LA LUZ DE LOS LIENZOS DE JUAN CALDERA

Juan Caldera Rebolledo, una eminencia y una notoriedad de la pintura de, en, por, sobre, hacia y para Cáceres, tenía una obsesión auténtica por la luz de sus cuadros. Y de esa pasión y amor por la luz salió una pintura bella y hermosa sobremanera.
En el año 1919 el pintor cacereño Juan Caldera Rebolledo tan solo contaba con 22 años. A esa edad tan temprana ya estaba consolidado como una figura de cierta relevancia y notoriedad con el pincel… Y ese fue el motivo por el que desde la prestigiosa revista nacional e internacional española como “La Esfera“, editada por Prensa Gráfica, que se publicara en el período comprendido entre 1914 y 1931, y en donde firmaban escritores de tan alto prestigio como Miguel de Unamuno, Jacinto Benavente, Emilia Pardo Bazán, Ramón Perez de Ayala o Ramiro de Maeztu entre otros, le pidieran una obra de Cáceres para la sección de la misma e incrustarla dentro de la serie denominada “Ciudades Españolas“.
 
Todo un honor para el pintor, cacereño por los cuatro costados, que, tras darle muchas vueltas al recorrido de la entonces Ciuudad Antigua, durante unas largas sesiones, consciente de la importancia del encargo para su trayectoria, se sentó con su caballete, con sus pinceles, con su paleta y se ponía a mirar y estudiar, incesantemente, durante horas, Adarve abajo, porque aquel fue el lugar elegido por el artista cacereño e inmortalizarlo a través de su aparición y publicación en “La Esfera“. Juan Caldera Rebolledo había elegido, nada más y nada menos, que El Adarve, y a cuyo título del cuadro en la sección de la revista “La Esfera“, le pondría por delante cuatro palabras de extraordinario calibre y contenido: “Un Rincón de Cáceres“. 
Todo ello, horas y horas, durante días y días, hasta que logró plasmar en la revista “La Esfera” la obra adjunta, para sorpresa, admiración, elogios y aplausos de todos los lectores de la revista.
 
Juan Caldera (1897-1946), enamorado de la tierra, pintor impresionista, dejó su sello de prestigio en la divulgación de su extraordinaria visión del Adarve, con todo lujo y tipo de detalles, y que dio la vuelta al mundo. Como tanta obra suya se enriqueció con su firma, con su prestigio, con su calidad humana, con su semblanza y talla artística.
 
Se formó desde muy pronto con las enseñanzas de Gustavo Muro Hurtado y de Julián Perate, se cuajó en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, impartió clases en el Instituto Nacional de Segunda Enseñanza, en el Colegio de San Francisco, en la Escuela de Magisterio y en la Escuela Elemental de Trabajo.
 
Tomás Martín Gil, una eminencia de las letras y de la cultura extremeña, donde su nombre está moldeado con letras de oro, le denominó “El pintor de Cáceres y las escenas de costumbres, y los tipos de nuestras muchachas y la mística de nuestras procesiones“, además de retratarle, nunca mejor dicho, como buen amigo, buena gente y hombre bueno.
 
Y Valeriano Gutiérrez Macías, Académico Correspondiente de la Real de la Historia, escribía de Juan Caldera Rebolledo que “La inmensa mayoría de sus lienzos son obras extremeñas”, añadiendo que”sus lienzos, muy completos, tienen la luz de Extremadura“. Lo que honraba al pintor, a la tierra y a la esencia de su pintura.
 
Juan Caldera Rebolledo se dedicó a Extremadura por vocación espiritual y humana que se engrandeció y recreó, desde la sencillez y humildad, en ir plasmando, día a día, dibujos, pinceladas, secuencias, logros, todos del Cáceres y la Extremadura de su pasión.
 
Enseñó la hondura y la sensibilidad de la belleza de la pintura en artistas de la talla, excepcional, como la que conformaban cacereños como Victoriano Martínez Terrón, de Ceclavín, (1928), como Indalecio Hernández Vallejo. de Valencia de Alcántara. (1928-2000), y como Juan José Narbón, de San Lorenzo del Escorial (1928-2005), pero afincado entre Cáceres y Malpartida de Cáceres casi desde siempre, y Medalla de Oro de Extremadura. Tres genios de cualificada clase, tres buenas personas, de amantes de lo cacereño. Todo ello, pues, a imagen y semejanza de Juan Caldera Rebolledo.
 
Pintaba, según decían los que paseaban con él y los que frecuentaban aquellas interesantes tertulias con el maestro, pintaba, decía, por la mañana, por la tarde, por la noche, a todas horas. Al parecer porque ese trabajo le imprimía fuerzas para caminar en el estudio de su creatividad, de sus personajes, de toda su obra. Y le preocupaba, sobremanera, la luz, la luz, la luz. Esa luz, impresionante, que emana de todos sus cuadros… Y de la luz, el color. Y, además, un realismo de extraordinaria sensibilidad e identidad personal. Como sobresale la fuerza y el vigor de su tipología costumbrista, y que representó, desde siempre, uno de sus retos y uno de sus compromisos que, a fin de cuentas, le encumbrarían en el pedestal de la pintura cacereña y regional.
 
