Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /homepages/25/d580598968/htdocs/clickandbuilds/WordPress/BLOG_JUAN/wp-content/themes/news-magazine/inc/front/front_params_output.php on line 731

Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /homepages/25/d580598968/htdocs/clickandbuilds/WordPress/BLOG_JUAN/wp-content/themes/news-magazine/inc/front/front_params_output.php on line 731

Archive For The “Antología sobre Cáceres” Category

ROMERO MONTESINO-ESPARTERO, UNA SAGA CACEREÑEADORA

By |

La familia conformada por Pedro Romero Mendoza, 1896-1969, una eminencia en la historia de Cáceres, intelectual de relieve, director del periódico liberal «El Noticiero de Cáceres» cuando tan solo contaba con 25 años de edad, que dirigió la revista «Alcántara» durante 20 años, premio «Cartagena», de la Real Academia Española, y Eladia Montesino-Espartero Averly, 1897-1999, afincada allí en aquel chalet de Gómez Becerra, 2, abrazada y besándose junto al Paseo, eterno, de Cánovas, fue y sigue siendo un lujo de las letras cacereñas y, como suelo señalar, cacereñeadora.
pedro romero mendoza y eladia

Pedro Romero Mendoza y Eladia Montesino-Espartero y Averly.

Allí, en aquel precioso rincón del Cáceres años sesenta, hoy desmontado por la excavadora y también, claro es, por el paso del tiempo, se escribían ríos de poemas, de ensayos, de versos, de sueños, de pasiones, de inquietudes, de anhelos, de historias, que fluían, de forma esbelta de mientras se miraba, ay, al horizonte de la pasión por Cáceres y por los aconteceres del paisaje cultural de aquel entonces, mientras él, don Pedro, se esmeraba y se constituía en uno de los pilotos de tamaño y complejo sendero.

Lo que, moralmente, se constituía en su gran reto. Ahí es nada: La lucha por el panorama cultural del Cáceres de aquellos tiempos. Al tiempo iba creando en sus hijos ese compromiso con la ligazón, eterna, por y para Cáceres.

Lo que Pedro Romero Mendoza, ensayista, humanista, erudito, filósofo de la vida, novelista, lector de eternidad de vida, siempre, cuajado de identiddad romántica, –no en balde su obra «Siete ensayos sobre el Romanticismo español» fue galardonada con el Premio Cartagena de la Real Academia Española– y Eladia Montesino-Espartero y Averly, inculcaban a sus hijos. El sabor de Cáceres en lo más hondo de la sensibilidad.

pedro romero mendoza

Pedro Romero Mendoza, una eminencia de las letras y de la cultura extremeña.

Pedro Romero Mendoza dejó tras sí una brillante estela, hasta el punto de que, desde nuestra modesta opinión, el mismo se conforma como una figura imprescindible e indiscutible del panorama de las letras y de la cultura extremeña. Y en las páginas de la historia quedan publicaciones suyas como «La humanidad murmura«, «Caminos de servidumbre«, «El Chupao y otros cuentos«, «Viaje al cielo«, «¡Quién tuviera de cristal el alma!«…

Valeriano Gutiérrez Macías, miembro de la Real Academia de la Historia, ya escribió en su día sobre Pedro Romero Mendoza, que era un «purista del idioma, su celoso guardador, su vigia constan¬te, se preocupaba intensamente de velar por la propiedad de las palabras y de que se expresase el pensamiento con claridad y corrección«. Y, añadiendo que el mismo es «uno de los eminentes escritores del siglo XX«.
.
Un día de inspiración, como tantos y tantos le presidieron a lo largo de su fecunda vida literaria, Pedro Romero Mendoza, fundador de la Sociedad Literaria Cacereña en 1917 y uno de los creadores del Ateneo en 1925, escribía, en un poema titulado «Cáceres, una Ciudad Antigua«, estos versos:

Quiebra el sol su haz de oro

en el recio bastión de la muralla,

y un fuerte resplandor de fuego arranca

de la vetusta torre a su cimborrio.

 

La calle está desierta;

de luz ciegan, brillantes, los guijarros;

asciende un viejo cochambroso al atrio

y un zanquilargo cura el templo deja.

 

Carrizo en los tejados

de achaparradas casas con saetías,

y en adusta plazuela una hornacina

con la imagen de Dios crucificado.

 

La voz de bronce hiere.

¡Tan duro y vigoroso es su tañido!

Un pájaro abandona el blando asilo

y con su pico agudo el éter hiende.

 

Huraña y plúmbea paz

en las calles angostas se respira,

y es tal la soledad, que el alma, herida,

nunca sintió cual hoy la eternidad.

 

eladia montesino-espartero

Eladia Montesino-Espartero y Averly, una mujer enamorada y apasionada de Cáceres.

Su mujer, Eladia Montesino-Espartero y Averly, 1897-1999, biznieta del general Espartero, que llegó a ser regente de España entre los años 1840-1843, y tres veces presidente del Consejo de Ministros, la primera mujer española que voló en un avión, el 3 de abril de 1920, en aquellos años ya jugaba al tenis, montaba en moto, practicaba la equitación y aprendía francés e inglés, vivió 64 años en Cáceres.

Una ciudad, Cáceres, de la que Eladia Montesino-Espartero y Averly, se convirtió en devota apasionada, y, al tiempo, devota del Casco Histórico, poetisa, escritora, serena y vital en todos los ámbitos sociales y humanos, profesora en el Instituto «El Brocense» y en la Escuela Normal…

Y otro día, como hiciera su marido un tiempo atrás, componía el poema «¡Ay, Cáceres, viejo Cáceres!«:

Me gustan tus viejas calles

estrechas y solitarias

y los viejos torreones

testigos de mil hazañas.

 

Me gusta el grave silencio

que te envuelve y te amortaja

solo turbado de pronto

por atrevidas pisadas,

y el canto de la lechuza

que parece decir… ¡calla!

 

Me gusta la soledad

de tus calles empinadas

y el granito de tus piedras,

de tus piedras centenarias.

(¡Si ellas pudieran hablar,

cuántas cosas nos contaran!).

 

Me gustan los matacanes

y gárgolas de tus casas

y los finos parteluces

con que adornas tus ventanas.

 

Me gusta la gallardía

de tus torres almenadas

y la casita mudéjar,

hechizo, primor y gala

con que el mágico recinto

pregonando está su fama.

 

¡Qué poético misterio

encierra tu cuesta Aldana,

tu convento de San Pablo

y tu calle de la Manga!

 

¡Cuántas veces habreis visto

desenvainar las espadas,

quedando en tierra un valiente

amortajado en su capa!

 

¡Ay torre de las Cigüeñas,

de Espaderos, de los Plata,

famosa torre Bujaco,

desde donde presenciaban

los más vistosos torneos

las más linajudas damas!

 

¡Torre de los Carvajales,

vieja torre desmochada,

os elevais a los cielos,

magníficas, soberanas!

 

Parecéis dos favoritas

de un sultán ya abandonadas

por otra joven y hermosa

de cuyo amor disfrutara.

 

¡Palacio de los Golfines,

Mayoralgo, bella casa

de don Hernando de Ovando;

¡qué señoril estampa!…

 

Templo de Santa María;

mansión de García Galarza

(hoy Palacio del Obispo)

qué rango dais a la plaza!

 

¡Ay casa de las Veletas

sobre cimientos de alcázar

que tienes bajo tus pies

la reliquia musulmana,

(aljibe de bellos arcos

reflejándose en el agua);

 

Iglesia de San Mateo,

de Santiago, Santa Clara…

severo solar del Sol,

casa de la Generala,

os contemplo y os admiro

bajo la noche estrellada.

 

¡Si la luna os acaricia

parecéis hechas de plata!

 

Los siglos duermen… ¡silencio!

en sus calles y en sus plazas.

No hagáis ruido y al andar

«pisad con planta de lana».

 

¡Ay, Cáceres, viejo Cáceres!

entre tus viejas murallas

enajenaste mi espíritu,

me tienes cautiva el alma!

Versos de amor y de pasión en el recorrido de Pedro Romero Mendoza y Eladia Montesino-Espadero y Averly.

JUAN JOSE ROMERO MONTESINO-ESPARTERO

Juan José Romero Montesino-Espartero, un poeta de hondura y de relieve…

Posteriormente su hijo Juan José, 1941, con la mirada preñada de luz de la noche, de la madrugada, soñando, ensimismado, en el Cáceres eterno, que mamara en el domicilio familiar de la calle Gómez Becerra, en un chalet de estructura norteña, dejaba el pulso de sus recorridos, ante la fascinación de la historia hecha piedra y arte, con otro poema.

También titulado «Cáceres«, como una asignatura de enseñanza permanente por los pasillos de la casa, por las conversaciones familiares, por la instrucción paterna, por el hechizo de ir creciendo por las calles y plazas de Cáceres. Cáceres, pues, en los versos de Pedro Romero Mendoza, de Eladia Montesino-Espartero y Averly. Y, ahora, a través de su vástago Juan José, con la imagen, siempre, de Cáceres, en una de esas madrugadas poéticas, con el cielo pinbtarrajeado de una apasionante luz de oscuridad, escribió este poema de hermosa creación. Y propia, claro es, de quien siente el ardor de la belleza eterna de la ciudad:

CACERES

Se incendia por instantes la ciudad

y en vivas llamaradas arde el cielo,

la luz del sol se esparce por torreones

que pinta con reflejos de oro viejo.

 

La noche va cayendo inexorable

al rítmico crotar de las cigüeñas,

el áspero graznido de las chovas

se escucha en atalayas y callejas.

