DIA DE MERCADO EN EXTREMADURA

… Avanzaba el año 1929. Ya se había recorrido el pueblo entero el pregonero, en cualquier municipio de Extremadura, voceando por todas las esquinas que tocaba mercado: «De parteeeeeee del señor alcaldeeeeeeeee, se hace sabeeeeeeer que el próximo jueves hay Mercado en el lugar de costumbreeeeee….»

Ya se sabe: Se animaba el ambiente de todos los lugareños que hacían del día del mercado una especie de semifestividad.
Bullicio, curiosidad, animación, capricho y duros regateos entre una y otra parte, vendedor y comprador, que ya decían por el pueblo, desde siempre, que «estos vendedores ambulantes, a los que llaman con mucha razón mercaderes, son más listos que el hambre. Y no queda otra que espabilar«.
Lo sabían y conocían  de sobre el paisanaje que se concentraba, de forma periódica, según el anuncio de Emerenciano, el Pregonero, con gorra de plato donde destacaba el escudo municipal, que se le subía el pavo y se consideraba una autoridad, entre los puestos de telas, de zapatos, de ferreterías y de calderos, de ropas de todos los colores y tallas, y que se probaban en las traseras del instalache… Y puesto, también, de dulces típicos de la tierra, como debe de ser, qué caray, de perrunillas, de rosquillas, de mantecados, de pestiños, de roscas de alfajor, de bolluelas, puestos de alfarería, con piporros, cántaros y platos, de puestos conformados por especias de todo tipo, por frutas de la temporada, por golosinas, regaliz, chicles, caramelos, garrapiñadas, algarrobas, pipas de girasol, pipas de calabaza, con niños que parecían enjambres de moscas a los que el vendedor trataba de espantar con una fuerte palmada, «chás», al tiempo que pegaba un zapatazo sobre el suelo y trataba de asustarlos al grito de «¡Uuuuuuuhhhh», como imitando a un mochuelo. Y otros más, claro es.
Mercado arriba, mercado abajo: Un desfile de panas añejas con olor a campo y ganado, de refajos, de chambras, de faldriqueras, de pañuelos sobre la cabeza «para evitar la calor», de sombreros, de botas, de fajas, de chismorreos, de pegar la hebra y darle a la húmeda y echarse una buena parrafada entre bromas, chanzas, risas, piques y zascandileos. Lo propio, Que de todo hay en la viña del Señor…
Luego, al alcanzarse el medio mediodía, con el sol sacudiendo un poco de estopa, que espantaba poco a los lugareños y a las lugareñas, cesta de mimbre o saco de tela en la mano, repleto de compras, el runruneo del periódico volante y hablado del pueblo, entre chismes y cotilleos, y miradas de toda índole, se explayaba junto a la barra del bar, con mostrador de madera mientras los camareros servían «chatos» de pitarra, pegaban un vozarrón por una ventanilla, tras correr una cortina, «»¡Una ración de queso de cabra a la voz de ya…!». que retumbaba por todo el local. Vozarrón al que respondía un berrido de «¡Oído, cocina!«, que también retumbaba por el local de la tasca, mientras iban saliendo, poco a poco, cazuelillas de aperitivos acompañadas con pinchos de torrezno. patatera de la matanza o hasta unas migas extremeñas, aunque fuera la una y media de la tarde. Que para el buen comer nunca es tarde..
También, claro, tal se puede apreciar en el pie de fotografía, un puesto de turrón, almendras y peladillas que sabían, sobre todo, a pureza sin mezclas químicas…
De esto hace la friolera de noventa y un años… Y es que la vida no es más que un suspiro…
«CACEREÑEANDO, EL BLOG DE JUAN DE LA CRUZ»

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