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LA INJUSTICIA DE LA EMIGRACION EXTREMEÑA

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Según el Instituto Nacional de Estadística Extremadura contará en el año 2033 con un 29% menos de población que en 1950 y menos habitantes que en 1920. Entre 2018 y 2033 la región extremeña perderá más de 70.000 brazos jóvenes. Una auténtica sangría y hemorragia humana, social y económica en el panorama regional de Extremadura.

LA INJUSTICIA DE LA EMIGRACION EXTREMEÑA es el artículo firmado por un servidor y que hoy, 23 de octubre, aparece publicado en el periódico digital diario extremeño «Región Digital«.

Parece un hecho evidente, a base de los datos que emanan del Instituto Nacional de Estadística, que en España existen unos claros hechos diferenciales de unas Comunidades Autónomas, aunque la Constitución señale que todos los españoles somos iguales ante la ley.

Un hecho basado en cifras reales, como se pone de manifiesto, por ejemplo, en las diferencias de la renta per cápita, de las pensiones, de la ubicación de empresas, de los salarios, de las actuaciones y previsiones de los Gobiernos en diferentes materias, y, sobre todo, en la sangría migratoria. Datos y cifras, como hemos dejado constancia en otros artículos, de que Extremadura es una región perdedora en todos estos índices.

Y no es solo la serie de desastres ferroviarios actuales en Extremadura. Nuestra región cuenta hoy, prácticamente, con la misma población que hace un siglo. Y ahí están los datos publicados hace unos días por el INE en el sentido de que en los próximos quince años, que están a la vuelta de la esquina, nuestra Comunidad perderá 70.789 personas más, en una continuada serie de despropósitos, desatinos y desaciertos del tándem que forman, habitualmente, ayer y hoy, los Gobiernos central y autonómico. Sin distinción de colores políticos. Lo que aún resulta bastante más grave.

Pero hay algo peor tras estas alarmantes cifras de la nueva riada migratoria extremeña que prevé el INE. Y es que esos emigrantes son, como siempre, los brazos jóvenes, precisamente los que más necesita la región –que no debería de abandonar nadie a la fuerza– en la desesperanzada esperanza de que se levante una tierra que, cada día que pasa, se encuentra un poco más condenada a seguir perdiendo gentes, desgarrando familias, abandonando al olvido de la muerte el espacio rural de nuestros pueblos, arrinconando las historias y abatiendo las tradiciones, en silencio y en soledad. Y, como consecuencia, a seguir perdiendo más posibilidades de desarrollo.

Lamentablemente Extremadura se conforma como una tierra de emigrantes, con cuyo duro e inadmisible aumento, como de otras cifras económicas, industriales, sociales, etc, se pone de manifiesto la desigualdad entre los pueblos y, por tanto, el incumplimiento de la Constitución entre las Comunidades de España. Un hecho del que, quiérase o no, alguien tendrá la culpa.

Y mientras la emigración avanza, cuando menos permitida por la clase política, salvo alguna aislada excepción, si es que la hay, mientras el pueblo extremeño calla, de forma resignada ante semejante tragedia, mientras sus jóvenes crecen en la angustia, en una especie de autodestrucción de nuestros pueblos y ciudades, porque nadie sabe protestar en Extremadura como lo hacen otros lugares de España, para conseguir sus logros y anhelos, ahí quedan las cifras:

Extremadura contaba en 1920 con 1.064.318 habitantes, en 1950 llegó hasta 1.408.320 almas, descendió dramáticamente a 1.070.583 personas en 2018 y el Instituto Nacional de Estadística señala que para 2033 habrá 999.794 habitantes.

O lo que es lo mismo dentro de 15 años Extremadura habrá perdido ni más ni menos que un 29 por ciento respecto a la población que registraba antes de la tragedia migratoria…

¡Qué pena…!