 

Cerrad la puerta, el Arco de la Estrella,

que nadie turbe el sepulcral sosiego,

sus empedradas y serenas calles

por siempre renunciaron al torneo.

 

Mostrad vuestro respeto, gente amiga,

la historia duerme el sueño de los siglos

mecida por sus piedras centenarias,

guardada por blasones de granito.

 

Permitid que descanse la nobleza,

que reposen moriscos y plebeyos,

judíos y valientes militares

y espadas que causaron tantos muertos.

Pablo romero montesino-espartero

Pablo Romero Montesino-Espartero que acaba de publicar una sentida ORACION DE UN CACEREÑO.

Un tiempo después, el pasado 9 de diciembre de 2015, otro miembro de la saga Romero-Montesino Espartero, Pablo, que un día se hizo de vocación marino, con la estampa de Cáceres adornándole, siempre, los galones en las aguas azuladas de inmensidad, escribía un bello canto, cuajado de hondura cacereña, cacereñista y cacereñeadora, titulado «Oración de un cacereño«.

Un escrito de una profunda identidad con la tierra, con la ciudad, con aquel Cáceres que le viera nacer, y que, desde que abriera los ojos, se le fuera quedando grabado en la retina de los recuerdos, de las emociones, de los compases del alma, mientras se acercaban los temidos años 60 que le llevan a incrustarse por las riadas migratorias, probablemente la mayor tragedia histórico-social de Cáceres y Extremadura.

Y Pablo, marino por océanos y mares infinitos, de aguas cuajadas de poemas en la soledad y la reflexión de la alta mar, iba, mientras, dibujando, en el camarote, la silueta emocional de Cáceres.

Silueta emocional de y sobre Cáceres que Pablo Romero Montesino-Espartero recorría en las redes sociales, el pasado 9 de diciembre de 2015, de este forma sencilla, cercana, humana, religiosa, poética y abriendo su corazón de par en par:

ORACIÓN DE UN CACEREÑO

Señor, soy de aquellos hombres, que en los años 60 se vieron obligados a dejar su terruño, buscando el pan y la sal, que la Patria nos negaba. Abandoné casa, hacienda y familia para poder, desde la lejanía y el frío, mantener esposa e hijos, cambiando la bondad del hogar y el calor de los míos, por el hielo y la soledad del norte.

Cansado y envejecido, invisible ya a los ojos de mis hijos que tan solo ven en mí a un viejo inadaptado a las costumbres de la nación que nos acogió y al que la falta de sol ha convertido su curtida piel de otrora, en un blanco sudario.

Yo me dirijo a Ti Señor , para pedirte que en los últimos años de mi vida, me permitas tornar a mi sur.

Quiero volver a sentir en mi rostro, la caricia del sol al despuntar el día tras la Montaña o coronando el campanario de la iglesia en que fui bautizado, rodeado de ese azul tan Tuyo, y tan nuestro,Señor.

Quiero volver a ver como se tiñe de oro el granito de las casas solariegas en el declinar de la tarde y escuchar en la noche a la lechuza alzar el vuelo, asustada por el eco de los pasos del alma en pena de algún hidalgo de capa y espada, en la ciudad monumental.

Quiero percibir a través de mis empobrecidos oídos, el crotorar de la cigüeña desde la torre a la que Isabel perdonó fuera desmochada y el “chi,chi,chi” del primilla al salir del agujero en que esconde su nido, de la pared en ruinas, testigo de tantas trifulcas, duelos y batallas familiares.

Dame Señor la oportunidad de rezar una vez más a mi Virgen y contemplar desde lo alto de la Montaña, la ciudad que me vio nacer y que tanto añoré a lo largo de mis años de ausencia; respirar el aire puro y fresco que desde el norte exhala Gredos y que al llegar a la ermita, es bendecido por Ella para disfrute de mis paisanos.

Permíteme Señor, gozar con mi ya escasa vista, del discurrir del agua de los regatos en primavera, tapizados de flores blancas y flanqueadas sus orillas de lirios, en nuestros campos esteparios, arrullados por el canto de la alondra allá arriba en el cielo o el trino del jilguero desde su atalaya del cardo borriquero. Admirar de nuevo el vuelo impertérrito del buitre y escuchar el silbido del aire a su paso por sus alas o al cernícalo colgado en el aire, desafiando Tu ley de la gravedad, teniendo como fondo la sierra bañada por la luz aurirrosada del crepúsculo.

Concede Señor a mi disminuido olfato, rememorar con el penetrante olor de la saca del corcho en verano, vivencias de mi niñez, cuando contemplaba como el hachero, certero en sus golpes, dejaba impúdicamente desnudo el árbol,mientras en la siega de la mies, las voces y cánticos de las segadoras, alegraban el campo, bajo aquél sol ardiente del estío cacereño.

Quiero disfrutar de nuevo del frescor húmedo de la sombra del cancho en el berrocal y plácidamente abandonarme a la ensoñación mirando a Tu cielo, Señor. Gozar del reclamo de la perdiz entre las escobas floridas o el del triguero en las siembras o el de la tórtola en su nido o contemplar extasiado al lagarto, solazándose al sol, orgulloso de los ocelos de su preciosa piel…

Volver a acariciar con mis manos ya casi sin tacto, las viejas paredes alfombradas de musgo en Las Viñas que con mis hijos de la mano, recorría buscando esparragos trigueros en primavera, mientras del pueblo cercano, llegaban a nosotros el tañer de las campanas lanzadas al vuelo, llamando al rezo del Angelus.

Permite Señor, vuelvan a aflorar las lágrimas a mis ojos, al contemplar al «Cristo Negro» bajando por los Adarves en el silencio de la noche cacereña del Jueves Santo, solo roto por los golpes secos y unísonos de las horquillas de los portadores, sobre los guijarros del empedrado.

Déjame sentir otra vez en mis labios, el primer beso entre las sombras del parque de mis correrías de niño y sentarme en el banco en el que adornado de requiebros, declaré mi eterno amor a la madre de mis hijos. Quiero volver a admirar ese cielo estrellado único de mi Extremadura, tumbado boca arriba teniendo entre mis manos las de la compañera de mi vida, y con ella embriagarme de distancias infinitas.

Dame fuerzas Señor, para mantenerme cabal con mis creencias religiosas, sin que nada ni nadie perturbe mi amor por Ti, dador de cuanto de bueno pueda todavía quedar en mí. Manten alejados a mis hijos de los peligros de este mundo y danos fuerzas para que el amor de mi esposa no se extinga y el mío por ella, se acreciente cada día.

Concedeme por último Señor, llevar al lugar en que mis padres descansan en Tu paz, flores robadas a la naturaleza, esa que tanto amaron y que me enseñaron a amar, por ser ella la fiel demostración de Tu existencia.

Te pido en fín, Dios mío, permitas que las cenizas de mis huesos calcinados, sean esparcidas en la solana de una de nuestras sierras, para que después de muerto, sientan aún el calor de mi tierra extremeña y se impregnen en ella del olor a jaras, tomillo y romero…

Amén

Licencia de Creative Commons
ROMERO MONTESINO-ESPARTERO, UNA SAGA CACEREÑEADORA by JUAN DE LA CRUZ GUTIÉRREZ GÓMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

Read more »

«MANIFIESTO CACEREÑO», POR TICO MEDINA

By |

Tico Medina, 1934, es uno de los nombres ilustres del periodismo español de los últimos sesenta años. Granadino, maestro, infatigable del periodismo, siempre fue un enamorado y devoto de Cáceres. Lo escribe y suscribe alguien que trabajó, afortunadamente, con él. Y que un día de 1973, el 31 de enero, en su columna diaria de ABC, publicaba un artículo titulado «MANIFIESTO CACEREÑO».

 

tico medina

Tico Medina era un periodista enamorado intensa, profundamente, de Cáceres.

Tico Medina, con una trayectoria de larga sensibilidad en el panorama periodístico, en prensa escrita, en radio, en televisión, siempre dominó todos los medios, de principio a fin. Y se ganó, a pulso, entre su constancia, su formación, su dedicación constante, sus premios, sus libros, su amplia capacidad para todas las modalidades del periodismo, en donde creó una escuela de relieve. Entrevistador de personajes como Fidel Castro, Salvador Dalí o el Che Guevara, con más cinco mil aticulos en su haber, reportero de guerra, guionista de cine, ensayista, culto, imaginativo, sagaz, hechizado, fascinado, siempre, por los paisajes y las gentes de España, como deja constancia en «MANIFIESTO CACEREÑO«.

Con galardones como el Premio Internacional de periodismo de Europa, la Antena de Oro, el Premio a la Popularidad, del periódico Pueblo, el San Isidoro de Sevilla, tiene publicaciones de tanto relieve como «España por el talle«, «La tierra redimida«, «Carretera y Manta«, «Entre el cielo y el infierno«…, dejó constancia de la inmensidad y belleza de su trabajo en el diario «Informaciones», en «Pueblo», en la revista «Hola», en Televisión Española, en la COPE, en la SER y en otras numerosas publicaciones de prestigio.

Este es su MANIFIESTO CACEREÑO:

Lo había escrito Gabriel. Gabriel Romero, antes de que la muerte le golpeara la vida entera, tan duramente. Lo había escrito Gabriel, con aquella mano grande, abierta, sobre el pecho.

«Quiero llenar mi corazón de tierra,

de tierra de secano sin malicia,

quiero llenar la boca y la palabra

de tórtolas, de surcos, de encinas».

