime del maestro gaditano Joaquín Rodrigo titulada “Noche en los Jardínes de España”, mientras repiquetea y salta por todas una de las piedras y de los palmos del espacio del Casco Histórico-Monumental de Cáceres.

Sería lo menos que se merece dormitar, plácidamente, en el nido de una chova, a golpe de historia, de campanas, de palacios, de ermitas, de casonas nobiliarias, de museos, con sabor a unas aventuras y a unas épocas verdaderamente apasionante en el curso de la vida de Cáceres para llegar hasta hoy.

NOTA: La primera fotografía está captada del periódico ABC, la segunda del blog spot ampemu y la tercera es del diario Hoy.

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