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CACERES, POR JOSE RAMON MELIDA

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Hoy incorporo a esta sección, ANTOLOGÍA SOBRE CACERES, un artículo sencillamente magistral. Se trata de CACERES, escrito por José Ramón Mélida, que fuera Director del Museo Arqueológico Nacional, y que apareció publicado en el periódico cacereño El Bloque, en su número 11, correspondiente al 21 de enero de 1908. Ha resultado todo un placer escribirlo letra a letra para esta sección mientras recorría Cáceres palmo a palmo de su hondura y belleza.

 

cacerespormelidaJosé Ramón Mélida, 1856-1933, arqueólogo y escrito español fue un enamorado de Cáceres, ciudad y provincia que recorrió en numerosas ocasiones, llegando a ser el autor de la publicación CATALOGO MONUMENTAL DE ESPAÑA. PROVINCIA DE CACERES (1914-1916), así como de otros numerosos estudios del máximo rigor y erudición. Una tarea a la que se consagró de por vida. También fue el afortunado descubridor del Teatro Romano de Mérida en ese Conjunto Arqueológico declarado Patrimonio de la Humanidad.

Y este es su artículo titulado, sencillamente, CACERES, en el que José Ramón Mélida y Alinari, toda una autoridad y toda una eminencia, recorre, con singular esmero y detenimiento, el Casco Histórico Antiguo.

CACERESPORMELIDA

José Ramón Mélida y Alinari.

Es imposible recorrerla histórica ciudad de Cáceres, contemplando su viejo aspecto urbano con ojos de artista, sin sentir el recuerdo de la sin par Toledo. Como ésta, se halla en Cáceres sobre una colina quebrada; como en Toledo en Cáceres, todo son cuestas y desniveles, lo que aumenta el carácter pintoresco de los lugares; como en Toledo, el dédalo de las calles estrechas y tortuosas de Cáceres revelan al punto su primitivo trazado árabe, y en fin, como en la ciudad imperial, en Cáceres la abundancia de construcciones antiguas, iglesias, palacios, casas ricas y pobres, murallas y torres defensivas, se ofrecen en abundancia tal y domina en ellas el gusto y la tradición arábiga de manera que el visitante transportado a otros tiempos, sin esfuerzo de imaginación recibe la honda impresión estética de lo retrospectivo que aún vive y se mantiene en las calles que recorre y edificios que mira y escudriña. Es una antigua ciudad que hallamos entera y de cuyo marcado sabor en época gustamos deleite.

Apenas tiene nombre Cáceres entre las ciudades monumentales de España, y merece tenerle. Si de excursión artística vais a Extremadura atraídos por la bien sentada fama de la Catedral de Plasencia, de las joyas pictóricas y bellezas arquitectónicas de Guadalupe, de las grandezas romanas de Mérida y del magnífico puente de Alcántara, deteneos en Cáceres, donde una ciudad entera os hará vivir en otra Edad y admirarla.

El conocedor del arte luego advierte, al recorrer Cáceres, que en ella predomina como característica y como feliz remate de una fuerte tradición medioeval, la arquitectura de los siglos XV y XVI, con la severa traza de la arquitectura militar, los elegantes rasgos del estilo gótico y las gallardías decorativas del Renacimiento.

Pero quien desee conocer bien aquella interesante ciudad, forzoso es que rastree las etapas de su historia en sus mismos monumentos y su singular topografía.

En ella se reconoce alterado por otras civilizaciones el trazado del castro romano de la colonia Norba Caesarea y en las murallas, torres y puertas fortificadas, importantes trozos romanos entre los cuales es muy de notar el lienzo de muralla en que se apoya el mercado y la puerta conocida como el nombre de Arco del Cristo.

Bajo moderna vestidura, aún se reconoce la estructura romana de una torre reconstruida en la del reloj que figura como principal en la plaza de la Constitución o centro de la ciudad; y en un cuerpo que la domina bajo un arco, aparece colocada por los modernos una magnífica estatua de mármol de la diosa Ceres., obra antigua de primer orden. Todavía, en el patio de la casa.palacio de Torre-Mayoralgo existe otra estatua marmórea femenil, asimismo romana, más con una cabeza moderna y tan desgraciada que justificaría la decapitación.

En este mismo patio se ven dos capiteles ornamentados correspondientes a una importante fábrica visigoda, únicos testimonios que en la ciudad hallamos de la civilización siguiente a la romana.

En cambio los restos árabes denotan un nuevo engrandecimiento local. Las murallas de hormigón con unos grandes lienzos o cortinas y sus recias torres cuadradas, que recuerdan la fortaleza de la Alhambra impresionan vivamente, y hay un baluarte. Torre-Mochada, nombre moderno que denota el aspecto ruinoso de la misma, la cual cautiva los ojos con su singular fisonomía. Es una gran torre octógona, aún erguida sobre una eminencia, dominando el caserío.

No son las murallas el único resto arábigo de Cáceres. Para contemplar uno de ellos curiosísimo, hay que introducirse en la llamada Casa de las Veletas, y recorriendo sus aposentos, bajos y pasadizos, abovedados, amalgama de construcciones de varios tiempos, asomarse a una antigua cisterna formada por amplias naves divididas por columnas con sus labrados capiteles sobre los que voltean elegantes arcos de herradura. Al ver este singularísimo resto de la arquitectura arábigo-cacerense, acudió a nuestra memoria el recuerdo de las cisternas semejantes de Constantinopla.

Otro resto peregrino es la llamada casa árabe que se encuentra en una calleja y cautiva la atención con sus arquerías de ladrillo, que están pidiendo en sus reducidos huecos las celosías de que hace largo tiempo las privaron. Verdadera reliquia, que en aquella ciudad Museo se conserva, demanda especiales cuidados de la devoción arqueológica de los cacerenses.

Pero el arte árabe perdura, como dejamos indicado, en la arquitectura cristiana del último tercio de la Edad Media.

Disputada Cáceres a los moros durante el siglo XII y los comienzos del XIII en que la conquistó Alfonso IX, repoblándola los caballeros de Santiago, de aquí data una característica de castillo fuerte. Fueron las moradas señoriales de aquellos caballeros partes de la fortaleza, como en Avila, muy adosadas a las mismas murallas, cuya defensa tenían así distinguidas a sus dueños; otras formando un segundo cerco interior; la ciudad caballeresca era, en suma un vasto castillo.

Dichas moradas históricas anuncian un carácter militar en las torres que defienden sus ángulos o flanquean sus portadas, en las barbacanas que sobresalen de torres y muros en sitios bien calculados para dominar las calles y las esquinas por donde pudieran ser vulnerables y ostentan la nobleza de sus primitivos moradores, los Ovando, los Ulloas, los Golfines, en sus escudos de armas, que, están esculpidos, resaltan en las portadas. En las casas más antiguas las puertas se perfilan en arco de medio punto de largas dovelas, dentro del recuadro o arrabaas, al modo arábigo, formado con moldura gótica, que a veces se prolonga en nuevo recuadro de coronamiento para contener una ventana y el escudo. A veces interrumpe la austeridad de aquellos moros cárdenos de granito un ajimez perfilado en arcos apuntando-túmidas, con una columnilla parteluz, de mármol blanco. A veces como en la Casa de las Veletas, aparece en el cornisamiento una arquería con columnillas de barro vidriadas.

Sobrias de ornamentación estas casas señoriales cacerenses, en pocas ya, del Renacimiento, hay cartelas o frisos decorados de exquisito gusto, y solamente en la lujosa casa de los Golfines se admira una rica fachada en la que el estilo gótico y el plateresco, campean en moldura, festones de hojarasca, escudos, cartelas, y en la calada crestería que forma el coronamiento de muros y torres.

