Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /homepages/25/d580598968/htdocs/clickandbuilds/WordPress/BLOG_JUAN/wp-content/themes/news-magazine/inc/front/front_params_output.php on line 731

Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /homepages/25/d580598968/htdocs/clickandbuilds/WordPress/BLOG_JUAN/wp-content/themes/news-magazine/inc/front/front_params_output.php on line 731

Archive For The “Cáceres ayer” Category

LA CAJA EXTREMEÑA DE PREVISION SOCIAL CON LOS OBREROS

By |

La Caja Extremeña de Previsión Social fue, de siempre, una entidad y una institución de una sensibilidad manifiesta y cumpliendo, de forma esmerada y ejemplar, con el objetivo que emana de su propia denominación.

De este modo es de señalar y dejar constancia, por tanto, que la Caja Extremeña de Previsión Social, con unos fines de una gran identidad en los ámbitos y en las estructuras de la sociedad extremeña, actuó siempre entregada de una forma más que abnegada y verdaderamente ejemplar en su preocupación por prestar la máxima y mejor ayuda de los más débiles y necesitados.
Toda una labor de beneficencia, por tanto, de una más que señalada relevancia que, gracias a la magnificencia y magnitud del programa y a la inmensa y extraordinaria labor de sus dirigentes, tomó pronto cuerpo muy activo en su divulgación y concienciación en todos los estamentos de Cáceres.
 
De este modo, entre numerosos esfuerzos y gestos, tenían lugar en la ciudad acontecimientos, tan sencillos e importantes como notorios, como por ejemplo, al hilo de la fotografía que aparece a la izquierda de estas líneas, el acto celebrado en el Ayuntamiento de Cáceres, en el año 1931, que recoge la curiosa y llamativa fotografía de nuestro siempre querido Javier García Téllez, tal como figura en el pie de la fotografía referenciada, siempre una institución en la ciudad, y que apareció publicada, tal como se puede apreciar, en la prensa nacional.
En la misma sobresale, tal como se puede apreciar, la imagen e indumentaria característica de los obreros de la época en, como solemos denominar, el Cáceres de Aquellos Tiempos. Un Cáceres de entonces que entre Imágenes, Semblanzas, Emociones, Estampas, Recuerdos, Personajes, Actos, Festividades, Conmemoraciones, Fotografías, Tipos Populares, vamos intentando reconstruir con la única voluntad de inmortalizar el conjunto coreográfico de la sociedad cacereña de lo que hemos venido en denominar, como bien sabeis todos, el Cáceres de Aquellos Tiempos.
 
El acto que da pie a este trabajo se corresponde con la bonificación extraordinaria que se procedió entregar a veintiocho obreros cacereños con motivo de haber cumplido los 65 años de edad y encontrándose afiliados al Retiro Obrero Obligatorio, que tuvo lugar en el Salón de Actos del Ayuntamiento de Cáceres el 28 de mayo del año 1931. Y para cuyo recuerdo, autoridades y obreros se fotografiaron en las escalinatas de la Casa Consistorial.
 
El acto estuvo presidido por el alcalde de la ciudad, Antonio Canales González, el presidente de la Diputación Provincial, Ramón González Cid, y el Consejero Delegado de la Caja Extremeña de Previsión Social, León Leal Ramos, que, en sus palabras, destacaron la importancia de que todos los obreros cacereños estuvieran afiliados al Retiro Obrero.

Read more »

TUNA NORMALISTA CACEREÑA… «MOCITA DAME UN CLAVEL»

By |

«¡Aúpa la Tuna…!». Y allá que marchaban en 1963 los estudiantes de Tercer Curso de Magisterio, cantando «Clavelitos», por la Avenida de la Montaña, atravesando la Avenida de España, y llegarse hasta la Casa Sindical, con las cintas de su capa estudiantil al aire, entre tantos suspiros…

