“PIEDRAS VIEJAS”, DE JUAN CALDERA

Juan Caldera se conforma como uno de los máximos exponentes de la pintura en las páginas de la historia de Cáceres.

Juan Caldera Rebolledo (Cáceres, 1897-1946), discípulo de Julián Perate y de Gustavo Hurtado Muro en Cáceres, de Cecilio Plá y de Simonet,  entre otros, en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid, se configuró, siempre, como un artista enamorado del color, de la luz, de Cáceres, de sus rincones y tipos, de sus costumbres y paisajes, de sus gentes, de su tipismo, siempre con los encinares al fondo… Y al fondo, siempre, el sosiego y la serenidad del vaho de la tierra extremeña de su alma. Si me permites, maestro Juan Caldera, de nuestra tierra extremeña del alma.

Desde muy temprana edad toma conciencia de la hondura del realismo. Y perfecciona, de forma cuidada, sus cuadros. Con ese talento y sencillez que basaba en el estudio, en el trabajo, en el rigor, en la perfección. Acaso, podríamos añadir de forma humilde, como ese rayo de luz que esculpia e iluminaba, radiante, en su pintura: Honda, profunda, abierta a los mares de su pensamiento, cincelada en la genialidad de sus pinceles…

Sentía, entendía y participaba de pleno por el renacer de la cultura extremeña, lo que hizo desde sus mejores aportaciones como los que emanaban de la conciencia regional. Predicó con la magia de sus rasgos y trazos, con la constancia de sus inquietudes intelectuales, con la transmisión de los surcos de las pinturas navegando por las aguas cacereñas y extremeñas como una barca incansable repleta, cada día, de más y mejor dinamismo impresionista…

Y, como consecuencia, logró una obra calificada de sobresaliente en las esferas de su expansión regional y de su academicismo. Mientras tanto compartía espacios de inquietudes con pintores extremeños de la talla de Eulogio Blasco, El Mudo“, Abelardo Covarsí, Conrado Sánchez Varona

Detrás de todo , acaso de forma incansable, su admiración por las obras, sublimes, maestras, de calidez humana, como las que se deslizan en uno de los pintores españoles en los que más se detenía con entrañable y culta admiración: El valenciano Joaquín Sorolla y Bastida, enmarcado entre las concepciones del impresionismo y del postimpresionismo.

Le llegaba a los adentros Extremadura. Tal cual se deduce de aquellos conceptos que un día explicara a Tomás Martín Gil: “Exaltar la vida de Extremadura Alta, esta vida de mi pueblo, tan limpia y patriarcal; con tantos motivos de emoción, alegres o amargos. Esa será mi tarea en el porvenir…

Estudioso del color, en todas sus tonalidades, de las luces y las sombras que ahondan, vital, espiritualmente en sus cuadros, que rebosan ese sensibilidad que va cultivando pincelada a pincelada, cuadro a cuadro, verso a verso, de forma sacrosanta en el altar de la pintura.

Pintor de vida y de luz, fuente inagotable de creatividad en las secuencias e imágenes que le rodean en su cántico extremeño dejó una numerosa obra preñada de elogios. Profesor del perfeccionismo del Dibujo en el Instituto, en la Escuela de Magisterio, en el Colegio San Francisco y en la Escuela Elemental de Trabajo, de Cáceres, dejó una estela transparente en el conjunto, homogéneo y cuajado de vida, en los cientos de cuadros que esparció por numerosos lugares y rincones del arte, esmaltando su firma en letras de relieve.

Juan Caldera enseñó la dulzura de su estilo, desde el sentir y la pasión de la poesía plástica de la pintura, en exponentes cacereños como los que representan ni más ni menos que Victoriano Martínez Terrón, Juan José Narbón, Indalecio Hernández Vallejo. Tres genios.

Tomás Martín Gil, una eminencia, le denominó “El pintor de Cáceres y las escenas de costumbres, y los tipos de nuestras muchachas y la mística de nuestras procesiones“, además de retratarle, nunca mejor dicho, como buen amigo, buena gente y hombre bueno.

Y Valeriano Gutiérrez Macías, Académico Correspondiente de la Historia, escritor, investigadorescribía que “La inmensa mayoría de sus lienzos son obras extremeñas“, añadiendo que sus lienzos, “muy completos, tienen la luz de Extremadura“. Lo que honraba al pintor, a la tierra y a la esencia de su pintura.

Un día del correr del año 1919, cuando tan solo contaba 22 años de edad, la prestigiosa revista nacional “La Esfera“, en su sección “Rincones de España“, le dedicó una página a todo color a su obra titulada “Piedras Viejas“, y que no es más que la inmensidad de la fachada de la Casa del Sol, enclavada, como una armónica saeta, en el corazón de la Ciudad Histórico-Monumental cacereña.

 

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