LA PITERA DEL CANTAZO

Con mi artículo “La pitera del cantazo”, publicado hoy, domingo, 20 de mayo, en el periódico regional extremeño “Hoy”, a propósito de una reflexión del escritor y humanista cacereño Alfonso Callejo, en su artículo “Gorriatos”, trato de dibujar, siquiera sea con la sencillez, a caballo entre la memoria y el recuerdo, una pequeña acuarela del Cáceres de Aquellos Tiempos.

Un afilador en las puertar del Gran Teatro.

Aquí os dejo, pues, el referido artículo.

En su artículo “Gorriatos”, o sea, pardales, escrito por Alfonso Callejo en su día en “Hoy”, el autor plantea la paulatina desaparición del gorriato, histórico en el hábitat urbano, como la casi inexistencia del carámbano, burros y gallinas, concluyendo con Aldoux Huxley que, en cierto modo, “el progreso tecnológico solo ha proporcionado medios más eficientes para ir hacia atrás”.

Un artículo que me traslada a cuando los mochuelos nos criábamos entre la familia, la escuela y las pandillas.

En estas últimas a ritmo de cantazos para abatir vencejos, abejarucos, estorninos, pardillos, gateando por los árboles, demostrando nuestra valentía cogiendo culebras, sacando al grillo de su madriguera con una pajilla por la hura, lanzando guijarros contra dos perros pegados, jugando en la calle a burro nuevo, la villorda, hilo negro, que distinguíamos las plantas y sabíamos que la menta combate la jaqueca o que una infusión de ortigas sirve para la circulación, que barruntábamos las tormentas y disfrutábamos si uno se pegaba un guarrazo.

En la escuela aprendíamos los ríos principales de España, las hazañas del Cid, nos rompíamos la mollera con las divisiones de dos o tres dígitos, recibíamos las normas de conducta, sabíamos de figuras geométricas, regiones y provincias de España, inventos de la ciencia…

También copiábamos planas de castigo por no hacer los deberes, aprendíamos reglas de Urbanidad, comenzando cuando un compañero gritaba “¡El señor maestro!” y nos levantábamos dándole los buenos días. En los primeros pasos se imponían el método “Rayas” y “El Catón”, después la Enciclopedia Elemental, la de Grado Medio y había enseñanzas de educación y formación.

Los fríos invernales se combatían gracias a la mercancía de los carboneros, que llegaban desde los pueblos cercanos, arrancando en las crudas madrugadas. A primera de hora se echaba carbón en el fogón, se prendía fuego con un fósforo a unos papeles y se aplicaba el soplillo a toda mecha y el brasero se removía con la badila o la alambrera.

Con frecuencia desfilaban chamarileros, pieleros, caleros, quincalleros, traperos, lavanderas de sacrificio con cubos plagados de ropa… Y en verano el melonero largaba el sonsonete de “Sandías colorás, a raja y cala”.

En los tinaos, establos y cuadras se imponían mugidos, rebuznos, relinchos, balidos, gruñidos, y en los corrales un rumor de gallinas esperaba los desperdicios, esparcidos desde el cubo al cuadril al grito de “¡Pirooó, piroooó!”.

También se practicaba la cultura social de echarse una parrafada con el paisanaje conocido, y el saludo por las calles, que, ahora, parece abatirse un poco más.

El cocido era el plato habitual de los días laborables, sopa de fideos, garbanzos con repollo y chacina, alternándose con sopas de tomate, pollos de campo, gazpachos ajoblanco, huevos fritos de yema colorada, mientras la chiquillada almorzaba y cenaba aprendiendo con los mayores.

Con las tormentas de relámpagos, que a veces llovía a manta de Dios, llegaban las preces en el cuarto de la abuela, ante la capilla de la Virgen sobre la cómoda y con una vela sobre una palmatoria, en ocasiones las madres elaboraban una roscas espolvoreadas de azúcar, y los pequeños, que solíamos heredar las ropas de los hermanos mayores, coleccionábamos cromos de los futbolistas del Real Madrid, del Barcelona, del Atlético de Bilbao y jugábamos fíos o partidos en plena calle pendiente de los botes, guardias municipales.

Cuando tocaban a comer las madres se asomaban y llamaban a sus hijos, apareciendo alguna vecina indicando donde se hallaban los críos, mientras anhelábamos el domingo para recibir la rácana paga semanal y leer las aventuras del Capitán Trueno o el Guerrero del Antifaz para pasar a los relatos de Emilio Salgari o las novelas del Oeste, de Lafuente Estefanía.

Las tardes de sábado y domingo practicábamos las tres pes, paseo, pipas y pa casa, le dábamos al futbolín, acudíamos a las sesiones infantiles de cine, “Marcelino, Pan y Vino”, “Solo el Valiente”, mascando chicle y paladeando regaliz.

Sin darnos cuenta pasábamos al bachiller, a ayudar a misa entre latinajos, repiqueteaba el tenebroso “Dies irae”, la ciudad se estiraba y crecía, se alzaban bloques de grandes alturas, las familias pasaron a vivir en pisos a unos metros del suelo, los niños se alejaban de las pandillas, y se dejaban llevar por las modas de la televisión y los cambios de ciclo.

De repente se impuso la tecnología informática, parte de los pequeños se apelmazan en sus habitaciones, que ya no son cuartos, para evitar, acaso, el contagio familiar, y optan por el ordenador y la telefonía móvil, abundan los amigos virtuales, suelen pasar de la biblioteca y van a internet, cogen la tablet, utilizan diversidad de aplicaciones, brujulean entre Apple, iPhone, iPhad, Apple Watch… Y uno considera si no estaría la virtud en el término medio, aunque haya que adaptarse a los tiempos y no perder el paso.

El articulista concuerda con la exposición de Aldoux Huxley y Alfonso Callejo, mientras pareciera que la sociedad circula despendolada hacia nuevos derroteros y que acaso la sensibilidad pierde fuelle social…

En el hábitat de su niñez el periodista recuerda cuando le descalabró la cabeza a un compañero de pandilla abriéndole una pitera de un cantazo, cuando pretendía asestar un guijarrazo a un pardal que estaba en la línea de tiro.

 

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