Dos Iglesias hay dentro del recinto amurallado: las de Santa María y San Mateo; y dos hay fuera, en puntos opuestos y extremos, Santiago y San Juan, correspondientes a los antiguos barrios extramuros, interesantísimos también por la abundancia de casas plebeyas del siglo XV y XVI con sus puertas en medio punto o en arco rebajado y ventanas cuadradas con su moldura y alfeizar de gusto gótico. Dichas cuatro iglesias están construidas en el mismo estilo gótico de finales del siglo XV y principios del XVI. Consta que la de San Mateo lo fue por Pedro de Ezquerra, y bien pudiera serlo de las demás, según la uniformidad que guardan en la ligereza y gallardía de sus nervaduras y bóvedas y la amplitud y anchura de sus recintos.

En la iglesia acabada de citar sobresale entre las cosas que guarda, el bello enterramiento de Rodrigo de Ovando, típico entre esta clase de monumentos cacerenses, de estilo puramente ornamental, sin figura yacente. En Santa María es de notar el hermosísimo retablo de Renacimiento, debido a Guillermo Ferrant.

No solamente impresionan en Cáceres las citadas construcciones, iglesias, casas y murallas; impresionan el sabor arqueológico de sus calles, el aspecto pintoresco de sus rinconadas, el contraste, en fin, de las vetustas piedras de sus antiguos edificios y el viso enjabelgado con que por tradición moruna cubre el vecindario las fachadas de no pocas casas antiguas y modernas, contribuyendo todo a la visión que el visitante experimenta de una ciudad de tiempo pasado que, por lo que al arte se refiere, siempre nos parece fue mejor.

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CACERES CINCELA EN PIEDRA SU ADMIRACION A GABRIEL Y GALÁN

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Cáceres es una tierra devota, siempre, de José María Gabriel y Galán. Hasta el punto de que una de las estatuas más relevantes de Cáceres se halla levantada en el Paseo de Cánovas en memoria al insigne y eminente poeta. Estatua que se le erigió el año 1926 con la belleza poética, también, expresiva, figurativa y realista de un escultor de la talla del cacereño Enrique Pérez  Comendador.

gabrielygalancacerescincela...-001La estatua se inauguró el 6 de enero de 1926. Y tan solo unos días después la revista «Blanco y Negro» dedicaba un amplio artículo titulado «Cáceres cincela en piedra su admiración por José María Gabriel y Galán«, con el antetítulo «Monumento a un gran poeta«, firmado por Marcos Rafael Blanco Belmonte, 1871-1936. Director liletario del diario «La Unión«, notable poeta y ampliamente galardonado, colaborador de la prestigiosa revista «La Ilustración Española«, «El Imparcial» y «Blanco y Negro«. El mismo tiene publicados libros de poemas como «Aves sin nidos«. También tiene publicadas novelas como «Jornadas novelescas«, «El capitán de la esmeralda» y «Al sembrar las tripas«. Asimismo está en posesión de la Orden de Alfonso el Sabio.

Este es su artículo CACERES CINCELA EN PIEDRA SU ADMIRACION A JOSE MARIA GABRIEL Y GALÁN.

Prematuramente, poco después de cumplir treinta y cuatro años, quebróse el espejo de la noble vida de un príncipe de la poesía, artista que de un vuelo alzóse a las cumbres de la gloria y entró serenamente en la inmortalidad. Antes que por su nombre, se le conoció y se le continúa conociendo por sus obras; es el autor de «El Ama«, de «Fecundidad«, de «Sementera«, de «El Cristo de Velázquez» y también de «Los pobres pastores de mi abuelo«; «El Cristu Benditu«, «Mi vaquerillo«, «El embargo«, «Castellana» y cien joyas más, incorporadas al inestimable tesoro de la lírica española. Privilegio envidiable del genio que, al finar, continúa alentando en sus creaciones y no muere del todo.

Salamanca ha perpetuado la memoria de su hijo excelso –nació en Frades de la Sierra en 1870– dedicándole una consagración monumental en el centro de la ciudad-relicario donde aún resuena la voz de fray Luis.

Cáceres, que tiene por suyo a Gabriel y Galán –cacereño fue el lugar de Guijo de Granadilla, donde fluyeron sus mejores estrofas, donde nacieron sus hijos, donde al cerrar los ojos y al caer en la fosa sintió el consuelo de dormir amparado por el Cristo de sus amores;– Cáceres, que tiene por suyo a Gabriel y Galán, estaba en deuda de gratitud con el cantor insuperable de su vida rural, de sus costumbres típicas, de sus zagalillos ingenuos, de sus misérrimos resignados jurdanos; y Cáceres, en el día 6 se de este mes de Enero, al cumplirse el vigesimoquinto aniversario del tránsito del mago forjador de églogas, ha inaugurado en piedra –labrada por el cincel del notable artista Pérez Comendador— el testimonio de su admiración hacia el hombre de cerebro luminoso y de corazón magnánimo que, como Guerra Junqueiro en «Os simples» hizo con sus estrofas pedestales para los humildes, para los mansos, para los pobres de espíritu y limpios de corazón que cruzan por el mundo agobiados con la cruz del trabajo y del dolor, y no se revuelven contra el destino adverso, y creen y esperan en Dios y rezan…

Antes que estos homenajes, Gabriel y Galán había recibido sin solución de continuidad –como las caricias de una madre– el homenaje del afecto de sus paisanos y el aplauso cordial de España y de América.

El triunfo del poeta arranca desde el mismo momento en que aparecieron sus primeras producciones: unas quintillas de asunto salmantino y los magníficos endecasílabos del magistral poema «El Ama«. Y el triunfo fue unánime; triunfo de efusión, proclamado y reconocido así por los próceres de las letras como por los rudos vaqueros y montaraces. La velada en que Gabriel y Galán se presentó ante Madrid, congregado en el Ateneo, revistió caracteres de apoteosis, comparable únicamente a la de la coronación de Zorrilla en Granada. Y acaso aún, careciendo de aparato oficial, tuvo más fervor la aclamación al poeta que nacía que la despedida al trovador nacional en el ocas de su existencia y de su labor.

Gabriel y Galán, pálido, enjuto, algo cohibido –bien que tratase de aparentar indiferencia levemente desdeñosa para encubrir su timidez y su modestia– logró mantenerse sereno durante casi todo el curso de la velada; a lo sumo un temblor de labios delataba su emoción, infinitamente menor que la del auditorio, suspenso y embelesado por los conceptos del poeta. Pero, al final, cuando volaron por el salón de actos del Ateneo las estrofas de esa hermosura titulada «Fecundidad» –sublime exaltación de lo real a lo ideal– tronó un aplauso cerrado, prolongadísimo, que interrumpió al lector; el entusiasmo se desbordó en ¡bravos! y en vítores, y José María inclinó la cabeza y permaneció inclinado algunos minutos. Al erguirse, de las pupilas abrillantadas se desprendieron y le rodaron por las mejillas dos gotas de luz. La velada terminó en un sollozo.

Pocos meses después del fallecimiento del poeta, regresando de Béjar, coincidieron en un departamento del ferrocarril el inolvidable Obispo de Plasencia D. Francisco Jarrín y Moro –que pronunció en Guijo de Granadilla un sentidísimo discurso en los funerales de Gabriel y Galán–, su secretario, el canónigo don José Polo Benito, actual deán de Toledo, y el que escribe estos renglones.

La conversación recayó en el autor de «Extremeñas» y «Castellanas«, y el Sr. Jarrín, sobriamente, habló del poeta, de su formación espiritual en el contacto íntimo con la Naturaleza, de sus años de apostolado docente en las escuelas de Guijuelo y de Piedrahita, de su elevación de ideas, de su rectitud de conducta, de sus prodigiosas facultades para recoger y para expresar las impresiones del paisaje y los sentimientos de los campesinos, y habló también de la sorprendente compenetración entre el poeta y sus modelos vivos.

— Hasta los analfabetos de Extremadura y de Salamanca –añadió el Obispo de Plasencia– saben y repiten de memoria las poesías de su cantor.

