DON VALERIANO

Un buen amigo de Cáceres me solicitaba días pasados una fotografía de mi padre, don Valeriano, en estos términos:

 

Juan ¿No tienes por ahí una fotografía de tu padre de joven? Que hoy le he hablado a mi padre de ti, a raíz de uno de tus últimos artículos y que se lo he leído de cabo a rabo… Ya sabes que le tenía mucho cariño y me ha dicho que le haría una ilusión enorme ver cómo podía ser por aquella época…

Me pongo manos a la obra. Revolviendo papeles que se conforman como una especie de laberinto en el que el escritor y periodista, se pierde –¡qué contradicción!– ante un más que desordenado archivo.

Encuentro, claro, una amplia serie de fotografías. Pero, con don Valeriano Gutiérrez Macías, ya, más mayor de lo que me solicita el amigo en cuestión. Quizás imprimiendo esa dinámica de hábitos y conocimientos a los que se dedicó y entregó, siempre, con harto afán y empeño.

Y al seleccionar la fotografía elijo la que figura a la izquierda de estas líneas, que data de 1944, cuando don Valeriano contaba con treinta años de edad.

Como ya he escrito de y sobre don Valeriano en diversos artículos y hasta con una semblanza resumida alrededor de su cacereñismo, el hijo del gran amigo de mi padre, me solicita, al tiempo, de parte del suyo, que por qué no le dejo constancia, de paso, de aquellos sus hábitos, de su carácter, de su modo y forma de ser.

Más me lo pone harto cuesta arriba. Porque soy hijo suyo, el cuarto de la saga de siete, aunque el pequeño, Valín, mi querídisimo, inolvidable hermano, se despidió con tan solo ocho años, víctima de una cruel enfermedad… Me pregunto, entonces, que qué va a decir uno de su padre…

Pero consideré que debía de aceptar el reto.

Por ahí quedan algunas páginas –muchas– de la historia de Cáceres con su trayectoria y con su firma. Con su imagen en numerosos actos oficiales, civiles, religiosos, militares, pregones, conferencias, conciertos, congresos, reuniones, encuentros, ferias, certámenes, inauguraciones, procesiones, pruebas deportivas, desfiles de modelos , festivales, entrevistas, artículos, reportajes, libros…

Me encierro un tiempo en el rincón del modesto escritor, en medio de una marabunta de papeles, de folios, de apuntes. Miro por la ventana sin saber qué dirección toma mi visión y que se abre en un abanico con una multitud de secuencias. Todas ellas, por supuesto, cacereñas, en la inmensidad de su entrega, permanente y desde siempre, a la ciudad y a la provincia. Pienso un poco, con el fondo de un cielo pincelado y cincelado de azul bamboleando en la tarde canicular, y encuentro a un hombre, don Valeriano, plenamente generoso, honesto, transparente, invadido por la paz y la moral, la ética y la bonhomía, la cordialidad y la capacidad de servicio, el cacereñismo como santo y seña, desde cuya atalaya oteaba los segmentos de su vida…

Buena gente, amigo lector, buena gente. Trabajador, constante, amable. Su empeño: Cumplir al máximo con sus responsabilidades y ocupaciones y compromisos en, por, para, hacia, con Cáceres en el centro de sus planteamientos y objetivos. Como objetivo prioritario de gran dedicación lo era, por supuesto, el de formarnos a su prole en el recorrido y en la trayectoria de la vida por los caminos, las vías y los segmentos del respeto, la nobleza, la aplicación en las tareas, la cordialidad, el estudio. Y siempre, además, ocupado en numerosos asuntos de diversa índole, parecía estar por todas partes y a todas horas.

Uno de sus hábitos, cuando éramos unos mochuelos, pasaba por hacernos repasar, antes de coger los bártulos camino del Colegio, los deberes y las lecciones. Y, aquí, entre amigos, es de dejar constancia que no había forma humana de engañarle, siquiera fuera venialmente.

Lo mismo que por las tardes, tras dejar a los secretarios, Juan Castaño Suero, primero, funcionario de la Diputación, cuya madre tenía una pensión donde residían jugadores del Club Deportivo Cacereño, y Félix Hidalgo, posteriormente, a quienes dictaba con su elocuencia y énfasis habitual sus ensayos y artículos y crónicas y estudios y apuntes, y tras llevar a cabo sus numerosas ocupaciones, solía sacar tiempo de donde fuera y dictarnos un buen párrafo de la “Ortografía Práctica”, por ejemplo, del terrible Luis Miranda Podadera, para que evitáramos las faltas de ortografía. ¡Con el amigo Miranda Podadera nos traía en jaque…!