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ADIOS, PAISANO EMIGRANTE

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Extremadura cuenta hoy, en 2018, prácticamente con la misma población que en 1920. Una auténtica tragedia migratoria que va contra la socio-economía y el progreso regional. Aquí os dejo mi artículo «Adiós, paisano emigrante», que hoy, aparece publicado en el periódico digital y diario extremeño «REGION DIGITAL».

ADIOS, PAISANO EMIGRANTE

Finalizado septiembre ya ha regresado a sus lugares de residencia habitual la práctica totalidad de los emigrantes que han pasado sus vacaciones estivales en los pueblos de la Extremadura, de su ausencia y presencia, en la que un buen día les nacieron.

En esos municipios se derramaron lágrimas de acidez humana, que aún riegan los caminos, cuando aquellos muchachotes de los cincuenta, sesenta y setenta, se largaban a buscarse la vida fuera del pueblo porque en sus municipios no tenían futuro.

Con tanta fuerza caía la tormenta de la sangría migratoria, que derrumbó tantos pueblos extremeños, que en 1977, el pedagogo cacereño Adolfo Maillo García, maestro rural, Secretario de la Junta Central contra el Analfabetismo, representante español en la Conferencia Internacional de Instrucción Pública, me invitaba a la presentación de su ensayo “Extremadura en la encrucijada”.

Un minucioso estudio, cuajado de arraigo regionalista, de dolor y reto al tiempo, sobre la fuerza de Extremadura y la diáspora, que se abría con esta dedicatoria: “A los extremeños “humildes” que de 1950 a 1970, mientras los Planes de Desarrollo enriquecían otras tierras, se vieron forzados a abandonar la suya, para buscar en lejanos horizontes, con duro acomodo, posibilidades de supervivencia, a costa de dramáticas renuncias y crueles abandonos”. Un libro que deberían leer muchos.

Paulatinamente las estructuras estatales habían configurado una política de polos de expansionismo industrial, con preferencia, claro, en Cataluña, el País Vasco y Madrid, donde se reclamaban brazos de otras regiones para levantar a pulso las Comunidades citadas, con el sudor emigrante, mientras sus pueblos se hundían. ¡Qué desigualdad de supuestas igualdades ante el futuro del país…!

Aquellos mozalbetes, esperanza de sus municipios, sentían el alma desgarrada de dudas, porque lo que les atraía era el aliento del hábitat en el que se habían criado, la familia en toda su amplitud, los senderos de las estampas vecinales y amigas, el paisanaje y los paisajes, los horizontes, las tradiciones lugareñas y típicas con sabor a historias y leyendas con una sensibilidad de diversas tipologías, desde la niñez hasta ese día que partirían hacia un mundo desconocido…

¡Cuántas luchas, sudores, trasiegos y recuerdos en la dinámica existencial del emigrante, que casi se morían de pena en el último abrazo a los padres, a los hermanos, a los tíos, a las gentes, haciendo de tripas corazón y a ver qué pasaba con el destino…! Al medio un inmenso reguero de llantos y nostalgias, que acompañarían, por un lado, al emigrante; por otro, a los que se quedaban, confundidos unos y otros en el barrizal de la vida.

¿Por queeeeeeeé? – se preguntaban.

Solo respondía el eco, como queriendo impulsar una oleada de silencios que dolían y aún siguen oprimiendo, tantos años después, el corazón y el alma de quienes emigraron y de cuantos trataban de sostener las paredes del pueblo.

¡Pobre Extremadura, tan repleta de rutas migratorias, de contenciones despavoridas, de resignaciones sempiternas, de ausencias de nuestros jóvenes, que tenían que largarse de la tierra donde les parieron, arrancándoles de sus lugares, en los que pegaron el estirón del crecimiento en el paso de los años…! ¡Qué pocos son los que, sin haber palpado en su alma la crueldad de las despedidas, sientan el escozor eterno que se arrastra con aquellos adioses de abrazos, con la cara pegada en el hombro ajeno, la respiración contenida y el pálpito de una separación sin fecha, tan siquiera de esperanza…!