Acaso cruzó por mi semblante una sombra de duda o acaso el venerable pastor placentino temió que sus palabras fuesen consideradas como hiperbólicas. Ello fue que, brevemente, indicó algo a su secretario, que éste salió al pasillo del vagón y que volvió en el acto, seguido de un mocetón –de chaqueta parda, cinto de cuero y alforjas al hombro,– que acompañaba como espolique al Prelado en su visita pastoral.

— Juan –dijo el Sr. Jarrín,– ¿quieres «echarnos» alguna relación de las cosas bonitas que tú sabes de don José María?

Cachazudamente, sin azorarse, el mozallón retorció las alas del sombrero que llevaba en las manos, nos miró con fijeza y, adelgazando un poco la voz, comenzó a recitar «El embargo», y rugió al exclamar:

— Señol jues, pasi osté más alanti

    y que entrin tos esos…

    Y suspiró dolorido al concluir:

— … que esas mantas tienin

    suol de su cuerpo…

   ¡Y me güelin, me güelin e ella

   ca vez que las güelo!.

Y, a continuación, sin vacilaciones ni rozamientos, sintiendo lo que decía, declamó «Los pastores de mi abuelo«, y, seguidamente, a media voz, entonó las quintillas de «Castellana«, y así prosiguió, y cuando el tren entraba en la estación de Plasencia, el campesino, realzado con prestigio de rapsoda, susurraba:

— Lo digo porque me suena

    tu voz a salmo cristiano;

    lo digo porque eres buena,

    porque eres casta y serena

    como noche de verano…

Y, al despedirse, el Obispo afirmó blandamente:

— Igual que a Juan les ocurre a los campesinos de estas comarcas. Llevan en el corazón a su poeta. Cuando vayamos a Las Hurdes oirá usted en aquellos tugurios recitar estrofas de Gabriel y Galán.

Así fue. En la pobre alquería de Las Mestas escuché las quintillas del mensaje que Gabriel y Galán dirigió al Rey de España en nombre de los jurdanos. Y me llegaron al alma aquellas deprecaciones:

— Dolor de cuantas los vieren,

    mentís de los que mintieren,

    aquí los parias están…

    De hambre del alma se mueren,

    se mueren de hambre de pan…

Ni el homenaje del Ateneo de Madrid, ni las loas que los maestros de la literatura dedicaron a Gabriel y Galán tuvieron para mí el encanto inefable de la audición de sus poesías al brotar de la boca del pueblo encarnado en Juan «el de la Oliva» y en un «pidior» jurdano.

Y el pueblo, que llevaba y lleva en el corazón a su poeta, ya puede contemplarlo petrificado, en su actitud habitual de reposo tras la faena.

Cierto que no luce atavío campero, de amplio chaquetón, holgada calzona, recia polaina, fuerte calzado y espuela vaquera.

Pero los relieves del artista Pérez Comendador dicen con elocuente concisión que aquel es el cantor de «Sementera» y de «Flor de Espino» y hasta el águila y el búho, que sirven de remates ornamentales, constituyen felices aciertos y adquieren valor de símbolos, si se recuerda que José María Gabriel y Galán afirmó rotundamente: «de luz y de sombra soy…«.

NOTA:

El artículo CACERES CINCELA EN PIEDRA SU ADMIRACIÓN A JOSE MARIA GABRIEL Y GALÁN, escrito por Marcos Rafael Blanco Belmonte, se ilustra, en su comienzo con la fotografía del inicio, continúa con varias de detalles diversos del monumento del ilustre escultor cacereño Enrique Pérez Comendador y finaliza con unos versos manuscritos que conforman la última estrofa de «El cantar de las chicharras» y con la firma del vate salmantino-extremeño.

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CÁCERES, POR ALFONSO DE VIEDMA

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CACERES, por Alfonso de Viedma, es, sencillamente, un recorrido periodístico por aquel inmenso Cáceres de Aquellos Tiempos del año 1922. Un paseo por la ciudad que el periodista recorrió, intensa, emocionalmente, y que trasladó con la belleza de su pluma a la revista «Blanco y Negro», dentro de la serie VIAJES POR ESPAÑA, el 7 de mayo de aquel mismo año, con un amplio despliegue fotográfico. Este es, pues, su recorrido, que hemos recuperado de las páginas de la hemeroteca y que figura, por derecho propio, en esta ANTOLOGÍA DE CACERES. 

 

BLANCOYNEGRO1922

Plaza Mayor de Cáceres en 1922.

Al entrar en la ciudad por la gran avenida de la estación, donde se alza el busto en bronce de un político regional, desfila con una marcha alegre y ruidosa –acompasando la marcialidad– un regimiento de Infantería. Los vetustos carruajes familiares, tirados por mulas, en que han salido a pasear unas damas enlutadas, señoriales, erguidas con rigidez en los asientos, se han parado prudentemente en las orillas del camino real. La precaución de las amigas no ha sido, a pesar de todo, bastante. Al pasar junto a una berlina con mulas blancas el tambor redoblante de la banda, el tronco se ha espantado, y el pobre autodemonte –que distraído añoraba los años lejanísimos en que fue a servir al Rey– no las ha podido contener. Y por entre las ruedas cayó y fue arrollado con violencia uno de los veinte o treinta muchachuelos que junto a la tropa armada –con varas de fresno al hombro– daban aire de gracia al desfile de la guarnición. Entre los gritos de espanto, y el santiguarse de las damas –que de nada servían–, y las caras de lánguida tristeza de la francesita rubia y de la española morena, que junto al templete lleno de flores sostentan con unos muchachos un divertido «flirt», un hombre decidido y ágil levantó del suelo –empolvado y sangrante– al niño herido. Sin ocuparse del corro inútil de lamentadores, corrió velocísimo hacia el hospital. Y era un contraste la comparación del hermoso y amplísimo edificio que levantó la caridad de los cacereños con la criatura que allá llevaban a curar…

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Querer dar la impresión de una ciudad antigua hablando solo del silencio de tumba de sus calles a las doce de la noche es no apuntar nada característico. Una ciudad puede ser rica, populosa y fabril, y no tener un sirviente, por sus calles de noche, pasada la hora de las diez. Y el extraño que no conozca los dos cafés, los dos «music-hall», donde se refugian los noctámbulos de la población, puede confundir –fácilmente, por su silencio y su quietud– a una aletargada ciudad de la gloriosa Castilla con la más floreciente villa de Vizcaya, la opulenta.

Preciso es, por tanto, si se quiere reflejar un poco la vida observada al pasar, reunir a la impresión de la ciudad dormida y en tinieblas, el aspecto de la ciudad bullente, la visión de la gente que anda… Así podrá mostrarse algún rasgo de la fisonomía, en la dinámica de la ciudad, de sus habitantes.

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Casa Ayuntamiento.

¿No es algo que interesa y hace pararse al viajero el escuchar un pregón que echa, con su hablar de grandes pausas el pregonero del Concejo? Entre la gárrula algarabía de la plaza Mayor de Cáceres, a la hora del mercado, que es tan de notar como los gritos desgarrados de la madrileña plaza de la Cebada, este hombre que repite de esquina en esquina el confortante anuncio de un tendero de la ciudad –«lo que de orden del señor alcalde se hace saber…»–, avisando de que vende prosaicos, pero muy suculentos géneros, ofrece una nota pintoresca que recoger.

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Círculo de la Concordia.

