EL PRIMER TEATRO ESTABLE DE CACERES

El primer Teatro Estable de Cáceres arranca el año 1801, Hace, tan solo, la friolera ni más ni menos que de doscientos catorce años. Que ya es decir.

 

TEATRO ESTABLE DE CACERES

El primer Teatro Estable de Cáceres se puso en marcha el año 1801 y por el mismo desfilaron todo tipo de compañías y espectáculos.

El primer Teatro Estable de Cáceres que nace en función de la demanda, al parecer, de la entonces todavía Villa de Cáceres, cuando los ciudadanos solicitaban representaciones teatrales y amortizar la carencia de entretenimientos sociales, de los que en aquella época, se supone, no debería de existir, precisamente, abundancia.

Por lo que el empresario catalán Ventura Carlés y Busquest decidió aventurarse en una empresa arriesgada. La de alzar un Teatro o Corral de Comedias en el que pudieran representar sus obras cómicas, en versos, sus zarzuelas, sus óperas, sus dramas, sus sainetes o sus variedades, que de todo había en la viña del Señor, las compañías ambulantes que transitaban, de pueblo en pueblo, llevando la gloria fugaz de la escena a la representación ante la ciudadanía.

Atrás quedaban, por lo que relata la hemeroteca teatral, aquellos Autos Sacramentales que se ofrecían en tablados ante la Puerta lateral de la Iglesia de Santa María, y el Corral de Comedias, sito en la calle Tiendas, durante los tiempos de los siglos XVI y XVII, para ubicarse, con posterioridad, en el Patio del Hospital de la Villa.

PRIMER TEATRO ESTABLE CACEREÑO

Uno de los carteles anunciadores del primer Teatro Estable de Cáceres.

El Teatro primeramente se llamó Público, aunque los cacereños se inclinaban por la denominación de Teatro de Pedrilla o de la calle Peña, ubicado entre la misma y la calle de los Peces, Plaza de Las Canterías, hasta que a finales del XIX pasó a ser conocido como Principal. El mismo se fue levantando hasta alzar el telón de las puestas en escena, tras llegarse a convenir con la regiduría de la Villa que habría de cerrarse el paso a similares propuestas. A fin de salvar las siempre preocupantes cuantías e ingresos de las taquillas y evitar perjuicios económicos con las molestas competencias.

Las obras inaugurales del mismo, en 1902, fueron “El desdén con el desdén“, de Agustín Moreto, y “La casa de Tócame Roque“, de Ramón de la Cruz. Si bien también se representaron obras de cacereños que luchaban por hacerse un hueco en el panorama de los autores, como el caso, por ejemplo, de Antonio Hurtado Valhondo.

Con tres plantas, con patio de butacas, platea y palcos, el Teatro era y se configuraba como un lujo en la Villa, y donde se ofrecieron representaciones de diversas tipologías, manifestaciones y especialidades hasta el año 1923 en que fue adquirido por el Obispo Segura Sáez que lo transformó en cinematógrafo, por arte de magia y adelantándose a los tiempos, bajo el nombre de Salón Extremadura.

Lugar de glorias mundanas y pasajeras con el correr de los tiempos en las interpretaciones, en los aplausos, en los “¡Bravo!”, en los “¡Hurra!”, en las ovaciones prolongadas como muestra de reconocimiento, para, al día siguiente, seguir recorriendo caminos en busca de otros escenarios y glorias efímeras.

Un día, sin embargo, hace más de setenta y un años, cuando transcurría el 1945, entró la modernidad, como entró la excavadora. Más ahora, al cabo de los tiempos, ¿qué queda en pie de ese edificio, emblemático en su día, para poder salvar una parte más de la historia de Cáceres?

antonio hurtado valhondo

El cacereño Antonio Hurtado Valhondo vio cómo algunas de sus obras se representaron en el primer Teatro Estable de Cáceres.

Un Teatro que figura, de pleno, en las páginas de oro de divulgación de la cultura a través de una apasionante aventura teatral en una villa, tan pequeña, entonces, como Cáceres, que apenas contaba con doce mil o catorce mil habitantes y que trató de enfocar uno de sus grandes espacios de ocio, de recreo y de distracción hacia la amplia cultura del panorama teatral y de las artes escénicas.