El proceso migratorio dio unos pasos demoledores en aquellas décadas en las que unos marcaban el destino de otros. Ya podría haber sido al revés y que hubieran llegado hasta los fértiles campos extremeños tantas miles de personas como las que se fueron, y aupar nuestros destinos a un futuro mejor en toda Extremadura, que aún sangra por la herida de la emigración.

Las cifras demográficas señalan cómo la Extremadura de hoy cuenta tan solo con 6265 almas más que las que poblaban la región en 1920, 1.064.318, cuando España ha pasado de 22.012.663 personas de hace 98 años año a los 46.659.302 habitantes de hoy…

El emigrante, entonces, apoya la cabeza en el sofá, cierra los ojos y cabalga, la imaginación desdibujada en su pueblo, pintarrajeado en el techo de la ausencia, con aquellos surcos en los que ahondaron sus manos hasta rajarlas entre carámbanos, por aquellos andurriales que tanto patearon aprendiendo todo sobre la agricultura y la ganadería, con unos hurones por las madrigueras de los conejos, por aquellas cocinas que elevaban el vaho y el rumor de cocidos, gazpachos, pucheros, rosquillas caseras, por aquellas callejuelas y plazoletas con olor a mucha vida, por aquellos ¡arre! a las bestias herradas con las que cabalgaban arrancando el fruto de las entrañas de la madre tierra…

Pero quedaba claro que la apuesta de quienes dirigían el país no iba, precisamente, por el sector rural, que tantos esfuerzos había generado, a lo largo de la historia, en los pueblos extremeños.

¡Qué contradicción, Señor…!  ¿Y ahora, qué…?

Y allí está la pobre anciana, sola, sacando el pañuelo desde la bocamanga de la rebeca.

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GUADALUPE SIGUE EN LA DIOCESIS DE TOLEDO

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Hoy, 8 de septiembre, festividad de la Virgen de Guadalupe, se celebra el Día de Extremadura. Pero, a estas alturas del siglo XXI, la localidad cacereña, capital religiosa de la región, y otros treinta pueblos extremeños, siguen perteneciendo a la diócesis de Toledo.

Lo que surge en 1222 cuando el Arzobispo de Toledo y guerrero, Rodrigo Ximénez de Rada, que en 1218 ya había fracasado en la toma de Cáceres, compra los Montes de Toledo al conde Alonso Téllez “por 8.000 morabetinos y 1.000 cahíces de trigo y cebada”.

Un anacronismo, ofensivo ante los extremeños, mientras consideramos que ya es hora que actúen con determinación quienes tienen la responsabilidad de solventar por justicia histórica, sensibilidad popular y respeto, que esos municipios pasen a una diócesis extremeña.

El periodista, al que le duele escribir estas líneas, pretende llamar de nuevo la atención de los máximos responsables eclesiásticos y políticos desde la reivindicación y recordar la gravedad moral de tamaño desacierto por parte de la Iglesia, mientras en Extremadura nos sonrojamos ante la afrenta a la región y a sus gentes. Más aún si sacamos a colación ejemplos bochornosos.

¿Cómo es posible que sigan escondiendo la cabeza debajo del ala e inhibiéndose en asunto de semejante relieve quienes crispan con su inacción al pueblo extremeño, que sienten en Guadalupe un foco de peregrinación y de fe como capitalidad religiosa autonómica?

Señalemos, desde el rubor ajeno, que en 2016, cuando unos extremeños reivindicaban a Guadalupe en una diócesis regional, Braulio Rodríguez, Arzobispo de Toledo y Primado, con mando en plaza eclesiástica, señalaba que es «un problema político”, añadiendo que es de un contenido “un poco nacionalista». Lo que, con todo respeto, nos parece inaceptable.

Habría que recordar a Su Eminencia Reverendísima, el Arzobispo y Primado, con tanta consideración como claridad, que la Virgen de Guadalupe es Patrona de Extremadura desde 1907, por decisión del Papa Pío X, y que el 12 de octubre de 1928 fue coronada canónicamente como Reina de la Hispanidad, “Hispaniarum Regina”, por parte del Cardenal Primado, Pedro Segura ante la presencia de Su Majestad el Rey Alfonso XIII.

