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CALLE MORET, ANTES CORTES

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La calle Moret se denominó Cortes hasta que el Ayuntamiento, en el año 1913, decidió poner a la misma el nombre de Segismundo Moret y Prendesgart, en virtud del trabajo y esfuerzo dedicado por el mismo, que fuera Ministro en cinco ocasiones, y presidente del Consejo de Ministros. Y que se preocupara al máximo por las minas de Cáceres, descubiertas en 1864 por Francisco de Acuña, el Fraile, que tanto tuvieron que ver en el desarrollo de la ciudad. (1)

Calle Moret, 1969

Una calle que, incrustada en el corazón de la ciudad, que camina horizontal a la calle Pintores, arrancando la una en la Plaza de la Concepción y la segunda en la Plaza Mayor y que va a desembocar en Pintores, siempre tuvo un trasiego comercial propio de los centros de las villas y ciudades.

Calle de señalado ajetreo ciudadano, uno de los ejes viarios de más señalado relieve en el Cáceres de siempre, que hoy sigue honrando la memoria de aquel político que supo descubrir en las Minas una vía de escape, de salida y de desarrollo para la angustia.

A fe que, con la historia en la mano, don Segismundo Moret, que tanto se empeñó en dar vida al poblado minero, consiguió revitalizar el pulso económico, social, laboral de la zona que se bautizó como Cortes . Y es que, en aquellos complejos tiempos de la segunda mitad del siglo XIX Cáceres, hasta donde podríamos deducir, venía a ser una Villa más bien abandonada de la mano de Dios. En definitiva, como tantos y tantos lugares en aquella etapa, donde las gentes, acaso como en toda época y lugar, se buscaban la vida como buenamente podían para salir adelante.

Todo ello, como señalamos, gracias al hallazgo del Calerizo, con abundancia de fosfato calizo, por Francisco Lorenzo de Acuña, que vistió hábitos monásticos y que posteriormente ejercería de abacero,

Unas Minas que imprimieron un gran dinamismo y movimiento económico-social en aquella desgarrada zona. De lo que fue su impulsor Segismundo Moret, 1838-1907, catedrático de Economía Política e Instituciones de Hacienda Pública, embajador en Londres, Ministro de Ultramar, de Hacienda, de Gobernación, de Estado, de Fomento, presidente del Congreso de los Diputados y presidente del Consejo de Ministros. Una figura calificada de un auténtico adelantado de los tiempos en el fomento de las reformas sociales. Lo mismo que trató de hacerlo con la educación, con las ciencias.

Es de señalar, asimismo, que a raíz de dicho hallazgo y descubrimiento, Segismundo Moret viajó en numerosas ocasiones a Cáceres. sobre todo en el período comprendido entre los años 1874 y 1871, defendiendo la riqueza minera del Calerizo y, al tiempo, imprimiendo un gran desarrollo en la zona. Lo que supuso toda una revolución popular en Cáceres.

Hasta el extremo de que Segismundo Moret se propuso en el empeño que batalló por la puesta en marcha del ferrocarril hasta la misma boca de la mina para la más rápida y cómoda exportación de la fosforita por España y diversos países europeos, participó en la Sociedad General de Fosfatos de Cáceres así como en la Sociedad de los Ferrocarriles de Cáceres a Malpartida de Plasencia y a la frontera portuguesa y se convirtió en uno de los pilares y artífices de la puesta en marcha del Tren Internacional Madrid-Lisboa, en 1881, con la presencia en Cáceres de los Reyes de España, Alfonso XII, y de Portugal, Luis I.

Ante sus esfuerzos y logros, que supusieron un señalado paso en la vida económica y social de Cáceres, en el año 1880 el Ayuntamiento de la Villa le dio su nombre al entonces barrio minero, que pasaría a denominarse Aldea Moret, y que se inaugurara en 1875, le nombró Hijo Adoptivo en 1881 y, ya en 1913, unos años después de su fallecimiento, el pleno municipal decidió dar su nombre a una de las calles más importantes de Cáceres, ya que Segismundo Moret se presentaba como una figura emblemática en la evolución de la Villa.

Cáceres, pues, impulsó la dedicación y entrega de Moret con todos los reconocimientos posibles. Una calle, con cuyo nombre sustituye a la denominada Cortes, la que le dedica Cáceres, por cierto, de gran porte con comercios y empresas de relieve.

Se trata de una figura, sencillamente, que un estudioso de su obra, como es el profesor José Pastor, ha llegado a denominarle como «el personaje más importante que ha tenido la ciudad en la etapa contemporánea, porque originó una verdadera revolución industrial en la ciudad«.

Una calle en la que en el transcurso del tiempo destacó, sobremanera, el Hotel Alvarez, que llegó a ser el mejor de Cáceres durante tres décadas aproximadamente. Y del que hablaremos cuando lleguemos al tiempo de su inauguración. En 1936.

Y es ya, por el correr del año 1899, concretamente el 5 de enero, cuando aparece publicado en el semanario católico cacereño «El Eco de la Montaña» el anuncio que podemos ver a la izquierda y en el que Mn de Plasencia, que se encuentra instalado ya por aquellos tiempos en el número 22 de la calle Cortes, deja constancia de su labor como Camisero y como llamada de atención a los lectores y posibles clientes.

Una dinámica comercial en la que se iba adentrando paulatinamente, por tanto, la cacereña calle. Y que, en aquel entonces, tal como podemos apreciar, aún se denominaba Cortes.

Una calle, al tiempo, situada en un lugar del mayor de los relieves y que le imprimía una aureola especial. Acaso, al tiempo, de un especial cacereñismo.

En aquella calle Cortes, antes de denominarse Moret, con señalado dinamismo comercial al encontrarse situada en el enclave central de la ciudad, se encontraban, también, las dependencias profesionales del relevante fotógrafo Prado.

C. Prado se conforma como un nombre de un más que señalado prestigio artístico y uno de los mayores exponentes de la dinámica fotográfica ya en aquellos tiempos. Y por cuyos estudios ya eran numerosos los cacereños que pasaban para una fotografía de carnet, de familia, o, simplemente,. por el capricho de una instantánea de aquel excelente fotógrafo que marcaba una época en la que en Cáceres iban abundando, poco a poco, los buenos artistas con la cámara y con los recuerdos inmortalizados.

Y que, tal como se puede apreciar en la fotografía que vemos a la izquierda de este texto, se encontraba situado en el número 36 de la calle. Imprimiendo, al tiempo, ese aire histórico-artístico, en las páginas de la vida de la ciudad y que iban fluyendo de manos de personas de una exquisita sensibilidad como la que emanaba de C. Prado.

Toda una realidad, a fin de cuentas, la de la calle Cortes, luego y ahora, Moret, que siempre estuvo en el centro económico y comercial de la ciudad de Cáceres, en medio de buenas tiendas, comercios y de un gran hotel, y en medio, al mismo tiempo, de una genuina población que allí habitaba.

Asimismo el amigo Prado ya se anunciaba el 5 de agosto del año 1904, en el semanario cacereño «Malvas y Ortigas«, con este curiosa y llamativa sugerencia para los lectores del periódico.

Y que, a tenor de cuanto deja constancia y leemos, el artista cacereño destaca por sus brillantes cualidades, que, tenor de lo que deducimos, dejó honda huella en la clientela y las gentes, todas, de la ciudad.

Un anuncio pues, como podemos ver que es la mar de curioso y que servía, naturalmente, para figurar en las páginas de la prensa y tratar de servir, a la vez, de reclamo para los lectores y con las excelencias que se deducen de la lectura de ese quinteto del anuncio.

Un anuncio que, por cierto, iba muy en consonancia con las características del periódico «Malvas y Ortigas«, que en aquellos principios del pasado siglo se expandía como hoja volandera por las calles de la ciudad de Cáceres.

Por lo que calle Moret, como se puede apreciar, se iba llenando y jalonando de prosperidad.

Una calle, Cortes, en la que ya, en el año 1904, en fecha 11 de agosto, anunciaba su comercio en Cáceres, a través del periódico «El Noticiero«, ese emprendedor de relieve que fue «Gabino Díez Huerta«, con sus «Hierros, Aceros, Ferretería y Coloniales«, y sus dependencias situadas en el número 40 de la cacereñísima calle Cortes.

Toda una institución y empresa emblemática, Gabino Diez Huerta, en las páginas de la historia de Cáceres.

Y de la que va quedando testimonio, vivo y palpitante, en el propio tránsito y en los caminos por los que iba fluyendo, año tras año, el establecimiento. Con sus puertas, siempre, abiertas de par y en ese esfuerzo por consolidar un  nombre, una marca y una calidad que iba perdurando en el tiempo.

Todo ello gracias a la constancia, el esfuerzo, el trabajo y el bien hacer de Gabino Díez que dejó, tras de sí, una estela de señalado servicio y del que fueron herederas las generaciones posteriores.

Y es que es de señalar que Gabino Díez, fue, de siempre, uno de esos grandes impulsores del comercio cacereño y que aportó, asimismo, su trabajo y esfuerzo en pro de la economía, en este caso, desde la perspectiva ferretera.

De este modo, avanzando en el compás del paso del tiempo, nos situamos en el año 1905, mientras la calle Cortes bulle en su ajetreo comercial, en su dinámica industrial en el corazón de Cáceres, y, también, claro es, en las ofertas y en la llamada de atención de los comerciantes, tenderos e industriales a la visita y presencia de sus escaparates y negocios al vecindario de la ciudad.

Y que, en definitiva, tal como podemos apreciar en la fotografía adjunta, es lo que hizo el cacereño Francisco Perera y Vera, allá por el año 1905, en el anuncio adjunto.

Un anuncio que apareció publicado en el único periódico diario cacereño de aquellos tiempos y que obedecía a la cabecera de «El Noticiero«.

Y es que el número 22 de la calle Cortes nuestro amigo y  paisano Francisco Perera y Vera tenía establecido el depósito de su negocio dedicado a la representación y venta de cervezas de la fábrica «La Cruz del Campo» y con sus marcas alemanas, además, de «Pilsen» y «Munich«, además de una muy especial, tal como incrusta en el anuncio, la cerveza que fue bautizada como «Pale-Ale«.

Tiendas, comercios, negocios, empresas y aventuras que se perdían y que comenzaban en la céntrica calle Moret, de Cáceres, al ritmo del paso de los tiempos.

Avanzando en el correr y en el paso del tiempo, nos situamos en el año 1911. Y, concretamente el día 20 de septiembre, el periódico cacereño «El Tiempo» se hace eco de este anuncio. Ni más ni menos que del «Gran Almacén del Mueble«, propiedad de Juan Molina, con sus dependencias en la calle Cortes y con «Venta de toda clase de muebles de última novedad«.

Un almacén de calidad, de servicios y con una renovación constante y permanente de existencias.

Pero el tiempo, siempre, como testigo del paso de la vida, también por el propio desarrollo y la fenomenología comercial de las calles, en este caso concreto el de la calle Cortes, después Moret, de Cáceres, nos adentramos en 1912.

Como se puede ir deduciendo la calle Moret, por tanto, siempre estuvo situada en el más relevante epicentro comercial de la ciudad de Cáceres.

Ya nos situamos, en este recorrido, en el año 1912. Y en el que, según podemos apreciar en el periódico cacereño «El Noticiero«, en su edición correspondiente al día 8 de noviembre, ya aparece por los pagos y la dinámica comercial de la calle Cortes, tal como se denominaba en aquel entonces, y más concretamente en su número 16, la «Sastrería Madrileña de José Romero«, por donde debe de pasar, como se destaca en el anuncio, «todo el que desee vestir elegantemente«. Y con precios económicos, como señalan, con «Trajes desde 50 pesetas en adelante«.

Y es que, como todos sabemos, las gentes tienen que buscar los mejores planteamientos para poder salir adelante. Mientras, a la vez, la calle Cortes, en uno de los puntos más emblemáticos y palpitantes de la ciudad, también se estiraba. Si no en extensión, por sus limitaciones, sí en el crecimiento, en la renovación y en las dinámicas del ámbito comercial, económico, empresarial, social.

Y, por tanto, ciudadano. Lo que es de una manifiesta relevancia por el impulso que se le iba transmitiendo a la calle Moret.

Un poco más adelante en el recorrido del tiempo, en el año 1914, ya aparece publicado en el periódico cacereño «El Noticiero» un anuncio de lo que sus propios dueños denominan como «Gran Pescadería y Frutería» de los «Hijos de José Zaragoza«. Y que señala en su oferta que es la «única y antigua casa que sirve los pescados en inmejorables condiciones«.

La calle Cortes, pues, aunque no se pudiera estirar, evidentemente ya había entrado en ese fenómeno que podemos denominar como de ebullición comercial en el dinamismo y en el recorrido del pulso de los tiempos. Tal como se deja constancia en esta historia de cada día que configuran, conforman y hacen los empresarios, los comerciantes, los emprendedores y los arriesgados.

Y es ya por el correr del año 1917 cuando aparece en el periódico cacereño «El Noticiero«, el anuncio que hace referencia a la instalación en la calle Moret, más concretamente en el número 5, del taller de marmolería de Buenaventura Vivas.

Como se puede apreciar, por consiguiente, en la pequeña calle Cortes o Moret, tenían cabida y se apretujaban, con el paso de los años, todo tipo de establecimientos comerciales, yal vamos tratando de reflejar en este modesto ensayo que, como podrán ver los lectores de este blog, CACEREÑEANDO, EL BLOG DE JUAN DE LA CRUZ, va marchando, a la vez, a través de los tiempos.

Asimismo, en fecha de 30 de junio de 1920, ya estaba situado por aquella esfera urbana, conocida, ya, como calle Moret, en lugar de Cortes, y en su número 18, la «Relojería de Luis Alvarez Melero«. Otro lugar de encuentro y de cita con la relojería a base de, como se señala en el anuncio, «Relojes de todas clases y precios«.

Un lugar tan emblemático, tan emblemático, tan emblemático, que allí, precisamente, se despachaban y vendían, claro es, con la debida antelación, las localidades para los espectáculos taurinos. Lo que creaba, al mismo tiempo, un gran ambiente de comentario, de opinión, de rumor y de expectación.

Aquí queda, pues, la constancia expresa de un dato que también figura, por derecho propio, en las páginas de la historia de la ciudad de Cáceres. Aunque es de señalar que en la «Relojería Alvarez» también se vendían las localidades del Cine de Verano de la Plaza de Toros.

Es de señalar y dejar constancia de que el anuncio que destacamos en este trabajo aparece publicado en el periódico diario cacereño «Nuevo Día» correspondiente al 19 de mayo del año 1928.

¡… Y olé…!

Y también en el establecimiento de la Relojería Alvarez se despachaban las localidades para asistir a las funciones cinematográficas de las proyecciones en la Plaza de Toros y que funcionaba a lo largo de todo el verano.

Un lugar al que acudían muchos cacereños y muchas cacereñas, buena parte de ellos botijo en mano, en el Cáceres de Aquellos Tiempos, para poder disfrutar del airecillo o de la fresca de la noche, si es que había suerte y corría el mismo, como se decía popularmente, tras los calurosos días estivales.

Sesiones cinematográficas al fresquito de la noche.

Y a la bajada, y posteriormente, luego, en el regreso, con la fresca, la animación del bullicio ciudadano alrededor del espectáculo. Y donde se proyectaban películas como la que se aprecia en el anuncio de la izquierda, «El diamante de Peterville«.

Un espacio para señalar que la primera película que vio el autor de estas lineas en el cine de la plaza de toros de Cáceres, con domicilio, entonces, en la calle Margallo, 96, de la mano de su abuelo materno, fue «Un caballero andaluz«. Va por tí, pues, abuelito, como te llamábamos cariñosamente.

Ya en el año 1920 aparece en el decorado comercial y empresarial de la calle Moret, concretamente en el número5, una nueva tienda. Y que iba, en nuestra siempre modesta opinión, muy acorde con los tiempos.

Nos referimos a la Guarnionería de José Luceño Sánchez, siguiendo la presencia de su anuncio en el semanario cacereño «La Gripe«. Y con la particularidad o curiosidad, como se prefiera, de anunciarse ante la sociedad local en verso.

Lo cual, como se puede ver, es de nota. Aunque, eso sí, se ajustaba mucho a la tipología propia del semanario. Experto, pues, en mostrar los anuncios de su clientela en verso.

El mismo guarnicionero, José Luceño Sánchez, también se anunciaba en 1926, en el periódico «Nuevo Día«, tal cual podemos apreciar en la fotografía correspondiente en este recorrido que llevamos a cabo por la panorámica socio-comercial cacereña.

Dicho anuncio aparecía publicado en la edición del periódico correspondiente al día 1 de noviembre.

Seguimos, pues, caminando, por la dinámica social y comercial que se albergaba en las esencias de esa pequeña calle. Pero, eso sí, que conste en acta, que de muy densa actividad y bullicio. Tanto en el plano social y urbano como en el de las dinámicas económico-comerciales.

Retrocediendo un poco en el tiempo nos situamos en el año 1925. Y siguiendo el anuncio publicado en el periódico cacereño «Nuevo Día«, nos encontramos que a finales de mayo de ese mismo año ya se encontraban en el número 36 de la calle Moret las dependencias de la «Funeraria La Soledad», fundada en el lejano 1881 por don Santiago González Fernández.

Y que anuncian que «hacen un servicio gratuito para las familias pobres«. Todo un gesto de señalada consideración.

Y en la muy cacereñísima calle Moret, de aquellos tiempos del correr, ni más ni menos que de 1925, en fecha 30 de mayo, nos encontramos con un curioso, llamativo e ilustrativo anuncio. Y que es el que se puede apreciar a la izquierda.

Un anuncio en el que la Viuda de Alonso Rodríguez deja constancia de la importancia económico-social de las cales en Cáceres, sin duda, como señala, la más importante de aquellos tiempos.

Y para atender las demandas y pedidos de las familias cacereñas, tanto de la capital como de diversas poblaciones de la provincia, ofrece y tiene abiertas las puertas de su Escritorio u Oficina en el número 26 de esa calle tan transitada, comercial y paseada por los cacereños.

Toido, muy probablemente, tal como se diseña en los componentes de las páginas de la historia local, porque la calle Moret, antes Cortes, se conformaba como una de las calles más transitadas de la ciudad.

Precísamente por estar incrustada en uno de los epicentros de Cáceres y con una gran y señalada columna vertebral de establecimientos, de todo tipo y condición, como vamos viendo en este modesto recorrido comercial y familiar en el Cáceres, como solemos señalar, de Aquellos Yiempos.

En ese mismo año de 1925 podemos ver en el periódico cacereño «Nuevo Día«, el anuncio en el que se lee la oferta que hace a los lectores del periódico y cacereños en general la conocidísima «Casa Castaño«, propiedad de don Luis Castaño, con un sugerente repertorio en el que ofrece y destaca como llamada de atención para los paladares «gambas, cigalas, percebes y toda clase de aperitivos».

Y es que el día 20 de diciembre de ese año la oferta del día de la afanada Casa se ofrecen, ni más ni menos, que «Percebes gigantes«. ¡Que aproveche, pues, a los amigos que pasaron aquel día a degustar la sugestiva propuesta de Castaño.

Una Casa, la de Castaño, que gozó de un prestigio y una notoriedad de importancia. Entre otros motivos, acaso, por la peculiaridad de su dueño, por la calidad de sus productos, por la concordancia en la relación calidad-precio y porque en su sede se disfrutaba de uno de esos aromas típicos del cacereñismo como es el que emana del sabor, siempre tan humano y agradable, de las tertulias sobre el run-rún callejero de la ciudad, que se daba cita, de modo permanente, en Casa Castaño.

Y seguimos avanzando, de forma paulatina, en el transcurso de este ensayo por los comercios, por las tiendas, por las empresas, por los negocios alrededor de la calle Moret.

Y el 1 de septiembre de 1926 el periódico «Nuevo Día» incrusta en sus páginas el anuncio de la casa denominada y conocida como «La Brocense», que ofrece y oferta a la hipotética clientela un más que curioso hospedaje que ellos mismos califican como «de primer orden«.

En «La Brocense«, además, «se sirven almuerzos y comidas» acompañados, entre otros caldos, de los célebres vinos de la localidad en la que nació el titular del nombre de la casa. Ni más ni menos que Francisco Sánchez, conocido como el Brocense.

Uno de los personajes más señeros en la historia de la ciudad, y que, al tiempo, también presta su nombre, desde tiempo inmemorial, al Instituto Nacional de Enseñanza Media y a la Institución Cultural dependiente de la Diputación Provincial de Cáceres.

Y es que, tal como se puede apreciar por los lectores, a pesar de que la calle Moret es bastante corta, sí que tenía espacio, profundo, para almacenar tanta vida económica.

En ese mismo año de 1926 ya podemos ver en el periódico cacereño «Nuevo Día» un anuncio, fechado el 1 de septiembre, en el que nos percatamos de la puesta en marcha de «Comercial Abad«.

Una calle que, paso a paso, día a día, pulso a pulso, iba dejando constancia expresa del ritmo de las inquietudes y de las tendencias y preferencias por las que se inclinaban muchos cacereños. Y es que ubicación se configuraba como uno de los más señalados atractivos.

Una ferretería que, tantos años después, inmortalizara nuestro siempre querido amigo, compañero y fotógrafo Juan Guerrero, de este modo que podemos apreciar.

Otra empresa, por consiguiente, que se configura y representa, en el recorrido comercial de la ciudad, como otro de esos espacios de tipología emblemática que comulgaron con el espíritu de iniciativas industriales. Lo que se llevó a cabo en medio, claro es, de señalados y grandes esfuerzos que hoy hemos de reconocer de forma pública como tributo de admiración a tantos personajes que lograron alzar la dinámica social de la ciudad de Cáceres.

Empresas, comercios, tiendas, despachos, clínicas, pastelerías, relojerías, ultramarinos, hoteles, bares, casas de comidas, taberbas, librerías, confección, fotografías, mamolerías…

¡Qué mundillo de recuerdos, de estampas, de imágenes, de ensoñaciones, de escaparates, de trajines ciudadanos, saboreando el prisma de las esencias de la ciudad entre adioses, miradas amigas, saludos, charlas cotidianas

Y también en ese mismo año de 1926, asimismo en el periódico local «Nuevo Día«, procede a insertar entre sus páginas un curioso anuncio.

Se trata, como podemos apreciar en la imagen de la izquierda, de que en el número 26 de la cacereñísima calle Moret se encuentran las dependencias conocidas como «La Zamorana«.

Y que se ofrecen a la clientela cacereña de aquellos tiempos, que ya quedan ni más ni menos que noventa años atrás, con su «Seguro de matanza».

Algo que, a buen seguro, seguirían muchos cacereños que, por aquellas fechas, poseían guarros y que servían, tal como señala la historia, como una de las despensas más propias de la época.

Por la sencilla razón de que todo iba marchando tal cual diseñaban las dinámicas de las diferentes épocas.

Y alrededor de las mismas, por tanto, iban girando, a la vez, los esquemas y las iniciativas de tantos y tantos emprendedores y arriesgados cacereños que se jugaban el tipo en su apuesta por volcar sus ilusiones en la apertura de las puertas de un establecimiento.

Ese mismo año de 1926, y también con publicación del correspondiente anuncio en el periódico cacereño «Nuevo Día» del 3 de noviembre, también nos encontramos con la presencia de otro negocio e iniciativa empresarial.

Se trata de la Ferretería, propiedad de Jorge Rodríguez, con sus dependencias comerciales instaladas en el número 20 y ofertando su mercancía de «Cerrajería de todas clases, herramientas, alambres, puntas«.

Y todo ello, además, según reza el cartel anunciador expuesto en el diario con «precios de fábrica«.

¿Se puede, pues, pedir más, a un establecimiento dirigido al público y en defensa de los intereses de la clientela, tal como podríamos deducir?

Damos un paso más hacia adelante en este recorrido histórico por la siempre céntrica calle Moret, de Cáceres. Y en la que se albergaba, desde mediados de 1928, como podemos apreciar por el anuncio, insertado el 28 de junio en el periódico «Nuevo Día«, la «Tahona Santa Carlota«, ofreciendo a los cacereños un «Pan de lujo«, junto a una variada selección de dulces.

Una tahona que marcó, también, el paso del tiempo por la acumulación empresarial y comercial de tantos sueños y, a la vez, de tantos y tantos cacereños que ponían, en la misma, su ojo para la puesta en marcha de un negocio.

Nos situamos, así, de repente, cinco años más adelante. Por tanto en 1931.

Y en el que el 2 de mayo, en el periódico «Izquierda Republicana» ya aparece el anuncio de las instalaciones, en la calle Moret, de la tienda de ultramarinos propiedad de Cayetano Franco, y con la siempre más que sugestiva oferta de la especialidad de la casa «en jamones y embutidos«.

Y que a buen seguro dejaría honda huella en los paladares de los cacereños de aquellos tiempos que ya nos quedan muy atrás en la historia de la ciudad.

Pero, lo verdaderamente importante, es que esa aglomeración y acumulación de instalaciones comerciales, de tiendas, de comercios, de inversiones, generaban una vida de relieve y de resonancia en el marco referencial del corazón de Cáceres, en el que se incrustaba, de pleno, la calle Moret.

Un año después, ya en fecha de 25 de abril de 1932, nos detenemos en una de las joyerías más prestigiosas de Cáceres en el recorrido de la historia local.

Nos estamos refiriendo, ni más ni menos, que a don Agustín Pozas. Todo un nombre de prestigio y relieve en Cáceres.

Y que aparece como «Joyero y Grabador«. Y dejando constancia, eso sí, de que la calle Moret antes se llamaba Cortes.

Nos situamos, ya, en el correr del año 1936. Un año de suma importancia porque es cuando se abren las puertas, por fin, del gran hotel Alvarez. Y que, enseguida, prácticamente con su apertura, se convirtió en uno de los ejes por los que transcurrían las principales comidillas, vaivenes, charlas, curiosidades y secretos de la vida del Cáceres de Aquellos tiempos.

Lugar de tertulias, de reuniones, de banquetes, de comidas de trabajo. Y que, al ser el mejor establecimiento hotelero del momento, dio lugar a que pasaran por sus salones cualificados políticos, militares destacados, empresarios de relieve, artistas, viajantes, turistas. Un hotel que levantó el militar Federico Rodrñiguez Serradell y que alquiló Antonio Alvarez Rivera.

Un dinámico asturiano que pasó por las cocinas del madrileño y señorial Hotel Palace, que dirigió el Hotel Nieto, del Cáceres de Aquellos Tiempos, que posteriormente abrió la Casa Alvarez, de comidas y cenas, en la calle General Ezponda, y que se lanzó a diversas aventuras empresariales antes de proceder a la inauguración de ese reto empresarial que, en su día, fue un lugar emblemático de la ciudad. Como lo es, hoy, el Complejo Alvarez situado en la carretera de Salamanca, que dirigen los nietos de aquel ilustre cacereño-asturiano que se llamó Antonio Alvarez Rivera y que levantó, a pulso, un verdadero emporio de la hostelería.

Y también en ese mismo año de 1936 el periódico cacereño «El Radical«, con fecha de 1 de junio, ofrece a sus lectores el anuncio de la presencia en el número 9 de la calle Moret de la pescadería propiedad del cacereño Ramón Trocolí.

Y que, además, ofrece «todos los días» a los lectores, y por tanto a la clientela, consumidores, visitantes y paseantes de la zona,  «pescados y mariscos frescos«.

Toda una oferta que no podían despreciar las sufridas amas de casa en sus trajines y en sus recorridos por las calles tratando de buscar y encontrar, siempre, el mejor de los equilibrios en la ecuación calidad-precios.

Una calle en la que allá por el correr del año 1936 ya podemos encontrarnos con este anuncio y en el que se nos informa de la presencia, en el número 4 de la calle Moret, de la Consulta que allí se encontraba instalada de «Ginecología y Partos» de Gonzalo Mingo González y de Arturo García Sánchez.

Y por la que, tal como se puede apreciar en la hemeroteca y en la historia local, así como por el nombre y prestigio de ambos doctores, pasaron muchas cacereñas para ser atendidas por esos dos médicos tan cualificados.

Ya por los años cuarenta también se ve en la geografía comercial de la calle Moret, el «Bar-Restaurante Patete«, propiedad de Angel Moreno Cruz, con sus dependencias en el número 3 de la céntrica calle.

Al mismo tiempo, además, el el amigo Patete también ofrecía sus servicios a los espectadores que asistían a las sesiones cinematográficas que se proyectaban en las noches estivales en la Plaza de Toros.

Patete se consagró, como diría el maestro Miguel Delibes, como uno de esos personajes incrustados en el decorado frl alma popular de una de las principales calles de Cáceres.

Y, quizás, por eso mismo, Patete alzó su establecimiento en la calle Moret, tal como podemos apreciar de la lectura de esa carta que se nos ofrece, original y curiosa, en la fotografía de la izquierda.

Un Patete que, hasta donde tenemos ligeros apuntes, sabía de la importancia del mensaje publicitario en la prensa. De ahí que, allá por el año 1929, más concretamente el 20 de julio de 1929, se anunciaba de este modo, que podemos apreciar en la fotografía, en el periódico «Nuevo Día«. Y en el que destacaba, de modo señalado, su «Almacén de vinos, jarabes y vermouth«.

Una calle de merecida fama en en runrún del trasiego ciudadano y en la que, poco a poco, se iban alzando y agavillando comercios, empresas, industrias, tiendas y, en definitiva, establecimientos comerciales de todo tipo y condición. Lo que imprimía un aire tradicional, festivo, popular y de invitación a la curiosidad de los hombres y mujeres cacereños.

Como iban siendo el Hotel Alvarez, el hotel tradicional de los toreros que actuaban en el coso cacereño de la Era de los Mártires, la pastelería La Granja, cuya encargada era la señora Jesusa, el bar Maleno, la mercería de Torrecilla, el establecimiento fotográfico de Caldera, una gran saga…

Y tantas y tantas que iban haciendo camino al andar en la panorámica comercial de Cáceres.

Como es el caso, por ejemplo, de Mecano y cuyos escaparates podemos ver con toda nitidez en la imagen de referencia.

Y es que Mecano vino a conformarse como una más de esas empresas modelo y comprometidas, de lo que hay que dejar constancia expresa, como un acto de justicia en el marco de las páginas que se albergan en la historia de Cáceres.

Empresas, como Mecano, de señalado relieve en el marco de las nuevas dinámicas estructurales y comerciales de la ciudad de Cáceres y con punto de encuentro, de referencia y de identidad en la calle Moret.

Una empresa que puso en marcha Manuel Fernández Galeano, a quien podemos ver en el acto de bendición de sus locales, y que sirvieron de referencia, de tipología, de modelo y de relieve en medio de los pasos de la historia del Cáceres de Aquellos Tiempos.

Y que, a medida que van dejando sus pasos atrás, son más recordados por sus aires de agrandar espacios comerciales, iniciativas industriales y empresariales, entre el tesón, la constancia, el esfuerzo, el sacrificio y la imaginación…

Lo que venía a resultar, en definitiva, como un lugar con el aire de la relevancia, importancia, transcendencia y repercusión de la siempre ccacereñísima y céntrica calle Moret.

Bar La Catalana, otro lugar emblemático del Cáceres de Aquellos Tiempos…

Un lugar, una zona, una calle en la que en el Cáceres de Aquellos Tiempos también se encontraban y dinamizaban la rúa la taberna La Catalana, de José Medina, que abrió sus puertas en la década de los cincuenta, que debe su nombre a que la mujer de Medina era de origen catalán. En la misma se despachaban, de modo preferente, pistolas de vino, que no dejaban de ser unas botellas de refresco, de los entonces, con preferencia por las botellas de gaseosas de La Polar, pero, eso sí, repleta de ricos caldos de la provincia de Cáceres.

En el bar y taberna de La Catalana también, por cierto, se despachaban unos muy sabrosos bocadillos de mejillones, según el testimonio de quienes tuvieron, en su día, la dicha de poder saborearlos, en medio de la tertulia, de los comentarios, de las risas, de las disputas, de las jocosidades y hasta de las partidas de cartas propias de esos lugares como el bar La Catalana y en donde, por cierto, todo indica que se servían muy ricos caldos, tanto tintos como blancos, procedentes de diversas localidades de la provincia de Cáceres.

La Catalana, por cierto, se encontraba incrustada entre la Camisería Picado y Calzados Marta. Otros dos comercios de relieve en el trasiego comercial, del Cáceres de Aquellos Tiempos.

En aquella Moret, siempre con las puertas de la amabilidad y de su mostrador comercial, siempre, asimismo abierta a todos los cacereños, hubo otra tienda de relieve. Nos referimos a de don Luis González.

En la misma, como podemos apreciar por la referencia fotográfica del sobre todo, se ofrecía un poco de todo, porque se trataba de abrir las puertas de unos Almacenes con todo tipo de mercancías. De papelería, de juguetes para los más pequeños, de zapatos para toda la familia, de géneros de punto, de los perfumes que ya invadían el mercado a todos los bolsillos…

Una tienda, la de la Viuda de don Luis González, doña Magdalena Cascos, maestra en la Escuela Perejil, y que fuera madre de Luis González Cascos, que llegó a ser alcalde de Cáceres. Y en la que, desde el principio de su presencia y apertura al público de la ciudad y también a los que se llegaban desde diferentes pueblos de la provincia, se impuso la cordialidad, la amabilidad, la tertulia y la buena disposición para con toda la clientela. Además, claro es, como marca de la casa, la de los buenos precios al decir de todos. Lo cual, para no engañarnos, siempre resulta un estímulo para el consumidor y cliente como punto anímico de partida para ir, tal cual se solía decir, a la compra.

Antonio Camacho con el prestigioso torero Paco Camino en la Plaza de Toros de Cáceres. Años70.

Antonio Camacho con el torero Paco Camino en la Plaza de Toros de Cáceres. Años70.

Como por allá, en la calle Moret, se incrustaba, también, en el Cáceres de Aquellos Tiempos, la tienda de ultramarinos de Antonio Camacho, (1930-2003). Y en la que era frecuente verle con el guardapolvos encima de la ropa.

Antonio Camacho, uno de los grandes referentes del deporte en las páginas de la historia de Cáceres, fue un célebre guardameta del Club Deportivo Cacereño, que también defendió los colores del Atlético de Madrid y que llegó a ser árbitro internacional.

Todo un porterazo, buena gente en el decir y en el sentir de todos los que disfrutaron de su amistad, de su buen humor, de su bonhomía, y siempre, sobretodo, de sus excepcionales dosis de cacereñismo.

Unas dotes de las que en su recorrido por Cáceres dejó constancia expresa. Desde el cariño, la familiaridad y la cordialidad con la que atendía a todos. Acaso porque era una de sus dotes innatas. La de la cordialidad y la simpatía. Tanto en sus paseos por la ciudad como en el tiempo en que permanecía en la tienda.

Algo que es muy de agradecer.

Estampas, fotografías, anuncios, comercios, tiendas, hoteles, que iban llenando, de generación en generación, la calle con ruco y amplio muestrario de todo tipo de campos y características, imprimiendo un gran sabor de vida cacereña a la calle Moret.

Ya en los años setenta de la pasada centuria, la calle Moret, seguía conformándose como ese gran núcleo y armazón económico-social del que siempre fue disponiendo y gozando. Como venimos dejando constancia expresa. Y todo ello a pesar del estiramiento que poco poco iba pegando la ciudad de Cáceres por los cuatro puntos cardinales.

Pero, evidentemente, el centro de la capital, siempre será el centro. Con toda su carga de historia popular que hay a sus espaldas.

Y de ese año, precísamente, de 1970, es la fotografía que acompaña estas líneas. Y que está captada del blog «Fotos antiguas de Cáceres«, y que fue subida en su día por Miguel Angel Redondo.

Al fondo de la instantánea fotográfica se ve el rótulo de «Sobrinos de Gabino Díez«, en la intercesión que lleva, en apenas unos escasos metros, desde la calle Moret a la calle Pintores, en el centro comercial de Cáceres.

Un centro comercial, siempre impregnado de vida.

Y corrían los años setenta, asimismo, cuando un fotógrafo cacereño, del que no hemos podido averiguar su nombre, captaba está fotografía, de amplio sabor y contenido, con un diseño ampliamente característico de la calle Moret en el Cáceres de Aquellos Tiempos.

En un Cáceres en el que tratamos de ir surcando las aguas populares de sus gentes, de sus empresas, de sus tiendas, de su simbología, porque, evidentemente, iban  marcando un paso, un ritmo y un sabor en el contenido de la radiografía histórica de Cáceres.

Una fotografía con el coche averiado, con el trasiego popular propio de la misma, siempre cuajada de gentes, calle Moret arriba, calle Moret, abajo, y mirando escaparates de tiendas, y transitando, al tiempo, por uno de los ejes viarios del Cáceres de siempre.

Y que vamos tratando de radiografiar, de forma paulatina, a través de este blog, «CACEREÑEANDO, EL BLOG DE JUAN DE LA CRUZ«, siempre abierto, asimismo, a todo tipo de aclaraciones, puntualizaciones y aportaciones. La fotografía fue subida, en su día, por Román Pablos en el blog «Fotos Antiguas de Cáceres«.

Y por aquella también tuvo su empresa otro cacereño ejemplar, Luis González Cascos, (1926-2015), que fuera alcalde de la ciudad encabezando la lista Unión de Centro Democrático, presidente de la Cámara de Comercio e Industria, presidente de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Cáceres, presidente de la Confederación Española de Pequeñas y Medianas Empresas y presidente del Consejo de Administración de Editorial Extremadura.

También se encontraban por aquellos históricos pagos de la calle Moret la pastelería Estila, que, además, también tenía la especialidad en venta de raspaduras, vendía raspaduras, Chelo y su histórica librería, la conocida Banca Sánchez, Siro Gay, la Zapatería López, el bufete de Oscar Madrigal, Timoteo, Callista, el ultramarino de Felipe Gil, que, por cierto, era suegro de Antonio Camacho, «Siro Gay«, un salmantino que comenzó a crear un gran emporio allá por 1906 en la capital castellana que le vio nacer, el taller de electricidad y «Lámparas Civantos», el bar «El Sordo«, la «Pensión Burgalesa«, la «Sastrería Falcón»…

También vivía en la calle Moret, anteriormente Cortes, el practicante Juanals, toda una institución en el Cáceres, pues, de Aquellos Tiempos.

A todos ellos, pues, como siempre, nuestro mejor recuerdo y nuestra mayor gratitud. Porque, sencillamente, trataban y siguen tratando de hacer, cada día, más y mejor Cáceres.

P. D. Este ensayo está publicado desde diciembre de 2016. Si bien, por un error, su autoría no ha podido registrarse hasta el día de hoy, 15 de agosto de 2019.

NOTAS:

1: Más información sobre Segismundo Moret en el capítulo de este Blog titulado «MORET, EL MINISTRO DE LAS MINAS DE CACERES«.

2: La fotografía de «Mecano» está captada del periódico «Extremadura«.

3.- La fotografía de Antonio Camacho con Paco Camino es una instantánea de ese señalado y popular artista cacereño, además de excelente persona, que fuera Juan Guerrero.

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BARRIO NUEVO, UNA CALLE EMBLEMATICA

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La calle Barrio Nuevo se conforma, a través de su larga historia ciudadana, como otra de las más emblemáticas de Cáceres, en medio de un compendio de señaladas familias y apellidos así como de los edificios, algunos con notables fachadas, de una gran belleza en su conformación y estructura física, que iban surgiendo en la misma imprimiéndole, al tiempo, una identidad y una tipología muy señera y popular. Una calle, por cierto, que en algunos textos aparece como Barrionuevo, y, en otros como Barrio Nuevo.

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Barrio Nuevo, una calle emblemática de Cáceres.

La calle Barrio Nuevo ya arranca sus inicios y comienza a dar sus primeros pasos allá en el siglo XV, incrustada y limitada por el área comprendida entre las parroquias de San Juan y de Santiago, que se alzaba en la misma zona que la calle Moros, y se configuraba, en aquel tiempo, como uno de los aledaños expansivos de la Villa en su paulatino crecimiento demográfico.

La misma conducía desde el centro de la ciudad hasta las afueras, en el camino ampliativo de la villa entonces, convirtiéndose, al tiempo, en uno de los ejes viarios de significativa relevancia en Cáceres y una de las puertas de entrada y salida de la ciudad, junto a la calle Moros.