Corrían, tal vez, los idus de marzo correspondientes al año 1963. Se celebraba, en aquel entonces, la Fiesta de Santo Tomás de Aquino, Patrón de los Estudiantes, que años después, el calendario, trasladaría al 28 de enero. 
Y en el Teatro de la Casa Sindical tenía lugar un Festival en conmemoración y en honor a la festividad estudiantil y también, claro es, al santo Patrón, que posibilitaba un día libre, de ausencia de las bancadas de las aulas de la Escuela Normal. Lo que hacían entre la representación de una Comedia y la actuación de la Tuna Normalista Cacereña.
Los tunos, ay, se lanzaron  por las calles de la capital, con su voz, potente, con su sin par alegría, con el derroche de la picaresca que emana de sus canciones, entre largas sonrisas, al son y al ritmo de las bandurrias, de los laudes, de las guitarras y de las panderetas, entonando «Clavelitos«, («Mocita, dame un clavel, dame un clavel de tu boca, para eso no hay que tener, mucha vergüenza ni poca…!«), «Fonseca«, («¡No te acuerdas cuando te decía., a la cálida luz de la luna, yo no puedo querer más que a una, y esa una, mi vida, eres tú..!«), la «Tuna Compostelana» («¡Cuando la tuna te de serenata, no te enamores, compostelana, que cada cinta que lleva mi capa, guarda un trocito de corazón…!«), «La Aurora» («Cuando la aurora tiende su manto, y el firmamento viste de azul, no hay un lucero que brille tanto, como esos ojos que tienes tú…!«), «Debajo de tu ventana«, «Las cintas de mi capa» («Enredándose en el viento, van las cintas de mi capa, y cantando a coro dicen: ¡quiéreme, niña del alma!«)…
… Y el gentío cacereño , con la serenata del pasacalles, se asomó corriendo a sus ventanas y balcones, ay, para ver la tuna pasar, en medio de una lluvia de flores, que hasta se escuchaba el más que dulce silbido de los pétalos volanderos a los simpáticos tunos, en medio de otra lluvia cuajada de besos regados de carmin, tanto que el aire se pintarrajeaba de rojo, y en medio, también, de una lluvia de adioses y con las espectadoras bamboleándose de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, al ritmo y la marcha que imprimía el mágico sonar de las canciones de los tunos…
Allá que se alzaba la banderola de la estudiantina, elevada, bailoteando y haciendo cabriolas en los aires cacereños, plagada de escudos, y quién sabe si de un montón enorme de arrobados corazones de muchachas… Allá que saltaba el tuno de la pandereta haciendo sonar la misma con la punta de los zapatos en un alto brinco, y en los codos, en la cabeza, y en la rodilla, en un ejercicio más propio de malabaristas… Allá que sonreían todos los estudiantes de la serenata, al unísono, como conchabados en la noche de la serenata a la luz de la luna, con las miradas tratando de buscar y encontrarse con unos ojos, con una cara, con unos labios, con una lágrimas cuajadas de luz de pasión… Allá que todos coreaban las canciones de los tunos, y, siempre, siempre, siempre, soñando… Allá que las cintas de las capas de la estudiantina revoloteaban de forma saltarina, marcando el compás de sus pasodobles, de sus melodías. y toda una larga colección de ilusiones de tantas jovencitas que suspiraban en la noche perfumada y cuajada de estrellas amorosas que llevaban el dulce cantar…
Y, cuentan, muchas jovenzuelas cacereñas se echaron a la calle, arrebatadas por todo un impulso de emociones profundas y de sentimientos en lo más hondo de sus adentros, dejando resbalar una lagrimilla transparente y naciente en los numerosos manantiales del alma.
¡Ay esos tunos robacorazones cumpliendo, una vez más, el rito de la más ancestral historia de las estudiantinas, que de casta le viene al galgo, como se suele decir de forma popular y coloquial, y que se remonta varios siglos atrás, que pugnaban, entre ellos, por seguir colocando en sus cintas variopintos escudos y sentimientos y palabras de amor y besos de tantas y tantas jóvenes, de tantos lugares, entregadas a los estudiantes y entusiasmadas por colocar en su capa las mejores galas nacidas en las inquietudes de sus amores juveniles…!
Mañana, los tunos, quién sabe, emprenderían nuevas rutas camineras, lejos de las de ayer, de las de anteayer, dejando en cada puerto un amor, con sus mandolinas al hombro, con sus acordeones enfundados, con  el rasgueo de sus aventureras guitarras, con las finas notas de sus laudes y de sus bandurrias, con sus canciones tan sugestivas, tratando de picotear de flor en flor, entre palabras y promesas de amores que tantas veces se llevaba el viento por delante…
¡Ay, esos sueños de la eterna, pero, sin embargo  pasajera juventud, ahora que, con tantas noches de ronda a sus espaldas, el articulista empuña su bandurria, repleta de esas historias que surgían, en virtud de tantas curiosidades, por las calles de una Salamanca de eternos ensimismamientos entre la Universidad, siempre de gala, y aquella legión de Colegios Mayores donde aún retumban las algarabías de las estudiantes cuando escuchaban que se aproximaban los tunos cantando palabras de conquista con el acorde de todos sus instrumentos musicales…
La tuna de la Escuela Normal de Magisterio fue fundada poco antes de la fecha de la fotografía, como se especifica al principio de estas lineas, ganadora del Primer Certamen Nacional de Tunas de Magisterio, que se celebró en Sevilla.
NOTA; A mi querido amigo de siempre, Bartolomé Ramos Rodríguez, presente en la fotografía, y que hace tan solo unos días se despedía de nosotros. Y a su viuda, Angelines Durán Mozo, que me ha facilitado la instantánea, el mejor abrazo…

Read more »

EL CACERES DE AQUELLOS TIEMPOS

By |

Cáceres, su inmensidad, siempre, en el recorrido y en el camino. Y el Cáceres de Aquellos Tiempos, que tanto y tan hondamente nos llega a todos, se conforma como hilo argumental mi artículo que, hoy aparece, publicado en el periódico digital diario extremeño REGION DIGITAL.

 

Camino, de forma despaciada y lenta, acaso de forma de forma somnolienta, por el recorrido de las calles y de los silencios, del Cáceres de Aquellos Tiempos…

Y avanzo, como tantos cacereños, gracias a las nuevas tecnologías informáticas, entre una densidad de Estampas, de Imágenes, de Fotografías, de Personajes, de Curiosidades, de Tipos Populares, en las que bien merece la pena detenerse, con la mano en el alma, adentrarse, incrustrarse, saborearlas e intentar que las mismas se hagan un hueco en las páginas de la Historia de Cáceres.

