LA GENERALA Y SU PALACIO

Cuando el pueblo, o sea, la ciudadanía de a pie, se empeña en algo, lo más probable es que acabe consiguiéndolo. De ahí que el transcurso del tiempo ha demostrado que la Casa Nobiliaria adquirida en su día por don Francisco de Ovando, en la actual Plaza de los Caldereros, justo al lado del Adarve, sea denominada y figura en todas partes como la Casa o el Palacio de la Generala.

 

palacio de lagenerala

El Palacio de la Generala, ubicado en la Plaza de los Caldereros, uno de los rincones más bellos de Cáceres.

La historia de Cáceres es, en sí, fascinante. Tal cual su propia fascinación. Como es, por ejemplo, la denominación popular del Palacio de la Generala, situada en la Plaza de los Caldereros, uno de los corazones neurálgicos del Casco Histórico de Cáceres, que se conforma, al tiempo, como uno de los lugares más genuinamente bellos y atractivos de la Ciudad Medieval.

Un Palacio, Casa Fuerte o Solariega, como se la quiera denominar, en cuya edificación se combinan aires góticos y renacentistas. Y que en un principio, allá por el siglo XV, fue propiedad de la familia Monroy, con don Fernando al frente, cuyo nombre proviene del municipio cacereño de Monroy, que en su tiempo fue andaluz, al estar situado en el Reino de León. Familia, la de don Fernando de Monroy y su esposa, Marina Fernández de Carvajal, y que, al ir a menos, procede a vender la casa en el año 1526 a don Francisco de Ovando, Señor de la Arguijuela de Abajo, y conocido por todo Cáceres como El Rico, que figuraba como una de las mayores fortunas, por aquel entonces, de la Villa de Cáceres.

Los Ovando descendían del batallador Juan Blázquez de Cáceres, uno de los más señalados conquistadores de la Villa de Cáceres, combatiendo junto al Rey Alfonso IX ante los almohades. Como consecuencia la dinastía se convirtió en una de las de mayor raigambre dentro del ámbito de la nobleza cacereña y que se consolida, por utilizar una expresión lo más cercana a la realidad, cuando en el siglo XV Hernán Blázquez matrimonia con Leonor Alfon de Olvando, que, al parecer, ejerció como Dama o Camarera Mayor de Isabel la Católica. 

Un matrimonio del que nacería el segundo hijo del matrimonio, pero primogénito en la varonía, el lengendario Capitán Don Diego de Cáceres y Ovando, uno de los caballeros más legendarios de la historia de Cáceres, así como de Extremadura, e, incluso, del Reino de Castilla. Aunque la Casa, eso sí, pasó a heredad de Francisco de Ovando, El Viejo, su hermano. Por aquel entonces ya se había producido el abandono del apellido Blázquez procediéndose a anteponer el primer apellido materno. Ovandos que llegaron a conformar la cabeza visible del bando en el que también estaban incrustados los Mayoralgo, los Solís, los Ribera, los Godoy, los Galarza, los Plata y otros, y que tenían enfrente, sin embargo, a los Ulloa, a los Carvajales y otros.

Palacio al que el hijo del anterior don Francisco de Ovando y Mayoralgo, el Rico, añade casas y solares contiguos, como lo son, por ejemplo, los de Antonio de Monroy y de los Zevallos, así como otros, logrando y armando una posesión de gran amplitud en sus dependencias.

Un Palacio que alcanzó la residencia del Alférez Mayor, o sea, el alcalde, tras haber recaído el mismo en los descendientes de don Francisco de Ovando y que en aquellos tiempos se llevaba a cargo de forma hereditaria.

Un buen día el dueño y señor del Palacio, don Vicente Francisco de Ovando y Solís, Castejón y Rol de la Cerda, 1700-1781, IV Marqués de Camarena y también Alférez Mayor y Regidor Perpetuo de Cáceres, decidió incorporarse a la Guardia de Corps, combatiendo en señaladas campañas militares como son la reconquista de Orán, así como la guerra de Nápoles, la batalla de Bitonto y otras de importancia de relieve, logrando alta graduación.

Ya en el año 1752, el ilustre militar prestigioso intelectual, reformista, defensor de la Ilustración, don Vicente de Ovando, procede a realizar un inventario de todos sus bienes, señalando, de modo específico, “por las casualidades que por mi empleo me puedan sobrevenir”. En el mismo, que revela su alto nivel de vida, aparecen numerosos cuadros, como trece dibujos de Velázquez, joyas, veneras de oro con esmeraldas y diamantes, plata labrada, escribanías, tapices, colección de mapas, instrumentos científicos, sortijas, cadenas, relojes, candeleros, pequeña armería de pistolas, escopetas, espadas, espadachines, estoques, ballestas, flechas, piezas de cerámica colonial americana, un reloj equinocial, una gran biblioteca en la que destacan las Fábulas de Esopo y las selectas de Cicerón, con volúmenes de filosofía, religión, historia, geografía, gramática, y, sobre todo, militar…. Además, entre otros numerosos objetos, de dos pisos en Madrid y siete viviendas en Getafe.