Y, aunque la ampliación principal de la villa y, posteriormente, de la ciudad, se encaminaba preferentemente hacia el Sur, por aquel área, en el correr de los tiempos, se instalaba, al final de las calles Barrio Nuevo y Moros, para desembocar en una plazoletilla que, con el paso del tiempo, iba integrando, poco a poco, la Plaza de Toros, el Paseo Alto, el Cuartel “Infanta Isabel”, el Paseo Alto o de Ibarrola, que es su nombre oficial… Y luego, un poco más abajo, los Talleres Municipales, el Cementerio, y aquel cruce por el que se opta por continuar en dirección a Trujillo, Jaraicejo, Navalmoral de la Mata, Talavera de la Reina y Madrid, o, a la izquierda, dirigirse hacia la antigua Cárcel y carretera de Monroy.

Allí, en la calle Barrionuevo, viviría Ramón Criado. Un cacereño que ejercía su trabajo como persona de toda la confianza de Fernando Valhondo Calaff, (Cáceres, 1865-Madrid, 1937), una de las personas más ricas de Cáceres, de carácter hosco y áspero, que al morir sin hijos ni tampoco herederos directos, legó su fortuna al citado Ramón Criado, hasta su fallecimiento, para, posteriormente, crearse y ponerse en marcha una fundación: La Valhondo Calaff, que se ponía en marcha el año 1956.

barrionuevo-felicianodepedro-laguiadelforastero27-V-1899Ya en la “Guía del Forastero”, de fecha 27 de mayo de 1899, aparece un anuncio de Feliciano Pedro de Oliveira, que se anuncia como “marmolista libonense”, con su taller instalado en el número 40 de la calle Barrio Nuevo, y señalando que allí “se construyen panteones, mausoleos, lápidas y todo lo que esté relacionado con el arte”.

Asimismo subraya en el anuncio, tal como se puede apreciar en la lectura del mismo, que sus trabajos cuentan con “seriedad, ornamentación, elegancia, solidez y economía”, además del prestigio con el que cuenta su obra en determinadas capitales portuguesas como las que cita en el texto de su difusión artística: Lisboa, Oporto…

Así pues nos encontraríamos, por lo que se deduce de la publicidad Feliciano Pedro de Oliveira, ante todo un artista de padre, madre y muy señor mío y que, por lo que se, encontrara acomodo en la siempre bella, atractiva y sugerente ciudad de Cáceres, para desarrollar sus cualidades al máximo.

barrionuevo.academiaoses.laguiadelforastero27-V-1899Por esas mismas fechas del correr del año 1899 ya aparecía también instalada en la siempre cacereña calle Barrio Nuevo la Academia Obes-Núñez especializada, según leemos en el anuncio incrustado en «La Guía del Forastero«, correspondiente al 27 de mayo, “para el ingreso en las Academias Militares y Carreras Especiales”. Dicha Academia estaba situada en el número 31 de la calle. Y hasta se encaminarían, se supone, aquellos jóvenes cacereños con espíritu de formación militar y seguir las enseñanzas para optar al ingreso en los diferentes cuerpos del Ejército español.

Federico Rodríguez Serradell, con el uniforme de capitán en Cáceres.

Federico Rodríguez Serradell, con el uniforme de capitán en Cáceres.

Una calle que, poco a poco, se iba estirando en el crecimiento urbano ante la incorporación de familias y comercios.

De este modo llegamos al arranque y principios del siglo XX en el que es destinado a la Zona de Reclutamiento de Cáceres el joven capitán Federico Rodríguez Serradell, (Madrid, 1876-Cáceres, 1947). Y que asentó su domicilio familiar precísamente en la calle Barrio Nuevo.

El mismo llegó a defender la bandera española y la patria en la Guerra de Africa con el Regimiento «Segovia 75«, de guarnición en Cáceres, alcanzó a ser coronel de dicho Regimiento y gobernador militar de la provincia.

Federico Rodríguez Serradell también se convirtió en un decidido emprendedor inmobiliario en unos momentos en que la ciudad ya iba creciendo acorde con su rango de ciudad, denominación que adquirió en el año 1881. Entre otros edificios, levantó el Hotel Alvarez, entre las calles Moret y Parras. Uno de los más emblemáticos del Cáceres de Aquellos Tiempos, que se inauguró el 18 de mayo de 1936 y que, a lo largo de sus 37 años de vida, se convirtió en todo un icono referencial, un señalado centro de reunión y en verdadero punto de encuentro, siempre repleto de cacereños y de forasteros.

BARRIONUEVO,ELNOTICIERO1ABRIL1903 - copia

Cabecera del periódico El Noticiero, con Redacción y Administración en Barrionuevo, 64.

Allí, por ejemplo, en el número 64 de la calle Barrionuevo, también estaba situada ya, desde el día 1 de abril del año 1903, la Redacción y Administración del Periódico “El Noticiero, diario de Cáceres”,  que se proclama como “diario independiente de toda política de partido y dedicado exclusivamente a la información en el más amplio sentido de la palabra. Asimimo «El Noticiero» destaca, en su número de salida, que busca «en la medida de lo posible y según nuestro leal saber y entender, defender y promover conforme a la verdad y la justicia los sanos y legítimos intereses locales y provinciales dentro de la situación española, nuestra amada y gloriosísima patria, el crecimiento de la industria, el desarrollo del comercio, y sobre todo las buenas costumbres por la observancia de las leyes«.

barrionuevo, laelzeveriana.elnoticiero20-IV-1903Y en esa importante calle cacereña también se asentaban en aquellos tiempos las dependencias de la tipografía “La Elzeveriana”, que lanzaba el periódico «El Noticiero, diario de Cáceres«, anteriormente citado. Una empresa que nacía con señalados anhelos de prosperidad, en todo el abanico y amplia gama de posibilidades que ya comenzaba a ofrecer la prensa, anunciando, tal como se puede apreciar en la fotografía del anuncio adjunto, que aparecía en las páginas del mismo periódico, un amplio listado de elaboraciones, de estampaciones y de precios, tal como venía a regirse, se supone, por el mercado de aquel entonces.

barrionuevo-laelzeveriana-elnoticiero18-I-1904Una empresa precisamente, «Imprenta La Elzeveriana«, que se conformaría como una empresa notable, de prestigio y de fuerza, diríamos que emergente, en la ciudad de Cáceres de comienzos del pasado siglo XX.

En este sentido aquí dejamos, también, la prueba gráfica del anagrama o dibujo identificativo de dicha empresa y que ya se divulgaba desde el propio periódico «El Noticiero, diario de Cáceres«. Y que ya gozaba de un señalado prestigio por su incrustación en influencia en todos los ámbitos y sectores en que se encontraba inmersa la sociedad cacereña.

barrionuevo-lapolar.La calle Barrionuevo ya iba siendo sinónimo, poco a poco, en el estiramiento paulatino de la ciudad, de una simbología tanto humana y familiar como, lógicamente, industrial, comercial y económica.

Y por aquellos pagos en ese mismo año de 1903 ya estaba instalado, en los bajos del número 64, el despacho de la compañía «La Polar«, Sociedad Anónima de Seguros, y cuya representación en Cáceres la ostentaba el agente llamado Manuel Castillo, según podemos leer en el anuncio que ya aparecía publicado en el periódico «El Noticiero, diario de Cáceres» correspondiente al 1 de junio de ese mismo año.

Lo mismo que, a finales de ese mismo año, ya se instala en el número 88 de la calle Barrio Nuevo la primera capilla evangélica de la capital cacereña, lo que pasó a convertirla en la congregación de carácter protestante más antigua de la comunidad.

Por aquellos pagos, ya en el correr del año 1903, ya se anuncia el probo cacereño Juan Pérez como «Comisionado principal en Extremadura de la Compañía Española de Seguros contra Incendios». Tal como se puede leer en la sección de anuncios del periódico «El Adarve» correspondiente al 2 de abril.

barrionuevo.fondamadrileña.elnoticiero22-I-1904Y tal como se puede apreciar en la fotografía adjunta, entresacada del correspondiente anuncio publicado en enero de 1904, aparecido en el periódico «El Noticiero«, ya está puesta en marcha la “Fonda Madrileña (antes María Pérez)», propiedad de Timoteo Yuste, que señala en la propaganda que es “antiguo cocinero de la Fonda de España en Cáceres”.

Asimismo, con sus dependencias situadas entre tres edificios, concretamente el espacio comprendido entre los números 33, 35 y 39 de la ya popular y cacereñísima calle, como se puede leer, la misma se manifiesta como exponente de un señalado nivel.

Tal, claro es, como ya, se supone, comenzaban a exigir los viajeros que transitaban, haciendo parada y fonda por los más diferentes y variados motivos, ya fueran los mismos de trabajo, ya fuera de placer, por los trasiegos y asuntos que llevaran a los mismos por el interior, dependencias y maravillas, siempre, que abarca nuestra Cáceres, ay, del alma.

BARRIONUEVO.SEGUROSLAESTRELLA.ELADARVE14-II-1907En el correr del año 1906, tal como podemos apreciar en el periódico cacereño «El Adarve«, correspondiente al día 14 de febrero, ya aparecen domiciliadas en el número 31 de la calle Barrionuevo las dependencias de «La Estrella. Sociedad Anónima de Seguros«, y cuyo Subdirector en Extremadura es, tal como se cita en el anuncio correspondiente, don Francisco Bernaldo de Quirós.

Poco después, concretamente el 5 de octubre de 1908, también aparecen en la calle Barrionuevo, en el número 54, las dependencias de la Administración y Redacción del periódico «Zurratontainas«.

Una curiosa publicación que se autodenomina como Periódico Joco-serio de Primera Enseñanza, que dirigieron, en los dos meses de vida, Eduardo Sánchez Garrido y José Bernal Tavora.

barrionuevo-seguroslacatalana.elbloque1.XII.1909Y, ya en el año 1909, tal como aparece en el anuncio publicado en el periódico «El Bloque«, de fecha 1 de diciembre de 1909, Juan Pérez Humanes, ya contaba con su despacho como representante en Extremadura de Seguros «La Catalana«, contra incendios, y «La New York«, de vida, y que se encontraba instalado en el número 40 de la calle Barrionuevo.

Una calle, pues, que, como consecuencia de la expansión demográfica y de la importancia humana que iba adquiriendo, se iba llenando, poco a poco, de vida.

Y, como consecuencia de la ubicación del Cuartel «Infanta Isabel«, iba marcando, también un ritmo de crecimiento determinado hacia la zona, mientras por la parte derecha de la zona, según se mira hacia el sur, crecía y se extendía el área que bajaba hacia San Blas.

Una situación que le iba dando mucha vida a esa calle de la ciudad. Sobre todo desde la puesta en marcha del Cuartel, cuyas obras se iniciaron el año 1920, que comenzó a ser habilitado por las fuerzas del Regimiento de Infantería “Segovia” número 75 en el año 1924 con la presencia de la Infanta Isabel, prima del Rey Alfonso XIII, denominada, popularmente, como La Chata.

Una calle, al tiempo, que, inicialmente, recibió la denominación de Barrionuevo, tal como aparece en los Archivos y en los Anales que dan paso a los libros de la Historia de Cáceres. Y también, claro es, a la propia denominación de todas sus calles, callejuelas, rincones, plazas, plazoletas, avenidas y paseos en el transcurso del tiempo.

Barrionuevo.FedericoReañoEntre sus hombres y personajes ilustres, residentes en la calle Barrionuevo, figura el comandante, escritor y poeta Federico Reaño. El mismo moraba, concretamente, en el número 10 de la calle. De lo que da fe este anuncio, publicado en el periódico «El Bloque» y en el que anunciaba su libro «Cuentos al minuto«. También publicaría numerosas obras como «En tierra extremeña«, «Eros«, «Amor burlón«, sainetes, comedias como «El profeta Elías«, que se estrenó en el Teatro Variedades…

Y allí, en el despacho de su vivienda, en la Barrionuevo 10, Federico Reaño elaboraba sus escritos, de honda sensibilidad, a caballo entre la producción literaria propiamente dicha, sobre todo Cuentos, así como artículos de fondo y crónicas sobre los acontecimientos e inquietudes de la vida cultural de Cáceres.

Un autor, Federico Reaño, que gozaba de un gran prestigio y notoriedad en Cáceres, de una muy prolífica producción con la que sorprendía a los actores, animadores y seguidores del más que complejo y delicado panorama cultural de aquellos tiempos en Cáceres, entre cuyas bambalinas y honduras e inquietudes se integró nada más ser destinado a nuestra ciudad y en cuyas filas del cacereñismo más inquieto pasó a formar parte de pleno derecho.

Sobre todo, por ser un acto de justicia, por su esmero, su constancia, su afán de superación, sus inquietudes y su relación con todo el amplio marco de la vida cultural cacereña.

Hasta el punto tal de que en Cáceres se casó, en Cáceres se quedó a vivir, por cuanto le marcó la ciudad en todas las manifestaciones de su vida, y en Cáceres nacieron sus hijos. Y en Cáceres, también, precisamente, dirigió la Escuela Militar, instalada, al mismo tiempo, en unas dependencias en la misma calle Barrionuevo.

Federico Reaño estaba en posesión de la Cruz de la Real Orden de San Hermenegildo, la medalla al Mérito Militar, era académico de Bellas Artes y Ciencias…

callebarrionuevo-eladarve3junio1911Una calle, Barrionuevo, en la que ya en el año 1911, tal como podemos apreciar en el anuncio aparecido en el periódico «Era Nueva«, correspondiente al 3 de Junio de 1911, existía, por lo que se ve, el Sanatorio Salgado, de Cirugía y Enfermedades de la Matriz. El mismo se encontraba en el número 40.

El doctor Salgado, como se puede apreciar, se promociona de modo significativo, subrayando la aplicación del «606» con un éxito, por lo que desvela en el mismo, «maravilloso».

Que los tiempos, para no engañarnos, se andaban más bien complejos y había que tratar de buscar y de encontrar clientes con cuyos dineros poder ir tirando hacia adelante.

En definitiva, la historia de cada día. La historia de ayer, la historia de hoy, la historia, probablemente, de mañana. La historia, por consiguiente, siempre.

callebarrionuevo-eltiempo-20-9-1911Ya el 2 de septiembre del lejano año de 1911, lo que se dice pronto, ya se anuncia en el periódico cacereño «El Tiempo«, con sus dependencias en el número 32 de la calle Barrionuevo, el armero y cerrajero cacereño Felipe Parra Muñoz, y que deja constancia expresa, para tranquilidad del lector y de la clientela, de que «garantiza la obra».

Lo cual siempre supone un respiro para el que pide unos servicios y pasa, como se dice coloquialmente, por taquilla.

Una calle que, paulatinamente, con el transcurso del tiempo, iba avanzando en sus construcciones, en sus perfiles comerciales, en sus pasos, camino del transcurso del tiempo. Una calle cacereña, cacereñista, cacereñeadora, y que se iba abriendo paso hacia adelante en medio del crecimiento y la expansión de la ciudad.

barrionuevo-canalejasUna calle que por, por esas circunstancias que determinan los ediles que toman asiento en la Corporación municipal, pasó a denominarse Canalejas, en honor del líder político regeneracionista, tras la multitudinaria visita que llevó a cabo por la capital cacereña a finales de enero del año 1904, con mitin incluido en el entonces cacereñerísimo Teatro Variedades, ante la flor y nata de la sociedad cacereña y cientos de enfervorizados paisanos al olor y al sabor de la política de aquel entonces.

En este sentido es de destacar, en este repaso del cacereñismo, que don José Canalejas era amigo íntimo de José Trujillo Lanuzas que ostentara la alcaldía de Cáceres en dos ocasiones, entre 1892-1893 1897-1898 y, también, senador del Reino por la provincia altoextremeña en las legislaturas 1905-1907 y en la de 1910-1911. Si bien el mismo falleció a la temprana edad de 48 años en 1910.

José Canalejas Méndez, que ocuparía el  Ministerio de Fomento, de Gracias y Justicia, y el de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas, a lo largo de la regencia de María Cristina de Habsburgo.Lorena, alcanzaría la presidencia del Consejo de Ministros entre los años 1910 y 1912, falleciendo víctima de un atentado.

En aquellos años veinte ya se asentaban en la cacereña calle Canalejas entre otros edificios administrativos el Consejo Provincial de Fomento, en el número 3, la Caja Extremeña de Previsión Social, que estaba instalada en los números 9 y 11 de la rúa, y hasta la Recaudación de Contribuciones, que ocupaba los números 14 y 16.

Primer número de la revista Clínica Extremeña, correspondiente a enero de 1919.

Primer número de la revista Clínica Extremeña, correspondiente a enero de 1919.

En el correr del mes de enero del año 1919 nace, se pone en marcha y se edita, a caballo entre los números 27 y 29 de la calle Canalejas, la revista «Clínica Extremeña«, que lanzaría el médico Miguel Giménez Aguirre, como director y propietario. La administración de dicha revista quedaba a cargo de J. Murillo Iglesias.

La misma se convertía, desde el principio de su publicación,  en Organo Oficial del Colegio de Médicos de la provincia de Cáceres, con una gran variedad de artículos y colaboraciones a cargo de prestigiosos doctores cacereños.

Miguel Giménez Aguirre también dirigió la publicación titulada «El Reformista«, además de ser colaborador en diversos periódicos y revistas de Cáceres, como «El Noticiero«, «El Bloque» o «La Región«. El mismo también cultivaba la poesía, ganando el primer premio de los Juegos Florales de Cáceres, en el año 1923, y publicando, entre otros, un largo poema titulado «Los Viejos«, de un contenido eminentemente social y humanista, respecto a la situación, en 1925, de los ancianos cacereños.

Y en el número 31 de aquella importante calle cacereña vivió largo tiempo la saga que creara el prestigioso, activo, dinámico y muy luchador fotógrafo cacereño Javier García Téllez, que había venido al mundo en el año 1888, y que hoy presta su nombre apellidos, afortunadamente, a un Instituto en la ciudad de Cáceres. 

Vista de Cáceres en fotografía de Javier García Téllez.

Vista de Cáceres en fotografía de Javier García Téllez.

Javier García Téllez fue un profundo enamorado de la ciudad de Cáceres, de la que en el año 1961 obtuvo esta fotografía, y que figura en un lugar más que privilegiado, por derecho propio, claro es, en el Libro de Oro de la Fotografía Cacereña, junto a Julián Perate, del que fue un destacado alumno tanto en enseñanzas de pintura como de fotografía, Fonseca, Guerra, y tantos otros.

Javier García Téllez, Javier, siempre, para todos, en el recorrido de la historia de la ciudad a lo largo del tiempo, se formó debidamente en Madrid, regresó para siempre a su Cáceres natal, donde también fue concejal así como director de la Escuela Elemental de Trabajo.

Asimismo es de señalar que Javier García Téllez popularizó su más que prestigioso establecimiento fotográfico, que de siempre estuvo situado en la calle Pintores, por donde pasaron miles y miles de cacereños, tanto de la capital como de la provincia, que llenó Cáceres de fotografías con su sello artístico, propia de un gran estudioso e investigador, que fue corresponsal de numerosos periódicos, como es el caso del diario ABC, de numerosas revistas, como es el caso del semanario taurino «El Ruedo«, con su firma en numerosas publicaciones, y que también creó una gran prole fotográfica y artística, como es el caso de su hijo Valentín.

Entre sus galardones figura, de modo señalado, la Medalla de Oro que le fue otorgada en la Exposición Iberoamericana, que se celebró el año 1929 en la ciudad de Sevilla, por más que extraordinaria una colección de fotografías centradas en el Barrio Antiguo de Cáceres.

El gran Valentín Javier, un cacereño de cine.

El gran Valentín Javier García Fernández, (1921-2012), fotógrafo, productor, empresario cinematográfico y teatral, casado con Ana Mariscal, y que todos, todos, todos los años, visitaba a su Virgen de la Montaña del alma, y con quienes, por cierto, a pesar de la diferencia generacional, mantuvimos muy buen  amistad.

Y fue precisamente Valentín Javier el que un día posibilitó que se grabara en Cáceres la película «Segundo López, aventurero urbano«, que protagonizara el constructor cacereño Severiano Población.

Ya en el año 1922 el cacereño Cristino Modamio ya tenía abiertas las dependencias de su negocio, como depositario en Extremadura de la cerveza Cruz Blanca, señalando, en el periódico «La Montaña«, que se trata de la cerveza «preferida de los inteligentes«. Asimismo añade «Probadla y os convenceréis«.

Años más tarde, concretamente en el año 1924, ya aparece en el número 39 de la calle Canalejas el paisano Alfonso Otón Torres, ofertando la venta de abonos de la Compañía Uniao Fabril de Lisboa con «superfosfatos de todas producciones, perfecta pulverización y buen saquerío«. Tal como se puede apreciar en el anuncio correspondiente aparecido en el periódico «La Montaña» del 13 de octubre.

callecanalejas-lamontana-1-4-25Ya en aquel año, 1925, concretamente en fecha 1 de abril, que ya queda tan atrás y tan lejos en el tiempo, ya se puede leer, concretamente en la edición del periódico «La Montaña«, que en la larga calle que lleva el rótulo del político regeneracionista Canalejas, antes calle Barrionuevo y hoy, también, ya, Barrio Nuevo, aparece la «Gran Sastrería de Antonio Velasco Moreno», concretamente en su número 44. Lo mismo que en 37, piso principal, se encontraba el despacho de «Telesforo Díaz y Muñoz, agente de Negocios«.

callecanalejas-1-4-25Y, también en esa misma fecha y periódico, el diario «La Montaña», correspondiente al 1 de abril de 1925, los lectores cacereños del mismo se podían encontrar con este anuncio.

Y que, gracias al mismo, se podían encontrar ya en aquellos tiempos con que por la nada desdeñable cifra de 200 pesetas, los mismos podían adquirir un receptor de Radiotelefonía en la tienda que tenía J. Viniegra en los números 33 y 35 de la calle Canalejas, como representante de «Radio Corporation of América«.

Tal como se puede ir viendo, a medida que avanza este modesto ensayo y capítulo de mi Blog, «Cáceres, el blog de Juan de la Cruz«, se puede ir apreciando, desde nuestra más que modesta óptica, la propia evolución de la calle y de la ciudad.

Asimismo, tal como podemos leer, y ese mismo año de 1925, también nos enteramos, por el anuncio insertado en el periódico cacereño «La Montaña«, de que en la calle, en aquel entonces denominada Canalejas, se encuentra la sucursal de Múgica Arellano y Compañía, de Pamplona, con todo tipo de trilladoras, segadoras, cosechadoras, arados, azadas, etc, para conocimiento e interés , preferencialmente, claro es, de los labradores cacereños.

callecanalejas-lamontana1-7-25Unos años en los que también se encontraban en aquella calle, denominada entonces como Canalejas, el Gobierno Militar, en el número 3, y el Consejo Provincial de Fomento, cuyas dependencias estaban en el número 31. Tal como se puede leer en la sección de Oficinas Públicas de Cáceres en el diario «La Montaña«.
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Ya en fecha 24 de marzo de 1925 vemos en el periódico diario cacereño «La Montaña» cómo se ofrecen los servicios de la Sociedad Anónima de Seguros «Covadonga«, con oficina en el número 22 de la cacereña calle de Canalejas, y servicios de seguros contra incencidos para toda clase de riesgos.

Y es que, sencillamente, la calle Barrio Nuevo, Canalejas en los tiempos en que vamos relatando, iba avanzando en su dinamismo y en su expansión comercial y ciudadana. Todo ello, claro es, acorde con el propio crecimiento que iba experiementando la ciudad de Cáceres-

Y, poco tiempo después, allá en fecha 29 de mayo de ese mismo año, se nos ofrece otro peculiar anuncio de la Sociedad Anónima de Seguros «Covadonga«.

Una empresa, por lo que podemos apreciar, de señalados servicios, y que ya contaba, en aquel entonces, con la subdirección, en Cáceres, de don Arturo García Merino, y las dependencias de la misma instaladas en el número 22 de la calle Canalejas.

Un anuncio, pues, de época, nunca mejor dicho, que deja constancia de las supuestas bondades y servicios de la Agencia así como del prestigio de su representante en la capital cacereña.

Y es que la calle Barrionuevo, también Canalejas, también José Antonio Primo de Rivera, y ahora, ya, Barrio Nuevo, se fue configurando como uno de los compases de mayor y mejor asentamiento del estiramiento de la ciudad de Cáceres en su crecimiento y expansionismo.

Por lo que la misma se ofrecía a comerciantes, a empresarios, a tenderos, a familias y abrirse un hueco en aquel lugar que se configura como uno de los ejes viarios de mayor relevancia y solera en la coreografía del Cáceres de Aquellos Tiempos y también ¿por qué no? de siempre.

callebarrionuevo-31-1225-lamontanaUna calle, Canalejas, en cuyo número 76, en en el correr de los tiempos, en el año 1925, ya estaba instalada, asímismo, la denominada «Sastrería Cívico-Militar«.

Dicho establecimiento se encontraba regentado, como podemos ver en el anuncio del periódico diario «La Montaña«, y correspondiente al 31 de diciembre, por Pablo González Pérez, dejando constancia de su especialización específica en equipos militares.

De este modo vamos avanzando, poco a poco, paulatinamente, por la silueta y la panorámica humana, urbana, social y familiar de aquellos tiempos, en la calle Barrionuevo, en la calle Canalejas, en la calle José Antonio.

Y en la que, dando un repaso a la prensa local cacereña del año 1926, también apreciamos la presencia, en la calle Canalejas, concretamente en el número 16, de la presencia de las dependencias de esa siempre pesarosa Delegación de Contribuciones y que no ha ido haciendo, a lo largo de la historia, que, como se dice coloquial y popularmente, sacar los cuartos de los bolsillos al vecindario y que temblaba cada vez que apreciaba un nuevo anuncio de dicha Delegación.

Tal cual continúa sucediendo a día de hoy, para no engañarnos, con ese calvario, como se le sigue denominando, de forma coloquial y popular, a la Hacienda española.

Mientras tanto la calle Barrionuevo, después Canalejas, posteriormente José Antonio Primo de Rivera, y ahora, Barrio Nuevo, continuaba expandiéndose y creciendo en función de la propia evolución de la primero villa y luego ciudad de Cáceres.

BARRIONUEVO-academiamilitar.nuevodia.1-X-26En el anuncio de la Escuela Militar Particular que dirigía el capitán de Infantería don Miguel Monje Rodríguez, en los locales de la calle Canalejas con sus dependencias instaladas los números 33 y 35, que aparecía en el periódico cacereño  «Nuevo Día«, correspondiente al 1 de octubre de 1926, ya podemos apreciar y distinguir el nombre de la calle cacereña en honor del político regeneracionista que logró alcanzar los máximos niveles en el curso de su trayectoria en el servicio público.

barrionuevo-hijosdeclementesanchez.nuevodia.1-X-26Curiosamente ese mismo día, en el mismo periódico que dirigía el periodista don Narciso Maderal Vaquero, que posteriormente alcanzaría la presidencia de la Diputación Provincial y que, asimismo, sería alcalde de Cáceres, aparece el anuncio referido al despacho de «Hijos de Clemente Sánchez, Banqueros«, dependencias que, por aquellos tiempos, ya se encontraban instaladas en el número 12 de la cacereña calle Canalejas.

Un anuncio que, como podreis apreciar, tienta a los lectores del periódico «Nuevo Día» señalando «Toda clase de operaciones bancarias«. Lo que, en aquellos tiempos, muy probablemente, fuera siendo ya, el inicio del «pressing» bancario que se iba instalando, de forma paulatina, en el mercado del funcionamiento social, y que, ya, hasta donde podemos comprobar, no ha parado.

barrionuevo-canalejas.elarcadenoe.nuevodia7-I-1927 - copiaAsimismo en el periódico cacereño «Nuevo Día» correspondiente al día 7 de enero de 1927, aparece este anuncio y llamada de atención a los lectores para ofertar, desde el establecimiento «El Arca de Noé«, con sus dependencias comerciales instaladas en el número 3 de la calle Canalejas, «Grandes saldos de paquetería, coloniales, loza y cristal«, como atractivo y sugerencia a las amas de casa para sus hogares.

Y es que, como los lectores podrán comprender y deducir fácilmente, por el recorrido de estas líneas, la calle, ya denominada José Canalejas en esa época, iba registrando un significativo aumento poblacional, empresarial, comercial. Y también, ¿por qué no?, popular.

barrionuevo-rosario.chaves,canalejas84.Y también en la edición del periódico cacereño «Nuevo Día«, correspondiente al 5 de enero del año 1927, los lectores del diario podían enterarse, a través del correspondiente anuncio, que Rosario R. Chaves se ofrece a toda la ciudadanía, mediante ese medio, como «Sombrerera de señoras«.

Asimismo la ya anteriormente citada manifiesta que es «profesora de corte y confección por el sistema moderno«. Lo que debería de suponer, según imaginamos en nuestro modesto y leal saber y entender, como una propuesta de interés para las mujeres cacereñas, y, de paso, para la prosperidad de su negocio. Ante lo cual decide ofrecer las dependencias de sus instalaciones que se encontraban situadas en el número 84 de la calle Canalejas.

barrionuevo.elnorte-canalejas.nuevodia26mayo1927Unos meses después, allá por el 26 de mayo de 1927, el mismo periódico cacereño, «Nuevo Día«, que ya contenía un formato de ocho páginas, insertaba un anuncio en el que se dejaba constancia de la presencia en los números 18 y 20 de la calle Canalejas del despacho de Severino Cuadrado, y que, a la sazón, ya figuraba a esas alturas del tiempo, como Subdirector en Cáceres  de la empresa denominada, tal como se puede apreciar en el anuncio que aparece a la izquierda, como «El Norte, Compañía Anónima de Seguros (Le Nord)», fundada en el año 1840.

Y ya por el mes de octubre del  año 1928 es cuando los lectores del periódico diario cacereño «Nuevo Día» pueden apreciar en sus páginas un anuncio de señalado relieve, con sus instalaciones, también, la entonces llamada calle de don José Canalejas.

Y es que en el número 85 de la misma se anunciaba la representación en la ciudad de la «Fábrica y Almacenes de Pimentón de Felipe López García«.

Todo un avance, pues, más que notorio, en las secuencias, en las imágenes y en las iniciativas comerciales que se iban abriendo paso, de forma paulatina, poco a poco, acaso sin prisas pero tampoco sin pausa alguna, en el avance del compás del tiempo.

Una representación, la de la Fábrica y Almacenes de Pimentón ya citada, que en aquellos tiempos ya estaba a cargo, como podemos leer, del cacereño que atendía por el nombre don Pedro Cerro Cebrián.

Lo que ya dejando constancia del rango y notoriedad de la calle.

Ese mismo año, 1928, en fecha 4 de junio, también aparece en el periódico «Nuevo Día«, ofertando sus conocimientos el profesor cacereño don Miguel Monje, a través de «Clases Particulares».

Clases que, por cuanto podemos apreciar contemplando el anuncio, impartiría en los números 33 y 35 de la calle Canalejas.

Asimismo el profesor don Miguel Monje deja constancia de su especialidad en las siempre más que complejas materias de Aritmética, Algebra, Geometría, Trigonometría, Cálculos Mercantiles y Teneduría de Libros. ¡Ahí es nada!, que diría el clásico.

Y es que, en definitiva, con el crecimiento demográfico y poblacional de la capital de la provincia, también se iba generando, de forma paulatina, una cada vez mayor presencia de establecimientos comerciales, de centros de enseñanza, de tiendas, de despachos, y de familias. Lo que imprimía a la calle, a la vez, de una gran vida y convirtiéndose en un foco de atracción por su cercanía y proximidad al propio centro de Cáceres.

barrionuevo - copiaAsimismo es de dejar constancia que, tal como podemos apreciar en la fotografía adjunta, relativa al anuncio que insertaba el periódico cacereño «Nuevo Día«, en su edición correspondiente al 1 de septiembre del año 1929, que el mismo se vendía en el estanco que había en la calle Canalejas, entre otros lugares céntricos de la población.

Y que figuraba, ya en aquel entonces, como uno de los de mayor referencia en el Cáceres de la época junto a los estancos situados en la Plaza Mayor, un lugar histórico, al mismo tiempo, de tertulias y de parrafadas, al hilo del mostrador plagado de periódicos, tanto locales como provinciales y nacionales, como el que en su día estuvo instalado en la calle San Antón.

Asistentes al Homenaje a la Vejez saliendo de la sede de la Caja Extremeña de Previsión Social, en la calle Canalejas. 1929.

Asistentes al Homenaje a la Vejez saliendo de la sede de la Caja Extremeña de Previsión Social, en la calle Canalejas. 1929.

Y ya, avanzando por los caminos que nos van llevando al recorrido histórico por la trayectoria y evolución de esta calle, una de las más emblemáticas de la ciudad de Cáceres, de siempre, nos encontramos con esta fotografía, año 1929, y en la que apreciamos el caminar de los participantes en el Homenaje a la Vejez, celebrado en Cáceres ese mismo año, y que partían de la sede de la Caja Extremeña de Previsión Social, en la calle Canalejas, mientras pasan bajo un Arco instalado al efecto y recordar el homenaje y el cariño de todos a sus mayores.

Una fotografía que pertenece al archivo de Román Pablos y que nos ha sido facilitada por Sebastián Castela.

Ya en la calle Canalejas, de Cáceres, en el año 1930, en su número 62, pasaba sus consultas médicas y de carácter particular el doctor don Andrés Merás, que ejercía de Cirujano del Hospital Provincial, con «Cirugía General, garganta, nariz y oídos«. Y ese mismo año también estaba abierto a la ciudadanía cacereña, en los números 40 y 42 de la calle Canalejas, el «Laboratorio de Análisis bajo la dirección de don Manuel Corrales y de don Felipe Alvarez Manzano«, tal como se aprecia en sendos anuncios aparecidos en el periódico «Nuevo Día» correspondiente al 28 de mayo del año 1930.

Y situados ya en la fecha del día 1 de noviembre de 1935, con la aparición en el panorama literario cacereño de la revista «Cristal«, de periodicidad quincenal, nos encontramos en la misma con este anuncio y que, como podemos apreciar, se trata de la presencia en el número 55 de la calle Canalejas del anuncio de Ernesto G. Cienfuegos como representante en Extremadura de la Sociedad Hullera Española.

Este anuncio, como tantos y tantos que vamos recogiendo, en este ensayo y estudio sobre la calle, va poniendo de manifiesto y dejando constancia del proceso de progreso, de evolución y de modernidad de la rúa y que iba marchando, evidentemente, acorde con los tiempos.

Una calle, pues, tal como se va viendo, de gran peso específico en el dinamismo social del Cáceres de Aquellos Tiempos.

barrionuevo-sedeadmonfalangeDesde el día 31 de agosto del año 1936, tal como se puede apreciar en este anuncio publicado en el periódico vespertino cacereño «La Falange«, que se denomina y presenta como «Organo en Extremadura de Falange Española de las JONS.

Con la aparición del primer número de dicho diario, el mismo ya tiene su sede en el número 10 de la cacereña  calle Canalejas y donde figuran, a la vez, las dependencias de la administración del mismo.

Lo que se ponía en conocimiento, como se puede leer, de los jefes de Falange Española para que procedan al correspondiente abono de los periódicos que reciban en sus sedes respectivas.

barrionuevo-joseantonio.panaderiaojalvo.lafalange8-11-37En fecha 27 de octubre de 1937, con Nicolás Maderal Vaquero al frente de la alcaldía de Cáceresla calle Canalejas pasó a denominarse José Antonio Primo de Rivera, en honor del fundador de Falange Española, tal como ya podemos apreciar en la fotografía de este anuncio, que aparecía publicado en el periódico «La Falange«, en su número correspondiente al 8 de noviembre de 1937.

En el mismo se menciona a Pedro Ojalvo Durán como «representante de la Panadería-Casa Arrieta de Pamplona en Extremadura» y con despacho del siempre rico producto en el número 32 de la calle José Antonio Primo de Rivera. Y allí, en la calle José Antonio, estuvo situado, al tiempo, el Museo de la Falange.

Andrés Burgos, entre Paquirri y Paco Alcalde en la Plaza de Toros de Cáceres en los años 70.

Una calle en la que, allá por su infancia y juventud, vivió una persona tan entrañable, un artista tan consagrado en el panorama de la fotografía, del çacereñismo, de la actualidad y del cacereñeo, como fue ese personaje de tan señalada sensibilidad, que siempre se movía entre afectos y cordialidad, como era Andrés Burgos, (1907-2001), y que comenzó a formarse en las lides fotográficas de la mano de Javier García Téllez.

Como agradecimiento a toda una vida de trabajo y de empeño por tratar de hacer cada día Más y Mejor Cáceres, nuestro siempre querido Andrés Burgos hoy presta su nombre al callejero cacereño.

Todo un personaje en el mundo de las instantáneas fotográficas que salían de su estudio, de los acontecimientos y convocatorias en el panorama de la actualidad… Y, claro es, también, de la dinámica y de la rutina callejera entre adioses, sonrisas y disparos de su cámara fotográfica. Disparos de arte, claro es, que se dibujan y se pintarrejean, día a día, segundo a segundo, por los vericuetos de los trasiegos de la ciudad.

barrionuevo.juanramonmarchenaY allí, en el número 56 de la calle José Antonio vivió durante largos años toda una personalidad del más puro y acendrado cacereñeismo como fue Juan Ramón Marchena con su esposa, Luisa Harto. Personas de una exquisita amabilidad y cordialidad, en una ciudad en la gozaron, desde siempre, del respeto y el cariño de todos. Juan Ramón Marchena, nacido en 1918, fue Jefe de Protocolo del Ayuntamiento de Cáceres con trece alcaldes hasta su jubilación en tiempos de ese gran regidor de la ciudad que fue Manuel Domínguez Lucero. Con una amplísima documentación fotográfica y bibliográfica de Cáceres, que fue adquirida por el Ayuntamiento para el Museo Municipal, defensor y luchador por la ciudad y su bienestar, le fue concedida la Medalla de Plata de Cáceres el año 1988. Es autor del libro «Cáceres en el pasado. Una historia en imágenes. 1867-1893» y presta su nombre y apellidos a una calle de la ciudad.

Y por los domicilios y casas de esa calle, siempre entrañable, emblemática siempre, florecían familias y familias cacereñas. Nos situamos ahora, pues, en los años cincuenta de la pasada centuria como punto de arranque.

Una calle donde se encontraban en Aquellos Tiempos, la familia Rosado García-Martín, con uno de los hermanos, Manuel, que fuera médico del Club Deportivo Cacereño, y otro, Fernando, compañero de bancada bachiller y que fuera un señalado jugador de baloncesto, los hermanos García Carrasco, a saber, Francisco, Florencio, Ramón y Jesús, todos ellos de señalada vocación con el Magisterio y con la Enseñanza, el coronel López Gil, la familia Chaso Criado, que dio otro gran baloncestista al San Fernando, Antón y cuyo abuelo regentaba una pequeña tienda de ultramarinos en la acera de los números impares y casi a la altura en la que la acera de los pares se retorcía hacia la calle Valdés… O la familia de José De Dios Martín, procedente de la localidad de Cilleros, militar y matemático, que impartía sus enseñanzas en el Colegio Licenciados Reunidos. Sin dejarnos atrás la familia de Cirilo, hijo de un policía armada.

También vivían en la calle Barrionuevo, en aquellos tiempos en que la misma se denominaba calle José Antonio, una parte de la popular saga de los Floriano, la Floriano Muñoz, con Antonio, compartiendo estudios y juegos con el autor de este Blog, y cuya hermana mayor matrimonió con Mandés, el mítico defensa del Club Deportivo Cacereño, un gallego ejerciente de cacereño de pura cepa, figura heroica del conjunto blanquiverde, en aquellas impresionantes temporadas en que el equipo de la capital se encontraba peleando siempre por los lugares de ascenso.

elbrocensemartinque - copiaY allí, en la misma calle, por Aquellos Tiempos, también se encontraba la figura de una persona tan entrañable como don Martín Duque Fuentes, catedrático de Latín en el Instituto Nacional de Enseñanza Media «El Brocense«, una eminencia, cualificado enseñante y, además, que quede constancia, una gran persona y de corte sensible y generosamente humanista para con todos.