De igual modo, en el Casino provinciano –vieja casona de fuerte torreón, cuyo balcón de esquina con frontón y columnas de clásico trazado y magníficas decoraciones de escudos y altorrelieves es un ejemplar singularísimo de que solo tiene semejantes en las puertas en ángulo de Ciudad Rodrigo–, en el Casino, en la tertulia más típica, es el tema de la caza el que más se comenta. Al entrar en una expendeduría de tabacos se oye comprar una licencia de caza. En la más flamante librería de la calle más céntrica, junto a la sugestiva cubierta de una novela de Pedro Mata, vénse varios ejemplares del único libro impreso a la sazón en la ciudad, «La caza de la perdiz«… Y es forzoso deducir que, en Cáceres, tanto como la Casa de los Golfines, tiene importancia la caza de la perdiz con reclamo…

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En la torre almenada de la plaza Mayor –cuyo remate es la blanca estatua romana de una Ceres encuadrada en poco artístico templete– suena el reloj municipal diez campanadas. Se suben unos cuantos escalones. Y hay el gran arco –el arco abierto y estirado que cobija el arranque de cuatro calles–, cuya coronación de almenas ha sido rota, también, como en la plaza, por la capillita en que descansa la Virgen de la Estrella. Este arco, uno de los antiguos de entrada a la plaza fuerte de Cáceres, habla en la leyenda de su cartela de mármol de la visita a la ciudad extremeña de la Reina Católica doña Isabel, que juró, en 1447, guardar los fueros concedidos a la población por los Reyes de León y de Castilla, sus antecesores.

caceresblancoynegrogolfines-001Ya en la plaza de la gótica iglesia de Santa María la Mayor, ya en la plaza del Aire y en las calles de la Amargura, del Adarve y del Postigo es cuando se ha perdido el viajero en el que fue poblado medieval que circundaba un cordón de murallas y torreones. En la plaza de su nombre hállase el prócer torreón de los Golfines. El airoso palacio –tal vez pequeño para llamarse así–, que tiene en sus cresterías, en sus preciosos medallones de altorrelieves, en sus gárgolas caprichosas, en toda su serenidad de lineas la fortaleza elegante de los palacios del Renacimiento: del gran palacio salmantino de Monterrey. Sobre el escudo que se apoya en el parteluz del bello ajimez, una cruz llana descansa. Bajo el gran blasón de la torre –con lises y castillos– está la orgullosa leyenda: «Esta es la Casa de los Golfines». Y una lápida moderna repite la inscripción y recuerda el haberse aposentado allá personas Reales de España.

blancoynegrocaceres1922-1Toda la ciudad vieja es un claro solar de hidalguía. Sus plazuelas irregulares y sus amplias plazas, sus calles angostas y sus calles en cuesta, ofrecen a cada paso el regalo arcaico de una fachada con heráldicos emblemas. Se halla la Casa de las Veletas. construcción mahometana edificada sobre un soberbio aljibe de fuertes columnas. La Casa del Sol, con el pétreo escudo parlante del linaje de los Solís. El palacio de Mayoralgo, con sus balcones de ajimez y su puerta de medio punto con enormes dovelas. Y el palacio del Obispo, con sus bellas rejerías, y el almohadillado  de su portada, como una casa del siglo XV de Florencia…

Al pasar por la calle de la Compañía, con el viejo convento, que es hoy el Instituto. Al cruzar por las calles en absoluto solitarias encuéntranse donde quiera cuadrados torreones con recios y salientes matacanes, y abiertos ajimeces donde se espera ver salir a la bella castellana. El rayo de luna es luz clara en la noche serena. Solo se oye el isócrono graznido de las cigüeñas, que parecen ser vigías de la muralla y repetir en las atalayas el ¡alerta! Un ¡alerta! innecesario. Un ¡alerta! que fuera el eco de los ¡alerta! de otros siglos repetido por un mecanismo del inventor toledano de tiempos de los Austrias, que hubiera acertado a descubrir, para uso de los centinelas de guerra, el aparato parlante de Edisson. Y sigue oyéndose, desde la torre en la plaza Mayor a las otras cien torres de Cáceres, el grito de las cigüeñas en esta vieja barriada de la ciudad, donde parece que no se ha levantado un edificio desde el tiempo glorioso de España, desde el aúreo siglo XVI.

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También aparece con algo típico, a primera vista, el paseo de prima noche por la estrecha calle de Pintores, que va a dar a la plaza. Pero es este el lugar reducido donde la gente se empeña en darse encontronazos y verse la cara mil veces en dos horas, que hay en todas las capitales pequeñas. Tal vez las tertulias que forman bellísimas muchachas en algún comercio –en tanto pasan y tornar a pasar los que pasean– sea lo único diferencial de Cáceres.

En cambio, en esa misma Cáceres antigua a la que se entra por el Arco de la Estrella, si se va con la alegría del sol y no en las horas románticas del claro de luna, pueden hallarse aspectos de vida y de belleza animada. Al seguir por la Cuesta del Marqués, llégase a la Fuente del Concejo. Las mozas de la ciudad, con sus caras morenas y sus cabellos largos, con sus medias blancas, suben lentamente la dura cuesta con un ánfora rezumante en la cabeza equilibrado sobre blanco rodete. Las frentes altas y los ojos de fuego; el busto, erguido; el andar, pausado. Y aunque van diciéndose a voces sus cuitas y sus murmuraciones cotidianas hay tanta serenidad, tanta elegancia en sus lineas ondulantes, tanta expresión en sus caras y tanta armonía en sus acompasados movimientos que parece la larga hilera de la moza del cántaro –que suben a Cáceres el agua de la fuente del Concejo– una procesión clásica del friso de un templo griego.

NOTA: Todas las fotografías que acompañan este texto, la Plaza Mayor, la Casa Ayuntamiento,  el Círculo de la Concordia, el Palacio de los Golfines y el Palacio de Mayoralgo están captadas de la revista Blanco y Negro y que ilustran el artículo referenciado.

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CACERES PINTADO POR SIR MUIRHEAD BONE

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Sir Muirhead Bone (Glasgow, 1876-1953) es un artista de señalado relieve. Estudió en la Escuela de Arte de Glasgow. Y en su legado figuran una serie de estampas de Cáceres que merece la pena, histórica y artisticamente, reproducir.

 

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The place of nigth, por Muirhead Bone.

Durante los años 1925 hasta 1928 el artista escocés llevó a cabo un largo y profundo viaje por España, en compañía de su esposa, la escritora Gertrude Dott (1876-1962).

En ese viaje, cuando el matrimonio hizo parada y fonda en Cáceres, Muirhead Bone plasmó, entre otras, esta estampa de la Plaza Mayor y de la Torre de Bujaco, con el entrañable y humano sabor de Aquellos Tiempos, y que quedaron grabadas para la inmortalidad. a través de la elegancia y finura de su pintura. Tal como deja constancia en la figura que reproducimos en la margen izquierda, y, siempre, claro es, con la visión y, al tiempo, la capacidad creativa del pintor. En este caso, como se puede apreciar en el dibujo, de una gran belleza. Lo que algunos califican como de verdadera joya a través de la pintura del artista escocés.

Lo mismo que el matrimonio se maravilló del hechizo de toda la ciudad de Cáceres en sí, ya en aquellos tiempos apretujados en el trienio 1925-1928, para dejar plasmada la autenticidad de su prisma artístico.

muirheardboneelmoro1Para ello a Muirhead Bone se le ocurrió la idea de dejar constancia expresa del conjunto de Cáceres a través de esta perspectiva en la que encierra la magistral belleza de la la Ciudad y plasmar el conjunto de la misma en una obra que figurará, para siempre, en el álbum del paso del tiempo capaz de preñar al propio aire que respira la ciudad de emociones, de sugerencias, de leyendas, de historias, de aventuras, de hazañas, de paseos, de conversaciones, de conquistas, de luchas inveteradas.

Pero Cáceres era, es y será, tal como calibra el dibujo del autor, una ciudad que se alza, pletórica, a, hacia y hasta los cielos de la eternidad. Donde hay un sitial de honor para nuestra Cáceres del alma.

mercadocaceresporboneY también en ese recorrido cacereño, cacereñista y cacereñador que experimentó el prestigioso pintor escocés tuvo la capacidad de fijar su punto de atención –acaso porque le llamó la atención sobremanera– la indumentaria del paisanaje de aquellos tiempos de finales de los años veinte del pasado siglo por el mercado.

La estampa de Muirhead Bone, titulada «Peasants at the market«, Campesinos en el Mercado, lo retrata y lo dice todo a la perfección expresiva de un artista valiente, decidido y empeñado en llevarse consigo el rico patrimonio de sus dibujos sobre la fenomenología de Cáceres.