Lo que se va haciendo, eso sí, entre artículos, reportajes y páginas web que se van aireando, poco a poco, con exquisita sensibilidad, por parte de muchos cacereños, para dejar constancia de lo que el escritor ha venido en denominar el Cáceres de Aquellos Tiempos y en su blog titulado “Cacereñeando”.

Una revista a aquel Cáceres de los años sesenta y setenta que se dibujan en medio de una larga, densa, curiosa y sugestiva panorámica que se abre como un abanico, de par en par, y por donde se van cruzando tantas fenomenologías, gracias al esfuerzo de tantos cacereños de aquella época, que, poco a poco van descubriendo los visillos de las esencias de aquella ciudad, mientras van saliendo a la luz testimonios anónimos escondidos entre los silencios de los recuerdos de tantos…

Una larga relación de retratos, tanto fotográficos como históricos, con datos, con apuntes, con recuerdos, que, esperemos, se vayan recogiendo cuidadosamente por parte de los estudiosos y ayude a ir reestructurando y conociendo, más y mejor, aquella ciudad que palpitaba en sus cincuenta y tantos mil habitantes…

Apuntes que se conforman desde diversas esferas, con rincones, con personajes, con nombres y otros apuntes y anotaciones que enriquecen la historia de la ciudad…

Unas nuevas vías, como Facebook, donde páginas como “Fotos Antiguas de Cáceres” “No eres de Cáceres si…”, o “Indumentaria Popular de Extremadura”, y que me perdonen otras muchas, se abren como Foros por donde se da una amplia cabida a un desfile de Estampas que nos trasladan a aquellos largos paseos por Pintores, por la Plaza Mayor, por el Paseo de Cánovas, entre compases de adioses, y un segmento de rostros conocidos.

Aparecen estampas inéditas y de rica aportación desde ángulos diversos, La Torre de Bujaco, el Palacio de los Golfines, la Iglesia de Santa María, el Convento de San Pablo, el Adarve, o escenarios como la Plaza de Toros, Fuente Concejo, el Cuartel, la Ciudad Deportiva, o la magia de aquellos comercios históricos que, un día, se despedían para siempre –El Siglo, El Precio Fijo, Almacenes Correa, etc–, como se perciben desfiles procesionales, El Cristo de los Estudiantes, ay, efemérides diversas, lavanderas con rostros rasgados por surcos de esfuerzo y padecimiento, colegialas de las Carmelitas, camareros, profesores del Brocense, frailes del San Antonio, niños del Hospicio, tipos como el Nano, bailes de los grupos de Coros y Danzas, la folklorista Angelita Capdevielle, el sacerdote Manuel Vidal, la modista Dioni, el futbolista Tate, el locutor Polito, la lavandera La Farruca, el restaurador Emilio Rey, “El Pato”, el fotógrafo fotografiado, por ejemplo, mi amigo Enrique Caldera, o aquellas secuencias que se detienen en aquellos escolares, con su cara de niño bueno, posando para el retrato, como se decía del recuerdo del colegio.

Otros asoman con sus escritos, con sus pensamientos, con sus reflexiones…

Unos grupos de Facebook con las aportaciones, cuajadas de generosidad y pasión, de cacereños de pura talla: Paco Mangut, Teófilo Amores, José Antonio García Recuero, Fernando Jiménez Berrocal, Alfonso Polo, Julita G. Parra, José Luis Gutiérrez Maestre, Manuel Trinidad, Julián Manzano, J. Vidal Lucía, Marcial Rojo, Purificación Claver, Fernando Montes, José Massa, Jacinto García Alonso, Sebastián Castela Lancho, Esperanza Cruz Fuentes… ¡Buena gente, lector, buena gente, compañero del alma, compañero…!

Una forma, también, de muchas gentes anónimas, pero del Cáceres de siempre, Catovi de pura raza, que se enorgullecen de esta fenomenología, pudiendo aportar imágenes de Aquellos Tiempos, haciendo camino al andar, como un día escribiera Antonio Machado y musicalizara y cantara, por aquellos tiempos, también, Joan Manuel Serrat

Una curiosa forma de hacer cada día Más y Mejor Cáceres, mientras muchos buscan afanosamente por sus álbumes fotográficos, por revistas y periódicos, esas imágenes con las que agradar al personal y que los espontáneos se lancen con sus comentarios de recuerdos, de citas, de rememoraciones…

Un hueco que se ha abierto con las puertas de par en par y penetrar en los interiores de la ciudad, como la que hoy desprenden estas aportaciones de tantos cacereños sacando esos pequeños tesoros, la inmensa mayoría extraídas del baúl de los recuerdos, que, uno a uno, engrandecen el corazón de los Sabores de Cáceres…

NOTA: La fotografía es de Javier y se publicó en la revista “Alcántara” en 1961.