Un profesor que se distinguía, entre otras particularidades por su firma, tan original y curiosa, tal como se puede apreciar en la fotografía adjunta, y que se conformaba con una serie de rasgos que denotaban una profunda personalidad, y en la que aparecía el dibujo del perfil de un rostro humano. Precisamente don Martín Duque Fuentes era un tipo muy humano y, además, humanista.

Don Martín Duque Fuentes, todo un excelente pedagogo y enseñante, El mismo también alcanzó el grado de director del Instituto «El Brocense«, donde tantas y tantas generaciones de bachilleres nos formamos.  Don Martín era natural de la localidad cacereña de Zarza de Montánchez, y fue, en su día, candidato al Congreso de los Diputados, en los comicios generales, por el Partido Republicano Radical.

elbrocense.casimirogarciaEn la calle José Antonio, en el tramo que transcurría entre la bifurcación de la misma con la calle Valdés, hasta el empalme de la primera con la calle General Ezponda, vivía otro profesor y catedrático del Instituto Nacional de Enseñanza Media «El Brocense«. Nos referimos a don Casimiro García y García, natural del municipio salmantino de Calzada de Valdeunciel, licenciado en Derecho Canónico, doctor en Sagrada Teología, y que en el transcurso del año 1937 tomara posesión de la cátedra de Religión en el citado centro docente.

Asimismo don Casimiro, que solía distinguir y tildar a los alborotadores de las aulas como blocheviques, ejerció la enseñanza de Religión entre los alumnos de la Escuela de Maestría Industrial de Cáceres.

Todo un personaje, pues, en la configuración de las páginas de la historia del Cáceres de Aquellos Tiempos. Y que permanece bien arraigado en la consistencia de la memoria de la propia ciudad.

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Navarro, un mítico jugador del Club Deportivo Cacereño.

Allí regentaba también por los años cincuenta y sesenta una Expendeduría de Tabacos la madre de Salvador Navarro, aquel gran y siempre noble jugador que militó en los tiempos tal vez más gloriosos del Club Deportivo Cacereño, con una temporada en la Segunda Divisón.

Navarro formaba parte de aquel pedazo de equipo junto a otras glorias futbolísticas del Cáceres de Aquellos Tiempos como las que fueron Camacho, Almaraz, Barbero, Gómez, Ordóñez, Pototo, Gañán, Burgos, Bosch, Gallo II y otros, que lucieron con extraordinario ímpetu la camisola verde con el escudo del conjunto local defendiendo, como se suele decir, los colores de ese siempre glorioso Club Deportivo Cacereño.

Navarro solía atender por la tarde las demandas propias del establecimiento, todo tipo de cigarrillos, Ideales, Peninsulares, Celtas, Jean, Ducados, la escasa demanda en aquel entonces de cigarrillos rubios, puros, sobre todo Farias, cerillas, y sellos. Navarro, consciente de la admiración de la chiquillería niña del barrio por él, aún siendo niños de calzón corto, trataba de estimular a todos en las artes y en las lides del futbol.

Tal vez porque, en el fondo, Salvador Navarro, una gran persona, tan sencilla como auténtica, se sentía consciente de su predicamento entre pequeños y mayores.

En el correr de aquellos años sesenta, concretamente en 1968, en el número 32 de la calle José Antonio, se alzaba este edificio de bella estampa.

Una fotografía cedida, amablemente, por ese gran cacereañador que es Teófilo Amores Mendoza.

En la planta baja de la casa tenían su vivienda las hermanas del siempre prestigioso artista cacereño Eulogio Blasco, coincidiendo con los últimos años que estaban abiertas de par en par, como siempre, aquel emblemático establecimiento de la calle Pintores y que respondía al nombre de «El Precio Fijo«. Y en el que vivieron y hasta el fallecimiento de la más joven de ellas, Ana Blasco, según relata Teófilo Amores.

Asimismo, y durante unos cuantos años, el la primera planta estuvo instalada una tienda de esas de compra-venta de objetos antiguos denominada Al-Moneda.

Precisamente, y justo al de esa casa, pasaba consulta un curandero, de nombre José, y que coincidía, prácticamente enfrente, con una peluquería femenina que regentaban Maruja y Nena.

Un poco más arriba, en la acera de los impares, en el número 73, vivía nuestra siempre querida Conchita Maillo, en cuyo edificio también moraba Alegría Alvarez, y que venía a coincidir con una situación física que estaba enfrente de Galerías Madrid. Cerca de allí también, vivía Marisol Berzosa. .

Y, ya por las cercanías del bar La Parra, vivían José Marcos Pulido y Fernando López Gil. Y en el piso superior del bar residía la familia Cordero.

Ya por los años sesenta por allí, por el largo ramal de la calle Barrrio Nuevo, cuando en el rótulo de la calle figuraba el nombre de José Antonio, atendía y regentaba su negocio de bar ante la clientela y los parroquianos habituales, como se denominaba a los que frecuentaban los bares, Serafín, que le daba nombre al mismo.

Serafín, un gran aficionado a la fiesta de los toros, era devoto de David San Vicente Moreno, un valiente diestro cacereño, conocido en el panorama taurino como Morenito de Cáceres, y que se entregó al máximo, como un jabato, en el difícil y complejo mundo de los toros, aunque no tuvo toda la suerte que se merecía. El mismo tomó la alternativa en el coso de Badajoz, el año 1971, de manos de Diego Puerta y con José Falcón de testigo.

Domingo Tomás Navarro, periodista de garra y comprometido con Cáceres.

Domingo Tomás Navarro, periodista de garra y comprometido con Cáceres.

En aquella entrañable calle, cuajada de vida, también vivió Domingo Tomás Navarro, (1929-2004), hermano del anterior. Un periodista todoterreno, que escribió cientos de columnas en la prensa local cacereña, a caballo, sobre todo, entre el periódico «Hoy«, edición de Cáceres y la revista «Alcántara«, que dirigió entre los años 1980-1983. hermano del anterior.

Domingo Tomás Navarro mamó, intensamente, la profundidad y la hondura de esa escuela de la actualidad en la calle, como tantos y tan buenos periodistas que siempre ha habido en la capital cacereña. En ejercicio que desarroba entre entrevistas, tertulias, inquietudes, adioses, saludos, convocatorias, actos, investigaciones, curiosidades. Y, sobre todo, y por encima de todo, su compromiso con Cáceres.

Junto a su mujer, Luisa Fernanda, escribió “La pequeña historia de Cáceres”. También escribió «El Paragüazo«, una novela corta en tiempo de farsa, que apareció el año 1974.

Entre las numerosas actividades que llevó a cabo fue uno de los organizadores del I Congreso de Emigrantes Extremeños (Jornadas de Exaltación Regionalista), en el que propugnó la creación de un partido regionalista como prueba del desarrollo extremeño.

El maestro Berzosa.

El maestro Berzosa.

Y por aquella andadura de la larga calle se escucharían a muchas horas los acordes musicales del trabajo, siempre incansable, excepcional siempre, del maestro y compositor Santiago Berzosa (Turégano, 1918-1982).

Santiago Berzosa, que llegó muy joven a Cáceres, llegó, enseguida a la dirección de la Banda Municipal de Música, a cuyo frente estaría entre 1940-1953. Asimismo el profesor impartió clases en el Conservatorio, en la Escuela Normal, y poco a poco, con una extraordinaria dedicación iba aumentando su gran obra musical.

A su creatividad y talento se deben composiciones, como “Voces Taurinas”, pasodoble, el bolero “Cállate, desconocida”, “Jesús, Jesús”, marcha de Semana Santa, “El Héroe: Castilla 16”, marcha militar, «Fiesta del pueblo«, diana, «Egloga«, fantasía musical, y que hoy, da nombre al Conservatorio conocido como «Hermanos Berzosa«, junto a su hermano Santiago, otro músico de alto relieve.

La influencia de la calle con el nacimiento del Cuartel «Infanta Isabel«, le imprimió a la misma de una gran actividad y flujo, desfile y presencia de militares, lo que llevó a la instalación y apertura de bares como «La Viña«, que llevaban Aurita y su marido.

Fulgencio Alía, del bar «La Parra», aunque la fotografía es de cuando trabajaba en el Bar «Las Palmeras».

O, también, el bar «La Parra«, tras cuyo traspaso se hizo cargo Fulgencio Alía, procedente de la localidad de Monroy, un gran hostelero de siempre, con unos siempre exquisitos bocadillos de calamares y de prueba de cerdo y unos buenos vinos de la tierra, del país, y una gran cocina que atendía Guadalupe, su esposa.

Fulgencio había trabajado anteriormente en el bar LasPalmeras, en la Plaza de la Audiencia. En Casa Fulgencio, esto es, en el bar «La Parra«, con un hombre cordial, agradable y de correctísimo trato, además, claro es, de una buena cocina, se practicaba el ejercicio de la cordialidad, que más tarde se abrió paso en las cercanías de la Estación de Autobuses, allá en Gil Cordero, y acabar, posteriormente, en la Avenida de España.

En aquella calle José Antonio también vivía Amador que, tras una larga andadura en la profesión, tras colgar los bártulos de albañil se arriesgó con un bar en la calle Nidos, logró abrir un gran bar-cafetería en la calle General Ezponda, donde competía, pulso a pulso, con Emilio Rey, propietario del bar «El Pato«. Ahí es nada.

Por allí se andaba también la Panadería propiedad de Julia Paredes. Y también aparecían por la misma calle el ultramarinos de Telesforo Pérez, en el número 60, la zapatería “La Amistad”, la sastrería de Bravo, el ultramarinos de Telesforo Pérez, con su manivela para el aceite, y con su hijo José Luis, conocido como Perche, una figura del baloncesto loca, echando una mano en los recados para llevar la carga al hombro a los clientes, la pastelería “El hueso dulce”, cuyo dueño sería posteriormente maestro pastelero del café Avenida, la papelería Mabel, con sus recortables infantiles de ejércitos, muñecas y soldaditos del Oeste americano, la frutería de Dionisio, los hermanos Santiago y Ramón Muro, la farmacia de José Luis Rufo, natural de Pozuelo de Zarzón, un buen contertulio, experto en charlas de corte histórico-político, que fuera compañero de estudios universitarios de Los Gemelos, aquel dúo de guitarristas acompañantes de la sin par María Dolores Pradera, y con los que compartió cientos de veladas musicales, rondas y serenatas de la tuna estudiantil.

Una calle de la que también forman parte en la dinámica vecinal los Pilongas.

Una calle, pues, siempre plena de vida, de dinamismo, de ajetreo y de trasiego ciudadano. Y allí vivió también ese señalado cacereño que es César García González, siempre tan inquieto y dinamizador del panorama histórico-cultural cacereño.

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César García González  es, como todos conocemos desde siempre, un apasionado cacereñeador y ejemplo para todos por su defensa y pasión por Cáceres. Tras finalizar los estudios de Magisterio fue profesor de Educación Física en el INEF, Secretario y Delegado Provincial de Deportes, licenciado en Derecho, Jefe de la Policía Municipal Local y Director del Consorcio Cáceres, Ciudad Histórica, autor de diversas publicaciones, escritor, investigador, su nombre luce como uno de los perfiles de mayor consistencia y sensibilidad por la ciudad de Cáceres, a la que se entregó, por vocación, desde siempre, constituyendo uno de los más firmes baluartes del cacereñismo, tan apasionado, que corre por sus venas.

Un ejemplo permanente y que hoy continúa trabajando de forma incansable, agavillando leyendas, una de sus pasiones, indagando por la historia de Cáceres, que conoce como nadie, probablemente, a la que ha escaneado en su alma y en sus vivencias e inquietudes y un espejo, al tiempo, de dedicación al hermoso ejercicio del cacereñeo. Algo que lleva a gala y que le distingue sobremanera. Entre sus publicaciones destacan «Cosas del Tío Zenón«, «La Leyenda de la Conquista de Cáceres«, «Leyendas Medievales«, «La Plaza de Toros de Cáceres. Apuntes Históricos«, y numerosas publicaciones y actividades del más acendrado cacereñismo.

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María Antonia y Maribel Barrientos ante la última tienda de Galerías Madrid, camino del cierre.

En el número 40 de la calle, ya en aquellos tiempos de 1944, conocida como José Antonio, aparecía «Galerías Madrid«, que pusiera en marcha el simpático y agradable jerezano y de nombre Antonio Barrientos Madrid, (1918-2010) uno de los pioneros de la confección en Cáceres, que luego se trasladaría a la Plaza Mayor, y, posteriormente, a San Pedro, para acabar con la tienda en el esquinazo entre la Avenida de Primo de Rivera y la de Virgen de Guadalupe.

Un negocio que continuaron hasta su cierre definitivo sus hijas María Antonia y Maribel, y que desde siempre, allá en los locales de la calle José Antonio se involucraron en las tareas, afanes y trasiegos del negocio que pusiera en marcha su padre.

Todo un emprendedor que dejó constancia expresa de su identidad con Cáceres y de su inquietud comercial que pudo, supo y logró expandir por toda la ciudad y a cuyos establecimientos logró a traer, también, a numerosos vecinos procedentes de todos los pueblos de la provincia cacereña y que acudían a la llamada de sus ofertas y de sus modas.

barrionuevo-wenceslao

Wenceslao Mohedas Ramos, de Jaraicejo, poeta, comprometido con Extremadura, rodeado de escenas de la tierra parda…

Allí mismo se alzó años después una Residencia de Estudiantes para bachilleres procedentes de numerosas poblaciones cacereñas, como mi buen amigo Wenceslao Mohedas Ramos, de Jaraicejo, licenciado en Filología Románica por la Universidad de Salamanca, poeta de relieve, comprometido con Extremadura, verso a verso, en una producción que continúa desde la sensibilidad social y el canto histórico-popular a la tierra que le viera nacer. Tal como dejan constancia sus publicaciones como «Despierta, Extremadura, de tus sueño«, «Desde mi ausencia Extrema y Dura«, «Ramos de Rimas» o «Cosecha lírica«…

Más tarde dichas dependencias fueron ocupadas por una institución religiosa. Casi enfrente justo de las mismas se encontraba la papelería Mabel, donde tantos recortables de soldaditos y muñecas comprábamos los chicuelos de aquel entonces, además de ofrecer intercambio de novelas del Oeste y de tipología amorosa y romántica, lo mismo que se cogían puntos de media, como rezaba el anuncio del escaparate,.

Por allí, al término de la calle José Antonio, coincidiendo con los bajos del esquinazo del bar La Viña, y arrancando en las escaleras que bajaban a la calle Margallo, se encontraban las dependencias de «La Bolera Americana«, de José Luengo, que también atendía sus vacas en el tinado, pared con pared con la bolera, y que llevaba a pastar el ganado por las cercanías del cementerio, entonces un gran descampado. José Luengo tuvo cuatro hijos; José, Carlos, Mary Carmen y Luis Miguel.

Una calle larga que arrancaba al término de la calle General Ezponda, y llegaba hasta el cruce de la plazoletilla en la que desembocaba San José, donde estaba instalada la Barbería y Peluquería de Félix,y en la que siempre había un rato para la tertulia, donde se encontraba, también, una de las mejores churrerías de Cáceres, y donde había un puesto de chucherías, caramelos, chicles, regaliz, pipas, castañas asadas en invierno, venta de cigarrillos sueltos, etc, que regentaban Pedro y María, su mujer, y hasta un puesto de un metro cuadrado, en el que se cambiaban por un muy módico alquiler novelas del Oeste y de Amor, con preferencia, claro es, por los famosos escritores Marcial Lafuente Estefanía, en la primera especialidad, y Corín Tellado en la segunda.

En su día también vivió don Andrés Gómez Carrasco, mi abuelo, las hermanas Soledad y Modesta, que ejercía de modista a domicilio para desempeñar aquellas labores de elaborar pijamas, camisas, cortinas, etc, pedaleando con la máquina de coser Singer, y don Valentín, un profesor de música, así mucha más gente, cuyos nombres iremos incrustando poco a poco en este diseño de la calle Barrio Nuevo…

Una calle emblemática, dinámica, siempre en expansión de iniciativas comerciales que agilizaban y facilitaban, claro es, el trasiego urbano de la ciudadanía cacereña.

barrionuevo.casaguevara-extremaduraTambién se halla situada en la calle Barrio Nuevo la popular Casa Guevara. Un edificio de particular belleza en su construcción y fisonomía y que en su día fue posesión de don Manuel Ladrón de Guevara y Blázquez y de doña Blanca Flores de Lizaur y Mendoza.

La misma, de un precioso diseño, alzada y construcción, con un soberbio empaque en el panorama y el ámbito de las edificaciones cacereñas de entonces, también albergó, en su día, las dependencias de la Delegación de la Hacienda. Y a donde acudiríanan, en función de las competencias emanadas de la misma, numerosos cacereños en el correr del tiempo. Que ya se sabe que con las cosas de la Hacienda, no se juega.

Una calle que veía pasar los desfiles de las compañías militares del Regimiento hacia el centro de la ciudad, con una de las mejores Bandas de Música de Tambores y Cornetas de España, que hacían el regreso al cuartel por la calle Margallo, como por allí desfilaban los aficionados de la fiesta taurina, los grupos folklóricos de danzas hispanoamericanos, lusos y filipinos, para participar en los Festivales Folklóricos, los aficionados tomar el fresco en el Cine de Verano de la Plaza de Toros, con botijo y abanico, cuyo bar atendía Angel Moreno Cruz, más conocido como Patete, con bar y comedor en la calle Moret, Trasiegos ciudadanos todos ellos a cuyo paso los balcones aparecían repletos de vecinos. También transitaban por aquella calle hacia el Paseo Alto muchos cacereños para respirar aire puro, con sabor de eucalipto, como recomendaban algunos galenos.

Igualmente, claro, el gentío de quintos y acompañantes en los sorteos del destino del servicio militar, mientras se escuchaban aquellas coplillas como:

Adiós calle Barrio Nuevo

cuántos paseos me debes.

¡Cuántas veces habré pisado

la sombra de tus paredes!.

Dicha coplilla nos ha sido facilitada por José Antonio Agúndez, doctor en Historia. Asimismo se entonaban muchas otras en aquel impresionante y siempre sentimental gentio –padres, madres, hermanos, abuelos, abuelas, novias– que se acercaban con los quintos al Cuartel para conocer el destino que les había tocado durante el tiempo del llamado servicio militar.

A mí me ha tocado el uno

y a mi compañero el dos,

qué suerte más desgraciada

hemos tenido los dos.

O:

Si te toca te jodes

que te tienes que ir,

que tu madre no tienes

dos mil reales pa tí.

O:

Ya se van los quintos, madre,

ya se va mi corazón,

ya se van los que tiraban

chinitas en mi balcón.

O:

Los quintos cuando se van

se dicen unos a otros:

Mi novia me espera a mí

hasta que le salga otro…

Una calle que mereció que el profesor Enrique Cerrillo Martín de Cáceres le dedicara el libro «Un ensayo de arqueología urbana. Las fachadas de la calle Barrionuevo de Cáceres (1859-1920)». Y en donde sobresalen, entre otras, la Casa Guevara y la que se construyó don Eloy Sánchez. 

Un día, ya, por fin, se hizo justicia. Y la calle Barrionuevo recuperó el sabor histórico y popular de calle Barrio Nuevo.

NOTAS:

01.- Las fotografías de Juan Ramón Marchena, de César García González y de la Casa Guevara están captadas del periódico «Extremadura«.

02.- La fotografía de María Antonia y de Maribel Barrientos están captadas del periódico «Hoy«.

02.- La fotografía de la firma de don Martín Duque Fuentes, de don Casimiro García y García y las entresacadas de los periódicos de principios de siglo pasado pertenecen al Archivo Personal.

 

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BARRIO NUEVO, UNA CALLE EMBLEMÁTICA by JUAN DE LA CRUZ GUTIERREZ GOMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

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CALLE PINTORES, LA MAS POPULAR DE CACERES

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La calle Pintores es, de siempre, como se suele decir, el corazón de Cáceres, junto a la Plaza Mayor. Una calle siempre llena y plena de vida, de ajetreo comercial, de chácharas, de conversaciones, de tertulias, de adioses, de iniciativas empresariales… Llena, sencillamente, de sensibilidad e idiosincrasia popular a través de sus más diversas y variadas tipologías.

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La siempre popular calle Pintores, en 1926, cuando atendía al nombre oficial de calle Alfonso XIII.

Una calle que transita y se estira por el principal eje viario de la ciudad, desde la Plaza Mayor hacia la Plaza de San Juan. Y que ya figura como calle Pintores en los anales de la historia de la ciudad en pleno siglo XVI, allá cuando fuera recorrida a lomos de una mula por Su Majestad el Rey Felipe II, cuando, ya, por aquellos pagos nacían curtidores, barberos, mesoneros, taberneros y otros ajetreos mercaderes y comerciales de la época.

Una calle de apenas doscientos metros mal contados, centro económico, social y de miles de transacciones de la ciudad y donde resulta tan fácil como agradable, por su propia filosofía histórica, pasear y darse un garbeo en la seguridad, o, al menos, la esperanza, de poder encontrarse con el todo Cáceres. Y por cuyas paredes y ambiente flotan millones de charlas, de runrunes, de adioses, de holas, de hasta luego.

Siempre llena de vida, siempre llena de historia, de la de propia historia y de la que emana de la vida, el sentimiento y la manifestación popular, tal como fueron impregnando e imponiendo sus gentes, las del pueblo, las de la ciudadanía de a pie. Y que es, a fin de cuentas, la que posibilita los marchamos históricos de la misma.

Una calle que de siempre se llamó y fue conocida como Pintores, aunque no fuera, precisamente, el principal de sus gremios, a la que, posteriormente, un día, la autoridad competente decidiera rotular con el nombre de Alfonso XIII, a la que el 14 de abril de 1932, al cumplirse el primer aniversario de la instauración de la Segunda República, el Consistorio decidió cambiar el nombre de siempre, ay, el de nuestra entrañabilísima calle Pintores por el de Pablo Iglesias, fundador del PSOE, que más tarde, a alguien se le ocurrió denominar como calle Generalísimo Franco, y que afortunadamente, y esperemos que para siempre, se queda, ya, por los tiempos de los tiempos, como calle Pintores.

Y ese fue, para no engañarnos, el nombre de siempre. Por lo que es obligado señalar, como bien saben y sabemos todos cacereños, que la calle Pintores ha sido, es y siempre será calle Pintores por mucho que otros, por aquello de la soberbia de contar con mando en plaza, decidieran, equivocadamente, cambiarle el nombre. Y, aún así, siempre fue, a pesar de la nomenclatura oficial, calle Pintores.

Aunque la historia queda atrás. Si bien, como dato anecdótico y cuando menos curioso, hemos rescatado este curioso anuncio que ya insertara en la prensa local el histórico fotógrafo Javier García Téllez, siempre Javier, así, con el nombre de pila, que es como siempre le conocieron los cacereños, en el que señala que su establecimiento fotográfico pasa de estar instalado en la calle Pintores, aunque oficialmente hasta entonces era calle Alfonso XIII, a estar situado en la calle Pablo Iglesias.

«¿Nos vemos en Pintores?«, «¿Vamos a Pintores?«, «¿Paseamos por Pintores?«. Frases cotidianas y célebres de miles y miles de cacereños, a lo largo de los tiempos, aunque hay cronistas que, en su día, la conocían también, popularmente, como calle de los Adioses. Porque siempre resultó y resulta frecuente, al transitar por la misma, toparse con el paisanaje conocido.

Y, al tiempo, saludar a los mismos con un «¡Adiós!«, un «¡Hasta luego!«, un «¡Hola!«, o, si se tercia, pegar la hebra un ratejo.

Por la calle Pintores, cuajada y rebosante de vida, siempre hubo todo tipo de viandantes, de comercios, de tiendas, de almacenes, de vendedores ambulantes, de desfiles procesionales, de paseos largos, casi eternos, Pintores arriba, Pintores abajo, de manifestaciones de sociología popular, de parrafadas desde los viejos cafés viendo y contemplando el trasiego habitual de la ciudadanía…

Una calle en la que se volcó la fenomenología de comerciantes, impregnando el sabor del marchamo ciudadano. Por lo que poco a poco, casi sin que las respectivas generaciones se fueran dando cuenta, se iba fomentando esa ambientación propia de ser la calle más importante de la ciudad.

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El siempre cacereñísimo establecimiento conocido como El Precio Fijo.

Y en la que un día, allá por 1827, lo que se dice pronto, se pusiera en marcha una tienda y una casa tan emblemática como «El Precio Fijo«, que aguantó el tirón hasta el año 1972. Ciento cuarenta y cinco pues del mejor cacereñismo.

Lo que llevaron a acabo sus propietarios además, siempre, como un referente de interés, dentro de la estructura comercial y de os más variados objetos de tipología religiosa, entre candelabros, reclinatorios, misales, figuras de Nacimientos, rosarios, todo tipo de estampas, figuras e imágenes de santos, cuadros de la Virgen de la Montaña, Biblias, misales…

Y en cuyas instalaciones hasta de cuando en vez se podía encontrar una tertulia alrededor de la mesa-camilla.

Todo un establecimiento señero en Aquellos Tiempos, para una clientela que determinaba, tal como se puede concluir, la propia fenomenología del establecimiento, con preferencia por unas visitas de corte más bien devoto.

Acaso como iban marcando, paulatinamente, las dinámicas de las diferentes épocas que iban marcándose más allá del nacimiento de El Precio Fijo en 1827.

Comercios, empresas, negocios, que se conformaban y constituían como todo un atractivo, de mucho esfuerzo y constancia por parte de los emprendedores y dando pasos de apoyo al hilo del centro comercial, por donde transcurría, fundamentalmente, una gran parte de la esencia, la hondura y la propia ambientación y dinámica de la ciudad cacereña en ese escenario de lujo que de siempre supuso la calle Pintores.

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Un Café de leyenda en la calle Pintores, de Cáceres.

En esa calle Pintores se instalaría, algunos años después, el emblemático Café Santa Catalina, una joya en el almacén del comercio urbano, tal como se puede apreciar la belleza y elegancia del salón que aparece en la fotografía de la izquierda. Y en cuyos salones se mantuvieron largas tertulias sobre las más variadas cuestiones dentro de la esfera y el ámbito de corte local, de corte provincial y, claro es, también de corte nacional.

El Café Santa Catalina, casa fundada por el pacense Felipe Montalbán en el año 1851, un escaparate de lujo de la Villa y luego ciudad, se fue adaptando, con una marca de exquisita finura, al compás de los tiempos.

Ya en los tiempos de su estancia en el número 2 de la calle Alfonso XIII, Pintores siempre, anunciaba: Exquisitos cafés Moka, Puerto Rico y Caracolillo tostados diariamente, junto a vinos y licores de las mejores marcas, así como otras delicias que hacían del mismo un lugar de cita y punto de encuentro en aquel lejano Cáceres.

Aunque, eso sí, siempre en el alma de la historia del pueblo cacereño y de la mano de la riqueza que se archiva a través de las hemerotecas.

Una calle que se fue haciendo a sí misma, con el contenido del sabor ciudadano, poco a poco, paulatinamente, con la participación y presencia, claro es, de tantas y tantas generaciones de cacereños que saboreaban el paso, el paseo y el sabor de la calle, siempre tan pequeña, siempre tan grande, siempre tan profunda, tan honda siempre y siempre, a la vez, cuajada de vida.

¡Y eso, pues, para no engañarnos, representaba un todo como logro de los cacereños…!

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Así, de este modo tan artístico, se anunciaba ya, en Aquellos Tiempos, Francisco Capdevielle en Cáceres.

Y una calle en la que, ya en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX, se instala el reconocido artista fotográfico y bohemio francés François Capdevielle, otra señalada, señera y reconocida muestra de los caminos del mayor relieve y consideración entre las páginas del álbum y de la propia historia de Cáceres.

Toda una personalidad de considerable altura e importancia artística en Cáceres, tal como se puede comprobar. Y es que François Capdevielle, tras proceder instalarse en la entonces todavía villa, allá por el lejano año de 1857, fue creando con el mayor esmero y sensibilidad, al mismo tiempo, toda una saga de una muy fecunda extraordinaria y capacidad artística de señalada vitalidad en el panorama de la historia de Cáceres.

Lo que llevó a cabo en base de su gran importancia en torno a la propia dinámica cultural y artística. Algo que hoy, tanto tiempo después, hemos de reconocer y agradecer a Monsieur François Capdevielle. (1).

Allá por los años 64-65 se abrían, en el número 6 de la calle Pintores, las puertas del comercio «Los Valencianos«. Una empresa de Pedro Saborid y Arquet, que llegaba a Cáceres desde las lejanas tierras castellonenses de la localidad de Alcora, con el fin de vender loza, camas de hierro, lámparas, y otros objetos. Empresa que, con el paso del tiempo, cedería y traspasaría a sus hijos Pedro, primero a la derecha de la fotografía)  y Pascual Saborid Ramos.

Un comercio que a finales de los años 20 fue traspasado a Teodoro Ordiales y que, con el paso del tiempo, cambiaría el rótulo de «Los Valencianos» por el de «El Siglo«.

curiosidades.hotelcomercio23monumentosfranceses.Allá por las últimas décadas del siglo XIX aparecía por el número 2 de la más popular y cacereña calle Pintores, cuando algunos trataban de denominarla como Alfonso XIII, un emblemático «Hotel Comercio«, propiedad de Fabián Herrero Rincón, en un lugar privilegiado.

Y que, ya en aquellos tiempos de la historia, publicitaba su establecimiento como un lugar en el que «encontrarían los señores forasteros económicos hospedajes y a la par que un servicio esmerado y distinguido«.

También, claro es, buscando la más completa oferta, don Fabián, que era un tipo listo, ofrecía el siempre atractivo cartel de «Comidas Variadas«.

Un Hotel de señorío, de distinción y de elegancia, para viajeros por cuestiones labores, o, simplemente, placenteras, como la de darse un garbeo por la magia, el hechizo, el arrebato y el encanto de conocer lo que entonces se denominaba como Cáceres el Viejo y hoy es, ni más ni menos, que Ciudad Histórico-Monumental o Ciudad Medieval y, al tiempo, Patrimonio de la Humanidad.

Una calle, Pintores, que fue ampliando, al máximo el marco de sus esencias y de sus contenidos en el correr de los anhelos de aquellas series y generaciones de comerciantes que ponían todo su empeño e ilusión en encontrar un espacio en la calle Pintores…

eulogioblascoUna calle de marcada simbología cacereña. Y en la que además, por si fuera poco, en el año 1890, en el número 5, vino al mundo un pintor de la talle, el relieve, la distinción, la sensibilidad y la calidad de Eulogio Blasco López, que también sería un eximio escultor y repujador. De extraordinario como señala acertadamente Valeriano Gutiérrez Macías «su pintura refleja casi exclusivamente el paisaje y la tierra cacereña, su Cáceres amado, con sus tipos, lugares y costumbres. Sus cuadros tienen la luz y el color de Cáceres«. Con calle en Cáceres y prestando su nombre a la Escuela de Bellas Artes, Eulogio Blasco se conforma como uno de los artistas cacereños de mayor relieve en la historia de la ciudad. Y cuya Plaza Mayor vio de este modo.

En 1898 se instalaba en la muy céntrica calle de Pintores, aunque en aquel tiempo ya tenía la rotulación oficial de calle Alfonso XIII, el Círculo Agrícola Mercantil, donde agricultores y ganaderos, así como sus invitados y amigos, tertuliaban, entre inveteradas charlas, sobre el tiempo, los precios, las cosechas y los precios de los mercados para los tratos de compra y venta de todo tipo de ganados.

callepintores.jacintogarcia.1898.elecodelamontañaY en fecha del 5 de enero de 1899 ya se anunciaba del siguiente modo y carácter «Jacinto García Romero«, propietario de una sastrería y tienda de tejidos, situada en el número 24 de la calle Alfonso XIII, para ofrecer los servicios con los que invitaba al paisanaje cacereño tratando de ganarse a la clientela: «Se construyen prendas militares para todos los Cuerpos y Armada«. Asimismo, en dicho anuncio, también podemos leer: «Se confeccionan con todo esmero hábitos de Sacerdote y togas para Magistrados«.

Eso sí, tal como se puede apreciar en el texto del anuncio publicitario, el encargado del texto y diseño del anuncio deja especificar, con una sucinta y manifiesta claridad, que la calle Alfonso XIII se denominaba anteriormente calle Pintores. Tal cual como nació y tal cual sigue siendo, a fecha de hoy, y como lo fue en Aquellos Tiempos en que cambiaba el rótulo de su denominación. Craso error. Más: ¿Cómo lo aceptaría, nos preguntamos, la sociedad cacereña, que, a fin de cuentas, es la que impone su criterio, como es el caso mencionado, y con una calle que, más allá de denominaciones oficiales, siempre fue Pintores?

Por 1899 se anuncian dos sombrererías en la calle Alfonso XIII: «La Cacereña. Sombrerería de Francisco Martín«, instalada en el número 1, y que ofrece, según se anuncia, un «inmenso surtido en sombreros de todas clases. Especialidad en los de copa y sacerdotes«. La competencia, de otra sombrerería, se la encontraba tan solo unos metros más arriba. Y que ofrecía sus productos en los locales del número 20 de dicha calle bajo el rótulo de «Sombrerería del Hijo de Eustasio Gómez«. El mismo especificaba en la misma edición del periódico «La Guía del Forastero» que «es la más antigua de la capital«. Asimismo, por aquel entonces, también mantenía sus dependencias comerciales en la calle Alfonso XIII la tienda de Félix Parra anunciando «Tejidos a precios módicos, elegancia y gran surtido para la presente y próxima estación«.

callepintores-tallera.piñuelaToda una muy curiosa observación en el centro y el eje de la vida comercial y popular en la capital cacereña. En una época, por cierto, en la que también se apreciaban en la calle, entonces Alfonso XIII, otros establecimientos como «Grandes Talleres y Almacén de Muebles de A. Piñuela«, que ofrecía en el número 12 de la misma calle, sus amplias dependencias, con numerosos y muy variados objetos. Si bien es de subrayar que Alejandro Piñuela optó por anunciar su establecimiento como instalado en la calle Pintores –¡Bravo por él…!– y no en la calle Alfonso XIII que era, sin embargo, como señalamos, la denominación oficial aprobada por los señores concejales que constituían y conformaban el Excelentísimo Ayuntamiento de la ciudad.

Un tiempo en el que también aparecen en la calle Alfonso XIII, siempre, de siempre y para siempre calle Pintores, el establecimiento «Coloniales de Gabriel Gómez Marcelo«, en el número 1, que ofrece «especialidad en jamones, vinos generosos, licores y conservas de todas clases«, la «Gran Sastrería de Francisco Ojalvo», sita en el número 25, «Serrano» que trata de llamar la atención como «gran platería con arreglo a los adelantos modernos«, o «La Flor Madrileña. Confitería, Repostería y Pastelería«, propiedad de Angel Pollo, en sus instalaciones del número 24 de dicha calle.

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Ignacio Gil Hoyos, propietario de la tienda de Tejidos y Confecciones, en la calle Alfonso XIII, a principios del pasado siglo.

Y ya por aquellos lejanos tiempos de 1903, lo que se dice pronto, ya estaba instalada en los números 12 y 14 de la calle Alfonso XIII, siempre Pintores, la más popular de Cáceres, la tienda de Ignacio Gil Hoyos, todo un emprendedor que aposto por una extraordinaria lucha en defensa y promoción de los tejidos y las confecciones.

Y que, con el correr de los tiempos se transformaría en «Pérez, Moda Masculina«, siendo uno de los ejes viarios que marcaban las tendencias de la moda en la ciudad.

Una fotografía, por consiguiente, como podreis apreciar, histórica: Y en la que se ve, en el centro de la misma, al emprendedor Ignacio Gil Hoyos, en una imagen captada en los primeros años del pasado siglo diecinueve. (2)

pintoresvaqueriasuiza-001Ya, por aquellos comienzos del año 1903, el periódico cacereño «El Norte de Extremadura» insertaba este más que curioso anuncio que causaba sorpresa en los ambientes cacereños.

Se trata, tal como se puede apreciar al contemplar el mismo, de la presencia, en la misma calle Alfonso XIII, antes calle Pintores, del establecimiento «Vaquería Suiza y Cervecería«, señalándose en el texto del mismo como «único establecimiento en Cáceres que expende la leche pura, en lecheras de cristal, precintadas«. Lo que se diría todo un establecimiento al compás de los tiempos. ¡Como debe de ser…!

Lo mismo que ya se anunciaba «J. Granados«, en el número 14 «para calzados elegantes y económicos«, tal como podemos ver en el periódico «El Noticiero» correspondiente al 11 de abril de 1903, y con «fabricación de cortes de botinas«, como por  allí, en el número siete, se encontraba «El Buen Gusto. Camisería Requejo«, con «los mejores céfiros y batistas para la confección de camisas a la medida«.

callepintores6En fecha 10 de mayo de 1903, hace tan solo la friolera de ciento trece años, ya se anunciaba en el periódico «El Norte de Extremadura«, en el número 7 de la calle Pintores, entonces Alfonso XIII, a pesar de los pesares, contra la voluntad popular, «El Buen Gusto. Camisería de Requejo«, ofertando céfiros y batistas para camisas a medida, corbatas, botonaduras, ligas, tirantes, cinturones, perfumería, etc. Lo mismo que ya por esas por esas fechas, en el número 4 de la históricamente popular y muy comercial calle, el entonces emprendedor Manuel García, anunciaba, en el mismo periódico, «venta exclusiva en esta plaza» de los cafés tostados del establecimiento «La Cubana«, de Sebastián Nicolás, de Badajoz.

callepintoreslicenciadodazaenalfonsoxiii27.1925Y era el correr del año 1903, ya, concretamente el 20 de agosto, cuando, por ejemplo, el periódico diario «El Noticiero«, insertaba en sus páginas un llamativo anuncio del «Licenciado Daza«, en el número 27 de la calle Alfonso XIII, y que se ganaba la vida llamando la atención con este anuncio que se inicia con el siguiente encabezamiento: «No hay más calenturas, tercianas o cuartanas«.

Y que se vendía, curisosamente, tal como se puede apreciar en el anuncio referenciado, a «II reales la caja«.

Tiempos, pues, aquellos…!

Mientras tanto la calle Pintores, el centro social, comercial y económico de la ciudad de Cáceres, se llenaba, cada día, de gentes y de nuevas instalaciones que se iban abriendo y poniendo en marcha al compás de los tiempos.

Una calle cuajada y repleta de  vida.

Y donde siempre se daban cita tantos y tantos cacereños, que recorrían la calle arriba, la calle abajo, entre charlas, parrafadas y contemplación de escaparates con todas las novedades, modernidades y ofertas de todos los comercios que siempre adornando la calle a lo largo de la historia.

callepintores.comerciodeagonzalezalvarezlasamableajulio1903Ese mismo año, pero en fecha 12 de de diciembre, en el periódico republicano «La Asamblea«, aparece un anuncio del comercio propiedad de Aquilino González Alvarez, situado, ahí es nada, entre los números 35 al 41 de la calle Alfonso XIII, siempre Pintores, y en cuyo texto se puede leer: «Comercio al por mayor y al por menor de Géneros del Reino y el Extranjero«. También en el mismo periódico se anuncia «Comercio de Mercería, Quincallería y Bisutería», del que era dueño Vicente Mier Alonso, y que se encontraba situado en el número 21 de la real calle.

Una calle, que por esas fechas, también acogía el establecimiento «Hijos de P. Saborid» y en el que reza el siguiente anuncio: «Grandes Almacenes de artículos de loza, cristalería, juguetería, géneros de fantasía, armas de fuego...».

Una época en la que, tal como se puede contemplar en el periódico «El Norte de Extremadura«, del 1 de junio de 1903, ya estaba situado en la calle Alfonso XIII, en su número 7, «El Buen Gusto. Camisería de Requejo«.

CALLEPINTORES.MENDIETAJUGUETESLo mismo que, ya en el correr de ese mismo año 1903, aparecía en el número 1 de la muy céntrica y también muy cacereñeadora calle Alfonso XIII, siempre calle Pintores, el establecimiento de «Mendieta» y que se presentaba al público y a la sociedad cacereña como un gran almacén de juguetes y, asimismo, con «grandes exposiciones«, y «a precios sumamente económicos«, tal como se puede apreciar al contemplar en la fotografía adjunta.

