JOSE CANAL, UN LUJO PARA CACERES

Un día de 1979 el poeta extremeño Jesús Delgado Valhondo escribió: “José Canal era un lujo para Cáceres”. Hoy, tantos años después, el articulista quiere ratificarlo públicamente.

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José Canal a la salida de un acto cultural en el Cáceres de Aquellos Tiempos.

José Canal Rosado (Arroyo de la Luz, 1913, Cáceres, 1979), fue, de siempre, un señalado exponente de la poesía, de las letras, de la tertulia y de la cultura del Cáceres de Aquellos Tiempos.

Un terreno, entonces, en el que la ciudad estaba necesitada de la sensibilidad y entrega de personas con el talante y la inquietud social y cultural de José Canal, que supo comprometerse al máximo.

Maestro Nacional en el Colegio Nacional de Prácticas, lo que fue la Escuela Normal, donde compartió bancada claustral con pedagogos como Isaías Lucero, Juan Arias Corrales, Julio Merino, Celestino Castelao, y otros enseñantes, era un joven comprometido con el panorama poético, y, que desde muy pronto, comenzó a rellenar cuartillas con versos, con poemas, con  pensamientos. Luego, hasta donde me contara un día, los corregía, tachaba palabras y versos por allá y acullá. Los almacenaba en el arcón de sus creaciones.

Y poco a poco, por extensión, se fue incrustando en la dinámica del panorama cultural en todas sus manifestaciones. Lo que hacía, a caballo de largas charlas, con Tomás Martín Gil, Fernando Bravo y Jesús Delgado Valhondo, con los que se daba sus buenos paseos entre Cánovas y la carretera de Mérida, hasta que alumbraron, en 1945 la revista “Alcántara”. Todo un reto cuando José Canal Rosado contaba 32 años.

Una revista  a la que muy pronto se irían incorporando personalidades en el panorama de la investigación histórica, de la creación literaria, de la crónica del acontecer cultural, como Miguel Muñoz de San Pedro, Juan Luis Cordero, Valeriano Gutiérrez Macías, Pedro Romero Mendoza, Carlos Callejo Serrano, Eugenio Frutos…

Una revista que vio en su alumbramiento la primera entrega de esa curiosa creación literaria de José Canal, denominada “Llamas de Capuchina”. Una reflexión, de apenas unas cuantas palabras, de corte poético y filosofal, en base a su propia esencia sobre el panorama de la vida. Y una expresión, la de cada “Llama de Capuchina” no exenta de una visión sagaz, de humor, de perspectiva, de análisis, como las “Greguerías” que creara el ilustre maestro don Ramón Gómez de la Serna, con cita en la sección dominical del periódico ABC.

La primera “Llama de capuchina”, aparecida en el primer número de la revista “Alcántara”, correspondiente al 15 de octubre de 1945 dice: “Llevaban a remolque aquel cochecito. Era como si lo hicieran ir a la escuela contra su voluntad”. Y que el lector piense en la profundidad del poeta. Y le siguieron, en el mismo texto, otras: “Aquellos renglones de alambre estaban escritos de golondrinas”. O “El cielo es como esas mujeres que visten sus mejores galas de noche”.  O “La tristeza es la cobardía del espíritu”.

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José Canal, segundo por la derecha, en el homenaje a Gabriel y Galán en 1970.

Una entrega valiosa y valiente que le mereció el aplauso de los lectores, que, paulatinamente, habrían de irse enganchando con el reto del poeta en el juego, en la reflexión y acaso en la conclusión de las “Llamas de capuchina”, que comenzaba a expandir por los surcos de la publicación un talento de sueño y andar humanista. Don José Canal fue, ante todo, un humanista que se ensimismaba en la esencia de aquellas callejuelas y plazoletas por las que recorrió su vida. Y, además, buena gente, agradable conversador, de cuidados modales. Se diría, pues, que practicaba la esencia de un tipo de rasgos muy definidos en la propia dinámica de la formación. La misma que trató de inculcar a las numerosas generaciones que le acompañaron, en la enseñanza de su pedagogía en el ejercicio del Magisterio.