Hablaba con nosotros, de modo cercano, cuando buenamente podía y trataba de orientarnos por esos páramos del misterio y el ministerio de la vida. Con su bondad habitual, cuajada de consejos. Lo mismo que nos llevaba de las riendas con frecuencia para que leyéramos frecuentemente alguna página en alta voz de cualquier libro. Por ejemplo, echando mano de la biblioteca, “Castilla”, de Azorín. Un libro, por cierto, delicioso. Eso sí, corrigiéndonos la pronunciación, o algo que nos ponía en algún aprieto mayor. Entonces hacía un alto y te interrogaba:

— ¡A ver, Juanito ¿Qué quiere decir esa palabra que acabas de leer?

— Pues, pues, pues… la verdad, es que no lo sé.

— ¿Y no se te ocurre, hijo, preguntarme por su significado?

Se hacía un silencio. Uno no sabía qué decir. Don Valeriano, entonces, te incitaba a que lo consultaras en el Espasa Calpe. Y hala, a buscar entre los catorce o quince tomos de la enciclopedia…! Y a empaparte de lo que significaba una de esas palabras, raras de toda rareza, con que se barnizaba la consulta y por la que te podría preguntar, disimuladamente, o no, a los cuatro o cinco días.

Por las mañanas se encerraba un ratejo en el despacho, con el periódico «Hoy«, trabajando ordenadamente en sus apuntes, en sus notas, en sus artículos, en sus conferencias, hasta que llegaba el correo, hacia eso de las nueve o nueve y media, con un pitido del cartero, que, bajando el picaporte y abriendo la puerta de entrada, así como familiarmente, asomaba la cabeza y gritaba con un vozarrón: “Don Valerianooooo”. Allí esperaba el “ABC”, el “Informaciones”, “La Vanguardia Española”, “El Noticiero”, “El Regional” de Plasencia, “La Estafeta Literaria”, “La Opinión” de Trujillo, la revista “Hespérides”, junto a otra otras, unas cuantas cartas, la mayoría rogando su interés y ayuda en algunas cuestiones referidas a los pueblos de la geografía extremeña… De lo que don Valeriano tomaba buena nota como las tomaba, asimismo, en sus paseos por Cáceres o en sus despachos, apuntándolo todo y cumpliendo, hasta donde buenamente podía, con las sugerencias, propuestas, inquietudes del paisanaje y de los escenarios locales.

Otras veces, quién sabe, te llevaba a acompañarle a alguna labor que se lo permitiera. Y si la misma se llevaba a cabo por las calles de Cáceres, honradamente, aquí, entre amigos, se hacía largo y difícil el recorrido. Enfilábamos la calle General Margallo abajo, porque arriba sería en dirección a la Plaza Delicias.

Tras el saludo a los primeros y más próximos vecinos, con Saturnino Durán, vecino pared con pared, practicante y amante de los canarios, con el que hablaba de sus pájaros y premios en los concursos de canaricultura, o el maestro don Juan Checa Campos, al que le preguntaba cómo marchaba el escolar, y don Juan, buena gente, sonreía piadosamente. Cruzábamos a la acera de los números impares y saludaba a Juan Manuel Cuadrado Ceballos, que vivía enfrente justo de nuestra casa, a quien le daba la mano inclinándose levemente, por su condición sacerdotal, un ratillo con el profesor don Antonio Luceño, y, más adelante, con Antonio Rubio Rojas, que, por aquel entonces, con su Biscuter la puerta, memorizaba los temas de la carrera de Historia, que, en siendo verano, le escuchábamos los vecinos, porque Antonio mostraba su perfil de estudiante haciéndolo en voz alta, en el salón de su casa, que daba a la calle y con la ventana abierta…

Un alto en el camino y una parrafada con Antonio Rubio que, casi siempre le consultaba cuestiones de Cáceres, su predilección, también, de quien sería Cronista de la Ciudad, y que allá por Sexto Curso de Bachiller, me impartiría clases particulares de Latín, con su disciplina amiga. En diversas ocasiones, cuando don Valeriano ejercía de Primer Teniente de Alcalde y presidente de la Comisión de Ferias y Festejos, Antonio Rubio, extraordinario aficionado taurino de la mano de su padre, le apuntaba que había que cuajar las Ferias de Mayo y de Septiembre de buenos espectáculos taurinos. Y así se hizo con el empresario Diodoro Canorea al frente de la Plaza de Toros, que hasta llegó a ofrecer tres corridas en mayo y seis u ocho novilladas en verano con Pepe Luis Blasco, «Caetano», Manuel Alvarez “El Bala”, que citaba en la suerte de banderillas sentado en una silla, Luis Alviz, un buen torero cacereño, serio, profundo, con no demasiada suerte en el siempre difícil panorama taurino, Miguel Oropesa o Enrique Ortega “Orteguita”, entre otros muchos.

Otro cruce de acera y una charla con el teniente coronel y Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, Moreno Antequera, en conversación de aires militares y cacereños, claro es, del que se despedía:

— ¡Saludos para el señor Morán…!, –padre de su encantadora mujer, y, a la sazón amigo, vecino y contertulio de mi abuelo materno, Andrés Gómez Carrasco.

Unos metros más adelante:

— Cédele la parte de la acera, como un caballero, a Doña Valentina.