Mendieta, por cierto, llegó  a alcanzar, y con señalada distinción, según las páginas de la historia, el rango de «Proveedor de la Casa Real«.

capdevielle12-001En tan importante rúa estuvieron en su día las dependencias de la «Relojería Francesa«, de Jorge Capdevielle, en el número 23 de la entonces llamada calle Alfonso XIII, que allá por la primera década del pasado siglo se anunciaba de la forma que veis en la fotografía de la izquierda, cómo en los años treinta de la pasada centuria, se encontraba el establecimiento de «Hija de Jorge Capdevielle«, que vendía y ofertaba a la distinguida clientela cacereña, entre otros productos, el café La Favorita… 

Lo mismo que iban surgiendo comercios como la Papelería Alcoyana, la farmacia de Adrián Carrasco, en el número 81 de la calle Alfonso XIII, el establecimiento «Antonio Rubio«, en el número 28 de la misma calle y que ya tenía a principios de siglo su mercancía anunciadora de camas de hierro, muebles, armas de fuego, aparatos higiénicos, teléfonos, pararrayos y otros…

Una calle en la que ya en 1904 aparecía en el semanario «Malvas y Ortigas«, del 5 de agosto, sobre el «Comercio de Ultramarinos de la Señora Viuda de Gómez«, sito en el número 1, del siguiente y más que curioso y llamativo tenor:

Si quieres, Rosario bella,

que tu café tenga aroma,

desecha todos y toma

el torrefacto La Estrella.

Por su precio sin igual

y su exquisito sabor

¡hasta lo toma el Señor

en la Corte celestial!

Y ya en el transcurrir del año 1906 los lectores de la siempre prestigiosa «Revista de Extremadura«, de extraordinaria relevancia en el panorama cultural de la región, con las más cualificadas firmas, podían apreciar, en su número mensual, correspondiente al mes de febrero, la presencia de la «Fonda España«, del cacereño Tomás González.

Y es que, tal como podemor ir apreciando, en la calle Pintores, a pesar de su corto recorrido cabían todo tipo de establecimientos.

callepintores-revistaguadalupe15-2-07Por Aquellos Tiempos, ya muy atrás en el tiempo de la calle Alfonso XIII, situémonos en el año 1907, según aparece anunciado en la revista «Guadalupe«, el cacereño Dionisio Viniegra, con su oficina instalada el piso principal del número 15, deja constancia de que es Inspector para Extremadura, ahí es nada, de La Gresham, Compañía Inglesa de Seguros sobre la vida.

Y, por su parte, en el semanario provincial «El Bloque«, se deja constancia en otro anuncio de que el emprendedor cacereño que respondía al nombre de Vicente Simón tenía abiertas, en el número 32, las puertas de una tienda de comestibles que se distinguía, tal como aparece en su propaganda y promoción para captar clientela, como «especialidad en embutidos y jamones«.

Siguiendo con este recorrido es de dejar constancia que, ya n el año 1907, se encontraban abiertas al público y al vecindario cacereño las puertas del  Café Viena, propiedad de Carlos Municio, instalado en la calle Alfonso XIII, que ya se anunciaba en el periódico «El Adarve» en 1907.

callepintores-elnoticiero12octubre1908Y el 12 de octubre de 1908 ya aparece anunciado en la cabecera del periódico «El Noticiero, diario de Cáceres«, que su Redacción e Imprenta ya se encuentran instaladas en el número 8 de la calle Alfonso XIII, donde estaba situado, anteriormente, el Círculo Mercantil e Industrial, tras dejar los anteriores locales en la calle Audiencia 5 y 7, «gracias al favor con que el público nos compensa nuestros esfuerzos de dotar a Cáceres de un periódico diario que por encima de los intereses políticos defiende los intereses de la provincia«.

Allí mismo, en la calle Pintores, también se alzó en su día, igualmente, el establecimiento fotográfico de Vicente Fonseca, otro gran luchador artístico, que fuera a la vez profesor de dibujo, o el Gabinete y Laboratorio, también fotográfico, que abriera, cuasi en los comienzos del siglo XX, el prestigioso Javier García Téllez, Javier, a secas, que creó una inmensa saga de artistas fotográficos, como poco a poco iban surgiendo, por los relevos generacionales otras empresas y otros tipos de comercios en el desfile perecedero e imperecedero, a la vez, del paso del tiempo…

Una calle, la de Pintores, pletórica, más allá de pasiones cacereñistas. Y una calle alegre, cuajada de semblante elegante, y, a la vez, plenamente de identidad y sabor marcado por la sensibilidad más popular, en el sentido más amplio de la palabra, donde se mezclaban las coordenadas de las diferentes capas sociales que en el mundo han sido y serán. Algo que camina y marcha, desde siempre, con la propia dinámica de los tiempos. Pero ahí queda, claro, el referente emblemático, del que todos nos sentimos orgullosos, que es y se conforma como la calle Pintores, de Cáceres. Ahí es nada.

anuncios-manuelpena-1911-eltiempoY en el año 1911 ya aparecía publicado en algunos periódicos cacereños, como es el caso del semanario «El Tiempo«, órgano del Partido Conservador de la provincia, el anuncio de Calzados Peña, sito en la calle Alfonso XIII, destacando «la forma elegante y calzado de lujo», cuando su propietario era Manuel Peña.

Una empresa que decidió iniciar su andadura y trayectoria empresarial allá por el lejano año, ya, de 1875.

Y que a estas alturas, 2016, aún sigue tomando el pulso a las modas y a la economía del calzado en Cáceres, gracias a la labor de entrega, sin desmayo, que lleva a cabo Mamen Peña, con una cordialidad manifiesta y una serie de novedades y variedades propias de la actual época , estando, siempre, al compás de la moda.

callepintores-eranueva-4mayo1912En 1912 Jorge Capdevielle, descendiente de una saga de incansables emprendedores y de honda y larga trayectoria comercial en las páginas de la historia de la ciudad, dejaba una nueva huella de su inquietud con este anuncio de sus ofertas.

Este es el anuncio que aparecía de su «Relojería Francesa» en el periódico «Era Nueva» correspondiente al 4 de mayo de 1912.

Un anuncio, por otra parte, innovador y que venía a romper los moldes habituales de la propaganda de las diferentes tiendas, comercios y empresas que se instalaban en Cáceres.

Un año, ya, el de 1912, en el que también aparece en el mismo diario un anuncio de la «Viuda de Aquilino González Alvarez», con sus dependencias entre los números 35 al 41 de la calle Alfonso XIII y surcursal en el 13 de la misma calle, anunciando sus «Géneros del Reyno y Extranjero«.

Como por allí lucieron sus mejores galas, en su día, en este caso hacia 1915, como consta por los anuncios, por ejemplo en el semanario cacereño «El Bloque» la «Confitería Viuda de Alvarez«, divulgando sus «dulces finos, pasteles y bizcochos«, en el número 20 de la calle Alfonso XIII. El mismo número, por cierto, en el que se anunciaba, los mismos días y en el mismo periódico, «Hijos de Eustasio Gómez» con «sombreros y gorras de todas clases«.

pintores.sociedadgeneraldeindustriaycomercio.elnoticiero1-IX-1911En el año 1917, concretamente en el periódico «El Noticiero, diario de Cáceres» correspondiente al día 1 de septiembre,  ya se anuncia el despacho de Manuel Requejo Orejas, que aparece «como representante en Cáceres de la Sociedad General de Industria y Comercio»,

El mismo, como se puede apreciar en el anuncio correspondiente, que aparece a la izquierda de estas líneas, ya contaba entre las diversas fábricas entre España y Lisboa con la de Aldea Moret en Cáceres.

Lo que viene a dejar constancia de que la calle Pintores, a pesar de no ser nada larga, se apretujaba entre ideas de emprendedores, inquietudes de cacereños, propuestas comerciales y empresariales de todo tipo y condición, numerosas ofertas a través de los tiempos…

Algo muy importante porque ponía de manifiesto que es la misma ha sido y es la calle más comercial de Cáceres.

Ese mismo año, 1917, nos encontramos con este curioso anuncio de «Casa Granado«, con su tienda al gentío visitante en el número 11 y que en tres palabras tan solo, en tres, lo dice prácticamente todo: «Los mejores calzados«.

Un anuncio que aparecía insertado en las páginas del periódico «El Noticiero» a finales del año 1917. Hace pues, tan solo, ni más ni menos, que la friolera de noventa y nueve años.

Y como también instalaron su negocio en el número 24 de la calle Pintores, cuando se denominaba oficialmente Alfonso XIII, la joyería-platería de Bernardo Serrano, situada en el número 15 de la misma calle, la selecta tienda denominada «Modas de París. Isabel Sagrera«, instalada en el número 1 de la rúa con el nombre de Su Majestad, que recibía «modelos de París todas las semanas«, la pastelería «La Flor Madrileña«, de Angel Pollo, la farmacia de L. Escribano Calvo, en el número 13 de la calle Pablo Iglesias, (siempre, preferente y popularmente Pintores), y en cuyo número 30, también esos tiempos de la Segunda República Española, también se encontraba, por ejemplo, «Guerra, Fotógrafo«. Así como, del mismo modo, otros muchos establecimientos que a lo largo de la historia fueron marcando unas pautas de unas dinámicas comerciales que establecían los tiempos.  

En el año 1922 ya se anunciaba en aquel tiempo, según se puede ver en un anuncio publicado en el periódico diario «La Montaña«, en fecha 4 de enero, la muy popular e histórica tienda de «Calzados Peña«. Lo mismo que, en esa época, ya estaban instalados en la calle Alfonso XIII, siempre, sin embargo, popularmente calle de Pintores, el «Almacén de Muebles y Taller de Mármoles Valentín Domínguez«, en el número 13, en el que «se construyen Panteones, Lápidas, Chimeneas, Fuentes, Escaleras…». 

Asimismo, en el año 1924, ya aparecía el correspondiente anuncio en la prensa de «El Paraíso«, y que, instalado en el número 25 de la cacereña calle Alfonso XIII, dejaba constancia de su tipología específica como «gran comercio de moda«.

callepintores-peluqueriavicentegonzalez.nuevodia28-5-1925Corría, por otra parte, el año 1925 cuando, por ejemplo, en el periódico diario «La Montaña» aparecían dos anuncios de dos tipologías tan variadas como las que siguen con sus establecimientos en la cacereña calle Alfonso XIII. El primero es el correspondiente a la «Peluquería y Barbería de Vicente González«, que, por lo que se lee en el anuncio, también ejercía en aquel tiempo como practicante del Hospital Provincial. El mismo ya se encargaba, como podeis comprobar, de dejar constancia de que «se admiten abonos». Su despacho al público estaba en el número 25. Ese mismo día, en el citado diario, aparece el anuncio de «La Lonja«, instalado en el número 2, y señalando que «Hay de todo y lo mejor en Ultramarinos y en vinos El Mosetel de Matilde».

Y en ese año de 1925 ya se encontraban en la calle Alfonso XIII, siempre calle Pintores, las dependencias comerciales de Pedro Trejo, que, en el número 9, ofertaba, como se desprende del anuncio insertado en el periódico «La Montaña«, de 30 de mayo de 1925, «un antiguo comercio dedicado a la venta de alpargatas, calzados, lanas, jergas, alforjas, cordelería, correajes, paquetería, bramante, mantas…». Un año, en ese mismo periódico, «La Montaña«, de ese mismo día, también se encuentra por aquellos pagos de la calle Pintores, aunque con denominación oficial de Alfonso XIII, en su número 26, «Palace», propiedad de José Rubio, y que se manifiesta como «gran confitería que ofrece lo más delicado que se pueda pedir en esta clase de establecimientos». 

Ya en el año 1926 aparece un curioso anuncio en el periódico «Nuevo Día» señalando que en el número 13 de la calle Alfonso XIII estaba situada la «Fábrica y Almacén de Muebles de Francisco Acedo Picapiedra» (Movida por Energía Propia). Una fecha en la que aparecía, asimismo en el número 13 de dicha calle, la «Farmacia y Droguería del Licenciado Don Francisco de Sande«. Lo mismo que aparece el rótulo de «Relojería, Platería y Optica«, en el número 18 de la misma calle, Alfonso XIII, propiedad de Daniel Santaolaria Font, con la curiosa llamada de atención con la «especialidad en relojes de torre».

Un año, el de 1926, en que también aparecen por la zona más comercial del Cáceres, ay, de Aquellos Tiempos, la «Sastrería Moderna«, en la calle Alfonso XIII, número 19, ofreciendo «altas novedades«, o un establecimiento de una especial tipología y capacidad de gancho, al menos sobre el rótulo en el que se lee «Las Modas de París«, propiedad de Juan de la Riva, con el llamativo slogan en el anuncio de «camisería a la medida por el mejor cortador«, tal como se lee en el periódico «Nuevo Día», correspondiente al 14 de octubre de 1926. Una tienda instalada en el número 12 de la cacereña calle, pero que siempre fue, para no engañarnos tampoco demasiado, mucho más popular que real, por lo que siempre fue, por encima de todo, calle Pintores.

Lo mismo que ese año, 1926, tal como podemos ver en el periódico «La Montaña» ya se encontraba instalada y abierta al público cacereño la tienda «Astra«, que se anuncia «para caballeros. Chalecos, calcetines, tirantes, ligas, paraguas y toca clase de objeto de tocadores«.

callepintores-juanmarchena-juguetes.nuevodia.3-1-1927El año siguiente son las fechas en las que también aparece en la misma calle la Juguetería del establecimiento de «Juan Marchena«, tal como podemos apreciar al leer el anuncio que inserta en sus páginas el periódico «Nuevo Día» que se corresponde con el 3 de enero de 1927.

En el mismo ya se deja constancia, camino de la festividad de los Santos Reyes Magos de Oriente, Melchor, Gaspar y Baltasar, de que en sus dependencias comerciales existe un «extraordinario surtido» así como una «exposición permanente«, tal cual la que se ofrece en sus locales situados en aquel entonces en el número 17 de la real calle de Su Majestad Alfonso XIII.

callepintores-elsiglohurdes1marzo1927Ese mismo año, 1927, recogemos el anuncio publicado en la revista «Hurdes«, correspondiente al 1 de marzo y a los números del 24 al 27, en el que aparece la promoción del que sería uno de los comercios más populares, visitados y de mayor solera en el Cáceres de Aquellos Tiempos.

Nos estamos refiriendo, pues, como se puede apreciar, a un establecimiento de tanta raigambre como fue «El Siglo«, anunciándose como «Gran almacén de muebles, cristal y loza» así como de lo que habría de ser el gran auge del establecimiento: «Inmenso surtido de regalos«.

Aunque la empresa y el comercio, siempre de gran prestigio en la ciudad de Cáceres, se especializara, sobre todo, en el campo de los juguetes.

Y siempre, también, con una muy amplia aceptación en el mundo, claro es, de los más pequeños.

pintores-farmaciaboaciña.nuewvodia31-1-1928Por el correr del año 1928, el periódico cacereño «Nuevo Día» ya inserta en sus páginas el anuncio de la Farmacia Boaciña en el número 27 de la siempre céntrica calle de Alfonso XIII (Pintores, una vez más, para no engañarnos). Tal como podemos leer en la correspondiente fotografía que aparece a la izquierda de estas líneas. Una Farmacia, por cierto, bastante simbólica en la escenografía social y humana de Cáceres. Y, por ende, de la calle Pintores. O, si se prefiere, por parte del lector, a la viceversa.

Asimismo es de señalar y dejar constancia que, con fecha 29 de mayo de 1928, en el periódico «Nuevo Día«, aparecía el anuncio de «Relojería El Cronómetro«, en el número 19 de la Calle Alfonso XIII, donde, dentro de una muy amplia y variada gama de propuestas se ofrecen a la clientela productos como «Gramófonos, discos, zarzuelas, recitados, tangos, flamenco, ópera, sardanas, bandas, orquestas«, y un largo etcétera.

Llegando al año 1931 hemos de señalar que tras la llegada y proclamación de la II República, el 14 de abril, poco después, el día 22 de ese mismo mes, se reunía el pleno del Ayuntamiento, determinando que la calle Pintores, oficialmente Alfonso XIII, pasara a denominarse calle Pablo Iglesias, después en los correspondientes cambios de direcciones de los anuncios que de las tiendas, comercios y empresas de la misma se publicaban en los diferentes periódicos cacereños. Si bien es de añadir que el cambio de la rotulación en la misma no se produce hasta el 14 de abril de 1932, en el primer aniversario de la II República.

Por el año 1931, según anuncio publicado en el periódico «Extremadura«, con fecha 3 de noviembre, podemos apreciar que en piso principal del número 13 de la entonces calle Pablo Iglesias ya aparece la «Gran Casa de Hospedaje María Juana Cortés«. Y también, en dicho año, aquel anuncio del ya referenciado Café Santa Catalina, publicado en verso, que aparece en el periódico local «La Gripe«, de corte satírico, que se autodenominaba como «Verdadero defensor de la moral y la justicia«, y que lo hacía del siguiente tenor:

Si mi madre fuera mora

y yo nacido en Orán

renunciaría de Mahoma

para venir a tomar

el riquísimo café

de Luis Montalbán.

Lo mismo que, también en verso y en el mismo periódico, «La Gripe«, aparecía por esa época un anuncio del Almacén del siempre célebre, popular y muy trabajador empresario don Cristóbal Mendieta, toda una institución, se diría que casi desde siempre, en Cáceres, y en la siempre calle de Pintores como referencia comercial, expresa y puntual. El anuncio se conformaba de estos versos:

Pañuelos, gemelos,

toquillas, mantillas,

corbatas y batas,

comprarás, niña coqueta,

a don Cristóbal Mendieta.

Un tiempo, el del correr del año 1931 por la calle Pablo Iglesias, perdón, siempre calle Pintores en la terminología popular y coloquial, que es la que cuenta, en definitiva, en la historia ciudadana, don Luis Infante, especialista en garganta, nariz y oídos pasaba su consulta en el número 7, piso segundo, especificando, en el anuncio que publica en el periódico «Nuevo Día«, correspondiente al 19 de abril, «Consulta gratuita para los pobres de 4 a 5«, y también don Zenón Enríquez ya contaba con su consulta como «Médico-Odontólogo» en el piso 2 del número 7, y donde trataba «enfermedades de la boca y de los dientes«. Tal como se lee en el periódico «El Noticiero, diario de Cáceres«, correspondiente al 19 de noviembre del año 1931.

Un rótulo, el de la calle con el nombre del socialista Pablo Iglesias, que no duraría demasiado tiempo. Y que vemos destacado en esta preciosa fotografía subida en su día por Miguel Angel Redondo Pache en el grupo «Fotos Antiguas de Cáceres» en Facebook.

Ya que en el correr de los tiempos, tras el inicio de la Guerra Civil Española, el día 26 de agosto del mismo año de 1936, la calle más popular, céntrica y comercial de la ciudad de Cáceres, pasa a recuperar su nombre histórico, el de calle Pintores.

Un nombre con el que se la denominó desde siempre y que iría persistiendo y aguantando el ritmo del tiempo con el reconocimiento popular de sus calles. Pintores arriba, Pintores abajo.

Y que, en definitiva, llegaría a hacer justicia para evitar esas politizaciones del propio callejero que se conforma con los sabores y las esencias de las dinámicas populares en pasar de unas y otras generaciones.

Lo que viene a demostrar la teoría de que, al final, son estas las que acaban imponiéndose en temas, en cuestiones, en dinámicas y en fenomenologías que arrancan en el propio pulso de la historia que se conforma en su sensibilidad popular.

Pero esa dinámica, precisamente, es uno de los puntos claves que generaban vida e inquietud y dinamismo a la calle Pintores.

lamuñeca1Del mismo modo ya se anunciaba en la prensa cacereña, allá por el transitar de ese mismo año, 1932, otro comercio, también de una más que señalada tipología histórica en el Cáceres, ay, de nuestros amores.

Nos estamos refiriendo, en este caso concreto, a la «Pañería La Muñeca«, propiedad del popular personaje cacereño y esmerado profesional del comercio que siempre fue don Rosendo Caso, que ofrecía sus productos y prestaba sus servicios empresariales en el número 2 de la misma calle con el nombre del que fuera fundador del Partido Socialista Obrero Español. Es decir, calle Pablo Iglesias. ¡Qué manía, por los imperativos políticos, tal como se va viendo en el transcurso del tiempo, el de arrebatar a un lugar emblemático-popular su nombre habitual…! Un anuncio, el de «La Muñeca«, aparecido el 1 de agosto de 1931 en el periódico «Nuevo Día«.

callepintores.joyeriapozas.nuevodiaY corría el 11 de junio del año 1932, por ejemplo, cuando aparecía en el periódico «Nuevo Día» este anuncio de la Joyería, Platería, Relojería y Optica «Pozas«, una de las más prestigiosas de Cáceres, que se acaba de trasladar desde la calle Moret hasta el número 13 de la calle Pablo Iglesias.

Un traslado de las dependencias empresariales que se justificaba en otro anuncio «por mejora del local y ampliación del negocio«.

Si bien en este aparece la curiosa expresión de «El tema es: Mucha venta con poca utilidad«. ¿…? Por aquella época también se anunciaban entre otros «Zenón Enríquez. Médico Odontólogo«, instalado en el segundo piso del número siete de la calle Alfonso XIII.

comerciosantiguosjamec

El Café Jamec siempre fue una institución emblemática en Cáceres.

O arrancaba, también, en su día, allá por el año 1935, el Café Jamec. Y que desde su apertura se volcó en crear ese gran mundo que hubo entre las paredes, con olor a café, claro es, a licores, a tertulias de altos vuelos y grandes sabores de ilustres miembros de diferentes sagas cacereñas y cacereñeadoras pertenecientes a los diversos estamentos representativos administrativos y con mando en plaza, y con sabor, también, a conspiraciones, a tratos ganaderos feriales, a lonjas agrícolas, a curiosos y esmaltados dibujos literarios sobre el paisaje urbano que desfilaba ante sus amplios ventanales. Dos palabras y nueve letras, en total, que dicen mucho, pero que mucho, en la historia y en el sabor, siempre impresionante de la ciudad de Cáceres: Café Jamec. Ahí es nada. Y, entre sus tertulias célebres de Aquellos Tiempos aquella en la que participaban, entre otros, Pedro de Lorenzo, prestigioso escritor, que alcanzaría la dirección adjunta del ABC, Dionisio Acedo Iglesias, una persona de exquisita sensibilidad periodística, humana y humanística, Jesús Delgado Valhondo, siempre poeta extremeño y extremeñista, que un día se alzara con la Medalla de Extremadura, y a la que se incorporaría, posteriormente, Valeriano Gutiérrez Macías, escritor, investigador, primer teniente de alcalde y Vicepresidente de la Diputación Provincial. El Jamec se despidió de la ciudad cerrando sus puertas, lamentablemente, en el año 1980. Pero así son las cosas, las circunstancias y los tiempos.

Unos tiempos, aquellos del correr y el acontecer del año 1935 en que es frecuente toparse en la prensa local con anuncios como el del establecimiento «Francisco Burgos Capdevielle» en el número 27 de la calle Pintores. Y también, por ejemplo, la publicidad de «Calzados La Bota de Oro«, también en el semanario «Cáceres» correspondiente al 5 de agosto de 1935, un anuncio y un establecimiento en el que se destaca, se supone que como signo de distinción y un más que claro reclamo de carácter publicitario, que sus zapatos «son los elegidos por toda persona elegante«.

sastrerialeon-lafalange1agosto1936Ya en 1936, en el número 11 de la calle Pintores, se podía ver en el periódico «La Falange«, de 1 de agosto de 1936, el anuncio de la «Gran Sastrería León«, y que trataba de captar a la hipotética clientela del Cáceres de siempre con la aparición en el mismo de su ofrecimiento y propuesta como «especialidad en uniformes militares y civiles«. Lo que hacía y llevaba a cabo, tal como se puede apreciar en la fotografía, a través de este curioso anuncio con unos dibujos muy característicos y muy acordes con la época que se vivía y desarrollaba en lo que venimos en denominar como Aquellos Tiempos. Ahora, claro es, llenos de nostalgias, de recuerdos y de los que nos hablaron nuestros padres, nuestros tíos, nuestros abuelos, tratando de dejarnos la huella de la impronta comercial de la calle Pintores.

Por aquellos días de 1937 ya aparecen anuncios en la prensa local, concretamente en el periódico «La Falange«, de la farmacia de «L. Escribano Calvo«, en Pintores 37. Periódico en el que también podíamos ver, en su edición del 4 de mayo de ese mismo año, el anuncio de «Hotel Jamec» como «Gran Restaurante, Instalación moderna y Gran Bar Americano«, y que llama la atención señalando «Sucursal: Pintores, 2«. Y un año después, en dicho periódico, concretamente el 29 de mayo de 1938, también se ve el anuncio de la «Casa Javato. Ferretería y Coloniales» en el número 1.

Por los años cuarenta ya estaba instalado el comercio de Paquito Burgos, apretujado e incrustado entre el estanco y la zapatería Martín, dedicado al panorama del mundo de los regalos, pero con preferencia a la imagen de cuestiones regionales: Muñecas con el traje típico de Montehermoso, postales de la ciudad de Cáceres, llaveros, cucharillas con el escudo de la capital…

Paquito Burgos era un personaje de relieve, siempre vestido con elegancia, atento, cordial, servicial… Y gran tertuliano.

Un día de 1975 Paquito Burgos fue distinguido con la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo. Ahí es nada.

La instantánea del cacereñísimo personaje, con su elegancia y porte habitual, corresponde al fotógrafo cacereño Juan Guerrero.

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Almacenes Mendoza, en fotografía de la colección y archivo de Laura Mendoza.

O, acaso, tal vez, ese otro señalado establecimiento conocido como «Almacenes Mendoza«, de un señalado sabor y muy larga presencia en la calle Pintores, que se ganó enseguida y en base a los más profundos esfuerzos de su creador un más que reconocido prestigio en el ámbito poblacional y comprador cacereño, a caballo entre las modas, las necesidades, las exigencias, la lucha de precios con y contra la competencia, la capacidad de convencimiento a la clientela y hasta las ganas de salir de casa, por necesidad, llegarse hasta Pintores, saludar a un montón de caras conocidas, y, de paso, adquirir algo, cualquier cosa, que para eso existen, sin lugar a ningún género de dudas, las filosofías y las políticas comerciales. Tan en boga, en la sociedad de hoy, por las exigencias de ese fenómeno que se llama la mercadotecnia.

comerciosantiguoselsiglo(teodoroordiales)O el mismo establecimiento conocido como «El Siglo», un gran bazar, propiedad de ese audaz empresario que fue Teodoro Ordiales, y que se introdujo en Pintores, desde el principio, con sabores de novedad y éxito económico, fruto de un trabajo ímprobo, esfuerzo, sagacidad y capacidad de riesgo.

Todo un desfile, pues, de muchos e importantes establecimientos que aportaron mucho trabajo, mucha iniciativa empresarial, mucho empleo y que, al tiempo, imprimieron mucho dinamismo y mucha vida a la que podríamos denominar, sin temor a equivocarnos, como archiconocida calle Pintores.

En ese camino de honduras y de sensibilidades comerciales, aunque también de preocupaciones y trabajo, la calle Pintores, para no engañarnos, siempre constituyó todo un lujo.

comeciosantiguos.callepintoresAllá por los años sesenta también figuraba en la calle Pintores el establecimiento de «Pérez. Moda Masculina«, que durante un tiempo se llevó la palma de las nuevas tendencias en ropa de jóvenes varones, y en la que, a la par, se elaboraban las sotanas de los padres de La Preciosa Sangre y miles de novios encontraban su traje para la ceremonia de boda. La fotografía que acompaños al parecer fue obtenida por Juan I. Pérez Rodríguez. Una tienda en la que trabajaban entre otros Crescencio, Tomás, Jesús Ojalvo y en la caja Begoña Pérez.

Una calle que, a pesar del cambio de su denominación oficial, de siempre estuvo dominada por la sensibilidad de la identidad popular y que, si un buen día, allá por el siglo XVI ya la denominaba Pintores, ahora, al cabo de los siglos, ya volvió a su nombre inicial. Acaso como un acto de justicia popular.

pintores1943El paso del tiempo, de forma paulatina, sin que nadie se diera cuenta, sin que nadie lo sintiera, sin que nadie se percatara de ello, iba ganando posiciones en su avanzadilla por lo que se conforma como el recorrido de la vida.

Ya en el año 1943 aparece en el número 41 de la calle más céntrica de Cáceres, la de Pintores, por mucho que la rotulación oficial la denominara como de Generalísimo Franco, la «Librería Escolar El Noticiero«.

Una tienda que, instalado en aquella rúa, de tanta transcendencia y repercusión socioeconómica e industrial, por la que desfilaba, sigue desfilando y continuará haciéndolo por siempre, ofrecía a su clientela sus servicios como «Imprenta, papelería y Objetos de Escritorio».

Los Talleres de la misma, tal como podemos acertar a leer en la factura adjunta, estaban instalados en el número 35 de la Avenida de Cervantes.

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Almacenes Pedro Terrón, en Generalísimo Franco, 3, en 1946.

Ya en los años cuarenta también figuraba instalado en el número tres de la entonces denominada calle Generalísimo Franco, como podemos apreciar, en la fotografía de una factura de aquel entonces, insertada al efecto en la margen izquierda, el establecimiento del industrial cacereño Pedro Terrón, y que por la numeración quedaba prácticamente orillada a lo que es la Plaza Mayor de Cáceres.

En la misma, tal como se puede distinguir, su dueño anuncia el local o la tienda como «Almacén de Alpargatas y Zapatillas, calzados de todas clases, cordelería» , y que, se supone, pues iba muy acorde con los tiempos de una determinada tipología social y que le debía de dar señalados dividendos como para mantener el mismo en uno de los semiesquinazos más cotizados de siempre en la capital cacereña.

Ni más ni menos que en un preciado lugar de la calle Pintores casi besándose con la Plaza Mayor, por donde siempre, y a todas horas, entran y salen, desembocan, cientos de ciudadanos dentro de los paseos habituales de los cacereños así como de visitantes y turistas que se llegan hasta la capital de la provincia.

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Dionisia Congregado, una mujer emprendedora y muy querida en Cáceres que, en su día, abrió en Pintores su tienda Modas Dioni.

Una calle, Pintores, que siempre se fue acoplando al cambio, paulatino, de los tiempos, convirtiéndose, al mismo tiempo, en ese escenario de la modernidad que iban marcando las agujas del reloj en el panorama de la moda.

Algo, la moda, en todos los sectores de la principal calle de la población, de mucho valor en el ámbito de la dinámica ciudadana. Camiserias, zapaterías, librerías, establecimientos fotográficos, cafeterías, tiendas de regalo, relojerías…

Una calle que, siempre, se llenaba de vida, de paseos, de charlas, de tertulias, de adioses, de saludos, de escaparates con sus luces y sus ricas aportaciones, de novedades o de rebajas…

Con uno de sus apogeos vitales en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo y donde lucían, con esplendor, toda una larga serie de iconos en el panorama de Cáceres.

Tal cual los que, por ejemplo, venían a representar, tan solo a título de ejemplo, y como ellos, cientos y cientos a lo largo de la historia de la calle Pintores, Almacenes Gozalo, Almacenes Correa, El Siglo, otros como Modas Dioni, Librería Vicente, Sobrinos de Gabino Díez, Librería-papelería Acevedo, Sobrinos de Gabino Díez

Y un muy largo etcétera repleto de iniciativas empresariales, de estampas humanas, de paseos Pintores arriba, Pintores abajo, de charlas distentidas, de tertulias, de vendedores callejeros con su mercadillo ambulante de todo tipo y condición tratando de ofertar gangas a la clientela que siempre llena de gentío la calle más comercial del Cáceres de siempre.

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La calle Pintores en los años 60.

Una calle, Pintores, ni más ni menos, todo un lujo y de la que, desde siempre, nos enamoramos, intensamente, todos los cacereños. Acaso por la hondura que de siempre emanó de su capacidad como centro comercial y humano, por la tipología popular y de encuentro, establecida a lo largo del tiempo, porque siempre fue un paseo de y para todos los cacereños, por la expresividad, por las sugerencias y por los atractivos en los que nos criamos con los versos y los poemas y las secuencias y las estampas y las imágenes y las conversaciones y las chácharas y las tertulias y los adioses por la calle Pintores, la más emblemática de Cáceres, desde que tenemos uso de razón. Lo suficiente como para decir:

— ¡Calle Pintores…! ¡Pedazo de calle!.

pintores,años80.autor Pfenning.archivogranaderoY una calle, la de Pintores, que allá por la década de los años ochenta del pasado siglo, ofrecía esta siempre atractiva y sugerente estampa, la de la izquierda, obra de Pfennigg, y captada del archivo de Angel Granadero. como una imagen por la que pareciera que no pasa el tiempo. Y no es que no pase el tiempo, es que, sencillamente, mirando hacia atrás, el tiempo vuela, que dirían, primero, mis abuelos, Gracia Gutiérrez Julián y Andrés Gómez Carrasco y, posteriormente, mis padres, Valeriano Gutiérrez Macías y Adoración Gómez Sánchez. Todos ellos, ya, que gloria hayan por los páramos por los que se hallen.

que ¡Ay, mi siempre querida calle Pintores, donde caminarla de la mano de mi padre era un suplicio de saludos, donde caminarla junto a la primera inquietud emocional afectiva siempre flota en el alma con eco en el corazón, donde pasearla con los tebeos de finales de los cincuenta y principios de los sesenta suponía un juego, donde transitarla con los libros bachilleres era un regüero de vivencias adolescentes y juveniles, y donde siempre se marca la huella, no se si irreverente, del paso del tiempo.

¡Mi querida calle Pintores…!

NOTAS:

1.- Para más información sobre François Capdevielle se puede consultar mi artículo MONSIEUR FRANÇOIS CAPDEVIELLE… BIENVENUE À CACERES, que figura en las secciones CACERES AYER y PERSONAJES, publicado en este mismo Blog.

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CALLE CALEROS, ¡PEDAZO DE CALLE…!

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La calle Caleros, una de las más antiguas, importantes y de gran sabor popular de Cáceres, por antonomasia, y que aparece, como tal, en documentos del siglo XIV, tras la reconquista de la Villa, surgió en la necesidad de la expansión de la ciudad ante el aumento demográfico y que comenzaba a crecer, ya en la Edad Media, más allá de la ciudad Intramuros conformando, por tanto, la zona Extramuros.

calle caleros foto blog pueblos de españa.

La calle Caleros es una de las de mayor sabor popular de toda la ciudad de Cáceres y que bordea la muralla.

El nombre de la calle Caleros tiene su origen en la costumbre de que los integrantes de un mismo gremio y actividad habitaran en la misma rúa, que, en este caso específico, bordea la muralla por su parte oriental, transcurriendo entre el Arco del Cristo y el Arco del Socorro. Precisamente la blancura es una de sus señas de identidad.

Acaso porque hubo un tiempo, largo, en que uno de los distintivos de la calle, del barrio, cuyo corazón es la calle Caleros, y de una buena parte de la ciudad, consistía, precisamente, en el encalamiento de las fachadas y de los patios, que se blanqueaban de forma periódica, lo mismo que el resto de las dependencias de las casas.

La calle Caleros, cuyo gremio de artesanos y comerciantes, fue, en su momento, y a lo largo de mucho tiempo, uno de los más numerosos de Cáceres, de acreditado prestigio, por la calidad de la cal, por la de los caleros, por la de la propia caliza y por los calerizos, fue, también, al comienzo de su nacimiento, claro es, uno de los arrabales de aquella villa.

Tal cual lo iban siendo otros barrios como el de Moros, por los que comenzaba a fluir, de forma paulatina, una parte de la vida urbana. Y es que, al parecer, en la misma calle Caleros llegaron a confluir en sus buenos tiempos más de cuarenta hornos que lograron convertir a la calle en una de las más industriales de la ciudad. Incluso, al parecer, en Cáceres hasta pudo haber, al tiempo, hasta cien hornos de cal, que se repartían, básicamente, entre la Ribera del Marco y El Calerizo y que con el paso del tiempo, poco a poco, irremisiblemente, iban desapareciendo.

Señalemos que las caleras, de una altura de entre dos y tres metros, eran hornos de combustión conformados de piedras superpuestas. Los caleros llenaban la parte superior de piedras de tipología caliza. El mismo se abría, por la parte baja, con una puerta por la que se introducía la leña para alimentar la elaboración de la cal, y que tenían que mantenerse en combustión entre doce y dieciocho horas. En función de la cal que pretendiera extraerse. Un oficio duro, severo, sacrificado. Pero que honró, y de qué manera, a la calle y a Cáceres.

caleros. rotulo. hoy.

La Calle Caleros muestra toda su profundidad y tipología popular en esta fotografía.

Un día, de hace ya siglos, pues, el Concejo de la Villa de Cáceres decide poner nombres de gremios a las calles y plazas. Como el de Caleros. En el callejero local figuran, asimismo, entre otras, calles con nombres como Pintores, Carniceros, actualmente Sergio Sánchez, Tenerías, Labradoras, Caldereros, Carreteros, Aperadores, Hortelanos, Hornos, Plaza de las Canterías y, muy recientemente, el Ayuntamiento honraba a todo Cáceres con la Avenida de las Lavanderas y Turno de Oficio, dedicada, claro es, al gremio de la abogacía.

Una industria, la de los caleros, de señalada importancia en la historia social y económica de Cáceres. Hasta el extremo de que el ex ministro y ex presidente del Gobierno, Segismundo Moret, le concedió tanta importancia que. gracias al descubrimiento de las minas de fosfato y de cal, emanado de la zona, logró llevar el tren hasta la boca de las mismas, generando una intensa actividad que posibilitó el alzamiento y construcción de un poblado de extraordinario relieve en la vida de la ciudad.

caleros. esquina caleros- villaobos 1960.

Una imagen de los años sesenta con una lavandera en la confluencia de las calles Caleros y Villalobos.

Una Villa, la de Cáceres, que en 1880, cuando aún no era ciudad, acordó poner en su honor el nombre de Barrio de Moret, que posteriormente pasaría a denominarse Aldea Moret. También el Concejo le nombró Hijo Adoptivo en el año 1881 y hasta le dio, en el año 1913, el nombre de una de las calles más importantes y transitadas del casco urbano. La hasta entonces denominada Cortes.

La calle Caleros, cuya armonía estética han sabido conservar a base de bien sus vecinos, sin que la misma pierda el menor relieve, lo que es digno de consideración, se abraza, en sus proximidades, a todo un inmenso río de rúas y plazas de entrañable sensibilidad como son Fuente Concejo, la Plazuela del Socorro, Ribera de Curtidores, Cada Adarve del Cristo, Calle Amargura, Cuesta del Marqués, calle San Roque, calle Alto de Fuente Frías… y todo un puñado de calles que se arremolinan en esta zona de una considerable transcendencia y repercusión en la historia de la ciudad de Cáceres.

Tal como marcan los cánones de la tradición, de la tipología y de la fenomenología social, popular y humana en el recorrido de la historia de la ciudad.

Una calle, siempre, cuajada de vida, de esfuerzos, de penalidades y, al tiempo, de un profundo cacereñismo…

Y que, como todos sabemos, desde siempre, por cierto, forma parte de la esencia, de la historia y de las dinámicas de la capital cacereña entre una inmensidad de sensaciones y de sensibilidades que, en modesta opinión, siempre, también, nos hacen vibrar el alma de cacereñismo.

caleros ermita vaquero. caminodeemaus

La ermita del Vaquero se alza en un esquinazo de la calle Caleros, donde vivía el pastor Gil Cordero.

En la misma sobresale la ermita del Vaquero, construida en el siglo XVII, sobre la casa del pastor y vaquero Gil Cordero, a quien se le apareció la Virgen de Guadalupe en 1326 en la puebla, en la Sierra de las Villuercas.

Tras una larga lucha por parte de los vecinos de la calle Caleros en el año 1667 Juan de Carvajal y Sande, aunque otros historiadores consideran que es Juan de Sande y Carvajal, Presidente del Consejo de Hacienda y Caballero de la Orden de Calatrava, procede a encargar la elaboración de la imagen de la Virgen de Guadalupe. Con lo que dio pie, ya, para la construcción de la ermita, que inicialmente llevaba el nombre de la que es patrona de Extremadura desde el año 1907, por cédula pontifical del Papa Pio X, y con el obispo Ramón Peris Mencheta al frente de la diócesis de Coria.