Ahora, cuando vuelvo a Cáceres , me dicen todos que Gabriel ha muerto. Gabriel Romero. Han puesto su nombre en la esquina de una calle, y le van a reunir en un libro los versos que escribió tan duramente. Gabriel era Cáceres, yo lo juro, desde Guadalupe.

«Y no encuentro el vocablo que me ayude –tengo el alma tan llena de utopía– secano, analfabeto, olvido y hambre…».

Hasta aquí Gabriel, el verdadero. Yo camino, otra vez,al cabo de los años, al filo de los días, este Cáceres de la tierra y de la gente. Cáceres es mucho más piedra. Fusilemos el enser común de las calles antiguas donde alumbra el sol de la Historia, y mucho más. Adelante, adelante.

— Pronto arreglarán los soportales ¿sabes?, me decían los amigos y pasaba la calle un hombre con un saco cargado de codornices…

Pero yo veía a los que iban, entre los quince y los veinte años, camino de la vida, sin entregas, con los conquistadores a la espalda, ganándose el mundo de hoy, desde el yunque, la rueda, el libro, el trabajo. Cáceres arriba, adelante. Por encima del Palacio de las Veletas, gime un viento cargado de siglos. Pero aunque lo veo y lo siento, mirad lo que os digo, gentes de España, que hay una tierra aquí que grita y se levanta. Por ejemplo dice hoy el periódico «Extremadura«, que ahora hace sesenta años «que un gobernador creyó hasta haber encontrado la fórmula para terminar con la emigración… y trae también la noticia de aquel día de hace sesenta años en que vieron llegar los cacereños  un avión a un secano, por primera vez, por vez primera. ¿Cuándo verán llegar las cigüeñas atómicas de los reactores en la tierra suya de un aeropuerto?

Bien. Bien. La historia, lejana, la historia antigua, pero ¿quién cuenta con dos dedos de la mano que faltan las jóvenes exposiciones de cada día, exposiciones de pintura y escultura?, ¿quién cuenta cada club de juventud que se abre, las salas de conferencias, los teleclubs en la provincia, los desfiles de modelos, a la sombra de los doscientos castillos de esta geografía?

palomas en caceres

Bandadas de palomas en los campos de Cáceres.

Yo he dicho que conté el otro día –mirad por dónde–, por dos millones de palomas que venían de Norte y que iban al Sur a pasar estos meses venideros. De Lima llega una noticia que nos cuenta «Se han celebrado los 428 años de la fundación de aquel hombre llamado Pizarro, aquel que trazó la raya con la punta de la espada…» ¡Los que quieran, que pasen!.

Hoy, empeñados en cruzar esa herida en el suelo, como un surco, como una Cordillera, están los cacereños. La Historia vale, pero va a la espalda. Roturar la piel de la meseta, levantar la casa, lo están haciendo. El Centro Extremeño abre sus puertas, ahora mismo, para los que vuelven. Bien está la leyenda, multiplicada de los que se van. pero ¿y los que se retornan?

Compre usted si acude a Cáceres ese libro «souvenir» que dice «Cáceres visto por un periodista«. Tres mil años allí reunidos. ¡Cuántos nombres! Lo ha escrito Germán Sellers, tranquilamente, rigurosamente, devotamente, como hay que escribir las cosas…

Pedro de Lorenzo ha escrito en la espalda de una tarjeta de visita, estas palabras por una bandera del estilo, de una forma de ser. Vereis. «El secreto del arte es la emotividad…«. Pongamos, pues, emoción en la palabra. Por ejemplo. Esta es una vasija del antiguo Campamento de Quinto Cecilio Metelo Pío. Y esta es la obra, bien hecha, de un novel que empieza, no importa el nombre: La obra y la firma de aquel cuadro. Van y vienen, y había línea regular –los obreros del surco y de la gloria buscada– de Zurich a Cáceres. Y en aquel pequeño pueblo que se llama Mohedas de Gata, se acaban de reunir un puñado de duros para la gente de Managua. ¡Tan lejos!

Los hijos de aquellos conquistadores en homenaje a los hijos de los descubiertos… Atraviesa el paisaje de la calle el rumano Constantinesco, con su violín bajo el brazo, y vuelven los hombres de las cacerías de las zonas del coto «Gil Tellez». Cáceres arriba, lo cacereño, en la mitad de la frente, como un golpe, como una pedrada de Dios, más que atando, despertando. Se terminó de recoger la remolacha, y he contado las cuadrillas de vareadores  de olivo. «Hoy hace años, cuatrocientos –avisan desde Plasencia– de aquel que se llamó Ponce de León y Luis Alviz vuelve de bautizar a su hijo envuelto en un capote de paseo. 111 novelas se presentaron al «Ciudad de Cáceres» hace unos días. ¿Quién ha dicho que no suena la voz de este pueblo? Más que las piedras de la Historia, mucho más que la piedra. Vamos al viejo barrio. Sí, pero no dejeis atrás ese nuevo Cáceres que se levanta, que se mueve, que no detiene el fuelle de su pecho, ni aún pesando como pesan sus patrimonios, las águilas, los leones, las espadas, los soles, las cometas de sus escudos…

Mirad, si no, ¡qué bellas noticias!

«Desde Cuacos de Yuste, pedimos para el pueblo una piscina grande este verano»…

Hermoso país el que piso y desde el que escribo. ¡Por Cuacos anduvo, ya sabeis, aquel Juan de Austria… El director general de Educación Profesional acaba de comunicar publicamente, escrito está en diario «Hoy» ahora mismo «Este Polivalente de Cáceres es lo mejor que he visto en el país»… Notas me llegaron: «Dos pueblos que quieren fusionarse: Valdemorales y Almoharín». Ya es grata la nueva en este mundo de distensiones. Si sobran remolachas… ¿ por qué no levantar esa azucarera en la provincia? Un ejército de poetas en tensión, y los «90 de Cáceres» en marcha…

tico granadilla

Cáceres es la provincia de España con mayor extensión de lagos y de costa interior. En la imagen el Pantano de Gabriel y Galán en Granadilla.

¿Sabeis? Los datos cantan, aquí en Cáceres  gusta más el teatro que el cine… Se van a llenar de mesones los caminos turísticos de la provincia. «Cáceres tiene más lagos que ningún otro lugar español«. Y viene uno de la mar salada y lejana. Se abrirá pronto el Mercado de la Artesanía de la tierra. El padre «Tebeo» dice que hasta Jarandilla ha llegado publicidad turística desde Gante, con el nombre de Carlos V y un retrato de Yuste, entero, puesto de pie.

Miren ustedes: En esta crónica, que no hilvana más que el corazón del cronista, hay un dato más para la sorpresa. ¿Quién puede presumir, en este mundo de hielo, en tener un barrio que se llama de Los Asombros? Veo llegar a Las Carantoñas, que traen los trajes de fiesta, luego de bailar, en el día de San Sebastián, la danza del pueblo de Acehúche… subiré hoy a la sabatina de las cinco de la tarde, hasta la ermita de la Virgen de la Montaña.., el viento me trae un olor a heliotropo inmediato ¡y está tan lejos!… Roncan las excavadoras y nublan el sol las perdices.

«Resucita mi tierra…! ¡Levanta el vuelo!

!A muerdos y a pedal, vuelve a la cancha!

Pide guerra a la tierra y ayuda al Cielo,

que ha sonado la hora de tu revancha».

Gabriel me acompaña como un amigo envuelto en una sombra luminosa. Gabriel Romero que firma conmigo este manifiesto incompleto de la realidad, de la justicia y de la esperanza.

NOTA: La primera de las fotografías está captada del blg xn-espaaescultura-tnb.es.

Read more »

«CACERES Y LA LUNA», POR MIGUEL MUÑOZ DE SAN PEDRO

By |

Don Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros y de San Miguel, 1899-1972, toda una figura de la historia en Cáceres, siempre lleno de pasión y de amor eterno por la ciudad, uno de los más firmes baluartes para la rehabilitación del Casco Histórico-Monumental, al que tanto debemos, se volcó, en su propia erudición, como un adelantado de su tiempo, por el Cáceres de su alma.

 

caceres y la luna

la luna brillando sobre el escenario, siempre inmensamente bello, de Cáceres.

Y, como consecuencia, siempre pendiente de su Cáceres del alma, de su mimo, de su caricia, de su cuidado, de su conservación, de su progreso, dejó para la posteridad y para la eternidad, para el conocimiento de todos, un legado de una extraordinaria dimensión. Y no solo histórico-artística. También social, humana, coloquial, popular, literaria, poética. Pronunciar su nombre es decir, a la vez, Cáceres.

Un día cualquiera, allá por el año 1942, hace ya ni más ni menos que la friolera de 73 años, en una de sus tardes contemplativas de belleza, a caballo entre el murmullo de la paz emocional del paisaje de la tierra y de su propia inspiración, compuso este poema, de hondura y de sensibilidad, titulado, sencillamente, «CACERES Y LA LUNA«.

Un paseo de relieve sencillo, cercano, próximo, ensimismado en la inspiración del canto de su amor y de su entrega, de su latido permanente con el corazón pegado al ritmo de los latidos, delicados y genuinamente hermosos, en cada uno de sus pasos en la proyección y en cada segundo de las pulsaciones de la Ciudad Medieval cacereña, siempre tan gigantescamente sugestiva, heroica, misteriosa, aventurera, enigmática, sublime.

Preñada, siempre, de sus preocupaciones, de sus inquietudes, de sus anhelos. Un día le dijo a mi padre que él, que vivía en la Plaza de Santa María, uno de los lugares más genuinamente histórico-populares de la Ciudad Medieval, no podía vivir sin Cáceres, que Cáceres era algo que llevaba adosado a su alma por y para la eternidad.