Se trata, pues, de una exigencia ante la que deben aunarse fuerzas con las credenciales históricas, políticas, religiosas, culturales, morales y populares para proclamar que Guadalupe es Extremadura y no diócesis de Toledo, y solventar la ofensa eclesial.

Depositemos nuestros anhelos en que lo que no logró el obispo placentino Sancho de Velasco, que en 1350 llegó armado a Guadalupe solicitando que la jurisdicción eclesiástica se adecuara a la civil, revindicando sus derechos como Obispo de Plasencia, lo pueda conseguir una acción popular demandando a las autoridades de la iglesia que escuchen la voz de nuestras gentes.

En 2009 el Nuncio Apostólico en España, Manuel Monteiro de Castro, al preguntarle cuándo pasaría Guadalupe y su Virgen a una diócesis extremeña, respondió con harta insensibilidad: «¿La Virgen de Guadalupe es la patrona de Extremadura? Entonces eso hay que estudiarlo, porque ahora no tengo respuesta para dar«. Monteiro, jurista, llegó a Cardenal y alcanzó el grado Penitenciario Mayor.

Ante estos casos, que escuecen en la hondura popular extremeña, nos atrevemos a proclamar hasta la sede papal vaticana, y Su Santidad, Francisco I, tan sensible con las demandas de justicia de los pueblos, que ya es hora de que la Iglesia rectifique tal afrenta tan lejana de las estructuras de la iglesia de hoy y que Extremadura está cansada de tanto silencio y desatención. Porque los extremeños también tienen su corazón y aunque sus gentes se distingan por la capacidad de aguante, paciencia y resignación, cada día somos más conscientes de la severa injusticia de que Guadalupe continúe en la diócesis toledana.

Así lo señalamos desde la moderación, el respeto y la razón de la historia.

Entre las muchas demandas al respecto destacan las de la Plataforma “Guadalupex”, cuando su entonces presidente, Vicente Sánchez Cano, escribía en 2016 en “Hoy” que “son reminiscencias de un pasado rancio que pretende seguir conservando situaciones de privilegio y prebendas superadas por el paso del tiempo, y a los que se aferran determinados prebostes como naúfrago a tabla de salvación”.

Más claro, agua. Así es la historia y así la percibe, siente y lamenta el pueblo extremeño.

Sin embargo quienes pueden y deben de rectificar este agravio prefieren seguir obviando el tema. Lo que se agrava por tratarse de una reforma que solo puede conformar la administración religiosa, por lo que Extremadura, una vez más, eleva sus rogativas ante la insensibilidad de las autoridades religiosas.

En 2013 el entonces guardián del Monasterio de Guadalupe, fray Sebastián Ruiz, subrayaba que “El día que Guadalupe pase a Extremadura, repico las campanas”. Fray Sebastián Ruiz dejó de ser Guardián sin haber repicado las campanas.

Y si, como reza el dicho popular, doctores tiene la Iglesia, informaciones vaticanas solventes nos señalan que resulta casi imposible que un Papa cambie esta normativa sin la aprobación del Arzobispo de Toledo.

En este caso, tan duro, sobran los silencios, que tanto escuecen. La Virgen de Guadalupe, sencillamente, nunca será toledana, por mucho que lo pretenda el Arzobispo y Primado desde su palacio toledano cuajado de poder.

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SOLDADOS CACEREÑOS EMBARCANDO HACIA LA GUERRA DE MARRUECOS (1921)

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El año 1921 los componentes de la Tercera Compañía del II Batallón del Regimiento “Segovia 75”, de guarnición en Cáceres, partieron hacia Melilla y tomar parte en la Guerra de Africa, donde los soldados cacereños dejaron constancia de su heroismo y valor. Algunos de ellos, también, regaron las campas de los combates con su sangre.