Su obra se conforma por un bello relieve, por unas connotaciones de incrustrarse en los adentros de sus propios cuadros, pincelada a pincelada, por el ambiente, todo, siempre, de Cáceres y de Extremadura.
 
Cáceres, en todas sus manifestaciones, fue su gran asignatura. Por lealtad, por compromiso, por convicción personal y moral por reflexión y meditación, por conciencia personal. Lo dicen sus lienzos, lo plasman sus argumentos, lo dictan sus apuntes, sus exposiciones, su propia idea y esencia de toda la pintura de su obra que se centra, sencillamente, en la tierra parda de la geografía de Cáceres.
 
Y a todo ello, pues, fue dedicando, paulatinamente, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, su trabajo. Que nacía en los surcos de su identidad con Cáceres. Más mérito, pues, resultaría imposible.
En ese empeño, en esas constantes, en esas particularidades y en ese relieve no cejó prácticamente. Un trabajo y todo un compromiso de honor que de siempre le distinguió por el bien, eso sí, afortunadamente, de la expresión artística de Cáceres. Una ciudad que hoy se enorgullece de su obra y al que recuerda con una calle que lleva su nombre y apellidos.
En su trayectoria le acompañaron algunos premios, como el que configuró la Medalla de Plata de la Exposición Iberoamericana de Sevilla o algunos Carteles de las Ferias y Fiestas de Cáceres, como éste, por ejemplo, correspondiente al año 1930.
 
Juan Caldera Rebolledo, un trabajador nato, llegó pronto a la madurez artística. Por lo que, cada día, se exigía más y más. Y cuando se encontraba imbuido de proyectos, de ideas, de esquemas, se nos fue, lamentablemente, muy temprano. Demasiado temprano para la obra, gigantesca, que tenía pensado desarrollar. Acaso porque la vida es, sencillamente, así…
Pero queda el respeto inmenso, el aplauso y la admiración de todos y la auténtica expresividad y autoridad de su obra que enriquece, sobremanera, el tejido pictórico de los artistas extremeños.
 
Aquí os dejo, pues, la obra citada “El Adarve“, que lució de forma esmerada y destacada en la revista “La Esfera“, cuando navegaban las aguas del curso de la mar del año 1919, ocupando toda una página de la revista señalada y otros cuadros.
Todo un mérito de relieve, de notoriedad, de constancia, de serenidad, de sosiego, de trabajo, de imaginación, Y, sobre todo, de luz, de la belleza de la luz que tanto y tanto le enriquecía.
Por el camino también, claro es, mientras tantos, cientos de bocetos, de apuntes, de dibujos, de cuadros, de lienzos, de carteles, de paisajes, de personajes y tipos cacereños, de tradiciones, todo ello impregnado de ese sabor, de altura, cuajado de relieve, de la provincia en la que Juan Caldera Rebolledo se distinguió sobremanera.
Con sus campesinos, como el de la muestra fotográfica a la izquierda de estas lineas, como el de las montehermoseñas que le atraían sobremanera, como el de los paisajes de nuestra siempre querida y bendita tierra.
Y es que Juan Caldera Rebolleda, fue, sencillamente, todo un auténtico lujo de la pintura en y con el nombre de Cáceres que hoy recrea la ciudad con sumo orgullo emanado de la sensibilidad artística de uno de sus hijos notables en el panorama de las Bellas Artes. En este caso, en el de la pintura.
Más allá de todo ello hay que dejar constancia de su extraordinaria capacidad de trabajo lo que posibilitó una obra amplia y profusa, diversa y netamente cacereña y cacereñista. Algo que es muy de agradecer por elevar de forma tan consagrada los valores de las más variadas manifestaciones que protagonizan sus cuadros y que protagoniza su obra.
Personajes y estampas típicas, paisajes y mercados, retratos y celebraciones tradicionales y costumbristas arraigadas en el paso del tiempo. Lo que vendría a representar una comunión pictórica del pintor, de Juan Caldera Rebolledo, plasmada, prácticamente, en todos y cada uno de sus lienzos, que forman parte de un patrimonio, no ya incuestionable, sino de extraordinario valor en el panorama de la pintura en la historia de Cáceres.
Cáceres, que le reconoce su obra, y su trabajo por la identidad cacereña, le tiene dedicada, por mérito propio, una calle.
Gracias, Juan Caldera Rebolledo, por haber llevado tan lejos y tan alto el nombre de Cáceres desde la consagración de tu obra que hoy engrandece, con honor y esmero, desde la sugestiva belleza que emana de tus pinceles, a la ciudad.

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