EL PATO

Decir en Cáceres El Pato es hablar y dejar constancia de uno de los nombre de más solera en el panorama de la restauración y la gastronomía. Y también, claro, en el Cáceres social y humano.

 

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Emilio Rey, El Pato, en su primer bar en la calle General Ezponda, de Cáceres.

Emilio Rey Holguín, El Pato, es, por derecho propio, uno de los nombres más señalados del Cáceres de siempre y al que todos, seguramente, de una u otra forma todos hemos conocido. Por su vocación de esmerado servicio culinario, por su cordialidad, por su simpatía, por su bien hacer, por su arte en pegar la hebra o en echarse una parrafada, como decimos por los pagos cacereños, con cualquier cliente, y por su muy esmerado sentimiento del más puro CACEREÑEO, que siempre ha llevado y sigue llevando a gala, donde quiera que se encuentre y esté.

Y que cuando dejó atrás los trastos de matar, porque en su tiempo anduvo queriéndose jugar la vida de torero, por la que apostó mucho, aunque la suerte le fue esquiva, porque el mundo del toro es muy difícil y complicado, y que da muchas cornadas peores que las de las astas de los toros, amigo Juan, me dijo allá a mediados de los años setenta, un buen día, y muy acertadamente, se inclinó por abrir un bar, con la barra en forma de U, en la calle General Ezponda. Un lugar en el que tenía la mar de claro que tenía que dejarse la vida para tirar adelante y abrirse un hueco como fuera.

Un bar en el que donde entre raciones y tapas, calamares, quesos de las más variadas clases, champiñones al ajillo, gambas rebozadas, jamón, chorizo, criadillas, sepia a la plancha, higaditos encebollados, espárragos trigueros, tencas y ranas en su época, anchoas del Cantábrico, revueltos de champiñones con lomo, callos, tortilla de patatas, revueltos de todo tipo y condición, prueba de cerdo, siempre riquísima, y otras muy variadas especialidades bajo la mano de María Luisa, su mujer, una excelente cocinera, además de buena persona y gran corazón, como Emilio, y, también con una buena selección de caldos, sobre todo los del país, que traía de Cañamero y de Cilleros, y los tintos de Montánchez fue creando, día a día, de forma infalible, su cartera y su clientela de parroquianos.

Los que pasaban por allí, los que le visitaban cada mediodía o cada tarde, para reunirse con los amigos y charlar un rato de lo que fuere, con preferencia, claro es, por las espectaculares corridas de toros que retransmitía en aquel entonces Televisión Española, los partidos del Club Deportivo Cacereño, o, sin ir más lejos, la actualidad social y cotidiana de los murmullos y rumores de la ciudad, como telón de fondo, y los que se reservaban para los buenos aperitivos del mediodía y la tarde-noche de los sábados. Y el lugar, claro, la calle General Ezponda, se conformaba como uno de los focos de mayor paso de todo Cáceres.

Allí, creando servicio al cliente para captar amigos, lo que para él no representaba mayor problema, porque Emilio siempre representó la cordialidad constante, la sonrisa personificada, la atención permanente, aunque se encontraba la severa competencia del bar Amador, un poco más abajo, y del bar Rialto en la Plaza de la Concepción, ambos también con exquisitas cocinas y serviciales dueños, se armó con un bagaje de amplias experiencias, atando parroquianos fieles a la cita en y con Emilio Rey, El Pato.

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El Obispo, don Manuel Llopis Iborra, inaugurando el restaurante El Pato, en la Plaza Mayor, con Emilio Rey, propietario, y Maria Luisa Corrales, su esposa.

Hasta que un buen día, de la noche a la mañana, abrió unas amplias dependencias en un lugar de lujo, como es la Plaza Mayor, su sueño y su anhelo de siempre, ahora que ya se puede decir. Porque Emilio Rey fue uno de los restauradores pioneros en ocupar con su restaurante un espacio de la Plaza Mayor. Lo que le hace mucha falta, decía con frecuencia. Y no paró de luchar hasta que lo consiguió, contando con la bendición e inauguración del local ni más ni menos que de don Manuel Llopis Iborra, Obispo de la diócesis Coria-Cáceres. Un Obipo que señalaría que, como mandatario de la diócesis, tenía que estar, siempre que pudiera, en todas partes, a todas horas y con todos los cacereños. Un discurso para la historia.

Y allí, en un lugar emblemático, de lujo, para propios y extraños, Emilio Rey montó su modus vivendi, su lugar definitivo, su sueño de siempre. Un gran rincón del sector hostelero en el que siempre hay una gran cocina, basada en el esmero y en la sensibilidad culinaria, señaladas muestras de atención, más allá del corrimiento generacional, y un lugar para siempre, que puso en marcha la saga Rey.

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Emilio Rey, fundador de la saga, a la izquierda, y con su hijo, vestido de luces, en el callejón de la Plaza de Toros de Cáceres.

Un rincón de relieve en el señero panorama de la cocina y de la gastronomía de Cáceres y que hoy regente y dirige su hijo, Emilio Rey Corrales, que también respira sangre torera por todos sus poros, y que un día, inclusive, el 18 de marzo de 1989, llegó a tomar la alternativa en la Plaza de Toros de Mérida, con el maestro alicantino José María Manzanares de padrino y el diestro placentino Juan Mora como testigo, con astados de la ganadería de Luis Albarrán, aunque çomo un día me dijera su padre, como señalaba al principio de este texto, el mundo del toro es muy difícil y complicado, y que da muchas cornadas peores que las de las astas de los toros, amigo Juan.

Como consecuencia, y para beneficio directo de todo Cáceres y de la imagen de la gastronomía y restauración cacereña, ahí sigue hoy, afortunadamente, la saga de El Pato. Todo un lujo y todo un placer, nunca mejor dicho, para Cáceres.

NOTA: En la última fotografía aparecen Emilio Rey HolguínEl Pato“, Emilio Rey, hijo, vestido de luces, su mozo de espadas, Antonio Sepúlveda Jodar, “El Mojaco“, y un gran amigo al que le conocían como Emilio Cuarto.

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