Su figura de paseante por la ciudad, de mirada cordial, de saludo fácil y amable, de persona cercana, de andares entre humilde y reflexivo, se acompañaba y se acompasaba con una colección de pajaritas que rivalizaban con las de su colega y amigo Fernando Bravo y Bravo.

Enseñaba Matemáticas, escribía poesía en aquella atalaya de privilegio que siempre desprende ocupar un piso en la Plaza Mayor y se incrustaba por el peldaño de la evolución de la ciudad en aquellos difíciles tiempos. Pero a fe que a él, lo digo por experiencia propia de la amistad familiar, no solo no le asustaba, sino que le enriquecía la idea de divulgar la fenomenología de la cultura.

Mientras caminaba, siempre seguro de sus pasos por los surcos de las convocatorias culturales, conferencias, conciertos, libros, periódicos, investigaciones, más allá de las siempre inveteradas clases, avanzaba con sus “Llamas de Capuchina”, con sus Poemas, con sus Cuentos.  Y con su ensoñación con Cáceres. Acaso el mayor reto.

Luego, allá por 1947, la revista “Alcántara” inserta su poema “Golondrina”:

Punta de flecha lanzada

por el arco de los cielos;

 

boomerang inofensivo,

anda caminos que tornan

veleidosos en la ruta;

 

rúbrica de laberinto

su vuelo teje y desteje

en una cuartilla azul

timbrada de nubes blancas.

 

De frac en renglón de alambre.

Luego, la charla ligera

le alborota un corazón

en el leve garguerillo.

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Con un grupo de profesores de la Escuela Normal de Magisterio, de Cáceres.

Seguían apareciendo, pues, mes a mes, las “Llamas de Capuchina”. “Alguien ha dicho que es prueba de mal gusto engalanarse los domingos, así mi calendario no es un elegante”, “El crisol semeja ese hombre temible que arrebata corazones y no se enamora nunca”, “El mapamundi es el retrato en grupo de la familia geográfica”, “Los celos son siempre un reconocimiento de inferioridad en el que los siente”, “La nube mata al sol y luego llora su delito”, “El TBO es un periódico que compraban los papás para leer luego que sus hijos habían visto los muñecos”, “Cuando pasa el tren de la noche es como si cruza el fantasma de la ciudad”, “Se advertía que estaban casados porque no se cogían del brazo”…

Causaba delicia, como admiración, sorpresa como aplauso. Y hasta generaba esa expectación de los pasos de la siguiente entrega. Y pronto, también, fue expandiendo su colaboración en los periódicos “Hoy” y “Extremadura” como altavoces de la prensa en la actualidad local y provincial.

Mientras tanto, con el paso del tiempo, entre sus clases, con tanta preocupación y esmero en la formación del alumnado “para que ejerzan el Magisterio como debe ser, con amor, con rectitud, con formación”, seguía labrando y esculpiendo poemas en aquella atalaya, ímproba y de esfuerzos, que era la revista “Alcántara”. Y a la que en sus inicios, por cierto, quisieron denominar “Alkántara”.

Y con esa imagen de luchador cultural ya veía publicado su primer libro, “Viento amarrado” en el recorrido de 1954, donde despejaba el camino de su sensibilidad, casi arando cada día, con la mirada en el deambular de los cielos y su mente límpida, un puñado de poemas que volaban por las campas de su propia creatividad.

En 1956 se alza con el Premio Nacional de Poesía “Gabriel y Galán”, prosiguiendo, pues, con su cosecha de versos:

Ahí está, por ejemplo, “Tocado de la gracia”:

Las jaras, los tomillos,

el pan, el fuego, el sol, la sementera,

el aprisco, las redes

el lagarto, la flor, la mies, la siega,

la cabra, la amapola,

el zagal rondador, la moza nueva,

la alondra y el rocío,

el campo, el lar… Y Dios en tu cosecha

colmaron los graneros de oros rubios

para el no solo pan con que alimenta

la humanidad más hambre.