Junto a la estatua de San Pedro de Alcántara, obra de su gran amigo Enrique Pérez Comendador

Junto a la estatua de San Pedro de Alcántara, obra de su gran amigo Enrique Pérez Comendador

Acera abajo. Y otro saludo. Miraba el reloj y como debiera sobrarle algo de tiempo, cosa extraña por otra parte, se paraba, al lado de la tienda de ultramarinos de Cascos, con el médico otorrinolaringólogo don Luis María Gil y Gil, con quien puso en marcha la Cofradía del Cristo de las Batallas, con desfile en las noches del lunes santo. Charlaban, ambos dos, en función de su respectiva disposición, mientras su hijo Luis y yo charlábamos el rato que estuvieran echando el párrafo nuestros padres. Luego enfilábamos por la Callejina, hoy llamada Palafox, y según subíamos, saludaba en la misma, donde vivía, a doña Quintina, madre de mi amigo y compañero Francisco Sandoval, y maestra…

Tirábamos un poco más arriba y desembocábamos en la calle José Antonio, dándonos de frente con la casa donde moraban, entre otros, un maestro tan culto y esmerado como don Licerio Granados, –«¿Cómo marchan esos estudiantes, don Licerio? Apriételes un poquito, que se apliquen y formen con esmero por su propio bien…!«–, a lo que don Licerio replicaba, con su sempiterna sonrisa, que trataba de formarlos en los principios pedagógicos, docentes, escolares y humanos, y don Martín Duque Fuentes, catedrático de Latín, que alguna vez me preguntara, con aire cordial, como siempre, ante mi padre “¿Quo vadis, Iohannes?” Uno, entonces, enrojecía y no sabía qué decir, a pesar de la generosidad de la pregunta tan sencilla de don Martín. Si bien aclararé que la respuesta no se la podría dar, específicamente, entre latines bachilleres… Ni tan siquiera en latín macarrónico, como nos espetara, de forma bonachona, cuando los alumnos errábamos en las respuestas de sus lecciones, por cierto, siempre magistrales. ¡A ver cómo le respondía que voy acompañando a mi padre, don Valeriano, a saludar a medio Cáceres por lo menos y con cuyas gentes, buena parte amigos y buena parte conocidos, habríamos de toparnos entre la calle Margallo y el Ayuntamiento, hasta la Plaza de San Juan, o vete a saber si no te llevaba hasta el Paseo de Cánovas…! Eso ya sería la intemerata.

Apenas dábamos unos cortos pasos y podía aparecer en la escena del paisaje y del paraje urbano de la calle José Antonio Juan Ramón Marchena para pegar la hebra un rato sobre asuntos munícipes, Y más adelante tirando hacia General Ezponda, allá que te encontrabas, casualitas casualitatis, con don Casimiro García García, por donde comenzaba la calle, con carácter de corte severo, que impartía la asignatura de Religión en el Instituto “El Brocense”, en cuarto de Bachiller, y que en sus mosqueos de clase por el alboroto del alumnado nos llamaba bolcheviques. Por lo que había que echar mano del diccionario y buscar la palabra bolcheviques: “Radicales revolucionarios del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, bajo el mando de Stalin y Lenin, hasta alcanzar la Gran Revolución Rusa”). Con las gafas en la punta de la nariz, y los ojos bien abiertos, merodeaba buscando los rostros de los bachilleres, hijos de conocidos suyos, sacaba el dedo índice de la mano derecha, así como con un aire acusador, y añadía:

— ¡Ya se lo diré a tu padre, Gutiérrez…!

Otra vez rojo porque don Casimiro, al que con frecuencia le entraban algunas manías, dicho con todo respeto, lo cual no dejaba de ser una opinión bastante mayoritaria, por cierto, del colectivo estudiantil, llevaba a cabo su promesa y, en cuanto se ponía a tiro don Valeriano, le chivaba la amenaza. Ligera reprimenda en casa («Me ha dado parte don Casimiro…«), aunque la mayoría de las veces, uno era inocente, pero no valían las explicaciones y aquí, uno, se convertía en pagano del pato…