Posteriormente el matrimonio publicó el libro cuyo títiulo es «Old Spain«, con imágenes, claro es, de y sobre la ciudad de Cáceres.

De dicha publicación se hizo una curiosa tirada especial de 265 ejemplares numerados a plumilla y firmados por sus autores y la obra se puso a la venta por la cantidad de 100 guineas. El mismo fue editado por MacMillan and Co. Limited. St Martin´s Street, London, y se imprimió en la Oxford University Press.

Bone fue un dibujante y grabador que, en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, comenzó a labrar su nombre artístico.

http://www.world-war-pictures.com

Sir Muirhead Bone.

Formado en la Escuela de Arte de Glasgow, Muirhead Bone fue distinguido, ni más ni menos, con el preciado título de la primera persona nombrada, ni más ni menos, que Artista Oficial de Guerra.

Es de señalar que Muirhead Bone desarrolló una importante labor en la creación del Museo de la Guerra, que durante la II Guerra Mundial también actuó con ese llamativo papel de Artista Oficial de Guerra y que, asimismo, formó parte del Comité Asesor de Artistas de Guerra.

También fue un cualificado miembro del Club de Arte de Glasgow y de la Galería Nacional.

 

 

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CÁCERES, LA CIUDAD QUE VENCIÓ AL TIEMPO, POR LUIS HERNÁNDEZ ALFONSO

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CACERES, LA CIUDAD QUE VENCIO AL TIEMPO es un bello y señalado recorrido periodístico llevado a cabo en 1932, por el escritor Luis Hernández Alfonso, en torno a la entonces conocida como Ciudad Antigua, y que apareció publicado el 9 de julio 1932 en la revista «Estampa». Una publicación de amplio prestigio, que llegó a alcanzar los 200.000 ejemplares de tirada, con una estructura eminentemente cultural, gráfica y literaria de la actualidad española e internacional.

 

CACERES,LACIUDADQUEVENCIOALTIEMPOLuis Hernández Alfonso (Buñol, Valencia, 1901-1979) es un periodista, escritor, ensayista, que desde muy temprana edad comienza a escribir en periódicos como «El Heraldo de Madrid» y otros medios liberales, Asimismo muy pronto comienza a ganar premios literarios. Como el concurso con motivo de la inauguración, en 1927, de la estatua de Francisco Pizarro en Trujillo, con un brillante trabajo histórico alrededor del conquistador y del que, posteriormente, llegaría a escribir una amplia biografía.

También en 1930 obtuvo el Premio Cervantes de 1930 por su estudio histórico «Virreinato del Perú», otorgado por la Diputación de la Grandeza de España, que recibió de manos del rey Alfonso XIII. Igualmente se alzó con el Premio Zozaya, de periodismo, concedido por el prestigioso diario «La Libertad». Igualmente escribió en medios como «Crónica», «Mundo Gráfico», «Lecturas» y «Estampa». Finalmente ejerció de asesor literario de la Editorial Aguilar.

Este es su artículo CACERES, LA CIUDAD QUE VENCIÓ AL TIEMPO.

CACERESLACIUDADQUEVENCIOALTIEMPO1Como vigilando la llanura circundante, Cáceres, centinela de piedra centenaria, desafía al tiempo y lo derrota desde el cerro de roca brava en que se alza. Diríase que como restos de un legendario ejército, reunidos en apretado grupo, sus palacios esperan la batalla decisiva que no se producirá nunca.

La ciudad nueva, rindiendo vasallaje al heroísmo de las fortalezas ancestrales, se extiende, humilde y amable, al pie de las murallas, y en confiada amistad trepa hasta ellas y en ellas se apoya.

LA PLAZA

cacereslaciudadquevencióaltiempoPlaza castellana en Extremadura; amplio descanso de la urbe; respeto de hombres modernos a la venerable ancianidad de la Torre del Bujaco, que asienta sobre sillares romanos y está coronada por antiquísima escultura que representa al Genio de la Colonia Norba Cesarina. Antaño esta estatua, menos deseosa de otear horizontes. estuvo al nivel de los hombres, en el atrio del Corregidor, de la misma plaza; mas en el año 1820, el Concejo juzgó irreverente lo poco elevado de su emplazamiento y la irguió sobre la torre, y allí, libre del alcance de pecadoras manos y también, ¡ay!, de curiosos y admiradores ojos, tiene como pedestal el baluarte en que los caballeros de la Espada murieron a manos de los guerreros que seguían a Mohamed-Abu-Jacob. Mejor estuvieran estatua sin pedestal y éste sin aquélla. Junto a los soportales, frente a la torre, pasean al sol sus ocios domingueros mozos y mozas. Sus voces alegres no rompen el augusto encanto de la plaza; le dan vida nueva sin quitarle nada de cuanto de la vieja debe conservarse.

EL ARCO DE LA ESTRELLA Y EL SUEÑO DE UN OBISPO

cacereslaciudadquevencioaltiempo34Allí, desde la plaza, junto a la capilla de la Paz, que parece acogerse al resguardo del cercano baluarte, unas escalerillas conducen al Arco de la Estrella, hueco abierto en la muralla que señala el recinto antiguo de la ciudad.

Hubo en el mismo lugar otra entrada, conocida en el siglo XV por la Puerta Nueva. Ante ella, Isabel I, recién muerto Enrique IV y el rebelde infante don Alonso, juró, como requisito para penetrar en Cáceres, respetar los fueros y privilegios otorgados a la ciudad desde que fue reconquistada (en el año 1229) por don Alonso IX de León. Pasado el tiempo, la Puerta Nueva era insuficiente para el pasdo de vehículos, y se trató de substituirla por otra más amplia. Dícese que entonces el obispo de Coria se opuso al proyecto. ¿Razones de orden religioso? No. ¿Político acaso? Menos. El argumento del prelado fue —según es fama— muy peregrino: el ruido de los carruajes perturbaría su sueño.

Venció la razón, y en 1726 se construyó el Arco de la Estrella bajo la dirección de Manuel de Lara Churriguera y a expensas de don Bernardo de Carvajal Moctezuma, conde de la Quinta de la Enxarada.

SANTA MARÍA, UNOS MINUTOS ANTES…

Frente al Arco de la Estrella, una callejuela obscura se desliza entre dos palacios: el Episcopal, a la izquierda; el de Mayorazgo, a la derecha. Al final, en una plaza, vemos la iglesia de Santa María, recuerdo, en parte, del gótico de la Reconquista.

Sin querer pensamos: «Quizá llegando unos minutos antes hubiéramos presenciado la reunión del Concejo de vecinos, bajo la “finiestra de Sancta María”, en cumplimiento del Fuero». Más ahora vemos que un clérigo del siglo XX, cruzando la plaza, penetra en el templo.

No; dentro, sólo algunas mujerucas cuyo indumento es, en la penumbra, de cualquier siglo. Una reza ante el Cristo muerto en la Cruz, trágica talla del siglo XIV; otra, ante el altar mayor, en el que alza su hermoso conjunto el magnífico retablo obra de los imagineros Ferrán y Balduc, español uno, flamenco el otro, que vivieron en Sevilla a mediados del XVI.

LA CASA DE LOS GOLFINES

Para que no hubiera dudas, los orgullosos constructores de este hermoso palacio que se alza en la plazuela a la que da su nombre, a la derecha de Santa María, hicieron inscribir, bajo su escudo, en la torre central, el rótulo: «Ésta es la Casa de los Golfines». Hartos de atropellar derechos y saquear por doquiera, los Holguin, procedentes de Francia, sentaron sus reales en Cáceres. En su sepulcro hubo una lápida así concebida: «Aquí esperan los Golfines el día del Juicio». Curiosa jactancia…

Pero, al menos, tuvieron el buen gusto de elevar este edificio admirable.

