LOS PINCELES DE TRES PROFESORES DE DIBUJO DEL ISTI

Emilio Macías, José Luis Turina y Ubaldo Cantos, profesores de Dibujo en el Instituto Nacional de Enseñanza Media, fueron humanistas y pintores de hondura.

 

Sobre la atalaya del sendero, la mirada hacia el horizonte del Isti. Y, también, unos lápices, unos apuntes, una goma de borrar, un bloc de la asignatura de Dibujo, de aquellos tiempos.

Entonces caminas, bachiller, hacia otros tiempos. Como el que diseñaron, entre los rasgos y los trazos del Dibujo, en el Isti, don Emilio Macías Saenz, don José Luis Turina Garzón, don Ubaldo Cantos Gil. Profesores de la materia, de corte clásico, los tres de porte elegante, de gran calidad. Profesoral, educacional y humana. De generosidad en la disciplina de la enseñanza. Y que, acaso por ser una asignatura de las que se solían conocer como “marías”, asignaturas fáciles de aprobar, junto a Educación Física, Formación del Espíritu Nacional y Religión, les imprime, ahora que el tiempo queda un poco atrás, un rango del mayor cariño adobado de respeto.

Todos ellos, pues, coincidían en un abanico de profundas sensibilidades. Además de, claro es, el cariño, el respeto y la cercanía que imprimían con su imagen en los recorridos habituales por las calles de Cáceres.

Un Cartel de Emilio Macías Saenz.

Don Emilio Macías Saenz (Coria, 1911-1970), alto, cordial, agradable, próximo. Y que, desde que diera aquellos pasos ayudando a Eulogio Blasco en la remodelación de las fuentes de Cánovas hasta que un desgraciado accidente acabara con su vida, en cuyo recorrido alcanzara la dirección de la Escuela Elemental de Bellas Artes, nos dejó una serie de obras, de inquietudes, de cuadros y de carteles que se alzaron con premios.

Don Emilio labró todos los géneros de la pintura, con su inquietud y dinámica habitual, y si no llegó a esbozar un cuadro sobre la bondad, como él mismo personificaba, quizás fuera porque no le dio tiempo.

Un hombre entregado, de forma afanosa, constante y esmerada, que, al mismo tiempo, también se dedicó al miniaturismo y a la escultura.

Y allí, en el marco de su estudio, en un lugar de tanta belleza como serenidad y paz, como era el marco de La Sierra, lo que de siempre buscaba para encontrar su inspiración, plasmó gran parte de su obra, cuajada de generosas sensaciones, de imaginación y de tratar de hallar el prisma de su propia sensibilidad por los caminos de los pinceles esculpiendo esa hondura que el mismo imprimía a toda su obra.

Xuaen, un dascinante lugar de Marruecos, en una estampa de José Luis Turina.

Don José Luis Turina Garzón, (Madrid, 1911), hijo del prestigioso compositor musical Joaquín Turina, alumno de pintores como Eugenio Hermoso y Vázquez Díaz, ahí es nada, catedrático, del mismo porte que don Emilio Macías, también dejó una muy profunda huella, por similares características, en el Isti. Tanto de identidad con el humanismo de la enseñanza como por el sosiego que desprenden las pinceladas en el conjunto de su amplia obra pictórica. Como la que abarca la que va desde aquella exposición en el Círculo de Artesanos de Cáceres, en 1957, como la que celebró en 2010, cincuenta y tres años después, en el Palacio de la Isla, bajo un título tan profundo como resulta el de “90 años pintando”, rodeado por el aliento y el recuerdo admirativo de muchos exalumnos y amigos de Cáceres. Sus cuadros dibujan, nunca mejor dicho, la paz y el sosiego como la hermosura que desprendían sus propias clases. Y en Cáceres dejó su obra, conocida por un título tan familiar como “La Sierrilla”, como un legado de amor y pasión, y que pintara desde su estudio en la Avenida de Alemania con La Sierrilla, siempre, a la vista.

Don José Luis siempre decía que le ensimismaban los paisajes y sus colores, la luz y sus relieves. Y, menos mal que solo le ensimismaban. Habría que ser justos: le enamoraban, sencillamente. Hasta tal punto que la Academia le concedió una beca de paisaje, qué curioso, en Xauen. Un fascinante lugar de Marruecos, incrustado en las montañas del Rif, de tonalidades azuladas, al que me abracé durante los tiempos en que ejercía como director de TVE-Canarias.

Y luego, junto a ellos, coincidiendo en la estructura del relato descriptivo de la talla docente y humana, don Ubaldo Cantos Gil (Castro Urdiales, 1930-Cáceres, 2010), también catedrático, y que alcanzara, además, la dirección del Brocense entre los años 1976-1982. Al medio un recorrido del mayor agrado y sensaciones, de persistencia tenaz, a caballo entre las clases formativas de alumnos y sus lienzos, desde que un día abriera las puertas de la sala de la Diputación Provincial cacereña con una exposición de gran calado y relieve. Entre retratos, bodegones, paisajes extremeños, paisajes del alma, en medio de ese sentido figurativo que le distinguía en sus trazos.

Don Ubaldo, que ya permanecería en Cáceres para siempre, tal fue el impacto que le transmitió la ciudad y su paisanaje, también nos dejó en el Insti, al aire libre de su generosidad y de su alto grado de calidad como escultor, el busto de Francisco Sánchez de las Brozas, que presta su nombre al centro bachiller.

Tres humanistas hoy, pues, que nos legaron sus enseñanzas, entre trazos, rasgos, bocetos, pinceladas, detalles, armonías, del mayor de los relieves, en el recorrido bachiller por la hondura, impagable y eterna, del Insti en el Cáceres de Aquellos Tiempos.

NOTA:
01.- La primera imagen se corresponde con el cartel anunciador de las Ferias de Cáceres, obra de don Emilio Macías.

02.- La segunda fotografía es un rincón de Xauen, Marruecos, pintado por don José Luis Turina.

03.- La tercera hace referencia a la exposición de don Ubaldo Cantos en Cáceres, en 1981, y está captada de la revista “Alcántara”.

 

 

 

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