Posteriormente matrimonió, ya en el año 1753, con doña María Cayetana Vicenta Ulloa de Ovando Calderón, que era de su mismo linaje, y ejercía como Vizcondesa de Peñaparda de Flores, un título nobiliario que fue creado en 1638 por el Rey Felipe IV a favor de don Pedro Alfonso de Flores y Montenegro, también Caballero de Santiago.

El matrimonio vivía en la popular Casa Nobiliaria que, por esas cuestiones de marcado carácter popular, pasa a ser conocido como la Generala, por ser la residencia del militar don Vicente de Ovando, amigo, por cierto, y cuentan que hasta confidente de señalado grado, de Su Majestad el Rey, Carlos III, y de doña María Cayetana. Y porque, al parecer, además de la tipología familiar, Doña Cayetana ejercía el mando con dotes, tal cual corría por las aguas del río entre la rumorología callejera.

Matrimonio que le dio suma prestancia y relieve, en aquel pequeño Cáceres de entonces, a doña María Cayetana que, al parecer, lucía el porte del aire de la importancia de los altos cargos y distinciones de sus esposo en sus paseos de recreo y distracción, en sus conversaciones con las amistades de alta alcurnia, en sus salidas para escuchar la santa misa, y en sus idas y venidas con diferentes motivos por aquel Cáceres nobiliario, en el que alguna que otra ciudadana mirábala, incluso, con desdén, cuando no cierto aire de envidia, y siendo objeto de comidillas propias de la villa cacereña.

Y de ahí que en aquel Cáceres, en el correr del siglo dieciocho, se popularizara la fisonomía del palacio con la identidad de la familia.
— ¡Mira, ahí va la Generala!–, decían algunos, señalando a doña María Cayetana.

O:
— ¡Ahí está la Casa de la Generala!–, señalaban otros.

Posteriormente, ya en el año 1770, don Vicente Francisco de Ovando logra, ni más ni menos, que el ascenso a Teniente General.

Y para más señas, y de una tacada, señalemos, asimismo, que don Vicente de Ovando también desempeñó la misión de Señor de la Arguijuela de Abajo, fue Segundo Teniente de la Primera Compañía de las Reales Guardias de Corps, Brigadier de los Ejércitos Reales, Gobernador Militar de Badajoz, Mariscal de Campo, Capitán General de Castilla y León, Comandante General de Extremadura, además de haber ostentado el marquesado de Camarena la Real, otorgado por el Rey Carlos III, tras haber sido desposeido del título de Marqués de Camarena, a través de un pleito familiar, y cuyo título pasó a denominarse Marquesado de Camarena la Vieja para diferenciarlo del nuevo título de don Vicente de Ovando. También fue Caballero de la Orden de Calatrava, alcanzando el grado de Comendador de Mayorga.

Lo que se dice todo un hombre de suma relevancia e importancia, como se manifiesta y deja constancia en su currículum, mientras el nombre instaurado en aquella época por los cacereños a su domicilio, producto de la tipología, imaginación y originalidad popular, pasaba a ser, sencillamente, el de La Generala.

No obstante otras teorías apuntan, seguramente por confusión, a que el nombre de la Generala proviene de la propietaria del mismo en el siglo XVIII, doña Josefa de Ovando, esposa del general don Antonio Vicente de Arce, tal como figura, por ejemplo, en la página web del Ayuntamiento de Cáceres.

Lo que convendría aclarar por el propio rigor de la historia. Aún cuando fuera como fuere, tras unos años de penoso abandono de la Casa, allí se instaló después, en el año 1923, el periódico Extremadura, posteriormente la Facultad de Derecho y, finalmente, el rectorado de la Universidad y el edificio, para no engañarnos, sigue siendo el Palacio o Casa de la Generala.

Y es que, como decíamos al principio, cuando el pueblo se empeña no hay quien le frene. ¿O hay alguien capaz de cambiar el nombre de la calle Pintores, que ya se conocía así en el siglo XVI, cuando pasó Felipe II en mula por ella en el año 1583, aunque después, en la rotulación oficial pusiera Alfonso XIII, Pablo Iglesias, durante el período, claro es, de la República, o de Generalísimo Franco, para retornar, al cabo de los siglos a volver a ser la calle Pintores.

 

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