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Archive For The “Personajes” Category

DON VALERIANO, UN EDUCADOR

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Don Valeriano, fue, de siempre, un educador, generoso educador. Un aspecto importante y a destacar dentro de la panorámica familiar en la crianza de la saga que conformamos sus hijos. Apasionado por la esencia y raíz de la cultura, enamorado apasionadamente de Cáceres, buena gente, compañero, buena gente…

… Por la mañana, antes de que el alipende cogiera apresuradamente los bártulos y se encaminara al colegio de don Juan Checa Campos, en la calle General Margallo, toda una institución escolar, don Valeriano te hacía repasar los deberes… Y, aunque desayunaba los churros con el café con ese sosiego moral propio de su bonhomía, permanecía atento a las explicaciones y respuestas del escolar, que, por lo general, no las tenía todas consigo.

El almuerzo lo aprovechaba para fomentar esa vieja, noble y sana tradición que conforma la cultura del diálogo y la tertulia familiar, que en los tiempos que corren, anda más bien como desaparecida y evanescente. Acaso por el cambio de los tiempos, de época. Salvo error, que todo es posible, en la apreciación del escritor.

Todos los miembros de la familia sentados alrededor de la redonda mesa camilla y compartiendo mantel, comida y conversación. Don Valeriano impartía, en orden y con moral, generosas y humanas y humanísticas lecciones de vida, se interesaba por la marcha de la saga, por sus conocimientos de y sobre Cáceres, por su aplicación en los estudios, y trataba de seguir con la mayor atención los pasos formativos de la compañía que conformábamos sus hijos. Siete, aunque rápidamente, con el fallecimiento de Valín, el pequeño, víctima de una cruel enfermedad, nos quedamos en seis y huérfanos de la cariñosa compañía del benjamín, que llevaba los nombres de Valeriano José Rodrigo.

Ya por el atardecer, cuando sus ocupaciones se lo permitían, cogía a la saga y nos dictaba párrafos del terrible Miranda Podadera. Un libro que venía a suponer como una provocación para las faltas de ortografía, nos hacía leer en alto alguna página de cualquier libro que echara a mano de aquella amplia y espaciosa biblioteca. Lo mismo daba que fuera «Extremadura, la tierra en que nacían los dioses» como «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha«, «La familia de Pascual Duarte«, «Marcelino, pan y vino«, «La tía Tula» o vete a saber si no descolgaba «Los episodios nacionales«, mientras permanecía pendiente de nuestra pronunciación: «Esa ese del plural, Juanito«, o «esa vocalización, hay que vocalizar con claridad, que se entienda bien lo que lees y expresas«, o «cuida de entonación«, o «ese énfasis«, o «esa coma o ese punto, que denota la claridad expositiva de la frase, porque las comas y los puntos tienen su importancia en la lectura, obviamente«.

Igual que nos impregnaba con las páginas de su cacereñismo, que aquí, entre nosotros, más allá de la pasión de hijo, es de reconocer que, con las páginas de su trayectoria y de su biografía, mereciera la calificación de «cum laude«.

Como consecuencia, ya en este terreno del cacereñismo, que conocía con una esmerada dedicación de muchos años, nos hablaba de una figura insigne como la de don Miguel Muñoz de San Pedro, de la labor de la revista «Alcántara«, del sabor de las tertulias ciudadanas y callejeras, interesadas en la marcha y en la actualidad de la vida capitalina, del abanico de esencias que ofrece la pequeña capital de provincia, de Fernando Bravo Bravo, de Victor Gerardo García del Camino, de José Canal Macías, de notables e ilustres estudiosos y divulgadores de la historia de Norba Caesarina, de ayer y de hoy, de Antonio Floriano Cumbreño, de personajes populares de las cercanías ciudadanas, de profesores, comerciantes, empresarios, catedráticos, investigadores, del sabor y el costumbrismo histórico de las fiestas locales, como las de San Blas, las ferias de mayo y septiembre, la bajada anual de la Virgen de la Montaña, las biografías de los nombres que ilustraban los rótulos de las calles cacereñas, «porque eso es algo fundamental y que debéis de conocer«, porque lo mismo te espetaba en cualquier ocasión:

— ¿Y qué sabe el amigo, por ejemplo, de la insigne figura de don Diego María Crehuet?

El pequeño, entonces, se arrebujaba, pensando que ya le podía haber preguntado su progenitor por la calle Pintores, que entre comercios y la propia palabra pintores facilitaba siquiera fuera una mínima salida… Ante la cara de duda del estudiante, don Valeriano cambiaba el protagonista de la calle y exponía con una voz nítida:

— ¿Y de Gil Cordero, qué nos dice el amigo?

El amigo, como soltaba con su peculiar pero bonachona ironía, enrojecía de vergüenza por su ignorancia y desconocimiento de dato alguno sobre «la insigne figura de Diego María Crehuet«, y de Gil Cordero, y esperaba la correspondiente explicación, a fin de memorizarla en la medida de lo posible porque, a buen seguro, que tal o tales figuras habrían de ser repasadas por la tarde en el empeño paterno para ilustrarnos sobre la importancia de los rótulos del callejero como de tantas cuestiones alusivas en la nomenclatura de Cáceres.