 

De la tierra

te nació la poesía entre las manos

con prisas volanderas

y rozó con el ala por el surco

y jugó, con el viento, en las veletas,

y alborotó en el pecho

el amor de las mozas extremeñas

y rebosó de lágrimas

los ojos de las viejas.

 

Cantaste para el pueblo

y el pueblo se gozó de flores nuevas,

tuviste de poesía,

como el Buen Sembrador, la mano abierta

y con la frente al aire

la voz clara y serena

y la Gracia de Dios en la mirada

diste a todos la paz de los poetas.

Don José Canal logró convertirse, desde su sencillez, cordialidad y sentido intelectual en un personaje por los paseos cacereños. Una figura conocida y reconocida por todos. Lo que fue larvando paso a paso, día a día, poesía a poesía, silencio a silencio y tertulia a tertulia, cuando se reunía con tantos compañeros y analizaban, por ejemplo, el camino de la sociedad cacereña, como una atalaya para dejar reposar el cauce de su hondura cultural.

Mi querido amigo Manuel Vaz Acedo, que lamentablemente nos dejó hace unos meses, decía de don José Canal que “era un personaje singular que caminaba por las calles y plazas de aquel Cáceres levítico”. Yo, modestamente, añadiría: “Don José Canal era un poeta que se dejaba guiar por su instinto filosofal, llevando siempre, consigo, la raiz de sus versos, por el recorrido del sabor ciudadano entre las callejuelas y plazoletas aquella capital de provincia llamada Cáceres“.

Y, al tiempo, seguía desarrollando su trayectoria cultural mientras alumbraba un cielo inmenso de poemas. Más tarde, ya en 1964, aparecía un nuevo libro. De título “El mar cercano”.

El año siguiente obtuvo un premio de esos que, además de darle prestigio, le llegó, tal cual se lo contó a mi padre, a lo más hondo del alma. Por su simbología y significado. Se trataba de la Flor Natural del Romance en Cáceres, que figura al final de este modesto trabajo sobre José Canal Rosado.

Bordaba ya la poesía en todas sus manifestaciones, le iluminaba un fértil numen, caminaba, ya, con la satisfacción personal, pero no completa. Esto es, quería seguir produciendo, avanzando, experimentando lo que denominaba ese amplio e inacabable mundo de la poesía en cuyas veredas y senderos tanto se cuajó a base de horas con el pensamiento envuelto en versos, en inspiración, en forma de divulgar sus poemas, en limpieza y calidez de palabra, en sencillez… Pero, al tiempo, en hondura.

josecanal-1Años más tarde, en 1970, en plena madurez, siempre creativa, renovada y renovadora siempre, lo que dice mucho y bien de la andadura y de la seguridad y consistencia del poeta cacereño, José Canal Rosado saca a la luz “Ciento Volando”.

Un libro, sencillamente, cuajado de hondura, de recorridos de pasión viva y cálida, pero serena y reflexiva, profunda y penetrante, de la poesía, del verso y del verbo.

Y de cuyo ramillete de espacios y senderos de poemas procedemos a entresacar estos versos cuajados de esa dinámica tan propia y tan estilista como la que emana del autor cacereño. Enamorado de su tierra, de la cultura, de la enseñanza y de los caminos de la vida que se le iban abriendo paso ante sus pasos:

Abrí la mano

y todo aire se me hizo pájaros.

 

Era el día claro

y tenía sonrisa de campo;

por lo alto

pasaban sueltos rebaños

de corderos blancos

pastoreados despacio;

en el arisco peñasco

no había sombra de milano

y el árbol era árbol.

 

Sentía un temblor casto

de ancho y apretado abrazo

que me abrigaba en el costado,

me humedecía los labios

el verbo raro

de la palabra del salmo:

 

“En Sión quebró la mano

Del Señor las espadas y los arcos”.

 

Pero esto parece un verso ya sin canto.

–Ahora se rompe la maravilla de los átomos

para matar más rápido,

se hace oro del barro

y nadie quiere ser el buen samaritano–.

 

Caminé paso a paso

y ante mí se abrían los espacios.

 

Había margaritas en el prado

y aromas de poleos en el regato;

para mi regalo

me nacían alondras de los pies y las manos.

