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Archive For The “Cáceres ayer” Category

ANIS «LA CACEREÑA»

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Rebusco en mi Archivo y me encuentro con una fotografía de cuando aquella botella de anís, denominado LA CACEREÑA, costaba, según tengo anotado, cuatro pesetas. O sea, que debe de corresponderse, más o menos, con las fechas del Cáceres de Aquellos Tiempos, que intento, modestamente, ir plasmando hasta donde buenamente puedo y dan de sí mis archivos y ayudas de unos y otros.

 
Una botella que, en mi opinión, es un auténtico lujo. Al menos en el recuerdo del escritor y periodista por cuanto refleja de pálpito con la historia de Cáceres. No se si por el anís, que no recuerdo haber catad,. Sino, cuando menos, por la auténtica belleza de la etiqueta, «La Cacereña«, y en la que destaca ese precioso dibujo con la indumentaria más típica y más popular cacereña como supone y representa el de la localidad cacereña de Montehermoso.
Un traje que lleva muchos años dando la vuelta al mundo entre bellezas, entre piropos, entre sorpresas, y, siempre, claro es, entre admiraciones mil por parte de todos aquellos que tienen la oportunidad de disfrutar en su vista con este traje popular tan nuestro, que figura entre los más ricos y completos del mundo.
Ahí quedaba guardaba la fotografía, como escondida entre los recovecos de un desordenado archivo y que siempre prometo ordenar, pero que, por unas u otras causas no consigo hallar tiempo para hacerlo.
Lo que lamento sobremanera.
Pero, al final, la casualidad me ha llevado a encontrarla. Y, como apreciar, con ese esmirilado como cristal labrado. Botellas que servían, asimismo, para rasparlas con una cuchara acompañando a los instrumentos musicales para la entonación e interpretación de las canciones y danzas típicas cacereñas-
Hoy mismo, pegando un pinchazo accidental en el Archivo, apareció, sorprendentemente la fotografía de marras junto a otra, también de anís LA CACEREÑA. 
Y es que hace un largo tiempo buena amiga cacereña, que sabe un poquitín de mis modestas aficiones, visitaba el Museo del Anís, ubicado en la localidad cordobesa de Rute. Y allí hasta donde me comentó, entre cientos de botellas de anís, en la rápida visita turística de grupo donde los llevan a todo gas, que nos le da tiempo ni a respirar a los buenos y pacientes visitantes, se encontró con otra botella de anís de la misma marca, LA CACEREÑA, y cuya fotografía me remitió.
 
Una marca con la etiqueta, también, de LA CACEREÑA y, claro es, con el traje típico femenino cacereño por excelencia, como es el de Montehermoso.
 
Una curiosidad llamativa, como otra cualquiera, bueno, en realidad, una casualidad especial, y que deja constancia de que por todas partes nos podemos encontrar, entre libros, fotografías, láminas, tarjetas postales, dibujos, cuadros, etiquetas de productos comerciales –como es el caso– y otros supuestos toda una serie de referencias con la indumentaria típica y popular de uno de los trajes folklóricos más ricos y hermosos del mundo.
 
Como es, sencillamente, el de montehermoseña. ¡Qué belleza…!
El anís «LA CACEREÑA» se elaboraba, al parecer, en la Destilería y Fábrica de Licores  «La Gaditana«,  que abrió sus puertas el año 1934 en la localidad ciudarrealeña de Miguelturra.

 

 

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UNA LAVANDERA LLAMADA LA FARRUCA

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Aquellas sufridas lavanderas quedan almacenadas en las páginas de la historia conformando una estampa ejemplar en el Cáceres de Aquellos Tiempos, dejando una estela de fortaleza, dureza, crudeza y sacrificio. Entre tantas y tantas se encontraba Vicenta Polo Salgado, «La Farruca». Aquí os dejo mi artículo «UNA LAVANDERA LLAMADA LA FARRUCA», que hoy, 23 de abril de 2019, aparece publicado en el periódico digital extremeño «REGION DIGITAL».

Vicenta Polo Salgado "La Farruca", en el último año del lavadero de Beltrán.

Vicenta Polo Salgado «La Farruca», en el último año del lavadero de Beltrán.

La Farruca, (Cáceres, 1907-1989), era hija de Andrés, que vivía de su trabajo como hortelano, y de Juliana, que se dedicaba las múltiples labores, trajines, afanes y esfuerzos derivados de las tareas de las amas de casa de Aquellos Tiempos.

El apodo con el que era conocida la familia en todo Cáceres, el de Farruco, proviene de la familia paterna y a quienes apodaban con tan curioso apelativo, el de farrucos, tanto por su carácter como por su temperamento.

Un carácter y un temperamento al que Vicenta Polo Salgado hacía honor siendo una mujer echada para adelante, dicharachera, con genio y con ingenio a la vez, con una lengua mordaz y adelantada a su época. Vicenta era la segunda de cuatro hermanos, junto a Francisco, Fernanda y Paula, y que se criaron en aquel hogar de tantas dificultades y adversidades pero que, eso sí, rebosaba de cariño y de paz familiar.

Estado actual de la casa en la que nació y vivió siempre la lavandera cacereña La Farruca.