Y, conociendo su altura de miras, su franqueza moral, su calidad humana, a fe que así debió de ser. Y que ahora, donde quiera que se halle, estará visionando la ensoñación de su poema de amor eterno por esta ciudad llamada ni más ni menos que Cáceres.

Para conocer más la figura de don Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros y de San Miguel, podeis encontrar en este mismo Blog un capítulo titulado «EL CONDE DE CANILLEROS, UNO DE LOS ARTÍFICES DE LA REHABILITACION DEL CASCO HISTÓRICO-MONUMENTAL«, que también se publicó en el periódico «EXTREMADURA» el pasado 27 de septiembre y en el periódico digital extremeño «REGION DIGITAL» el 21 de septiembre.

«CACERES Y LA LUNA«.

La ciudad duerme en la noche

su sueño ancestral y vago,

que añora cielos de trópico

y azules mares indianos…

 

La luna, en telar de almenas

de la torre de Bujaco,

teje tapices moriscos

con cruces de Santiago.

 

–La Ceres tiende la gracia

de los pliegues de su manto,

con río eterno y ambiguo,

esotérico y pagano–.

 

La liturgia del silencio

dogmatiza en los espacios,

mientras callejas oscuras

suspiran perdidos pasos

y en las playas se desmayan

los luceros de topacio…

 

La luna –¡siempre la luna!–

sube al torreón más alto,

luces de glorias pretéritas,

insomne de eterno arcano,

en busca de una teoría

de blasones y palacios…

 

Locura de lambrequines

la reciben, deshilando

sobre el frío de las piedras

madejas de besos blancos…

 

Un corazón de granito

late en recuerdos lejanos,

con ritmo de muchos siglos

y orgullos de muchos rangos.

 

La luna –¡siempre la luna!–

en un parteluz de mármol

–gracia mudéjar prendida

en gótico cañamazo–

se queda quieta, muy quieta,

llena de mundos llorados…

 

Luego va a morir, ingrave,

en la torre de Bujaco,

junto a la Ceres eterna,

entre el morisco almenado,

amortajada en ensueños

guerreros y milenarios,

sangrando aurora cercana

por los heridos costados,

traspasada con pañales

de cruces de Santiago…

 

El alba triunfa en la gloria

de su despertar de nardos…

Las alas de las cigüeñas

dan al olvido el pasado,

sobre un aire azul, inquieto

de campanas y de pájaros.

NOTA: La fotografía está captada del blog poetajosecercas

Read more »

«IMPRESION DE CACERES», POR ALBERT T´SERSTEVENS

By |

Albert T´Serstevens, 1886-1974, es un escritor francés, aunque de origen belga, que un día de 1933 emprendió un viaje por España para escribir un libro titulado «L´itinéraire espagnol«. Durante el mismo, con la compañía de su esposa, la ilustradora Amandine Dore, hizo parada y fonda en Cáceres, se enamoró de la ciudad y, producto de sus paseos de admiración por la vieja y antigua ciudad. como en aquel entonces se la denominaba, se inspiró con el artículo «IMPRESION DE CACERES«.

 

palacio episcopal 1898

Palacio Episcopal de Cáceres en postal del año 1898.

Albert S´ersventens, bohemio, poeta, novelista, ensayista, traductor, viajero impenitente por Grecia, Marruecos, Turquía, Yugoslavia, Italia, España, Egipto, Tahití, narrador, escritor de meridiana lucidez, ensayista, nacido en Uccle, Bruselas, con galardones como el Gran Premio Literario del Mar. con una larga serie de obras, es uno de esos escritores que dejaron huella en su país. Como aquí, en nuestra ciudad, la dejó con este hermoso artículo y de un título ya, de por sí, sugerente y atractivo, poético. Acaso, también, dulce. «IMPRESION DE CACERES«. Albert S´ersventens fue, desde entonces, sin lugar a dudas, un cacereñador sublime.

albert t´Sterstevens

Albert T´Sterstevens, autor del artículo «Impresión de Cáceres», escrito en 1833.

Y que un día, incluso, en su anarquía, como él mismo se calificaba, renunció a formar parte de la Academia Francesa, lo que se dice pronto, mientras sus obras como «Noches de París«, «Los corsarios del Rey«, «El Dios que baila«, «El sentimental«, «El amor por la casa«, «La fiesta en Amalfi«, «El libro de Marco Polo» y otras eran devoradas por los lectores y siendo muy perseguido, dicen las crónicas, por los coleccionistas.

Todo indica que Albert T´Sterstevens era, pues, un escritor encerrado en sus propios planteamientos filosóficos de vida. Acaso, tal como se señala en algunos textos, porque siempre prefirió ir por libre.

No obstante lo anterior, y a la hora de ir por libre, aquí os dejo su artículo, que apareció publicado en la revista «Alcántara«, en su número 22, correspondiente al mes de enero del año 1949.

IMPRESION DE CACERES

Se llega a Cáceres (1) por la venida trivial que conduce a todas las estaciones en todos los países, y se desciende por una brecha sangrante, en plena carne de la vieja ciudad, a la Plaza Mayor, que es una cualquiera de esas plazas con soportales como se ven en todos los pueblos de esta región.
Nada hace presentir el carácter excepcional de esta ciudad, ni sobre todo su imparable unidad.

He dicho, a propósito de Ronda, lo que quería expresar con esta palabra y la importancia que le concedo a la atmósfera (2). Cáceres no tiene solamente esta doble atracción, sino que reúne además un conjunto de perfección y de nobleza arquitectónica que no tiene nada de análogo en España, ni quizá en Italia. La ciudad antigua, la única que nos interesa, está edificada en la cumbre y sobre las faldas de una colina rodeada de una muralla que el parasitismo de la vida invadió también, que se hace difícil encontrarla. La Torre de Bujaco, en la Plaza Mayor, es, sin duda, un fragmento de ella o un reducto, como también Arco de la Estrella y el del Cristo, del otro lado de la colina. En ciertas callejuelas se sigue, a veces, algo parecido a la muralla, pero está agujereada por tantas puertas y ventanas y tan a menudo cubierta de tejados que no se puede decir dónde acaba la muralla y dónde comienzan las viviendas.

Tras la Torre de Bujaco se llega a la vieja ciudad, pasando bajo una bóveda que soporta una casa blanca y cruzando enseguida el Arco de la Estrella, que es ancho y rebajado, una capillita de estilo barroco, la corona entre las almenas del recinto árabe, pero no se ve la huella de la estrella (3) que ha dado su nombre a la puerta. Se dejará luego uno ir a su gusto, bien yendo directamente hacia la Iglesia de Santa María, bien caminando a la izquierda donde ya se encuentran bellas casas solariegas, pero se evitará subir la callejuela de la derecha que no conduce a nada.

plaza mayor 1926-1930. cercadelasretamas

La Plaza Mayor de Cáceres en postal entre los años 1926-1930.

Yendo del lado de Santa María, se entra progresivamente en contacto con el alma de Cáceres. No se encuentran a primera vista más que algunos palacios aislados entre casas bajas sin carácter. Tal la de los Vizcondes de Rodas: son majestuosos y ceñudos, altos muros desprovistos de ventanas con un balcón de piedra muy saliente, antepecho ángulo de la pared, en lo alto de la fachada.

Están construidas, como todos los edificios de Cáceres, con un granito amarillo tostado, muy duro y muy resistente. A esta dureza de la piedra, tanto como la mentalidad de los constructores, se debe la gran simplicidad de los ornamentos, y a su resistencia, a la intemperie, el estado de conservación de esta ciudad, intacta hasta en los menores detalles. Por otra parte, la vida jamás la abandonó, el silencio que reina en sus calles no es el del abandono sino un aspecto más de su aristocracia.

Si se continúa subiendo, se ve cada vez mejor cómo se coordinan los elementos que hacen de Cáceres una ciudad única. Los palacios y las iglesias están vecinos, casi pegados; unos y otros marcados con cierta altivez defensiva, como si fuese una armadura. Sus muros unidos, cuya belleza está hecha de líneas y de materias constructivas, no tienen nada que pueda distraer la admiración; tiene aquella estabilidad que solo se encuentra en los monumentos del antiguo Egipto y ante ciertas páginas nuestras del siglo XVI.

Cuando se penetra en la Plaza de Santa María, se comprende que vamos a encontrarnos ante la realización de esta ciudad altiva, pero lo que no se puede adivinar es que esto no es más que la entrada de todo un barrio de la misma esencia espiritual. Esta plaza está formada por la Iglesia, el Palacio Episcopal y el del Conde de Torre de Mayoralgo que es una de esas viviendas nobiliarias que se llaman en español casas solariegas. Todo esto crea un conjunto de una perfecta unidad, donde su época y sus estilos se confunden en un mismo espíritu.

Esta es la ciudad de los conquistadores que han drenado todas las riquezas de las Indias. Volvían relucientes de polvo de oro y se hacían edificar moradas a su imagen, cerradas como fortalezas, para esconder en ellas los tesoros que habían amasado.

Los pisos bajos no tienen ventanas. Las dos o tres casas que las poseen las han guardado con rejas que forman nudos de hierro. La puerta se abre en una pared desnuda. Es maciza, claveteada de arriba abajo y cobijada por un arco de enormes piedras talladas en sección de bóveda que forman un amplio abanico. Con frecuencia no hay en la parte baja de la casa otro ornamento que esta construcción sumaria. A la casa solariega. A veces, sin embargo, como en el Palacio Episcopal y en la casa solariega, está encuadrada por un pórtico de pilastras con medallones en los ángulos. Los aventureros de México y del Perú pusieron en esos medallones caras de caciques y de indios.