 

Read more »

IV FESTIVAL FOLKLORICO HISPANOAMERICANO EN CACERES (1961)

By |

El año 1961 se celebraba en Cáceres el IV Festival Folklórico Hispano-Americano, que arrancaba en 1958 entre cumbias, jotas, merengues, fandangos, jarabes tapatíos, muñeiras, cuecas, boleros, corridinhos, tangos…

Al ritmo, alegre y precioso de bandurrias y maracas, de guitarras y arpas, de laudes y trompetas, de acordeones y castañuelas, de panderos y flautas, de gaitas y de tamboriles, que se esparcía por los aires cacereños y se llenaban de acordes populares y costumbristas  mientras sus gentes vibraban por la belleza que emanaba en la exaltación folklórica en Cáceres, Cuna de los Festivales Hispanoamericanos-Luso-Filipinos. Una denominación de la que, hoy, más que nunca, queremos dejar constancia por su génesis.
Todo ello en el marco escénico de un Festival y en una fiesta tan llamativa en la que, desde el principio, se involucró y participó, de forma muy activa, todo el pueblo cacereño, de forma entusiasta. Y que hacían presentes todos los ciudadanos con un entusiasmo verdaderamente desbordante, tal como consta en las páginas de la historia de Cáceres, en las hemerotecas y en el alma y el corazón de cuantos aún recuerdan aquellos Certámenes, cuajados de una autenticidad del mayor de los relieves.  
Unos Festivales, para dejar constancia, con los que la ciudad de Cáceres se hermanó en unas Jornadas de identidad popular, con los ritmos variopintos que emanan al calor y al amor de la canción y la danza de tantos y tantos pueblos del mundo, que concitaban, desde el inicio, toda una extraordinaria participación festiva y que a todas horas, y por todas partes de la capital cacereña, generaba que nuestras calles y plazoletas, bares y rincones, se dejaran llevar por el ritmo alegre y ancestral de los cantos y danzas del folklore típico en una cita de manifiesta relevancia en la ciudad cacereña.
Un Certamen de una extraordinaria belleza y sensibilidad folklórica que marcó el ritmo de la capital cacereña durante unos cuantos años, durante los últimos días del mes de junio, en una fiesta que culminaba, a lo largo de las noches en las que se enmarcaba el Festival, en una gran cita que concentraba en la Plaza de Toros, siempre llena a rebosar de cacereños que se enamoraron, de forma apasionada, de esta gran cumbre del Folklore Hispano-Americano-Luso-Filipino, en medio de las más variadas muestras de tradiciones, de danzas, de músicas, de colores, de ritmos, de esencias, de genuinas muestras tradicionales, siempre hermosos y bulliciosos… Y que aún se recuerda con gran nostalgia por parte de los mayores porque los Festivales formaron parte, desde el principio, año 1958, del paisaje, del escenario y del decorado del interés de todos.
Hasta que un día cualquiera, porque así son las cosas, se los llevó por delante el viento de la insensibilidad de quienes no supieron entender la hondura y la densidad de lo que representaban los FESTIVALES FOLKLORICOS HISPANO-AMERICANOS-LUSO-FILIPINOS en Cáceres, Plaza Mayor de la Hispanidad.
Lo de casi siempre.
Pero hay quedan esas estampas, esas imágenes, esas fotografías, o esos carteles, como éste, el correspondiente al IV Festival Folklórico, conformado por una curiosa estampa, tal como se puede apreciar.

Read more »

COLONIALES Y EMBUTIDOS. HIJOS DE SATURNINO CASARES (CACERES, 1944)

By |

Paso revista al apartado de las CURIOSIDADES de AQUEL CACERES que se almacenan en mi Archivo. En esas me topo con este curioso sobre, año 1944, de COLONIALES Y EMBUTIDOS. HIJOS DE SATURNINO CASARES.

Que, como esa propia fenomenología de las fechas y el reloj, al ritmo de las estampas, de las imágenes documentales, de tantos recuerdos de aquellas generaciones, pareciera detenerse, emocionalmente, en el Cáceres de Aquellos Tiempos. Y en donde, como se suele exponer de forma coloquial todo el mundo se conocía. Al menos, se apuntaba, de vista.

