LA HONDURA DE LAS HURDES

Las Hurdes. O la inmensidad de una comarca cacereña cuajada de esencias en la historia de sus pueblos, aldeas y alquerías, que forma parte, inconmensurable, por la geografía española.

El pie de la fotografía dice: Niños de la Escuela de Fragosa en un día de exámenes

El pie de la fotografía dice: Niños de la Escuela de Fragosa en un día de exámenes

Una comarca con una extensión de 508 kilométros cuadrados, con sus gentes luchando como jabatos en aquellas duras y ásperas laderas montañosas, intentando arrancar verduras y frutas a una tierra que crecía segmentada ebtre piedras y buscando las riberas de los ríos.

Una tierra, la de Las Hurdes, con una historia marcada por numerosas condiciones: El abandono por la desconsideración humana de la desatención social, la lucha y la tremenda e inagotable resistencia de sus gentes, la defensa de ese impresionante rincón que hoy se conforma con un nombre de hondura, en el que destaca la defensa, el aguante, la persistencia de sus hombres, de sus mujeres, de sus pequeñuelos… Con una historia compleja para una total y verdadera admiración de tantas generaciones que fueron saliendo adelante, esfuerzo a esfuerzo, entre sudores y penalidades, logrando hacer de Las Hurdes, tras mucho tiempo, a caballo entre la paciencia y la generosidad de su esfuerzo, un camino de progreso que alcanzaron por derecho propio.

Una tierra que en 1911 recorrieron, de arriba abajo, el escritor Marcos Rafael Blanco Belmonte y el fotógrafo Venancio Gombau, uno de los más cualificados de la época, recorrieron Las Hurdes, para compendiar el libro «Por la España desconocida: Notas de una excursión a La Alberca, Las Jurdes, Las Batuecas y Peña de Francia«.

Y, entre las fotografías de la publicación, ésta, tan llamativa y sugestiva en tantos aspectos de las Hurdes de Aquellos Tiempos.

Una tierra que, a principios de siglo, recorrió, de forma íntegra, el poeta castellano-extremeño José María Gabriel y Galán, que salió absolutamente apenado de aquella visita, cuajada de dolor y de pena, de lágrimas poéticas, pero que le nacían en lo más profundo del alma.

Todo un poema que analiza en estricta profundidad un viaje que, para José María Gabriel y Galán, estuvo cuajado por toda una radiografía en su mente a  través de toda una muy larga y numerosa serie de estampas que se le clavaron, como espinas, en su alma, desde el sufrimiento, y que plasmó en su obra «La Jurdana«.

Un poema, cuajado de versos segmentados por su dolor y por sus dolores, que reza, con toda su alma volcada en el mismo, del siguiente tenor:

