ALVAREZ DE CASTRO, HEROE Y MARTIR DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

Juan Alvarez de Castro (Mohedas de la Jara, Toledo, 1724-Hoyos, Cáceres, 1809), que fuera Obispo de Coria, murió asesinado en la localidad de Hoyos por las tropas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia.

Juan Alvarez de Castro, retrato aparecido en la revista “Guadalupe” en el año 1909.

Juan Alvarez de Castro era hijo de agricultores, doctor en Teología y Cánones, ejerció de párroco en los municipios de Navaltoril y Azután, así como de la parroquia de los Santos Justo y Pastor, en Madrid, destacando en la Villa y Corte por sus cualidades como orador y predicador así como por la influencia de su discurso.

Lo que posibilitó que el Rey Carlos IV, a instancias del gobierno de Godoy, le designara al frente de la sede episcopal de Coria, en 1790, en la que se distinguió, a lo largo de su apostolado, fundamentalmente, por su entrega a compromisos de tipo eminentemente social, de beneficencia y piadosas obras de caridad, instaurando, como en señalado ejemplo de relieve, las Juntas de la Caridad con la labor de carácter asistencial a los pobres y menesterosos, y, también, a los enfermos sin medios para poder hacer frente a su salud, cuidó de “la decencia y ornato de los templos” así como, entre otras muchas preocupaciones de “la educación de los niños expósitos”, fundó la Casa de Misericordia para los niños huérfanos y restableció, además, la disciplina eclesiástica en la geografía diocesana episcopal.

Juan Alvarez de Castro también, durante su largo tiempo al frente de la diócesis, tuvo imagen y fama de Obispo limosnero y muy preocupado por sus fieles.

En su más que incansable labor, como señalan tratadistas y estudiosos, logró cambiar el contenido de las enseñanzas del Seminario Conciliar de la villa de Cáceres y hasta su traslado, ante las muy malas condiciones en que se encontraba el mismo, al Colegio de la Compañía de Jesús.

También como nota cultural de relieve Juan Alvarez de Castro consiguió un órgano, del prestigioso maestro y organero José Verdalonga, por una cuantía de ciento veinte mil reales.

Lo mismo que en su día acogió a catorce sacerdotes franceses que huían de las persecuciones a que eran sometidos en Francia.

Un día del correr del año 1805, ante su delicado estado de salud, el prelado consiguió estableció su residencia en la localidad cacereña de Hoyos, cerca de la diócesis cauriense, donde enfermaría de gravedad y quedándose, prácticamente, ciego. Previamente había dejado al arcediano Sebastián Martín Carrasco como Gobernador Eclesiástico aunque el mismo seguía ejerciendo de Obispo.

Posteriormente con la declaración de la Guerra de la Independencia es de señalar que la misma fue muy virulenta en el norte de la provincia de Cáceres, por su lugar estratégico ante la frontera con Portugal, y, más aún, en la zona norte.

Una Guerra ante la que el obispo de la diócesis cacereña de Coria publicó dos duras, relevantes, severas y firmes pastorales, ante lo que consideraba tiranía napoleónica, haciendo hincapié, fundamentalmente desde su dinámica humanista e intelectual, y abogando por la unión, del pueblo español ante la invasión por parte de las tropas francesas, “porque lo que quiere Napoleón es dividirlos y así poder dominarlos”. De este modo el Obispo cauriense exhortaba “para repeler las fuerzas de nuestros enemigos, vencerlos y subyugarlos a la razón y justicia”.

Inclusive Juan Alvarez de Castro, de modo tan firme como consistente, procedió a dejar constancia de la comparación que hacía de Napoleón con Lucifer. De forma específica en la segunda pastoral mostraba su alegría por la derrota de los invasores en Aragón, Valencia, Cataluña y en “las Andalucías han visto renacer en su seno los dignos sucesores del Gran Capitán”  y daba las “gracias eternas al Dios de las batallas”.

Asimismo en esta segunda pastoral manda que “se cante en las Iglesias de nuestro Obispado con toda pompa y solemnidad una Misa con Manifiesto y Te Deum en acción de gracias al Señor Omnipotente”. Y, también “vigilia por los militares difuntos en la presente guerra”.