Y donde las tiendas de ultramarinos, como la de SATURNINO CASARES, treinta años antes, en 1914, en el número 2 de la Plaza Mayor se anunciaba del siguiente tenor: «Gran surtido de vinos y licores del Reino y extranjero, conservas de carne, hortaliza y pescados, tés, cafés, azúcares, arroces, chocolates y otros artículos concernientes al ramo. Especialidad en embutidos, salchichones, lomos y jamones».
Lo mismo que otros establecimientos desprendían aromas de quesos, de cabra, de vaca, de oveja sardinas arenques, bacalao seco y salado a más no poder, aceite que se surtía desde un aspersor a presión sobre el mostrador, y unos cuantos sacos de arpillera basta y abiertos de judías, de garbanzos, de arroz, de lentejas, tratando de lucir, dentro de un orden, la calidad de los productos, y grandes latas de sardinas apelmazadas… Mientras el dependiente despachaba a la clientela, que pedían «cuarto y mitad» de algunos productos, porque no había más bemoles que estirar las pesetas como si de chicles se tratara, se desarrollaba una pequeña tertulia: Sobre lo caro de los productos, sobre el tiempo, sobre el vecindario… 
Lo mismo que tertulias de índole parecida se desarrollaban por los bares — «¡Pasen al fondo por favor, señores buenas tardes…! ¡Hay calamares, sepia a la plancha, prueba de cerdo, criadillas de tierra, ensaladilla especial de la casa, gambas, torreznos, señores, tortilla recién salida de la factoría de la cocina de ésta, su casa, que es la de todos ustedes!», como en las peluquerías y barberías, como en los estancos, como en las librerías, como en las tiendas de retales, como en los puestos del Mercado, como en la existencia de tantos y tantos comercios, que formaban parte de las esencias y también, claro es, cómo no, de las comidillas de aire social y ciudadano, cercano y popular, urbano y capitalino. Y en los que también existía, claro es, lógico, un mundillo de zascandileo, de alguna que otra indiscreción, de corte venial… De donde salía un mundillo viviente a imagen y semejanza de cuanto se ambientaba en el escenario de la ciudad.
Lo cual, para no engañarnos, disponía de un atractivo imán y saber de las novedades que iban acaeciendo por el paisaje human y el paraje urbano de la ciudad cacereña. 
Tertulias, chácharas, conversaciones, parrafadas, en los segmentos hilvanados alrededor de Cáceres, y en las que en el transcurso de las cuales se pasaba revista, pausada, sosegada, tranquilamente, sin mayores prisas –que es el mejor recetario para las siempre sabrosas reuniones y encuentros de conocidos y amigos– salvo que entrara al local un cliente adobado de prisas e impertinencias y celeridades y prosas que poco o nada tienen que ver con el sosiego que se respira en esas pegadas de hebra y en eso párrafos –que decía el paisano– con la referencia en el periódico volante de la actualidad local.
Una visita a cualquiera de esos locales servía, por tanto, para ponerse al día de los aconteceres cacereños, y poder informar a otros vecinos del paisanaje cacereño- 

Read more »

ANIS «LA CACEREÑA»

By |

Rebusco en mi Archivo y me encuentro con una fotografía de cuando aquella botella de anís, denominado LA CACEREÑA, costaba, según tengo anotado, cuatro pesetas. O sea, que debe de corresponderse, más o menos, con las fechas del Cáceres de Aquellos Tiempos, que intento, modestamente, ir plasmando hasta donde buenamente puedo y dan de sí mis archivos y ayudas de unos y otros.

 
Una botella que, en mi opinión, es un auténtico lujo. Al menos en el recuerdo del escritor y periodista por cuanto refleja de pálpito con la historia de Cáceres. No se si por el anís, que no recuerdo haber catad,. Sino, cuando menos, por la auténtica belleza de la etiqueta, «La Cacereña«, y en la que destaca ese precioso dibujo con la indumentaria más típica y más popular cacereña como supone y representa el de la localidad cacereña de Montehermoso.
Un traje que lleva muchos años dando la vuelta al mundo entre bellezas, entre piropos, entre sorpresas, y, siempre, claro es, entre admiraciones mil por parte de todos aquellos que tienen la oportunidad de disfrutar en su vista con este traje popular tan nuestro, que figura entre los más ricos y completos del mundo.
Ahí quedaba guardaba la fotografía, como escondida entre los recovecos de un desordenado archivo y que siempre prometo ordenar, pero que, por unas u otras causas no consigo hallar tiempo para hacerlo.
Lo que lamento sobremanera.
Pero, al final, la casualidad me ha llevado a encontrarla. Y, como apreciar, con ese esmirilado como cristal labrado. Botellas que servían, asimismo, para rasparlas con una cuchara acompañando a los instrumentos musicales para la entonación e interpretación de las canciones y danzas típicas cacereñas-
Hoy mismo, pegando un pinchazo accidental en el Archivo, apareció, sorprendentemente la fotografía de marras junto a otra, también de anís LA CACEREÑA. 
Y es que hace un largo tiempo buena amiga cacereña, que sabe un poquitín de mis modestas aficiones, visitaba el Museo del Anís, ubicado en la localidad cordobesa de Rute. Y allí hasta donde me comentó, entre cientos de botellas de anís, en la rápida visita turística de grupo donde los llevan a todo gas, que nos le da tiempo ni a respirar a los buenos y pacientes visitantes, se encontró con otra botella de anís de la misma marca, LA CACEREÑA, y cuya fotografía me remitió.
 
Una marca con la etiqueta, también, de LA CACEREÑA y, claro es, con el traje típico femenino cacereño por excelencia, como es el de Montehermoso.
 
Una curiosidad llamativa, como otra cualquiera, bueno, en realidad, una casualidad especial, y que deja constancia de que por todas partes nos podemos encontrar, entre libros, fotografías, láminas, tarjetas postales, dibujos, cuadros, etiquetas de productos comerciales –como es el caso– y otros supuestos toda una serie de referencias con la indumentaria típica y popular de uno de los trajes folklóricos más ricos y hermosos del mundo.
 
Como es, sencillamente, el de montehermoseña. ¡Qué belleza…!
El anís «LA CACEREÑA» se elaboraba, al parecer, en la Destilería y Fábrica de Licores  «La Gaditana«,  que abrió sus puertas el año 1934 en la localidad ciudarrealeña de Miguelturra.