La consagración de la misma se lleva a cabo el 8 de septiembre del año 1668.

La ermita es obra de Sebastián de Acosta y en su portada se alza una hornacina con la imagen de la Morenita de las Villuercas como recuerdo para la eternidad. Su retablo, de madera policromada, es obra del brocense Juan Bravo.

Aunque, por esas circunstancias de la historia en sus páginas en su lugar durante unos cincuenta años se instaló una mancebía que se plagaba, ya en aquellos tiempos, de meretrices, colipoterras, alcahuetas y buscones de aquel Cáceres.

Una ermita que en su día cayó en el silencio y también en el olvido, por esas causas que ni la propia historia sabe explicar, hasta que, afortunadamente, a raíz de una reivindicación y movilización popular de los vecinos de la calle, allá por los años ochenta, se procedió al adecuado arreglo y adecentamiento de la misma, con lo que ya pueden presumir, con razón, de que tienen hasta una ermita y con una larga historia detrás.

Una calle en la que, como nota de especial curiosidad, en el número 23, allá por el lejano año de 1879, se ocuparon dos monjas francesas de la Congregación de las Hermanitas de los Pobres, fundada por Juana Jugan, de poner en marcha un asilo para atender a los más viejos y necesitados de la ciudad. Y en cuyas dependencias, tan solo podían cobijar a veinte ancianos.

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Dos vecinas de la calle Caleros encalando la fachada de la casa los días previos a la bajada y llegada de la Virgen de la Montaña.

Pero el hecho evidente es que la calle Caleros tiene solera, sabor popular, que se configura como una de las más emblemáticas en la historia de Cáceres y en la que lo más importante y significativo, además de su larga tradición histórico-popular, es, sin lugar a dudas, el paso de la imagen procesional de la Virgen de la Montaña, cada año, cuando la patrona baja desde el Santuario hasta la Concatedral para la celebración del Novenario.

Y que posibilita el que todavía haya personas, vecinos y familias que se agarran al mantenimiento tradicional de recibir a la Virgen de la Montaña en base a a esa tradición popular en el calendario y en la conformación de la calle de encalar, al menos, la facha de la vivienda, tal comos podemos apreciar en la fotografía, del diario «Extremadura» y correspondiente a este mismo año

Seguramente porque la calle Caleros vive el pulso y el pálpito de los segmentos del paso de la Virgen día a día. Y, con mucha mayor intensidad, claro es, a medida que se acerca su emocionada y emocionante bajada a la ciudad.

calle caleros virgen montaña 2015

La Virgen de la Montaña guarda, desde siempre, una especial simbología en el marco de la calle Caleros.

Un recorrido emocionalmente intenso desde que la Virgen de la Montaña es recibida en Fuente Concejo, por las autoridades y el pueblo, donde se le entrega el bastón de mando de la ciudad, a los acordes del himno nacional, y donde una inmensa mayoría de fieles y devotos de la Virgen, en definitiva, todo el pueblo, camina tras su patrona.

Ante tal acontecimiento todos los vecinos de la calle Caleros ya llevan un montón de días acoplando todo tipo de preparativos, empezando por el encalamiento de las casas, como ya hemos señalado. Una tradición que, lamentablemente, se va perdiendo por la callejuela y el rincón del olvido. Preparativos que arrancan en la emoción más intensa, y en donde se canta con alegría emocionada, se baila porque lo pide el cuerpo, se reza porque lo solicita el alma, se llora porque se escapan las lágrimas y sus gentes se emocionan hasta lo más hondo porque no se puede contener el alma.

La Virgen de la Montaña, conocida también popularmente como la cacereña más bonita, entra en la calle Caleros al ritmo del «Redoble«. Desde las balconadas y ventanas de Caleros, en esa tarde inolvidable, histórica, con moldes de oro y humanidad y devoción, llueven pétalos, llueven besos, llueven canciones, llueven, a la vez, piropos y plegarias, llueven vivas que se escuchan hasta en el santuario de la Virgen. Quizás, incluso, más allá. Llueven fervores.

De principio a fin la calle Caleros, siempre con su patrona, es el lugar más sensitivo, emocionalmente hablando, para acompañar a la Virgen. Y donde, como se suele decir, no cabe ni un alfiler porque la devoción participativa se supera de año en año y hasta parece que la calle se revienta. Pero de hondura de conceptos tradicionales y religiosos.

Un día, pues, de lujo y de sentimiento devocional inmensamente calero. Tanto que un año alguien quiso desviar el recorrido procesional para que el desile procesional entrara a la Concatedral por la Avenida de la Montaña, el vecindario se puso de uñas y armó la marimorena. Pero la Virgen, camino del novenario anual, pasó, faltaría más, por la calle Caleros.

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El azulejo que distingue a la Calle Caleros como Hermana de Honor de la Santísima Virgen de la Montaña.

Allí se arremolinan miles de personas en un acontecimiento verdaderamente sensitivo. Por varias razones. Primera y más importante: Porque la Virgen de la Montaña pasa por su calle; en segundo lugar, por la fe y la devoción de todos los caleros o caleranos, si se me permiten las palabras; en tercer lugar, porque la calle Caleros es Hermana Mayor de Honor de la Virgen de la Montaña, tal cual reza en el azulejo que lo inmortaliza.

Una calle aderezada de vida, de colgaduras, de arcos, de mantones, de estampas, de colchas, de banderas, de flores, muchas, muchísimas flores, y, al tiempo, plena de olor intenso e inmenso de romero, de jazmines, de hierbas aromáticas.

Y es que la Virgen de la Montaña, como cuentan los vecinos, es, de siempre, calerista. Y allí, mientras los vecinos cargan con las andas, siquiera sea unos pasos, mientras otros se esfuerzan por rozar el manto, o la esquina de las andas, y nadie escucha el sonido de las horquillas, se mece y se baila al paso, entre admiraciones y toques de palmas, se escuchan las estrofas populares y los acordes del «Redoble«.

Una jota de pique, que se dice en términos folklóricos-populares, la jota típica popular cacereña, y en las que, desde que la misma, que emana del siglo dieciocho, se habla de la calle Caleros, con estas letrillas:

Las de la Calle Caleros
se lavan con aguardiente,
las del Caminito Llano
con agüita de la fuente.

O:

A las de la calle Caleros
la multa les van a echar,
por tener en los zaguanes
las tinajas de la cal.

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Muchas jóvenes cacereñas reciben a la Virgen y la acompañan hasta la Concatedral ataviadas con los trajes típicos de campuza y de montehermoseña.

Muchas jóvenes reciben a la Virgen con el traje de campuza, el traje típico y popular de la ciudad de Cáceres, engalanadas con el pañuelo de mil colores, con refajos, con polleras, como muchas son las que la reciben vestidas, de forma elegante y airosa, bella, armoniosa, con el traje típico de Montehermoso.

La calle Caleros se transforma en una algarabía de músicas, de exaltaciones. La Banda de Música Municipal y la de la Diputación Provincial, siempre con la Virgen, interpretan aires populares y pegadizos. Por allá, el pueblo, por acá, la tuna, dejando su capa al suelo para que pase la Virgen sobre las mismas.

Y en el centro, con el manto que le regaló el Ayuntamiento con motivo de las bodas de plata de su coronación canónica, el 12 de octubre de 1949, con el escudo de Cáceres en el delantal, la Virgen que, a lo largo de nueve días de estancia en la Concatedral, va a recibir miles de peticiones y de oraciones y de deseos y de preces y de miradas y de lágrimas y de deseos y de angustias y de sueños y de ofrendas y de flores y de esperanzas y sugerencias y de anhelos y de promesas inveteradas…

Una calle con sabor y pulso propio y que figura, por derecho propio, en las páginas de la historia de Cáceres. Por la calle en sí, por el barrio y, también, por sus gentes. Y una calle que se ha ido plagando, a lo largo de toda su historia, de las más variopintas imágenes, de todo tipo y condición popular.

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Un piconero por la calle Caleros en el año 1961.

Por ejemplo, a pesar de la severidad que había en el fondo de la misma, la de estos carboneros que, arrancando en las gélidas madrugadas invernales de pueblos cercanos a Cáceres, a lomos de un burro, cobijados bajo una manta, la gorra calada hasta las orejas, ya andaban a eso de primera hora de la mañana pregonando sus mercancías con las que se ganaban la vida, a base eso sí, de muy duros esfuerzos y muchas calamidades y mucha hambre.

La estampa, ay, de los piconeros y carboneros que no paraban de caminar por el recorrido urbano, en el sudor del día a día, para calentar los fogones y los braseros de los hogares cacereños que en esos inviernos de Aquellos Tiempos tenían que echar mano del siempre socorrido recurso del carbón y del picón.

Una calle cuajada de sabor, de eternidad, de estampas como las dos que figuran a la izquierda de estas letras hilvanadas con esa sensación de cómo va pasando el tiempo sin que caigamos en la cuenta del transcurrir del mismo, hasta que no nos topamos con este tipo de imágenes.

aguadoras por la calle Caleros (Julita G. Parra, NO ERES DE CC si...)Lo mismo que por aquellos tiempos, ay, de entonces, desfilaban, con mucho amor y sufrimiento, con extraordinario corazón y un impresionante esfuerzo, mujeres de pasión y miles de sudores, repletas de sacrificio y de sensibilidad, de hondura, que caminaban, una y otra y otra vez por aquella calle Caleros, arriba y abajo, abajo y arriba, a la fuente y de la fuente, tal como se aprecia en la imagen, como lo hicieron durante muchos años por tantas y tantas calles, con cántaros de barro, y a por el agua. Al cuadril, clavados en la cadera, y encima de la cabeza sobre un rodillo…

Mujeres, siempre de un gran fuerza y coraje, que salía de lo más profundo de sus adentros. Y a las que hoy, como siempre, testimoniamos nuestro cariño y agradecimiento. Como ejemplo de todas ellas podríamos citar, entre otras muchas lavanderas cacereñas a Lorenza, «La Gata«, que según señala en uno de sus artículos de la sección «Ventanas a la ciudad», era «un compendio de tradiciones cacereñas«, cuando se reunían los vecinos por la Navidad y cantar romances y villancicos con la pandereta, con el almirez, con la zambomba y también, claro es, con la botella de panete.

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José Luis Franco, Franquete, que naciera en la calle Caleros, es Hijo Predilecto de Cáceres.

En la calle Caleros nació, por ejemplo, un cacereño de una talla humana inmensa, como es José Luis Franco, conocido por todos como Franquete.

Su bonhomia, su alto grado de cacereñismo, su generosidad, han llevado a que Franquete sea Hijo Predilecto de Cáceres, ciudadano bondadoso y ejemplar, amigo de todos.

Franquete es, por encima de todos, como ha dicho miles de veces, cacereño, cacereñeador y cacereñista, y que ha hecho del cacereñeo su vida. Amigo de todos, al servicio de todos, Franquete, radiofonista, humorista, vital, es hijo de José Franco, que trabajara de conductor con don Pablo Vioque, y de María, y desde niño ya se ganó el cariño y la admiración del todo Cáceres.

Y que cada día que pasa, en los compases de la propia vida, figura como uno de esos cacereños que se ha ido labrando, desde siempre, esa imagen de cordialidad, de generosidad, de bonhomía, de cacereño ilustre, siempre cercano a todos, siempre incardinado en el corazón de la ciudad con su más profundo cacereñismo,

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Santos Benítez Floriano, Cronista Oficial de Cáceres, también vino al mundo en la calle Caleros.

Y de la calle Caleros también emana la saga familiar que arranca con Santos Floriano González, que ya en 1900 regentara en la Plaza una imprenta y una droguería. Y en esa cacereñísima calle nació Santos Benítez Floriano, que antes de ser designado Cronista Oficial de Cáceres fue Premio Extraordinario de Bachillerato, licenciado en Geografía e Historia, director del Patronato de Turismo, Artesanía y Cultura tradicional. También es mayordomo de la Cofradía de Jesús Nazareno y de la Virgen de la Misericordia.

Y en la calle Caleros también nació Rafaela García, que a los nueve años de edad ya trabajaba, para ganarse el pan con el sudor de su frente, lo que se dice pronto, pero que muy pronto, de niñera en el palacio del Conde de Canilleros, y que fue homenajeada hace escasos meses por el Ayuntamiento al haber cumplido los cien años de edad, en medio del cariño de toda la larga estirpe familiar que la sigue en el ritmo de la vida en Cáceres.

Una calle, de y desde siempre, con una larga lista de personajes que se fueron y se van incrustando en las páginas de la historia de Cáceres por una variada muestra de sensibilidades.

Calle que marcha entre piedras y lavanderas, entre caleros y saetas, entre crónicas de la historia y oraciones al altar de la Montaña, entre silencios, que dormitan en el seno de la ciudad, y pasiones que se agigantan en el transcurso del tiempo como uno de esos señeros pasos de la propia capital cuando cualquier vecino, de la calle Caleros o de cualquier otra calle, se acerca a la mimsa y va viendo, paulatinamente, el sosiego sereno del camino.

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Teresa, La Navera, vaya voz, le canta al Nazareno desde su rincón en el Adarve.

Teresa Macías, la Navera, seguramente la saetera más popular de todo Cáceres, también vivió un puñado de años en la calle Caleros, y donde se fue a vivir nada más casarse. Una calle en la que Teresa, a la que quería todo Cáceres, fue la mar de feliz. Sobre todo cuando cantaba, lo que hacía de maravilla, y, más aún, en su recuerdo de aquellas Navidades, como nos relata su hijo Fernando Montes Macías, en las que se reunían los vecinos y se lo pasaban pipa entre villancicos al ritmo de zambombas, panderetillas, almireces, guitarras, botellas de anís, botellas de panetes, castañuelas. Y, claro es, con mantecados, mazapán, turrón, polvorones y sidra en la celebración navideña de paz, amor y felicidad.

Pero lo suyo fueron las saetas que recorrían el alma, la esencia y el paisaje de las emociones en la Semana Santa al ritmo de los desfiles procesionales y el paso de Vírgenes y Cristos. Tan es así que Cáceres ha inmortalizado con un azulejo el Rincón de Teresa, la Navera, incrustado en el callejero de la ciudad, allá, en El Adarve, en lo que fuera la Casa-Palacio de los Pererros, en la inmensidad del corazón de la Ciudad Medieval.

Un lugar privilegiado, en esencia, desde el que, en medio de un impresionante silencio, sin ruido alguno, con todos pendientes de su voz, Teresa, nuestra querida Teresa, se arrancaba e impregnaba los latidos del corazón de todos, mientras se nos compungía el alma al paso del Nazareno, en la Procesión de la Madrugada o del Cristo Negro, con aquellas sublimes letras que salían de la reflexión serena de don Miguel Muñoz de San Pedro o de ese poeta de Ahigal, Juan García, conocido como el Cartero-Poeta. Una de las letras decía:

Con las alas de un mosquito

hizo la Virgen un manto

y le salió tan bonito

que lo estrenó el Viernes Santo

en el «intierro» de Cristo.

Como allí, en la más que cacereñísima calle Caleros, en su número 53, Narciso Mangut Gaspar, casado con Vicenta López, que, en su día, puso en marcha su negocio con un horno de cal, allá en el Camino de maltravieso, y que heredaría, posteriormente, su hijo Baldomero. Por aquellos pagos de Caleros también vivió, por ejemplo, Agustín Vaca Holgado, calero asimismo de profesión, hijo de Sebastián, también calero, y de una lavandera, Dioni Rebollo, que es de las que blanquea la fachada de la casa de año en año en los días previos a la bajada de la Virgen. Por allí también se andaba Tomás Holgado, perteneciente a una familia tan popular como son los Cachichi, como estaba La Salva, con su tienda de chucherías mil, que arrastraban a una legión de chiquillos…

Y como estaba la lavandera de siempre, Lorenza, la Gata, que según señala en uno de sus artículos de la sección «Ventanas a la ciudad«, era «un compendio de tradiciones cacereñas«, cuando se reunían los vecinos por la Navidad y cantar romances y villancicos con la pandereta, con el almirez, con la zambomba y también, claro es, con la botella de panete.

Una calle, Caleros, con c de Cáceres, con c de costumbrismo, con c de cordialidad, con c de cariño, c de corazón que vuelan hilvanados en la esencia de su magia.

Y una calle que en el año 1952 aparecía con ese profundo sabor que podemos apreciar unas líneas más arriba.

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Azucena Alvarez, que puso en marcha el grupo de Facebook «No eres de Cáceres si…» vive abrazada a la muralla en la calle Caleros.

Y en la calle Caleros vive y saborea el paladar del costumbrismo y de su vitalidad Azucena Alvarez, que regenta la papelería El Atril, en la calle Roso de Luna, y que echándole mucho amor propio y pasión a la ciudad puso en marcha hace un tiempo un grupo de Facebook, denominado «No eres de Cáceres si…«, en el que constantemente aparecen fotografías antiguas y modernas, historias de los personajes célebres, de sus actividades, de sus paisajes, de sus gentes, de sus costumbres, de sus añoranzas, como aparecen poesías. Todo un puzle, por consiguiente, de vital calidad histórico-documental, social y participativa en el Cáceres de hoy.

Una calle en la que también vivió Teresa Sánchez Romero que, nacida en el 44, y con escasez de diversión ciudadana infantil confesaba a Cristina Núñez en el diario «Hoy«, en marzo de 2013, que con diez o doce años ya escribía obras de teatro para sus amigas y que representaban en los zaguanes de Caleros.

Una casa que, lamentablemente, se vendió en su día, lo que le costó a Teresa sangre, sudor y lágrimas, y que sigue escribiendo mucho sobre la Ciudad Histórico-Monumental de donde guarda inmensos, profundos recuerdos de cuando su paso por las carmelitas.

Hay que decir y dejar constancia, asimismo, para que se lea en todas partes, que la calle Caleros, tal como se va viendo, y como tratamos de ir dejando constancia, paulatinamente, es mucha y buena calle, con el sabor de la historia, con la hondura de sus gentes, desde muchas generaciones ha, con el hechizo que emana de su propio nombre en el callejero cacereño, Caleros, y que destaca, sobremanera, como una calle de un impresionante sabor escénico que nos llena a todos de profundidad cacereñista.

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El imán Brazim El Azifi en la mezquita de la calle Caleros

Una calle en la que en el año 2006 se abrió la primera mezquita, denominada Tuba, cuya traducción es clemencia, Más concretamente en el número 11, donde anteriormente se asentaban los miembros de Testigos de Jehová, como lugar de culto, de encuentro, de escuela coránica y de lengua árabe para los más pequeños. Una mezquita considerada como por los mismos como símbolo cultural y de identidad, y con Brazim El Azifi, natural de Kenitra, cerca de Rabat, como primer imán. O, lo que es lo mismo, primer guía espiritual.

Y una calle, también, de la que María Hurtado Pérez, que se declara CATOVI, o sea, Cacereña de Toda la Vida, escribía el 30 de julio de 2013, en la web «Asuntos de Familia«, un texto titulado «Diario de una madre de provincias«, en el que tras señalar que si personalmente creía alcanzar el summum del cacereñismo al irse a vivir a la calle Caleros, un día uno de sus hijos, con tan solo cinco años, le espetó: “Mamá, nosotros no vivimos en la ciudad”, porque para él «Cáceres es Cánovas, La Madrila, Los Fratres o Moctezuma pero la calle Caleros NO es Cáceres, para él este barrio es simplemente…la Plaza”.

La autora finaliza señalando que «Tal vez mi hijo tenga razón y la ciudad de verdad comience en Cánovas. Yo me quedo con la parte antigua, la vida de barrio de Caleros y sus casas«.

CALLE CALEROS POR PABLO DONCEL

Así pintó en su día nuestro querido amigo Pablo Doncel, 1935-2015) la calle Caleros con la Iglesia de Santiago al fondo en una bella perspectiva…

Mientras tanto se va tejiendo, también paulatinamente, poco a poco, pero sin descanso, ese proceso de revitalización y renovación generacional, social y convivencial de la calle Caleros, que arranca con el Plan Urban-Calerizo en el que se especifica que trata de «reactivar económica y socialmente las ciudades y los barrios en crisis con el fin de fomentar un desarrollo urbano innovador y sostenible», aumentando de día en día la población joven que se interesa por vivir en el área extramuros del Casco Histórico-Artístico. y los comercios, de diferente tipología, abren, poco a poco, cada día más, las puertas de la ilusión.

¿Es el florecer de la Calle Caleros?

Seguramente, sí. Y ojalá no nos equivoquemos. Una calle, en suma, que desborda el más hondo y profundo sabor y calado a lo largo de la historia de Cáceres, y que siempre se encuentra en el epicentro de la ciudad por la hondura de su tradición y de sus tradiciones, de sus vivencias y hechos y logros e inquietudes, tan arraigadas en el pulso existencial de la misma, mientras todo su vecindario, a una, como en Fuenteovejuna, sigue trabajando, de forma esmerada, por la mayor y mejor recuperación de la misma y de todo su entorno, en la esperanza, claro es, del mejor futuro para todos.

Una calle, sencillamente, y nada más y nada menos, llamada Caleros. Lo que supone y mucho, ya de por sí, en nuestra ciudad. Y , además, enclavada en uno de los lugares más emblemáticos y más significativos y señalados de una ciudad, Cáceres, que, como la de Roma, es eterna. ¡Pedazo de calle…!

NOTAS:

01.- La primera fotografía, con el rótulo de la Calle Caleros, firmada por Ñirre está captada del blog pueblosdeespana.

02.- La segunda, mostrando la profundidad de la calle Caleros está captada del periódico «Hoy«.

03.- La fotografía de la ermita del Vaquero está captada del blog caminodeemaus.

04.- Las de la Virgen de la Montaña en la calle Caleros, el día de la bajada de Virgen, correspondiente a este año, la de la placa que distingue a la Calle como Hermana Mayor de la Virgen y la de las jóvenes ataviadas con el traje típico están cedida por ese  gran cacereñeador y amigo que es Fernando Montes Macías.

05.- La fotografía de Franquete, Hijo Predilecto de Cáceres, está captada de la revista Nuestra Voz.

 

 

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NOCHE DE SOLEDAD EN MI CALLE MARGALLO, TAMBIEN MOROS

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NOCHE DE SOLEDAD EN MI CALLE MARGALLO, TAMBIEN MOROS

La calle Margallo, de Cáceres, también llamada calle Moros, fue uno de los ejes viarios más significativos de la ciudad durante mucho tiempo. Un día cualquiera la recorría, tantos años después. Y pude percatarme de cómo habían desaparecido aquellos impresionantes paisajes humanos de mi niñez y adolescencia. Mientras se me iban escapando unas lágrimas, que fluían por los carriles de la cara, al comprobar que, ya, nadie, me decía: «¡Hola!», «¡Adiós!», «¡Hasta luego!»…

La calle Margallo, en una imagen fotográfica de Ana Mari Roncero.

La calle Moros, como se la conoció prácticamente de siempre, de Cáceres, rebautizada posteriormente como calle Margallo, fue durante largo tiempo, una calle que estuvo llena de vida, de tiendas, de comercios, de carpinterías, de escuelas y colegios, de tinaos, de algunos despachos de diversa índole. Y que, al tiempo, estuvo llena de numerosos ciudadanos. Algunos de ellos, hijos ilustres de la ciudad, y personajes muy conocidos en el relieve social y humano de la ciudad de Cáceres.

 Una calle Moros, luego General Margallo, con un montón de comercios, de tiendas, de personas, de trasiegos constantes a lo largo de la historia y de los tiempos y que llenaban de vida a una de las rúas más largas y de mayor tránsito, en su tiempo. Primero, de lo que era la Villa, y, posteriormente, de lo que ya pasó a ser ciudad.

Una calle plena de humanidad, de hermosos tiempos que se fueron por la cuesta del paso del tiempo, lamentablemente, para no regresar en el jamás de los jamases.

Pero que, a la vez, nos marcó, durante mucho, largo y buenos años, infinidad de imágenes, de recuerdos, de paisajes humanos, de estampas, que se nos iban quedando grabados en el alma por y para siempre, gracias a los armónicos pasos del compás de la memoria. Entre saludos, charlas, tertulias, juegos, carreras, adioses… Y, siempre, claro es, repleto de esa inmensidad de sensaciones que emanan de los paisajes físicos de las casas, y, al tiempo, del paisaje humano que durante tanto tiempo nos acompañara en la vida.

callemoros-tallerdearmeriaycerrajeriaalmanaque1887Una calle, la Moros, de Cáceres, de la que, antes de pasar a denominarse con el nombre de General Margallo, queda constancia expresa, por ejemplo, en esta fotografía del anuncio que aparecía publicado en el Almanaque en aquellos lejanos tiempos, cuando corría, ni más ni menos, que el año 1887. Un tiempo en el que el empresario Rafael Laso, muy conocido en el sector de la Armería y cerrajería, se decidió a abrir un taller en el número 11 de la calle Moros.

Cómo han cambiado, ahora, ya, con el paso del tiempo, los paisajes físicos y los paisajes humanos del paisanaje de la calle Margallo…!

Siempre, en la radiografía existencial de la vida, Cáceres. Como un inmenso rayo de luz, como un arco iris de mil colores y danzas de fuego, como un horizonte interminable de hondura penetrante en el alma.

He cabalgado a lomos de la noche. Pero en silencio. Sintiendo, solo, el murmullo de la noche, los pasos de la reflexión, la honda y eterna llamada de Cáceres. Acaso para la confesión conmigo mismo, entre borracheras de soledad, el dulce sabor del cacereñeo, la paz del alma, las evocaciones del prisma de la vida.

Y me he lanzado, en tropel, desde la calle General Margallo, 96, donde me nacieron, donde pasé la magia de la infancia, las contradicciones de la niñez, las incomprensiones de la adolescencia, hasta los confines de la vida.

Justo en el límite donde desembocan los ríos espirituales del camino y, al tiempo, de mis propios pasos. Quizás, perdidos. Me dejé fluir, como cuentan los soñadores, los románticos, los nostálgicos. Pero quería más. Y hasta me dejé llevar de la mano, como cuando se la daba a mi madre, que trataba de encarrilarme junto a mi padre por los vericuetos educacionales para formar al hombrecito del mañana que se solía hacer el rebelde aunque, al final, acababa siguiendo los pasos paternos.

Aquella calle General Margallo, conocida en su día como calle Moros, que contemplaba dicha denominación, y que nació para acoger a los moriscos que el rey Felipe II deportó desde Las Alpujarras. Cáceres terminaba, en aquellos tiempos de entonces, hacia el Norte en la parte baja de la Judería Nueva, en torno a lo que hoy es Ríos Verdes y Santo Domingo.

Y una calle, la denominada como Moros, al tiempo, siguiendo el pulso, el paso y el pálpito de la historia que, a lo largo de unos días, allá a lo largo y el correr del año 1823, que fue escenario de sangrientas peleas entre las tropas liberales, comandadas por Juan Martín, el Empecinado, contra los realistas/absolutistas, que recibieron a los atacantes en medio de un profundo fuego, hasta que los primeros derrotaron a los segundos en medio de un derramamiento de sangre. Todo ello en ese pulso de la guerra que finalizó cuando los atacantes llegaron a tomar la entonces villa de Cáceres, dejando atrás, en los combates llevados a cabo en la calle Moros, todo un reguero de muertos.

GENERAL MARGALLO CACERES

El general Juan García Margallo, en retrato de la revista La Ilustración Española, y que da nombre a la calle.

A finales del siglo XIX la muerte del general Juan García Margallo, natural de la localidad cacereña de Montánchez, General de Brigada y Comandante General de la Plaza de Melilla, en la Guerra de Melilla, 1839-1893, que en el transcurso de uno de los combates fue abatido de tres balazos, hizo que se procediera al cambio de denominación, a petición, al parecer de los estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza de Cáceres.

En este sentido el periodista Fernando García Morales señala que confundiendo a esos moros medievales con los marroquíes, hicieron una manifestación para cambiar el nombre de la calle.

Si bien el Ayuntamiento de la ciudad procede a cambiar el nombre de la calle en el año 1893, con José Trujillo Lanuza como alcalde, cuando la misma pasa de la denominación de calle Moros a la de calle General Margallo y que se llevó a cabo como consecuencia del sentimiento de carácter antimarroquí que se produjo  a causa de la Guerra de Marruecos.

Una calle que, según el historiador Fernando Jiménez Berrocal, con el cambio de denominación, perdió gran parte de su historia al dejar atrás la toponimia, que siempre es un rasgo importante para los lugares. Una denominación, creemos, de gran calado social e intelectual.

Asimismo es de señalar que el General Juan García Margallo era bisabuelo del actual Ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García Margallo, como en su día le comentara personalmente el mismo, cuando era diputado de UCD, al periodista y autor de este Blog que se iniciaba, entonces, como joven cronista parlamentario de TVE.

Doblaban las campanas en el repiqueteo de la ciudad que se expandían por doquier. Y desde la calle Margallo, también Moros, emprendí un tránsito, tras soltar una lagrimilla ante los balcones por los que trepé en numerosas ocasiones, siempre llenos de flores. Una de las pasiones de mi madre. Flores en los balcones, en el pasillo, en la terraza, en el patio.

Retrato de Valeriano Gutiérrez Macías por el pintor extremeño Solís Avila.

Ya no aparecía por aquellos pagos de la ya lejana, pero siempre emocional y espiritual  calle Moros, o MargalloValeriano Gutiérrez Macías, (1914-2006), mi padre, maestro nacional, escritor investigador, historiador, autor de numerosos artículos y publicaciones, que se dejó siempre, en todo momento y lugar, lo que place subrayar en honor a la verdad, el alma por Cáceres. Coronel del Ejército, Primer Teniente de Alcalde, Presidente de la Comisión de Ferias y Fiestas, Vicepresidente de la Diputación Provincial, corresponsal de numerosos periódicos y revistas de carácter nacional, conferenciante, pregonero, con presencia en numerosos Congresos, Certámenes, Seminarios…

Y de quien se puede leer una semblanza de tintes biográficos, con el título de «Valeriano Gutiérrez Macías, mi padre«, en este mismo Blog, en la sección de «Personajes«…

En el mismo se trata de hacer un recorrido sobre el perfil, la hondura, la sensibilidad, el humanismo, la poesía espiritual y la entrega a la ciudad y a la provincia de Cáceres, que llevó a cabo desde siempre, un hombre tan sencillo y cercano como entregado a la panorámica  cultural, tradicional, social y popular por parte de Valeriano Gutiérrez Macías.

Lo que hizo, además, con la máxima entrega. Porque creo que es de justicia reconocerlo y dejar constancia expresa de ello para las páginas, siempre inmortales, que se van deslizando, de forma paulatina, alrededor de la historia y la vida de Cáceres.

Lo que siempre, claro es, llena y embarga el alma de las emociones más cálidas al pasar, al cabo de los años, por el asfalto de la calle Margallo, entre una ingente cantidad de emociones, de recuerdos, de sensaciones, de vibraciones, que desde siempre se apegaron a lo más hondo de mi propia existencia.

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Retrato de Adoración Gómez Sánchez, por el pintor Antonio Solís Avila.

Ni tampoco estaba Dorita, (1920-1988), mi madre del alma, como la llamaban sus amigas y mi padre, doña Adoración para otros. Una mujer esmerada, trabajadora, cuidadosa en el cultivo del hogar y tratando de sacar adelante un hogar con siete hijos, uno de los cuales, el más pequeño, Valín, de mis recuerdos inolvidables, falleció con tan solo ocho años. Esposa querida de mi padre, a la que dedicó una de sus publicaciones con un texto, tan sencillo como profundo, y que rezaba, solo y sencillamente, del siguiente tenor: «A Dorita, alma soñadora y poética, con mi amor de esposo«.

Como no aparecían mi abuelo paterno, Gracia Gutiérrez Julián, que con su paga de guardia civil sacó adelante cuatro hijos, ni tampoco aparecía mi abuela paterna, Estefanía Macías Acto, toda una vida de sacrificios a cuestas.

Lo mismo que no veía, en medio de la acuosa lluvia de mis lágrimas, todo un manantial de vibraciones emocionales y de hondura, a mi abuelo materno, Andrés Gómez Carrasco, que abandonó el campo de Herguijuela y llegó a alcanzar en aquellos complejos y nada fáciles tiempos el grado de Teniente de la Guardia Civil, ni la imagen de mi abuela materna, Patrocinio Sánchez.

¡Qué tristeza de lluvia de nostalgias, de recuerdos, de estampas, de fotografías, de radiografías humanas que se iban perdiendo, paulatinamente, casi sin que nos diéramos cuenta, en el compás del paso del tiempo!

¡Eran tantos los  vecinos, los paisajes, los escenarios, las anécdotas que transitaban por aquella calle desbordada de cotidianeidad ciudadana…!

En la fotografía el entonces teniente coronel Manuel Rodríguez Montero.

Y es que, en aquel paseo de soledades por la calle Margallo, sin adioses, sin llamadas de nadie que me dijera «¡Juanito…!«, para girar la cabeza entre las emociones de una voz conocida, no lograba encontrar ni a don Manuel Rodríguez Montero, (1915-1999), que llegó a alcanzar el grado de coronel y la jefatura del CIR Santa Ana número 3 de Cáceres.

Ni me encontré por parte alguna a su mujer, la siempre cariñosa doña Pepita Rodriguez, maestra, compañera en tantas tardes de cine y de café con pasta en compañía con mi madre, Dorita.

Ni, tampoco, porque la vida es así de fugaz y cruel, en ocasiones, a ninguno de sus hijos, con los que compartíamos una larga y cálida relación familiar. De  padres a padres y de hijos a hijos. Todos ellos compañeros de juegos, de paseos, de películas, de aventuras: José Manuel, Germán, coronel en Las Palmas, Conchita, Pili, Miguel y Jesús… 

¡Cómo se nos iba escapando, sin embargo, de las manos, el correr y el paso del tiempo que, sin embargo, emana de la propia vida…!

Paso a paso, segundo a segundo, día a día, sendero a sendero…!

Entre estampas que, tal vez, no tuvieran, entonces, mayor importancia, entre adioses y charlas, entre juegos y voces de vendedores ambulantes, en medio del ajetreo de aquel vecindario que nos marcara, un día, el camino de la vida a todos y cada uno de nosotros.

JUAN CHECA CAMPOS

Don Juan Checa Campos, eminente pedagogo, con parte de su alumnado en la fotografía de curso.

Habían cambiado, y de qué modo y manera, los paisajes físicos, los paisajes humanos del paisanaje y los parajes urbanos. Y me chocó que ya no estaban por aquellos lares mis compañeros del Perejil o Pérez Gil, ni la escuela de don Juan Checa Campos, cualificado maestro y pedagogo, que nos enseñaba hasta las reglas de urbanidad, nos metía en la mollera la geografía cantando a ritmo de sonsonete y de matraca las provincias de las regiones de España y la geometría con dibujos que elaboraba en noches de trabajo en su casa y con esmero docente ayudado por sus hijas, Geles, María Jesús, a la que los escolares llamábamos señorita Chuli, que llegó a ser senadora y preceptora del entonces Príncipe Felipe, y Pilar, aprovechando el reverso de los mapas de geografía.

Como tampoco estaban la muchachada de la pandilla del barrio y de las excursiones, clandestinas, al Paseo Alto, a la Charca Musia, acaso para echarnos el primer cigarrillo de anís, ni las miradas enamoradizas de los primeros años a las guapas chiquillas de la calle de siempre.

enciclopedia de grado medio

Con enciclopedias como esta se formaron numerosas generaciones de escolares cacereños.

Ni tampoco aparecía el profesor y maestro don Juan Muriel, siempre exigente, en el relato de sus alumnos, que enseñaba a escolares y a opositores, sobre todo para el Ejército y las Fuerzas Armadas, que dirigió durante mucho tiempo el Colegio de la Inmaculada, con la enciclopedia de Dalmau Carles, y que, posteriormente, sería la Escuela de don Juan Checa Campos, en cuyas dos escuelas, una como continuación de la otra nos formamos legiones y legiones de cacereños, bajo las enseñanzas de dos maestros de una reconocida talla pedadógica. Como resultan, claro es, los nombres de los citados, ya, anteriormente.

Dos profesores, dos maestros, dos enseñantes, dos pedagogos, dos educadores, don Juan Muriel y don Juan Checa Campos, que ayudaron a diseñar el recorrido de legiones de alumnos, en base a su calidad humana, a su preocupación por el aprendizaje de los escolares y a su infinita paciencia con todos y cada uno de sus alumnos.

Pero el recorrido de mis pasos, perdidos, sin sentido, por la calle Margallo, la calle Moros de siempre, tal cual figura en los anales de la historia, iban avanzando y pasando páginas del calendario.

Atrás quedaban, pues, los hechos, las anécdotas, los pasos, los juegos, las tertulias pegando la hebra, las parrafadas del vecindario del ayer…

Todo un largo de tiempo de emociones, de sensaciones, de vibraciones, del alma, y que nos llevaban de la mano, tal cual, de la propia vida.

¡Noche de soledad en mi calle Margallo…!

noche de soledad en mi calle margallo (antonio rubio. hoy.es)

Antonio Rubio Rojas, Cronista Oficial de Cáceres, y uno de los vecinos más ilustres de la calle Margallo.

Ni tampoco estaba el paisaje humano, de gran relieve cultural,  ni se escuchaba el vozarrón de los aprendizajes memorísticos de Antonio Rubio Rojas, que estudiaba Historia, por libre, como se decía entonces en la Universidad de Sevilla, y viajaba en un coche, quizás un Biscuter, en el que nadie se explicaba cómo cabía de pequeño que era su auto y alto de estatura del mismo, gran aficionado a los toros y posteriormente Cronista Oficial de Cáceres, mientras su padre despachaba objetos variados en su tienda de la calle General Ezponda, justo al lado de los agradables aromas de la pastelería Cabeig y el bar Amador.

Antonio Rubio Rojas nos legaría obras de tan extraordinario calado como «Cáceres, Ciudad Histórico-Artística«, «Guía Callejera de Cáceres» o «Cáceres, resumen de Historia Local«, «La Ruta de las Chimeneas«, como una Guía Turística por Malpartida de Cáceres, Arroyo de la Luz, Navas del Madroño, Brozas, Alcántara, Mata de Alcántara y Garrovillas…

margallo-rufinorubio.lafalange31agosto1936Y tampoco me encontraba, entre los vericuetos y perdidos rumbos de la calle General Margallo, cruzada con el nombre de Calle Moros, con la imagen de don Rufino Rubio Rosado, padre de Antonio Rubio Rojas, que regentaba un establecimiento de Ultramarinos , Loza y Cristal y que, según podemos  ver en un anuncio de la prensa cacereña de 1936, estaba situado en el número 6 de la calle General Ezponda. Pared con pared, por aquellos tiempos, ya lejanos, con la Pastelería Cabeig, de donde emanaban los ricos olores de la repostería cacereña.

Rufino Rubio se configuraba como un hombre cortés, aunque de estampa distraída, y muy aficionado, eso sí, a los espectáculos taurinos, con localidad habitual en la contrabarrera de sol, esquinada a la valla de separación con la de sombra, y a los que acudía, siempre, en compañía de su hijo. Otro gran entusiasta de la fiesta de los toros y que hoy nos acompañan en este recorrido por la eternidad del Cáceres de Aquellos Tiempos y que pudimos palpar, en lo más hondo, con toda su integridad. Con sus gentes, su paisaje humano, sus aventuras, sus anécdotas, sus estampas…

Me extrañé de mi calle de siempre porque apenas si la conocía. Al contrario, la desconocía. Me pudo la lluvia, la tormenta y el vendaval de los recuerdos ante una calle que ya, con el transcurso del tiempo, me había dicho adiós y despedido con pañuelos sin que yo me enterara porque aquello, entonces, válgame Dios, parece que no iba lo más mínimo conmigo, cuando luego, tan solo unas décadas después, el recuerdo emocional de los pasos y de los recorridos por los senderos y caminos de la vida te hace transitar en medio de un vaho, de un hálito, de todo un mundo de soledades.