Era un día crudo y turbio de febrero
que las sierras azotaba
con el látigo iracundo
de los vientos y las aguas…
Unos vientos que pasaban restallando
las silbantes finas alas…
Unos turbios, desatados aguaceros,
cuyas gotas aceradas
descendían de los cielos como flechas
y corrían por la tierra como lágrimas.
Como bajan de las sierras tenebrosas
las famélicas hambrientas alimañas,
por la cuesta del serrucho va bajando
la paupérrima jurdana…
Lleva el frío de las fiebres en los huesos,
lleva el frío de las penas en el alma,
lleva el pecho hacia la tierra,
lleva el hijo a las espaldas…
Viene sola, como flaca loba joven
por el látigo del hambre flagelada,
con la fiebre de sus hambres en los ojos,
con la angustia de sus hambres en la entraña.
Es la imagen del serrucho solitario
de misérrimos lentiscos y pizarras;
es el símbolo del barro empedernido
de los álveos de las fuentes agotadas…
Ni sus venas tienen fuego,
ni su carne tiene savia,
ni sus pechos tienen leche,
ni sus ojos tienen lágrimas…
Ha dejado la morada nauseabunda
donde encueva sus tristezas y sus sarnas,
donde roe los mendrugos indigestos,
de dureza despiadada,
cuando torna de la vida vagabunda
con el hijo y los mendrugos a la espalda,
y ahora viene, y ahora viene de sus sierras
a pedirnos a las gentes sin entrañas
el mendrugo que arrojamos a la calle
si a la puerta no lo pide la jurdana.II¡Pobre niño! ¡Pobre niño!
Tú no ríes, tú no juegas, tú no hablas,
porque nunca tu hociquillo codicioso
nutridora leche mama
de la teta flaca y fría,
álveo enjuto de la fuente ya agotada.
Te verías, si te vieras, el más pobre
de los seres de la tierra solitaria.
No envidiaras solamente al pajarillo
que en el nido duerme inerte con la carga
de alimentos regalados
que calientan sus entrañas,
envidiaras del famélico lobezno
los festines que la loba le depara,
si en la noche tormentosa con fortuna
da el asalto a los rediles de las cabras…
Estos días que en la sierra se embravecen,
por la sierra nadie vaga…
Toda cría se repliega en las honduras
de cubiles o cabañas,
de calientes blandos nidos
o de enjutas oquedades subterráneas.
Tú solito, que eres hijo de un humano
maridaje del instinto y la desgracia,
vas a espaldas de tu madre recibiendo
las crüeles restallantes bofetadas
de las alas de los ábregos revueltos
que chorrean gotas de agua.
Tú solito vas errante
con el sello de tus hambres en la cara,
con tus fríos en los tuétanos del cuerpo,
con tus nieblas en la mente aletargada
que reposa en los abismos
de una negra noche larga,
sin anuncios de alboradas en los ojos,
orientales horizontes de las almasIIIPor la cuesta del serrucho pizarroso
va bajando la paupérrima jurdana
con miserias en el alma y en el cuerpo,
con el hijo medio imbécil a la espalda…
Yo les pido dos limosnas para ellos
a los hijos de mi patria:
¡Pan de trigo para el hambre de sus cuerpos!
¡Pan de ideas para el hambre de sus almas!

Unas Hurdes siempre llena de vida y esperanza, por la sencilla razón de que, durante tantas y tantas generaciones los hurdanos siempre llegaron a creer en ellos, en sus fuerzas y en sus impetus, en sus impulsos, y también, claro, en que un día, los pueblos y Gobiernos se solidarizarían con ese tierra que hoy marcha con tanto espíritu en los raíles del tren del progreso.

Una comarca cacereña, próspera y llena de vida, de anhelos y que ya dejó hace mucho tiempo, y muy atrás, afortunadamente, otros caminos en los que tantos y y tantos de equivocaron de raíz.

Poco después, en el año 1908, tuvo lugar en Plasencia un Congreso de y sobre Las Hurdes, denominado Congreso Nacional de Hurdanófilos y tratar de poner todos los remedios al alcance y mejorar el panorama que teñía, aún más, de negros nubarrones el campo y la geografía humana de un rincón extremeño llamado Las Hurdes.

Un Congreso con asistencia de numerosas personalidades y que se justificaba, según señala revista «Nuevo Mundo» de «Una obra de colonización dentro del territorio peninsular«.

Para ello en sus páginas se señala, de forma textual, que «viven las gentes de la comarca hurdana la vida más primitiva, bajo chozas grotescas, sucias y mal construidas, sin comunicaciones regulares en los pueblos y ciudades próximas, sin escuelas, sin higiene, totalmente desamparadas de auxilio, oficial«.

Incluso, a esas ya de por sí penosas condiciones expuestas en el párrafo anterior, se subraya que «los hombres labran la tierra desconociendo los procedimientos más elementales de la agricultura, las mujeres no prestan a sus hijos cuidados maternales porque los abandonan pequeños para ir de nodrizas a la ciudad y la miseria domina en todos aquellos chamizos, y la falta de moral y de costumbres hacen de los hurdanos una tribu extraeuropea»…

Y es que no había más remedio que adoptar una decisión de firmeza, de trabajo y de compromiso con toda urgencia. Aunque, evidentemente, se tardó mucho tiempo, muchísimo demasiado, en tomar las medidas necesarias de ayudas económicas, en todo tipo de campos, y aplicarlas con la debida honradez en tiempo y forma.

Es de señalar que en el año 1921 dos periodistas de la revista «Mundo Gráfico«, entre las más leídas e influyentes de España, por los compases de Aquellos Tiempos, un día, cámara al hombro y bolígrafo y libreta en ristre, se encaminaron a aquel complejo y severo mundo de Las Hurdes de entonces, acercándose hasta el corazón de la geografía hurdana, recorriendo la zona de arriba a abajo, pateando alquerías y obteniendo documentos de las buenas gentes hurdanas.