El Regimiento «Segovia 75» fue creado en el año 1919, en aquel Cáceres, que se conformaba, entonces, con unas 24.000 almas, gracias a la influencia de Juan Vitórica Casuso, diputado en el Congreso por Cáceres durante varias legislaturas, con Su Majestad el Rey Alfonso XIII, conservando el mismo dicha denominación hasta el año 1931.
 
En aquel entonces el Regimiento estaba asentado en las dependencias del Cuartel Viejo, lo que habían sido las dependencias del Seminario Galarza, en la calle Parras.
 
El Regimiento “Segovia 75” prestó, de siempre, un extraordinario y brillante servicio a la ciudad cacereña, y en la que se injertó de pleno con todas las capas sociales de su paisanaje de un modo más que cualificado, relevante, social y humano, en los más variados y diferentes acontecimientos de la vida del Cáceres de aquellos tiempos, formando de este modo una parte indisoluble en el transcurrir de los aconteceres del día a día en la capital. Lo que de siempre agradecieron todos los cacereños en el comportamiento de los militares del Regimiento «Segovia 75«.
Asimismo es de señalar que dicho Regimiento «Segovia 75» fue la primera guarnición que, con carácter permanente, se instaló en Cáceres.
 
En aquellos tiempos de su participación en la Guerra de Africa, 1921, los militares cacereños tuvieron que salir adelante en medio de señaladas adversidades, en los más variados campos, como los que suponían, entre otros, la alimentación y la hostilidad del clima, y que fueron superando con una extraordinaria fortaleza, con una manifiesta capacidad de esfuerzo y superación, siempre por delante el honor, y gracias, sobre todo, a un ejemplar comportamiento en  defensa de la bandera española y de las posiciones y planteamientos de las fuerzas nacionales. El mando del Regimiento en la ciudad de Cáceres en aquella época, por cierto, estaba a cargo del coronel Manuel Núñez Antón.
 
También participaron soldados cacereños del Regimiento «Segovia 75» en la Guerra de Marruecos, asimismo llamada del Rif, entre los años 1924-1927, con una suerte más que dispar en sus acciones en los campos de batalla, y bajo el mando del capitán Segundo Artillo.
El regreso de estos combatientes a nuestra ciudad se convirtió en todo un acontecimiento en la capital cacereña. Y que finalizó con un desfile extraordinario de las fuerzas militares hasta el acuartelamiento, con una inmensa mayoría de cacereños y familias llegadas desde numerosos pueblos, que les esperaban, aplaudían y vitoreaban, de modo enfervorizado, tanto en la estación de ferrocarril como a su paso, al ritmo de amenas y alegres marchas militares, que interpretaba la Banda de Música del Regimiento «Segovia 75» por las diferentes calles de la capital cacereña. 
 
El coronel que estaba al mando del Regimiento cuando los soldados cacereños salieron en expedición y misión de guerra camino de Africa, en esta segunda presencia militar, era Nicolás Rodríguez Arias, natural del municipio de Ceclavín, que alcanzaría el generalato, y cuando regresaron de su muy dura estancia guerrera, entre combates, en Africa, el frente del Regimiento lo ostentaba el coronel García Sevilla.
NOTA: Mi mayor agradecimiento a Lola Silva, que me ha facilitado la histórica y extraordinaria fotografía.

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TRAJE TIPICO DE CACERES (FABRICA CHOCOLATE EL BALON, 1920)

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Las láminas, dibujos, apuntes, fotografías, etc, con referencia al traje típico y popular de Cáceres, se cuenta por miles de documentos de gran belleza. Muchos de ellos muy curiosos. Como es el caso del que facilitamos algunos apuntes hoy.

Allá por el primer tercio del pasado siglo la industria y el potencial chocolatero iba creciendo en España de un modo verdaderamente vertiginoso. Como sucedía, concretamente, en la localidad valenciana de Torrent, que llegó a contar en sus buenos tiempos, hacia finales del siglo XIX, con hasta 48 empresas chocolateras.
La competencia, por tanto, en el panorama chocolatero era grande, muy grande, y no había otra alternativa ni más remedio ue dinamizar, sea como fuera, la producción y los objetivos de venta. Tal cual hizo, hacia el año 1920, la fábrica El Balón, de dicha localidad, propiedad de un emprendedor llamado Pascual Miguel.
 
