MANSABORA Y LA CONQUISTA DE CACERES

Pues esto era que las tropas cristianas, que mandaba el rey Alfonso IX, con su campamento instalado en la Sierra de la Mosca, ya tenían cercada, prácticamente, a Qazrix o Hizn Qazris (Cáceres). allá por el año 1229, entonces en manos de un caid almohade y soberbio, con una preciosa hija que, al parecer, llamaban Mansaborá. Aunque otros dicen que Mansa Albaroda y de ahí el nombre Mansaborá se corresponden con el de un pasadizo secreto.

 

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El Palacio de las Veletas, fortaleza árabe, donde vivía el caíd con su hija, que se enamoró de un capitán cristiano y traicionó a su padre.

Pero el asedio se prolongaba en demasía. Lo que dio lugar a que una embajada cristiana, con un capitán al frente, alcanzara la Puerta del Río, lo que conocemos como Arco del Cristo, a fin de hacer entrega al Caíd moro de una misiva, estampada con el sello real, demandándole que, ante la fuerza del asedio, la delicada situación de la población y de las tropas sitiadas que procedieran a abandonar la ciudad. Lo que se llevaría a cabo, bajo promesa cristiana, sin castigo alguno ni represalia. Y todo ello con Mansaborá siguiendo la escena del encuentro entre guerreros moros y cristianos.

A lo que el Caíd, reflexionando sobre esa situación tan privilegiada y cuasi inexpugnable de Qazrix, con sus 22 torres albarranas y adarves o corredores, respondió sencillamente, que la misma jamás cristiana sería.

Un encuentro, el del Caíd y el capitán cristiano, en el que los hermosos ojos negros de la bella hija del mandatario almohade se cruzaron, cuentan que de belleza y de amor instantáneo, con los del capitán, que respondieron, desde su corazón, de la misma forma, como si ya bebieran los vientos el uno por la otra y la otra por el uno desde ese mismo instante.

A la hora de la despedida del capitán cristiano una de las doncellas de Mansaborá, la princesa mora, le entregó un pañuelo al mismo con un escrito del siguiente tenor: “Al caer la noche dirígete solo a la fuente que se halla cerca de las huertas que hay fuera de la muralla. Allí enséñale el pañuelo a la persona que encuentres, y, bajo juramento de no revelar el secreto te acompañará a mi presencia”.

Lo que llevó a cabo el apuesto capitán cristiano una, otra y repetidas veces, uno, otro y repetidos atardeceres para entregarse a las intensidades pasionales del amor más íntimo y recogido con la princesa.

Así, pues entre cruces de armas, ataques y defensas, tiempo y lugar para la tregua con la hermosura de la pasión amorosa al medio. Un tiempo en el que la joven mora y el capitán, a las órdenes de Alfonso IX, encontraban huecos para intercambiar amoríos de enloquecida pasión, entrega y frenesí entre ambos justo allí en las dependencias de la hija del Caíd.

Encuentros que tenían lugar y se sucedían merced a que la joven facilitaba el paso al caballero a través de un túnel subterráneo que unía el Convento de los Padres Franciscanos y la Huerta del Tesoro. Ese era, y no otro, el camino para dar rienda suelta a los ímpetus enamoradizos de ambos. Encuentros y amoríos que se van alargando e intensificando en el transcurso del asedio.

Fruto del amor entre ambos fue que el capitán cristiano se hiciera con la llave del pasadizo, que la doncella almohade le entregó como símbolo de amor, ante la palabra del capitán de que no desvelaría en el jamás de los jamases tal secreto.

Todo transcurría en la relación de forma clandestina. Hasta que en la víspera del 23 de abril el capitán, movido por el ansia de lograr la plaza de Cáceres, previo conocimiento del rey Alfonso IX, claro es, atravesó el pasadizo “secreto”, al frente de un puñado de leales del ejército cristiano, y sorprender a las tropas moras al mismo tiempo que el resto de las fuerzas del monarca intensificaban, de forma engañosa, claro, el asalto a la Puerta de Coria, conocida posteriormente como del Socorro. Lo que lleva al desconcierto y confusión de la morisma y que sucumbe a las armas del ejército cristiano. De resultas de lo cual el rey Alfonso IX hace ondear la bandera en la torre más alta de la ciudad.

Todo por el amor de Mansaborá, la hija del Caid, y su ofuscación enamoradiza por el capitán.

De resultas el Caid maldice a su hija con las siguientes palabras: “Permita Alá que mal fin tenga tu cuerpo. Yo te maldigo hija de mi sangre, que tu alma y quienes te ayudaron vaguen eternamente por estas tierras y no descansasen en paz. Así ha de ser hasta que Qazris vuelva a ser musulmana”.

Finalmente subrayar que como destaca El Llano Cacereño: “Mansaborá, unos dicen que es el nombre de la princesa mora, y otros el del Pasadizo Secreto y que daba a la callejuela de Mansa Alborada, y de ahí Mansaborá”.

NOTA: La fotografía que aparece en el texto está captada de la página web del Ayuntamiento de Cáceres.

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MANSABORÁ Y LA CONQUISTA DE CÁCERES by JUAN DE LA CRUZ GUTIÉRREZ GÓMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

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