Y, en medio de un reportaje cuajado de ese realidad llamada dramatismo, titulado «LA REPUBLICA Y LA TREMENDA LACRA DE LAS HURDES«, esta joven hurdana –que aparece en la fotografía, unas líneas más arriba, a la izquierda– sacó del baúl el traje típico femenino de ese amplio segmento humano de Las Hurdes.

Entonces la joven hurdana se fue vistiendo prenda a prenda, hasta completarlo y lucirlo, posteriormente, con esa sensibilidad, tan propia, de la mujer cacereña, imprimiendo un gigantesco rayo de hermosura, tan bien ataviada ella, dando vida a la, entonces, tan deprimida comarca extremeña.

Un traje del que mi querido amigo Félix Barroso Gutiérrez, una eminencia en el estudio de Las Hurdes, escribe lo siguiente: «Se trata de una Jurdana con la «saya de picoti«, «mandilón«, «jugona» y el «dengui» cruzado por el pecho, Este «dengui» con flecos es ya una evolución de la «ehcravina«, de un solo color y sin flecos. Asimismo, señala, a la moza le falta el pañuelo a la cabeza, atado al estilo «jurdanu«. Del mismo modo añade que, «lamentablemente, en la comarca de Las Hurdes, actualmente, la indumentaria tradicional femenina está sujeta, en muchos casos, al capricho de las mujeres que la confeccionan, introduciéndose prendas que jamás se usaron en dicha comarca, como el chaleco, o abigarrados bordados que nada tienen que ver con la antigua, austera y preciosa «saya de picoti».

El fotógrafo José Demaria Vázquez, conocido como Campúa, el único que acompañaría al Rey Alfonso XIII, en su viaje a Las Hurdes, captó esta fotografía para la posteridad.

Pastor hurdano. Años 30.

Pastor hurdano. Años 30.

Y una tierra, también, cuajada de pastores, con rostros curtidos, acaso con severidad, por los rayos del paso del tiempo. Entre las vías de sus inclemencias y el crujido, a veces, cruel, claro, como todos conocemos, de una retahíla de adversidades.

La estampa del pastor se sitúa en el año 1930. Un camino de arrugas que le atraviesan, como los senderos hurdanos de entonces, la cara; la mirada, plena de generosidad; el rostro, encajándose ante tantas circunstancias; la boca, callada y silenciosa… Y la mente, ay la mente, probablemente, anduviera navegando, desde la libertad que existe en el campo interior de sus sueños, por un mundo mejor, y aportando, como marca la tradición, lo mejor para él, para los suyos, para la alquería, para la aldea, para el municipio, para la comarca,

Allí, en aquel difícil, complejo, escaso terreno de campo, un auténtico pedregal, el pastor, los pastores hurdanos procedían a entregarse de un  modo más que afanoso con la inmensidad de su trabajo, azuzado por la filosofía de sus tiempos –vagando por esos terrenos de aquella impresionante y buena gente de campo–…

Y, también, claro, luchando, siempre a brazo partido por salir adelante en medio de ese vendaval que tantas veces les aislaba porque la vida es así.

Todo ello en base a un reto de muy altos compromisos por parte de las gentes hurdanas. Siempre sumamente comprometidas con ellas mismas y con su tierra.

Pero ellos, los hurdanos, supieron luchar desde el principio de los tiempos ante los olvidos a los que les fueron conduciendo otros y las circunstancias y avatares de la vida. Un pulso y un reto que abordaron con tanta dignidad como ejemplaridad.

Ante el desgarro, impresionante, de Las Hurdes, se alzó, entre otros, con su llamamiento generoso y extraordinariamente humano y solidario, una personalidad como la de José Polo Benito, (1879-1936), clérigo y también escritor, estudioso de la sociología rural en el epicentro de la comarca cacereña, que se comprometió al máximo en el empeño hurdano y que lanzó una serie de llamamientos desgarradores, que, afortunadamente, al cabo de demasiado tiempo, llegó a tener su eco.

