MENCIA DE LOS NIDOS, UNA HEROINA CACEREÑA OLVIDADA

Los pasajes de la historia de la conquista de América se encuentran repletos de nombres extremeños. Algunos de ellos figuran en el marco del heroismo. Otros, como es el caso de la cacereña Mencía de los Nidos, permanecen silenciados en las páginas de la ciudad. Ignoramos las razones del olvido sobre quien, sin duda, Cáceres se encuentra en deuda.

 

Mencía de los Nidos Alvarez de Copete, nacida el año 1516, hija de Francisco de los Nidos y Beatriz Alvarez de Copete, hidalgos y cristianos viejos de Castilla, miembros de la nobleza, que residían en la calle que hoy es conocida como Tiendas. Su padre era uno de los nobles con más hidalguía de la región ya que antepasados suyos, procedentes de las tierras de Castilla, ayudaron al rey Alfonso IX a expulsar a los árabes de Extremadura.

Mencía de los Nidos contraería nupcias matrimoniales con Cristóbal Ruiz de la Rivera, que llegara a Valdivia como encomendero y que fuera regidor, corregidor y alcalde ordinario, además de regidor del cabildo de Osorno, y, posteriormente, con Hernando Bravo de Villalba González de Peñafiel, (Villanueva de la Serena, 1527-1599), abogado, licenciado, caballero de Extremadura.

Nuestra protagonista se enroló en 1544 en aquellas expediciones a las Indias, siguiendo los pasos de cinco de sus seis hermanos. Acaso por razones de aventuras. Tal vez por razones de libertad. Quizás porque el azar es, sencillamente, así.

Mencía de los Nidos marchó, inicialmente, a Perú, donde su hermano Gonzalo, uno de los conquistadores de dichas tierras, llegó a ser corregidor de Jauja y en 1537 regidor de Cuzco.

Tras la muerte de su hermano Hernando en lucha contra los indios, el fallecimiento de su hermano Francisco en la batalla de Chupas y el ajusticiamiento y descuartizamiento de su hermano Gonzalo, por su enfrentamiento contra la Corona, junto a otros expedicionarios y soldados, hasta el extremo de que les cortaron la cabeza, y en el caso de Gonzalo “le sacaron la lengua por el colodrillo”, especificándose, además, que “por grandes blasfemias que dijo contra la majestad imperial”, Mencía emprende el camino de Chile para asentarse, en 1550, en la ciudad que fundara el 5 de octubre de ese mismo Pedro de Valdivia bajo el nombre de La Concepción de María Purísima del Nuevo Extremo.

Y hasta allí se fue Mencía de los Nidos. Hay quien señala que por temer cualesquiera acción que se pudiera derivar del deshonor o de la venganza. Un momento para dejar constancia de que hay autores que señalan que la misma fue supuesta amante de Pedro de Valdivia, como citan, por ejemplo, Ana María Stuven y Joaquín Fermandois en su libro “Historia de las mujeres de Chile”.

Situémonos en el final del año 1553, cuando Pedro de Valdivia pelea en la batalla de Tucapel con los mapuches en un lugar cercano a la ciudad de Concepción y en la que las tropas de Lautaro, el jefe indígena, le infringieran una señalada derrota en la que los mapuches torturaron, dieron muerte y cortaron la cabeza a Pedro de Valdivia.

Tras el fallecimiento de Valdivia se nombra a Francisco de Villagra para el cargo de Corregidor y Justicia Mayor de Chile. Una de cuyas primeras decisiones radica en repoblar las zonas cercanas a la ciudad de Concepción. De paso el mismo llevó a cabo una acción de castigo contra los mapuches en la batalla de Marigueñu, donde nuevamente el joven cacique indio Lautaro, al frente de de seis mil araucanos, derrotan en fecha 23 de febrero, a las tropas españolas, que apenas alcanzaban los ciento ochenta soldados.

Ante el desarrollo del combate Villagra emprende la huida hacia la ciudad de Concepción donde ordena la huida de toda la población hacia Santiago.

Pero héte aquí que la cacereña Mencía de los Nidos, que guardaba cama desde hacía algún tiempo por enfermedad, se armó de coraje y de honor, se hace fuerte en su rebeldía “animada por un valor que rayaba en la exaltación”, blandió un montante o espada, y una rodela, y se llegó hasta la Plaza, en la que  Francisco de Villagra insistía, desesperadamente, en la necesidad de que la población abandonara la ciudad.