La casa no tiene generalmente más que un piso y nunca pasa de dos. Las de la Plaza de Santa María tienen uno solo. La parte alta de la puerta está ocupada por blasones de alto relieve, el escudo ordinariamente inclinado hacia la calle y coronado por un casco. Una ventana con balcón, cuadrada o con arco, se abre a cada lado del escudo. Otras dos, si la fachada es muy ancha, rompen además el muro a la misma altura. La cornisa del techo no es más que una moldura que sostiene las últimas tejas. No habrá otro ornamento si la fachada no estuviese cortada por un grueso cordón de piedra que parte verticalmente de una ménsula puesta a la altura de un hombre, y a cada lado de la puerta, encuadrando con pesadas líneas rectas la puerta y su escudo, o todo el centro de la fachada comprendiendo las dos ventanas, hasta la cornisa del tejado. Creo firmemente que es este cordón el que da a las casas de Cáceres la mayor parte de su majestad.

El Palacio del Conde Mayoralgo, en la plaza, ofrece el ejemplo de una fachada con doble cordón encerrando en sus verticales el conjunto de la puerta, el escudo y las dos ventanas y encuadrando con otras dos verticales el escudo y sus follajes.

Se irá también a ver, cerca de allí, la Casa del Padre Búfalo, que fue construida por los descendientes de Moctezuma, el último rey del México tolteca hecho prisionero por Cortés. Es una de las más emocionantes de Cáceres. Parece un conquistador con su armadura, la visera bajada y el escudo al pecho. El cordón de piedra encuadra la puerta y el blasón, cargado de un sol de dieciseis rayos, sostiene, no solamente la ventana del primer piso, sino también todo lo alto de la fachada que, sin él, no tendría ningún lazo con las bases.

El de la Casa de los Golfines se ha bastardeado. No tiene la misma calidad monumental. Es una guirnalda labrada, suspendida por bajo de la ventana más alta, que cae en curvas y ángulos de paño hasta los costados de la puerta. Esta Casa de los Golfines es la expresión decadente del estilo de Cáceres. Yo prefiero, sin duda, por su porte altivo, la Casa de los Carvajales. Aquí el cordón no encuadra más que el escudo, y la fachada parece una medalla.

En ella puede verse uno de los motivos más característicos de la casa de Cáceres: la ventana de ángulo, especie de tarja larga y estrecha, tallada en la fachada, en el ángulo de las calles y precedido de un balcón de balaustrada de hierro que permite ver en una y otra calle. El Casino de la Concordia, que se encuentra subiendo hacia Santa María, y otros palacios de la ciudad antigua, tienen este balcón de ángulo, pero ninguno tiene el estilo puro y austero del de los Carvajales.

A veces la casa se apoya en una torre que la sobrepasa en una altura de dos o tres pisos. Sería sin duda el último refugio del propietario en caso de motín o de luchas intestinas. Tiene generalmente almenas y ventanas árabes o de estilo mudéjar y lleva también la marca de su origen. La de las Cigüeñas, forma con la Iglesia de San Mateo, la Casa de las Veletas, y algún otro palacio un conjunto más vasto y aún más imponente que el de la Plaza de Santa María. Corona la cumbre de la ciudad con sus altaneras fachadas de granito. Está pavimentado, como toda la ciudad, de grandes piedras planas, irregulares, que acaban de dar a esta plaza el carácter rudo, un poco bárbaro, de los que la edificaron.

casa de las veletas.postalcaceresthomas

La Casa de las Veletas, fotografiada por Thomas en la primera década del siglo pasado.

La Casa de las Veletas está construida sobre las ruinas del antiguo Alcázar. Conserva un bello aljibe parecido a los que se encuentran en la vieja Estambul.

Es preciso verlo a la hora en que el sol hiere la pequeña puerta que le da acceso. La luz invade por refracción los elegantes arcos de herradura que se apoyan sobre columnas, cuyo fuste emerge de una balsa límpida, con ese verde azulado de las aguas inmóviles. Es por este lado, en la trasera de la casa, donde se descubren los restos de la fachada musulmana, con su sorprendente balaustrada de cerámica verde, ante la cual una palmera hace la rueda.

El Palacio de los Golfines del que hablé no es la más bella, sino la más adornada de las casas de Cáceres. Lo está con esa sobriedad que impone un material difícil de trabajar. Todo el bajo está hecho, como en las otras, de grandes muros unidos donde se despliega el arco de la puerta. Una especie de torre cuadrada, sin una ventana, sin un listel, avanza en medio de la fachada. Está hecha, hasta los tres cuartos de su altura, de grandes bloques de granito encintados, la parte alta está decorada con un gran escudo en relieve puesto sobre follajes y encuadrados por una cartela y dos medallones. Está, como toda la fachada, coronada por un friso o crestería colada, hecha de delfines boca abajo, desde una riqueza un poco veneciana, pero de una economía de material típica de Cáceres. Las iglesias participan con el mismo granito, tienen el mismo aspecto de fortaleza, de la misma simplicidad de líneas y ornamentación.

Tan solo la puerta está decorada, bien sea con una ojiva renacimiento, como San Mateo, parecido al de la casa solariega. Se ven allí los mismos escudos en medio de las superficies desnudas de la fachada o de la torre. El pórtico de Santiago está encuadrado por dos contrafuertes cuya base, vaciada en forma de arcada, se apoya sobre un enorme pilar redondo con capitel cuadrado. Es de una robustez que, por la voluntad e inteligencia de estos arquitectos incomparables, no excluye el atrevimiento. Esta piedra tan noble con que está edificada toda la ciudad embellece igualmente el interior de las iglesias. Las tres naves góticas de Santa María tienen ese color caliente del granito patinado por el incienso y los cirios. Los muros están revestidos de escudos, de cartelas, de severas figuras en relieve que son las tumbas de todos aquellos plebeyos andrajosos que partieron para las Indias y tornaron cargados de tesoros y blasones.

. . . . . . . . . . . .

Bajando del otro lado de la Plaza de San Mateo, se llega al barrio popular y al Arco del Cristo que, como el de la Estrella, es una parte del antiguo recinto. Nada hay tan típicamente español, ni tan característico, de lo que yo llamo el parasitismo de la vida.

Este arco es, me dicen, una antigua puerta romana. Quiero creerlo y la manera de estar colocadas las piedras de la bóveda parece confirmar esta hipótesis.

AGUADORAS VINIENDO DE FUENTE CONCEJO EN CRUCE CON CALLE CALEROS

Aguadoras viniendo de Fuente Concejo en el cruce con la calle Caleros. Postal antigua.

Descendemos por la cuesta que pasa bajo esta puerta y conduce a la Fuente Concejo, donde se recoge la mejor agua del país.

Todas las mozas van a buscarla. Con sus cántaros a la cabeza. Son como ánforas alargadas, con dos asas que arrancan de lo alto del cuello y se adhieren a lo alto de los flancos.

Bajo el alto capitel que sugiere este cántaro, parecen columnas rechonchas y participan, ellas también, de la arquitectura de esta ciudad …

Del libro «L´itinéraire espagnol».

NOTAS QUE APARECEN EN LA REVISTA «ALCANTARA«:

(1): Por la escasa difusión que en nuestro país ha tenido la obra de T´Serstevens creemos de interés para los lectores de esta revista el conocer la elevada opinión que le mereció el conjunto urbano de Cáceres.
Para el viajero francés, Cáceres, Ronda y Córdoba, por este mismo orden de preferencia, son las tres ciudades que encontró en el viaje realizado allá por 1933 a través de España, siguiendo la ruta del litoral mediterráneo, que empieza en Figueras y llega a Cádiz, para entrar luego por Córdoba en Extremadura y seguir más tarde por Castilla hasta Bilbao y Fuenterrabía.
Las palabras son terminantes cuando al hablar de Ronda asegura que «después de Cáceres la ciudad que prefiero en la España de este viaje».
Con la publicación de esta impresión de tan agudo y perspiscaz viajero ayudaremos a dar a conocerla vieja Cáceres, cada vez más estimada por todo viajero que acierta a visitarla.

(2): Se refiere el autor a la importancia del ambiente creado por el conjunto de detalles urbanos como el pavimento de las calles, el color de las piedras de las casas, la forma y color de los tejados, la composición de las fachadas, con sus rejas, puertas, etc.

(3): La Puerta toma su nombre de la imagen de la Virgen de la Estrella, que se guarda en el camarín colocado sobre aquella y no de ninguna estrella, como parece suponer el autor.

NOTA: La fotografía-postal de la Plaza Mayor está captada del blog Cerca de las retamas.

Read more »

«CACERES», POEMA DE UNAMUNO

By |

En junio de 1908 Miguel de Unamuno, una gloria de las letras españolas, que nos dejó un gran legado, que viajaba por nuestra ciudad, donde pronunció un señalado discurso con motivo de la entrega de premios del Concurso Pedagógico, en el Teatro Principal, compuso un poema titulado CACERES.

Miguel de Unamuno en el Instituto General y Técnico de Cáceres, en 1908.

Miguel de Unamuno en el Instituto General y Técnico de Cáceres, en 1908.