En la destacada biografía de José Polo Benito, además de una manifiesta labor pastoral, dirigió la revista «Las Hurdes«, que se puso en marcha en el año 1904, y dirigió el Congreso Nacional Hurdafónilo, celebrado en Plasencia, en 1908, dejando constancia de su inquietud por tratar de hacer y allanar, cada día, Más y Mejor, el camino de la comarca cacereña. También fue deán de las catedrales de Plasencia y de Toledo, presidente de la Caja de Ahorros de Plasencia, colaborador de ABC y «Mundo Católico«…

En este sentido es de señalar que José Polo Benito fue uno de los primeros y máximos impulsores, junto al obispo de la diócesis de Plasencia, monseñor Francisco Jarrín, para posibilitar la visita del rey Alfonso XIII a aquellas Hurdes tan maltratadas por muchos y tomar contacto con el paisanaje humano, los parajes y las expectativas para diseñar un mejor camino para aquel mundo tan distante en tantos aspectos de otras partes de la geografía española. Un logro de señalados considerandos. Entre otros motivos porque lo más importante era, precisamente, el de las iniciativas para abrir caminos de esperanza.

Ambos pusieron en marcha asimismo, además, la fundación «La esperanza de Las Hurdes«.  El objetivo común de las tres iniciativas: Tratar de concienciar a todos de la dramática, dura y calamitosa situación de miseria, abandono y aislamiento de la comarca hurdana. Asimismo entre esas problemáticas sobresalen también, en Las Hurdes, las lamentables condiciones higiénicas, el paludismo, unas viviendas inhumanas, un amplio campo de pobreza, la extensión del paludismo, el bocio, la escasez alimenticia y problemas de índole nutricional, anemia…

El año 1922 el Rey Alfonso XIII giró una visita de excepcional importancia a una comarca cacereña, Las Hurdes, que necesitaba de una urgente ayuda humanitaria, social, económica, sanitaria, educativa…
 
Una visita esperada largo tiempo por los hurdanos, largos años, largas decenas de años, hasta que lograron ponerse de acuerdo hasta que el clérigo José Polo Benito, tan entregado y comprometido con las gentes hurdanas, y el Obispo de Plasencia, monseñor Francisco Jarrín, lograron poner de acuerdo a autoridades políticas, civiles y eclesiásticas…
 
… Y, de esta manera, posibilitar una visita que marcó una huella sobre una comarca cacereña, extremeña, española, que sangraba de necesidades de todo tipo y condición, para salir adelante y superar una situación verdaderamente compleja y dramática.
 
Aquí vemos, en la fotografía de Campúa, al rey Alfonso XIII charlando con unos niños hurdanos.
Impresionante imagen de Aquellas Hurdes que captara Campúa.

Impresionante imagen de Aquellas Hurdes que captara Campúa.

Asimismo el doctor Gregorio Marañón y otros humanistas de la época, ante el estado de necesidad y de urgencia en Las Hurdes de Aquellos Tiempos, colaboraron con decisión para la visita que el rey Alfonso XIII efectuó a la más que deprimida comarca cacereña para comprobar «in situ» y en primera persona la situación de la misma, tal como se la habían descrito.

Un viaje que tuvo lugar en junio del año 1922 por los vericuetos y los rincones más insólitos que pocos se atreverían a diagnosticar en aquella España, en medio de unos segmentos de pobreza verdaderamente conmovedores y comprometedores en la conciencia social de tantos.

Un viaje en el que Su Majestad estuvo acompañado de un fotógrafo de excepcional calidad profesional y que figura en las páginas de oro de la historia de la fotografía española. Nos referimos a José Demaría Vázquez, más conocido en el panorama artístico como Campúa (1900-1975). De una personalidad, creatividad y genio artístico de señalados considerandos, mientras iba desvelando, paso a paso, todas aquellas secuencias de un viaje que todos calificaron de duro en extremo y del aprendieron, al mismo tiempo, mucho.

Un viaje, como se remarcaba en tantos y tantos medios informativos, como la mar de difícil por aquella larga y continuada, interminable serie de secuencias humanas, sociales, morales, económicas, alimenticias, ocupacionales, recreativas, que debemos de calificar como de verdaderamente épicas, de una colectividad de un genio y de una raza, de una gente extraordinaria, como lo es aquella que estaba conociendo durante su trayecto por Las Hurdes.

