ESTAMPAS NIÑAS

La vida de Cáceres como la de cualquier lugar se encuentra repleta de curiosidades y estampas diversas, de tipologías de sabores, de esencias y de emociones que a todos nos llegan, imagino que sin lugar a dudas, a lo más hondo del alma.
paypay laboratorios castel caceres 1930

Allá por el verano de 1930 muchos y muchas cacereñas mitigarían el calor veraniego con estos curiosos pay-pay distribuidos por la Farmacia Castel, de Cáceres.

Allá por el año 1930 muchos cacereños mitigarían el calor de las altas temperaturas veraniegas con un pay-pay como este, que elaboró la Farmacia, Droguería y Fábrica de Gaseosas Castel.

Nos referimos, claro es, a esa serie de curiosidades y estampas como las que se podían reunir en un album eterno de recuerdo, de sensaciones, de vibraciones. Y, ¿por qué no?, hasta de lagrimillas preñadas y plagadas de esa simbología que hay y existe en el paso por la vida. En este caso la de Cáceres.

Ahora, al contemplar este pay pay, recuerdo uno exactamente igual, con el mismo dibujo, que tenía guardado mi madre, que gloria haya, desde que ese mismo año, 1930, con diez años, se lo regaló el titular de la tienda, porque iba acompañada de su padre, mi abuelo materno, a la sazón amigo de buenas relaciones humanas del mismo. Y en cuya trastienda o rebotica, al parecer, según nos relató mi madre, se echaban buenas tertulias. Y es que mi madre, Adoración, Dorita para todos, era amante de coleccionar todo cuanto caía en sus manos, y con cuyo repaso nos deleitábamos de cuando en vez, entre fotografías, postales, sellos, medallas, insignias que le regalaban a mi padre, objetos curiosos, como este de la imagen y tantísimos que no se puede evitar que se derrame una lagrimilla de emociones al ritmo de la vida. Objetos que se fueron perdiendo en el paso del tiempo.

Esta estampa, llena de luz, siempre acompañó a mi madre, que en paz descanse, hasta el final de sus días.

Mi madre

Adoración Gómez Sánchez, mi madre, una extraordinaria mujer, una gran esposa, y una señalada CACEREÑEADORA.

En ese camino y en ese recorrido mi madre, que gloria haya, se encontraba cada día del camino con una larga serie de afanes que comenzaban ni más ni menos que con la crianza de siete hijos, en aquel entonces de tantas privaciones y adversidades, con las correspondientes escuelas, el aseo, las comidas, las atenciones diversas, el cumplimiento de los deberes escolares, la preparación de la ropa, la limpieza de una casa, siempre repleta de flores, de macetas, de arriates, de enredaderas. Porque mi madre era una amante de las flores, que atendía ella misma, en una casa que nacía en la calle Margallo y finalizaba en San Justo.

Si bien en la mitad de abajo había un amplio patio para juegos, la carbonera, un pilón, una vivienda trastero, una gran tinaja con capacidad para albergar unos tres mil litros de agua, así, a ojo de buen cubero, y que a veces se alquilaba. Como aquella ocasión en que vivía una familia cacereña que le cedió una habitación a Fabio, aquel extremo izquierda del Club Deportivo Cacereño que cuando metía el turbo al recibir la pelota a mitad de campo levantaba a todos los aficionados de las gradas en medio de una oleada de aplausos, de aliento y de expectativas de cara al desenlace final de la jugada.

virgen de la montaña

La estampa de la Virgen de la Montaña acompañaba, siempre, a mi madre.

Ahora que recuerdo a mi madre he de señalar que guardaba en color sepia, con especial cariño, una estampa de la Virgen de la Montaña y a la que se encomendaba diariamente y en los momentos de mayores interrogantes, problemas, adversidades o dificultades de la vida. Y al haber visto la misma en Google, la he guardado como lo que fue. Toda una reliquia sobre los tiempos que, ya, lamentablemente, desaparecieron en la senda del camino y que no volverán. Como tampoco volverán aquellas tardes que se dedicaba, afanosamente, a hacer roscas y otros dulces o aquellos paseos de recreo y contemplativos, serenos, sosegados, de dulce y alegre caminar, hasta la Plaza de San Juan o Cánovas.