El mismo, allá por el año 1920, lanzó una serie de cromos conformado por el traje típico popular de las diferentes provincias españoles y llegó a tirar de las buenas artes pictóricas de un ilustrador y dibujante llamado Marco para crear ese álbum y estampas por la que rivalizaban, como siempre, los más pequeños de la casa. El caso y el objetivo era, por supuesto, el vender más chocolate.
El cromo número 60 de la colección se ilustraba con una preciosa lámina de una pareja con el traje típico cacereño, y se completaba con unas pequeñas notas de producciones agrícolas y ganaderas así como la extensión geográfica y el número de habitantes que conformaban la provincia en aquellos tiempos, hace ya casi un siglo, tal como se puede leer en el texto que adorna la ilustración sobre Cáceres lanzado, en su día, por la Fábrica de Chocolates «El Balón».
 
Aquí teneis el precioso cromo dedicado a Cáceres en la señalada colección.

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VACACIONES EN EXTREMADURA

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VACACIONES EN EXTREMADURA es el título de mi artículo que hoy, 27 de agosto de 2018, aparece publicado en el periódico regional extremeño «Hoy».

Aquí os dejo el mismo, por si a alguno os interesara leerlo.

De repente, en este periodo estival, los pueblos de Extremadura, que se sienten abandonados mientras poco a poco se desmoronan demográficamente, comienzan a tener un hálito de vida mayor que el del día a día de la decadencia migratoria.

Por las callejuelas y plazoletas, por los bares, por los huertos, por los campos que se secan paulatinamente hacia la muerte por el cansancio de tanta desatención, por los arcenes de las carreteras que llevan a pueblos cercanos, se aprecia más trasiego, más bullicio, más gente, más charlas, más animación…

Los paisanos emigrantes se llegan hasta sus casas en la Extremadura veraniega aprovechando el tiempo vacacional, abren las cancelas y puertas de aquellos domicilios familiares de tanto sabor e historias, y recuperan, aunque sea por un corto puñado de días, el sabor de pueblo, desde aquellas crueles oleadas migratorias, porque no había más remedio que salir del municipio si se quería un futuro, proclamaban desde altas instancias.

Y, durante ese período, los emigrantes de vuelta temporal se reencuentran con un abanico de estampas de tantos años atrás, lo mismo que se topan con el cambio de la fisonomía del municipio y de sus gentes que aún resisten en el pueblo, de forma bravía, luchando como gigantes.

Comienzan entonces las tertulias sobre el tiempo pasado, se respira el olor de la casa cerrada durante un año, se recupera el saludo al paisanaje de siempre, las visitas a la parentela y a los conocidos, se pega la hebra con cualquiera y sin prisas, se cruza un desfile de adioses, se queda para más tarde y echar un vino de pitarra para el coleto en alguno de los bares del pueblo donde, si algo no sobra, son sabrosas conversaciones.

En esos días da tiempo para todo: Encontrarse varias veces con todos los vecinos, recorrer el pueblo en su conjunto de arriba a abajo, revisar la casa de vacías ausencias y repletas de recuerdos e imágenes familiares, aquellas mesas-camillas con faldas y de echarse unas parrafadas de forma inveterada, aquellos largos y altos aparadores con antiguas vajillas, aquellos patios con pozo y unas plantas o árboles, aquel lar de fuegos lejanos, aquellas cristaleras de los ventanales que, tras los visillos, servían de comidilla ante el paisaje humano caminante…

Salen al recuerdo, en el decorado de aquellos tiempos, las estampas de los desaparecidos que duermen el sueño eterno en el cementerio, con flores silvestres que se renuevan cada año, se largotea del cambio de la tipología de las fiestas, los lamentos por el abandono del pueblo, salen a colación los pregones sobre todos los asuntos que ocupan las páginas de los aconteceres y la actualidad del pueblo, como periódicos ambulantes, lo mismo que se expande el repaso, uno a uno, de todos los habitantes, qué es de su vida, como se trata que, de año en año, va quedando menos gentes y de mayor edad… Y con políticas muy complejas para curar las heridas de la hemorragia migratoria.