Don Valeriano, asimismo, nos insistía en la necesidad de frecuentar por la Biblioteca Municipal, del aprendizaje por los parajes y los pasajes de la Ciudad, Vieja o Antigua, como se denominaba en Aquellos Tiempos a la hoy Ciudad Monumental, Patrimonio de la Humanidad, insistiendo, como se lograría, que tendría que rehabilitarse a costa de los esfuerzos que fueran necesarios, y de la amplitud de los valores culturales y humanos y urbanos que se condensaban en Cáceres… Hacía un alto. Y tan solo unos segundos después de un silencio añadía:

— ¡Que son muchos, hijo…!

Luego, quizás, acaso, tal vez, echaba una ojeada bondadosa, como la propia expresión que emanaba de su cara, por el horizonte del despacho: Los paisajes y casas de Victoriano Martínez Terrón, cuajados de figurativismo y de color, con tejas retorcidas, con calles así como tortuosas, con esplendor de campo, los retratos de Solís Avila, que en unos minutos te copiaba la expresión y los rasgos, la caricatura amiga de Lucas Burgos Capdevielle, la prensa del día, la de Cáceres, Madrid y Barcelona, el desfile de fotografías, con la belleza genuina del rostro de mi madre, con el documento de la familia entera, con las revistas nacionales y provinciales, «La Estafeta Literaria«, «Revista de Occidente«, «Ejército», «Monasterio de Guadalupe«, con los montones de cuartillas y folios en papel cebolla con sus apuntes, con sus artículos, con sus trabajos por el Cáceres de Aquellos Tiempos, con sus colaboraciones, con sus crónicas, con sus conferencias, con sus pregones, con sus recortes, con la instantánea de don Valeriano en su despacho munícipe como un servicio abierto de modo permanente en lo que ya entonces conocía, de forma servicial, como de atención al ciudadano, que le solicitaban los vecinos sobre los más variados y diversos temas… Pero que él, como servidor público, no podía por menos que atender. Dejando constancia expresa, que conste, de que hasta que no lograba solventar las demandas conciudadanas no dejaba el tema.

Así, al menos, lo denotaba y confesaba su pequeño cuadernillo de cuadrículas, siempre en el bolsillo de la americana, donde apuntaba, con perfecta y culta caligrafía todas las exposiciones, sugerencias, peticiones y solicitudes del paisanaje que se encontraba en el camino de sus rutas y tránsitos por la ciudad. Todo un largo listado de los que iba dando cumplida cuenta a sus demandantes.

Posteriormente, con la mirada tintada por esos brochazos permanentes de ilustración formativa, y mirada serena, aconsejaba:

— Sería conveniente que nunca olvidaras los consejos de tu padre… Que cuanto te dice no es más que por tu bien.

Nos hablaba y formaba con temas de educación, de deberes y obligaciones, de corrección, de modales, de cumplimientos, de esfuerzos, de aplicación en el estudio «para ser hombres de provecho«… Le preocupaba, sobremanera, la hondura y la sensibilidad del panorama de la cultura, como base en los pasos y en los andares por los caminos y caminares en la vida de cada uno de sus vástagos.

Don Valeriano (Gutiérrez Macías, claro es), se representaba, por tanto, como un culto perfeccionista. Porque, como solía aplicarnos, «siempre se puede mejorar todo«.

Una de las aficiones persistentes de don Valeriano, en el ámbito cultural, radicaba en la caligrafía. Lo que trataba de inculcarnos a la prole con ese sentido educativo que le distinguía.

Leer, estudiar, observar, aprender, escribir, consultar el diccionario, la prensa, los libros, utilizar a base de bien los numerosos ejemplares que conformaban la Biblioteca y en la que no paraban de entrar volúmenes…

Como buen amante de la caligrafía la practicaba con frecuencia: Aquí os dejo la dedicatoria de su libro «RETABLO POPULAR DE LA TIERRA PARDA» a la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad de Extremadura.

Ya, llegado por fin el tiempo libre del día, probablemente por una más que caritativa señal de mi madre, tras entreabrir la puerta, el chicuelo salía despendolado y a todo meter a la calle donde le esperaba inquieta la pandilla para echarse un impresionante fío, en los que nos partíamos el pecho como jabatos, que, a fin de cuentas, representaba lo más importante en el argumento de la sesión cinematográfica personal del transcurrir temporal del muchachuelo, tratando de emular a los Tate, Mandés o Palma, aquellos ídolos del Club Deportivo Cacereño de nuestros amores y pasiones.

Un fío, con las porterías dibujadas por trazos de tiza en los bordillos de las aceras, o con las alcantarillas, y que solía durar hasta que nos llamaran para la cena o si asomaba un guindilla que, si nos pillaba desprevenidos, cosa extraña, porque siempre nos tenían ojo avizor, nos espabilaba la pelota…

Gracias, pues, querido papá, de todo corazón, ahora que me he permitido el lujo de pasear de tu mano por el recorrido que cada día queda, lamentablemente, un poco más atrás. Y también, por supuesto, a la vez,  porque cada día, afortunadamente, queda, asimismo, un poco más cerca.