Aquí vemos otra impresionante secuencia con el Rey recorriendo uno de los caminos en la alquería de Río Malo de Arriba junto al ministro de la Gobernación, publicada en la revista «Mundo Gráfico«, con la firma de Campúa.Y ahí es cuando comenzó a poner en marcha y a llegar, poco a poco, un compromiso de todos y sacar adelante a la comarca cacereña de Las Hurdes. De tanta hermosura entre sus valles, sus montañas, sus riachuelos y sus gentes. Porque nada más llegar a Madrid, el Rey, embargado emocionalmente de cuantas estampas e imágenes pudo contemplar en el viaje, procedió a crear y a poner en marcha el Patronato de Las Hurdes.

El Rey visitaría nuevamente, no obstante, en el año 1930, aquella tierra hurdana, siempre tan hermosa, pero tan abandonada entonces, con un enorme río de adversidades que el álbum de la hemeroteca pasa revista a imágenes muy difíciles –por no decir imposible– de aguantar sin soltar alguna exclamación con palabras críticas. Cuando menos a una clase política que, salvo error u omisión, vivía a espalda de una comarca española en el primer tercio del siglo XX.

De este modo en la imagen de la izquierda podemos apreciar la imagen del recibimiento a Su Majestad, don Alfonso XIII, en ese viaje de supervisión sobre los proyectos y trabajos en Las Hurdes.

La fotografía de la izquierda, obra de Benítez Casaus, con una larga fila de tantos pies descalzos, en medio de un clamor de gritos de «¡Viva el Rey!» y de «¡Viva España!«, como se perciben, junto a otros lastres en las alquerías y aldeas hurdanas, dio la vuelta al mundo desde la portada de prestigiosa revista española «Estampa«.

Una lucha paulatina para sacar adelante el compromiso moral de tantos personajes y de tantas personalidades que se daban cita en este tiempo de intensidad a favor de la mayor celeridad de los pasos que se daban desde el patronato de Las Hurdes.

Sí, así es. Pero que continuaba padeciendo y sufriendo en sus carnes y en su alma el paisanaje hurdano, impregnado de sudor y cariño en y por la tierra en la que les nacieron…

Unas Hurdes que se encontraban en ese estado, a caballo entre su vida, de tantos años atrás, y de los trayectos y proyectos que se albergaban, por un mejor esquema de vida para sus buenas y humildes gentes. Hombres, mujeres y pequeños, que se seguían  abrazando a su tierra de amor y de pasión, aunque envuelto en segmentos de muy fuertes complejidades, como se puede apreciar palpando el hálito de las duras condiciones en la encrucijada de la tierra hurdana.

Esta fotografía, también firmada por el artista Benítez Casaus, que se incrustaba, junto a otras en la misma revista citada anteriormente, «Estampa«, deja constancia, en 1929, del mundo interior, intramuros de una casa cualquiera, que captó el fotógrafo en su camino, y en el reportaje titulado «Una semana en Las Hurdes«, con dos capitulos:

«El pregón de la noche» y «La tierra del dolor«. Dos capítulos que siguen dejando constancia escrita y fotográfica, firmado por el periodista José Ignacio de Arcelo, del testimonio de un modo profundamente humano, en ese mundo tan duro que se reafirmaba, sin embargo, en Las Hurdes.

Del mismo modo que, poco a poco, comenzarían a publicarse más y más testimonios relevantes, de extraordinaria densidad humana y moral, que también, paulatinamente, iban contribuyendo a concienciar a todos. No solo a la clase política, a veces tan olvidadiza en sus campos de actuación, sino lo que es más importante a la propia sociedad española…

No obstante el tiempo avanzaba lentamente, dura, dramáticamente en la geografía hurdana. Una tierra dureza, cuajada de misterios y de enigmas y de sinsabores. Una tierra castigada y flagelada tanto tiempo, en sus buenas gentes, no se sabe por qué.

"Una alegre calle de Río Malo". Pie de foto de la fotografía publicada en el reportaje citado.

«Una alegre calle de Río Malo». Pie de foto de la fotografía publicada en el reportaje citado.

No obstante el año 1929 el periodista y escritor José Miguel de Arcelu volvió a la tierra hurdana y comprobar cómo iba el proceso de la tierra hurdana tras la visita de Alfonso XIII. Primero en 1922, después en 1929. Siete años que dan, evidentemente para mucho. El periodista que publicaría un reportaje en la revista «La Estampa», de ese mismo año, combina, de forma analítica, aquella tierra que denomina estéril e insalubre, que denomina como una tierra quebrada, en la que moran cinco o seis mil habitantes, subraya, , con paludismo en las Hurdes Bajas, y bocio en las Hurdes Altas…

… Pero deja constancia de que con el trabajo de los tres médicos y el avance de caminos forestales, por ejemplo, se va abriendo paso a otras Hurdes y de las que solo el tiempo se encargaría de definir desde esa serie de perspectivas humanas, morales, sociales, educativas, sanitarias, para ese impresionante número de personas que tantas encrucijadas vivieron y seguían abordando, porque así lo quiso el destino.