 

 

Licencia de Creative Commons
ANIS «LA CACEREÑA» by JUAN DE LA CRUZ GUTIERREZ GOMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

Read more »

UNA LAVANDERA LLAMADA LA FARRUCA

By |

Aquellas sufridas lavanderas quedan almacenadas en las páginas de la historia conformando una estampa ejemplar en el Cáceres de Aquellos Tiempos, dejando una estela de fortaleza, dureza, crudeza y sacrificio. Entre tantas y tantas se encontraba Vicenta Polo Salgado, «La Farruca». Aquí os dejo mi artículo «UNA LAVANDERA LLAMADA LA FARRUCA», que hoy, 23 de abril de 2019, aparece publicado en el periódico digital extremeño «REGION DIGITAL».

Vicenta Polo Salgado "La Farruca", en el último año del lavadero de Beltrán.

Vicenta Polo Salgado «La Farruca», en el último año del lavadero de Beltrán.

La Farruca, (Cáceres, 1907-1989), era hija de Andrés, que vivía de su trabajo como hortelano, y de Juliana, que se dedicaba las múltiples labores, trajines, afanes y esfuerzos derivados de las tareas de las amas de casa de Aquellos Tiempos.

El apodo con el que era conocida la familia en todo Cáceres, el de Farruco, proviene de la familia paterna y a quienes apodaban con tan curioso apelativo, el de farrucos, tanto por su carácter como por su temperamento.

Un carácter y un temperamento al que Vicenta Polo Salgado hacía honor siendo una mujer echada para adelante, dicharachera, con genio y con ingenio a la vez, con una lengua mordaz y adelantada a su época. Vicenta era la segunda de cuatro hermanos, junto a Francisco, Fernanda y Paula, y que se criaron en aquel hogar de tantas dificultades y adversidades pero que, eso sí, rebosaba de cariño y de paz familiar.

Estado actual de la casa en la que nació y vivió siempre la lavandera cacereña La Farruca.

Estado actual de la casa en la que nació y vivió siempre la lavandera cacereña La Farruca.

La Farruca nació en el número 24 se la calle Picadero, cuya imagen se puede apreciar a la izquierda de estas líneas. Desde niña aprendió a saber de las dificultades, necesidades y carencias en la casa familiar, lo mismo que oía el toque de las campanas de Santiago unas veces llamando a la misa insistentemente y otras doblando por algún difunto, también el crotorar de las cigüeñas y la música de cornetas y tambores de las solemnes profesiones en las madrugadas de la Semana Santa Cacereña. También escuchaba las voces de los vendedores ambulantes, pregonando sus mercancías, picón, dulces, arena, suero, melones, sandías, tomates, piporros…

Su familia, como las de todas las lavanderas, pertenecía a la clase trabajadora y llevaba una vida dura, con bajos jornales y frecuentes temporadas de paro. En algunos casos las viviendas eran compartidas por varias familias, que se decían moradores, incluso con cocina común. Pero la casa de Vicenta estaba habitada solo por ellos, disponía de un amplio zaguán, cuatro habitaciones una espaciosa cocina y, también, contaba con una cuadra y un pajar, pues debido al trabajo de su padre en el campo necesitaban una caballería.

Por su condición social nuestra protagonista no pudo asistir, lamentablemente, a la escuela, encontrándose en la obligación y en la necesidad, desde muy pequeña, de prestar su mayor y mejor colaboración a las tareas domésticas, junto a su madre…

Por lo que se vio obligada de ayudar a su madre en esa serie de funciones ayudando a su madre como suponían las de ir con el cántaro a por agua a la fuente, aprender a cocinar, a coser y demás labores.

A pesar de los defectos de la fotografía, creemos que merece la pena su publicación por conformar un primer plano de la misma.

A pesar de los defectos de la fotografía, creemos que merece la pena su publicación por conformar un primer plano de la misma.

No obstante lo anterior y con el fin de ganar unas pesetas y aportarlas al desarrollo de la economía familiar desde muy joven comenzó a trabajar como lavandera para conocidas familias cacereñas como las del conocido locutor Cayetano PoloPolito”, los Acha, los Donaire y Juanita Franco, entre otros, recorriendo durante muchos años el largo camino entre su calle y el lavadero de Beltrán, situado en los regajos, antigua carretera del Casar de Cáceres, que debe su nombre a José Beltrán, un riojano que llega a Cáceres en 1901. Todo un largo trayecto que llevaba a cabo con la rodilla para cargar la cabeza con el barreño de cinc, el batidero, dos cubos, uno con ropa y otro con el jabón casero y comida, y el rodillero de madera con una almohadilla de trapos viejos, lo mismo en mañanas gélidas, con pilas cubiertas por láminas acristaladas de hielo, calentando agua para evitar los sabañones; que en días de calores sofocantes… Cuando hacían un alto en el camino solían tomar conservas sobre todo sardinas o caballas, algún chorizo, patatera y queso fresco o añejo.