Estado actual de la casa en la que nació y vivió siempre la lavandera cacereña La Farruca.

La Farruca nació en el número 24 se la calle Picadero, cuya imagen se puede apreciar a la izquierda de estas líneas. Desde niña aprendió a saber de las dificultades, necesidades y carencias en la casa familiar, lo mismo que oía el toque de las campanas de Santiago unas veces llamando a la misa insistentemente y otras doblando por algún difunto, también el crotorar de las cigüeñas y la música de cornetas y tambores de las solemnes profesiones en las madrugadas de la Semana Santa Cacereña. También escuchaba las voces de los vendedores ambulantes, pregonando sus mercancías, picón, dulces, arena, suero, melones, sandías, tomates, piporros…

Su familia, como las de todas las lavanderas, pertenecía a la clase trabajadora y llevaba una vida dura, con bajos jornales y frecuentes temporadas de paro. En algunos casos las viviendas eran compartidas por varias familias, que se decían moradores, incluso con cocina común. Pero la casa de Vicenta estaba habitada solo por ellos, disponía de un amplio zaguán, cuatro habitaciones una espaciosa cocina y, también, contaba con una cuadra y un pajar, pues debido al trabajo de su padre en el campo necesitaban una caballería.

Por su condición social nuestra protagonista no pudo asistir, lamentablemente, a la escuela, encontrándose en la obligación y en la necesidad, desde muy pequeña, de prestar su mayor y mejor colaboración a las tareas domésticas, junto a su madre…

Por lo que se vio obligada de ayudar a su madre en esa serie de funciones ayudando a su madre como suponían las de ir con el cántaro a por agua a la fuente, aprender a cocinar, a coser y demás labores.

A pesar de los defectos de la fotografía, creemos que merece la pena su publicación por conformar un primer plano de la misma.

A pesar de los defectos de la fotografía, creemos que merece la pena su publicación por conformar un primer plano de la misma.

No obstante lo anterior y con el fin de ganar unas pesetas y aportarlas al desarrollo de la economía familiar desde muy joven comenzó a trabajar como lavandera para conocidas familias cacereñas como las del conocido locutor Cayetano PoloPolito”, los Acha, los Donaire y Juanita Franco, entre otros, recorriendo durante muchos años el largo camino entre su calle y el lavadero de Beltrán, situado en los regajos, antigua carretera del Casar de Cáceres, que debe su nombre a José Beltrán, un riojano que llega a Cáceres en 1901. Todo un largo trayecto que llevaba a cabo con la rodilla para cargar la cabeza con el barreño de cinc, el batidero, dos cubos, uno con ropa y otro con el jabón casero y comida, y el rodillero de madera con una almohadilla de trapos viejos, lo mismo en mañanas gélidas, con pilas cubiertas por láminas acristaladas de hielo, calentando agua para evitar los sabañones; que en días de calores sofocantes… Cuando hacían un alto en el camino solían tomar conservas sobre todo sardinas o caballas, algún chorizo, patatera y queso fresco o añejo.

En una diversidad de ocasiones aquellas caminatas, entre su casa en la calle Picadero y el lavadero de Beltrán, a Vicenta se le hacían casi interminables, muchas veces cansada por el peso y la incomodidad de los acarreos. Un recorrido que en ocasiones hacía con el cielo cubierto de nubes ligeras o pesadas, blancas o grises que amenazaban lluvia hasta que de repente el cielo se vaciaba a cantaros. Otras eran mañanas gélidas en las que el aliento formaba una pequeña nube, un halo que se diluía en el aire y encontrándose con las pilas que aparecían cubiertas por láminas de hielo que semejaban cristales. Entonces había que encender la lumbre y calentar agua para evitar la aparición de los temidos sabañones, que enrojecían sus manos, y que curaban con remedios caseros y con hierbas del campo con propiedades medicinales. Sobre todo con friegas de alcohol de romero…

También había sofocantes días de verano, cuajados de polvo y de dureza en el campo, viento solano y monótono canto de chicharras y tórtolas en los olivares cercanos, que solían terminar en retumbantes tormentas, por lo que con los trastos en la cabeza y en las manos y marchando a paso ligero había que volver a casa o pasarla cobijada bajo el sombrajo, pero igualmente había tibias y claras mañanas de primavera, con ciruelas, naranjas y membrillos en flor, olor a habas en los huertos poleos en los regatos, y el canto del cuco. Unos días en los que Vicenta comentaba que “daba gusto y hasta el trabajo parecía más ligero”. Y siempre, al fondo, se divisaba de pleno la hermosura de la ciudad de Cáceres, en el que todos los días, desde todas las vistas y a todas horas, a Vicenta le parecía precioso, “toda una belleza y toda una maravilla”, repetía, con sus torres recortadas en el cielo y al final, sencillamente, ni más menos, la Montaña, con la Virgen, la Patrona de Cáceres, velando por sus hijos.

Un trabajo de lavandera que compartía con la Forosa, Dolores, la Tórtola, y muchas más, y en el que nunca faltaba, eso sí, lo que era una buena lumbre siempre encendida con el puchero de café, que ofrecían a todos aquellos que por allí se acercaban.