Dejando atrás el paraje de la calle José Antonio la opción preferida era echar por General Esponda abajo. Por allí se podía escuchar a Emilio Rey «El Pato«, que hizo sus pinitos toreros, decirle “¡Adiós, don Valeriano y compañía…!”, a Amador, «¡A ver cuándo pasa por esta casa, don Valeriano! ¿No se da cuenta del olor tan apetitoso que sale de la cocina?”, en la bodega de Tino, con amplia profundidad y numerosos y enormes toneles con variadas clases de vino, donde solía aparecer a mediodía el sacerdote don Benjamín, que vivía en la calle Santa Gertrudis, que me daba clase particular, y que se entretenía sentado en un tonel tumbado, y a don Rufino, padre de Antonio Rubio, con su comercio de lozas y otros productos atrapado entre los aromas de la pastelería Cabeig y el bar de Amador… O cruzaba de acera en un salto, a la altura de los bares citados, y se encaminaba hacia la Delegación Provincial de Información y Turismo, y charlar con sus titulares como podría ser el caso, por ejemplo, de Gerardo Mariñas Otero, del que con el tiempo me enteré que era familiar de mi gran amigo y compañero en Televisión Española, ya fallecido, Luis Mariñas Lage, excelente periodista y comunicador, y de Luis Fernández Madrid, que alcanzaría el Gobierno Civil de Sevilla. Y si acaso optaba porque echáramos por la Plazuela de la Concepción, pues más de lo mismo. Seguro, seguro, que una charleta con don Victor Gerardo García Camino, catedrático de Literatura, y al frente de la Biblioteca, o doña Isabel Luna, bibliotecaria de amable atención con los estudiantes que transitábamos por aquel salón repleto de libros. Tan solo con la única diferencia de encontrarnos con distintos personajes del escenario humano incrustado en el Cáceres de Aquellos Tiempos…

Ya llevaríamos cerca de una hora caminando. Si acaso al hijo de don Valeriano le daba por mostrar alguna queja de la lentitud y/o aburrimiento del camino, para el autor de estas líneas, respondía con humor imbativle:

— ¡Pero, hombre! ¿Es que no te gusta saludar a los amigos de tu padre e irlos conociendo poco a poco? Pero si son todos ellos muy agradables…

Uno, entonces, tragaba de salida, murmuraba algo entre dientes, que no pasaba de un «¡jooooooo…!» y continuaba acompañando el desfile eminentemente cacereñeador de don Valeriano, que, para no engañarnos, lo saboreaba plenamente. Llegando a la Plaza Mayor habría de continuar el largo rosario de encuentros. Nos introducíamos por los portales de la izquierda y empezar los saludos. Venga, vamos allá: Con Chelo, en la librería Hormigo, si le tenía guardado alguno de los ejemplares pendientes de entrega, en la imprenta “La Minerva”, en la farmacia Castel, por cuyas esencias y aires revolotean tantas tertulias de aquellos finales del diecinueve y principios del veinte, con personajes ilustres en las páginas de la historia de Cáceres, con Terio, que me animaba a escribir en el “Hoy” sobre baloncesto, (lo que consiguió, gracias a la generosidad de Narciso Puig Megías, delegado del periódico en Cáceres) a ver si incitábamos a que la afición del paisanaje apoyara a aquel San Fernando de tanto eco en Cáceres, Salvador Agusti, Ayúcar, Félix Candela, Juan Palomino, Nani…, –«¡Menudo equipazo…!»–, la charla, obligada con Durán, en el estanco, mientras echaba una ojeadilla a los periódicos nacionales, que encontraban en batería sobre el mostrador, y ya, no te cuento al entrar en la calle Pintores…

Unos y otros, adiós, hola, hasta luego, «A ver si nos vemos don Valeriano, y echamos un párrafo«, «¡Vaya usted con Dios…!«, «¡Usted lo pase bien…!», «¡Don Valeriano no se le olvide, por favor, de aquello que le expuse hace unos días…!«… Y a todos, sin que se les escapara ni uno, respondía. A los del hola, a los del adiós, a los del hasta luego, con un saludo cordial, a los del párrafo con que «Ya quedaremos, hombre, no se preocupe usted«, lo que de uno u otro modo llevaría a cabo más pronto que tarde, y a los del «¡Vaya usted con Dios…!» o «¡Usted lo pase bien…!«, pues lo mismo junto a una semisonrisa de cordialidad.

Comenzábamos por Vicente, que estaba siempre a tiro, al principio, a la derecha, y preguntarle por las novedades de los libros de Cáceres, de Extremadura… Podría pasar por las cercanías don Fernando Bravo y Bravo con su elegante capa invernal, en tiempos fríos, y su sempiterna pajarita, siempre de buen humor y agradable, que le saludaba en rima improvisada –«Don Valeriano, buenos días, a usted y a su compañía«–, un saludo en El Precio Fijo donde entraba siquiera fuera unos segundos con las hermanas de Eulogio Blasco, en aquel precioso almacén de sabor a antigüedad, un rato con el señor Rodas, en la joyería, una parrafadilla con Paquito Burgos, un alto por el Jamec,…