Miguel de Unamuno se llegó desde el rectorado de la Universidad Literaria de Salamanca a Cáceres. Se admiró, de nuevo, de la Ciudad Antigua, paseó por la Plaza Mayor, asistió en el Teatro «Variedades» a la representación de «Alma de Dios», visitó el Instituto General y Técnico y la Escuela Normal de Maestras, se acercó hasta el Santuario de la Virgen de la Montaña.

Y, como consecuencia, se empapó de Cáceres, cuyas autoridades, gentes, y, preferentemente el mundo cultural y estudiantil, le aguardaba con extraordinaria expectación. Tal era la relevancia, ya, de su nombre con 44 años.

Unamuno, 1864-1936, fue un viajero impenitente por las tierras extremeñas, como queda constancia en sus obras «Por tierras de Portugal y España«, «Andanzas y visiones españolas» y «Paisajes del alma«.

Miguel de Unamuno, fotografía aparecida en el periódico "El Noticiero", de Cáceres, en los días de su visita a la ciudad,

Miguel de Unamuno, fotografía aparecida en el periódico «El Noticiero», de Cáceres, en los días de su visita a la ciudad.

Filósofo, a caballo entre el racionalismo y el positivismo, ensayista, novelista, poeta, autor teatral, catedrático de griego, diputado del Congreso como independiente por la Conjunción Republicano-Socialista, entre 1931-1933. Y también fue uno de los máximos exponentes de la Generación del 98, valiente, crítico con aquella España que le dolía en el alma, Rector de la Universidad de Salamanca, cargo que ostentó por primera vez con tan solo 36 años, sufrió destierro en la isla de Fuerteventura, durante la dictadura del general Primo de Rivera, y dejó un imponente legado, volcándose con Extremadura, pero con el prisma, ay, de aquellas duras y severas realidades de principios del siglo pasado.

Miguel de Unamuno, observador de la realidad, fue un apasionado caminante por las tierras extremeñas, como recoge en su testimonio, con su intelectualidad humanista, como la que le presidía, y deslizando su pluma por lo más hondo de la región, de sus pueblos, de sus aldeas, de sus gentes, de sus desesperanzas, de sus anhelos, de sus crudezas y severidades, de sus ciudades.

Lo que hizo con la singularidad de su talento y la capacidad y rigor analítico, desde la honradez personal, que de siempre le distinguió.

El Palacio de Godoy, Casino y Círculo de la Concordia, en el año 1910.

El Palacio de Godoy, Casino y Círculo de la Concordia, en el año 1910.

Un poema, CACERES, que, por circunstancias indeterminadas, quedó guardado durante largo tiempo en el cajón de los silencios. ¿Acaso por un despiste del profesor, del intelectual, del sabio y poeta Miguel de Unamuno?

Hasta que un día, en el correr del tiempo, lo rescató, tantos años después un estudioso, eminentemente unamuniano, como es Manuel García Blanco, publicando el mismo en la revista «Papeles de Son Armadans«, que lanzó en 1956 Camilo José Cela, e incrustado en un estudio titulado «Las andanzas de Unamuno por tierras extremeñas«.

Un poema, CACERES, que quedó guardado durante largo tiempo en el cajón del olvido. ¿Acaso un despiste del intelectual, del sabio, del poeta?

El autor de «Niebla«, de «Vida de Don Quijote y Sancho«, del estudio «Del sentimiento trágico de la vida«, de «La agonía del cristianismo«, de «La tía Tula«, de «San Manuel Bueno, mártir«, en la que habla de un sacerdote que predica algo en lo que él no logra creer, de «Fedra«, de «Don Sandalio«, de «Tulio Montalbán«, del «Rosario de sonetos líricos«, del «Romancero del destierro«, entre otras muchas obras, ya señala que «la creencia de que nuestra mente sobrevive a la muerte es necesaria para poder vivir».

El Poema CACERES, reza así:

Y así van las horas,
paso a paso,
al pie de las torres,
donde se alzan, centinelas de modorra,
las cigüeñas
de Cáceres.

Su cielo de fuego,
recorren palomas,
aviones, cernícalos,
y la gente,
paso a paso
come, bebe, duerme,
se propaga.

El porquero congrega a los puercos
de mañana,
los suelta de tarde
y se van calle arriba buscando
cada cual su morada.

La plazuela en que alfombra
la yerba las piedras
recoge la sombra
solitaria
del viejo palacio
de escudos y rejas,
antaño boyante y hogaño ya lacio
que al cielo de fuego dormita su siesta.

Y a la tarde
descalzas y en pelo
–arracadas enormes,
gargantillas de oro–
en bandas uniformes
van las mozas cual vencejos
a la fuente del Concejo
chachareando.

Si subís a la Montaña
en redondo
soledades desoladas
a que azota el sol desnudo
en crudo.

Solo queda como abrigo
contra el sol que escalda el suelo
el casino.
Se habla allí de caza y jacos,
de mujeres,
de lo mismo de que hablaban hace siglos
los señores que habitaron con sus perros
los palacios hoy vacíos.

Se habla allí de caza y jacos,
de mujeres
y se juega.

Y así van las horas
paso a paso en Cáceres.

No obstante tuvo que transcurrir casi medio siglo para que el profesor García Blanco, en 1956, sacara a la luz este poema de los cajones y rincones del olvido. ¿Por qué?

Y, situándonos en aquel tiempo y en aquella época, que cada uno saque sus propias conclusiones de los escritos de Miguel de Unamuno en sus viajes por Extremadura.

Unos «Viajes por Extremadura«, de Unamuno, que publicó en un libro la Editora Regional de Extremadura. Sobre el mismo Juan Domingo Fernández escribe en el diario «Hoy» el 4 de noviembre de 2011: «Producen escozor muchas de sus sentencias y aún, pasado un siglo, nos ruboriza el hecho de que no fueran gratuitas sino que estuvieran cargadas de razón«.

Asimismo añade Juan Domingo Fernández que «Unamuno es implacable con la modorra intelectual, con la pura molicie, que atribuye a buena parte del paisanaje«, para subrayar sobre Plasencia «las intestinas disensiones de su bélico cabildo, luchas de canónigos que ponen en conmoción al pueblo entero». O, en otro de sus pasajes extremeños, «la hostilidad de arrieros, carreteros y trajinantes a los automóviles, porque «les obliga a ir despiertos por los caminos, a no dejarse dormir sobre sus carros, y una de las peores ofensas que a un español puede hacerse es interrumpirle la siesta, obligarle a andar despierto por los caminos de la vida», así como su referencia «contra los señoritos que se pasan el día en Trujillo jugando en el casino. Un casino con «una biblioteca pobrísima», solitaria, y un sala de juego atestada«.

Juan Domingo Fernández finaliza su acertado análisis subrayando que «Don Miguel retrata, sin embargo, una Extremadura que afortunadamente no existe, que ha sido superada por las circunstancias o que el martillo del tiempo se ha encargado de ajustar… Acompañándole en sus caminatas por Extremadura sentimos que nos golpea a veces en lo más íntimo de nuestro orgullo, pero leídos ahora, casi cien años después de haber sido escritos, esos textos tienen más de estampa del pasado que de fotografía del presente«.

Por cierto y como exposición de curisosa relevancia. Los restos de Miguel de Unamuno reposan en el cementerio San Carlos Borromeo, de Salamanca, con el siguiente epitafio: «Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.

NOTAS:

1: La fotografía se corresponde con la visita efectuada por Miguel de Unamuno al Instituto General y Técnico de Cáceres, en 1908, cuando escribió el poema «Cáceres«.

2: La fotografía del Palacio de Godoy, en postal del año 1910, de Ediciones Cilleros, cuando dicho edificio albergaba el Casino Círculo de la Concordia.

Licencia de Creative Commons
«CACERES», POEMA DE UNAMUNO by JUAN DE LA CRUZ GUTIÉRREZ GÓMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

Read more »

«CACERES, UN SOPLO AL CORAZON», POR CESAR ANTONIO MOLINA

By |

Un día cualquiera, tras un viaje de ensueño por Cáceres, César Antonio Molina dijo, más o menos, en un medio de comunicación: «¡Qué fácil y qué difícil, es, a la vez, a pesar de la contradicción, escribir sobre Cáceres…!». Acaso se escucharon hasta los puntos suspensivos del silencio. O puede que fuera, tal vez, mi imaginación desbordando cacereñismo. Si bien yo, con perdón del lector, prefiero utilizar la palabra cacereñeo.

 

CACERES, PABLO DONCEL

Vista panorámica de la Ciudad Medieval de Cáceres en un fascinante atardecer.

Luego, tal vez por esas fechas, César Antonio Molina se puso manos a la obra. Es decir, se puso a escribir sobre Cáceres. Y ese coruñés, que es capaz de compatibilizar el periodismo, la abogacía, la poesía y la política, que fuera director del Instituto Cervantes y ministro de Cultura, que ahora ejerce la docencia como profesor de Humanidades y Periodismo, con una biografía y un bagaje cultural de relieve, que en un poema, como «Juncos«, señala «Cada uno debajo de su duna, y el sagrado simún sellando todo«, logró, entre lo difícil y lo fácil escribir una recreación, mágica, esplendorosa, sobre Cáceres.

César Antonio Molina, un hombre de talla y de relieve notorio en las letras españolas, se iba maravillando en ese paseo, rítmico, sin prisa, bajo la lluvia de piedras hacia la eternidad y una suculenta serie de poemas de inspiración que le iban emanando en su recorrido por, para, en y hacia Cáceres.

Con un puñado de libros en su haber, entre ensayo, prosa y poesía, por ejemplo «Donde la eternidad envejece«, «Viaje a la Costa da morte«, «Olvido Necesario«, o «Juncos«, luce distinciones como la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, Caballero de la Orden de las Artes y las Letras (Francia) y el III Premio Letras de Bretaña.

