“EVOCACION DEL BARRIO VIEJO DE CACERES”, POR MIGUEL MUÑOZ DE SAN PEDRO

Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros, una pasión, siempre, por Cáceres, se entregó a luchar, y de qué manera, el Casco Histórico-Monumental. Hasta lograr, junto a otros, la rehabilitación de la Ciudad Medieval. Y allá por enero de 1948 Miguel Muñoz de San Pedro escribió este memorable artículo, “EVOCACION DEL BARRIO VIEJO DE CACERES”, y que, por derecho propio, figura en esta ANTOLOGÍA DE CACERES.

 

arco de la estrella

El Arco de la Estrella en el año 1903

Este barrio viejo del Cáceres señorial, tiene un empaque prócer. Sueños de hidalguía, de siglos de Historia, han prendido sus jirones impalpables en las bellas aristas del duro y patinado granito. Portaladas, torres, blasones, aljimeces, yelmos, lambrequines… ¡Todo tiene arrogancia de orgullo feudal, matizada de gracia mudéjar o de esplendor renacentista!

Fuera del viejo mundo que es este maravilloso barrio antiguo cacereño, como Adelantados de su grandeza, salen al paso del viajero los templos de Santiago, San Juan y San Francisco; los palacios de Carvajal, Monroy y Abrantes, Galarza, la Isla y Godoy, hecho este último con oro del Imperio de los Incas, cogido por su constructor de la milenaria ciudad del Cuzco y en el legendario templo de Pachacámac, a orillas del Pacífico.

Ceñidor granítico del viejo barrio es su muralla: cinturón con broches de torres y puertas. Desde la solidez romana del Arco del Cristo, hasta el gracioso sesgo barroco del de la Estrella, desde la osamenta milagrosa del barro cogido al sol de la Torre Desmochada hasta la crestería de almenas de la de “Bujaco” –con su templete anacrónico y la gracia ebúrnea de su Ceres pagana– esta muralla es marco digno del tesoro que aprisiona.

Casa de los Ovando Palacio de las Cigüeñas 1951

Casa de los Ovando y Torre de las Cigüeñas, en 1951.

Dentro de la vieja ciudad, en el angosto y empinado Adarve, el palacio de los Cano-Moctezuma evoca glorias aztecas; el de la Generala, gestas de banderías, el de los Pereros, regalada vida señorial…

Allá en lo alto, la Plaza de San Mateo sueña lejanas grandezas agarenas o reconquistadoras, velada en su sueño por la Torre de las Cigüeñas, firme y vertical del Capitán Diego de Cáceres Ovando. Cerca del Convento de San Pablo, la casa de Las Veletas, con su aljibe moro, “corazón de agua”, como lo ha llamado un escritor de nuestros días. En perspectivas diversas, el palacio de los Golfines de Arriba, la Casa del Sol, la Torre de los Plata y la calle Ancha –tan estrecha– con su apretado haz de blasones de Ulloa, Aponte, Paredes… En el centro de la Plaza, la Iglesia de San Mateo –segundo y más auténtico corazón de aquellas rinconadas– guarda orgullosa las cenizas de las viejas generaciones.

Cada calle tiene su sorpresa, que es el truncado torreón de los Aldana, o la casa mudéjar, o el solar de los Espadero-Pizarro, o la Iglesia y Convento de la Compañía.

plaza santa maria 1902

La Plaza de Santa María, en postal del año 1902.

En rellano de parte más baja, la Plaza de Santa María ofrece su enlace magnífico de lo religioso y lo nobiliario. A un lado la Iglesia matriz de la ciudad, bajo cuyas bóvedas pétreas, en muros y suelo, una teoría de timbres heráldicos traza un poema de grandeza genealógica. Frente a su puerta lateral, la fachada con que en el siglo XVI embelleciera el palacio de los prelados de la Diócesis el culto y dinámico obispo don García de Galarza. Muy cerca la mansión elevada por Hernando de Ovando, hermano de aquel primer Gobernador de las Indias, que impulsó a las gentes de Extremadura hacia la conquista de los Imperios Indianos.

Al otro lado el solar de Mayoralgo, en el que asentara el conquistador Juan Blázquez cuando con los ejércitos del Rey Alfonso IX de León, entró victorioso en Cáceres el 23 de abril de 1229. En la rinconada de los Golfines, la joya plateresca del palacio de los de este noble linaje, regia mansión que albergó entre sus muros a los Reyes de su grandeza imperial. Las típicas y pequeñas fachadas de las casas rectoral y de los Golfín-Roco, y los muros revocados del antiguo convento de Jesús –hoy Diputación Provincial– matizan y truncan el magnífico concierto arquitectónico de esta Plaza.

En cada uno de los rincones de este barrio único, el tiempo se ha dormido, bajo la caricia de un silencio ancestral. Entre muros centenarios las callejuelas medievales, buscando la anchura de las nobles plazas en las que se vierten la gracia blanca de la luna y el oro encendido del ardiente sol extremeño.

El granito, la luz y la Historia son los motivos que tejen la sinfonía que palpita en la ancestral quietud del viejo barrio cacereño.

Prelados, nobles, paladines, bellas damas y reales cortejos cruzaron un día estas calles y plazas, dejando a su paso una estela invisible e imperecedera que flota por siempre entre sus confines. ¿Detalles? ¡Imposible! Para reflejar el arte o la historia de este viejo barrio, se precisaría la amplitud de muchas páginas; para recoger la esencia completa de su evocación, es necesario respirarla entre sus ámbitos.

Que, pues nuestro trazo impreciso, abocetado, de esta ciudad, en la que las iglesias y palacios alzan su gallardía granítica bajo la caricia blanca de la luna o al rojo incendio del sol, entra un aroma feudal y un silencio místico, inquietado por las vibraciones solemnes, semi-divinas, de las campanas. ¡Las campanas!… Solo ellas pueden por derecho propio turbar la quietud de este viejo mundo, solo ellas saben el lenguaje inteligible para el granito, para la historia para la luz…

NOTAS: Las fotografías se corresponden con postales diversas.

Para más información sobre Miguel Muñoz de San Pedro se puede consultar el Capítulo de este Blog titulado “EL CONDE DE CANILLEROS, UNO DE LOS ARTÍFICES DE LA REHABILITACION DE LA CIUDAD MONUMENTAL“, catalogado en las secciones de HISTORIA y en la de PERSONAJES, así como el artículo “EL CONDE CANILLEROS Y LA CIUDAD MEDIEVAL“, publicado por Juan de la Cruz Gutiérrez en el diario EXTREMADURA.

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