Y hoy, como añadido, con mayor gratitud que nunca. Y también, gracias, muchas, a ti, mi querida mamá, siempre con ese gesto,  extraordinariamente cariñoso, que nos libró de alguna pequeña regañina y por aquellos gestos que nos permitían desarrollar aquellas otras inquietudes callejeras, que, sin aportarnos ningún futuro, nos daban alas de aquella, nuestra propia e ingenua libertad, que no pasaba de eludir un poco los estudios, de atrapar unos pajarillos, de mirar a las pequeñas vecinas o de jugar a burro nuevo, al rescate, al salto del estudiante, a mosca burrera, o de echarnos algún cigarrillo de anís entre las primeras toses…

Luego el transcurso del tiempo, sin darnos cuenta, iba dando uno y otro y otro paso que, todos unidos, conformaban, paulatinamente, sin prisa pero sin pausa, como solían decirnos nuestros mayores, un espectacular salto de época. Tal como hoy, si hay suerte y lugar, podemos transmitir a quienes nos siguen… Otra cosa bien distinta resulta la de convencerles de que eso es así… Que en asuntos de razones, los mayores, de siempre, suelen llevarla, pero que, en los momentos puntuales de los debates, les son rebatidas por aquello de las inmensas distancias en los territorios generacionales.

(A la memoria de don Valeriano y doña Dorita, que gloria hayan, que tanto nos dieron y entregaron tan generosa, tan esforzadamente).

NOTA: La caricatura apareció publicada en la revista «Alcántara«, de allá por los años cincuenta de la pasada centuria.

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GENERAL MARGALLO, UN HEROE

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La Guerra del Riff, también conocida como de Africa, y de Margallo, se conforma como un episodio de significativo relieve en la historia de España. Por cuanto había en juego, y el pulso entre los bereberes sublevados, saltándose el Tratado de Wad-Ras, contra las fuerzas españolas. El General cacereño Juan García Margallo, Comandante General de Melilla, fue un héroe.

 

En opinión del articulista, leyendo las páginas de la historia, defensa, coraje y lucha de Juan García Margallo, tal como figura en las hemerotecas de la prensa española de aquellos tiempos, la historia le debe un lugar de mayor relevancia que el que hoy ocupa. Un militar cacereño al que dedico una parte de mis trabajos, que figuran publicados en «CACERES, EL BLOG DE JUAN DE LA CRUZ», tal como en la relación al final de este trabajo.

Mis estudios e investigaciones por la figura del General Margallo arrancan desde lejos. Cuando situado en el escenario de aquellos, mis paisajes niños, acudía a la escuela del maestro don Juan Checa Campos, también instalada en la misma calle. Lo explico. Nací, pues, en la calle cacereña en cuyo rótulo se podía leer General Margallo, y anteriormente se denominaba calle Moros.

Un día cualquiera de aquella niñez escolar, allá por los principios de los años sesenta, mi padre, escritor, estudioso, investigador del cacereñismo en su más amplia acepción, como se traza en su biografía y en su trayectoria, me situó ante el nombre de la calle y con actitud pedagógica procedió a explicarme el recorrido e importancia del esforzado y valiente general cacereño que se dejó la vida defendiendo a España, a su bandera, a la guarnición española de Melilla.

Tomé conciencia, entonces, de la capacidad de su figura así como de la sorprendente aventura que me relató mi progenitor con un puñado de soldados españoles rodeados y sitiados por más de treinta mil bereberes armados, por cierto, hasta los dientes… Y con fusiles Remingtons…

Entonces fui estudiando y conociendo, paulatinamente, la trayectoria del militar, nacido en la localidad cacereña de Montánchez. Y que se encuentra, injusta, lamentablemente, demasiado olvidado, sin embargo, en las páginas del libro de la Historia Militar de España. Cuando su comportamiento y su actitud fue la de un verdadero héroe.

Precisamente uno de los objetivos de este recorrido y divulgación, paulatina, de la figura de Juan García-Margallo es de la intentar incrustarle en el lugar que, en justicia, le corresponde, dentro de la historia de España y de la historia militar., También, claro es, de Cáceres y Extremadura.

Con una trayectoria impecable y de un relieve excepcional, entregado ardorosamente a la defensa del territorio español, Juan García Margallo, desasistido por el ministro de la Guerra en unos momentos cruciales, fue traicionado, de forma indigna por el entonces ministro de la Guerra, José López Domínguez. Un ministro de una más que punible conducta y severamente cuestionado por el pueblo español y la práctica totalidad de los periódicos y semanarios.

Una traición que se completó con el cese del general Margallo como Gobernador Militar de la plaza de Melilla, en plena Guerra del Riff, sin comunicación ni aviso previo, y de la que el general tan solo se enteró por la prensa. Y una muerte, la del general Margallo, como la de tantos soldados españoles de aquella guerra, que pesarían sobre su conciencia.

Una situación tan compleja ante la que el soldado cacereño respondió con la entrega más valiente y ardorosa, a caballo entre el coraje de su dignidad y de su moral, por un lado, y la defensa de la bandera y el nombre de España, al otro. Al medio, su compromiso con su patria.

La guerra, con una extrema tensión, se agravó de extrema severidad para las tropas españolas, por la impresionante superioridad de los bereberes, procedentes de las cabilas marroquíes. De tal forma que, tan solo veinticinco días después de comenzados los enfrentamientos bélicos, en la mañana del 28 de octubre de 1893, el general cacereño dejó atrás el Fuerte de Cabrerizas Altas, completamente sitiado por los moros, donde se encontraban sus soldados, sus ayudantes, su esposa, sus ocho hijos, y en tan solo unos instantes, cayó abatido al suelo por las balas bereberes..

La historia militar española nunca valoró su gesto de honor, como es debido, y que se define, sencillamente, por el coraje, el valor, el orgullo y la fuerza que sentía correr  por sus venas, por su carácter militar, por la patria española. Un general, Juan García Margallo, que se merece bastante más que el nombre de una calle en Montánchez, en Cáceres, en Madrid, en Melilla, y en algún otro municipio español.