Asimismo a Vicenta le gustaba también las sopas que ella misma se preparaba en un infiernillo, las pringás, la patatera, el café migao, el queso fuerte, el gazpacho de poleo, las sopas de tomate siempre con sardinillas o con higos, las roscas de alfajor…

El Cáceres de aquellos tiempos es pequeño y provinciano y vive apegado a sus costumbres, en calles tan populares como Caleros, Picadero, Tenerías… Habitadas por cacereños de pura cepa, que conservaban la esencia del pueblo, donde se compartían muchas tertulias y se celebraba la Nochebuena con reuniones familiares y amigos en los zaguanes de las casas, para cantar villancicos y romances como “Madre a la puerta hay un niño”, “El pájaro pinto”, “Moralinda”, acompañado de zambombas y almireces, saboreando polvorones y rosquillas, sin que faltase la botella de anís y aguardiente.

En el zaguán abovedado de la casa de Vicenta, amplio y acogedor con butacas de mimbre se celebraban, además, reuniones tanto familiares como amigas.

La Farruca, a la derecha, con su hermana Paula, en una romería cacereña.

La Farruca, a la derecha, con su hermana Paula, en una romería cacereña.

Dada la influencia de la religión en la cultura popular, eran muy concurridas las fiestas en honor a algunos santos: San Blas, Las Candelas, Los Mártires o el Nazareno, instalándose mesas de ofrendas con productos regalados por los devotos, hechos en casa, dulces, vinos, palomas, conejos, tórtolas, gallos, embutidos, etc, que eran subastadas con gran participación del público que rivalizaban por ver quien subía más el precio del objeto pujado.

Igualmente eran días grandes en la primavera cacereña las romerías de Santa Lucía y Santa Olalla, esta última muy bien recogida y relatada por Miguel Muñoz de san Pedro, con gran asistencia de gente “alta”, con carros entoldados, mozas de campuzas y mozos en sus jacas atravesando los campos de las minas y la “Enjarada”, bailes en la explanada y puestecillos de naranjas, vinos y turrones.

Las clases pudientes solían tener lujosos coches de mulas, conducidos por sus cocheros, con los que paseaban los domingos por la carretera de Mérida, iban a las romerías y se desplazaban a sus fincas. En Carnavales, Ferias y otras fiestas importantes había bailes populares y más selectos en el Círculo de Artesanos y en el Círculo de la Concordia. Unos tiempos en los que al Cáceres de entonces también llego una novedad el foot-ball que, según se comentaba en los corrillos populares, un juego importado de Inglaterra, disputándose el primer partido dentro de los festejos de las Ferias y Fiestas en el 1909 y, curiosamente, en la plaza de toros.

Debido a su trabajo Vicenta no pudo participar apenas en la celebración de estos festejos, lo que no optaba para que la misma, en base a un gran amor propio y capacidad de esfuerzo y sacrificio, lo que llevó a cabo siempre, continuara desempeñando, día a día, constantemente, su trabajo de lavandera, de un modo esmerado y buscando, cada día, más familias a las que la lavar la ropa.

Lavanderas, en todo caso, que multiplicaban una tarea tan severa y dura porque las necesidades familiares, acorde con la época, así lo requerían.

Sus tiempos libres, que también eran importantes, por lo que suponía de descanso, eran simples y casi siempre gratuitos, y que ocupaba, preferentemente, en pasear con sus amigas por la Plaza Mayor, por las Afueras de San Antón, ya Paseo de Cánovas y por El Arandel, a veces asistía al cine instalado en la Plazuela de San Juan, hasta que se inaugura el Gran Teatro el 23 de Abril de 1926, siendo un éxito, con lleno rebosante.

En el buen tiempo Vicenta y sus amigas visitaban las huertas de la Rivera, con casitas pequeñas y fachadas emparradas, donde eran obsequiadas por las amigas y hortelanos con frutas de la temporada, higos, uvas, membrillos, granadas y alguna que otra naranja… Posteriormente, al caer la tarde y con el encendido de las mortecinas farolas de las esquinas llegaba la hora de regresar a casa.

Estas huertas eran trabajadas por familias de tradicionales hortelanos como las de los Periquenes los Brillo, vecinos de la calle Trujillo y propietarios de la huerta de la Merced. Esta huerta, por cierto, debe su nombre a un privilegio o merced otorgado a su dueño por IsabelLa Católica”, en una sus visitas a Cáceres, al haberle ofrecido éste una hermosa cesta de fruta. Esta merced consistía en disponer de más agua y horas de riego que el resto de vecinas de la Rivera.