Y es que el recuerdo queda, siempre, grabado en la historia de las sensibilidades. Y es que en esa revista al tiempo que ya se nos fue por la pendiente de los años bajan, ahora, casi como en una catarata como la del Niágara, aquellas imágenes y objetos que se nunca olvidará la memoria humana. Acaso porque todos ellos van marcando una senda plena de sensibilidades en el alma niña. Y de ahí, de ese alma, sí que resulta complejo borrar imágenes que se albergan por la senda del recuerdo para siempre.

el caton

El Catón, el libro con el que tantas generaciones de cacereños aprendimos a conocer parte de nuestras enseñanzas

Atrás, claro es, por ejemplo, el libro con el que nos curtimos en la infancia la saga de los hermanos Gutiérrez Gómez, los Guti, como se nos conocía habitualmente, siete en total, aunque Valín, mi querido Valín del alma, el más pequeño de la saga, se nos fue con ocho años tras una grave enfermedad, mientras entre los maestros y profesores de ilustre memoria, como don Licerio Granados, don Isaias Lucero, don Juan Arias Corrales, doña Paula, en La Ronda, don Ricardo Durán, don José Mariño, don José Canal Rosado, don Victoriano Martínez Terrón, don Benjamín, el sacerdote, más las preocupaciones de mis padres, nos marcaban un destino preferente, a pesar de nuestras reivindicaciones niñas, sobre otros anhelos propios de aquel inmenso, siempre entrañable puñado de los más mágicos recuerdos que se deslizaban, como continuadas vivencias, en los páramos inolvidables de la infancia y que todos, de una u otra manera, albergamos en el baúl de la memoria. Porque la memoria es un concepto humano, interno, que nadie nos podrá arrancar.

Como quedan las gaseosas de la fábrica La Polar o La Providencia, los refrescos de naranja en el quiosco Colón, los aperitivos dominicales en el bar La Marina o en el bar Amador, los partidos de fútbol del Club Deportivo Cacereño, las colas septembrinas ante la Imprenta La Minerva para adquirir los libros de texto, las colas para presenciar la sesión infantil del Cine en el Palacio del Obispo, en Norba, en Capitol, y ver películas de la talla de Los diez mandamientos, Molokai, Marcelino, pan y vino, Mi tío Jacinto, Los Tramposos, Solo el valiente, Quo Vadis, El puente sobre el río Kwai, Gerónimo, la mirada y estudio detenido de los escaparates de la calle Pintores buscando prendas buenas, bonitas y baratas, como siempre apuntaba mi madre, las escapadas a las pastelerías como la Granja, en la calle Moret, o Isa, en los soportales de la Plaza Mayor, los viajes al pueblo de mis abuelos maternos, Herguijuela, bien en el coche de línea o con el señor Teófilo, entonces el taxista del pueblo.

tirachinas

El tirachinas, siempre en el bolsillo, para abatir pajarillos a cantazos y guijarrazos.

Todo, ahora, son estampas de recuerdos. Las escapadas, siempre inveteradas, al Paseo Alto y que recorríamos de arriba a abajo, con frecuencia por la Bandeja, un lugar ideal para jugar al fútbol y acompañarse del tirador en busca de ingenuos pajarillos a los que abatíamos de buenos cantazos o guijarrazos, los columpios en el patio familiar, las carreras inventadas con el patín casero o la bicicleta que pasaba del mayor al menor de los hermanos, las carreras de chapas, los bolindres, los ricos churros que se escapaban de las sartenes de la churrería orillada a la plaza del Perejil, la escucha del Parte a las dos y media de la tarde con toda la familia reunida alrededor de la mesa-camilla, los programas de Radio Cáceres con esos fenómenos que eran, entre otros, Cayetano Polo “Polito” y Gabriel Romero, las fugas a la cancha de baloncesto de los Talleres Municipales siempre abierta para todos, las escapadas clandestinas a La Charca Musia o a la piscina de la Ciudad Deportiva…