O con Juan Pablos Abril, y se entretenían de sus temas de cuestiones municipales, o con Emilio Ovejero Morales, presidente entonces, de la Federación Cacereña de Hostelería, que había que ayudar como fuera a aquel gran Club Deportivo Cacereño de nuestros amores y de nuestras pasiones, aquel equipazo verdiblanco, con Tate, Escalada, Mandés, Palma, y otros ídolos de tantos aficionados, o con el entonces comandante o teniente coronel Rodríguez Montero, o con Dionisio Acedo Iglesias, “¡Valeriano, mándame cuando puedas un artículo de los tuyos, de esos ilustres cacereños o de las fiestas de nuestros pueblos, o sobre cualquier aspecto de la cultura, que tú lo bordas!«, o con Miguel Muñoz de San Pedro, siempre magistral, exquisito y pulcro en sus conversaciones y disertaciones, plagadas de sensibilidad histórica, cultural y cacereña de todo cacereñismo, con el señor Acha, 0 con Julián Murillo Iglesias, médico de prestigio y por aquellos tiempos mayordomo de la Cofradía de la Virgen de la Montaña, siempre cacereñísimo, como tantos y tantos, o con José López Pascual, general y gobernador militar («¡A la orden, mi general!»), Valentín Pinilla, con Antonio Alvarez, que empezó de camarero en el Hotel Iberia y acabó levantando un céntrico hotel en la calle Moret, donde tantas reuniones de la más pura alcurnia había junto a alguna que otra conspiración, hablando en términos coloquiales, tal como saben las páginas de la historia de la ciudad, con don Manuel Vidal Carrasco, párroco de la iglesia de San Juan, y entonces, ya, nos podían dar las del alba, o con Severo, que nos invitaba a perdiz escabechada cuando lo decidiera don Valeriano, lo que bastaba para no entrar allí… Si bien es de señalar que don Valeriano no era amigo de bares… Prefería, con un descafeinado al medio, la tertulia distendida, con aire urbano, ciudadano, capitalino y con argumentos de hilo cultural… Y también de cuando en vez, allá por el Círculo de la Concordia, que presidiera, una partida de garrafina…

O con Federico Trillo Figueroa, o José Luis de Azcárraga, o Alfonso Izarra Rodríguez, o Valentín Gutiérrez Durán, cacereño de Garrovillas de Alconétar éste último, los cuatro, a la sazón, gobernadores civiles, y echar una parrafada sobre la marcha de la ciudad y la provincia, o con Domingo Tomás Navarro, y hablar de periodismo, o con don Celso Bañeza –«¿Cómo va esa Radio Popular, amigo?«–, o con cualquier concejal o diputado provincial que andaba en dirección contraria a nosotros, o Eustaquio, el del Figón, claro, y preguntar por la marcha del negocio, «en uno de los mejores lugares de Cáceres, amigo«, o con Daniel Serrano, o con Eugenio Matas, o con Constantino Berrocal Leo, psiquiatra, excelente persona, siempre amabilísimo, o con Pedro de Ledesma, médico y humanista de consideración, o con Casto Gómez Clemente, ingeniero de Caminos, que se conocía la red provincial de carreteras como nadie y alcalde de Cáceres, o Pablo Naranjo Porras, que siempre marchaba con el cigarrillo como compañero, o el padre Barrios, que tanto luchó por la juventud cacereña de entonces a través sobre todo del territorio del deporte y, fundamentalmente, el de la canasta, o Fray Antonio Corredor, un intelectual notorio, o con José María Grande, presidente de la Caja de Ahorros…

O con Martín Palomino Mejías, presidente de la Diputación Provincial, con el coronel y ensayista Narciso Sánchez Morales, o con ese pintor, luminoso, creativo y artista de mil colores, Pepe Massa Solís, o con Fernando García Morales, que no paraba de escribir por los páramos del Cáceres de siempre, o con don José Canal Rosado, también con pajarita, poeta de versos de belleza creativa en su ventanal de la Plaza Mayor, o con Esteban Berzosa, compositor y militar, con Juan García García, el cartero poeta, de enorme mérito y pulso personal a través del latido de sus versos, o el maestro y escritor Santos Nicolás, experto en el estudio de la figura de José María Gabriel y Galán, o con Francisco González, encargado de los Talleres Municipales, (“¡Don Valeriano, hay que seguir echando una mano desde el Ayuntamiento para mejorar la cancha de baloncesto!”. ¡Y menudo logro que se llevó a cabo en aquel terreno de los Talleres por el que desfilaron extraordinarios equipos para enfrentarse al San Fernando y cientos de cacereños apiñados animando al conjunto local…!),  o con Jesús Alviz, novelista, de la calle Margallo, que desbordaba capacidad creativa e innovadora en las letras, que nos dejó a los cincuenta y dos años y una fértil producción literaria que inició con «Luego, ahora háblame de China«, o con Juan José Narbón, una lucha por el modernismo, o Manuel Bermejo, una persona muy cordial, muy humano, ingeniero agrónomo, que fuera diputado con Unión de Centro Democrático y presidente de la Junta Preautonómica de Extremadura,  o con don Juan Arias Corrales, que saludaba a los alumnos de Magisterio, (“¡Oh, la, lá, bon jour…!”), o con don Isaías Lucero, también profesor en la Escuela Normal de Magisterio, o con don José Ríos Valiente, asimismo otro exquisito y cordial pedagogo, de amplia y cordial simpatía, o con Juan Muñoz Sobrado, (a quien todos llamaban Juanito), director del Colegio de San Francisco, doña Paula, la profesora de la Ronda, que enderezaba al alumno que crecía torcido en los estudios, o con don Luis Nuño Beato, nuestro médico de familia y concejal, con don Ricardo Durán, licenciado en Ciencias Exactas, profesor de Matemáticas, un atleta de entrenamiento diario, o con Francisco Cebrián Ruiz, director de la Banda Municipal de Música, o con doña Ventura Durán, directora del Colegio Delicias, el Perezgil, intelectual,  o pasaba a la farmacia de don Juan Delgado Valhondo, en la calle San Pedro, a ver si estaba el boticario,  o accedía «unos segundos tan solo, Juanito«, que decía él, a la librería «El Noticiero«, y charlar con Don Bonifacio o con Catalina, o se adentraba otros pocos segundos, tan solo, añade un servidor, y saludar al director del Banco Hispanoamericano, o con los padres de algunos amigos de mis hermanos o míos –con una colección de apellidos como los Mogollón Basanta, Berrocal, García Duque, Sarnago, Candela, Pérez Castillo, Sánchez Corrochano, Ballel…— o Pedro Romero Mendoza, que pilotaba magistralmente y con hondo interés y dedicación la revista cultural «Alcántara«, y con tantos paisanos –que me perdonen todos los que no puedo citar, porque no acabaría la lista– que le saludaban:

— ¡Adiós, don Valeriano…!

Don Valeriano, uno de los últimos humanistas de Cáceres, respondía con una sonrisa cordial, que le salía del alma. Tal cual era él. Y decía:

— ¡Adiós. amigo…! ¡Usted lo pase bien…!

 

Lo mismo que, en esas responsabilidades, recorría los pueblos de provincia y palpando las inquietudes de los lugareños como asistía a aquellas celebraciones festivas y ancestrales del calendario popular de la geografía cacereña. Y donde tomaba notas en una libretilla, sacaba coplas a los más mayores, preguntaba por la vestimenta típica, las fiestas ancestrales… Leía, escribía y ejercía sus funciones a todas horas. Ya fueran las responsabilidades de sus cargos, las crónicas de la prensa, sus investigaciones, o los cientos de libros, que se apelmazaban en las estanterías de su despacho, y que trataba de ordenar pacientemente mi madre, Dorita, una mujer jovial, encantadora, que trataba, infructuosamente, de arreglarle el despacho.

Un día de aquellos nos topamos, allá por la Plazuela de San Juan, con ese otro humanista cacereño, don Carlos Callejo Serrano, una eminencia, investigador, conservador del Museo, escritor, ensayista. Otro enamorado y luchador por la rehabilitación de la Ciudad Antigua, como don Valeriano, como Alfonso Díaz de Bustamante, como Miguel Muñoz de San Pedro, y a la que lograron imprimirle, entre tantos esfuerzos, estudios y ayudas desde Madrid, un realce de excelencia, tal cual hoy contemplamos, ni más ni menos, que la Ciudad Medieval. Todo un lujo: Patrimonio de la Humanidad y, hoy, Tercer Conjunto Monumental de Europa, después de Tallín, en Estonia, y de Estambul. Un agradable sol otoñal dejaba caer unos rayos entre los dos contertulios y el bachiller, como pretendiendo iluminar la escena. En mitad de la charla que mantenían los dos escritores, los dos investigadores, los dos amigos, con el mochuelo distraído, mi padre le espetó a don Carlos:

— ¡Pues a mi hijo le ha dado ahora por el ajedrez…!

Don Carlos, sonrió y me sorprendió con una admiración de esas que sonrojaban al adolescente:

— ¡Hombre, un colega…! ¡Ya tengo con quien practicar el ajedrez…!

Me estrechó la mano, me saludó con una cordialidad exquisita, me preguntó, claro, por los estudios, salí del paso como buenamente pude, porque tenía al vigilante al lado, y me dijo:

¿Sabrás entonces qué es el mate pastor, no?

El bachiller respondió que sí. Y el sagaz don Carlos, bonachonamente, volvió a la carga:

— ¿En cuántas jugadas se da un jaque mate pastor?

Resultando una pregunta sencilla, el hijo de don Valeriano, que no se concentraba, se aturulló  y no acertaba a hilvanar la respuesta. Entonces añadió:

— Empecemos la partida. Yo salgo con peón dos, caballo, rey… Ahora le toca a usted, amigo…

Sonreí con la timidez característica y mirando así como al suelo o a las nubes y como mostrando que andaba pensando la jugada.. Don Valeriano, entonces, me lanzó un bote salvavidas al informarme que don Carlos había escrito un libro titulado “El ajedrez romántico”. Librándome, asimismo, del momento de apuro, mientras el bueno del profesor Callejo me invitaba a que lo leyera y le diera mi opinión.