Aquí os dejo cuatro documentos: Un retrato muy poco conocido del general cacereño, el documento acreditativo de su nombramiento como Gobernador Militar de la plaza de Melilla, firmado por la Reina María Cristina, el fuerte de Cabrerizas Altas, ante el que encontró la muerte delante de sus soldados, en primera línea de fuego, y la información aparecida en la prensa nacional dando cuenta de su incorporación al rótulo del callejero cacereño, pocos días después de su fallecimiento.

MAS INFORMACION:

01: http://juandelacruzgutierrez.es/general-margallo

02: http://juandelacruzgutierrez.es/el-general-margallo-extremeno-y-heroe

03: http://juandelacruzgutierrez.es/noche-de-soledad-en-mi-calle-margallo-tambien-moros

04: http://juandelacruzgutierrez.es/el-general-margallo-extremeno-y-heroe

 

3Licencia de Creative Commons
GENERAL MARGALLO, UN HEROE by JUAN DE LA CRUZ FUTIERREZ GOMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

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MENCIA DE LOS NIDOS

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Mencía de los Nidos, una valerosa mujer cacereña, durante la conquista de Chile, que aún no cuenta con calle en Cáceres, aunque sí en las ciudades de Concepción y de Santiado de Chile, país en el que nuestra paisana es considerada con el rango de heroína nacional. Mi artículo de hoy, que aparece publicado en el periódico regional extremeño «Hoy».

Si el lector busca la calle Mencía de los Nidos, heroína cacereña, lamentablemente no la encontrará. Pero sí hallará la misma en las ciudades de Santiago de Chile y de Concepción.

Mencía de los Nidos Alvarez de Copete, hija del propietario de unas casas en la calle Tiendas, se enroló en 1544 en una expedición a las Indias, siguiendo a su hermano Gonzalo, uno de los conquistadores de Perú, regidor de Cuzco, que sería macabramente ajusticiado. Mencía de los Nidos, entonces, emprende la ruta hacia La Concepción de María Purísima del Nuevo Extremo, Chile, fundada por Pedro de Valdivia.

Tras la derrota de Valdivia ante los araucanos en el desastre de Tucapel, donde dieron muerte y cortaron la cabeza al conquistador, fue nombrado Gobernador Francisco de Villagra, cuyas fuerzas fueron estrepitosamente vencidas por los mapuches en la batalla de Marihueñu. De tal forma que el Gobernador español, ante un cercano ataque de los indígenas, pidió a la población de Concepción la huida a Santiago de Chile, Pero le hizo frente una valerosa Mencía de los Nidos, que, con una espada y un escudo, arenga a la población a defender la ciudad y su hacienda, culpa de aquellas desgracias al Gobernador, ensalza el esfuerzo de los conquistadores y recuerda a los soldados y hombres su honor y obligación guerrera.

Incluso señala que ella será la primera en “arrojarse a los hierros enemigos”. Pero todos los pobladores optaron por abandonar la ciudad. Concepción acabó arrasada y saqueada por los araucanos.

Una rebelión de la heroína cacereña, referenciada en la obra «La Araucana«, de Alonso de Ercilla, inmortalizando su gesto, calificándola como noble, valerosa y osada.

En su día el historiador y entonces concejal Francisco Acedo, reivindicó una calle con el nombre de Mencía de los Nidos. Pero el grupo político del que formaba parte no lo consideró oportuno.

Bueno resultaría ahora que Cáceres reconociera la gesta de Mencía de los Nidos incorporando su nombre al callejero de la ciudad.

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ANTONIO MORALEDA, PRIMER PRESIDENTE DEL COLEGIO VETERINARIO CACEREÑO

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De las páginas del Cáceres de Aquellos Tiempos nacen sagas familiares que se abren por el abanico de la ciudad. Como resulta el caso, por ejemplo, de la saga Moraleda. Estampas de la historia que dinamizan el hilo del paisaje humano cacereño a través de los años. Hoy rescatamos, para ese edificio social e histórico de Cáceres, la figura de Antonio Moraleda Burillo, primer presidente del Colegio Oficial de Veterinarios de la provincia.

Antonio Moraleda Burillo (Toledo, 1875- Cáceres, 1933) llegó a Cáceres por la vía profesional de la veterinaria y poniendo en marcha, por esos azares de la vida, una nueva saga en el paisaje cacereño.

Tras sus estudios de bachiller Antonio Moraleda Burillo, estudió Veterinaria en la Facultad de la Universidad de Madrid, ciudad donde conoció a Rosario Roa Pérez, también madrileña, que posteriormente sería su esposa.

Una vez obtenido el título de Veterinario Antonio Moraleda Burillo desempeñó sus primeros oficios en Madrid, más tarde, en la localidad toledana de Nombela y en Cartagena para llegar Cáceres, donde el matrimonio se integró plenamente hasta el extremo que decidieron quedarse a vivir en la capital cacereña, ubicándose a lo largo de muchos años en el número 19 de la calle Margallo.

En el transcurso de sus pasos llegó a ser Inspector Provincial de Higiene y Sanidad Pecuaria, y, también, primer Presidente del Colegio Oficial de Veterinarios de Cáceres, desde el año 1922 hasta finales de los treinta. Un Colegio que se constituyó formalmente en la Diputación Provincial y cuya primera sede estuvo situada, precisamente, en su domicilio particular. Posteriormente, en los años cuarenta, el Colegio se traslada a la sede de la Avenida de La Montaña.

