LAS FERIAS CACEREÑAS DE 1912

Las Ferias y Fiestas de Cáceres, del año 1912, tuvieron ese esplendor de paulatina consolidación, que se propuso un alcalde de la talla de José Acha Gutiérrez.

Anuncio de la Feria de Cáceres del año 1912.

Anuncio de la Feria de Cáceres del año 1912.

Unas Ferias, las correspondientes al año 1912, que gozaron, tuvieron y dispusieron de un señalado esplendor, gracias al compromiso que, por su florecimiento y engrandecimiento, adquirió el alcalde del Cáceres de Aquellos Tiempos, José Acha Gutiérrez.

Y es que desde su llegada al cargo de alcalde en el mes de marzo del año 1910, según orden, en aquel entonces, del Ministerio de la Gobernación, el reputado comerciante se hacía con la vara de mando de la ciudad de Cáceres, sustituyendo a Luis González Borreguero. Lo que hizo lleno de compromiso con la capital, cuajado de ilusión, con numerosos proyectos para llevar a cabo y con los que en el transcurso del tiempo pasaría la historia. Por la densidad, profundidad e importancia de los mismos.

Dicho y hecho. Lo hizo y cumplió, ya, en las Ferias y Fiestas correspondientes a los años 1910 y 1911. Y, ya, en 1912, las mismas adquirieron un gran esplendor. Y con este curioso anuncio, que se publicó en numerosos periódicos, y en el que en plan telegráfico, deja constancia de toda una serie de ofertas y llamadas para la llegada a la ciudad de ganaderos y forasteros.

Para ello no duda en ofertas “Pastajes gratuitos, sanos abrevaderos, rápido y económico transporte de ganados, grandes rebajas de trenes, hospedajes económicos y toda clase de comodidades para forasteros“.

Luego, en lo que representa la oferta del programa ferial, para la diversión, expansión, participación y animación del respetable público que conformaba el paisanaje del vecindario el amplio programa festivo se abría cuando a las seis de la tarde del día 28 “resonó el estampido de los morteros que anunciaban la inauguración de la Feria”. Y, acto seguido, las Bandas Municipal de Música como la del Regimiento “Gravelinas“, de guarnición, entonces, en el Cuartel Viejo de Cáceres, en el de Galarza, expandían sus alegres compases musicales con interpretaciones como “Anunciación de la Jota“, (diana), “Covadonga“, “Mussetta” y “La toma del Gurugú” (pasodoble), además de otras alegres obras como, por ejemplo, la “Diana Poutpourrí“, una muy llamativa y dinámica conformación de diversos segmentos musicales de una variedad de piezas, obra, creada por el convecino cacereño don José Murguía.

De este modo daba comienzo el bullicio ferial por las calles y recintos habituales, del Mercado de Ganados, allá por el Real de la Feria, repleto de ganado vacuno, entre 350 y 400 pesetas por cabeza, de carneros cuyo precio oscilaba entre las 20 y las 22,50 pesetas, de borregos entre 9.50 y 11,50 pesetas, de cerda, mular, caballar…

Por las cercanías se abrían las puertas de las Casetas instaladas al efecto, con todo tipo de esmero, cuidado y servicios variados, de don Felipe Montalbán y de don Santos Floriano, en muy agradables y festivas veladas…

Al mismo tiempo, claro es, se anunciaban divertidas cucañas con premios en metálico para los que llegaran a lo alto a través del ascenso por el resbaladizo poste, elevación de Globos y también de Fantoches en el recinto mágico y foco central de la feria como el que en aquellos tiempos suponía la Plaza Mayor, siempre a rebosar, Bailes de los llamados Matinées en la siempre selecta de la Caseta de la Concordia, las evoluciones siempre curiosas, siempre llamativas, siempre coloridas de los componentes del Circo Ecuestre por la Compañía de Secundino Feijoó, así como la exposición de los toros que se habrían de lidiar al día siguiente en el coso taurino por los prestigiosos espadas Vicente Pastor y Tomás Alarcón, conocido en el panorama de la fiesta brava, Mazzantinito. 

También se ofrecían películas en el Cinematógrafo público instalado en la Plaza Mayor, Conciertos, Teatros, Bailes en los Centros de Recreo, Conciertos de la Banda de Música del Regimiento “Gravelinas” en el Ayuntamiento, Fuegos Artificiales a cargo de la pirotecnia de Francisco Hernández Parras e hijos, Peleas de Gallos en el Circo Gallístico, Gran Fiesta de la Aviación con las evoluciones aéreas a cargo del prestigioso piloto Henri Tixier, actuación de la Rondalla Valenciana, dirigida por el maestro Rafael Serna, Gran Fiesta de la Jota por la Rondalla Aragonesa, bajo la batuta del maestro Benito Alvarez, Batalla de Flores…

Por su parte en el Pabellón Luminoso, instalado por don Enrique García en la Plazuela de la Concepción, había llenos rebosantes en aquellas exhibiones de curiosas y variadas películas, así como con la actuación del Trío Makokis, en el que dos chicas y un chico cantaban entretenidos cuplés y bailaban con extraordinaria habilidad, conjunción y perfección en medio de las admiraciones y aplausos del público.

Bajo este curioso dibujo se podían leer las deliciosas crónicas taurinas de Eusebio Rodríguez Bañales en "El Bloque".

Bajo este curioso dibujo se podían leer las deliciosas crónicas taurinas de Eusebio Rodríguez Bañales en “El Bloque”.

En la primera de dichas corridas, con astados de la ganadería de don Vicente Martínez, de Colmenar, es de reseñar que Vicente Pastor, que lucía un terno de morado y oro, obtuvo palmas y pitos en el primero, vuelta al ruedo en el segundo, y oreja en el tercero. Por su parte Mazzantinito, curiosamente también de morado y oroconsiguió pitos y palmas en el primero de su lote, brindó el cuarto a don Gonzalo Montenegro, y escuchó palmas por parte del respetable, y el silencio del público en el quinto.

En la segunda de las corridas, con toros del Conde de Trespalacios,  Vicente Pastor, vestido con un terno de plomo y oro, consiguió palmas y pitos, oreja y ovación los tres toros de su lote, mientras que Mazzantinito, que lucía un terno de azul turquí y oro, obtenía ovación, silencio y silencio.

La Plaza Mayor, la Corredera de San Juan y la Plazuela de la Concepción se llenaron de puestos con baratijas y dulces, de atracciones, de instalaches, de vendedores de todo tipo y concepción y que siempre, siempre, siempre, en el correr de los tiempos, hacían su agosto en medio del jolgorio ilusonante, festivo y alegre de los hombres, de las mujeres y de los pequeñuelos cacereños, vestidos con sus mejores galas, luciendo en los rostros las mejores sonrisas y, aunque la cartera, tal vez, no estuviera muy festiva y bullanguera, no era ápice alguno para contagiar a todos, y por tanto contagiarse, del panorama del bullicio multicolor, alegre, variopinto que conforma, también desde siempre, la llamada del pregón ferial en cualquiera que sea la población en que tocan a ferias…

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