Los productos de estas huertas se vendían en la Plaza Mayor donde una pequeña Vicenta ya acompañaba a su madre para abastecerse de lo necesario, aunque en 1884 se había construido un pequeño mercado, con reducidas casetas de techo de zinc, que solo se usaba para la carne y el pescado. Hasta que en 1931 se construyó el mercado en el foro de los Balbos que todos conocimos, por lo que hasta entonces se instalaban al aire libre además de los hortelanos silleros del Casar, zapateros de Torrejoncillo, alfareros de Arroyo de la Luz, vendedores de cereales y quesos frescos de cabra…

Otro tipo de alimentos que compraba la Farruca los adquiría en los ultramarinos, con nombres tan conocidos como los Campón y los Siriris en la Plaza de las Cuatro Esquinas. Asimismo Vicenta hacía las compras en una tiendecita en la Plaza de Santiago que atendía la señora llamada Clarita. Existía por aquel entonces un método de compra usado por las clases más humildes. Se trataba de ir apuntando en una libreta lo comprado durante la semana y llegado el viernes que era el día que Vicenta cobraba el jornal procedía a pagar religiosamente. Y es que la Farruca comentaba que quien debe y paga no debe nada.

Vicenta también era muy aficionada y disfrutaba de las Ferias cacereñas de mayo, y a cuyos acontecimientos populares acudía con su hermana Paula, donde le atraían los puestos de peladillas, calabazate, turrón, garrapiñada. Y si los bolsillos se lo permitían tiraba de los dulces feriales y, también, de alguno que otro y que solía comprar en “La Mallorquina”, aunque la mayoría de las veces tendría que conformarse con un paquete de raspaduras, recortes de distintos dulces, que le gustaba merendarse en un tazón de café en momentos de descanso y placer.

Durante las noches estivales y para combatir las altas temperaturas veraniegas Vicenta, la Farruca, salía a la puerta de su casa con la silla de enea, buscando un poco de frescor y, al tiempo el sabor de las comidillas vecinales pegando la hebra, a la muy débil luz de las farolas y a la muy clara y plateada luz de la luna que hacía resplandecer, siempre, las fachadas encaladas.

Vicenta también se distinguía por ser una mujer muy rigurosa en sus labores, en sus afanes, en sus cometidos, en sus tareas, en sus horarios. Lo que hizo de ella una de las lavanderas más afanosas de Cáceres, aunque este calificativo se podía aplicar a todas ellas, tal como nos consta a lo largo de los estudios e investigaciones que llevamos a cabo alrededor de las lavanderas cacereñas.

A pesar de su delicada salud, puesto que Vicenta era asmática, la misma no se privó de nada, repitiendo, con humor y humildad, que “muera el gato, muera harto”. Fruto de sus esfuerzos y de sus ahorros, de toda la vida, pudo ver cumplido uno de sus sueños de siempre. Y que era el de adquirir, junto a su hermana Paula, la casa familiar en la que vivió desde siempre.

La Farruca, una esmerada lavandera con más de 50 años desempeñando esta dura tarea, que siguió, luego, con otro empleo como cuidadora de mujeres mayores prácticamente hasta su fallecimiento.

Toda una vida de una intensidad de sacrificios, los de Vicenta, la Farruca, y todas las lavanderas cacereñas, quedando para la historia la estatua que se alza en la Avenida de las Lavanderas, en homenaje de reconocimiento y gratitud a los esfuerzos de tan reconocidas mujeres, obra de Antonio Fernández Domínguez, con el rostro curtido de dureza y de facciones cruzadas de una vida dura en extremo.

Dejemos constancia finalmente, aunque solo sea para el anecdotario,  que desde épocas antiguas las lavanderas eran causa de conflictos que hacían intervenir al Ayuntamiento. Unas veces con vecinos y aguadores cuando llenaban sus cántaros, otras al ensuciar el agua y otras por gastar tanta cantidad que en épocas de sequía casi agotaban los manantiales.

 

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LA FARRUCA, LAVANDERA

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Las Lavanderas del Cáceres de Aquellos Tiempos fueron unas mujeres tan admirables como ejemplares en su extraordinaria e inmensa capacidad de esfuerzo para sacar las casas adelante. Aquí os dejo mi artículo «La Farruca, lavandera», que hoy, 16 de abril de 2019, aparece publicado en el periódico «Hoy».

Estatua-homenaje a las lavanderas, levantada en la cacereña Avenida de las Lavanderas.

Aquellas sufridas y sacrificadas lavanderas quedan en la historia conformando una estampa ejemplar en el Cáceres de Aquellos Tiempos.

Entre ellas, Vicenta Polo Salgado, La Farruca, que desempeñaba su trabajo en el lavadero de Beltrán.

La Farruca, (Cáceres, 1907-1989), hija de Andrés, hortelano, y Vicenta, sus labores, nació en la calle Picadero. El apodo proviene de la familia paterna a quienes apodaban farrucos por su carácter y temperamento, al que ella hacía honor siendo una mujer echada para adelante.

Su familia, como la de todas las lavanderas, llevaba una vida dura, con bajos jornales y frecuentes temporadas de paro. Por su condición social, no asistió a la escuela, ayudando desde pequeña en las tareas caseras, con el cántaro a por agua, aprendiendo a coser y cocinar.

Empezó a trabajar como lavandera muy joven y llevar unas pesetas a casa, con las familias de Cayetano PoloPolito”, los Acha, Juanita Franco, entre otros, y recorría sus senderos durante muchos años con la rodilla para cargar la cabeza con el barreño, el batidero, dos cubos, uno con ropa y otro con el jabón casero y comida, y el rodillero de madera con una almohadilla de trapos viejos, lo mismo en mañanas gélidas, con pilas cubiertas por láminas acristaladas de hielo, calentando agua para evitar los sabañones; que en días de calores sofocantes…

Lavanderas que multiplicaban un trabajo tan severo porque las necesidades lo requerían.