 

Llevaba en el zurrón muy pobre el hato

pero tenía el cielo ancho

y allí más de ciento volando.

 

Y en ese mismo libro aparece su poema “Fruta prohibida

Entendí mi pecado,

se aflojaron mis brazos malheridos

y resigné, callado,

los instintos torcidos

del mal que me cantaba el oído.

 

Abrí al aire la reja

–amanecía Dios en la ventana—,

Ahogué dentro una queja

Y te dejé en la rama

Intacta la color, pura y lozana.

josecanal3En un tercer tiempo de “Llamas de Capuchina”, pensamientos, reflexiones, sugerencias, ironías, imaginaciones, sensibilidades del autor citemos unas cuantas más: “Cuando nos echamos la chaqueta al hombro, siempre la colgamos de la percha del dedo corazón”, “Cuando encendemos la lámpara de la mesita de noche, nos salpica la luz en los ojos”, “Hizo tanto viento que al pino se le cayeron casi todas las horquillas del pelo”, “En el reloj el tiempo no pasa nunca, solamente se repite”, “Las violetas son un producto de las impaciencias primaverales”, “La adulación es una droga que también hace hábito difícil de curar”…

Don José Canal, que alguna vez me echó una buena y caritativa mano en las Matemáticas, era, ante todo, muy buena gente. Reflexivo, cordial, recto, perseverante. Lo que aplicaba como una conducta de vida.

Un día sin embargo, de aquel otoño de 1979 nos dejó huérfanos de su palabra amiga, de su verbo fluido, de su adiós cariñoso, de su saludo amable, de su poesía fértil, de su cacereñismo social, sociable, comprometido, casi como un abanderado de la causa cultural. Pero antes había escrito su última entrega de “Llamas de Capuchina”. La última de todas se conformaba de la siguiente reflexión: “La campana vocea y muestra sin rubor, bajo el vuelo de su enagua, el aquel de su cojera”.

Cáceres lloró a su poeta. Y Carlos Callejo, una personalidad de la antología de ese mismo paisaje y escenario cultural, que tanto compartiera con don José Canal, le despide escribiendo: “Pepe Canal, el poeta íntegro, recio, masculino como la tierra que le vio nacer, el comentarista certero, cuya crítica, tan sincera como justa, ha enseñado mucho a los literatos criticados, lo hayan admitido o no. Pepe Canal, el autor de las ingeniosas greguerías. Pepe Canal, el educador de varias generaciones de cacereños. Y Pepe Canal, sobre ello, el amigo de sus amigos, el compañero fiel y sobrio que nunca fallara en su lealtad, en época en que tantas lealtades falla, ya no está entre nosotros”.

Y se despide de este modo de él: “Se apagó la última Llama de Capuchina de un preclaro ingenio. Creemos que en su sustitución se habrá encendido una, viva e imperecedera, allí en lo Alto…”.

Fernando Bravo y Bravo, amigo de cientos de paseos, de cientos de conversaciones cultas y distendidas, de cientos de preocupaciones e inquietudes, le dedica un “Requiem de Urgencia”, en el que le denomina: “Develador de sus dudas, superador de sus caídas, luchador de sus ideales, encubridor de sus dolores, conformador de su familia, enseñador de sus discípulos, creador de sus poesías, resplandor de su Extremadura y vencedor de su muerte”.

Asimismo deja constancia de su gran corazón, (añado: lo que sabía el todo Cáceres de Aquellos Tiempos), de clara y fina inteligencia, maestro de imborrable recuerdo, poeta de exquisita sensibilidad.

Y Jesús Delgado Valhondo, buen amigo del autor de estas líneas, pura poesía en su vida, adobada de una bonhomía y humor entrañable, le dice en su artículo: “Pepe Canal, amigo mío”: “Pepe Canal era un lujo para Cáceres. Ciudad a la que amó y cantó. A la que dio lo mejor que tenía; su sensibilidad creadora y su sabiduría”.