DE LOS HOLGUÍN A LOS ESPADEROS, PASANDO POR LOS BECERRA Y LA COMPAÑÍA DE JESÚS

CACERESLACIUDADQUEVENCIOALTIEMPO2Es curioso que los palacios cacerenses, no obstante haberse edificado en los siglos XVI y XVII, conserven los rasgos característicos de la arquitectura medieval. He aquí la casa de los Becerra, con su portada sobria de arco de medio punto adovelado, blasones de piedra en la fachada y moldura gótica que encierra el admirable conjunto. En esta casona vivieron ilustres comendadores de las famosas Órdenes Militares.

Junto a ella, una verja cierra el acceso a dos notables edificios, ambos construídos por la Compañía de Jesús. Son la iglesia y convento, éste convertido hoy en Instituto, y aquélla encomendada a una comunidad de religiosos no ignacianos. El templo, dedicado a San Francisco Javier, no tiene interiormente otras cosas mencionables que algunas pinturas, una muy estimable debida a Manhei.

«EL MÁS BELLO RINCÓN CACERENSE»

CACERESLACIUDADQUEVENCIOALTIEMPO3Así llama Floriano al lugar donde alza su robusta y gallarda mole la hermosa torre de los Plata, resto invencible de una verdadera casa-fortaleza, edificio que evoca las épocas en que Ovandos y Ulloas ensangrentaban con sus luchas las calles de la gloriosa ciudad, defendiendo aquéllos al infante Don Alfonso y éstos a Enrique IV, de infelice recordación. Paraje de recio sabor medieval, silencioso, recoleto, que nos sumerge en melancolía inexpresable.

LAS CASAS DEL SOL, DE LOS PAREDES Y LOS ULLOA

Magnífico ejemplar esta casa de los Solís, en cuya portada se ve el blasón del linaje con el sol a que el edificio debe su nombre. Sillares amarillentos, como dorados por el anochecer estival; torre cuadrada con matacán, que nos habla a un tiempo del brío guerrero y el buen gusto artístico. Otras casas de larga y complicada historia, que fueron de los Ulloa y los Paredes Saavedra, se levantan en la interesante calle Ancha, con sus escudos reveladores de pretérita grandeza.

Plaza de San Mateo: otro bellísimo rincón que nos traslada a siglos atrás. Plaza desierta, empedrada y silenciosa. Allí hay un templo de piedra, edificado según algunos autores sobre la antigua mezquita, y que de creer a la tradición, no es sino la misma mezquita reformada.

EL SOLAR DEL ALCÁZAR

Aquí está la torre de la iglesia de San Mateo, un piso más alta que el resto del edificio; tiene un hueco en cada fachada para campana, y otros (cuatro en la principal), arbitraria y disimétricamente dispuestos. Junto a uno de ellos, a la altura de la techumbre del templo, y hacia el ángulo externo, el blanco reloj.

A la derecha de la fachada, bajo una ventana amplia de medio punto, está la portada, bellísima obra plateresca de Guillén Ferrán, con arco rebajado, dividida en casetones su archivolta y coronada con dos figuras de niño como acróteras.

En la misma plazuela, a la derecha de San Mateo, está la capilla y el convento de San Pablo, con su modesta espadaña que sustenta dos campanas no menos modestas sobre una portada secular, sencilla y elegante, en arco ligeramente apuntado. Allí viven en plena miseria unas monjitas que apenas saben que hay mundo fuera de los sillares que las encierran…

Siguiendo el paso que separa esta capilla humilde del templo recio y altivo, se sale a la plaza de las Veletas donde, frente al muro de San Mateo, hay un extenso edificio que da nombre al lugar: la casa de las Veletas. Ninguna queda ya de cuantas tuvo en los tiempos de su grandeza. Hoy es un caserón, bello siempre, y que revela con claridad la fecha de su construcción (siglo XVIII).

Del antiguo Alcázar sólo queda el aljibe. Este aljibe, que acaso data del siglo X, ofrece fantástico aspecto al resplandor de unas teas, reflejado en el agua allí acumulada por las lluvias. Preténdese que fué construído por El-Gami, rey de Cáceres, al que se atribuye también cuanto de árabe hay en la ciudad, y cuya existencia han puesto en duda los historiadores. Mélida apunta la posibilidad de que fuera Zeht, rey de Coria (que vivió en la segunda mitad del siglo IX, época en que Cáceres era musulmana), el que ordenó su edificación.

LA INDISPENSABLE LEYENDA

Y ¿cómo no? El Alcázar tiene su leyenda, que no deja muy bien parada la caballerosidad de su héroe, por cierto. La historia es vulgar: unos emisarios cristianos parlamentan con el caíd moro de la fortaleza. Durante la entrevista, el jefe de la delegación ve a la hija del caíd, y la hija queda prendada de la gallarda apostura de él… Furtivas relaciones en un subterráneo, del que la doncella posee las llaves. Éstas, finalmente, van a poder del caballero (?), quien las utiliza para introducir en el Alcázar a sus soldados y adueñarse de la población.

Como se ve no es siquiera caballeresca la leyenda cacerense. Amores fingidos y traición, en suma…

MÁS DEL SOLAR DEL ALCÁZAR

San Mateo, la casa de las Veletas y otros edificios contiguos, ocupan el solar de la mansión fortificada árabe. En él está la llamada torre de las Cigüeñas, perteneciente a la morada que fué del capitán don Diego de Cáceres. Es una elevada torre medieval que se libró —por excepción expresa— de la destrucción de análogas construcciones ordenada por los Reyes Católicos en su carta de 12 de mayo de 1496, motivada por las luchas sangrientas habidas entre los nobles de la villa. La fidelidad inquebrantable del capitán la hace disfrutar de este privilegio…, que le permitió ejercer autoridad sobre los demás señores.

CÁCERES

Ahí quedan palacios, fortalezas, torres, arcos y murallas. Ciudad admirable, santuario de la Historia patria; con emoción y melancolía te saluda quien vivió en ti horas gratísimas de evocación y de respeto a tus piedras milenarias.

Ciudad que muestras tus tesoros al curioso visitante con el hidalgo gesto de su hospitalidad: vencerás por ti misma en la lucha contra el tiempo y contra la barbarie humana.

NOTA: Las fotografías son obra de los artistas Javier y Martín, según se especifica al final del texto. (Imaginamos que la segunda de las referencias es referente al nombre de Tomás Martín Gil, historiador, fotógrafo, periodista, investigador, escritor, ensayista, un nombre referencial en el panorama de la cultura y de la historia de Cáceres).

 

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CACERES, PLAZA MAYOR DE LA HISPANIDAD

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Don José Vigara Campos, un profesor entrañable del Instituto Nacional de Enseñanza Media «El Brocense», de Cáceres, que impartía lecciones de Lengua, publicó el 29 de Junio de 1961, en el periódico ABC, un memorable artículo titulado «CACERES, PLAZA MAYOR DE LA HISPANIDAD».

José Vigara Campso, en 1957.

Don José Vigara Campos, humanista, sencillo, escritor, entrañable profesor de Lengua en el Instituto Nacional de Enseñanza Media «El Brocense», redactor-jefe del periódico «Extremadura», fue un exquisito enseñante, amigo de sus alumnos, volcado en lo que hoy conocemos como las Ciencias de la Educación, preocupado por el aprendizaje de aquellos bachilleres de entonces y que, afortunadamente, pasaban por las aulas de sus enseñanzas de generación en generación.

Don José Vigara Campos, natural de la localidad cacereña de Salvatierra de Santiago, sentía el alma de la esencia de Cáceres. O, al revés, la esencia del alma de Cáceres. Tal cual ahondaba, con la mayor profundidad y sensibilidad, en sus adentros.

Un día de aquellos, de tanta inspiración como tenía arraigada, publicó en el periódico «ABC» un artículo que podríamos catalogar como de profundo y magistral, de relieve, y que desprendía tanta pasión como ardor y amor por Cáceres. Como nos fue legando a tantas generaciones de estudiantes que pasamos por sus lescciones de pedagogía y de bien y buen hacer.