Cuando César Antonio Molina repasó, en el silencio de la madrugada, aquellos folios sobre Cáceres, mientras dibujaba la ciudad en la mente en la recreación de la belleza más fascinante, decidió presentar el trabajo al VII Premio Internacional de Periodismo Ciudad de Cáceres, convocado por la Fundación Mercedes Calles y Carlos Ballestero, con el objetivo de premiar los trabajos periodísticos que contribuyan a la promoción del patrimonio y riqueza cultural de esta ciudad.

Y se alzó con el galardón con el artículo que títuló «Cáceres, un soplo al corazón«.

Cáceres, un soplo al corazón”, se conforma como un paseo por la Ciudad Medieval, por el Casco Histórico-Monumental de Cáceres mientras el autor procede a un diálogo con su yo pasado. Es decir, el de quien se acercó hasta ciudad y se hechizó. Lo que hace, en palabras del autor, como un diálogo entre la intermporalidad de la ciudad y la temporalidad juvenil y veterana del paseante. Una propuesta, en definitiva, como un recorrido poético por la Cáceres, Patrimonio de la Humanidad y tercer Conjunto Monumental de Europa. Leédlo, por favor, sencillamente.

CACERES. UN SOPLO AL CORAZÓN

conventodesanpablo.lasfotosdejoseantonio

El Convento de San Pablo, uno de los rincones más sugestivos de Cáceres.

En ese paseo fantasmagórico que lleva a cabo Larra por el Madrid del día de difuntos del año 1836, detenido en el hoy bicentenario cementerio de San Isidro, ve enfrente el Palacio Real y, a sus espaldas, el camino a Extremadura «esa provincia virgen… como se ha llamado hasta ahora». Fígaro que se va cruzando con gentes que acuden a visitar a sus muertos, en fecha tan señalada, sin saber que ellos mismos lo están, pues «el cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio», mira hacia Extremadura como un lugar de esperanza, un lugar de luz, un lugar incógnito que, por otra parte, él bien conocía, de ahí sus magníficos textos sobre Mérida.

Extremadura tierra de luz y Cáceres uno de esos faros brillantes. Cáceres entre las frías sierras del norte agitadas de cerezas, entre las ricas vegas bañadas por abundantes ríos venidos desde las sierras del Tiétar y el Alagón culpables de los espárragos y el tabaco. Más abajo, al sur, el Tajo imperial coronado de puentes aireados por las cigüeñas, avutardas y grullas. Dehesas, campos de encinas y alcornoques. Las cigüeñas nos esperan en los altos nidos de la ciudad antigua, en la torre de su nombre, junto a la iglesia de San Mateo. Acabo de pasear por la Plaza Mayor bajo los naranjos, bajo los soportales, junto a las casas de arquitectura local, modernistas unas y otras repletas de azulejos de intensos colores. El pesado bastión de la muralla, las torres y edificaciones que ocultan muchos paños de la misma, alojan las escaleras que nos ascienden hacia el misterio encerrado. Hasta aquí todo era diáfano. Ahora lo escondido, lo apartado, el jardín pétreo, abierto para todos pero revelado para muy pocos. Por los terrenos de la Plaza Mayor y el Foro de los Balbos.

para morir de amor porcaceres

Panorámica del Casco Histórico-Monumental de Cáceres.

Subo las escaleras, dejando atrás la gran explanada siempre alegre y, al atravesar el Arco de la Estrella, el silencio se va imponiendo: un espacio nuevo, distinto. Pocas ciudades antiguas tan teatrales. Varios caminos se nos abren, a diestra, siniestra y enfrente. ¿Cuál seguir? Ahora lo sé, después de tantos viajes pero entonces, la primera vez, la iniciática, tuve dudas. Mi padre siempre me aconsejó que eligiera el camino más difícil. Los laterales recorren el sendero seguro de la muralla, el de enfrente nos irá poniendo a prueba una y otra vez, pero también nos ofrecerá cobijo en los palacios, iglesias y torres vigía cegadas por el tiempo. Este recinto se asemeja a mi paisaje interior. Pétreo, enjuto y amplio, llano y en cuesta, abandonado y acompañado por el joven que uno fue y lo pisó tantas veces en primavera apoyándose en las rubias trenzas romanas. Ahora el otoño comienza a helar al fatigado caminante que necesita sentarse sobre las tumbas, que mira en la Concatedral de Santa María la Mayor al Cristo Negro crucificado. Todo el dolor del mundo expresado en esta madera retorcida. Comprensión de nosotros hacia Él, piedad de Él hacia nosotros. En la Plaza de Santa María, en la Plaza de San Mateo se ahuyenta a la vejez ya poco lejana. Si no llegase, mejor quedarse aquí dormido sobre un quicio del Palacio de los Toledo-Moctezuma, del Palacio Mayoralgo, del Palacio de los Golfines; y si lo hiciera -llegar a su tiempo- también recibirla triunfalmente desde el balcón protegido del palacio de los Solís o desde la torre de los Sande enmascarada por el jardín colgante de hiedras, antes de cubrirla de improperios.

Paseando, caminando por estas calles de un viejo atrezzo de Cinecitta es como una pequeña patria desconocida, la justa dimensión del imaginario de nuestro ser, la celda para recogerse de las tribulaciones, sabiendo, según escribió el de Tarso, que estos temporales producen paciencia, y la paciencia, prueba, y la prueba, esperanza. Ciudadela de la esperanza. Esperar desesperando por el laberinto de calles. Esperar no encontrar la salida, retrasarla. Entre estos muros de la Casa de los Carvajales, entre estos muros del convento de San Pablo, entre estos muros del Palacio de las Veletas me reconozco en una patria exiliada del tiempo. Y cuando uno encuentra su lugar ya no puede irse de él. En este bosque pétreo repleto, la mayor parte, de edificios renacentistas, ajeno a mí mismo, olvidado entre tantas piedras recordadas no siento ni goce ni dolor, solo presente intemporal. Olvido, protección vital contra los impedimentos del vivir y los recuerdos inoportunos.

Fecunda lentitud del caminar sin buscar nada y encontrándolo todo. En el palacio Episcopal, la sombra de Felipe II allí alojado tras ser coronado rey de Portugal. Lisboa tan cercana. «Transeúnte de todo -hasta de mi propia alma-, no pertenezco a nada, no deseo nada, no soy nada: centro abstracto de sensaciones impersonales, espejo caído sintiente girando hacia la variedad del mundo. Con esto, no sé si voy feliz o infeliz, ni me importa». ¿Pessoa escribiría lo mismo paseando por aquí que por la Baixa de Lisboa? Seguramente sí.

Quisisana. Escuché esta palabra una vez en Italia, quizás latina, La persona, en la Isola Tiberina, me dijo que allí se sanaba. Aquí también. Todo el mundo se sana donde no permanece. Y la ciudad antigua de Cáceres, no está, está en el aire prendida del pico de las cigüeñas. Aquí este lugar avala mi existencia de transeúnte. Los monumentos me acogen, me respetan, me lanzan el mismo silencioso desdén que Ayax le regaló a Ulises en el inframundo. Ciudadela del silencio entre adarves, aljibes y patios interiores. El silencio más grande y sublime que cualquier palabra. ¡Ya tantas han sido escritas en su honor! «La arquitectura es el silencio» escribió el poeta Diego Doncel. Ni mis pasos siquiera se atreven a marcar el ritmo de mi corazón. O mejor aún, estas piedras se niegan a repercutir mi choque cuidadoso sobre ellas, tan lijadas, tan limpias, tan veteadas de cirros. Don Juan Manuel, en ‘El Conde Lucanor’, cuenta que el rey de Sevilla -tan cercana- al-Mu’tamid no pudo impedir el deseo irrefrenable de su esposa I´timad, de pisar el barro y construir ella misma adobes. Entonces el esposo, para hacerle más liviana esta prueba, mandó arrojar sobre aquella fea y maloliente materia: azúcar, canela, jengibre, ámbar, algalia y otras especies y perfumes. Así los suelos de esta parte de la ciudad invisible. En el palacio de los Golfines -mi favorito- se alojó a los Reyes Católicos que desmocharon estos palacios. Ciudad invisible, ciudad oculta, todos la quieren ver pero ¿quién se queda para amarla? Solo aquellos que aún buscamos, como Garcilaso, alguna herida al corazón «… aún teniendo buena vida,/esa razón/perdella y, estando sano,/buscar alguna herida/al corazón».

Dioses destronados

Este paisaje urbano, este esqueleto del tiempo detenido a los pies de una muralla, crea la ilusión de algo que ya no existe, pero que quisiéramos que todavía existiera. Las arquitecturas me necesitan y yo a ellas. Dioses destronados estos roquedales esculpidos. Lares y penates apenas somos quienes nos aventuramos a ir errantes. Entre las calles Tiendas y Amargura, junto al palacio de Carvajal o Casa Quemada puedo percibir al Dios de Spinoza, el más cercano para mi entendimiento. Un dios inmanente, una sustancia que no solo está comprometida con el mundo sino que, en cierto sentido, es el mismo mundo. Ambos, piedras y huesos somos él mismo mundo.