Atrás quedan poesías de todo tipo y condición, como una inspiración eterna, en cuyos alambres exponía al tiempo de la eternidad sus reflexiones. Porque José Canal era un poeta de la filosofía, un filósofo de la ciencia social y humana, un humanista vital, un vitalista cercano a las aspas del molino que giran y giran incansables por las rutas de la creación poética. Ahí queda, por ejemplo, “Tendedero”:

Mecida por el viento

va la ropa tendida

diciendo adiós al Cielo.

 

Cigüeñas en bandada

–trapos blancos y negros

se lavan la cara–.

 

Y espero cada día

espuma que me lave

y ser ropa tendida.

Al tiempo del estudio de la figura de don José Canal me llega a la memoria una curiosa anécdota donde se hilvana la ironía del poeta. El mismo apareció en una tertulia en la que se encontraba mi padre, Valeriano Gutiérrez Macías. Tras aquel tiempo pegando la hebra o echando una parrafada, que decían los ilustres contertulios, don José Canal se despidió de los mismos justificando en que tenía que leer unos cuantos libros de modo urgente para la correspondiente crítica en “Alcántara”. Mi padre le dijo entonces: “¡Eres un lector impenitente, amigo!”. Y don José espetó con una fina sonrisa: “Y en ocasiones, con algún que otro ejemplar, hasta penitente”. Las risas de los contertulios, contaba don Valeriano, se prolongaron unos largos segundos.

Don José Canal Rosado presta su nombre, asimismo, al callejero cacereño. Logrado a pulso con su trabajo personal y esmerado, de una sencillez muy labrada en aquellos silencios del despacho que le inspiraban por la atalaya de la Plaza Mayor de Cáceres.

De este modo, de la mano de la poesía, siempre fértil y sensible de José Canal Rosado, finalizamos este trabajo con su poema “Corazón de España” (Romance heroico), con el que obtuvo la Flor Natural de la Fiesta del Romance, en Cáceres, en el año 1965.

 

Quién sabe por qué raro encantamiento

se le cuajó la mar en tierra calma

y se ancló en honda piedra el alto porte

del navío, con el que navegaba

Dios sabe por qué rumbos y horizontes,

sabe Dios por qué cielos o en qué aguasa.

 

Pero el caso es que está, de muchos siglos,

esta ciudad de Cáceres tan varada

que en piedra se tornó su arboladura,

su cubierta, sus puentes y sus jarcias.

 

Una brisa de encinas y trigales,

de tomillos, cantuesos y de jaras

le rueda por las olas de granito,

por los rizos de surcos y majadas

y le aroma sin sal la piedra austera,

inmóvil, de sus torres almenadas.

 

Paró en nido de hidalgos, alcotanes

ariscos y altaneros de la raza,

que duerme con dolor de lejanías

melancólicos sueños y añoranzas.

 

Cernícalos rapaces y cigüeñas

le anidan en almenas y bulancras

con sus chillidos y batir de alas

el grito marinero que saluda

las primeras gaviotas del alma.

 

Pasaron muchos años, ¡cuántos años!…

Un dolor paridero en las entrañas

estremeció la roca del navío

de las hondas cuadernas a las gavias.

 

Por tertulias, reuniones, mentideros,

en afueras, por calles, y por plazas

corre la voz llamando a la aventura

insólita y sin par: la mar océano,

el tenebroso piélago, no hollado,

cerrado al más allá, puerta sellada,

ha de rendir hogaño su secreto;

 

Quien haya intrepidez, venga a probarla

que a todos se apellida desde ahora

a esta empresa viril de las Españas.

 

El costado cordial, al viejo Cáceres

le palpitó de gozo a la llamada

y soltó un aguilucho de sus ricos,

como diz que Noé hizo en el Arca,

para que, adelantado se traje,

si valía la pena tal hazaña,

el primer galardón de aquel suceso

prendido por blasón entre las garras.

 

Partió Pedro Corbacho. Fue primero

en la gran singladura Colombiana

y no volvió jamás. En la Española,

Fuerte de Navidad, rindió su ánima

y fecundó con sangre extremeña

la primer barbecha americana.