En una diversidad de ocasiones aquellas caminatas, entre su casa en la calle Picadero y el lavadero de Beltrán, a Vicenta se le hacían casi interminables, muchas veces cansada por el peso y la incomodidad de los acarreos. Un recorrido que en ocasiones hacía con el cielo cubierto de nubes ligeras o pesadas, blancas o grises que amenazaban lluvia hasta que de repente el cielo se vaciaba a cantaros. Otras eran mañanas gélidas en las que el aliento formaba una pequeña nube, un halo que se diluía en el aire y encontrándose con las pilas que aparecían cubiertas por láminas de hielo que semejaban cristales. Entonces había que encender la lumbre y calentar agua para evitar la aparición de los temidos sabañones, que enrojecían sus manos, y que curaban con remedios caseros y con hierbas del campo con propiedades medicinales. Sobre todo con friegas de alcohol de romero…

También había sofocantes días de verano, cuajados de polvo y de dureza en el campo, viento solano y monótono canto de chicharras y tórtolas en los olivares cercanos, que solían terminar en retumbantes tormentas, por lo que con los trastos en la cabeza y en las manos y marchando a paso ligero había que volver a casa o pasarla cobijada bajo el sombrajo, pero igualmente había tibias y claras mañanas de primavera, con ciruelas, naranjas y membrillos en flor, olor a habas en los huertos poleos en los regatos, y el canto del cuco. Unos días en los que Vicenta comentaba que “daba gusto y hasta el trabajo parecía más ligero”. Y siempre, al fondo, se divisaba de pleno la hermosura de la ciudad de Cáceres, en el que todos los días, desde todas las vistas y a todas horas, a Vicenta le parecía precioso, “toda una belleza y toda una maravilla”, repetía, con sus torres recortadas en el cielo y al final, sencillamente, ni más menos, la Montaña, con la Virgen, la Patrona de Cáceres, velando por sus hijos.

Un trabajo de lavandera que compartía con la Forosa, Dolores, la Tórtola, y muchas más, y en el que nunca faltaba, eso sí, lo que era una buena lumbre siempre encendida con el puchero de café, que ofrecían a todos aquellos que por allí se acercaban.

Asimismo a Vicenta le gustaba también las sopas que ella misma se preparaba en un infiernillo, las pringás, la patatera, el café migao, el queso fuerte, el gazpacho de poleo, las sopas de tomate siempre con sardinillas o con higos, las roscas de alfajor…

El Cáceres de aquellos tiempos es pequeño y provinciano y vive apegado a sus costumbres, en calles tan populares como Caleros, Picadero, Tenerías… Habitadas por cacereños de pura cepa, que conservaban la esencia del pueblo, donde se compartían muchas tertulias y se celebraba la Nochebuena con reuniones familiares y amigos en los zaguanes de las casas, para cantar villancicos y romances como “Madre a la puerta hay un niño”, “El pájaro pinto”, “Moralinda”, acompañado de zambombas y almireces, saboreando polvorones y rosquillas, sin que faltase la botella de anís y aguardiente.

En el zaguán abovedado de la casa de Vicenta, amplio y acogedor con butacas de mimbre se celebraban, además, reuniones tanto familiares como amigas.

La Farruca, a la derecha, con su hermana Paula, en una romería cacereña.

La Farruca, a la derecha, con su hermana Paula, en una romería cacereña.

Dada la influencia de la religión en la cultura popular, eran muy concurridas las fiestas en honor a algunos santos: San Blas, Las Candelas, Los Mártires o el Nazareno, instalándose mesas de ofrendas con productos regalados por los devotos, hechos en casa, dulces, vinos, palomas, conejos, tórtolas, gallos, embutidos, etc, que eran subastadas con gran participación del público que rivalizaban por ver quien subía más el precio del objeto pujado.

Igualmente eran días grandes en la primavera cacereña las romerías de Santa Lucía y Santa Olalla, esta última muy bien recogida y relatada por Miguel Muñoz de san Pedro, con gran asistencia de gente “alta”, con carros entoldados, mozas de campuzas y mozos en sus jacas atravesando los campos de las minas y la “Enjarada”, bailes en la explanada y puestecillos de naranjas, vinos y turrones.

Las clases pudientes solían tener lujosos coches de mulas, conducidos por sus cocheros, con los que paseaban los domingos por la carretera de Mérida, iban a las romerías y se desplazaban a sus fincas. En Carnavales, Ferias y otras fiestas importantes había bailes populares y más selectos en el Círculo de Artesanos y en el Círculo de la Concordia. Unos tiempos en los que al Cáceres de entonces también llego una novedad el foot-ball que, según se comentaba en los corrillos populares, un juego importado de Inglaterra, disputándose el primer partido dentro de los festejos de las Ferias y Fiestas en el 1909 y, curiosamente, en la plaza de toros.

Debido a su trabajo Vicenta no pudo participar apenas en la celebración de estos festejos, lo que no optaba para que la misma, en base a un gran amor propio y capacidad de esfuerzo y sacrificio, lo que llevó a cabo siempre, continuara desempeñando, día a día, constantemente, su trabajo de lavandera, de un modo esmerado y buscando, cada día, más familias a las que la lavar la ropa.

Lavanderas, en todo caso, que multiplicaban una tarea tan severa y dura porque las necesidades familiares, acorde con la época, así lo requerían.

Sus tiempos libres, que también eran importantes, por lo que suponía de descanso, eran simples y casi siempre gratuitos, y que ocupaba, preferentemente, en pasear con sus amigas por la Plaza Mayor, por las Afueras de San Antón, ya Paseo de Cánovas y por El Arandel, a veces asistía al cine instalado en la Plazuela de San Juan, hasta que se inaugura el Gran Teatro el 23 de Abril de 1926, siendo un éxito, con lleno rebosante.