Y, lo que aún resulta más doloroso, de miradas de paisanos indiferentes que ya no te dicen ¡Adiós!, ¡Hola!, ¡Buenos días!, ¡Hasta Luego!, ¡¿Qué hay?!… Y que, en el fondo, ni saben quién eres ni le interesas lo más mínimo. Pero, aún así, había que levantar el ánimo y continuar en este recorrido de recuperar las sensaciones, las imágenes y la belleza de alma de aquella calle Margallo, también Moros, de siempre.

No había forma humana de encontrar por aquellos pagos, porque la vida es así, el paisaje humano de aquellos años de ese hombretón extraordinario, alto, de gran humanidad, buena voz, muy trabajador y grandes principios que era Cayetano Polo Garrudo, Polito, 1922-1995, que vivía en Margallo, número 15, popularísimo radiofonista, y que desde las ondas de La Voz de Extremadura, antes de transformarse en Radio Cáceres, arrastraba, con su solidaridad, con sus mensajes, con su cacereñismo a toda la ciudad. ¡Qué digo, a toda la provincia!

Polito, diminutivo de su primer apellido, en contraste a que era un hombre de una talla inmensa. Gigante de altura y gigante de corazón. Y a quien conocía, prácticamente, todo Cáceres. «Polito es un gran tipo, buena gente, esforzado, extraordinario cacereño!, nos decía mi padre, mientras nos contaba anécdotas de y sobre Polito, todas ellas de una tipología humana, a la estirpe. Y a fe que don Valeriano no se equivocaba lo más mínimo. Polito cuenta hoy, afortunadamente, con una calle en Cáceres, muy cerca por cierto de la conocida con el nombre de Valeriano Gutiérrez Macías.

cantos de extremadura rondalla y coros colegio calasancio madrid

Portada del disco «Cantos de Extremadura», editado bajo la dirección musical del maestro Eduardo Castillo Duque.

Enmudecí ante la lluvia de los pasajes y los parajes de la vida con sabor a gratitud al Cáceres de mi alma, el que serpentea por mis venas, con los dulces y bellos acordes musicales del maestro Eduardo Castillo Duque, una eminencia musical, Juanito, me decía mi padre, y que se transparentaban artisticamente, desde la radiografía de la ventana, cuando ya había dirigido la grabación del disco «Cantos de Extremadura«. Todo un éxito de aquellos tiempos en Cáceres, con canciones y jotas tradicionales de la región, a cargo de la Rondalla y Coros del Colegio Calasancio de Madrid, con el dibujo de una montehermoseña en la portada, y que se esmeraba en bellas composiciones de todos los estilos, volcándose, afanosamente, en educarnos en la cultura y en la sensibilidad de la palabra mágica, decía con énfasis, de la Música. Para subrayar, posteriormente: «Y que representa una página cultural de gran importancia». Eduardo Castillo compaginaba su trabajo en la dependencia de la Eléctrica, con sus inquietudes musicales. Y, en el disco, entre otras, «Para subir la cuesta«, «El Redoble«, «Jota de la Uva«, «Copla de los quintos«, «Jota del limón«…

Y allá, en su casa, ya cerca del esquinazo que ocupaba el colegio de D. Juan Checa Campos, acudíamos algunos chiquillos a aprender los primeros acordes de la bandurria que nos impartía el profesor Castillo Duque con su magisterio humano y musical, que quede constancia.

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Gerardo García del Camino, Catedrático de Historia de la Literatura Española

Ni me encontraba la imagen, siempre amable, correcta y exquisita de una persona de la filosofía y el conocimiento de don Víctor Gerardo García del Camino, catedrático de Historia de la Literatura Española, un cualificado humanista de profunda sabiduría, director de la Biblioteca, creador del Primer Cine-Club  de Cáceres, como tampoco aparecía la imagen de doña Luisa Burgos, su mujer, cariñosa y muy cordial siempre, ni sus hijos, Luis, que componía bellas poesías ya en la adolescencia, Merche, Inocencio y Carlos…

Todos ellos buenos amigos, vecinos un largo tiempo, y compañeros en el paisaje y el panorama de los horizontes de la vida y hasta de la armonía de sus paisajes que se pintarrajeaban por aquella calle Margallo.

Y entre sus pasos, en los de las dos estirpes, las correspondientes a las de los García-Camino Burgos y los Gutiérrez Gómez, se abrieron esos lazos de buena relación, de amistad, que nacían en nuestros progenitores…

Pero el relato tiene, por fuerza, que seguir adelante en aquella caminata en soledad que me iba dando, paso a paso, con miles de fotografías en la mente, por una calle General Margallo que ya solo se conformaba como una soledad de llanto y de pena.

… Y, mientras tanto, yo soltaba un abanico de colores y de adioses…

Pero, ay, no respondía, ya, nadie…

Como tampoco andaba por aquellos pagos la familia Margallo, que eran nueve hermanos, uno de los cuales, Juan, optó por la vía del teatro independiente, en una profesión de hartas complejidades en función de los momentos políticos y que llegó a ser un señalado actor, director y autor teatral,  que fundó compañía propia, con la que alcanzó la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, concedida por el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes. y que también luce en su vitrina artística la Medalla de Extremadura con la que fue galardonado en su día por la Junta.

Ahí le vemos, a la izquierda, con un expresivo gesto artístico. Acaso como uno de los muchos gestos que se le deslizaran cuando nos trasladaba a la chiquillería de la calle Margallo sus dotes teatrales entre juegos, magia, diversiones y toda una variada serie de pormenores que, también, claro es, quedaban, ya, atrás. Como el propio rayo fugaz de la vida.

¡Qué recorrido de pena y de pesar, de silencios y de mutismos, de desconsuelos y de soledades…! Me sentía apenado, perdido y triste en esa andadura de arriba abajo y de abajo arriba por la inmensa desnudez de amigos y vecinos de la vieja, entrañable, impresionante calle vecinal de charlas, de encuentros, de saludos, de adioses, de recados, de amigos, de conocidos de toda la vida, como quien dice…!

Tampoco hallaba por parte alguna la imagen, siempre serena, bondadosa y amifa siempre, de Juan Manuel Cuadrado Ceballos (Garcíaz, 1935).

Sacerdote humano y humanista, vital, amable y cercano.

Juan Manuel Cuadrado Ceballos vivía enfrente, justo enfrente de mi casa. Y allí tuvieron lugar algunas confesiones amigas y hasta charlas confidenciales de aquel chiquillo que, en ocasiones, se debatía entre sus problemas y esperanzas. Y quizás nos podamos entender.

Juan Manuel Cuadrado Ceballos, (Garciaz, 1935) que llegó a ser director del Colegio Diocesano «José Luis Cotallo«, rector del Seminario Mayor, párroco de la iglesia de Santiago, y Vicario de Pastoral, toda una vida entregado a la defensa de su fe y a la bondad que emana de su alma, y que un día, allá por aquellos tiempos, quiso enfocar mis pasos hacia el Seminario, aunque en vano.

Era, aquel, todo un recorrido de silencios, de ausencias, de caras desconocidas, extrañas… Era, pues, un recorrido triste y opaco, penoso, como un largo calvario intentando, muy en vano, encontrarme con tantas y tantas y tantas imágenes de mi niñez y de mi adolescencia, que se habían perdido por la fugacidad del paso de la vida caminando, entre esos propios silencios en medio de un poema recitado en el clamor del desierto con las arenas volanderas llevándose la existencia.

JOSE LUIS RUBIO PULIDO

José Luis Rubio Pulido, sacerdote, organista de la Concatedral, de gran predicamento entre la juventud cacereña de aquel entonces.

Atrás, en la historia existencial de la niñez, la que se nos fue despidiendo, ya no se veía, tan siquiera, la habitación en la que me daba clases particulares el sacerdote don José Luis Rubio Pulido, que fuera capellán de las Trinitarias, autor de numerosas composiciones musicales, organista de la Concatedral, director del Coro, compositor y amigo de una gran parte de la juventud cacereña, que trataba de meternos las canciones populares, típicas y hasta de la moda en la mollera, como aquella canción, por ejemplo, que, en su boca, en su estilo, en su pasión, en sus deseos de enseñarnos por encima de todo, era un emblema más de su exquisita sensibilidad musical.

Como aquella canción que decía así:

Con el Guri, guri, guri,
que lleva la boticaria,
parece que va diciendo,
del Junquillo sale al agua.

Del Junquillo sale el agua,
de Medina sale el sol,
de Villarcarlos los rayos,
alégrate corazón.

Alégrate corazón,
aunque sea por la tarde,
corazón que no se alegra,
nunca cría buena sangre.

CUARTEL GUARDIA CIVIL CACERES 2

El antiguo edificio de la Guardia Civil, en la calle Margallo, hoy abandonado y desvencijado.

Se había despedido de mi vista el Cuartel de la Guardia Civil, de la Benemérita, en cuyo pasillo de acceso a las dependencias se podía leer en un arco que destacaba a la vista desde el exterior la máxima «El honor es la divisa del Cuerpo«, con el entonces teniente coronel José Moreno Antequera al frente de la 232 Comandancia de la Guardia Civil, y cuyo hijo, José María, compañero de andanzas juveniles, alcanzó el grado de coronel de la Guardia Civil. Ni estaba don José Moreno Morán, amigo y compañero de tertulia de mi abuelo Andrés Gómez Carrasco, ni aparecía la imagen de María de los Angeles Moreno-Antequera…!

No entendendía, sencillamente, nada de cuanto transcurría en la calle de mis amores del alma, de mi niñez, de mi infancia, de mi adolescencia, tan repleta de caras conocidas, y, ahora, tan desnuda de adioses…

Ni tampoco se hallaba el Cuartel de los Carabineros, a cuya puerta nació el primer bar de la calle, quizás fuera el de la señora Teresa, donde se despachaban chatos de vino y pistolas de tinto o del país en botellas de gaseosa de La Polar, que para los críos suponía una delicia dominical, refrescos de naranja y limón y alguna copa de sol y sombra o carajillo para los albañiles del regreso de sus tareas entre andamios, y a quien la chiquillería pedíamos las chapas para nuestros juegos, de fútbol, de carreras como si fueran coches entre pistas pintarrajeadas con tiza en el asfalto de la calle, como tampoco estaban aquellosa hermanos, los Almeida, que se conformaban como unos bichos y unos águilas, y campeones, siempre, del juego de la villorda.

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Juanita Franco, maestra, que en 1983 recuperó, a base de un gran entusiasmo, la Romería de los Santos Mártires.

Según iba caminando desde el Arandel hasta Margallo abajo del todo, o viceversa, con una lentitud pasmosa, mientras me recreaba con las estampas de tantos años, se me iba cayendo encima todo el peso y el pesar del mundo como un torrente de emociones que, por mucho que cabalguen por el alma, ya no volverán a aparecer con aquellos personajes, con aquellos vecinos, con aquellos conocidos, con aquellas caras amigas, siempre entrañables todas. Pensé en la fugacidad de la vida. Tampoco aparecía Juanita Franco Santillana, (1931-2015), maestra, que en aquel entonces vivía en Margallo, 85, enfrente justo del Cuartel de los Carabineros, y que fallecía en mayo de 2015, con ochenta y tres años, verdadera impulsora y recuperadora, allá por 1983, de la Fiesta de los Santos Mártires, San Fabián y San Sebastián, con la romería en el Paseo Alto, entre misa, canciones y danzas, y reparto de roscas de anís. Una fiesta que, según los datos, iniciaron sus antepasados, que fueron los mayordomos de los Santos Mártires.

Parecía que se había desplomado el decorado de la calle Margallo, también Moros, como en una película. ¡Cómo habían cambiado los paisajes urbanos, y, también, ay, los paisajes humanos con las que tantas charlas, adioses, saludos, compartimos en una infancia a las que nos unía el destino de la carretera y el tránsito de la vida por el paso, los surcos y hasta los trasiegos existenciales, emocionales y espirituales que de forma tan rápida pasan, acaso galopadamente, ante nosotros. Y, además, así, día a día, mes a mes, año a año, sin que nos diéramos y nos demos cuenta del paso, lento, sin pausa y sin prisa, de la propia vida que va trasegando hacia adelante, segundo a segundo, de una forma irrevocable.

¡Y es que resulta una lástima que aún no se haya inventado la máquina que pare el tiempo y detenga las agujas del reloj cuando quisiéramos hacerlo…!  

Pepi Suárez, con los Coros y Danzas de la Sección Femenina en 1959.

Mirando de forma detenida tampoco me encontraba con la siempre guapa y cariñosa Pepi Suárez, que trabajaba en la Guardería del Paseo Alto, directora del Grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina, al ritmo del Redoble, la Jota de Guadalupe, el Perantón, la Jerteña, la Jota Cuadrada, de Monroy, Los Pajarillos, los Sones de Montehermoso, la Jota de Alcuéscar o El Candil, la Carta…

Y que logró llevar a cabo una señalada labor con jóvenes y más jóvenes entusiasmándolos con la belleza y hondura de las canciones y danzas populares de la Alta Extremadura.

Y a la que vemos en las páginas de la revista «Mundo Hispánico«, correspondiente al mes de julio del año 1959, con motivo de la celebración de los Festivales Folklóricos Hispanoamericanos-Luso-Filipinos en Cáceres, creados, precisamente, entre otros, por Valeriano Gutiérrez Macías, que se dejó el alma y la vida en su lucha y defensa por Cáceres.

Como es el caso. también, de su larga serie de afanes por la rehabilitación y revitalización del Casco Histórico-Monumental de Cáceres, ciudad, hoy, Patrimonio de la Humanidad. Y con su Ciudad Medieval como un ingente atractivo para la visita continuada de miles de turistas que dinamizan hoy, creemos que bastante, la vida económico-industrial de Cáceres.

SANBLAS DON JOSE REVIRIEGO

Don José Reviriego Pedrazo, al frente de la ermita de San Blas, con los primeros monaguillos, como José Tomás Carvajal, sobre el que tiene puestas las manos.

Ni me encontraba la imagen, siempre entrañable, bonachona y humilde de don José Reviriego Pedrazo, un sacerdote de altas cualidades de trabajo pastoral en la entonces ermita de San Blas y que, en base a una tarea ímproba, a su humanidad y humanismo cristiano, a su conciencia social, en aquellos comprometidos y difíciles tiempos, desde una óptica socioeconómica, enfiló la parroquia hacia los mejores destinos

Quedaba tan atrás, como si el tiempo no hubiera pasado en una extensión de medio siglo, toda la gigantesca panorámica de la calle General Margallo, a la que iba pasando revista conmigo mismo, en medio de una nube de reflexiones, de silencios, de estampas, de imágenes, de despedidas y adioses de tanta y tan buena gente con las que la vida me permitió encontrarme en el camino.

Pero, en aquel recorrido, se imponía, por fuerza, el silencio.

Como se imponían infinidades de recuerdos, de juegos, de compases, de fotografías, de personas, entre adioses constantes.

Tiempos entrañables cuajados de vida en su consistencia por la propia configuración del vecindario.

Tiempos, pues, de adioses.

Tiempo, pues, de soledades.

Tiempo, pues, de silencios.

Tiempos, pues, que se desdibujaban por el campo de contenidas emociones

Luis María Gil y Gil, primero por la izquierda, recibiendo a un grupo de legionarios.

Tampoco lograba encontrarme o reencontrarme por parte alguna, por más que miraba de forma detenida, casi analítica, como no queriendo perder detalle alguno en mi visión, porque el esquema de la vida había dejado al medio más o menos un riachuelo de cincuenta años, lo que se dice pronto, pero que es ni más ni menos que medio siglo, la familia de don Luis María Gil y Gil, otorrinolaringólogo de prestigio, que anduvo de médico en la Legión, que fuera también concejal del Ayuntamiento de Cáceres y uno de los hombres de confianza del entonces alcalde, Alfonso Díaz de Bustamante y Quijano. Una familia que conformaban don Luis María, su esposa, Soledad Herreros, hija de Emilio Herreros, abogado, presidente de la Diputación y Presidente de la Comisión de Monumentos, y sus hijos Luis María y Soledad.

Todos ellos buenos amigos. Los padres, de mis padres, y sus hijos. míos.

Como casi todos los miembros y vecinos de la calle, como casi todos los miembros y vecinos del barrio, como casi todos los miembros y vecinos de aquel Cáceres, ahora apretujado entre lágrimas.

noche de soledad en mi calle margallo (jesus alviz. sierradegatadigital.es)

El prestigioso escritor y novelista Jesús Alviz

Ni tampoco existía, ya, tinao alguno, ni cuadra alguna, ni vaquería alguna, que tanto sabían, ay, de nuestras inquietudes, juegos y curiosidades de aquel puzzle misterioso y enigmático de la infancia, siempre agarrada, ay, a los pezones de los cuidados y mimos maternos y paternos. Ni tampoco se escuchaba el tecleo impenitente, incansable, incombustible de Jesús Alviz, 1946-1998.

Jesús Alviz fue un prestigioso novelista y escritor que nos dijo adiós con tan solo 52 años y en madurez, mientras dejaba desparramadas obras de tanto calado contestatario e inconformista de aquella etapa, como «Luego, ahora háblame de China«, 1977, «El frisónomo vino a Babel«, «El concierto de Ocarina«, 1986, entre otras, y teatro como «Inés María Calderón, virgen, mártir y ¿santa?«, 1985, junto a su señalado relieve de una literatura innovadora y comprometida en aquellos tiempos de entonces.

Adiós, pues, ahora, querido Jesús, con esa sonrisa que deja constancia, en la fotografía, mientras se me acumulan nuestras charlas y tu buen corazón.

ELEUTERIO MENDOZA YFAMILIA EN 1940

Eleuterio Mendoza figura, por derecho y mérito propio, en el escaparate de la historia comercial de la ciudad. de aquellos años…

Y andando despacio y desgarrado en mi soledad, a solas con mis propios recuerdos de la historia de la niñez y de la adolescencia cacereña en la calle Margallo, ay, tampoco aparecía la figura de aquel gran empresario, Eleuterio Mendoza Moreno, procedente de Arroyo de la Luz, que vivían frente al Cuartel de la Guardia Civil, creador e impulsor de los Almacenes Mendoza, primero en la calle General Ezponda, y, después, en la calle Pintores, junto al Precio Fijo. Uno de los epicentros comerciales más relevantes y señeros del Cáceres de Aquellos Tiempos.

Eleuterio Mendoza Moreno asentó su establecimiento primero e inicialmente en la calle General Ezponda, esquina a la calle Ríos Verdes, con una especie de multicomercio, desde alpargatas hasta ropa y desde garbanzos hasta chocolate para atraer, paulatinamente, la clientela que el mismo deseaba ir afianzando en sus dinámicas comerciales. Posteriormente, cuando fue imprimiendo el carácter y el cartel de su calidad, de su afabilidad, de su respeto y de su seriedad, como un buen cocktail de ingredientes, en el año 1958 ya procedió al adecuado traslado a la calle Pintores.

Tampoco se encontraban, ya, por los pagos de la melancolía, que se imponían tras el inapelable e implacable paso del tiempo, la familia de los Márquez Tosina de donde desciende la rama de sus hijos Diego, militar, y Emilio, médico. Ni tampoco se veía imagen alguna de la familia con los apellidos Hurado Ricafort. ¡Qué diferencia, ay, de la calle Margallo del Cáceres de Aquellos Tiempos a la de la calle Margallo, de hoy…! Ni tan siquiera se encontraban chiquillos jugando a la pelota, niñas saltando a la comba o haciendo un círculo con la canción del «Corro de las Patatas«.

Basilio Pacheco Ojeda y Ana Guerra Vallejo.

Ni aparecía por aquel sendero y aquel recorrido por la calle Margallo, sencillamente porque la vida es así de sorprendente, otro vecino, como resultaba ese buen amigo de mi familia, con domicilio en el número 73, el entonces capitán Basilio Pacheco Ojeda, (1902-1969).

Basilio Pacheco Ojeda, mutilado de guerra y ciego por arma de fuego desde los 22 años, a consecuencia de las heridas que sufrió en la contienda de Africa, donde fue un héroe, que alcanzara el grado de coronel, era una gran persona, que gozaba del cariño y consideración de todo el vecindario que se honraba con su amistad, con sus tertulias, con su generosidad.

Pero el caso es que en este recorrido, empañado de lágrimas de dolor por ese recorrido impregnado de ausencias humanas, tampoco aparecía su mujer, Ana Guerra Vallejo, , con la que todas las tardes caminaba hasta el Paseo Alto para respirar aire puro, decía, y también, claro es, para enfrascarse en una larga charla con don Aureliano Moreno, que llegara a alcanzar el grado de teniente coronel de la Guardia Civil.

¡Qué largo se hace, ahora, el camino en el recorrido del calvario de los adioses, de los encuentros y de los desencuentros, de las soledades de aquella siempre querida calle Margallo de mi alma…!

Puri Pacheco, bibliotecaria, Margallo, 37.

Ni tampoco figuraba ya, por aquellos lugares, de tanta sensibilidad emocional, la hija de don Basilio y doña Ana, anteriormente citados, la siempre guapa Purificación, (1929), que, tras estudiar Magisterio accedió a la Biblioteca, cuando la misma se encontraba en el Instituto Nacional de Enseñanza Media «El Brocense», accediéndose a la misma por aquella callejina que se encontraba tras la iglesia de San Francisco Javier. Puri, a quien conoce todo Cáceres, fue durante un tiempo Secretaria y Coordinadora de las Bibliotecas de la provincia de Cáceres, y, posteriormente, pasó a la Biblioteca de la Universidad Laboral. Purificación Pacheco fue una mujer que también se entregó junto a Juanita Franco y Luisina Harto en la recuperación de la festividad de la romería de los Santos Mártires, que anualmente se lleva a cabo junto a la ermita del Paseo Alto. Y lo que comenzó siendo un primer encuentro con un poco de patatera, de queso, y no mucho más, hoy ya se encuentra en el calendario de las fiestas cacereñas por excelencia.

— ¡Vaya un recorrido humano más doloroso y triste…!–, me dije para mis adentros.

Se hizo un silencio cruel, duro, severo, inhumano, triste. Y añadí:

— ¿Y mis vecinos? ¿Y mis amigos? ¿Y mis conocidos de aquella calle Margallo que tanto pateé y recorrí, con libros, entre juegos?

No respondía, claro es, nada. Ni, lo que es peor, nadie.

Lo mismo que a lo largo de ese dolorido recorrido, cuajado de ausencias y de silencios, como si de un vaciado del paisaje humano se tratara, entre soledades de toda soledad,  tampoco aparecía la figura de Basilio Antonio Pacheco.

Basilio Antonio Pacheco, como tantos y tantos vecinos de la calle Margallo, siguió, inicialmente, la carrera militar, Y tras alcanzar el grado de comandante del Ejército de Tierra, abandonó su trayectoria para ocuparse en los afanes de una agencia inmobiliaria.

Ahí está , en la fotografía, Basilio Antonio Pacheco Guerra el día de su boda y con Rafael García-Plata Parra y su hermana Purificación como padrinos del enlace matrimonial.

Aquella calle Margallo del Cáceres de Aquellos Tiempos ya no existía. Se me nublaba la vista en el mareo de la falta de vecinos, de amigos, de conocidos, de un recorrido interminable de adioses y saludos, de sonrisas y tertulias, de pegar la hebra, de echarse una parrafada o de darle a la húmeda. Que de las tres formas se explican las secuencias del encuentro de las charlas entre unos y otros.

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Enrique Baltar entrevistando a Antonio Díaz Miguel, entrenador del Real Madrid de baloncesto, en los años 70.

Ni se veía en aquel recorrido de silencios y de extraños paisajes, tan queridos por mí, a mi querido amigo y maestro en las lides periodísticas, Enrique Baltar Ruiz, persona de gran corazón, periodista en las columnas del diario «Extremadura«, con especial entrega al panorama deportivo, que lo bordaba. Entre otros motivos porque Enrique Baltar vivía y vive con pasión el Cáceres de los aconteceres y las noticias, de sus gentes y su actualidad, de sus perfiles sociales y humanos, de sus trasiegos ciudadanos al ritmo de andanzas periodísticas de la escuela de la vida.

También fue Jefe de la Sección Provincial de Turismo en la delegación ministerial en Cáceres, funcionario del Ministerio de Cultura, tesorero y vocal, en su día, de la Asociación de la Prensa de Cáceres.

Enrique Baltar Ruiz, una bella persona, compañero y amigo del autor de estas lineas, es un cacereño de esos que siempre saben hacer, cada día Más y Mejor Cáceres.

Todo un lujo, pues, de persona cálida, entrañable, cercana y conocedor, siempre, de los entresijos del ritmo del cacereñeo a lo largo de la historia. Todo un tiempo, en aquella larga caminata de la andadura, como un rosario interminable de secuencias, de estampas, de emociones, de fotografías, de saludos, de juegos, de charlas, de inquietudes, de carreras, de anhelos, de estudios, de crecimiento con el paso del tiempo, de un desfile continuado y eterno de muy cálidos y entrañables paisajes humanos de aquella calle Margallo de Aquellos Tiempos.

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José Luis Pérez Cambero, siempre Perche para todos. Un tipo extraordinario.

Ni tampoco se presentaba ante mis ojos el ultramarinos de Bernardo Cascos Paulín, cuyo hijo, llegó a ser un cualificado baloncestista que paseó con orgullo el nombre del San Fernando, todo un conjunto emblemático, que arrastraba en masa a la juventud cacereña en apoyo de sus colores.

Como hizo un tipo extraordinario, también de la calle Margallo, José Luis Pérez Cambero, al que todos conocíamos por Perche, que también destacó defendiendo los colores del baloncesto local en un esfuerzo sin precedentes y en base a todo tipo de sacrificios, como pudimos vivir junto a ellos, auténticos legionarios del baloncesto, que lograron unas cotas de extraordinario relieve.

Sencillamente, una cota de señalados logros la que fueron consiguiendo Perche y otros buenos jóvenes de la calle Margallo, siempre conocida como Moros.

Y es que aquella calle Margallo, la que se pespunteaba entre los años cincuenta y sesenta era y se configuraba, a la vez, como un mundo cuajado de buena gente vecina, de buena gente amiga, de buena gente en las dinámicas humanas… De beuan gente en las dinámicas sociales…

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Manuel Arroyo Fernández, Club San Fernando.

Por cierto, y hablando de margallianos y baloncestistas cacereños. La calle Margallo se distinguió por otros cualificados jugadores como fueron Manuel Arroyo Fernández, Lete, una persona la mar de agradable y cordial, ingeniero técnico industrial, siempre querido por todos, a quien vemos en una fotografía reciente…

La verdad es que la calle Moros/Margallo aportó en el Cáceres de Aquellos Tiempos duna cualificada serie de destacados miembros para el deporte de la canast

Vecinos de la calle Margallo que, de haber coincidido en el mismo tiempo podrían haber conformado un «cinco» bastante competitivo e ideal en las canchas baloncestísticas defendiendo la bandera del deporte de la canasta local y que tantas jornadas de gloria dieron a todos los cacereños y cacereñas, a caballo entre las canchas de Talleres Municipales y del Colegio de San Antonio y en las canchas de tantas ciudades a caballo de las competiciones en las que tomaban parte los mismos.

Es el caso, además de los ya citados José Luis Pérez Cambero, a quien todos conocíamos como Perche, y de Manuel Arroyo Fernández, Lete, de siempre y para todos, de otros notorios baloncestistas como es el caso de Bernardo Cascos, al que vemos en la fotografía, que se inició en la cancha del Colegio de San Antonio y de manos del entusiasmo colectivo que creó en el centro educativo de los franciscanos el siempre muy querido y añorado Padre Agustín Barrios.

Otros buen jugador de baloncesto, que vivió por aquella época largo tiempo en la calle Margallo, y que formó parte de aquella esencia de la histórica rua cacereña, fue Esteban Ayúcar de Soto, que se inició en el equipo de baloncesto de Acción Católica, y en la estrecha cancha del Palacio de la Generala y que, desde muy joven, se convirtió en otro de los señalados practicantes y difusores del baloncesto cacereño.

Rafael Rodríguez Salas.

Y es que con jugadores y personas del calibre y del amor propio como el que desde siempre plasmara y dejara constancia mi querido amigo Rafael Rodríguez Salas, no era difícil, no, seguir la línea de cualquier objetivo.

Una persona de excelente factura humana, de gran coraje, de profundo amor propio y que con su quehacer dejó constancia de unas cualidades que le distinguieron sobremanera.

Destacó, de modo especial, en el terreno del baloncesto. Primero como jugador, donde dejó una gran y profunda huella, sobre todo, y fundamentalmente, por su espíritu deportivo y por su capacidad de superación.

Y, posteriormente, por los caminos de sus compromisos desde la Federación Cacereña de Baloncesto, donde llevó a cabo numerosas actividades, más tarde en sus responsabilidades dentro de la Federación Extremeña del Deporte de la Canasta, y, posteriormente, en la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura.

Fallecido en septiembre del año 2016 Rafael Rodríguez Salas se despidió de los cacereños con la Primera Insignia de Oro de la Federación Extremeña de Baloncesto y que le fue concedida e impuesta, en un acto repleto e invadido de emociones, en el año 2006. Rafael estaba considerado como uno de esos máximos activos en el crecimiento, en el desarrollo y en la evolución del baloncesto en Extremadura.

Lo mismo que destacó otro jugador de señaladas facultades profesionales como fue mi querido amigo Luis Guillén Zancas, de gran coraje y empeño, de pundonor, que también dio y entregó lo mejor de sus facultades en pro del baloncesto de Cáceres.

También, por supuesto, citar a Jesús Sanguino, otro nombre legendario en el panorama de las aportaciones de la calle Margallo al mundo del baloncesto.

Gestos, hoy, mirando hacia atrás, muy de agradecer.

Acaso porque todos ellos, juntos, podrían haber conformado un gran equipo de baloncesto denominado, por ejemplo, Club Baloncesto Calle Moros. La hinchada, desde luego, habría estado, a buen seguro, con todos ellos.

Todos ellos, puedo dar fe, humana y periodísticamente hablando, buena gente, esforzados deportistas, que lograron hacer del baloncesto en Cáceres, junto a otros muchos, un esquema colectivo de ilusión, de afición y de pasión.

Y a fe que lo consiguieron a base de un entusiasmo y de una constancia heroica y sin límites. De lo que hay que dejar constancia en honor a todos ellos.

Antonia Fernández Hidalgo, comadrona. Margallo, 50.

Y, precisamente, por ese motivo de las soledades y de las ausencias, casi escritas en el lento pero decidido marchamo de la calle Margallo, como el de la propia vida, ya no me encontré, tampoco, con la familia Fajardo Hernández, que vivía en el número 50 de la calle, posteriormente 52, con Antonita Fernández Hidalgo, (Madrid, 1923), la comadrona, madre de Juan Antonio, y que vio nacer a medio Cáceres, como se dice coloquialmente, en el ejercicio de sus funciones auxiliares en los partos, allá en la Casa de la Madre.

Y que también dejó sus labores de enfermera y comadrona, o matrona, como se decía, en la Clínica del Trabajo del Instituto Nacional de Previsión, en la clínica de la Consolación, del doctor Juan Pablos Abril, en la clínica del doctor don Andrés Merás, en la clínica del doctor Mingo…

Antonita, como la conocía prácticamente el todo Cáceres, era una institución. Unja distinción popular y social del callejero cacereño que la misma se ganó a pulso por su cariño, dedicación y profesionalidad de esmero.

Curiosa, llamativamente, un día cualquiera, en uno de los balcones de su casa, Antoñita, la comadrona por excelencia de Cáceres, puso ese curioso y llamativo rótulo, que llamaría la atención de todos por su originalidad, en el que se podía leer: «Antonia Fernández Hidalgo. Profesora en Partos«.

Juan Fajardo Patrón, (1919-1960), un cacereño de toda la vida, descendiente de una larga distanía del apellido Fajardo y sus variables al irse abriendo las familias, que fuera interior derecha del Club Deportivo Cacereño y funcionario del Instituto Nacional de Previsión, en la época de Perete, Cayetano Martínez, Barbero y Mangut, entre otros, se casó Antonia Fernández Hidalgo y con la que tuvo como descendencia a Juan Antonio, que ejerciera como maestro en el Colegio Diocesano, y, posteriormente, funcionario en el Instituto Nacional de Previsión. Y aún, afortunadamente, una recia voz en el siempre prestigioso Orfeón cacereño

Allí en el ritmo del transcurso del tiempo, y, también, incrustada en el sabor vecinal de aquella calle, cruzada entre los nombres de Moros y General Margallo, calle, siempre, por otra parte, de nuestros amores y recuerdos, de nuestros recorridos y emociones, por aquel entonces, eran vecinos de la familia Fajardo FernándezJuan Palomar, que trabajaba en la Sombrerería Terio, en los soportales de la Plaza Mayor, y de don Aureliano Moreno, que alcanzaría el rango de teniente coronel en el ejército.

Y allí, en el número 52 de la calle Margallo, vivía Juan Fernández Hidalgo, hermano de Antonita, la comadrona, que seguiría la trayectoria de la carrera militar llegando  a alcanzar el rango de coronel de Estado Mayor.

Eulogio Saavedra, el taxista, con su famoso Chevrolet…

Aquel paisaje de la calle Moros/Margallo se había transformado por completo. Tanto que ni tan siquiera alcanzaba a ver la imagen de Eulogio Saavedra, (1902-1975), en Margallo 29, y luego 33, uno de los taxistas más populares del Cáceres de Aquellos Tiempos. Entre otras razones por su don de gentes, su amabilidad y las exigencias , por decirlo de algún modo, de su trabajo.

Eulogio Saavedra, que llegó a Cáceres desde su pueblo de Villar del Rey, en Badajoz, donde le buscó un empleo su tío Rafael Saavedra,  que combatió en la Guerra de Africa y que posteriormente fue destinado como capitán a Cáceres, inició su trayectoria como chófer de don Marcial Higuero. Y, cuando buenamente pudo, se hizo con un taxi, de la marca Chevrolet que llamaba la atención por las calles de Cáceres y las carreteras de la provincia.

En el decir del murmullo popular el coche de Eulogio Saavedra, pudo haber sido, probablemente, el primer coche de un vecino de la calle Margallo. Aunque ya cuenta su hijo, también Eulogio Saavedra Fernández, que, además del Chevrolet, su padre tuvo un Renault 4,4, un Gordini y un Renault 8. Automóviles por los que, muy probablemente, desfilara el todo Cáceres. Eulogio Saavedra, una persona de exquisita cordialidad con todos, se casó con Concepción Fernández Hidalgo, (1918-2011) emparentada con los Fajardo, a los que nos referíamos unas líneas más atrás, con la que tuvo tres hijos, Petra, Concepción y Eulogio, (1954) que fuera maestro en Zarauz.

Un camino, vaya, plagado, pues, de recuerdos. Sí, pero también de ausencias. ¿Cómo es posible que no me encontrara, por ejemplo, tampoco, en este recorrido preñado y cuajado de un impresionante puzle de sensibilidades, con aquella Escuela, que era conocida, de modo coloquial y popular, como «La Teresina«, que era como se llamaba la señora maestra, y que se encontraba situada algo así como cuatro o cinco portales más arriba del Colegio Franciscano de San Antonio de Padua?

La Teresina, por cierto, según la memoria viva y amiga de uno de sus alumnos, Eulogio Saavedra Fernández, que nos ha facilitado muy amablemente la fotografía adjunta, datada entre el año 1957 y 1958, le sobraba arte para tener entretenidos por la mañana a los más pequeños y tratando, a la vez, por todos los medios, de enseñarles las primeras letras junto a juegos, canciones y educación.

Pero aquel recorrido por la larga calle Margallo, que nace al final de Sancti Spíritu y terminaba sus pasos de largo recorrido en la que todos conocíamos como Plaza del Perejil, era, ahora, tantos después, todo un mundo de silencios, de muchas estampas desconocidas en el rumbo del cambio dentro de las páginas de la historia de Cáceres que se van apelmazando, quién sabe por qué, entre esos adioses en silencio de tanta querida y buena gente.

Como consecuencia del paso del tiempo en el recorrido de la vida, ay, tampoco lograba ver la imagen de don Fabián Guerra, hermano de Ana Guerra, comandante del Ejército, casado con Francisca Saavedra, y hermana, a su vez, de Eulogio, el taxista del Chevrolet. 

Fabián Guerra y Francisca Saavedra tuvieron tres hijos: Petra, Emilia y Rafael.

Ahí está la fotografía y la imagen de Fabián Guerra y de Francisca Saavedra.

Y así, pues, poco a poco, entre estampas de ayer, entre silencios, sin adioses, ni charlas, ni saludos, ni cantos niños, ni peroratas de mayores, iban pasando, si se quiere, de forma paulatina, los fotogramas de la película en el recuerdo, eterno, de la calle Margallo/Moros, de Aquellos años.

Todo ello, claro es, en medio de un atronador silencio cuando mi memoria quería resugir entre cantos de tantas y tantas caras del Cáceres de Aquellos Tiempos.

Curro Alvarez, a la derecha, con Paco Martín y Juan José Moreno Doncel., Fotografía de Juan Guerrero.

Una calle Moros/Margallo que también se deleitó, ay, con los acordes musicales de Curro Alvarez Macedo, el gran Currino, (1950-2003), una figura muy popular y conocida en el paisaje humano de Cáceres, que soñara entre aquellas canciones de The Beatles y los Rolling Stones, que allá por los años 60 puso en marcha un conjunto musical, de nombre «Los Santos«, cuando sus estudios en el Colegio San Antonio, junto a Pedro Almodóvar, José María Jiménez Campos y Paco Martín, a quien acompañaría, con la guitarra, en numerosos conciertos.  Funcionario de la Seguridad Social, tertuliano incansable, cacereño de pro, versatil, incansable en su más profundo concepto de saber sentir y vivir Cáceres. Currino también puso en marcha y tocaba la guitarra y el bajo, allá por los años noventa, el grupo Antikracia, de punk rock y hardcore melódico, con un trasfondo de crítica social. Y asimismo, en ese recorrido incansable por la música, formó parte del grupo musical «Miscelánea«.

Arsenio Pacios, segundo por la izquierda, junto a los profesores Miguel Antonio Esteban, Arsenio Gállego y Rodrigo Dávila.

Tampoco aparecía por ningún lado, por mucho que quisiera mirar con el mayor detenimiento, don Arsenio Pacios López, buena gente, compañero, buena gente, con domicilio en el número 73.

Don Arsenio Pacios López, otra de esas eminencias de la calle y de la ciudad, era catedrático de Filosofía, enseñaba la asignatura en el Instituto Nacional de Enseñanza Media «El Brocense«, y también impartió la docencia de la asignatura Filosofía de la Educación y Psicología en la Escuela de Magisterio «Rufino Blanco», de la que fue nombrado director el año 1954.

Don Arsenio Pacios también fue Catedrático de Didáctica de la Universidad de Madrid, Inspector General de Enseñanza Media y nos legó el libro «Lógica y Etica«, que se publicó en la cacereña imprenta de El Noticiero en el año 1954.

Mi calle Moros/Margallo se despedazaba en medio de un atronador griterío de silencios en el panorama sentimental, afectivo, nostálgico y humano de quien ya, tras tantos años de correrías y andanzas por aquella larga rúa, recogía, ahora, el duro y lejano testimonio de una estampa que había cambiado por completo el relieve y el paisaje de la acuarela del Cáceres de Aquellos Tiempos.

Ni se veía por parte la figura de tres entrañables mujeres, la señora Ceferina y las dos hermanas Moraleda, que vivían en el número 62, justo encima de tienda de Cascos, y que conocían, al dedillo, el transcurrir de las historias de buena parte de las familias de la calle Margallo.  Las mismas vivían casi enfrente del señor Diego, que estuvo, al parecer, si seguimos sus relatos, en la Guerra de Cuba, y que era vernos y alguna de sus largas aventuras de tiempos demasiado remotos para un chaval de calzón corto.

En la fotografía, realizada, por cierto, en el Paseo Alto, o de Ibarrola, que dirían los más puristas del lenguaje en el recorrido del callejero cacereño, se puede apreciar a las hermanas Moraleda Roa.

La primera que está en el plano de la fotografía es Tomasa. Y la que se encuentra delante del árbol es María. Y que conste en acta que la señora Ceferina, vestía siempre, siguiendo un largo ritual histórico-costumbrista,  de negro de luto riguroso. Acaso por aquello de continuar las imposiciones del tradicionalismo y el ritual.