Las dos Pastorales fueron muy mal recibidas, claro es, por los franceses y los afrancesados y por las que sufrió y padeció la persecución de los mismos.

El 29 de agosto del año 1809 las huestes francesas por orden del sanguinario mariscal Jean de Dieu Soult, duque de Dalmacia, conocido del mismo Napoleón, alcanzaron a entrar en dicho municipio serragatino, arrasando por las calles y plazuelas, mientras Juan Alvarez de Castro se encontraba invadido por fuertes fiebres. Ante la llegada de las tropas francesas as gentes del lugar procedieron a avisar al Obispo que se negó a abandonar la población.

La situación se tensó al máximo con las fuerzas militares invasoras y que arrasaron con todo cuanto encontraban al medio, saqueando el pueblo, mientras la inmensa mayoría de sus gentes, hombres, mujeres y niños, procedían a huir monte arriba y esconderse en medio de la sierra.

Los franceses perseguían al Obispo. Y cuando entraron en su casa procedieron a destrozar todo el mobiliario, mataron al que hacía las veces de portero, golpearon hirieron y mortificaron a cuantas personas encontraron a su paso y cuando dieron con él, sin ninguna piedad, le sacaron a golpes del lecho, le despojaron de su ropaje, le tiraron al suelo, la soldadesca hizo burla y escarnio del pectoralmientras el comandante al frente de seis soldados que le acompañaban le gritaba: “¡Viejo loco! O juras hoy obediencia a José Bonaparte o te fusilo sin compasión”. Posteriormente al grito de: “¡Fuego! ¡Fuego!”, le dispararon dos tiros, en la garganta y en los genitales, matándole en el acto.

Juan Alvarez de Castro, sepultado en algún lugar de la iglesia de Hoyos, ha pasado a las páginas de la historia, al menos desde una perspectiva popular, como un héroe y como un mártir. Hoy presta su nombre y apellidos a un Adarve en Cáceres, una calle en Hoyos y otra en su localidad natal de Mohedas de la Jara. Asimismo una lápida en la Catedral de Coria alude al recuerdo de su heroísmo y caridad y otra lápida en la Catedral de Córdoba recuerda que fue asesinado por las tropas francesas. De igual modo el CEIP de Hoyos lleva, también, su nombre.

Por su parte el obispo de Coria-Cáceres, Francisco Cerro, ya dejó constancia en su día que “a Alvarez de Castro le mataron por movilizar a la gente contra la invasión napoleónica a través de sus cartas pastorales”.

Un Obispo ilustrado, preclaro, que se convirtió a la vista de los hechos, en una de las figuras más sobresalientes y en una de las ilustres víctimas en el entorno de la Guerra de la Independencia, y que, como se subraya en el periódico “El Bloque”, en 1909, el primer centenario de su muerte, fue un “varón ilustrado que con su vibrante palabra unía a todos en un solo sentimiento de amor a la patria, para que se aprestase a la pelea contra los invasores, que inútilmente trataron de arrebatar nuestra independencia, y pusieron a imitación suya su dinero, sus energías y su misma vida en aras de tan santa causa”.

El mismo periódico deja constancia de las fuerza de sus pastorales, “estas exhortaciones dirigidas a sus diocesanos con viril acento en sus hermosas Pastorales concitaron las pasiones del ejército francés, hasta el punto de hacerlo blanco de sus iras y darle muerte alevosa”.

Es de señalar, finalmente, que en el año 1814 el diputado Antonio Larrazábal y Allivillaga, canónigo guatemalteco y diplomático ante las Cortes de Cádiz defendió el “hondo sentir patriótico y españolista” de Juan Alvarez de Castro junto una propuesta para que se procediera a declarar al prelado Benemérito de la Patria al martirizado y asesinado Obispo. Argumentos, consideraciones y propuestas que no se tuvieron en cuenta ni por el Gobierno, ni por Las Cortes y ni tan siquiera por el Cabildo Catedralicio de Coria.

… Y hasta hoy.

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