Todo un tiempo en el que trabajó, de modo afanoso, muy intensamente, por erradicar el intrusismo en la profesión. Más, en una provincia eminentemente ganadera, y, más aún, con la amplitud de la geografía provincial, y la paulatina incorporación de licenciados en la carrera veterinaria… Lo que le llevó a volcarse en sus tareas logrando un manifiesto apoyo del Colegio.

Antonio Moraleda desarrollaba una vida de la mayor integración en la pequeña capital de provincia, con unos treinta mil habitantes, entre la mezcolanza social y humana, donde convergen las tertulias, las curiosidades, las particularidades, las inquietudes de esa vecindad tan cercana y conocida en diversos estamentos.

Una personalidad, la de nuestro protagonista, de identidad republicana, talante moderado y tolerante, carácter afable, y amistades en los diversos campos y ámbitos sociales…

Durante el período en el que desempeñó la presidencia del Colegio Oficial de Veterinarios de Cáceres también ejercía como director de la revista “Cáceres Pecuario. Boletín de la Asociación Provincial de Veterinarios”. Publicación con como domicilio oficial, asimismo, la casa de Antonio Moraleda, hasta el año 1935.

Su tarjeta de identidad como Inspector Provincial de Higiene y Sanidad Pecuaria está fechada el 8 de septiembre de 1930 y visada por el Gobernador Civil de Cáceres, a la sazón Tomás Sandalio Carbonell y Arce.

Del matrimonio de Antonio Moraleda Burillo y Rosario Roa Pérez, nacieron seis hijos: Manuel, auxiliar administrativo del Instituto Provincial de Higiene de Cáceres, miembro de UGT y de la Agrupación Socialista de Cáceres, que también militó en las filas del Club Deportivo Cacereño, y que se encaminó a vivir en Madrid; María, Faustino, funcionario en el INP, casado con María Domínguez, que, posteriormente, se trasladaría a Huelva, Tomasa, auxiliar administrativo en el Colegio de Veterinarios, Josefa y Concepción, que también decidió enfocar su vida por los Madriles.

 Antonio Moraleda había creado la saga cacereña de los Moraleda y en el Cáceres de Aquellos Tiempos debiera de ser un personaje de ese serpenteo que corretea por las calles y plazuelas cacereñas, hasta el punto, curioso, que en la esquela de su defunción, 3 de febrero de 1933, figura, en primer lugar, el Excelentísimo Gobernador Civil, Angel Vera Coronel, de Izquierda Republicana, a continuación el Colegio Oficial de Veterinarios, y, seguidamente, su esposa, hijos, hijos políticos, madre política…

En esas raíces familiares llegamos al matrimonio de Juan José Pérez Regodón, secretario de Juzgado en Salvatierra de Santiago, que atendía las tierras familiares, con Josefa Moraleda, maestra en dicho pueblo, del que nacen cuatro hijos: Juan Antonio y José Luis, que estudiaron en el colegio «San Antonio” formándose en carreras técnicas, Manuel Fernando, bachiller en el Instituto «El Brocense» y Rosario, alumna en el Sagrado Corazón, maestra, y Promotora de Imagen de la Diputación Cacereña.

Rosario Pérez Moraleda, catovi de pura raza, matrimonió con Juan Carlos Bravo García, otro catovi, que fuera Jefe de la Unidad de Festejos del Ayuntamiento, desde hace unos años Presidente del Orfeón de Cáceres, autor del Libro “El Orfeón de Cáceres” y que puso en marcha la Asociación “Federación de Corales de Ciudades Patrimonio de la Humanidad”.

 Una saga cacereña, la Moraleda, que aporta ese sentimiento y recorrido por el paisaje de la ciudad de siempre: La de ayer, la de hoy, la de mañana…

…  Y siempre, claro, en el escenario de todas las historias humanas de tantos tiempos, de tantas épocas, Cáceres.

NOTA: El presente trabajo ha sido posible gracias a la colaboración de Rosario Pérez Moraleda y de Juan Carlos Bravo García, que, un día, hará unos tres años, me remitieron las fotografías de Antonio Moraleda Burillo, de dos de sus hijas, de su nieta, y, por otra parte, de Juan Carlos, porque todos ellos vivieron en la calle General Margallo.

De este modo todos ellos, como residentes en la misma calle, en la que naciera y viviera largo tiempo el autor de este blog, quedaron incorporados a mi recorrido vecinal titulado «NOCHE DE SOLEDAD EN MI CALLE MARGALLO… TAMBIEN MOROS«. Un recorrido de la larga calle Margallo, que sigue siendo posible con la colaboración de tantos vecinos a lo largo de los tiempos, de la misma. Y que, como siempre, continúa con las puertas abiertas de par en par a todos.

Hace unos meses manifesté a mi querido amigo Juan Carlos Bravo la curiosidad alrededor de la personalidad de Antonio Moraleda Burillo, la particularidad de haber sido el primer presidente del Colegio Oficial de Veterinarios de Cáceres y de las fotografías que me remitió, como las que quedan insertadas en este trabajo. Como le manifesté que podríamos intentar algún recorrido por los pasos del mismo y por la saga Moraleda.

Atrás queda, pues, el recorrido de la saga cacereña Moraleda, cuyos pilares puso Antonio Moraleda Burillo.