Sus tiempos libres eran pasear por la Plaza y Cánovas, a veces asistía al cine instalado en la Plazuela de San Juan, en el buen tiempo visitaba las huertas de la Rivera, como la de los Periquene, y en las noches estivales salía a la fachada con la silla de enea, buscando frescor y pegar la hebra.

La Farruca, una esmerada lavandera más de 50 años, quedando para la historia la estatua en homenaje a tan reconocidas mujeres.

 

 

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TRAJES TIPICOS DE CACERES (CEREGUMIL, AÑOS 40)

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En el Cáceres que solemos denominar como el de Aquellos Tiempos, como recuerdo y paisajes de la infancia, muchos médicos recomendaban, sobre todo a los más pequeños, y, también a los más mayores, que tomaran Ceregumil.

El Ceregumil se conforma como un jarabe elaborado con  maceración de extractos de trigo, de lentejas, de avena, de judías, de maíz, de cebada, de miel de abejas y de agua, como un complemento alimenticio, para combatir la anemia, la falta de apetito, el cansancio, la debilidad orgánica, la fatiga, la mala nutrición y anomalíasa de similares características.

Un rico y dulce brebaje que, tras largo tiempo de investigación, creó el boticario granadino Bernabé Fernández Sánchez, (Granada, 1878-1937), licenciado en Farmacia.

Allá por la década de los años 40, en pleno apogeo de una más que marcada difusión publicitaria en numerosos productos comerciales y marcas, como es el caso de las fábricas de chocolates, de laboratorios medicinales, de tabacos, y un largo etcétera, la empresa productora de Ceregumil, decidió incrustar en las cajas de sus productos, como regalo de colección, una muy curiosa y llamativa serie de estampas bajo el título genérico de «Regiones de España«.

Las láminas de la colección «Regiones de España«, contenían un precioso dibujo con una pareja ricamente ataviada con el traje típico de cada una de las provincias españolas, con el fondo de un rincón popular, los datos poblacionales, la extensión geográfica, y un apunte referencial acerca de la historia, de los cultivos, de las industrias, del clima, así otros aspectos de las particularidades de las provincias, aunque, eso sí, claro es, en una más que mínima referencia informativa, pero como aportación descriptiva de las características provinciales españolas.

El cromo número 14, con una bella imagen diseñada con señalada sensibilidad como dibujo folklórico y acorde con un planteamiento genérico sobre la vestimenta típica y popular. está dedicado a la provincia de Cáceres.

Aquí pueden ver los lectores y seguidores de «CACERES, EL BLOG DE JUAN DE LA CRUZ» el anverso y el reverso de la estampa típica cacereña y los datos correspondientes en aquel entonces.

Una colección de estampas típicas, como tantas y tantas, que era muy perseguida. Sobre todo, como suele ocurrir por los más pequeños, y que, durante un tiempo, se guardaba como oro en paño.

Entonces, en aquellos tiempos, en el correr de los años cuarenta de la pasada centuria, hace ya la friolera de casi ochenta años, que se dice pronto, la provincia de Cáceres albergaba una población de 512.000 habitantes. Sin embargo, lamentable, inexplicable, penosamente, la Alta Extremadura, cuenta tan solo en 396.487 almas. Es decir, así, a bote pronto, 126.513 personas menos, mientras se sigue retrocediendo en las estadísticas demográficas.

Finalmente, y para el anecdotario, señalar que el nombre de la marca Ceregumil sale de la unión de las palabras “cereales, legumbres y miel”, y que, según se cuenta en la historia del jarabe el mismo salvó la vida al torero Manolo Bienvenida, herido de gravedad por un toro en la corrida de la Beneficencia de Madrid, en 1933, y que le infirió una cornada que le destrozó los intestinos y la vejiga. A los dos días el doctor expuso al diestro que ya debería de tomar, ya, un poco de leche, pero como no le gustaba la misma, se convino en que tomara Ceregumil.

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PEPI SUAREZ, EMBAJADORA DEL FOLKLORE CACEREÑO

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Pepi Suárez fue otra de aquellas cacereñas populares durante largo tiempo como directora del Grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Cáceres. Y, por tanto, otra manifiesta embajadora y divulgadora folklórica de las canciones y las danzas típicas de la provincia altoextremeña. Aquí os dejo mi artículo «PEPI SUAREZ, EMBAJADORA DEL FOLKLORE CACEREÑO» que hoy, 2 de abril de 2019, aparece publicado en  el periódico extremeño «Región  Digital».

La revista «Mundo Hispánico» publicaba en 1958 esta fotografía de Pepi Suárez con motivo del I Festival Folklórico Hispano-Americano celebrado en Cáceres ese mismo año.