Nuestro siempre querido amigo de los hermanos y de la familia, Vidal Sánchez Corrochano, profesor en el Colegio Diocesano, que se marchó hace unos años, cuyo obituario dejé plasmado en el periódico “Extremadura”, confidente de numerosas aventuras, me dijo:

— Haberle respondido lo mismo: Peón dos, caballo, rey…

Todavía quedaban, afortunadamente, numerosos pasos en el caminar de la larga y fecunda vida de don Valeriano: Cómo andaba la Semana Santa, la marcha de la Cofradía del Cristo de las Batallas, el homenaje a Gabriel y Galán cada seis de enero, las fiestas de San Jorge, los Festivales Folklóricos Hispanoamericanos, Luso-Filipinos, la organización de las Ferias y Fiestas desde la Tenencia de Alcaldía, como avanzaban sus últimas publicaciones, la marcha de tantos asuntos ciudadanos, los despachos del Ayuntamiento y la Diputación, con visitas de alcaldes de una larga serie de municipios de la geografía provincial cacereña como Matías Simón, de Segura de Toro, Ezequiel Pablos Gutiérrez, de Trujillo, Eusebio Vaquero Plaza, de Madrigal de la Vera, Joaquín Hurtado Simón, regidor de Coria, Albino Fernández Pérez, alcalde de Jaraiz de la Vera, o Eugenio Fernández Sánchez, de Baños de Montemayor, afamado torero, con el sobrenombre de «Angelete«, a quien dio la alternativa ni más ni menos que Manolete.

Luego, por casa, le visitaban con frecuencia amigos de una diversidad de lugares cacereños: Nicolás Sánchez Prieto, de Guadalupe, sacerdote, excelente escritor, con diversos premios, que firmaba con el pseudónimo de Gil Cordero de Santamaría, Alonso, de Herguijuela, Isabel Alías Pazos, de Jerte, como llegaba, por ejemplo, el señor Prieto, un piornaliego, que fue legionario, que andaba por Cáceres y no podía regresar al pueblo sin ver a don Valeriano, y entregarle un gallo de corral para un estofado o un buen arroz, y que llevaba en una cesta de mimbre color marrón con el pico y las patas atadas, para que no armara alboroto alguno en el autobús, y que mi madre, una exquisita cocinera, de siempre, preparaba de modo delicioso,  llamaba por teléfono a amigos por cuestiones puntuales, o se acercaba por casa Victoriano Martínez Terrón, con una carpeta, y mostrarle unos siempre preciosos originales suyos, radiografiando, sobre todo, la arquitectura popular de los pueblos cacereños, con impecables trazos y tonalidades, o entraba en un pis pás don José Luis Rubio Pulido, sacerdote, que le había conseguido unas coplas populares para sus publicaciones y afanes etnográficos… O preparar un viaje de trabajo, con Pepe Manteca, al volante, jugador de baloncesto al tiempo, con el equipo de Talleres Municipales…

… Y tiempo, también, para atender, entre Madrid y Cáceres numerosas relaciones humanas, entrañables, amigas, cualificados extremeños: Pedro de Lorenzo, subdirector de ABC, Enrique Pérez Comendador, escultor, Godofredo Ortega Muñoz, pintor de relieve, Manuel García Matos, folklorista de índole nacional, Jaime de Jaraiz, pintor y amante de la guitarra, José Miguel Santiago Castelo, , redactor-jefe de ABC, poeta, que alcanzaría la presidencia de la Academia de Extremadura, Antonio Solís Avila, pintor, Victor Chamorro, Juan Antonio Pérez Mateos, novelistas, ensayistas, muy queridos amigos…

Don Valeriano aprovechaba el tiempo con un hábito así como entre cartujo y militar, se dejaba llevar por una disciplina que se imponía y controlaba él mismo, sin salirse del carril que había determinado, y buscaba la fórmula para no perder ni un segundo.

Adoración Gómez Sánchez, mi madre. Aunque, eso sí, no le faltaba tiempo para en las noches estivales llegarse pian pianito hasta la bandeja del Paseo Alto con mi madre, o acercarse, en ese rosario de saludos, hasta Cánovas y tratar de sentarse en alguna terraza, aunque en esta última le solía faltar privacidad por ese saludo permanente de conocidos… En este último caso, al abandonar las sillas de la cafetería, (mi madre un refresco de naranja o limón, mi padre un descafeinado y un servidor, un helado en tiempos estivales) y respondiéndose a esa carencia de privacidad, habría de decir con su proverbial sencillez: «¡C´est la vie…!, mon ami«

Ahora, contemplando y revisando al tiempo que ya queda atrás, a toro pasado, como diría el clásico, tratando de compendiar una síntesis sobre don Valeriano, especificaría, en una sola frase, que yo, personalmente, aún no he sido capaz de entender cómo podía atender tantos quehaceres sin perder el hilo argumental y el trazado de ninguno de ellos.

Hoy, pues, alzo mi copa plateada del más intenso recuerdo, siempre transparente, por mi padre, por sus lecciones de vida, por su generosidad, por su entrega, por su legado humano y moral, con un brindis habitual:

¡Va por ti, papá…!