Enamorado de Cáceres un día, allá por 1961, escribió un magistral artículo en ABC, titulado CACERES, PLAZA MAYOR DE LA HISPANIDAD.

 Aquí os dejo, pues, con el artículo CACERES, PLAZA MAYOR DE LA HISPANIDAD, firmado por el profesor José Vigara Campos.

CACERES, PLAZA MAYOR DE LA HISPANIDAD

Una de las fotografías que adorna el artículo «Cáceres, Plaza Mayor de la Hispanidad».

De nuevo, y por cuarta vez, los Festivales Folklóricos Hispanoamericanos han iniciado sus representaciones en Cáceres, plaza mayor de la Hispanidad, como definiera a esta ciudad el presidente del Instituto de Cultura Hispánica, don Blas Piñar. Otra vez, en el marco más adecuado y en el escenario más completo que podría buscarse, el mundo de la Hispanidad se ha dado cita y todos los hermanos de la gran familia se han reunido en la singular ciudad de la Alta Extremadura.

En Cáceres, la reina de los Festivales, señorita Isabel Ochoa, hija de los embajadores de Venezuela en nuestra patria; con ella, su corte honor; reina y corte forman como una incomparable constelación de belleza y juventud. Autoridades de la región, Cuerpo diplomático de toda Hispanoamérica, destacadas personalidades de las artes y las letras, Cáceres vestida de sus mejores galas. Honrada, sabe delicada e hidalgamente honrar con ese garbo y compostura que son patrimonio natural del señorío.

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Conviene, amado lector, que te diga algo de Cáceres. No ha sido arbitraria su designación como teatro permanente de estos festivales. Hay razones de Historia y sobran razones de ambiente. Pocos tesoros de piedra bien rimada y conservada, y acaso ningún conjunto tan completo hallarías en nuestra geografía como éste. Porque Cáceres es una ciudad maravillosa. Podría decirse que singular. Ni grande, con esa extensión desparramada y fría que aleja el corazón de sus miembros; ni chica, con esa angosta reducción de los pueblos que se empinan, pretendiendo salirse de su propia estatura. Cáceres tiene dos paisajes urbanos bien distintos: el de arriba, medieval, absoluto, íntegro, obediente a su naturaleza y a su rango; el de abajo, abierto, joven, crecedero, mezcla graciosa de geometría arquitectónica y naturaleza corriente.

Nació el primero, enredado entre callejas moras y cristianas, plazuelas, sobre cuyas losas poligonales, en las noches dormidas, la luna cunea dulcemente la sombra de las torres desmochadas. De abajo arriba, un tobogán de piedras con pátina de siglos, coronado de templos y espadañas, con devota quietud de conventos y bálsamo de patios, vestidos por dentro con gracia de enredaderas y lujo de rosas y jazmínes. En cada rinconada –son muchas y todas llenas de embrujo– han hecho alianza el tiempo y el espacio, y ni los siglos se han pasmado en ellas, la dimensión se ha quedado quieta por respeto a la forma. En la noche, cada pisada lenta sobre las losas, arriba y en cada regazo de las calles retorcidas que serpentean subiendo y bajando, se hace eso que retumba en el hueco de los moros aljibes.

Cada torre, y son muchísimas torres por todas partes, tienen su forma, su nombre y su historia: en la cima misma del tobogán, Las Veletas, dominando la plaza de su nombre, sujeta en el triángulo del antiguo alcázar, el enano convento de San Pablo y unas cuantas casonas, cuyas portadas rivalizan en estilos y atesoran los mejores ejemplares de la heráldica. Por cierto que unja leyenda se hace vida y recobra actualidad en estos rincones, una vez cada año, ahora por las Fiestas de San Juan. Desde la fortaleza mora, convertida hoy en museo, una galería árabe con bóveda de ladrillo, alta y espaciosa, conduce laberínticamente hasta las afueras de la ciudad y también hasta la cumbre de la sierra de la Mosca. Dice la leyenda que hace muchos años, cuando el IX de los Alfonsos españoles andaba enamorando a la agarena fortaleza, el ejército cristiano ponía sitio a la ciudad. Lo que hoy son tierras labrantías, a tiro de ballesta de la fortaleza,  era entonces ameno jardín donde el jefe árabe entretenía sus ocios entre macizos y cantarinas fuentes. Hasta ahí llegaba a diario el señor del palacio valiéndose de la galería oculta.

Un día, su bella hija se deleitaba regando rosas y enderezando surtidores. Así le descubrió la mirada del capitán cristiano. Unas palabras, y pocos días después, mientras las huestes sarracenas defendían la plaza por la parte contraria, donde aún se alza la graciosa torre de Abu-Jacob (Bujaco), las huestes cristianas tomaban la fortaleza a través de la galería secreta, cuya llave entregara la bella mora, rendida de amor, al cristiano que acaudillaba huestes de la cruz. La victoria fue completa; quedó la ciudad completamente rescatada y el jefe de los moros maldijo a la hija que, desde entonces,  quedó convertida en gallina. Cada año, en la noche que precede a la fiesta de San Juan, la gallina encantada sale de su encierro, recorre las calles que rodean la fortaleza haciendo ruidos espantosos y los niños de la ciudad la ahuyentan con hogueras.

Los palacios de este recinto único conservan su pristina grandeza, sin que el tiempo haya podido desfigurar su peculiar arquitectura. Ovandos, Adaneros, Carvajales, Mayoralgos, Canilleros, Montenegros y Ulloas, Galarzas y Castrosernas, Rodas, Castronuevos, Oquendos, Mogollones, Enjaradas, Pelayos, Santa Olallas, Corbos, Camarenas y otros muchos cuyas proezas y alcurnias nacieron cuando España se hacía. Ellos pusieron en este rincón maravilloso sus moradas, ceñidas aún por la cinta de tapia revestida de la muralla mora; moradas que aún están como entonces, abiertas al mundo, que se pasma cuando ve tan sencilla grandeza encerrada en la recoleta majestad de una ciudad como Cáceres.

Y los templos. Los templos de Cáceres están hechos para ello. Cada uno, para lo suyo. Todos en su puesto adecuado, con fortalezas dominando un sector del espíritu de la ciudad. Arriba del todo, San Mateo, amplio, ascético, noble, acogedor. Torre erguida y espadañas rematando la fachada escueta. Bella portada, góticas   agujas, altos ventanales con vidrieras policromadas. Por dentro, magníficos retablos, imágenes talladas, sepulcros de nobles caballeros.

Descendiendo, a mitad del camino, aprisionado en un rincón, coronado por dos torres y grandiosa cúpula jesuítica, San Francisco Javier, contrarreformas. Mármoles de Carrara y lienzos de buenas firmas italianas.

En el remanso de la plaza de su nombre, amplia, gótica, haciendo de catedral, Santa María la Mayor, cuyo retablo principal es como un gran afilón de madera tallada por nuestros insignes. En una de las esquinas exteriores del templo, como si se hubiera hecho en su origen para lo que había de ser después, una estatua de San Pedro de Alcántara, cuyos pies desnudos besa cada día reverente el pueblo cacereño.

Y abajo del todo, rematando el conjunto, como atalaya que cierra el paso antes de salir del recinto, Santiago el Mayor, cuna de los Freyres de la Orden Jacobea, en una de cuyas capillas Nuestro Padre Jesús recoge a diario la más íntima palpitación de los corazones de sus hijos.

Los arcos de entrada a la ciudad también se alzaron con el mismo sello del conjunto. La Estrella, cuarteado en espiral de difícil arquitectura; el del Corregidor, junto al anterior; el de Santa Ana, abriéndose al adarve moro; el de Cristo, el de España dando entrada al costado de la vieja ciudadela; el del Socorro, y el ya desaparecido de la Puerta de Mérida, junto al viejo cenobio de las Claras.

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Otra fotografía de Cáceres, de las que aparece en el artículo de José Vigara Campos.