O los bocadillos de las meriendas con buen pan de hogaza que salía de la panadería La Madrileña, en la calle Margallo, que hasta llevaban a domicilio, acompañados de patatera, de agujas en aceite, de mortadela, de queso, de chorizo… O las preguntas de don Valeriano, mi padre, por la marcha de las clases y la de los deberes, o el repaso que nos obligaba a darle a las lecciones antes de irnos a la escuela, o los acordes musicales que llegaban desde el Regimiento Argel 27, con una de las mejores Bandas de Música Militar de toda España, o la de visitas de periodistas, historiadores, intelectuales, alcaldes, estudiantes y paisanos de toda la provincia que pasaban por casa, o las charlas que  nos dábamos con sus secretarios de siempre, Juan Castaño, cuya madre tenía una pensión en la que vivían jugadores del Club Deportivo Cacereño, y Félix Hidalgo, y otros que llegaban a casa donde se impartían tertulias, o las charlas de mi padre por la calle atendiendo a la vecindad que le reconocía, o cómo pegaba la hebra en diversos comercios, en el estanco de la Plaza Mayor, en la rebotica de la farmacia que regentaba José Luis Rufo allá en la calle José Antonio, en la trastienda de La Minerva, en el café del Círculo de la Concordia, cuya presidencia ostentó durante un tiempo, sin dejar atrás ningún tema, mientras mi padre, siempre con una libretilla y un bolígrafo anotaba todo.

diez negritos

Mi madre fue, desde siempre, una gran lectora. Sobre todo de novelas del momento, policíacas y de amor.

Mi madre, mientras mis hermanos y yo nos desparramábamos creciendo en nuestras infancias y adolescencias, siempre se encontraba ocupada y con numerosos quehaceres al medio, como ya ha quedado reflejado líneas atrás, y sacaba tiempo de donde no se sabe cómo para estar al tanto de la actualidad cacereña, además de cuidar del debido orden de la casa.

Y lo mismo devoraba novelas del momento literario que sacaba de la biblioteca ejemplares de sus colecciones de novelas de amor, de la autora Corín Tellado, y policíacas, de Agatha Christie, hacía de mecanógrafa de mi padre, para atender sus crónicas, sus investigaciones, sus reportajes, sus conferencias, sus pregones, sus libros, en un despacho en el que jamás pudo poner el orden que ella quería, que atendía al vecindario, que charlaba las visitas que recibía y que hacía, con la señora Angelita, la querida vecina de siempre, con doña Valentina, que vivía allá por la mitad de la calle Margallo, hacia el número cincuenta, más o menos, o con doña Pepita, cuyo marido, don Manuel Rodríguez Montero llegó a desempeñar como Coronel la Jefatura del Centro de Instrucción de Reclutas Santa Ana número 3, de Cáceres, y con la que con cierta periodicidad acudía al cine.

Un día por mes llegaba a casa una capilla, procedente de una vecina, a la que mi madre le echaba unas monedas, le ponía un tazón de aceite con una lamparilla encendida y le pedía por los suyos, en oraciones que se cruzaban, a buen seguro, con las plegarias que dirigía, de siempre, a la Virgen de la Montaña, y que al día siguiente pasaba a la siguiente de una lista mecanografiada, forrada en plástico y que figuraba por detrás de la misma.

En esas íbamos creciendo hasta que los hermanos mayores comenzaban a salir a estudiar fuera, el tiempo avanzaba y a estas alturas el panorama de tantísimos recuerdos que no cabrían más que en el álbum de la vida personal de cada uno.

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