El hecho evidente es que, más allá de lo expuesto, de forma bonancible por José Miguel de Arcelu, quedaba mucho presupuesto que ceder por todos los puntos de la geografía hurdana, muchas obras por hacer, en todos los campos, y, fundamentalmente, ir abriendo un paulatino camino en la propia estructura y diseño de unas Nuevas Hurdes.

Para lo que, evidentemente, quedaban muchos, pero que muchos años por delante. Y, lo que resultaba más arduo y comprometido, mucho esfuerzo y trabajo por delante. El problema social radicaba en que eran unos miles de personas las que tenían que seguir padeciendo las adversidades de las características y de las circunstancias.

Corría el año 1931. Cuando un periodista el fotógrafo Campúa vuelven a la aspereza humana de Las Hurdes con la revista «Mundo Gráfico«. Un territorio de extrema severidad. Se les hundió la moral en Las Hurdes que se les ofrecía a la vista. Una tierra de la que nadie sabía explicar el por qué de esa situación humana, social, económica… Y con la que tantas deudas tenían contraídas España y la sociedad.

El titular del reportaje resultaba, quiérase o no, verdaderamente demoledor: «La República y la tremenda lacra de Las Hurdes«. El subtítulo resultaba, quiérase o no, verdaderamente pavoroso: «Los ocho mil compatriotas que viven pegados en los breñales hurdanos, víctimas de la miseria moral y fisiológica«.

Aún quedaba pendiente pues, , nada más y nada menos, la gran esperanza que representaba para todos la paulatina pero más firme la integración por igual de Las Hurdes en la dinámica española en tantos terrenos. Palabra de Rey, compromiso de España… Pero el panorama, por mucho que dijera y prometiera el Rey Alfonso XIII, se presentaba arduo.

Un ejemplo significativo, como resumen de tan duro testimonio puede resultar tanto la fotografía, encima de estas líneas, como el pie de fotografía de la misma: «Esta chozuela es la envidia de los vecinos hurdanos que la han catalogado como la mejor vivienda de Las Hurdes«. Acaso no hicieran falta más palabras. Solo trabajo para superar ese pulso de la vida. Pero hay que continuar en el recorrido de esa vida, por darle un nombre, inhumana…

Y en cuyo recorrido, trasegando por la historia de Las Hurdes, iremos profundizando día a día para transitar por una tierra honda, dura, muy adversa en Aquellos Tiempos, con numerosos testimonios de humanidad expuestos por muchos nombres, de los que iremos ocupándonos poco a poco.

Como por ejemplo el estudio, impresionante, llevado a cabo por que mi querido amigo Victor Chamorro Calzón, extraordinario novelista, comprometido con la tierra extremeña, y hurdana en este caso concreto, a sangre y fuego. Medalla de Oro de Extremadura, con una obra verdaderamente ingente y que plasmó en la novela «Las Hurdes, tierra sin sin tierra», un desgarrador testimonio social y humano, que hay al otro lado de las Hurdes: En el que viven y trabajan y se esfuerzan y se desgarran sus gentes al máximo.

O, también, el ensayo que sobre esas mismas Hurdes, una tierra tan comprometida cuando se entraba en ella, desplegó mi también querido amigo, escritor, novelista, ensayista, extremeño de Casar de Palomero, Juan Antonio Pérez Mateos. De cuya tierra y sobre cuya tierra, ay, Las Hurdes, nos dejó el legado de un título tan profundo como el de «Las Hurdes, clamor de piedras«.

Pero hay que seguir, poco a poco, con el corazón en la mano, en esta tierra, entonces sangrante en tantos terrenos, y que recorrimos en Aquellos Años de la segunda mitad de los sesenta, con el mayor agradecimiento a tanta buena gente que vivía enjertada en ese auténtico clamor de piedras, sí, que eran Las Hurdes.

 

 

 

 

 

     

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