Pepi Suárez fue otra de aquellas cacereñas populares al frente de los Coros y Danzas de la Sección Fememina de Cáceres. De señalada personalidad y pasión por el folklore cacereño, como pusiera de relieve con aquel extraordinario Grupo de Coros y Danzas, de finales de los años cincuenta, de los sesenta y de los setenta. Lo que distinguió siempre a dicha agrupación folklórica cacereña, a lo largo de todos sus años de existencia, y que se conformaba de un nutrido grupo de jóvenes, de diferentes generaciones, que dieron lo mejor de sí para ofrecer un completo repertorio en sus numerosas actuaciones en diversos certámenes y divulgando por todas partes el nombre de la ciudad de Cáceres.

 Y mientras tanto, claro es, tratando de conseguir, siempre, la mayor y mejor perfección en todos los ensayos y en todas y en cada una de las actuaciones: Los movimientos de los danzantes, el ritmo de los bailarines, el toque de las castañuelas, el más que exquisito cuidado de la indumentaria, el genio y la raza y la alegría en todas las interpretaciones…

Pepi Suárez se representa, pues, de este modo, como otro de los rostros populares en el Cáceres de Aquellos Tiempos. Siempre agradable, cordial, atenta y esmerada, volcada y perfeccionista con el folklore cacereño, se conforma, por tanto, como otro nombre de tipología popular en aquella pequeña capital de provincias, como embajadora y divulgadora folklórica de las canciones y danzas típicas de la Alta Extremadura.

Actuaciones con un repertorio de extraordinaria belleza compuesto con la presencia e interpretación de un largo puñado de danzas típicas recogidas por toda la provincia, con mucho trabajo y esfuerzo, y, siempre, con el mayor respeto a la pureza y a la autenticidad tradicional. Ahí están, como ejemplo, «El Pollu«, de Montehermoso, «La Jerteña«, «La Jota de Guadalupe«, «La Jota del Candil«, de Alcuéscar, «La Jota Cuadrada«, de Monroy, «El Redoble«, la jota dieciochesca típica cacereña, «La Carta«, de Piornal, «El Pindongo» de Montehermoso, «El Perantón«, de Zarza de Granadilla, «El Cerandeo«, de Cáceres, «El arbolito«, de Piornal, «La Guerra del Moru«, de Montehermoso, y otras que se fueron recogiendo, esfuerzo a esfuerzo, entre letras, acordes musicales, partituras, instrumentos y los diferentes movimientos que se ejecutan en la representación de las danzas típicas, recopiladas con esmero por parte de personajes relevantes en el panorama folklórico de la provincia de Cáceres.

 Como es el caso, por ejemplo, del placentino Manuel García Matos, autor de la «Antología del Folklore Musical de España«, catedrático de Folklore del Conservatorio de Música de Madrid, investigador y autor de numerosas publicaciones, como, «Lírica Popular de la Alta Extremadura«, así como la eminente folklorista cacereña Angelita Capdevielle, que también fuera directora de los Coros y Danzas de la Sección Femenina de Cáceres, y autora del libro «Cancionero de Cáceres y su provincia«.

Pepi Suárez bailando en Daniel. Imagen de Filmoteca Española. Años 60.

Una etapa en la que la agrupación folklórica cacereña, bajo la dirección de Pepi Suárez, siempre dinámica y muy activa, participó en numerosos Festivales, Certámenes y Concursos, como en Méjico, en Francia o en Portugal, entre otra serie de países, en diversas ciudades españolas, como Madrid, Zaragoza, Barcelona, en el Festival de Folklore de los Pirineos, en Jaca, en los Concursos de Folklore Español, que también actuó en Televisión Española en variadas ocasiones y programas, grabó un disco de larga duración en la Casa Hispavox…

… Y que en todas las ediciones de los Festivales Folklóricos Hispano-Americanos, Luso-Filipinos, que se celebraron en Cáceres, desde sus inicios, en el año 1958, con la colaboración del Instituto de Cultura Hispánica, se encargaba de poner el broche de oro con la actuación, en todas las ediciones, de un más que interminable «Redoble», coreado, en su estribillo, y con rítmicas palmas, por todos los cacereños que abarrotaban la Plaza de Toros, mientras la serpiente multicolor folklórica, con la participación de todos los bailarines de las diversas agrupaciones que se daban cita en todos los Festivales, bailaban ese alegre «Redoble», entre el escenario y el coso taurino mezclándose entre el público que también seguía esa espectacular caravana humana de danzantes al ritmo, siempre en nuestro corazón, de la jota más típica de Cáceres…

Un grupo, el de los Coros y Danzas de la Sección Femenina de Cáceres, que obtuvo un más que señalado eco en todas sus actuaciones, dejando constancia de la esencia, hondura, autenticidad y de la más profunda belleza que se ofrecen a través del siempre más rico y puro muestrario de las canciones y danzas cacereñas.

En aquellos tiempos formaban parte del Grupo, entre otros, cacereños como el periodista y locutor Gabriel Romero, el modisto y diseñador Leocadio Bernáldez, Adolfo Romero, conocido como Fito, director de la rondalla, entre los sones de bandurrias, laudes, guitarras, botellas, tamboriles, flautas, panderetas, y otros muchos en ese objetivo común que les unía a todos sus componentes como era el de cooperar a la divulgación, permanentemente, de las mejores esencias que forman parte de la identidad cacereña.