El campo y el pueblo de Extremadura, como en tantos lugares, se van sintiendo asfixiados, lentamente, por la dinámica y exigencias de la fenomenología industrial y social. Se cambia la riqueza humana y vecinal de los pueblos por barrios repletos de gentes anónimas y desconocidas en las grandes ciudades, se torna la cultura histórico-popular de ancestrales raíces por los nuevos modismos que nos sitian y, si no, nos quedamos atrasados. La escuela, el ayuntamiento, la iglesia, el lavadero, las casas, el dispensario médico, la ermita, van resquebrajándose a caballo entre el pesar de las soledades y el desasosiego de las carencias…

Pueblos de la Extremadura de siempre, que se mantienen en pie gracias a una esforzada legión de gentes que todavía luchan contra corriente ante un cambio estructural que, salvo milagros, va camino de poder llevárselos por delante. Quizás porque no interesa en determinadas esferas.

La culpa de esa falta de auxilio, dicen algunos, es que no hay votos en la España rural por lo que su asistencia anímica apenas entra en los planes de pocos despachos oficiales. Un asunto complejo, por otra parte, al que se buscan alternativas en la Administración regional.

Los pueblos de ayer, de siempre, en esencia, carecen de las motivaciones suficientes para sujetar y estimular a las nuevas generaciones. Y su recuperación ya parece inviable. Tanto que hasta las grandes ciudades extremeñas también van perdiendo gentes… Por allí, por el pueblo, una parte de las casas se encuentran repletas de silencios fantasmales durante 11 meses.

Y cada retorno vacacional, a ojo de buen cubero, regresan menos paisanos o con menos acompañantes porque parte de los hijos y nietos de los emigrantes, nacidos por los parajes industriales, carecen de conocidos en el pueblo.

«¡Vaya una excusa…!», diría cualquier paisano.

Semanas después, cuando el emigrante arranca el coche, con el maletero repleto de buenas viandas extremeñas, lo hace con los ojos humedecidos en lágrimas y el escozor de las secuencias que ya quedan atrás.

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EXTREMADURA Y EL PORCINO CATALÁN

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«EXTREMADURA Y EL PORCINO CATALÁN» es el título de mi artículo que hoy, 6 de agosto de 2018, aparece publicado en el periódico regional extremeño «Hoy», y que aquí os dejo por si os apetece leerlo.

La fotografía está captada de Sevitur.

La fotografía está captada de Sevitur.

En los años sesenta Extremadura contaba con unos cuatrocientos mil cerdos, lo que suponía el 14,1 de la producción española, mientras Cataluña, tenía 102.000 ejemplares, el 3,6 por ciento. Hoy, con el tren de la supremacía de unas comunidades sobre otras, las diferencias socioeconómicas, industriales y en otros ámbitos circulando a su velocidad, Cataluña es la primera comunidad autónoma en producción de porcino, con 7,8 millones de ejemplares de los 30 millones de cerdos que se crían en España, aunque la inmensa mayoría en macrogranjas industriales, como en tantas partes, con Extremadura quedando relegada al séptimo lugar. Pero con extraordinarias diferencias en la calidad porcina.