El paisaje urbano de ahora, el que ha nacido fuera del tiempo y el espacio de la Vieja Norba, es enteramente joven, con frescura de reciente trazado. Cada vez se va abriendo más en cuadrículas de viviendas y jardines. Crecedero, con arquitectura de mocedad contemporánea, aire cariñoso que envían los vecinos campos labrantíos; parques y avenidas donde las rosas han vencido al tiempo y se han hecho permanentes. ¡Qué bellas las rosas cacereñas, gateando por los troncos de los árboles, subiéndose a sus ramas, descolgándose hasta acariciar la frente de los viandantes con su beso suave, en el que se dejan su terciopelo y su fragancia! Parece como si la ciudad de hoy tuviera prisas de hacerse toda jardín.

La vida en Cáceres es también suya. Tiene de común con la de otras ciudades lo que la vida tiene de genérico; pero sus matices la peculiarizan con un sello puramente suyo. Ni corre alocada, ni se queda atrás; pero en ningún momento pierde su carácter. La tradición más seria armoniza con los rumbos de ahora, sin perderse en nada el equilibrio sustancial. Es firme la piedad; sencilla, sin gazmoñerías, pero tampoco tiene adulteraciones. La honradez no conoce aún la ley de la ventaja y juega limpiamente un papel de cristiana convivencia.

La mujer cacereña, bella, con una belleza de virgen lozanía, es garbosa, honesta, hacendosa, nacida para reina del hogar, y saber dar perennidad inmarcesible al más limpio orgullo de la maternidad.

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Así es Cáceres. Esta es la Plaza Mayor de la Hispanidad, donde ahora se está desarrollando la actividad del IV Festival Folklórico Hispanoamericano, y donde cada año se deshoja la rosa de las más bellas exhibiciones artísticas de los pueblos hispanos. ¿No la has visto acaso en alguno de tus periplos por los campos de la Historia o recorriendo los caminos de la hispana geografía? Si vas a ella, te esperará amorosa y te regalará primores y hará felices tus horas y llenará tus ojos de visiones eternas, y henchirá tu corazón de gozo, y hasta te enamorará. Has de saber que los que la ven, la aman. Y el amor de Cáceres produce una embriaguez de la que difícilmente se despierta.

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«VISION ICONOGRAFICA DE CACERES ANTIGUO», POR MANUEL JOSE DE ARCE

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«Visión iconográfica de Cáceres Antiguo» es un poema de Manuel José Arce y Valladares, Guatemala, 1907-1970, ensayista y diplomático, que un día, viajando por España, se llegó hasta Cáceres, recorrió de forma detenida, apasionada, sorprendida y enamoradiza lo que antes conocíamos como Cáceres Viejo o Cáceres Antiguo. Luego, meditando, en la ensoñación de su caminar por Cáceres, compuso este poema que figura en su libro «Los argonautas que vuelven. Cantos a España en España».

 

Palacio de Marogalgo

El Palacio de Mayoralgo en la década de los años 40 del pasado siglo.

Manuel José Arce y Valladares es de ascendencia española y con antepasados de relieve en la administración guatemalteca. El mismo también pariente del general Manuel José de Arce, Primer Presidente de la República Confederada de Centroamérica, en 1823.

Profesor de Literatura en Guatemala, reportero, becado en su día para estudiar en la Universidad española Menéndez y Pelayo, hispanista, embajador extraordinario y Plenipotenciario de Guatemala en Colombia y en Uruguay, colaborador en diversos medios periodísticos, cuenta con una amplia obra tanto en prosa como en verso. También fundó y puso en marcha el semanario Tiempos Nuevos.

En sus publicaciones destacan obras como «El dolor supremo«, 1926, «Romances de la barriada«, 1931, «Epístola a la Católica Majestad de Alfonso XIII«, 1931, «Romancero de Indias«, 1943, como una exaltación de la gesta hispánica, «Estancias del callado amor«, 1944, «Los argonautas que vuelven. Cantos a España en España«, 1957, «Elegía del hombre«, 1963…

MANUEL JOSE DE ARCE Y VALLADARES

El prestigioso escritor guatemalteco Manuel José de Arce y Valladares, autor del poema «Visión Iconográfica de Cáceres Antiguo».

Según una importante parte de estudiosos y analistas de la obra del prestigioso escritor guatemalteco uno de los rasgos más sobresalientes de la misma radica, sobre todo, en la dualidad de lo hispánico y lo mestizo. Lo que pone de manifiesto su amplia visión sobre las páginas de la historia.

Asimismo Manuel José de Arce y Valladares se encuentra en posesión de cualificados premios de poesía, como el «Carlos López Narváez» y el «Premio del Certamen Cervantino del Salvador» entre otros.

También está en posesión de distinciones como la Orden de Quetzal. la Medalla de Oro al Mérito Nacional de Francia y la Orden de Rubén Darío…

Aquí os dejo, pues, el contenido, profundo, de su poema dedicado a Cáceres, tras haberla recorrido de forma detenida, analítica y cuidada, para esculpir unos versos de identidad plena con el alma y con la esencia del Casco Histórico-Monumental de la ciudad.

 

VISION ICONOGRAFICA DE CACERES ANTIGUO

 

Vasto armonial petrificado. Páginas

a martillo y cincel. En los portales

blasones constelados de cuarteles

entre la profusión de sus follajes.

 

Con dejos de ciclópea arquitectura

y parca esplendidez de casas grandes,

macizas torres de altas balconadas

y alféizares tendidos en el aire.

 

Como trazadas a compás de esguinces

tiránse a fondo y quiébranse las calles;

los tiestos de geranios las ventanas

salpican con sus coágulos de sangre.

 

De banda a banda tiéndense la mano

en la alianza del arco los adarves

para concatenar los señoríos

de los viejos entronques familiares.

 

En recia cantería habla de hierro

la pátina herrumbrosa; en todas partes

un soboído tintinear de espuelas

y tizonas trabándose en combates…

 

Sello en perpetuidad de los Golfines

desde aquellas centurias medievales,

que quedaron en vuelo detenido

y en proyección eterna del instante.

 

El muerto olor que emana de los libros

viejos cuando sus páginas se abren

respiran los pulmones de la plaza

de San Mateo en delgadez del aire.

 

El sol se ha detenido en su escudo

parando el tiempo en sugestivo cauce

y animan el olivo silenciado

fanfarrias de oro de cortejos reales.

 

De los balcones penden reposteros

y tapices riquísimos de Flandes;

¡qué lucimiento de ojos y sonrisas

entre profusa ostentación de encajes!

 

Rebotan en los muros las campanas

al vuelo y al repique de los parches

contrapunteados en caracoleos

de tordillos, de moros alazanes.

 

Jinetes, los Saavedras, Mayoralgos,

los Sandes, Carvajal, Obando, Chaves,

Moscoso de Monroy, Suárez Becerra,

Golfín, Paredes, Mogollones, Blázquez.

 

Ojos de caballeros y de damas

crúzanse en trueques de pañuelos y guante;

argos rivales captan las promesas

y Amor y Honor han concertado lances…

 

Ya es la fiesta del Corpus la que hierve

en río humano que rebosa el cauce,

y a la piedad de la Semana Santa

o el estruendo de marchas militares.

 

Desfilan ante los ojos forasteros

que entran a fondo  corazón de Cáceres

a nutrir su raíz en los aljibes

la sucesión de cientos de linajes.

 

Linajes que hoy florecen en América

renovados de cielo, tierra y sangre;

y sobre mares, tierras, siglos, unen

con su abrazo de piedra los adarves.

NOTA: La fotografía me la ha facilitado y prestado, tan generosamente, como siempre, la investigadora e historiadora Julia G. Parra. La misma se corresponde con los años 40-50 del pasado siglo y aparece en el «Estudio histórico artístico de Cáceres», obra de Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros, publicada por Ediciones Cultura Hispánica en el año 1954, dentro de la serie Cuadernos de Arte. En el mismo aparecen entremezcladas fotografías de Gudiel, Javier o Martín Gil, por lo que la autoría de la instantánea es de uno de los tres artistas citados.

 

 

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