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PABLO ROMERO MONTESINO-ESPARTERO, IN MEMORIAM

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Pablo Romero Montesino-Espartero se despidió de nosotros el pasado domingo…. Solo se que, al ver el mensaje de mi querido Juan José, su hermano, se me cayeron las lágrimas entre jirones. Este obituario bien podría titularse «Llanto por un amigo cacereño…». Su imagen y personalidad se cuajan de tantos segmentos que, mientras escribo, abro a la eternidad el abanico de una saga de intelectuales cacereños de raza: Romero Montesino-Espartero…

Cacereño, intelectual, marino… Extremeño, recio, humanista… De extraordinaria vitalidad.

Cuajado de virtudes desde el ámbito moral… Se no ha ido Pablo Romero Montesino-Espartero, (Cáceres, 1936-2019). Un cacereño de Aquellos Tiempos que, desde nuestra ciudad eterna, dio un salto inmenso a la vida de la mar.

De padres con honda identidad y compromiso cultural, Pedro Romero Mendoza, director del periódico “El Noticiero”, la revista «Alcántara«, cofundador de “La Sociedad Literaria” y el Ateneo, y Eladia Montesino-Espartero Averly, poetisa, autora de cuentos, primera española que voló en un avión, jugadora de tenis, bisnieta del general Espartero, (que fuera Presidente del Consejo de Ministros y Regente), sesenta y cuatro años en Cáceres, invadidos de esa tenacidad de nuevos horizontes, Pablo acariciaba las olas de la distancia con pasión cercana…

Acaso tamizando la brisa de la mar por los atardeceres cacereños…

Estudiaba los parajes y los paisajes de la lejanía en su tiempo cacereño, como todo lo conocía sobre su tatarabuelo junto a su contacto con historiadores de la figura de su antepasado, le faltaba tiempo para compendiar tanta densidad en su carrera del ciclo vital…

En el despacho de uno de los barcos que comandaba.

En el despacho de uno de los barcos que comandaba.

Hace escasos años, desde Badajoz, rodeado de su familia, amigos, del oleaje de sus recuerdos, como deja en su obra «Cartas de la Mar«, me trasladaba su pasión cacereña… Siquiera fuera de forma ensoñadora. Poeta espiritual de la vida…

Un día, en el correr del año 1965, su madre insertó en la revista «Alcántara«, un poema, titulado “Marino”, dedicado a Pablo. Entresaco:

Tú también, hijo mío, lo mismo que tu hermano,

sentiste la imperiosa llamada de los mares,

y aunque eres casi un niño, cruzaste el gran Océano,

llevando así en los labios el sabor de tus lares.

Como no paraba en investigar la semblanza de José Solano Bote, marino, cacereño de Zorita, que llegara a Capitán General de la Armada, retomando los estudios de Valeriano Gutiérrez Macías, gran amigo siempre de Pedro Romero y Eladia Montesino-Espartero, al respecto, mientras me agarro a aquellos chats, de Mensseger, que impulsaba con extraordinaria generosidad, en los que acariciaba a Cáceres con la palabra. Tanto humana como profunda, adobada de unas inmensas sensibilidades que latían por esos silencios de estas tecnologías. Que, entre sus virtudes, tienen que algunos nos podamos comunicar con la reverberación de Aquel Cáceres de los sesenta, de los setenta, que campan en aquellas soledades de nuestras andanzas niñas…

La emoción me palpa y me tiembla al recortar este mensaje de Pablo Romero Montesino-Espartero.

La emoción me palpa y me tiembla el pulso entre desgarros, en el silencio sobrecogido de esta tarde de duelo, al recortar este mensaje de Pablo Romero Montesino-Espartero.

Asimismo, Pablo, mi querido Pablo, también asomaba con una brillantez excepcional por las páginas del periódico “Hoy”, como por ejemplo, su ensayo “Oración por un cacereño”… Una obra de arte entre surcos de pasión por los lomos cacereños desde su residencia en Badajoz…

Al despedirte con este telegrama de urgencia, la esperanza de que la memoria revitalice la obra cacereña de Pedro Romero Mendoza, más allá de figurar en un rótulo callejero.

Siquiera sea, solo por justicia, con la historia y sus personajes, con la saga de su estirpe legendaria que caminan

tantas veces entre sombras,

tantas veces entre glorias,

en, por y entre los latidos de los silencios, solo acompañados y acompasados con el tañido de las campanas de la Monumental Ciudad, ay, entre el florecer de las campas de la tierra inmensa, entre los brazos de la madre cacereña… ¡Santa María, Santiago, San Mateo, San Francisco Javier, San Pablo…

Tecleo de forma desordenada… Me lleva, claro, el imán de las páginas de Cáceres., ahora que escribes desde el mirador de la eternidad. Siento un latido fuerte en mis adentros…

… Es la hora de los adioses…

Un abrazo gigantesco, querido Pablo…

P. D. Baldomero Espartero Alvarez del Toro fue Príncipe de Vergara, Duque de la Victoria, Duque de Morella, Conde de Luchana y Vizconde de Banderas.

 

 

 

 

 

 

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FRADE, ENTRE EL CORAJE, EL VERTIGO Y LA LUCHA

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Por las páginas de la historia del Cáceres de Aquellos Tiempos, como suele denominar el articulista, existen personajes de una manifiesta dimensión –muchas veces olvidados–, injustamente, y que han hecho de la vida un ritmo de coraje, de lucha, de pasión… José Antonio Frade Martín (San Martín de Trevejo, 1946), es un cacereño que arrastró en su tiempo una vida vertiginosa y, siempre, al azar, con una excepcional personalidad y constancia.