Antonio Moraleda Burillo, Inspector de Higiene y Sanidad Pecuarias, con el carnet fechado en 1930.

El padre de las hermanas Moraleda, don Antonio Moraleda Burillo, (1875-1933), que vivió sus cincuenta y ocho años en el número 19 de la calle Margallo, fue un personaje de relieve en el Cáceres de Aquellos Tiempos.

Antonio Moraleda Burillo, que fuera Inspector Provincial de Higiene y Sanidad Pecuaria, tal cual como se puede apreciar en el carnet adjunto, también llegó a ser el primer presidente del Colegio Oficial de Veterinarios de Cáceres y cuyos destinos rigió entre 1922 y 1925. En su domicilio, por cierto, Margallo, 19, estuvo, asimismo, la primera sede de dicho Colegio.

Esa etapa, bajo la batuta de Antonio Moraleda Burillo, estuvo marcada, básicamente, por la lucha contra el intrusismo. Una labor que se alargaría hasta los años cuarenta y con una actuación, fundamentalmente, como inspectores de alimentos destinados al consumo humano.

Su tarjeta de identidad como Inspector está expedida en 1930, siendo la misma debidamente visada por el Gobernador Civil de aquellos tiempos. Y que a la sazón era Tomás Sandalio Carbonell y Arqués.

Antonio Moraleda Burillo matrimonió con Rosario Roa Pérez, dos de cuyas hijas, María y Tomasa, vivirían en el Cáceres de Aquellos Tiempos, en el número 62 de la calle Margallo. Muy amigas, por cierto, de mi madre.

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Juan Manuel Romero Montesino-Espartero, un ilustre vecino de la calle Margallo, marino y Capitán de Marina Mercante.

Ni tampoco encontraba por el número 77 de la siempre calle Margallo a Juan Manuel Romero Montesino-Espartero, aquel marino mercante con que contaba la calle en sus tiempos de permiso en sus recorridos naúticos, hijo de Pedro Romero Mendoza, una eminencia cultural, y que vivía al lado de la casa de Antonio Rubio Rojas. 

Juan Manuel Romero Montesino-Espartero, marino y capitán de Marina Mercante, navegó y surcó mares y océanos durante muchos años, y a estas horas sigue recopilando sueños, a caballo entre la calle Margallo, Cáceres y la mar, siempre el enigma de la mar, eterna, azulada, inmensa.

Juan Manuel, marino de tierra adentro, qué curioso en la hondura de su trayectoria por el panorama de la navegación, surcando mares, océanos, olas, temporales, puertos, se abraza ahora, al menos una vez por año, a la sombra y el recuerdo, preñado de emociones, de su domicilio familiar, en la calle Gómez Becerra, dos, un precioso chalet norteño, que fue barrido por la excavadora de la modernidad que no sabe de nostalgias, de emociones, de estampas, de recuerdos sagrados en el alma de la vida de las gentes…

Juan Manuel matrimonió con una elegante, cariñosa, agradable y culta joven que nació en la calle Margallo numero 79, donde vivió con su marido.

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María Victoria Cerro Barbancho, con una amiga, ante la ermita del Paseo Alto.

Se trata de María Victoria Cerro Barbancho, hija de Francisco Cerro Pérez, Comandante del Ejército en aquel entonces, y Ana Barbancho Martín. Una familia muy querida por todos los vecinos de la calle General Margallo y, al tiempo, muy amiga de mis padres, Valeriano y Dorita, que gloria hayan, como se solía decir en aquel entonces.

María Victoria, aparece a la derecha de la fotografía con una amiga, y se encontraba, en la instantánea, en la bandeja del Paseo Alto, Paseo de Ibarrola como nombre oficial en el callejero cacereño. Y, al fondo de la fotografía, la ermita de Los Santos Mártires.

Juan Manuel y María Victoria, fueron padres de dos preciosas chiquillas, María Victoria y Ana, que abrieron sus ojos, también, en aquella siempre emocional calle Margallo de nuestras infancias, adolescencias y parte de la juventud.

Por cierto y como dato para la historia. Juan Manuel Romero Montesino-Espartero, es tataranieto del General Espartero, que fuera Regente de España entre 1840-1843, y tres veces presidente del Consejo de Ministros.

Mientras deambulaba por la calle Margallo, así como ido, pensaba en los destinos que nos marca la vida, en sus propias secuencias y consecuencias, a todos y cada uno de nosotros. Y por qué, en un moment puntual, nos encontramos, y, al con el paso del desfile del tiempo, desaparecemos del entorno en el que nos nacieron…

El caso es, dándoles vueltas a la reflexión de la vecindad amiga de aquella eterna calle Margallo del Cáceres de Aquellos  Tiempos, que recorría con el pálpito emocional latiendo a un ritmo acelerado de sentimientos de hace ya cincuenta años, me percaté, que tampoco aparecía, en el número 75, Antonio García Rodríguez, que, aunque se diga pronto, ejerció como Fiscal, Magistrado de Trabajo y, posteriormente, Magistrado del Tribunal Supremo de Cataluña.

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Isabel Arroyo Fernández.

Ni tampoco estaban por aquellos pagos del Cáceres, ay, de Aquellos Tiempos, Isabel Arroyo Fernández, que afortunadamente frecuenta estos foros de Facebook,  ni su hermana Mamen Arroyo Fernández, hermana de Lete.

Quizás es que la historia social y generacional de la calle iba galopando. Tal cual la vida misma.

Atrás quedaban, por consiguiente, estampas y paisajes humanos, que van, vamos, trasegando por los páramos de la vida. Y que, a medida que damos un paso hacia adelante, pareciera que la vida lo hacia atrás. ¿O somos nosotros, ahora que me sentía invadido por la soledad de mi soledad en el recorrido de soledades por la calle Margallo cuando en aquellos tiempos, mi querida calle Moros, se encontraba repleta de gente?

¡Qué cambio de tiempos en la calle Moros…!

Como, por ejemplo, la de esta misma estampa. La de una familia buena, cordial y muy querida por todos. Y en la que podemos ver al matrimonio compuesto por José Arroyo, veterinario, y Josefa Fernández, maestra, con sus hijos Mamen, Isabel y Lete.

Toda una calle, de hondura y sabor cacereño, de eternidad, aunque ahora, ya, con el alma desdibujada por las lágrimas, se habían perdido las gentes, los compañeros, los amigos, los vecinos, las personas, sus vecinos y moradores del Cáceres inveterado de Aquellos Tiempos incrustados en una etapa de señalada significación, al menos para los chiquillos que dividíamos nuestros territorios entre el rigor de las escuelas y colegios, la disciplina y educación familiar y la necesidad vital de galopar en la calle, cuanto más tiempo mejor, con lo que ahora se llaman colegas. Y que, antes, en aquel entonces, eran amigos de confidencias clandestinas en nuestras vivencias.

Lo mismo que en el recorrido de la calle Moros/Margallo del Cáceres de Aquellos Otros Tiempos habitó un personaje de la talla de Oscar Madrigal Tapioles, que fuera presidente de la Diputación Provincial de Cáceres y, también, presidente del Club Deportivo Cacereño.

La calle Margallo, pues, me facilitaba el protagonismo de mis propios recuerdos que se agolpaban en la memoria de aquellos años cincuenta y sesenta, por las que tanto anduvo y pateó el autor de estas lineas, que va cogiendo al hilo y al compás de la vida la calle que, de siempre, llamábamos Moros.

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Saturnino Durán, en 1953, en Pescueza.

Miraba por todas partes, por todos los rincones a mi alcance. Pero tampoco  apreciaba a ver por alguno de los rincones  de la calle Margallo a Saturnino Durán, practicante en la Casa de Socorro, que tuvo una de las primeras Vespas de Cáceres, y que su tiempo libre se lo dedicaba a su gran pasión de la canaricultura, con la que obtuvo señalados trofeos, ni Angelita Mozo, su mujer, que procedían de Holguera y de Pescueza… Ni  aparecían sus tres hijos: Florentino, a quien llamábamos Tini, ni Angelines, ni Mercedes

Ni figuraba por aquellos lugares en los que se perdía mi vista y hasta mi corazón entre lagrimillas de pesar y nostalgia Severo Durán Granados, que durante largo tiempo regentara el bar Severo, con exquisita cocina casera, ni aparecían, por ninguna parte, sus hijos, Bemba, que defendiera los colores del Club Deportivo Cacereño, y Angel

¿Pero qué es esto?, pensaba. Solo, solo, por mi honor, que solo me respondía la soledad del silencio. O, si lo prefieres, el silencio de la soledad. tan siquiera la cuadra, de tantos juegos niños, del padre de Angelita, el señor Julián, en la que tantos buenos ratos pasábamos la chiquillería de aquel segmento de la calle Margallo, capitaneados por los hermanos Almeida, hijos de la señora Teresa, que regentaba el bar que estaba pared con pared a la altura del Cuartel de los Carabineros.

El adiós de la vida, ya, de modo rotundo, se hacía palpable, pues, en medio de la gigantesca mar de las soledades, de los silencios, de una caminata, Margallo arriba, Margallo abajo, cuajada de miradas perdidas en el laberinto de un recorrido, ya, casi sentido. Pero cogí fuerzas de flaqueza, dí un paso adelante y seguí por aquellos derroteros del Cáceres de Aquellos Tiempos.

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Bartolomé Ramos Rodríguez.

Ni pude toparme con Bartolomé Ramos Rodríguez, ni Felix Ramos Clemente, dos buenos estudiantes que se alojaban en el número 94 de la calle Margallo, casa vecina de la mía, amigos de numerosas andanzas, compañero de bancada bachiller el segundo y hasta de aquellas clases particulares en el despacho de don José Mariño. Confidentes ambos, Bartolomé y Félix, de tantas aventuras de aquellos tiempos. Cuyo recuerdo es, como tantos otros, imperecederos, Ambos dos ejercerían a lo largo de su vida el Magisterio implantando en las nuevas generaciones la hondura de la cultura que aprendieron en la Escuela Normal de la Escuela de tan entrañables docentes como los de Aquellos Tiempos. Bartolomé Ramos Rodríguez, que vive en la localidad de Pescueza, por cierto, me cuentan que fue, posteriormente, un señalado entusiasta de las celebraciones folklóricas con los coros y danzas.

Caminaba perdido. Acaso sintiendo un tremendo vendaval de silencios, de miradas perdidas, como queriendo rescatar un puñado de imágenes, de rostros, de gentes, de personas y charlar, acaso pausadamente, como si fuera con lágrimas en los ojos, de sus y nuestras familias, de aquellas estampas en el paisaje inveterado de la calle Margallo, que iba quedando adormilada en la férrea estructura del paso del tiempo.

Amelia Díaz Andreu en los años 60.

Amelia Díaz Andreu en los años 60.

Una calle en la que también vivió el matrimonio conformado por Juan Díaz Caro, Jefe de la Oficina de Correos, y Juana Andreu Medina, con domicilio en el número 25, posteriormente 29, que se situaba justamente enfrente de la Panadería de Joselito Romero.

Allí, en la siempre cacereñísima calle Moros/Margallo, que las dos acepciones son popularmente utilizadas por el paisanaje, nació su hija Amelia Díaz Andreu, (1940), a la que vemos en la fotografía.

Una extraordinaria mujer, todo corazón y cariño y cacereñismo, que un día del año 1965 contrajera nupcias matrimoniales, ante la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, de la iglesia cacereña de Santiago el Mayor, y ante el sacerdote don José Bueno Rocha, con ese extraordinario e inquieto periodista, que fue Fernando García Morales.

Todo un personaje, entrañable y cercano, culto y generoso, que conocía como la palma de su mano la actualidad de Cáceres y las dinámicas de sus ambientes sociales, vecinales y ciudadanos de la ciudad, comprometido siempre al máximo con la tierra, nombrado Hijo Predilecto de Cáceres (1924-2011) que se sabía todo y mucho más de todos los entornos, ambientes y gentes de la tierra que le viera nacer.

En su obra destacan su libro «Ventana a la ciudad«, una parte mínima, tan solo, de sus cientos de columnas periodísticas, y «Cáceres, la historia viva«.

Domingo Salas de la Cámara, funcionario del INP y periodista.

Ni tampoco surgía la presencia de Domingo Salas de la Cámara, otro cacereño, cacereñista y cacereñeador, funcionario del Instituto Nacional de Previsión y periodista, ni era capaz de toparme con la imagen oronda de don Angel Campillo, hermano de la Cofradía de Jesús Nazareno, muy conocido y apreciado por las gentes de la calle, del barrio, de las secuencias de la ciudad. Lo mismo que, por mucho que mirara por aquel espacio urbano que representaba la calle Moros/Margallo al maestro Canelo, guitarrista, que siempre se encontraba inmerso en el mundo musical entre los rasgueos y acordes

Como tampoco se encontraba por aquellos misteriosos y enigmáticos pagos de aquel recorrido, cruzado de memoria y de oscuridad, de silencios y de despedidas en soledad, de tantos y tantos vecinos como deambulando y flotando por los aires, la imagen de Leonardo Orozco Márquez, que alcanzara el rango de general de la Guardia Civil, ni la imagen, siempre, amable, del entonces capitán Cornejo… Ni aparecía la estampa de Carmina Arjona que matrimoniara en su día con Paco Bonilla, a quien conoció en aquellos tiempos en que ambos acudían a las clases en la Universidad de Salamanca.

¡Cuántos silencios, ahora, sin embargo…!

Tampoco, qué dolor, se veía la imagen ni se escuchaba la palabra, siempre amable y formativa, de doña Ventura Durán Andrada (1915-1974), que fuera directora del Colegio Nacional «Delicias«, en el que estudió con su madre de maestra, colaboradora, también, de la revista «Alcántara» y cualificada poetisa. Doña Ventura, una institución, solía llamarnos a los pequeñuelos, al encontrarnos por la calle, e interrogarnos por nuestros estudios y cumplimiento de los deberes escolares. Y siempre, siempre, siempre, finalizaba diciendo:

— ¡Ay que estudiar un poquito más…!

Tampoco aparecía la familia Sarnago Bullón, conformada por don Primitivo Sarnago, que había ejercido como comandante de la Legión Española en alguna de las colonias españolas en Africa, su mujer, doña Carmina, guapa, elegante, cordial, cariñosa, ni sus hijos Pepe, Fernando y Mary Nati, grandes amigos todos ellos de mi familia. Ni comparecían ante los ojos del humilde trotamundos por la calle Margallo los Gamba, con cuatro hijos, Ernesto, Antonio, José y Pedro, hijos de un Cabo Primero de la Policía Nacional, ni los Toñi, dos primos, uno de ellos hijo de los aceiteros, en Margallo, 98, lindando con mi casa. Ni tampoco estaba la familia Banda Corrales, con sus hijos Sixto, que siguió su trayectoria profesional en el Ejército, y Ana, que vivían por encima de la carbonería y la zapatería en semiesquina hacia la calle José Antonio.

margallo-andrés-001Ni aparecían tampoco por aquellos pagos, de tan buenos y vivos recuerdos como los que quedan almacenados en el alma, en la flor de los sentimientos, en la espina medular de la hondura humana, estos cuatro margallos o margallianos que se encuentran en la fotografía adjunta, datada, aproximadamente, en el año 60 de la pasada centuria. Que la vida, pues, se nos va en suspiro tirando de las raíces estructurales del paso del tiempo entre los surcos de la existencia humana. Y es que, buscando esas raíces, ya aparecía tan solo, un largo páramo o vaciado humano de tantas caras amigas, cercanas, próximas, siempre entrañables todas ellas.

Se trata de Juanito Pérez, a la derecha, otro emblema de la mocedad de la calle Margallo de Aquellos Tiempos, que acabó poniendo una mercería en la calle General Primo de Rivera, de los hermanos Venancio y Luchi Romero Figueroa, hijos del capitán Luciano Romero, en el centro de la fotografía, y agachado, respectivamente, y de Andrés Gutiérrez.

Una calle histórica en su trayectoria, en su recorrido, en sus gentes, en sus semblanzas, en sus estampas, en sus imágenes, en sus fotografías, en su recorrido y andadura por el Cáceres de ayer, de hoy, de mañana.

¡Pedazo de calle…!

Familia Romero Figueroa.

Por allí, en el recorrido de pesar y de soledad, no se aparecía, tampoco, ningún miembro de los Romero Figueroa, cuyo padre, capitán, se quedó ciego durante la Guerra Civil, ni su mujer, la señora María, ni sus cinco hijos, Luchi, Venancio, Guadalupe, Juan, que llegó a ser seminarista de los de banda roja en los paseos dominicales, y Pepín.

Ni tampoco aparecían por parte alguna de aquel recorrido de soledades, de silencios, de pesares, los Bamba, cuatro hermanos de una estatura que encajaría hoy en la NBA, tres de los cuales acabaron de militares, y los cuatro fueron gastadores, por su talla, precisamente, ni tampoco estaba su progenitor, el teniente-músico Maldonado, siempre de buen humor, siempre silbando o tarareando canciones, siempre, en todos los encuentros con la muchachada de Margallo, silueteando cabriolas, con la mano derecha, a modo de dirección de orquesta con la batuta.

También faltaba, en aquel recorrido adobado de infinitas nostalgias, en medio de una lluvia de imágenes difuminadas por las campas de la vida, entre lágrimas y pesares, de estampas de la radiografía niña y adolescente, la imagen de don José Luis Martín de Dios, militar y matemático, nacido en Cilleros, y profesor en el Colegio Licenciados Reunidos.

Ni tampoco aparecían por aquellos pagos de un tierno recorrido, entre los parajes de aquellos años, ya diluidos en el vaso de agua de la vida, que se bebe de un sorbo, los hermanos Julito y Mary Tere y a quienes en plena infancia la muerte se llevó a su padre, el señor Pedro, moreno de verde luna, porque en una tormenta, que le pilló en mitad del campo de los trabajos y sudores, se refugió bajo un árbol y un rayó, cruel, acaso, como la vida misma, a veces, se lo llevó de un seco tajo dejando desconsolada a su viuda, Florita. Con estos últimos, a la sazón, vivía don Juan Manuel Cuadrado Ceballos, que llegó a ser párroco de la iglesia de Santiago…

¡Qué hermosura de calle Margallo, siempre Moros, la de Aquellos Tiempos de pandillas, de tertulias y chascarrillos y de pegar la hebra entre el vecindario, de compartir adioses y saludos, rostros conocidos…! ¡Y que, sin embargo, se van perdiendo en la noche de los tiempos, que no es si no el transitar de la vida, ay, calle Margallo de mis diecisiete años de estancia entre tus brazos de amor, de pasión, de cobijo cuasi maternal…!

Pero la vida, con su terquedad, me atornillaba las clavijas de mis fuerzas, ya muy debilitadas,  y recordándome nuevas secuencias , más rostros de aquel entonces, más imágenes que, aquí, entre amigos, me forzaban a derramar un puñado de lágrimas que correteaban río abajo por los carriles de mi cara.

Entonces, suspiré.

Recorría la inveterada calle Margallo, ay, con la óptica de la soledad en mi recorrido humano. A veces se me caía una lágrima por aquel asfalto, por aquellas paredes, por aquellos ventanales, por aquellos balcones, por aquellos tejados.

Telesforo Pérez, Margallo 102.

Y, por más que lo intentaba tampoco aparecía el señor Telesforo Pérez, que comenzó trabajando en aquel gran almacén de Sobrinos de Gabino Díez, incrustado en el esquinazo, enorme, de la calle Moret y Pintores, y regentaba y atendía con todo cariño y dedicación una tienda de Ultramarinos en la calle que se conocía como José Antonio, en el Cáceres de Aquellos Tiempos.

Telesforo Pérez, buena gente, servicial y amable siempre, habitaba en el número 102 de aquella nuestra eterna e inolvidable calle Moros/Margallo, de tantas y tan largas vivencias, con la prole de sus hijos que iban creciendo en el campo de la educación recibida de sus padres.

Tiempos que se acumulaban, como una sangría de añoranzas, de recuerdos, de desesperanzas y hasta de muchos adioses, a tanta buena gente con la que me fui encontrando en el azar de los caminos y el recorrido de la propia vida, de los segmentos de sus riachuelos, de sus charcas, de sus páramos.

Pero, en definitiva, ese es el designio de los dioses, puede que el designio de los propios enigmas e interrogantes con los que nos sitia la propia vida con sus muy amplios y divergentes parámetros.

Y también en el número 102 de la calle Margallo vía Agustín Pérez, hermano del anterior, que ejercía sus labores de constructor de carruajes y que ya anunciaba su negocio en la «Guía del Comercio de Cáceres» allá por 1916, 1917 y 1918.

Agustín Pérez Hernández fue, pues, otro de los símbolos humanos del retrato vecinal y humano de la larga y siempre eterna calle Margallo.

¡Ay, calle Margallo de mi alma, que te escapas, en medio de un vendaval y un torrente y una catarata de silencios envueltos de misterios, lo mismo que te escapas de las manos y del alma, del corazón de las gentes, hombres, mujeres y niños que tanto te abrazaron, mejor aún, que tanto te abrazamos, a lo largo, sencillamente, del paso del tiempo y del paso, a la vez, de toda una vida cuajada en el sendero de recuerdos, de escenas, de fotografías, de imágenes, de caras amigas y conocidas, de semblanzas, de radiografías del caballo, siempre veloz, desbocado siempre, por las inconmensurables praderas que se dibujan en el camino.

Pero mientras canto el poema de la vida y de tantas caras vecinas, de aquellos tiempos, no me pierdo en el compás de los olvidos. Todo lo contrario: Recupero, aunque muchos no lo entiendan, el aire volandero de aquellas sensibilidades humanas que tanto tuvieron que ver en la niñez, en la infancia y en la adolescencia de este viajero de la calle Margallo, hoy atrapado entre los muros y las páginas del silencio.

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La margalliana Mamen Pérez Cambero con Paqui Antequera en una fotografía de Aquellos Tiempos…

Ni tampoco aparecía por aquellos recovecos, vaya, qué fatalidad, la imagen de la siempre alegre María del Carmen Pérez Cambero, hija de Telesforo Pérez, hermana de mi amigo Perche, que hoy permanece muy cacereñeadora en el grupo de Facebook «No eres de Cáceres si…«, ni distinguía resto alguno de la carpintería Porras, de tanto prestigio en todo Cáceres, en su esmero artesanal…

La calle Margallo, pues, pareciera que, de repente, se hubiera desdibujado y absorbida por una nube de imágenes, los paisajes humanos de Aquellos Tiempos, ay, muchos de los cuales, lamentablemente, ya no existen…

Y cuyas estampas, cuyos adioses, cuyos saludos, quedan, eso sí, retenidos en el alma viajera de la memoria del autor de estas líneas que, claro es, aparecen así como difuminadas en el agüilla lagrimal del solitario y nostálgico paseante por aquella calle, General Margallo, siempre Moros, incrustada en uno de los rincones preferidos del alma de tantos y tantas margallos y margallas o margallianos y margallianas…

Todo ello, ahora, por supuesto, incrustado en el pálpito de la geografía y de la historia humana de aquellos personajes que formaron parte de tantas y tantas vivencias vecinales de la calle Moros/Margallo, testigo, a lo largo de la historia, desde su nacimiento de una amplia multitud de acontecimientos, escenas y sensibilidades de sus gentes.

Pedro Agúndez con sus tres hijos.

Allí, en aquella calle, también vivió desde el año 1963 Pedro Agúndez, que llegó desde la localidad de Malpartida de Cáceres, donde ejercía como aperador y construía carros en el Cortaero de la Plaza de la Nora, para colocarse primero en una empresa de congelados y luego, como carpintero, en el Ayuntamiento de Cáceres.

Todo el día con el serrucho, con el berbiquí, con el formol, para sacar adelante una familia de seis hijos y con su esposa regentando una casa de huéspedes.

Una persona entrañable, esforzada y trabajadora, siempre amable y cordial, que gozaba de tanta simpatía como respeto y cordialidad en la calle Margallo, en el desempeño de su trabajo y en la dinámica de la ciudad.

Pedro Agúndez tuvo tres hijos.

Y en aquella calle Margallo, de hondura humana, en el corrimiento generacional, vivió muchos años, su hija Isabel, nacida en el correr del año 1951, autodidacta, ama de casa, casada con Luis Ciborro Gutiérrez, con cinco hijos, poetisa desde siempre, también pintora, que publicaba en 2008, en base al tesón y el amor propio, «Mi primera aventura«.

Isabel Agúndez con su libro «MI primera aventura».

Un relato conmovedor que gira alrededor de los campamentos que juveniles que organizaba el padre Pacífico, franciscano, enseñante, y unido a Cáceres, siempre, desde la enseñanza y su entrega en el Colegio San Antonio de Padua. También, qué casualidad, en la calle Margallo. Isabel Agúndez, a estas alturas, sigue pintando, componiendo poemas, escribiendo relatos, formando parte de la agrupación coral de su pueblo, Malpartida de Cáceres, de forma incansable,

Ni siquiera estaban las guapísimas chiquillas de la calle. Mary Luz, la hija de un carpintero que se encontraba frente al cuartel de la Guardia Civil, Mamen Guillén Zancas, hermana de Pepe, Rosi y Luis, Guadalupe y Ana Mari, estas dos últimas vivían en el mismo edificio, enfrente justo de los FigueroaMari Pili, vecina de piso en Margallo 96, hija de don Santos, un funcionario de la Delegación del Ministerio de Información y Turismo y de Quiqui, familiar de los aceiteros de Margallo 98, la familia de los Murillo. Y que me perdonen tantas y tantas, también tantos y tantos, mientras me estrujo el cerebro para reencontrarme con tanta imagen de tan impresionantes sabores cuando el campo de la memoria se bate el cobre por la niñez de los años cincuenta y de la adolescencia de los primeros sesenta y la juventud.

Ni estaba la Panadería La Madrileña, donde se elaboraba de modo artesanal, como podía ser de otra manera, probablemente el mejor pan de Cáceres, y que se repartía a domicilio, ni aparecía la Dulcería de Guardado, se veía aquella casa en la que se estraperlaba con el tabaco y el café, porque de algo había que vivir, y, encima, se encontraba a dos pasos mal contados de la Guardia Civil. Ni se distinguía a ningún miembro de la familia de los Romero, que regentaban una tahona unos portales más abajos, precisamente, de la competencia de la panadería la Madrileña. Ni tampoco estaba en aquel paraje social, cambiante como la vida misma, la vendedora de las ricas patatas americanas, esposa de un distribuidor del periódico Extremadura, ni la familia Alvarez Macedo con Mary Paz, María José, Sebas, Juli, Curro

Aquella calle, aquel tiempo, aquella época, como la vida misma, había caído en las garras del paso del tiempo, entre los dolores de la ausencia de tantas y tantas estampas y de tantas y tantas personas que marcaran los caminos y los derroteros de la niñez y de la adolescencia de este modesto escritor; hoy, sencillamente, desgarrado entre la catarata, el vendaval, el huracán de recuerdos de cientos de personas que le miraban por Margallo, que le decían adiós por la calle Margallo, que le preguntaban por los deberes escolares y por sus padres y hermanos por la calle Margallo.

Una calle abatida, ahora, de soledades, de rostros desconocidos, de edificios que fueron cambiando la estructura física de la calle Margallo, ay, de aquellos tiempos.El articulista y en el Cáceres de Aquellos tiempos vecino de la calle Moro/Margallo tampoco pudo encontrarse con ninguno de los miembros de la familia del conocido y prestigioso empresario Rosendo Caso, aquel que durante tanto tiempo regentara el comercio denominado «La Muñeca«, de tanta y tan buena aceptación popular, y radicado en la calle Pintores.

Pero, mientras avanzaba, lenta, sosegada, nostágicamente, me dí cuenta que también habían desaparecido de aquella calle Margallo de nuestros amores y recuerdos y vivencias, que se cobijan y resguardan en el alma como oro en paño, la familia Hurtado Ricafort, conformada, a la sazón, por Ernesto Hurtado Medina, sargento de la Policía, Hortensia Ricafort Teomiro y sus cuatro hijos: Ernesto, Antonio, José Antonio, que fuera concejal en el Ayuntamiento de Cáceres, y Pedro 

Ni tampoco, ay, aparecía, más que en el recuerdo fotográfico del álbum de la mente, la figura de una siempre culta, caritativa y bondadosa de doña Valentina, que matrimonió con el señor Leandro, un criado y ayudante de su padre, y que con frecuencia visitaba a mi madre, Adoración Gómez Sánchez, siempre con unos ricos caramelitos minúsculos de Eucaliptus, como un detalle de cortesía, apuntaba visita tras visita, «por el agradable rato de la tertulia, y en correspondencia por el café con pastas que nos tomamos aquí en tu casa y donde pasamos revista al vecindario y a la actualidad de nuestra propia y cotidiana vida», mientras nos sonreía con una impecable amabilidad y cordialidad a cuantos encontrábamos, en esos momentos, deambulando por la casa.

Familia Roncero Cercas, Margallo 92.

Se había difuminado también, vaya, la imagen de la familia Roncero Cercas, con domicilio en el número 92 de la calle, a unos muy escasos metros de mi domicilio familiar, en el  número 96, y con cuya saga y estirpe de hermanos jugábamos tantas tardes de la infancia.

Ahí queda, pues, la imagen del matrimonio y la familia Roncero Cercas conformada por el brigada de Infantería Antonio Roncero Holgado (Torremocha, 1916) , que sirvió en Larache y en el Regimiento «Argel 27«, entre otros destinos, y Brígida Cercas Rodríguez (Ibahernando, 1921) y sus cinco hijos: De izquierda a derecha: Ana María, Antonio, Paqui, Petri y Manuel.

Lo mismo que jugamos muchas tardes, a todo tipo de entretenimientos, diversiones y ratos ya arrinconados en las hojas olvidadas del calendario, con los hermanos Rubio Luengo, que vivían, justo, enfrente de mi casa. A saber: En el número 91-A. Conformada por el padre, Rafael, capitán, entonces, del Ejército, su mujer, Maruja, y los cuatro descendientes de ambos: Rafael, que ingresó en la Academia del Ejército del Aire, pasando a la reserva con el grado de coronel del Ejército del Aire, José MaríaIrene y Juan Carlos, respetando el orden de nacimiento de los hermanos.

En ese recorrido emocional, que ahora aparece y desaparece como hojas volanderas del paso del tiempo, pero muy enriquecedoras en las sensibilidades de la vida, tampoco encontraba por parte alguna, ay, a Manuel Gil, que trabajaba en el Banco Hispano Americano, y que tuvo seis hijos: Joaquín, Enrique, José Manuel, Ramón e Isabel Gil Rodríguez. Isabel es una señalada cacereña y cacereñeadora, que vivía en el número 83 de la calle, que locutora de la COPE y de «La Voz de Extremadura». y que hoy sigue transitando con su exquisita y dulce sensibilidad, a través del pulso de sus recuerdos, desde los grupo de Facebook «No eres de Cáceres si…» y «Fotos antiguas de Cáceres«.

callemargallo-isabelgilrodriguezLa casa de Isabel Gil Rodríguez, en el numero 81 (más tarde, 83) de la calle Margallo, colindaba con la casa de Antonio Rubio Rojas y con la de la siempre inquieta y activa Juanita Franco. Y en aquel edificio vivían las familias Baltar Ruiz, Boticario, Morato Salas y Juan Dominguez, más conocidos como «El Aceitero«, sobrenombre que emanaba de la dedicación familiar, y cuya madre y hermanas vivían en el número 98 de la Calle Margallo, justo al lado de mi casa.

Todo se transformaba, pues, así, de repente, así, por las buenas, en todo un demoledor recorrido de silencios, de perturbadores silencios, que se expandían, ay, desde las campas y el remolino de los adioses en medio de un tumulto de compungidos silencios….

Y en ese recorrido por la calle Moros, ay, de Aquellos Tiempos, tampoco pude contemplar, por la fogosidad de mis lágrimas, nubladas de recuerdos y de nostalgias, de estampas pasajeras, con la familia de Miguel Cabello, policía nacional, que vivía en el número 50, cuyo hijo, Jose María, militar de profesión, que aparece en la fotografía, nos dejó con tan solo 29 años, y que  estaba casado con Carmen CuencaMiguel Cabello, asimismo, tuvo una hija, Victoria Cabello Redondo, que matrimonió con Nicolás Pérez Solana, delineante de la Diputación Provincial de Cáceres.

Ni aparecía por parte alguna el señor Avelino Rojo en su sastrería, con más dedicación a los trajes militares, que residía en el número 100, ni tampoco llegué a toparme con Muriel, árbitro de baloncesto, que me perdonaba compasivamente algunas faltas personales en mis escasas incursiones por el deporte de la canasta. Para cuya práctica me faltaban,  a la prueba está, bastantes dotes.

Ni tampoco se contemplaban por parte algunas los tebeos y las aventuras de aquel avispado muchacho que se apellidaba Gundín y que se ganaba algunas monedas los domingos por la mañana, allá en el añorado Jardín Central de la Plaza Mayor, alquilando los últimos números de nuestros héroes de entonces. El Capitán Trueno, El Guerrero del Antifaz, El Cachorro, El Jabato, el Cosaco Verde, Roberto Alcázar y Pedrín y tantos protagonistas que nos hacían vivir la semana entera pendiente del domingo y poder seguir las aventuras de los mismos.

callemargallo-bodapadresjuancarlosbravogarciaLa andadura de aquella noche, larga y corta al tiempo, tampoco me dejó encontrarme con Fulgencio Bravo Morcillo, (1923) mi su esposa, Demetria García Cisneros, que tras casarse en 1951 se fueron a vivir al número 75 de la calle Margallo, y que con 93 y 88 años, respectivamente, se encuentran la mar de bien. Ahí les tienen, en la fotografía, el día de su matrimonio, conformando la pareja de la derecha. Es de señalar que Fulgencio Bravo Morcillo pasó su vida laboral muy vinculado a la familia Rosado Ollero (Viguetas, Seguros, Gestoría, etc) desempeñando la responsabilidad contable del grupo de empresas.

Los muchachos de las cercanías vecinales de sus hijos desempeñamos juegos y estudios en el Cáceres, solemne, de Aquellos Tiempos plenos de vida, a caballo entre la escuela, la casa y la calle con las pandillas de amigos.

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Juan Carlos Btavo García, sus padres y hermana en el Paseo Alto.

Como es el caso de Juan Carlos, compañero en el paraje de la infancia y adolescencia, que actualmente desempeña la Jefatura de la Unidad de Festejos, y, que, además, luce y ostenta los galones de la presidencia del Orfeón Cacereño de tanta relevancia y todo un emblema de la canción y del nombre de la ciudad de Cáceres en el que se encuentra comprometido al máximo. Lo que se nota al máximo por el bien, el presente y el futuro de nuestra institución

Juan Carlos Bravo García, que aparece en la fotografía de la mano de su padre, y acompañado por su madre y una hermana pequeña, un buen y feliz día se enamoró, mire usted por donde, de una joven margalliana, Charo Pérez Moraleda, residente en el número 62, con la que se fue al altar, y de cuyo matrimonio cuenta con cuatro hijos.

¡Cómo fluía por las vías del ferrocarril de la vida aquel tren humano que despedía el humo como adioses de las imágenes de la calle Margallo, ay, de Aquellos Tiempos que cabalgan entre noviembre del 48, cuando aquel 23 de noviembre me trajo mi padre al mundo y estos días que galopan, desbocadamente, por la segunda decena del siglo XXI!

callemargallo3Y aquí en esta fotografía aparece nuestro querido amigo y vecino y compañero de juegos Juan Carlos Bravo García con su mujer Charo Pérez Moraleda y con los padres del primero, Fulgencio Bravo Morcillo y Demetria García Cisneros, que tanto tiempo residieron con la familia en la calle Margallo, el día en que, en el correr y el avanzar del año 1988, nuestro querido vecino de siempre, como se suele decir, y en este caso con mucha más razón, el mismo decidió ingresar en las filas de la jubilación.

¡Qué camino, por todos los santos, con un pleno total de ausencias. Me fijé de forma detenida, como hacía en cada centímetro cuadrado de acera y asfalto, en cada milímetro cuadrado de paredes, de balcones, de miradores, de tejados, de espacio ambiental, de aire. Pero, prácticamente, había cambiado todo, todo, todo. Ya no había griteríos de chicuelos con sus carteras camino de la escuela, ni puertas abiertas a la tertulia y amenidad vecinal. NI aquellos saludos, como diríamos, de antaño. Y con cuyo saludo podía emanar una larga perorata o conversación vecinal pegando la hebra y dándole a la húmeda sobre los aconteceres del barrio. Un ennoviamiento, un trabajo, una descarga de la huerta, el paso de un melonero con su grito desgarragado de duro trabajo y de miseria, romana al hombro.

Llegué, entonces, a mi casa. Perdón, a la que fue mi casa. Ahí la teneis. Y en su portada pespunteé un poema de lágrimas, empapado de nostalgias, que, lástima, iban desapareciendo apenas escribir en sus paredes, en su puerta, en su balcón: «Esta fue mi casa«.

calle margallo 96

El número 96 de la calle Margallo donde vivimos la familia Gutiérrez Gómez, en una imagen que ya, con el paso del tiempo, no tiene nada que ver con aquella de entonces.

La calle Margallo o Moros, más larga que un día sin pan, se estiraba desperezadamente hasta El Arandel, que convergía con el término de la entonces calle José Antonio, a la altura del Perejil, donde había un puesto de chucherías de la tía María y del tío Enrique, con largas noches de soledad, de pena y carburo para vender un puñado de altramuces, unas bolsas de pipas, algo de palacaduz, unos cacahuetes, unos cigarrillos sueltos, como se vendía el tabaco fuera de los estancos, y hasta un quiosco de un metro cuadrado escaso, de cambio de novelas, con preferencia por las del Oeste Americano, escritas fundamentalmente por Marcial Lafuente Estefanía, y de amor, debidas a la pluma magistral de Corín Tellado, regido por un señor con gafas de muy grueso calibre y que vivía en la calle Margallo.

Aquella calle Margallo contaba, además, con dos colegios de envergadura y por donde pasaron, estudiaron, se divirtieron, lloraron y rieron diversas generaciones de alumnos, que, a estas alturas de la vida, seguro, seguro, seguro, que tampoco habrán olvidado a sus compañeros de pupitre, a sus profesores. O, si se quiere, el recorrido de las caminatas, de las andanzas, de los deberes, de las clases que se impartían en los mismos.

Dos colegios de relieve, con multitud de lecciones, que dejaron una huella profunda en tantos estudiantes y de tantas generaciones que iban creciendo en la propia dinámica del crecimiento de Cáceres.

Se trataba del San Antonio de Padua, donde los frailes franciscanos llevaron a cabo una gran labor, y que se convirtió en una institución en el baloncesto cacereño, provincial, gracias a la labor del Padre Barrios, y en cuya cancha llegaron a jugar los Harlem Globers Trotters, americanos, en los años sesenta, en una especie de deporte, magia malabar y circo, y el Paideuterio fundado por don Fernando Marcos Calleja, licenciado en Letras y don Tomás Martín Gil, licenciado en Ciencias, el 1 de octubre de 1935, por donde transitaron cientos de caras conocidas de niños y niñas, de adolescentes, de jóvenes cacereños y cacereñas de gran familiaridad en la órbita social de la calle Margallo.

Dos centros educativos que tanta vida aportaron a la calle y a la ciudad con una gran cantidad de muchachos y de muchachas que llenaban la calle Margallo de paseos y caminatas. Y, al tiempo, de un muy especial murmullo de chácharas, de pegar la hebra, de echarse una parrafada, de darle a la húmeda, de canciones, de bromas, de amistades, de aromas, de lecciones, de aprobados y suspensos, de apuntes, de lecciones, de deberes, y, por qué no, de coqueteos.

Aunque es de señalar también, a la hora de la referencia colegial, que, según escribe Sara F. Vázquez Paredes, en la revista «Alcántara«. número 71, de la época IV, el 30 de noviembre de 1893 abría sus puertas en el número 36 de la calle Moros el Colegio «San Jorge«, de Primera y Segunda Enseñanza, con la dirección inicial de don Alfredo Tauler y Oliete, y «bajo la férula del Instituto de Segunda Enseñanza, entidad de referencia administrativa y académica«.

