COLONIALES Y EMBUTIDOS. HIJOS DE SATURNINO CASARES (CACERES, 1944)

Paso revista al apartado de las CURIOSIDADES de AQUEL CACERES que se almacenan en mi Archivo. En esas me topo con este curioso sobre, año 1944, de COLONIALES Y EMBUTIDOS. HIJOS DE SATURNINO CASARES.

Que, como esa propia fenomenología de las fechas y el reloj, al ritmo de las estampas, de las imágenes documentales, de tantos recuerdos de aquellas generaciones, pareciera detenerse, emocionalmente, en el Cáceres de Aquellos Tiempos. Y en donde, como se suele exponer de forma coloquial todo el mundo se conocía. Al menos, se apuntaba, de vista.

Y donde las tiendas de ultramarinos, como la de SATURNINO CASARES, treinta años antes, en 1914, en el número 2 de la Plaza Mayor se anunciaba del siguiente tenor: «Gran surtido de vinos y licores del Reino y extranjero, conservas de carne, hortaliza y pescados, tés, cafés, azúcares, arroces, chocolates y otros artículos concernientes al ramo. Especialidad en embutidos, salchichones, lomos y jamones».
Lo mismo que otros establecimientos desprendían aromas de quesos, de cabra, de vaca, de oveja sardinas arenques, bacalao seco y salado a más no poder, aceite que se surtía desde un aspersor a presión sobre el mostrador, y unos cuantos sacos de arpillera basta y abiertos de judías, de garbanzos, de arroz, de lentejas, tratando de lucir, dentro de un orden, la calidad de los productos, y grandes latas de sardinas apelmazadas… Mientras el dependiente despachaba a la clientela, que pedían «cuarto y mitad» de algunos productos, porque no había más bemoles que estirar las pesetas como si de chicles se tratara, se desarrollaba una pequeña tertulia: Sobre lo caro de los productos, sobre el tiempo, sobre el vecindario… 
Lo mismo que tertulias de índole parecida se desarrollaban por los bares — «¡Pasen al fondo por favor, señores buenas tardes…! ¡Hay calamares, sepia a la plancha, prueba de cerdo, criadillas de tierra, ensaladilla especial de la casa, gambas, torreznos, señores, tortilla recién salida de la factoría de la cocina de ésta, su casa, que es la de todos ustedes!», como en las peluquerías y barberías, como en los estancos, como en las librerías, como en las tiendas de retales, como en los puestos del Mercado, como en la existencia de tantos y tantos comercios, que formaban parte de las esencias y también, claro es, cómo no, de las comidillas de aire social y ciudadano, cercano y popular, urbano y capitalino. Y en los que también existía, claro es, lógico, un mundillo de zascandileo, de alguna que otra indiscreción, de corte venial… De donde salía un mundillo viviente a imagen y semejanza de cuanto se ambientaba en el escenario de la ciudad.
Lo cual, para no engañarnos, disponía de un atractivo imán y saber de las novedades que iban acaeciendo por el paisaje human y el paraje urbano de la ciudad cacereña. 
Tertulias, chácharas, conversaciones, parrafadas, en los segmentos hilvanados alrededor de Cáceres, y en las que en el transcurso de las cuales se pasaba revista, pausada, sosegada, tranquilamente, sin mayores prisas –que es el mejor recetario para las siempre sabrosas reuniones y encuentros de conocidos y amigos– salvo que entrara al local un cliente adobado de prisas e impertinencias y celeridades y prosas que poco o nada tienen que ver con el sosiego que se respira en esas pegadas de hebra y en eso párrafos –que decía el paisano– con la referencia en el periódico volante de la actualidad local.
Una visita a cualquiera de esos locales servía, por tanto, para ponerse al día de los aconteceres cacereños, y poder informar a otros vecinos del paisanaje cacereño- 

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