 

José Antonio Frade recibiendo el Premio al Mejor Club Deportivo de la Provincia, de manos del Gobernador Civil de Cáceres.

José Antonio Frade recibiendo el Premio al Mejor Club Deportivo de la Provincia, de manos del Gobernador Civil de Cáceres.

Hijo de Elvira, de origen portugués, y de Marco, que atendía una taberna en la localidad gateña y cuidando, al tiempo, de su campo y de sus cabras, se quedó huérfano de padre y madre en poco menos de un año, que fallecieron por la tuberculosis.

Mientras todos los muebles, ropas, colchones y enseres de la casa paterna son quemados en el trascorral, para evitar cualquier infección y contagio, José Antonio pasó a la Casa Cuna del Hospital, con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, mientras sus hermanas, Jacinta, con once años, y Josefa, con cuatro, eran ingresadas en el Colegio de la Inmaculada, en la Plaza de Caldereros, donde se servía también a numerosos cacereños la conocida como Gota de Leche. Una especie de biberón que se obtenía para los más pequeños y humildes a través de una ventanilla ovalada.

Al alcanzar la edad escolar, coincidiendo con la llegada de los Salesianos al Colegio de San Francisco, Frade pasó al mismo, donde crecía entre estudios, juegos, deportes y el compañerismo de chicuelos marcados por la carencia de un hogar familiar.

De este modo, casualmente, gracias a Fernando Grande Navascués, administrador de los centros benéficos de la Diputación Provincial, Hospital, Colegio San Francisco y Colegio de la Inmaculada, descubre que tiene dos hermanas, sintiendo la mayor emoción al abrazarse a ellas y recuperar una amplia parcela de su vida. Lo mismo que, por esa época, en su primera visita a San Martín de Trevejo su tía Benita, que le rescató tras el fallecimiento de su madre, procedió a relatarle el desarrollo de aquellos durísimos tiempos y que llevó a cabo las gestiones con el Ayuntamiento para su ingreso en la casa Cuna.

Entregado al oficio de zapatero en el Colegio San Francisco.

Entregado al oficio de zapatero en el Colegio San Francisco.

No obstante José Antonio seguía buscando de forma afanosa el anhelo de su progreso y a caballo con los estudios aprendía el oficio de zapatero, llegando a participar en un concurso de Formación Profesional, celebrado en Valencia, proclamándose campeón nacional. Pero a los 16 años, de la noche a la mañana, dejó de contemplar la panorámica que le ofrecía la vida, muy compleja, al caer en un zonche de cal viva que tenía la Diputación Provincial en las dependencias colegiales. Motivo por el que el mismo perdió una gran capacidad de visión.

Tras varias consultas y pruebas diversas con un oculista de la capital cacereña, el mismo le expuso, textualmente, que no le encontraba ninguna anomalía, que solo era una obsesión y tontunas del joven paciente. Como consecuencia del dictamen procedieron a ingresarle en el Hospital Psiquiátrico de Plasencia, donde padeció inclusive descargas de choques eléctricos que le aplicaban tumbado en la cama de aquel amplio dormitorio de más sesenta internos, rodeado de seis personas, al tiempo  que le colocaban un tubo de goma maciza en la boca para evitar desgarros en la misma.

Lo que José Antonio no podía entender ni comprender porque continuaba careciendo de vista. Pero, afortunadamente, nunca, sin perder su orientación en la vida.

Casualmente, en el transcurso de un encuentro fortuito con una monja auxiliar del hospital placentino, sor María, que más tarde colgaría los hábitos, posibilitó que le recibiera el oftalmólogo Ezequiel de la Cámara, detectándole una artrofia del nervio óptico.

Con el nuevo diagnóstico regresó al Colegio de los Salesianos, atravesando una dura encrucijada, porque los rectores del centro educativo le remitían, día a día, como castigo y desprecio al corredor o pasillo, por el hecho de poseer tan solo un diez por ciento de la visión, mientras José Antonio se desesperaba entre tantas adversidades. Paralelamente el doctor Tomás González, oftalmólogo de la ONCE, le abrió las puertas de la organización al cumplir los dieciocho años.

Al mismo tiempo José Antonio, con su escasez de visión, juega al baloncesto y otros deportes bajo las órdenes de Josué Mimoso.

Un día cualquiera, cansado de tantas desatenciones por parte de los miembros de la comunidad salesiana, harto del trato que le daban, se escapa del colegio y emprende una nueva y desconocida andadura. José Antonio tiene y padece un corto alcance de vista de escasos metros y sin distinguir bien a las personas ni aun pasando las mismas en sus proximidades.

Casualmente, Camino Llano arriba.se lo encuentra la señora Victoria, pinche de cocina del centro, José Antonio le comenta sus desdichas, sus pesadillas, sus sufrimientos, así como su voluntad decidida de no regresar al Colegio, ante lo que decide darle acogida en su casa en la calle San Benito.

Tras todo un tiempo de reflexión no solo no se amilana ante la encrucijada de la travesía que quedaba en su camino, sino que toma nuevos impulsos. De tal forma que inicia su trabajo en la ONCE y, tras la marcha de los salesianos, y con la dirección de Juan Muñoz Sobrado en el colegio, forma varios equipos de baloncesto, fútbol y minibasquet, a los que prepara, entrena y dirige, logra la participación de los mismos en diversas competiciones y obtiene una serie de trofeos con sus conjuntos que iban adornando las vitrinas del centro. En tales equipos deportivos se forma, al tiempo, una amplia cantera destacando en su trayectoria entre otros los futbolistas Plaza y Pedrito, que defendieron los colores del Club Deportivo Cacereño.

