NOCHES DE CACERES

Federico Reaño Osuna, hijo de Federico Reaño García, militar y prestigioso personaje del panorama literario de Cáceres, desde su llegada a la ciudad, fue uno de los colaboradores poéticos de la revista cacereña y literaria de título “Cristal“, que arrancaba el 1 de noviembre de 1935.

 

caceres 1925

Por estas calles y plazoletas, como las de Santa María, fechada en 1925, correteaba el joven Federico Reaño Osuna.

Uno de los fundadores de dicha revista fue Antonio Hernández Gil que definió a la misma, en su puesta en marcha, como “fruto de la preocupación y las inquietudes de un grupo de jóvenes disconformes con el abatimiento intelectual de Cáceres de aquellos tiempos“.

La revista tenía como director honorario al escritor y abogado criminalista José de Ibarrola, que daría nombre al Paseo Alto, y en la que colaboraron escritores de la talla de Pedro Romero Mendoza, Miguel Angel Ortí Belmonte y otros nombres del mayor relieve dentro del panorama cultural de aquel Cáceres de entonces.

La misma se imprimía en los talleres tipográficos de la Editorial Extremadura, fundada el año 1932.

Federico Reaño Osuna, que tenía una gran trayectoria por delante, abogado y maestro nacional, falleció en la Guerra, en 1938, con la graduación de teniente, truncándose, de este modo, un recorrido que ya aireaba muy señaladas sensibilidades.

La revista literaria y cultural cacereña “Alcántara” publicó en el número 17, correspondiente a los octubre, noviembre y diciembre de 1950, el siguiente poema de Federico Reaño Osuna titulado “NOCHES DE CACERES“, de una señalada hondura y belleza, de sentimiento profundo, de cacereñismo mágico y hechizante. Y, con la suficiente fuerza, como para echar una mirada de luz de eternidad hacia una Ciudad, en la que, como en Roma, brilla la eternidad.

NOCHES DE CACERES

¡Iglesia de San Mateo!
¡Torre de las Cigüeñas…!

La luna hermosa desnuda
sin recato se pasea.
Nubes púdicas de plata
viste la nudista bella.
(pues el cielo emborregado,
blancos bellones le presta
a las castas blancas nubes
del vellón de sus ovejas).

En el alto Torreón
la luna hace una pirueta.

Peina graciosas canas
plateadas, largas, bellas,
como los peines que le brindan
nostálgicas las almenas.

Sus rayos pálidos blancos
besan las doradas piedras
de la Iglesia, que, callada
no hace la menor protesta.

¡La Iglesia y el Torreón…!

La luna, entre nubes densas
peina sus canas de plata
al filtrarse en las almenas
y apoya sus grandes bucles
sobre las doradas piedras.
¡Noche de luna de Cáceres!

¿Habeis entrado en mi alma
o estabais ya dentro de ella?

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