Entro en la iglesia de San Francisco Javier después de subir las escaleras protegidas por la estatua en bronce de San Jorge hostigando al dragón, y todo está en penumbra, incluso la misa ha detenido al órgano y a las palabras divinas. La música y las palabras fueron una construcción humana, el silencio no. La pureza pertenece solo al silencio y, por tanto, a la ausencia de lo decible. Gritos en el exterior de la iglesia, en el atrio, que rompen violentamente el gélido llanto de piedra. Gritos y ladridos. El lugar primario de la humanización de la vida fue el grito. Gritos festivos para celebrar el amor de los jóvenes contrayentes. ¡Ah! el amor, en esta isla de la utopía. ¡Ah! el amor desde las ventanas góticas de la casa del Águila. Perdonarle al amado incluso el deseo.

Arriba, más arriba, la Casa de las Veletas y en su interior el aljibe almohade tan bello como los de Constantinopla. Veo mi reflejo sobre sus aguas en marea baja y pienso que siempre habrá muchos bañistas en las aguas del Leteo. Elias Canetti, en La conciencia de las palabras, afirma que no puede ser tarea del escritor dejar a la humanidad en brazos de la muerte. Siempre activo, jamás capitulará en esa batalla. Desde esta altura escucho en mi oído un verso de Víctor Hugo que la ciudad misma me susurra «Soy lo que cuando un mundo se destruyó renace».

Podemos tomar a broma la expresión «encontrarse a sí mismo», pero esa figura del lenguaje pese a su reiteración y agotamiento reconoce nuestro sentimiento profundo de que quienes somos está ligado a dónde estamos. Caminar es nuestra manera fundamental de estar en el mundo. Caminar es un proceso continuo de autorenovación, de ganar tiempo al tiempo, de convertirnos nosotros mismos en espacio.

En el antiguo barrio judío, desde donde se ven aún huertos cultivados, me siento sobre el saliente de una roca a ver crecer la hierba y pienso que también florece en Birkenau, al igual que en todas partes. La hierba no está asqueada de resurgir en esos lugares tan bellos que albergaron un indecible dolor. La insolente primavera es lo que hace brillar al tiempo. Comprender es perdonar, pero cuando no se comprende, perdonar es inútil.

Cáceres, ciudad de provincia. Pero como escribió W. C. Williams en Paterson «la provincia del poema es el mundo». Camino de regreso por los mismos lugares, pensando en cuántas otras veces los volveré a pisar. Al llegar al palacio de los Toledo-Moctezuma busco la librería de viejo Boxoyo y compro varios grabados antiguos donde se ven aunados fragmentos de inscripciones romanas rotas.

Salgo de nuevo por el arco de la Estrella. Las escaleras como un abismo. Veo toda la Plaza Mayor en pleno jolgorio. Hay varios puestos de flores «compramos corazones a las floristas:/eran azules y se abrían en el agua» (dice Paul Celan en ‘Corona’). Bajo las escaleras, paso a formar parte de la Plaza Mayor y descubro, como Vallejo, «el humo que, al fin, sale del futuro». En él estoy.

NOTA: La primera fotografía está obra del gran fotógrafo cacereño Pablo Doncel, la segunda está captada del Blog Fotos de José Antonio y la panorámica de la tercera fotografía es del blog Foto por Carlos Estévez.

Read more »

«EVOCACION DEL BARRIO VIEJO DE CACERES», POR MIGUEL MUÑOZ DE SAN PEDRO

By |

Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros, una pasión, siempre, por Cáceres, se entregó a luchar, y de qué manera, el Casco Histórico-Monumental. Hasta lograr, junto a otros, la rehabilitación de la Ciudad Medieval. Y allá por enero de 1948 Miguel Muñoz de San Pedro escribió este memorable artículo, «EVOCACION DEL BARRIO VIEJO DE CACERES», y que, por derecho propio, figura en esta ANTOLOGÍA DE CACERES.

 

arco de la estrella

El Arco de la Estrella en el año 1903

Este barrio viejo del Cáceres señorial, tiene un empaque prócer. Sueños de hidalguía, de siglos de Historia, han prendido sus jirones impalpables en las bellas aristas del duro y patinado granito. Portaladas, torres, blasones, aljimeces, yelmos, lambrequines… ¡Todo tiene arrogancia de orgullo feudal, matizada de gracia mudéjar o de esplendor renacentista!

Fuera del viejo mundo que es este maravilloso barrio antiguo cacereño, como Adelantados de su grandeza, salen al paso del viajero los templos de Santiago, San Juan y San Francisco; los palacios de Carvajal, Monroy y Abrantes, Galarza, la Isla y Godoy, hecho este último con oro del Imperio de los Incas, cogido por su constructor de la milenaria ciudad del Cuzco y en el legendario templo de Pachacámac, a orillas del Pacífico.

Ceñidor granítico del viejo barrio es su muralla: cinturón con broches de torres y puertas. Desde la solidez romana del Arco del Cristo, hasta el gracioso sesgo barroco del de la Estrella, desde la osamenta milagrosa del barro cogido al sol de la Torre Desmochada hasta la crestería de almenas de la de «Bujaco» –con su templete anacrónico y la gracia ebúrnea de su Ceres pagana– esta muralla es marco digno del tesoro que aprisiona.

Casa de los Ovando Palacio de las Cigüeñas 1951

Casa de los Ovando y Torre de las Cigüeñas, en 1951.

Dentro de la vieja ciudad, en el angosto y empinado Adarve, el palacio de los Cano-Moctezuma evoca glorias aztecas; el de la Generala, gestas de banderías, el de los Pereros, regalada vida señorial…

Allá en lo alto, la Plaza de San Mateo sueña lejanas grandezas agarenas o reconquistadoras, velada en su sueño por la Torre de las Cigüeñas, firme y vertical del Capitán Diego de Cáceres Ovando. Cerca del Convento de San Pablo, la casa de Las Veletas, con su aljibe moro, «corazón de agua», como lo ha llamado un escritor de nuestros días. En perspectivas diversas, el palacio de los Golfines de Arriba, la Casa del Sol, la Torre de los Plata y la calle Ancha –tan estrecha– con su apretado haz de blasones de Ulloa, Aponte, Paredes… En el centro de la Plaza, la Iglesia de San Mateo –segundo y más auténtico corazón de aquellas rinconadas– guarda orgullosa las cenizas de las viejas generaciones.

Cada calle tiene su sorpresa, que es el truncado torreón de los Aldana, o la casa mudéjar, o el solar de los Espadero-Pizarro, o la Iglesia y Convento de la Compañía.

plaza santa maria 1902

La Plaza de Santa María, en postal del año 1902.

En rellano de parte más baja, la Plaza de Santa María ofrece su enlace magnífico de lo religioso y lo nobiliario. A un lado la Iglesia matriz de la ciudad, bajo cuyas bóvedas pétreas, en muros y suelo, una teoría de timbres heráldicos traza un poema de grandeza genealógica. Frente a su puerta lateral, la fachada con que en el siglo XVI embelleciera el palacio de los prelados de la Diócesis el culto y dinámico obispo don García de Galarza. Muy cerca la mansión elevada por Hernando de Ovando, hermano de aquel primer Gobernador de las Indias, que impulsó a las gentes de Extremadura hacia la conquista de los Imperios Indianos.

Al otro lado el solar de Mayoralgo, en el que asentara el conquistador Juan Blázquez cuando con los ejércitos del Rey Alfonso IX de León, entró victorioso en Cáceres el 23 de abril de 1229. En la rinconada de los Golfines, la joya plateresca del palacio de los de este noble linaje, regia mansión que albergó entre sus muros a los Reyes de su grandeza imperial. Las típicas y pequeñas fachadas de las casas rectoral y de los Golfín-Roco, y los muros revocados del antiguo convento de Jesús –hoy Diputación Provincial– matizan y truncan el magnífico concierto arquitectónico de esta Plaza.

En cada uno de los rincones de este barrio único, el tiempo se ha dormido, bajo la caricia de un silencio ancestral. Entre muros centenarios las callejuelas medievales, buscando la anchura de las nobles plazas en las que se vierten la gracia blanca de la luna y el oro encendido del ardiente sol extremeño.

El granito, la luz y la Historia son los motivos que tejen la sinfonía que palpita en la ancestral quietud del viejo barrio cacereño.

Prelados, nobles, paladines, bellas damas y reales cortejos cruzaron un día estas calles y plazas, dejando a su paso una estela invisible e imperecedera que flota por siempre entre sus confines. ¿Detalles? ¡Imposible! Para reflejar el arte o la historia de este viejo barrio, se precisaría la amplitud de muchas páginas; para recoger la esencia completa de su evocación, es necesario respirarla entre sus ámbitos.

Que, pues nuestro trazo impreciso, abocetado, de esta ciudad, en la que las iglesias y palacios alzan su gallardía granítica bajo la caricia blanca de la luna o al rojo incendio del sol, entra un aroma feudal y un silencio místico, inquietado por las vibraciones solemnes, semi-divinas, de las campanas. ¡Las campanas!… Solo ellas pueden por derecho propio turbar la quietud de este viejo mundo, solo ellas saben el lenguaje inteligible para el granito, para la historia para la luz…

NOTAS: Las fotografías se corresponden con postales diversas.

Para más información sobre Miguel Muñoz de San Pedro se puede consultar el Capítulo de este Blog titulado «EL CONDE DE CANILLEROS, UNO DE LOS ARTÍFICES DE LA REHABILITACION DE LA CIUDAD MONUMENTAL«, catalogado en las secciones de HISTORIA y en la de PERSONAJES, así como el artículo «EL CONDE CANILLEROS Y LA CIUDAD MEDIEVAL«, publicado por Juan de la Cruz Gutiérrez en el diario EXTREMADURA.

Read more »

error: Content is protected !!