Todo un reto, pues, de considerable altura la que emprendió su promotor, tratando de dar un gran salto en el panorama cultural de la ciudad de Cáceres. Y que también tenía derecho, que conste en el acta del escritor, a disfrutar de las representaciones teatrales de las que gozaban espectadores de otras provincias extendidas a la lo largo y ancho de la geografía española.

Porque, además de la propia estructura empresarial, y por tanto del panorama de los negocios, Cáceres no se podía quedar atrás en las dinámicas socioculturales por las que se adentraba el país.

No obstante la piqueta y la exacavadora, siempre, lamentablemente, al compás de los tiempos, se derribó hace ya sesenta y cinco años, mientras se levantaban unas casas y una panadería. La llamada de La Romualda y cuya dueña optó, en un alarde de inspiración histórica, en conservar algunos elementos del viejo Teatro, sueño de actores y de actrices, como resultan la embocadura o arco del escenario y, también, algunas columnas que eran las que se encargaban de la sujeción de los palcos. Un derrumbamiento que es todo un atentado a la historia de la cultura histórico-patrimonial cacereña, mientras no se ha hecho nada, desde las instancias oficiales, por su conservación.

Ya el 22 de octubre del pasado año Sergio Lorenzo escribía en el diario Hoy que «Llevamos cinco años esperando a que el Ayuntamiento decida sobre el Teatro Principal, pero no dice nada, absolutamente nada; y, mientras tanto, el tejado de la zona del escenario corre peligro de caer, y con él el escenario», advierte Andrés Alonso, uno de los cuatro propietarios de lo que queda del teatro más importante del Cáceres en el siglo XIX.

Asimismo, según las Ráfagas, del prestigioso cacereño don León Leal Ramos, se puede adivinar, mejor dicho, imaginar, cómo era el Teatro a finales del siglo XIX: «Fue aquel teatro, de entrada no muy angosta con grandes puertas de madera (que se abrían hacia fuera, y estaban pintadas al exterior de color encarnado con friso negro), muy apañadito, con salida para su desahogo a un patio en que algunas veces se ponían mesas para refrescar. (…) Tenía un bonito patio de butacas, cercado por una elegante andanada de plateas, otra, análoga, de palcos encima, y unas no estrechas galerías para el gallinero. Era el teatro preferido por las familias de la buena sociedad cacereña, de la que ahora llamamos gente bien, y muy a propósito por sus buenas condiciones acústicas para compañías de versos, dramas, comedias y sainetes, que eran las que solían abrir un abono por 10 ó 15 funciones, a lo sumo, principalmente en épocas de ferias. Allí se representaron también algunas zarzuelas».

En el camino se han quedado muchas promesas olvidadas, rotas, de José María Saponi y de Carmen Heras, de concejales de todos los grupos políticos, de técnicos de la Junta de Extremadura. Pero que han ido cayendo, siempre, en saco roto.

En este sentido el 25 de septiembre de 2009 el Ayuntamiento hacía pública una nota en la que señalaba que la Comisión de Urbanismo decide recuperar el Teatro Principal por unanimidad de todos los grupos políticos, a raíz de de una alegación presentada por Izquierda Unida sobre este Teatro, que fue el primero que tuvo la ciudad de Cáceres, ubicado en la Plaza de las Canterías, para que se incorpore en el Plan General como una dotación institucional y así pueda realizarse su recuperación y rehabilitación.

Por cierto. El año 1923 el Teatro Estable, una gloria de la cultura cacereña, aunque una gloria en ruinas, fue adquirido por el obispo de la diócesis de Coria, don Pedro Segura Saez, que lo primero que hizo fue cambiarle la denominación por el de Salón Extremadura para dedicarlo a proyecciones cinematográficas, que se adelantó al Cine Norba en once años.

Pena, penita, pena.

NOTA: La fotografía sobre el lugar donde se asentaba el Teatro Principal, y aún se mantienen algunos restos, está captada del blog de Antonio Norbano.

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