La mujer cacereña, entonces, arenga a los habitantes, recuerda a los soldados y a todos los hombres su obligación guerrera, llama cobardes a muchos, resalta la valentía de los conquistadores, ridiculiza a quienes huyen despavoridos “sin siquiera ver asomarse al enemigo”, deja constancia de lo que representa la huida, destacando las riquezas que se abandonarían, como la fertilidad de los campos, cita las minas y los ríos rebosantes de oro, los ganados, destaca la vida honrosa de los  vecinos, así como la honra y dignidad personal.

Sus palabras, inicialmente, convencieron a la mayoría de las mujeres,  llegando a enfrentarse ásperamente con Francisco de Villagra acusándole de “autor principal de aquellas desgracias”. Pero fue éste quien convenció al Cabildo, subrayando que las fuerzas militares no eran suficientes, y todos los habitantes de Concepción, hombres, mujeres, niños y viejos, emprendieron, unos en dos barcas a través del mar, otros andando y a caballo, con las escasas pertenencias que podían llevar en semejantes condiciones, una larga marcha hacia Santiago, a cien leguas de distancia.

En escaso tiempo la ciudad española de Concepción quedó completamente vacía y desierta de sus gentes y que, muy pocos días, fue saqueada e incendiada por las tropas indias de Lautaro. De este modo “donde se levantaba Concepción no quedó más que un montón de ruinas ennegrecidas y carbonizadas”.

Atrás quedaba, ya, todo un movimiento de rebelión de la cacereña Mencía de los Nidos contra los soldados españoles y la amenaza de los indios, a quienes trató, esterilmente, hacer frente, y contra la orden de evacuar la ciudad, pero, eso sí, como señalan algunos cronistas, dejando constancia de “lo más granado del valor español”.

Su relieve alcanzó tal magnitud, en aquellos tiempos, que Alonso de Ercilla y Zúñiga, que vivió aquella época de la primera fase de la Guerra de Arauco, en Chile, que enfrentara a mapuches o araucanos y españoles, incrusta su nombre en medio de las páginas de su principal obra, el poema épico “La Araucana”, inmortalizando, de esta forma, por su gesto y arrojo, la figura de la cacereña Mencía de los Nidos, a la que denomina como noble, valerosa y osada.

Mencía de los Nidos huiría con toda la población hacia Santiago, entonces conocido como Santiago de Extremadura, que, posteriormente, sería denominada Santiago de Chile, moriría el año 1603 y sería enterrada, por decisión testamentaria propia, en el convento de Nuestra Señora de la Merced, en dicha ciudad.

Se trata, pues, de una figura, la de la heroína cacereña María de los Nidos, en el áspero batallar de la conquista de Chile, que, lamentablemente, a estas alturas, en vez de figurar en un sitial cacereño de relieve, se encuentra aislada, abandonada y olvidada en las páginas de los historiadores.

Toda una gesta destacada en “La Araucana“, eso sí, como en las calles que se levantan con su nombre, Mencía de los Nidos, cuenta en las ciudades chilenas de Concepción y en Santiago, mientras en Cáceres, ay, solo el silencio que se oculta tras el visillo de las páginas de la historia oculta.

Solo se me ocurre pensar: ¡Qué lástima, la de las heridas del olvido hacia nuestras gentes!

BIBLIOGRAFÍA:

1.- “Historia General de las Indias y vida de Hernán Cortés”, volumen I.

2.- “Protagonistas desconocidos de la historia de América”.

3.- “La arenga militar de doña Mencía de los Nidos, heroína de “La Araucana”, por Joaquín Zuleta Carrandi, de la Universidad de los Andes.

4.- “Historia General de Chile”, por Diego Barros Arena.

5.- “Comentarios reales que tratan del origen de los incas”, por el inca Garcilaso de la Vega.

6.- “Historia de la mujeres en Chile”, por Ana María Stuven y Joaquín Fermandois.

7.- “Rebeldes y Aventureras: Del Viejo Mundo”, por Hugo R. Cortés y Mariela Insúa Cerecedo.

8.- “Mencía Alvarez de los Nidos, una heroína cacereña en Chile“, artículo de Francis Acedo en el periódico “Extremadura“, el 22 de septiembre de 2006.

LAMINA: Mencía de Nidos, en el libro “Poemas de D. Alonso de Ercilla y Zúñiga”. Edición Ilustrada. Madrid. Imp. y Lib. de L. Gaspar, editor. 1884. Página 37.

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