En este caso, a través de las más expresivas y auténticas manifestaciones festivas de nuestros pueblos como son aquellas que se exhiben y que se exponen a través de la representación de sus danzas y de las letras de sus canciones, que nacen en lo más hondo del alma de sus gentes, de sus hombres y de sus mujeres, y a través de un largo camino como el que se complementa en el recorrido existente en sus tradiciones, costumbres populares y sus esencias.

 Canciones y danzas de los pueblos esparcidos a lo largo y a lo ancho de toda la geografía de la provincia de Cáceres y en las que se pueden seguir escuchando, con verdadero deleite, letras de tanto sabor, en base a la más pura historia tradicional de los pueblos. Como vienen a ser, por ejemplo, esta serie de ellas que citamos a continuación

Ojos que te vieron ir

por el Caminito LLano,

cuando te verán volver

con la licencia en la mano.

O la que se canta:

El pueblo de Alcuéscar tiene

un orgullo bien fundado,

porque tiene de Patrona

a la Virgen del Rosario.

O la que dice:

Los ratonis de mi casa

han cogido la costumbri,

de bajarse por los yaris

a calentarse a la lumbri…

O esa otra que señala:

Cuando por tu puerta paso

y en la ventana no estás,

voy acortando los pasos

por ver si te asomarás…

O, tal vez, la que cuenta con esta letrilla:

¡Ay, que vengo, que vengo, que vengo,

ay, que vengo de la montanera,

de coger ricas bellotas,

más dulces que la canela…!

O, también, la que dice;

Tu cintura no es cintura,

tu cintura es contrabando,

yo soy el contrabandista,

que por tí vive penando…

Pepi Suárez recibiendo una distinción en un Certamen Folklórico en los años 60, junto al bailarín Luis Miguel Luengo Solís.

Y así, de este modo, toda una muy larga muestra y manifestación de canciones y de danzas, todas con expresivas letras, y nacidas en lo más hondo de la sensibilidad de los pueblos cacereños.

Pepi Suárez, vino a ser, pues, una cualificada embajadora folklórica, junto a tantos otros, preocupada siempre en conseguir la mayor y mejor coordinación del grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Cáceres,

Siempre amable y generosa, pero también exigente y luchadora, y que, durante su larga etapa al frente de la agrupación cacereña, obtuvo una continuada serie de logros y de éxitos. Algo que es de justicia dejar constancia por lo que representa su personalidad dentro del panorama folklórico cacereño.

Y si al principio de este capítulo señalábamos que en el Cáceres de Aquellos Tiempos había una larga serie de rostros populares, y entre ellos figiçuraba el de Pepi Suárez, es, tal vez, porque las páginas del libro de la Historia de Cáceres se iban diseñando y escribiendo poco a poco, día a día, entre todos los cacereños, en las diferentes modalidades, humanas, sociales, profesionales, recreativas, vecinales. tertulianas; otras, también, en las más variadas y diversas tipologías, recreativas, aficiones, y otras muchas más, en una encantadora, hechizante y mágica ciudad, y en la que, como se suele decir, tanto popular como coloquialmente, prácticamente nos conocíamos casi todos. O, puede, que, acaso, tal vez todos.

Gracias, pues, de todo corazón, querida Pepi Suárez, por tu amplia y generosa cooperación para sensibilizarnos a tantos y a tantos, de la hondura existentes en las raíces del árbol folklórico de la provincia de Cáceres, mientras aún recordamos, como es el caso del firmante de este blog, tu constancia en que perfeccionáramos, día a día, la ejecución de esos bailes, de esas jotas y de esas danzas de  nuestro folklore.

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GABRIEL ROMERO, UN ICONO DE LA COMUNICACION

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Gabriel Romero Ruiz (1930-1972) era, sencillamente, Cáceres. Periodista infatigable desde los micrófonos de Radio Cáceres, La Voz de Extremadura, trabajando mañana, tarde y noche, hasta donde le pedía su compromiso con Cáceres, que era, sencillamente, todo.

Gabriel Romero, periodista siempre y a todas horas, y «a destajo«, como solía comentar con extraordinaria pasión, escritor de madrugadas de inspiración, poeta agarrado a la esencia y al numen de la tierra parda, que declamaba con extraordinaria garra, siempre trasegando por las dinámicas, los perfiles y los recovecos de la información, que seguía todo Cáceres…
Gabriel, pues, Gabriel Romero, por tanto, se multiplicaba para estar en casi todas partes a la vez.Vital, cercano, humanista, uno de los grandes altavoces informativos de la provincia en el Cáceres de Aquellos Tiempos…
Y que disponía de la generosidad de llamarme compañero, cuando yo era un becario en Radio Popular y trazaba algunos relatos y algunas crónicas y algunos artículos en el periódico «Hoy«.
Entonces, me enorgullecía hasta sonrojarme, sobre todo cuando apuntaba mientras me daba un afectuoso golpe en la espalda; “¡Animo, Juan…!”.
Por aquel tiempo por Cáceres comentábamos “¡Lo ha dicho Gabriel Romero…!”, o «¡Lo ha dicho Polito…!», o «¡Lo ha dicho Fernando…!». (García Morales, claro es).
También dejó dos obras de teatro escritas con su hermano Enrique, “La corona de catorce estrellas” y “Las brujas”.
Fue miembro de la Masa Coral Cacereña, formó parte de aquel quinteto de música polìfónica denominado “Los Trovadores”, bailó las jotas cacereñas con los Coros y Danzas de la Sección Femenina, y siendo, a la vez, solista de dicho grupo.
En 1957 las cámaras de NODO procedieron a grabar un puñado de estampas de Cáceres, de donde están captados estos fotogramas, con la imagen, tal como se puede apreciar, de nuestro siempre querido y admirado Gabriel Romero danzando «La Jota Cuadrada«, de Monroy.
Aquel esforzado gigante y comunicador cacereño, santo y seña de la información, junto a otros grandes periodistas, que nos llevaba de la mano, por su interés, a tantos y tantos seguidores, y que un día, mirando a las campas de Extremadura, compuso estos versos al hilo de sus gotas de amor, de pasión y de identidad con los parajes y los paisajes de la tierra: que escribiera:
Quiero llenar mi corazón de tierra,
de tierra de secano, sin malicia,
quiero llenar la boca y la palabra,
de tórtolas, de surcos, de encinas.

