EL PICONCILLO

El piconcillo, aquella cabezadilla que tantos y tantos se echaban, después de almorzar, como un pequeño tiempo de descanso antes de reemprender las tareas por la tarde. Una costumbre popular que ya parece haber desaparecido como arrasada por las corrientes de intensidad de los tiempos modernos. Que pareciera que todo se lo llevan por delante. El artículo aparece publicado hoy, 13 de febrero de 2020, en el periódico regional «Hoy»

— No armes ruido que tu padre está echando un piconcillo.

Los dos pequeñuelos cogimos la pelota Gorila, que habían regalado a mi amigo cuando su madre le compró unos zapatos, y nos marchamos con la música a otra parte.

Dejamos adormilado a su padre en el sillón de mimbre tras comer y echarse un café de puchero, transportándose al mundo de la soñarrera, con algún manotazo de cuando en vez, antes de volver a sus tareas.

Salimos de puntillas desde el cuarto de estar, atravesamos el lúgubre pasillo y accedimos al patio para echarnos un fío, o sea, un partido de fútbol, hasta sudar como un pollo, batiéndonos el cobre, imitando a Tate, ídolo del Cacereño…

En el patio estaban el señor Genaro y su ayudante, Silvestre, con gafas de miopía severa, ataviados con un mono azul y manchones de cemento, que andaban subiendo unas tapias. Tras haber almorzado, tartera en mano, también daban una cabezada, sentados de espaldas a la sombra de una higuera, las gorras en las manos…

Genaro y Silvestre parecieran en pleno sopor, por lo que optamos por echarnos la pelota de mano a mano con el mayor sigilo. Ni fío ni ná…

En esas ‘Canelo’, su perro, se lanzó por la pelota, ladrando suave, tímidamente. Ambos enrojecimos por la imprudencia.

Silvestre bostezó y murmuró:

— ¡Chacho, no podemos echar un piconcillo, como tó quisque, antes de seguir trabajando…!

En escasos segundos ya estaba la señora Matilde, madre de mi amigo, reprendiéndonos en voz baja, mandándonos a la calle:

— ¡Anda, que no teneis vergüenza! ¡Ni dejais descansar a los albañiles…! ¡Fuera de aquí…!

Genaro razonó:

— ¡No se preocupe, señora, que ya andamos espabilados…!

Desde la cacereña calle Margallo se escuchó el pregón de un lugareño de Malpartida, bañado en negro, gritando:

— ¡Picón… quién?

Los dos amigos se miraron confundidos. Acaso porque no convergían las diferencias entre el picón del malpartideño y el piconcillo de los traspuestos.

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