Y, también, claro es, por mi madre, que desde aquella labor de ama de casa, incansable, tanto cooperó en la formación y en la educación de sus hijos, con el mismo brindis…

¡Va por ti, mamá…!

El paisaje, hoy, en esta amplia tarde de agosto, se ha eternizado, en medio de un remolino de recuerdos, con una larga serpentina de aquellos lazos infantiles, adolescentes, juveniles, adultos, desde una gratitud que siempre latirá en el alma, porque siempre permanece viva…

… Y porque gracias a su persistencia y conceptos, a su generosidad y mano amiga, a su formación, educación y nociones, a sus esfuerzos, una de sus más señaladas virtudes, gracias a don Valeriano y doña Dorita, que gloria hayan, como se decía por el Cáceres de Aquellos Tiempos, por el que hoy sigo intentando estudiar desde mis humildes ensayos, uno dio muchos pasos en la vida bajo la tutela de sus consejos.

 

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5 comments on “DON VALERIANO
  1. Juan ANTONIO PEREZ dice:

    Entrañable Guti que era así como te llamábamos en aquellos años, muchos, ya 55 nada menos. El artículo que suscribes simplemente ¡magnífico! Me ha hecho revivir aquellos años en los que, a pesar de los problemas propios de la juventud, éramos tan felices. Recuerdo con frecuencia los consejos que me daba tu padre, las atenciones de tu madre y la alegría que siempre vertía por la casa Dori.
    Te he enviado un correo a uno que aquí figura de yahoo, no sé si te llegará .
    Un abrazo y muy agradecido por todo.

  2. PURI PACHECO dice:

    Amigo Juan de la Cruz.Acabo de leer tu escrito sobre DON VALERIANO.Me ha emocionado la forma de exponer tus recuerdos sobre él,no solo como hijo,sino resaltando quizás por eso,sus valores humanos,profesionales,de amistad,de humanismo y de servicio a nuestro Cáceres.
    Y personalmente,su amistad afectuosa con el mio,de compañeros en la Milicia Siempre admiré tu profesionalidad de escritor e Investigador y agradeciendote lo que escribiste sobre el mio,pero con este escrito has superado,no solo para mi,para tus lectores,tu sensibilidad de amor de hijo.
    Y gracias por todas esas personas ¡¡¡ tantas !!! que estan en mis recuerdos de aquel tiempo vivido y nombras en él….Un afectuoso saludo Juan y adelante.

    • Juan dice:

      Muchas gracias, amiga Purificación, por tu comentario a mi ensayo titulado «DON VALERIANO» y que aparece publicado en mi Blog.

      Un trabajo que, como se puede leer, surgió hace tres o cuatro semanas, cuando un gran amigo de mi padre me trasladó que si podía hacer una semblanza humana sobre el mismo. Un reto complejo, porque me pregunté, en diversas ocasiones, ¿cómo se puede trazar un perfil humano de un padre, en este caso como don Valeriano?

      Y lo que fue saliendo, entre cábalas y reflexiones, en el transcurso del tiempo, es lo que se plasma en el trabajo. Y que, probablemente, seguirá ocupando más lineas, al pasar revusta a la forma de ser, de educar, de actuar, en todos los órdenes, de mi padre, que gloria haya.

      Te reitero, pues, mi gratitud. Un saludo cordial. Juan de la Cruz.

  3. Carmen Adoración Gutiérrez Gómez dice:

    Has hecho una amplia y perfecta descripción de lo que fue la fecunda vida de nuestro padre en todos los sentidos.
    Va por ti, papá…!
    No pasa un solo día sin recordarle con cariño y añoranza en sus “ afanes” como solía decir.
    Gracias, Juan, por dedicarle tanto tiempo a su obra.

    • Juan dice:

      Ya sabes, querida Dori, que don Valeriano siempre fue un hombre ejemplar y esforzado en todos los campos del humanismo, de la moral, de la ética, de la sensibilidad social, de la consideración y de luchar sembrando lo mejor de sus esmeros en el sendero de la vida. Y que repartía su tiempo, desde la serenidad y el sosiego, entre la familia, Cáceres y sus responsabilidades.

      De tal forma que aunaba una serie amplia de cualidades y de virtudes tratando de prestar el mejor servicio posible a todos. Por eso, por su raza, por su bonhomía, porque le hemos visto esparcir las semillas en los surcos, hoy, pues, una vez más.

      Este pequeño capítulo de su vida, tal cual inserto en el Blog, dedicado a Cáceres, no es más que un pequeño y muy justo homenaje de gratitud a un hombre que nació para expandir su alma a esas tres vertientes citadas anteriormente. Y al que tanto quiere y respeta la larguísima legión de compañeros y de amigos, y con el que la ciudad y la provincia –desde mi modestísima percepción– se encuentra en deuda, más allá de que una calle cacereña tenga con su nombre incrustado en la rotulación de su propia denominación.

      Hoy, pues, va por él… Un abrazo grande.

      Y

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