En el buen tiempo Vicenta y sus amigas visitaban las huertas de la Rivera, con casitas pequeñas y fachadas emparradas, donde eran obsequiadas por las amigas y hortelanos con frutas de la temporada, higos, uvas, membrillos, granadas y alguna que otra naranja… Posteriormente, al caer la tarde y con el encendido de las mortecinas farolas de las esquinas llegaba la hora de regresar a casa.

Estas huertas eran trabajadas por familias de tradicionales hortelanos como las de los Periquenes los Brillo, vecinos de la calle Trujillo y propietarios de la huerta de la Merced. Esta huerta, por cierto, debe su nombre a un privilegio o merced otorgado a su dueño por IsabelLa Católica”, en una sus visitas a Cáceres, al haberle ofrecido éste una hermosa cesta de fruta. Esta merced consistía en disponer de más agua y horas de riego que el resto de vecinas de la Rivera.

Los productos de estas huertas se vendían en la Plaza Mayor donde una pequeña Vicenta ya acompañaba a su madre para abastecerse de lo necesario, aunque en 1884 se había construido un pequeño mercado, con reducidas casetas de techo de zinc, que solo se usaba para la carne y el pescado. Hasta que en 1931 se construyó el mercado en el foro de los Balbos que todos conocimos, por lo que hasta entonces se instalaban al aire libre además de los hortelanos silleros del Casar, zapateros de Torrejoncillo, alfareros de Arroyo de la Luz, vendedores de cereales y quesos frescos de cabra…

Otro tipo de alimentos que compraba la Farruca los adquiría en los ultramarinos, con nombres tan conocidos como los Campón y los Siriris en la Plaza de las Cuatro Esquinas. Asimismo Vicenta hacía las compras en una tiendecita en la Plaza de Santiago que atendía la señora llamada Clarita. Existía por aquel entonces un método de compra usado por las clases más humildes. Se trataba de ir apuntando en una libreta lo comprado durante la semana y llegado el viernes que era el día que Vicenta cobraba el jornal procedía a pagar religiosamente. Y es que la Farruca comentaba que quien debe y paga no debe nada.

Vicenta también era muy aficionada y disfrutaba de las Ferias cacereñas de mayo, y a cuyos acontecimientos populares acudía con su hermana Paula, donde le atraían los puestos de peladillas, calabazate, turrón, garrapiñada. Y si los bolsillos se lo permitían tiraba de los dulces feriales y, también, de alguno que otro y que solía comprar en “La Mallorquina”, aunque la mayoría de las veces tendría que conformarse con un paquete de raspaduras, recortes de distintos dulces, que le gustaba merendarse en un tazón de café en momentos de descanso y placer.

Durante las noches estivales y para combatir las altas temperaturas veraniegas Vicenta, la Farruca, salía a la puerta de su casa con la silla de enea, buscando un poco de frescor y, al tiempo el sabor de las comidillas vecinales pegando la hebra, a la muy débil luz de las farolas y a la muy clara y plateada luz de la luna que hacía resplandecer, siempre, las fachadas encaladas.

Vicenta también se distinguía por ser una mujer muy rigurosa en sus labores, en sus afanes, en sus cometidos, en sus tareas, en sus horarios. Lo que hizo de ella una de las lavanderas más afanosas de Cáceres, aunque este calificativo se podía aplicar a todas ellas, tal como nos consta a lo largo de los estudios e investigaciones que llevamos a cabo alrededor de las lavanderas cacereñas.

A pesar de su delicada salud, puesto que Vicenta era asmática, la misma no se privó de nada, repitiendo, con humor y humildad, que “muera el gato, muera harto”. Fruto de sus esfuerzos y de sus ahorros, de toda la vida, pudo ver cumplido uno de sus sueños de siempre. Y que era el de adquirir, junto a su hermana Paula, la casa familiar en la que vivió desde siempre.

La Farruca, una esmerada lavandera con más de 50 años desempeñando esta dura tarea, que siguió, luego, con otro empleo como cuidadora de mujeres mayores prácticamente hasta su fallecimiento.

Toda una vida de una intensidad de sacrificios, los de Vicenta, la Farruca, y todas las lavanderas cacereñas, quedando para la historia la estatua que se alza en la Avenida de las Lavanderas, en homenaje de reconocimiento y gratitud a los esfuerzos de tan reconocidas mujeres, obra de Antonio Fernández Domínguez, con el rostro curtido de dureza y de facciones cruzadas de una vida dura en extremo.

Dejemos constancia finalmente, aunque solo sea para el anecdotario,  que desde épocas antiguas las lavanderas eran causa de conflictos que hacían intervenir al Ayuntamiento. Unas veces con vecinos y aguadores cuando llenaban sus cántaros, otras al ensuciar el agua y otras por gastar tanta cantidad que en épocas de sequía casi agotaban los manantiales.

 

Licencia de Creative Commons
UNA LAVANDERA LLAMADA LA FARRUCA by JUAN DE LA CRUZ GUTIERREZ GOMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

Read more »

error: Content is protected !!