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EL ALCALDE Y LOS FESTIVALES FOLKLORICOS HISPANOAMERICANOS (1961)

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En el año 1961 se celebraba en Cáceres el IV FESTIVAL FOLKLORICO HISPANOAMERICANO-LUSO-FILIPINO, que, como siempre, en todas sus ediciones, gozó de una extraordinaria aceptación popular, con toda la ciudad volcada en los mismos.

Unos Festivales de una más que extraordinaria sensibilidad e identidad folklórica al son de bandurrias, guitarras, arpas, maracas, acordeones, gaitas, flautas, tamboriles, panderetas, chistus, trompetas, maracas y toda una larga serie de instrumentos musicales entre jotas, merengues, fandangos, corridinhos, tangos, muñeiras, jarabes tapatíos, tamboritos y, asimismo, toda una inmensa muestra de danzas, conformadas de una extraordinaria belleza, en el marco de la identidad de las tradiciones y de los pueblos participantes en un Certamen que caló, muy hondamente, y de qué manera, en el alma y en los sentimientos de todo el pueblo cacereño.

Un pueblo, que desde la primera edición de los Festivales Folklóricos, que tuvo lugar en el año 1958, muchos, aún, recordamos la preciosa estampa de los Indios Voladores, de México, en el incomparable marco de la Plaza Mayor.

La ciudad de Cáceres adquirió, desde aquel entonces, un poco ya lejano en el tiempo, el rango y la denominación de Plaza Mayor de la Hispanidad. Tantos años después, aún retumban en el escenario y en la sensibilidad de todos los cacereños, los ecos de aquellos Festivales que marcaron, de una forma extraordinariamente intensa, el ritmo de la ciudad durante largos años…

… Unos Festivales de un marcado colorido, en el transcurso de una alegre Fiesta con la participación a todas horas de miles de cacereños que admiraban, se entusiasmaban y aplaudían las danzas folklóricas del mundo hispanoamericano, luso y filipino, en el muestrario de su gran diversidad, con cita en cualquier escenario de la ciudad de Cáceres –la Plaza Mayor, los rincones de Ciudad Histórico-Monumental, el escenario de la Plaza de Toros, donde se celebraba el magno certamen–.

Y que, siempre, finalizaban con aquel impresionante y emocionante «Redoble«, la jota más típica y popular del folklore cacereño, convertida en el himno de los Festivales Folklóricos, con la participación de todos los espectadores, mientras los mismos acompasaban con sus palmas y cantaban el estribillo a voz en coro:

Redoble, redoble, vuelve a redoblar,

con ese redoble, me vas a matar.

Me vas a matar, me voy a morir,

con ese redoble, vuelvo a repetir.

Y así, incansablemente, mientras el grupo de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Cáceres, con Pepi Suárez a la cabeza como directora, y Fito Romero, como director de la rondalla, iba trenzando por el coso taurino una mágica serpiente multicolor en la que tomaban parte prácticamente la totalidad de los danzantes y participantes en el Festival Folklórico celebrado, siempre, bajo el denominador común de la hermandad. Algo que quedó patente y grabado desde la celebración de la primera edición.

Hasta que, lamentablemente, un día cualquiera el viento de lo desconocido, ay, se llevó el Certamen por los penosos senderos del silencio al baúl de los recuerdos. Un tiempo de hechizo que hoy tantos y tantos recuerdan y añoran porque los Festivales Folklóricos Hispano-Americanos-Luso-Filipinos habían alcanzado una extraordinaria acogida en el seno y en el marco de la ciudad y en todos los cacereñosç, que, también, desde siempre, se distinguen por su hospitalidad.

En la fotografía, correspondiente al año 1961, podemos apreciar a don Casto Gómez Clemente, entonces alcalde de Cáceres, bailando con una joven ataviada con el traje típico de Monterhermoso durante la clausura del Festival Folklórico.

NOTA; Mi más profundo agradecimiento a Carmen Espárrago por la aportación de tan histórico, curioso y señalado documento fotográfico.

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