Y fui caminando con sosiego, con ansia, con lentitud, con anhelo, sin que me encontrara con el señor Pepe Luengo y sus vacas, con la zapatería del señor Mateos, padre de mi amigo Emilio, que levantó con hartos sudores sobre una carbonería, entre suelas remendonas, poniendo punteras en los zapatos y vendiendo cordones, cremas y cepillos para sacar la familia adelante.

Ni tampoco estaba, ya, porque había pasado más o menos medio siglo, lo que se dice pronto y fácil, pero que a fin de cuentas son cincuenta años, el despacho de habilitado en Clases Pasivas del señor Guillén, ni aquel cariñoso y buen docente que fuera don Antonio Luceño Rubio, ni Hipólito del Aguila, matrimoniado con Rosa Guillén, que abrió en la Plaza de la Concepción y en La Ronda dos de las primeras tiendas de embutidos de Cáceres, allá por los finales de los años cincuenta del pasado siglo. Lo que se dice, sí, pronto. Pero que, bien pensado, es una tacada de órdago.

¡Ay…! Ni tan siquiera estaba el cordial encuadernador que vivía en el tramo de la cuesta de la calle Margallo que llevaba al Arandel. Tampoco figuraba por aquellos pagos, como se suele decir, el ultramarinos del señor Agustín Gutiérrez, que hacía esquina con la callejuela que sube hacia la calle Barrio Nuevo, antes José Antonio, donde se vendía aceite a granel, carillas, patatas, judías verdes, lentejas, arroz, chocolate con monedas en su interior, garbanzos, dulce de membrillo, arroz, judías blancas, que a veces se enriquecían con otros acompañantes vivientes, y unas latas con agujas riquísimas y que conformaban muchos de los bocatas de las meriendas junto a las patateras y hasta pan con cebolla. Y que se mosqueaba cuando los chiquillos, siempre perversos, pasábamos ante su establecimiento cantando aquello de:

Y a mí me han dicho,

y a mí me han dicho,

que no coma judías,

que tienen bichos.

Y  tras soltarle la canción, para que la oyera, salíamos corriendo que los las pelábamos, que se decía en aquel entonces.

Ni aparecían por aquellos pagos, vaya, el matrimonio de Isidora y Juan Caro, que según creo recordar, trabajaba como dependiente en un comercio de la calle Pintores, ni con la familia de Rafael Marugán, que trabajaba en la Delegación de Obras Públicas y que vivían en el número 95…

Y, por mucho que miraba, con la vista revoloteando por las casas, por los balcones, por las ventanas, casi queriendo penetrar por los mismos patios del Cáceres de Aquella Infancia, que se había encogido hasta desaparecer misteriosamente, pintarrajeadas, eso sí, de acuosidad de lágrimas, tampoco aparecía aquel Guardia Civil, de Caballería, Valentín Leal, que vivía en una de las casas del Cuartel, ni sus tres hijos, José, Valentín y Trinidad. Esta última ahora dirige el Coro de la parroquia de la Sagrada Familia.

Ni siquiera me encontraba con la imagen de Guillermo Rey, aquel inquieto empresario de la hostelería, y que regentara el Bar «La Cueva de Pernales«, sito en la calle Ríos Verdes. Tan cerca del bar «El Pato» que pusiera en marcha su hermano Emilio Rey, que creara otra gran saga en ese gremio.

Ahí teneis, pues, a Guillermo Rey, que vivía en la calle Margallo, en el esquinazo que llevaba a la calle San Justo. Una fotografía en la que se ve, también, a Emilio y Paco Rey, captada de la subida a Facebook en su día por el gran y querido amigo de estas lides como es Fernando Montes Macías.

Tampoco estaban, ay, aquellas pensiones clandestinas que albergaban a estudiantes bachilleres de un montón de pueblos de la provincia, como la que existía enfrente de la Panadería La Madrileña, y donde en una habitación hacía su vida Monchi, compañero de estudios, hijo del médico de Zarza la Mayor y amigo, a su vez, de mi padre, que guardaba una exquisita relación diríase que con toda la provincia, a fe de las visitas que llegaban a nuestro domicilio y a fe de sus giras por todas las rutas y carreteras de Cáceres.

A aquella calle Margallo le habían cambiado el decorado humano con el paso y el peso de los años que median desde la acuarela y el paisaje en el horizonte del Cáceres de Aquellos Tiempos al de hoy.

Un argumento de relieve que justificaba que tampoco me encontrara por el camino repleto del mar de mis dudas, en medio de aquel recorrido de pesares y de ausencias humanas de la vecindad en la calle Margallo, con Manuel Sabio Bernal, (Ceuta, 1931-1987), que se instaló con su cámara fotográfica al llegar a nuestra ciudad en 1960, retratando a unos y a otros con el prisma de su sensibilidad humana y artística.

Manuel Sabio Bernal, que se casó con María del Carmen Carrero Chaparro, fue otro de esos buenos vecinos de la amabilidad e identidad con el largo y numeroso vecindario de la calle a lo largo de los tiempos.

Ni tan siquiera, aunque fuera por caridad o por milagro, me topé con la imagen de Crisóstomo Serrano, aquel peculiar gestor administrativo, que moraba en el número dos de la calle, justo en su abrazo de pasión y de vida con la calle Nidos.

Tampoco aparecía la señora Jacoba, que habitaba con su hija un poco más abajo del Cuartel de la Benemérita, con una más que modestísima y caritativa pensión, aunque vivía más, para no engañarnos, con las ayudas alimenticias de la parroquia con las que la auxiliaban desde la Iglesia de Santiago, que le venían la mar de bien, aunque se mostraban hartas de comer sopas de estrellas, mientras estiraban, apuradamente, las pesetas como los chicles. Ni estaba por el paraje de la calle Margallo, Filomeno, compañero de instituto, que llegó desde Las Hurdes, con una maleta de cartón y de ganas de prosperidad, aún a pesar de su timidez y vocación de estudios, mientras su padre se afanaba en las severas tareas agrícola-ganaderas en un prado alquilado en Cáceres, porque hay que luchar por los hijos.

Ni aparecían, acaso porque el compás del tiempo desdibujara del todo con extrema fuerza la radiografía humana y vecinal de entonces, ninguno de los componentes de la familia Arjona, ni tampoco los conocidos hermanos a quienes toda la calle conocíamos, aún no se por qué, como los Pistones.

Felipa Díaz Lindo

Ni tampoco era capaz de encontrarme, en el número 37 de la calle Moros/Margallo, con Andrés Díaz, que trabajaba en el Departamento de Intendencia, del Regimiento «Argel 27«, ni con su esposa, Victoria Lindo, a la que conocíamos, coloquial y popularmente, como Huevera, por la sencilla razón de que vendía huevos en el vecindario, ni con sus hijos, Manuel y Felipita,

Una calle, en fin, en la que por mucho que la recorriera de forma exhaustiva con mis propios ojos no lograba tampoco en encontrarme con la señora a la que conocíamos como la «Coca» y su  marido, el señor Julián…

Todo un recorrido, pues, en el que habían desaparecido todos los parajes humanos, todos los paisajes caminantes por los distintos senderos de la vida… Mientras este modesto transeúnte, que quería y anhelaba encontrarse con tantas y tantas y tantas caras conocidas, solo se encontraba con la severidad del eco de los adioses y de los silencios, mientras me parecía ver en las ventanas, en los balcones y en las puertas a esa multitud de vecinos que conformaron la calle Moros/Margallo, ay, de Aquellos Tiempos.

Como tampoco se podía ver ya, a esas alturas del paso de la vida, a Aureliano Moreno, teniente coronel de la Guardia Civil, ni a su esposa, ni a ninguno de sus cuatro hijos. A saber: Mary, Pilole, Charo y Manuel, que puso una Academia para opositar a Policía Local. 

Sargento Moya, Cornetín de Ordenes en el Regimiento Argel 27.

Todo resultaba, pues, un conflicto emocional de mi profunda ceguera causada en esa trayectoria que se llamaba, sencillamente, el paso de la vida, ay, el paso del tiempo.

Una causa, ignoro si justificada o no, pero por lo que tampoco resultaba factible encontrarse y recibir el saludo, siempre cordial, del sargento Enrique Moya Domínguez, Cornetín de Ordenes en el Cuartel que albergaba al Regimiento Argel 27, y por aquellos tiempos del recuerdo de los años cincuenta y sesenta al frente de la Banda de Cornetas y Tambores. Como anécdota curiosa señalemos que ya cuenta del mismo el periodista Sergio Lorenzo, en su blog «Dices tú de mili«, que «hizo de Don Tancredo antes de meterse a militar«.

Como tampoco era posible encontrarse con Vicente, el churrero, ni con su mujer, la «Jacinta«, que contaban con un montón de hijos, ni aparecían por aquel sombrío panorama los Gudiel… 

Un recorrido de ausencias. Por lo que en vano trataba de dar y encontrarme con la imagen de la familia a quien, popularmente, llamábamos los Pardillas. Una familia que encabezaba Jacinto de la Osa, de profesión lechero, con las vacas del sustento familiar pastando, de modo preferente, por la antigua fábrica de hielo. Jacinto de la Osa casado con Juana y con la que tuvo tres hijos, Benito, Marisa y Juana, que trasegaban, como toda la chiquillería, por las correrías de aquella calle Moros/Margallo,

Como tampoco, ¡vaya por Dios, éramos capaces de encontrar la estampa de Esteban Trujillo Crehuet y su familia, aunque llegara al número 23 de la calle Margallo a mediados de los años sesenta, cuando bastantes familias ya alzaban el vuelo hacia otros barrios cacereños, pero que, enseguida, como era habitual, se identificaron con las dinámicas que correteaban de siempre, como podemos apreciar, en la larga historia de la larga calle Margallo, anteriormente Moros.

Una casa antigua, claro, que constaba de tres pisos, el de abajo, deshabitado, el primer piso, la familia Trujillo, y el de arriba lo habitaba una señora llamada Hortensia.

La casa quedaba situada enfrente, al parecer, de una pensión de noches caídas y de mañanas de laboreo por sus clientes.

Esteban Trujillo Crehuet, funcionario de Justicia, trabajaba en los Juzgados de la capital y tenía cuatro hijos. A saber: Lete, que también ejerce como funcionario de Justicia en Cáceres, Esteban, Pedro y Nacho.

Esteban Trujillo era muy conocido en Cáceres, además de por sus dotes humanas, curiosamente, por su motocicleta Harley Davidson, que tuviera su orige, ni más ni menos,  en el año 1946, que ahora anda en poder de su hijo Esteban con la que el mismo corretea por esos regueros y caminos trotando con tantas imágenes y sensaciones cuando pulsa el acelerador…

El abuelo de los hermanos Trujillo, de nombre Pedro Quesada Rubio, tenía un taller mecánico en la calle Camino Llano, más o menos a la mitad de la calle, también el número 23. Casa y dos cocheras. Tenía fama porque era el único capaz de arreglar el problema de calentamiento de los Seat 600.

Fotografía publicada por el diario «Hoy» el 7 de agosto de 2016.

Inclusive caí en la cuenta de que un apellido tan célebre, el de Margallo, dio el nombre a un mendigo de la ciudad, entre los años cincuenta y sesenta, y a quien denominaban «El Margallo«. A este respecto cabe señalar que el periodista Fernando García Morales escribía el 5 de febrero de 1982 en el diario «Hoy» que «algún mendigo que pidió, hasta hace poco, en las calles de Cáceres era descendiente de dicho general…«. Pero la fortuna, parece evidente, que le fue adversa y esquiva al mismo.

Ahí está el «Margallo«, en fotografía de nuestro siempre querido Fernando García Múñez, que aparece insertada en el libro «Cáceres, Plaza Mayor«.

Es de señalar que el «Margallo«, a quien le faltaba una pierna, solía tener sus lugares de petición de limosnas. Entre otros sitios se situaba los domingos en el Arco de la Estrella, a la hora y salida de las principales misas en la iglesia de Santa María, por ser un lugar estratégico para el paso de los fieles. Y, en ocasiones, hasta cantaba, apoyado en su muleta, para recabar la atención de cuantos pasaban por su cercanía, con letrillas entre otras como la siguiente:

La Virgen del Carmen dice

en un letrero que tiene:

Socorre a los desgraciados…

¡Qué paseo de tristeza, de pesares, de penas, de recuerdos, de adioses, de personajes que se volatilizaron por los aires como por arte de magia y de misterio…!
O, simplemente, por las calles y plazas de la ciudad.
Una estampa, una radiografía, una silueta emocional. Si bien, ahora, algunos de aquellos cacereños de la calle Margallo, o de aquellos margallianos de Cáceres, hoy nos reencontramos, al menos, en el paisaje, en el horizonte, en los caminos de Facebook. Como Juan Carlos Bravo García, actualmente Jefe de la Unidad de Festejos del Ayuntamiento y presidente del Orfeón Cacereño, que se casó con otra vecina de la calle Margallo, Charo Pérez Moraleda, Ana Mary Roncero Cercas, Isabel Gil Rodríguez, Juan Antonio Fajardo, Trinidad Leal Muriel, Isabel Agúndez, José Miguel de la Montaña, Eulogio Saavedra, Juan Manuel Romero Montesino-Espartero, Lalyta Mateos Sánchez Quitián, nacida en Margallo, 90, Cuartel de los Carabineros.

Seguí caminando entre ese recorrido de pesadumbre. Un poco más tarde, en la cuesta, el Cine Capitol, donde un día me impregné de la hermosura de Raquel Welch, sex symbol del momento, mientras mis rodillas casi se juntaban con las de mi guapa acompañante y los codos se aproximaban como si fuera una aventura pletórica de entregas pasionales.

Se me mezclaba el llanto interior del alma, el de la incomprensión por el paso del tiempo, queriéndome abrazar a las pelis en el cine del Palacio del Obispo, aunque el proyeccionista pusiera la mano ante el proyector en determinadas escenas por orden expresa, cuentan las crónicas de don Manuel Llopis Iborra, que para eso era el prelado y las sesiones infantiles, a los partidos de baloncesto en la cancha de los Talleres Municipales, en el dibujo de los atractivos de las chiquillas que me gustaban, a los inveterados paseos entre el eje conformado por la Plaza de San Juan y el esquinazo de los soportales de abajo, en la Plaza Mayor, abrazado junto a la pastelería Isa, de ricas bambas y merengues que alían de su dulce horno, , a los encuentros donde los futbolines de Peluca, los cafés de domingo futbolístico en el Bar Béjar, sito en la calle Colón, a la espera del partido del Club Deportivo Cacereño con aquella incombustible defensa de Tate, Valero y Mandés, con Escalada o De Santos en la portería, y con Urruchurtu, Palma, Fabio o Nandi, entre otros, ahí es nada, mientras Camilo Liz, que llegaba del Atlético de Madrid o Busquets se sentaban en el banquillo del entrenador, las escapadas vespertinas dominicales a los siempre románticos y esperados guateques, las huidas a la Biblioteca, bajo las órdenes de doña Isabel Luna, siempre un primor, incluso las anunciadas salidas a misa, aunque no asistiéramos a las mismas, porque el caso era huir de casa y pasar el menor tiempo posible en ella, aunque siempre te preguntaban tus padres por el color de la casulla del cura oficiante. Y ahí, qué quieren que les diga, algunas veces nos pillaban en fuera de juego.

Más allá, en la calle Margallo, una ristra de juegos, las chapas con los cromos de nuestros ídolos de Primera División, la taba, hilo negro, encima, el escondite, el pañuelo, veo veo, los bolindres, pares y nones, los pelotazos, la mosca burrera, las chapas, los patines, burro nuevo, el salto del estudiante, buenos y malos, un fío o partido de fútbol con una pelota Gorila y que regalaban con la compra de unos zapatos, ir a pájaros, patinar con un artilugio casero y prehistórico, las clases del Brocense, el Insti de siempre, el sueño de la disconformidad, de la contestación, de las interrogantes.

Una calle que en los días de sorteo militar se llenaba de quintos, llegados de todos los pueblos de la provincia, ataviados con sus mejores galas, que llenaban la calle del vaho de pueblo y rumor evanescente, esperando el destino para el cumplimiento del servicio militar.

Recorría, pues, la calle Margallo en el silencio de mi soledad y de mi pena. ¡Flotaban y se esparcían por el aire tantas imágenes –ahora, desaparecidas– que el alma, para no engañarnos, me temblequeaba de emociones…!

Ya no estaban los vecinos, los amigos, ni tan siquiera aquel asfaltado de los años sesenta, cuando me caí en la zanja de la conducción del agua por mirar ¿a quién? Quizás, ella, no lo sepa nunca. Me podía la timidez. Por no haber, claro, ya no había ni tinao alguno.

Y llegando a la Plaza de las Cuatro Esquinas, casi tocando con la punta de los dedos la Plaza Mayor, donde tantos adioses se elevan al cielo de las caras conocidas, miré hacia atrás. Enfilé con la mirada, compungida, la calle Margallo, y, de repente, desapareció.

Incluso me acordé que hasta en una pelea intervecinal, entre una pandilla de la calle Moros y otra de la calle José Antonio, sobre cuál de las dos era más importante, estos últimos nos decían que la suya porque por ella caminaban los «millonarios», como se conoce a los que sacan a hombros a los toreros y novilleros que abrían la puerta grande en los espectáculos taurinos. Un ejemplo que nos dolía en el alma y que no tenía respuesta. Sobre todo porque aquel mismo domingo el novillero Baldomero Martín, «Terremoto», triunfaba de modo espectacular y era llevado por los «millonarios» calle José Antonio arriba.

Y desde lo alto del Capitol aquel espejismo, brillaba la calle Margallo en el cruce del sol y del agüilla de las lágrimas que me resbalaban en mis emociones como si fuera un oasis de paz en la ensoñación al hilo de la memoria.

También, claro, en el inexpugnable paso del tiempo del alma por la calle Margallo de Cáceres.

Una calle, ay, la calle Margallo de mis andanzas infantiles y adolescentes, en la que su edificio más notable, artísticamente hablando, es el palacete que hoy alberga el Hotel Alameda. Tal cual se puede apreciar en la fotografía del archivo de ese impecable cacereño, cacereñeador y cacereñista que es Teófilo Amores Mendoza.

Instalado en el número 45 de la calle el palacete es una obra notable, de estructura modernista, y que destaca por su belleza, su elegancia y su fina y elegante alzada hacia los cielos de la eternidad de la ciudad de Cáceres, cuajada siempre, de historias de la historia, de páginas de la sencillez y calidad humana y de aventuras notables y notorias.

Un Palacete del que en el artículo «Delicias cacereñas del pasado siglo», publicado en el periódico «Extremadura«, el historiador e investigador cacereño Francis Acedo dice: «Igualmente destacable es la Casa Higuero Viniegra (actual Hotel Palacete Alameda) de la Calle Moros. Su fachada ecléctica muestra profusión de elementos decorativos, entre los que destaca el magnífico mirador, y su ingreso, con grandes leones, nos habla de la profusión decorativa novecentista«.

callemargallo-pedrodelapeñaelpartidoliberal28-X-1893Ya en el ámbito de la estructura y de la dinámica comercial, alcanzando el año 1900, aparece en la Moros, de Cáceres,, antes de pasar a denominarse con el nombre de General Margallo, el anuncio que aparecía publicado en aquellos lejanos tiempos, cuando corría, ni más ni menos, que el 28 de octubre de 1893. Un tiempo en el que el empresario llamado Pedro de la Peña ya tenía instalado su despacho en el número 14 como «Agencia para la recepción de toda clase de mercancías en la estación de ferrocarriles, camiones y carros para mudanzas«, así como otros menesteres de Aquellos Tiempos, como era, por ejemplo, el Servicio Diario de Carros a Trujillo. ¡Todo un reto y un desafío, pues, a los nuevos tiempos…!

¡Cómo han cambiado, ahora, ya, con el paso del tiempo, los paisajes físicos y los paisajes humanos del paisanaje de la calle Margallo…!

Todo ello con ese compás de la historia que avanza en el paso, en la imposición  y el peso del tiempo que se refugiaba, porque la vida es así, en un mundo, ya, que solo queda atrás. Esto es, como si hubiera sido borrado por el vendaval de una tempestad.

margallo.agenciadetransportesUna calle en la que, poco a poco, paulatinamente, casi sin darse cuenta nadie en el correr del transcurso de la historia, iría surgiendo un cierto empuje económico-industrial, y, por tanto, comercial. Por lo que ya, allá por el año 1904, es decir, hace ya ni más ni menos que la friolera de tan solo 112 años, ya se anunciaba en el número 14 de la calle Margallo, Felipe Ramos, con su «Agencia General de Transportes, Comisiones y Consignaciones«. Además de ofrecer «Caballos de Alquiler«, tal como podemos leer en el anuncio publicado en el periódico «El Adarve«, correspondiente al 24 de febrero de 1910. Este último aspecto, el de alquiler de caballos, se supone, que ya debería de ir acorde con los tiempos.

Y allí, precisamente allí, en la calle Moros, en el año 1905, figuraba la sede de la Cofradía de la Virgen de la Montaña. Tal como certifica el Señor Registrador de la Propiedad de Cáceres al conformar la comprobación de bienes patrimoniales de José Trujillo Lanuza, que fuera alcalde de Cáceres en dos ocasiones, 1892-1893 y 1897-1898, senador, y gobernador civil de Málaga. Así se deduce, pues, del escrito en el que se señala que José Trujillo Lanuza era propietario de la casa número 91 moderno, de la «Calle Moros«, que lindaba, como podemos apreciar, junto a la Cofradía de la Virgen de la Montaña.

elbloqueprimernumero-001

En el número 1 del periódico El Bloque se puede leer: Redacción y Administración Margallo 64.

Señalemos que en la calle General Margallo además del Cuartel de los Carabineros y del Cuartel de la Guardia Civil, también estuvieron situadas, en su múmero 64, las dependencias de la Redacción y Administración del diario «El Bloque«, periódico demócrata, desde su puesta en marcha allá en el lejano 12 de noviembre del año 1907, de mano de Emilio Herreros Estevan, con uve, por cierto, y que alcanzaría a ser un personaje de notorio relieve en el Cáceres de Aquellos Tiempos.

margallo-despachoemilioherrerosPor esa época don Emilio Herreros Estevan, tal como se recoge y señala en el anuncio del periódico adjunto, ya tenía instalado su despacho como abogado en el mismo edificio.

Y allí fue donde inició su larga andadura jurídica, política y periodística, combinando los tres campos. y en los que, con una gran capacidad de trabajo y con unas señaladas cualidades, progresó de forma notoria y alcanzó el mayor relieve.

Emilio Herreros Estevan llegaría a alcanzar y desempeñar un significativo papel, a pesar de aquellos difíciles tiempos, en el panorama social e informativo cacereño, y que, entre otros cargos, desempeñó las responsabilidades de Diputado provincial por Trujillo y también por la jurisdicción de Montánchez.

Asimismo Emilio Herreros Estevan llegó a ejercer el cargo de Gobernador Civil interino, el de presidente de la Diputación Provincial de Cáceres, y, también fue, durante largo tiempo, presidente de la Comisión de Monumentos de Cáceres, con significativos logros a lo largo de todos sus cometidos y responsabilidades.

Asimismo en la cacereñísima calle General Margallo, anteriormente ya denominada calle Moros, surgida a consecuencia de la expansión paulatina de la ciudad, ya iban creciendo e instalándose, paulatinamente, también, en su momento, negocios y empresas de los que quedan testimonios gráficos, como el presente, gracias a sus anuncios que aparecían publicados en la prensa de aquellos tiempos.

Así, de este modo, en el año 1910, ya aparecía este llamativo anuncio, de gran presencia y extensión, en el periódico cacereño «El Noticiero«, y que podeis ver a la izquierda de estas líneas.

En la esperanza de sus propietarios, Hijos de F. Gutiérrez, que instalaba su negocio en el número 92 de dicha calle a principios del pasado siglo, de que la llamada de atención publicitaria le captara y arrastrara clientela hacia las instalaciones de sus dependencias y que estaban acorde con los tiempos en que se abría muy mucho el mercado de los carruajes.

Paso a paso, pues, en el recorrido del tiempo, la calle Margallo iba configurando la dinámica de sus esencias y de su propia historia, que aquí, en la humilde medida de nuestras posibilidades vamos dejando constancia.

Ese mismo año de 1910, tal como recoge el anuncio insertado en el periódico diario cacereño «El Noticiero«, ya se encontraba abierta a los visitantes de la ciudad la «Posada de Inés Rodríguez«, en el número 44, y que ofrece, además, «amplias y ventiladas cuadras para acomodamiento de ganado«.

Lo que, muy probablemente, fuera uan propuesta de negocio acorde con los tiempos que circulaban en el recorrido de la calle Moros, ya Margallo, en el año referencial de 1910. hace ya, pues, ni más ni menos, que la tacada de ciento seis años. Que se dice pronto, mis queridos amigos.

margallo.colegiosuperiordeniñaselnoticiero14-I-1914Y unos años más tarde, ya situados en el correr de aquel año de 1914, hace tan solo ciento dos años, en el periódico «El Noticiero. Diario de Cáceres«, vemos insertado este anuncio en el que se deja constancia expresa de la aparición un Colegio Femenino en el Piso Principal del número 37 de la calle Margallo.

Un anuncio en el que reza la inscripción: «Colegio Superior de Niñas». Y más adelante podemos enterarnos de que el mismo se encuentra «bajo la dirección de doña Dolores Hernández».

callemoroshijosdefugtierrez1914También en el año 1914, hace ya, ni más ni menos que la friolera de ciento dos años, que el establecimiento de los hijos del empresario cacereño F. Gutiérrez, citado dos párrafos atrás, presentaban este anuncio en la publicación de la «Guía del Comercio«, referente a ese mismo año. Y por el que se ofrecía, tal como podemos apreciar en el mismo, la «Venta de toda clase de carruajes» a «Construcción y reparación de coches«.

Como se puede apreciar en el documento fotográfico que aparece a la izquierda ya había algunas diferencias respecto al establecimiento anterior, heredado de su padre, como bien se señala en el mismo, y que, con toda probabilidad, estaría marcando el ritmo o el cambio de los tiempos que iban  llegando a una velocidad supersónica. Como suele suceder en todas las etapas. Y lo que, aún podría resultar mejor o peor, según se mire, que, en ocasiones, todo llega por la vía de las necesidades o de la propia evolución que se iba imponiendo.

Así se iba radiografiando la silueta de la propiedad realidad, sencillamente, del Cáceres, ay, de Aquellos Tiempos, y que tantos y tantos vecinos de aquella calle Moros y Margallo recordamos por lo mucho que nos marcaron en su momento.

margalloeloymoromartin-001Y como quiera que la ciudad iba incrementando poco a poco el número de sus habitantes y, como consecuencia de su expansión demográfica la misma iba creciendo en su espacio físico, ya se abrían de despachos en la calle General Margallo como, por ejemplo, precisamente, el que aparecía publicado en el referido semanario «El Bloque«, en fecha 23 de febrero de 1915, con el despacho que allí tenía el Procurador de los Tribunales, Eloy Moro Martín, en el piso segundo del número 37.

margalloclasesparticulares-001También ese mismo año, 1915, y en dicho periódico, «El Bloque«, aparecía con frecuencia el anuncio del Colegio de Primera Enseñanza para Señoritas dirigido por la Maestra Superior doña María Estrella Sellers, instalada en el piso principal del número 74.

Una Academia, fruto, muy probablemente de los nuevos tiempos formativos que se iban imponiendo y exigiendo al compás, claro es, de los avances propios de los nuevos tiempos, en función de una mayor y mejor formación de la chiquillería estudiantil y alcanzar rangos más elevados que sus progenitores. Más, aún, teniendo en consideración aquellos difíciles, complejos y enrevesados tiempos que corrían.

callemoros-tallerdecarruajesjuanperezguiadelcomercio1916Ya en el número 102 de la calle General Margallo, cuando la misma había dejado de denominarse oficialmente como calle Moros, en los años 1916, 1917 y 1927, se anuncia en la «Guía del Comercio«, «Juan Pérez Hernández. Construcción de Carruajes«. Un establecimiento, allá en aquel esquinazo, que se conformaba como una de las entradas y salidas de la ya ciudad de Cáceres, en el ímpetu comercial de sus gentes por ganarse el pan y la sal, hacer frente a la vida y salir adelante. Que, a fin de cuentas, es de lo que se trata, en la apuesta.

En ese tiempo, en el año 1917, vivía entonces también en la calle Margallo, más concretamente en el número 37, principal, tal como podemos ver en la fotografía, captada del semanario taurino «El Toreo«, Ricardo Hernández que, a la sazón, se anunciaba como apoderado del torero cacereño Angel Fernández Pedraza, Angelete, (1892-1931), natural de Baños de Montemayor, que se doctoró en el arte de Cúchares en Salamanca, de la mano ni más ni menos que de Joselito, y que confirmó su alternativa en Madrid, con el gran Cocherito de Bilbao como padrino. Si bien el apoderado principal de Angelete, como se puede ver, era Avelino Blanco, que fue banderillero en las cuadrillas, entre otros, de Emilio Torres, «Bombita«. y que también apoderaba a un torero de la importancia de Mazzantinito.

callemargallo-lagripe-1920Poco más tarde, en 1919, aparece en la ciudad de Cáceres el periódico «La Gripe«, que se proclama como «Defensor de la Moral y de la Justicia» y que como antesala de su contenido exponía públicamente al lector con un curioso aviso y del siguiente tenor, tal como podemos apreciar: «De lo publicado responden sus autores«.

El periódico-semanario «La Gripe» disponía de su Redacción y Administración en el número 19 de la calle Margallo.

callemargallo.academiafedericoreañoAsimismo, allá por el año 1922, según podemos apreciar en un anuncio aparecido en el semanario cacereño «El Bloque«, correspondiente al día 5 de enero, también estaba instalado en el número 46 de la calle Margallo, mi calle Margallo o nuestra calle Margallo, como decíamos con orgullo la chiquillería de los años cincuenta y tantos y sesenta, el Centro Preparatorio Militar, que dirigía el Comandante y esmerado escritor y poeta, Federico Reaño García, y que fue una institución en el Cáceres de aquellos tiempos destacando tanto en el panorama militar, su carrera, en el panorama sociocultural, su gran pasión, y en el panorama de su identidad con Cáceres, ciudad a la que llegó como destino militar temporal y en la que, enamorado desde el principio con la misma, optó por quedarse a vivir en la capital, donde se casó y nacieron sus hijos.

margallo-laboratoriocorralesYa en el correr del año 1924, situándonos concretamente en la fecha del día 30 de Mayo, por cierto, durante la celebración de las siempre divertidas y atractivas Ferias y Fiestas en honor de San Fernando, el periódico cacereño «El Adarve» publica un anuncio que difunde la presencia en el número 58 de la calle Margallo del «Laboratorio Corrales«, y en el que se destaca, de modo claro y específico, la realización de «análisis de sangre, pus, orina…», además de otras cuestiones profesionales propias del despacho y laboratorio como resulta el «diagnóstico directo de la avariosis por el ultramicroscopio». 

callemargallo.palaisdelamodeDe este modo llegamos a situarnos en el año 1927 y en el que en el periódico vespertino cacereño «Nuevo Día» correspondiente al 30 de mayo, ya podemos contemplar este también curiosísimo anuncio marcado por las tendencias de la época en lo que hace referencia a la moda femenina. Ahí se ve en la fotografía, pues, cómo en el número 18, un poco más arriba de lo que ya era el Colegio Franciscano de San Antonio de Padua se abría al público ni más ni menos que el «Palais de la Mode«, como «sombrerería de señoras, única en su clase«.

Y es que la calle Margallo, para no engañarnos, iba siendo en aquellos tiempos una calle que se iba estirando, desperezando y creciendo en las dinámicas de la expansión de la ciudad de Cáceres.

callemargallo-nuevodia27-9-27Y también en el transcurrir del año 1927, en el periódico «Nuevo Día«, se publicaba un anuncio informando de la brillantez de los expedientes escolares de los alumnos que pasaban por las aulas de la Academia de Don Francisco Campón Rico.

La misma se encontraba  ubicada en el número 31, se dedicaba a clases de Primera Enseñanza, de Bachillerato y de Magisterio y ofrecía, como reclamo las calificaciones de los alumnos que recibían las enseñanzas en dicha Academia. Y que se convirtió,según contaban algunos, en una Academia de cierto relieve en el Cáceres de aquel entonces , por la calidad del profesorado. que impartía la docencia de todas las materias que necesitaban los estudiantes.

Un año después, esto es, ya en el correr del año 1928, ya podemos apreciar, un anuncio, aparecido en el periódico diario cacereño que obedece a la cabecera de «Nuevo Día» la presencia, en el número 78, de aquella nuestra calle Margallo, que también fue, casi siempre, calle Moros, de las representaciones que desempeñaba J. Valiente.

Lo que llevaba a cabo bajo la denominación de la marca «Rotarus«, para lo que solicitaba, desde las páginas del rotativo cacereño, la colaboración, eso sí, «a comisión«, como es debido, faltaría más, de representantes y de viajantes.

Todo, todo, todo, demuestra, al fin y a la postre, que la vida va quedando atrás al compás que nosotros vamos hacia adelante. ¿O, tal vez, sea todo lo contrario, y puede que, acaso, los seres humanos no nos enteremos de qué va la cosa? ¿O es que, si filosofamos, vamos regateando al presente, que ya es pasado, y nos agarramos al mañana?

¡Ay, cómo me duele la soledad de este recorrido cuando en sus buenos tiempos andar por la calle Margallo pareciera un desfile festivo: «¡Adiós, Juan!«, «¿Qué hay, amigo?«, «¿Dónde va el estudiante?«, «¿Qué hace el mozo?«. O, si se prefiere, aquel grito de guerra que esperaba ansioso: «¡Juanitooooooooo!«.

callemargallo-nuevodia26-1-31Y ya, en llegando al correr del año 1931, podemos apreciar cómo se anuncia, en el periódico cacereño «Nuevo Día«, por el 26 de enero el establecimiento denominado «Lobo«, instalado en el número 6 de la cacereña calle Margallo o Moros. Como ustees, queridos lectores, consideren oportuno.

Un comercio especializado, en aquel entonces, por lo que podemos apreciar, en «Decoración de habitaciones«. Y que, según ponemos, pasada la temporada navideña, después de la festividad de los Reyes Magos, su dueño se pone a tirar la casa por la ventana y, de este modo, proceder a liquidar, como especifica, las existencias de fin de año.

Una calle en la que en el mes septiembre de 1935 procede a instalarse en el número 46 las monjas del Sagrado Corazón de Jesús.

Lo que llevan a cabo las hermanas a partir del 8 de dicho mes, dejando, paulatinamente, la huella de su presencia entre gestos humanitarios, servicios sociales, ayudas caritativas y enseñanzas religiosas y morales a todos cuantos iban acercándose a conocer el mensaje de la propia orden.

Y poco menos de dos meses después, concretamente el 1 de noviembre de ese año, 1935, echa a andar y comienza una andadura, lamentablemente corta, la revista literaria cacereña «Cristal«. Y en cuyas páginas, además de brillantes artículos y ensayos de Agustín Bravo Riesco, de Miguel Angel Orti Belmonte, de Antonio Hernández Gil, y otros, aparece este anuncio. Y en el que se nos da cuenta de que en el número 56 de la calle Margallo se encuentran las dependencias de Mirat con sus autobuses omnibus en el recorrido Cáceres-Trujillo-Madrid.

CALLEMARGALLO.COMERCIOLAFALANGE1SEPT1936Y ya en el año 1936, el periódico «La Falange«, correspondiente al día 1 de septiembre, daba cuenta del anuncio por el que se ofrecía a los lectores y para la más adecuada difusión publicitaria y comercial a través del boca a boca por el Cáceres de Aquellos Tiempos  «Jorge Polo Santos«, que dejaba constancia de su profesión como «Constructor de Obras«, y situado en el número 13 de dicha calle, tal como se puede apreciar en la fotografía adjunta.

Una calle, pues, que, a lo largo de la historia, iba estirándose en sus dinámica comerciales, impulsada por lo que venía a representar el pulso de los caminos de futuro y de crecimiento de la ciudad.

margallo.mirat.lafalange1sept1936Del mismo modo, y en el mismo periódico, «La Falange» también aparece, asimismo, el anuncio de los servicios de la cacereñísima empresa Mirat, con sus dependencias administrativas en el número 56 de la calle Margallo en el correr del año 1936, tal como señalamos, y ofreciendo la posibilidad a la clientela cacereña de la adquisición de un kilométrico, para «viajar barato«.

Todo ello, la presencia y evolución de comercios, de tiendas, de colegios, de almacenes, de todo tipo, se conformaba, pues, como una señal inequívoca, de que la calle Margallo y, a la vez, también, la ciudad de Cáceres, iba creciendo y estirándose poco a poco. Al compás de la propia evolución social en el dinamismo que marcan los compases en el pentagrama de la vida de cada uno de nosotros. es decir, de los seres humanos.

¿O, acaso, le importaba algo a alguien mi soledad, mi llanto interior, mi mirada de reconocimiento del aire y del cruel vaciado humano de aquella calle que tanta y tanta vida a todos los personajes, citados o no, en este recorrido?

callemargallo-5-2-37De este modo allá por el mes de febrero de 1937 el periódico local «La Falange» insertaba este anuncio que referenciaba a Margallo 36 como lugar de referencia de la levadura prensada de marca «Danubio«.

Una calle, siempre, en el largo, inmenso, y a la vez corto camino en el recorrido hacia la eternidad en el transcurso de los tiempos.

Y en la que, allá por los años cincuenta, se anunciaban, también, las oficinas de la Agencia de Negocios «El Aguila«, y cuyas dependencias se incardinaban en el duplicado del número 40 de la calle Margallo. Tal como se puede ver en esta octavilla publicitaria para el reclamo de la clientela.

NOTAS:

01.- La fotografía del general Juan Díaz Margallo está captada de la revista La Ilustración Española.

02.- Los retratos de mis padres, Valeriano Gutiérrez Macías y Adoración Gómez Sánchez, son obra de ilustre y prestigioso pintor extremeño Antonio Solís Avila, con quien siempre mantuvieron una muy entrañable amistad.

03.- La fotografía de Juan Checa Campos está captada del periódico «Extremadura«.

04.- Las fotografías de José Luis Rubio Pulido, Antonio Rubio Rojas y Victor Gerardo García del Camino están captadas del diario Hoy.

05.- La fotografía de Pepi Suárez se corresponde con una postal de la época.

06.- La fotografía de Jesús Alviz está captada del blog sierradegatadigital.com,

07.- La fotografía de Valeriano Gutiérrez Macías es de la colección personal.

08.- La fotografía del Cuartel de la Guardia Civil está captada del Blog Fotos Antiguas de Cáceres.

09.- La fotografía que se corresponde con el número 96 de la calle Margallo, número es obra de nuestra querida amiga Ana María Roncero.

10.- La fotografía de Luis María Gil y Gil es obra de Juan Guerrero.

11.- La fotografía del matrimonio Bravo García, ha sido facilitada por Juan Carlos Bravo García Bravo. Y en la misma aparecen Juan Escobar Antequera, Jefe de la Policía Local durante varios años,Juanita Bravo, hermana de Fulgencio Bravo, Demetria García y Fulgencio Bravo.

11.- La fotografía de Juanita Franco es obra de Javier Caldera.

AGRADECIMIENTOS:

El autor desea dejar constancia de su mayor agradecimiento a todos los vecinos de la calle Moros/Margallo, de siempre. Y citar, desde ese agradecimiento, a tantos y tantos, que, paulatinamente, me van facilitando datos, nombres, fotografías. Entre otros muchos, y que me perdonen los que me deje atrás, mi agradecimiento, pues, a Mamen Pérez Cambero,  a Juan Antonio Fajardo, a Juan Manuel Romero Montesino-Espartero, a Eulogio Saavedra, a Puri Pacheco, a Juan Carlos Bravo García, a Ana María Roncero CercasIsabel Arroyo, a Isabel Gil Rodríguez, a Angel Moreno Amor, a Julita G. Parra, a Tomás González Hernández, a Esteban Trujillo… 

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NOCHE DE SOLEDAD EN MI CALLE MARGALLO, TAMBIÉN MOROS by JUAN DE LA CRUZ GUTIÉRREZ GÓMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

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