 

El mar, más allá, tan presentido,

ensueño y ansiedad, cuasi que el alma,

que duele a Extremadura tan adentro

como una sed de estrellas, ¡tan lejanas!,

de esta tierra, que trepa a las colinas

para seguir el curso de las aguas

borrado inútilmente en los ocasos

entre brumas azules, rojas, malva…

Suena su caracola tan cercana

que parece batir las verdes olas

junto al pie del bastión de las murallas

y le inunda de historias y leyendas,

de proezas, asombros y esperanzas.

 

Y es entonces, por fin, cuando despierta

y, bella paradoja, traspasada

de sueños de infinito, por atajos

y caminos reales se derrama

hasta la orilla azul del mar Atlántico

y asalta los navíos y sienta plaza

porque a todo se arroja un extremeño

cuando valen la pena las hazañas.

 

Y se vierte en las Indias con divinas,

febriles impaciencias sobrehumanas

y atraviesa las selvas imposibles,

las increíbles crestas peruanas

que jadean volcanes pavorosos

y abren abismos de insondable entraña;

rescata cien tesoros fabulosos,

conquista los imperios por jornada,

sangra a las tierras vírgenes los pulsos

habiéndoles las venas de oro y plata

y, fundando ciudades inauditas,

con la vieja semilla de esta hidalga

Ciudad de Caballeros, siembra hondo,

un contingente entero por besana,

con la divina raíz sobre la frente

y el surco abierto a golpes de la espada.

 

La hora de la Historia había sonado,

tronó recio en los ámbitos de España,

ahora en trance de Imperio, y al costado,

junto en el corazón de tierra y raza,

está la Extremadura, palpitante,

señora y singular la noble casta,

donde un pastor cualquiera nunca es gente

es sólo sí persona y, tan bizarra,

que igual encarna un Pedro Garabito

que un Francisco Pizarro luego encarna.

 

No fue en vano el rebato de la hora,

no clamó en el desierto la palabra.

 

España estuvo a punto y en su puesto,

embrazado el escudo, alta la lanza

y el ánimo dispuesto a toda empresa

digna de su destino y de su fama.

 

En el costado de sus tierras, Cáceres

Fue el corazón señero de la Patria.

NOTA: En la tercera fotografía, la de la Escuela Normal, don José Canal Rosado es el primero por la derecha, según se ve la fotografía, y que está sentado. detrás de él, el primero a la derecha es don Celestino Castelao, a su lado don Juan Arias Corrales. El tercero por la izquierda, de pie, es don Isaías Lucero, y el segundo por la izquierda, sentado, don José Ríos Valiente. El primero por la izquierda, sentado, es don Bonifacio Avila Cruz.

 

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4 comments on “JOSE CANAL, UN LUJO PARA CACERES
  1. Blanca pedrera canal dice:

    Muchísimas gracias por emocionarnos y mostramos a un abuelo que desafortunadamente falleció antes de que pudiéramos conocerle algunos de sus nietos.

    • Querida Blanca: La verdad es que ha supuesto un verdadero “lujo”, valga la redundancia de la palabra “lujo”, que le da título a mi capítulo “JOSE CANAL, UN LUJO PARA CACERES”, el seguir la vida, la obra y la sensibilidad que albergaba tu abuelo. Creo que, desde el cariño y el rigor analítico, he intentado hacer el retrato más cercano a esa gran figura que seguirá lanzando “Llamas de Capuchina” y de generosidad desde el cielo. Un abrazo.

  2. José Luis Canal dice:

    Gracias, querido amigo Juan de la Cruz, por tan emotiva semblanza de mi padre, era, junto a tu padre y los demás, una generación de cacereños irrepetible, que vivieron la vida de forma generosa, a pesar de los tiempos difíciles que les toco en suerte. Un fuerte abrazo y agradecimiento

    • Muchas gracias, querido José Luis, por tus palabras. La verdad es que, para mí, ha constituido un verdadero placer, emocionante, además, desde el recuerdo, llevar a cabo ese recorrido por algunos de los tramos más cualificados de la vida de tu padre, don José Canal, una persona ejemplar, de extraordinarias cualidades y virtudes y que figura, por derecho propio, en las páginas de la historia de Cáceres. Un gran abrazo.

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