En los inicios de la segunda mitad del siglo XX, con el panorama agrícola-ganadero como el sector más elemental en Extremadura, se ponía en marcha un proceso de industrialización, con señalados polos de desarrollo, fundamentalmente en Cataluña, Madrid y País Vasco, y, en muchos pueblos y ciudades extremeñas, se abrían las puertas de la sangría migratoria. Las décadas de los sesenta, setenta y ochenta se llevaron por delante a decenas de miles de extremeños, en la necesidad de abandonar sus municipios dejando atrás un mar de sentimientos, lágrimas, pesares, familias…

Nuestros pueblos se resquebrajaban, fundamentalmente en la dimensión humana, moral y económica, perdían una manifiesta velocidad en el ferrocarril desarrollista, las tierras, siempre tan fértiles con el trabajo de sus gentes, comenzaban a padecer el adiós de los lugareños y los municipios extremeños iban quedando relegados en numerosos campos. La España rural perdía aliento.

Un estudio de la Dirección General de Producciones y Mercados Agrarios, dependiente del Ministerio de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, con los indicadores del año 2017, muestra cómo la comunidad autónoma de Cataluña es la primera región en la cabaña porcina española, con 7.754.000 ejemplares, figurando después Aragón, Castilla y León, Murcia, Andalucía y la región extremeña, con 1.325.000 ejemplares.

Lo que viene a demostrar que hasta el mercado ganadero va cambiando de modo substancial, y mientras Cataluña cuenta con más de doscientos mil brazos extremeños que trabajan y se esfuerzan en continuar progresando en las exigencias de los tiempos actuales, buena parte de los campos extremeños, en los que tantos paisanos se dejaron regueros de sudores y de sacrificios, van secándose en el abandono de forma continuada, lo que no dice mucho del derecho a la igualdad entre comunidades autónomas.

Unos datos que hablan por sí solos. Aunque siempre nos queda el orgullo de que la extraordinaria calidad que desprenden los jamones, paletas, solomillos, secretos y otras partes del porcino ibérico criado en montanera, pastando entre encinares, robledales, alcornocales, olivares, quejigos y una variada flora, como la jara, el romero y otras hierbas silvestres, se encuentra muy por encima del resto de la producción porcina.

Un cerdo ibérico cuya crianza se remonta a la dominación romana, en uno de los ecosistemas mejor conservados de España, y donde, afortunadamente, continúa desarrollándose el proceso tradicional del crecimiento de sus ejemplares pastando en libertad por ese casi millón de hectáreas de dehesas por donde evolucionan los mismos.

Una región, la extremeña, a la cabeza de la producción de cerdo ibérico, que cuenta con más de un millón trescientos mil ejemplares, seguido de Andalucía y Castilla y León.

En el estudio referenciado se señala, además, que en la cabaña ovina Extremadura ocupa el segundo lugar, con casi 3,1 millones de reses, detrás de Castilla y León, con más de 3,3 millones de cabezas, mientras que en el sector bovino el primer puesto lo ocupa Castilla y León, con cerca de 1,3 millones de cabezas, Galicia se sitúa en segunda posición, con 954.185 ejemplares, y Extremadura está en tercer lugar al contar con 764.439 reses.

Unos cambios y unas cifras muy substanciales que con otros muy relevantes datos, de empleo, de renta per cápita, de remuneración laboral, de pensiones, de proyectos, de presupuestos, de posibilidades y expectativas laborales, resultan muy significativos tanto en el presente como futuro de la región.

Y si no que se pregunte y se responda con libertad y sin temor alguno a los agricultores, a los ganaderos, a los valientes habitantes que aún resisten de forma heroica en los pueblos extremeños, que se van desmoronando lentamente, entre desatenciones y resignaciones, en soledad y en silencio.

Una Extremadura en la que se necesitan urgentemente planes estructurales de desarrollo, incentivos para jóvenes y emprendedores, ayudas y estímulos para una población que de siempre se ha dejado el pellejo en el camino mientras, día a día, para no engañarnos, la región continúa perdiendo habitantes, tal como podemos apreciar, lamentablemente, con demasiada frecuencia en los medios de comunicación, con los jóvenes marchándose en un goteo que no cesa.

Y si en aquellos años sesenta Extremadura contaba con 1.406.309 habitantes, hoy dispone de 1.079.920 personas, mientras que en 1960 Cataluña registraba 3.925.779 habitantes y en 2018 ya cuenta con 7.534.813 almas.

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