Una etapa de una extraordinaria inquietud por el deporte y que le lleva a obtener el título de entrenador provincial de baloncesto.

Más tarde se desliga del San Francisco, crea el Club de Deportes La Unión, bajo el lema “La unión hace la fuerza”, inicialmente en la calle Margallo, más tarde en la Plaza de la Audiencia, logrando  la afiliación de setecientos asociados y poniendo en marcha, inclusive, un equipo femenino.

Sus siguientes pasos le llevan a colocarse al frente del Centro-Hogar de la Organización Juvenil Española, en la calle Parras, gracias a la confianza que le otorga José María Saponi, consigue el trofeo al mejor Club de Deportes de la Provincia y forma un equipo de ciclismo con Joaquín Hormigo, organizando la I edición de la Vuelta Ciclista a Cáceres.

En el año 1971 contrae matrimonio con Claudia Vieira Pereira, pasa a residir en la calle Cuesta de la Reina, Barrio de Aguas Vivas, imprime un giro a su vida, participa activamente en diversos planteamientos de la ONCE: Negociaciones, reivindicaciones, defensa del colectivo cacereño y otras ocupaciones de gran calado, forma parte de una comisión nacional para el estudio de la plantilla de la Organización de Ciegos… Y, entre otras numerosas inquietudes, organiza una manifestación en Cáceres contra la venta de boletos en los bares que tanto les dañaba.

Aun así encuentra un hueco para formar parte del coro de la parroquia de San José, con un párroco de la talla como Severiano Rosado, del que formaría parte durante la friolera de cuarenta años, como participó activa y largamente con la Conferencia de San Vicente de Paúl ayudando a los más necesitados…

Un poco más adelante a pasa a ostentar la Presidencia del Consejo Territorial de la ONCE en Extremadura, implantando los primeros quioscos en Cáceres, También fue el primer presidente del Comité de Empresa de la ONCE en Cáceres, Delegado Provincial…

Mientras tanto se forma en otras características, como en el ajedrez o en el dominó, llegando a obtener diversos títulos regionales y nacionales.

En medio de esa densidad de inquietudes y de esfuerzos, en ocasiones de carácter sobrehumano,  guarda en la memoria, en el alma, en el corazón, toda una multitud de acontecimientos siempre en el marco de Cáceres. Siempre confluyendo en las vías de su forma de ser, en el escenario de sus honduras. Como, por ejemplo, aquel día, pleno de luz, en el que consiguió siente la mano y la voz, cálida, de un Papa como Juan Pablo II,

Al compás del repaso del tiempo, con un trabajo encomiable, intenso y esforzado, luchando siempre como un jabato, como un verdadero jabato, José Antonio Frade pasa revista a una inmensa multitud de hilos y recuerdos que se agolpan por una vida entre el azar, el coraje, el sentido humano…  Con una memoria privilegiada, con una sensibilidad excepcional, con una capacidad inagotable de recursos, como le exigía la vida, se superó de un modo notable…

En un salto en el tiempo regenta su quiosco en la Plaza de América hasta alcanzar una merecida jubilación, tras 47 tantos años, tanto de lucha como de superación de inconvenientes, mientras comparte su tiempo entre Cáceres y su localidad natal de San Martín de Trevejo.

 

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FRADE, ENTRE EL CORAJE, EL VERTIGO Y LA LUCHA by JUAN DE LA CRUZ GUTIERREZ GOMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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VALERIANO GUTIERREZ MACIAS VISTO POR SOLÍS AVILA

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Paseo en esta mañana dominical de otoño, con sabor a colores que van impregnando de sensaciones inmensas, la tierra parda, como un multicolor arcoiris. Como pirámides de belleza se conforman en la inmensidad de expresiones pictóricas que emanaban del dulce sabor de la creatividad figurativa y realista, de los pinceles, de la paleta, de los lienzos de Antonio Solís Avila. Un genuino pintor de pura raza cacereña que, aquel día, hizo un retrato de Valeriano Gutiérrez Macías…

Eran dos extraordinarios amigos unidos por la identidad de ambos, a pesar del flujo generacional entre ambos. Pero las había puesto en contacto la identidad cultural de Cáceres en aquellos difíciles tiempos.

Valeriano Gutiérrez Macías, por Solís Avila.

Valeriano Gutiérrez Macías, por Solís Avila.

Don Valeriano cabalgaba en la senda de la geografía cacereña, incrustrado en esa perspectiva de la esencia del escritor, del investigador, tamizando las idiosincrasias y las fenomenologías de  Cáceres en numerosos ámbitos: La historia, las letras, sus preclaras gentes, el rigor etnográfico, el saber y el sabor de las raíces populares. Mientras que don Antonio (Solías Avila, claro), plasmaba su fuerza y su genio en el ámbito de la pintura por los madriles.

Ahora este modesto escritor hilvana cuando recuerda aquellas estancias de don Antonio, o «el maestro y artista de calibre excepcional«, que solía comentarnos don Valeriano, cuando el pintor se acercaba por Cáceres y se llegaba hasta el domicilio familiar. O viceversa. Cuando mi padre viajaba hasta Madrid, en su múltiple agenda, solía figurar «un salto para acercarme a ver a don Antonio«.

Don Antonio y don Valeriano cultivaron una muy buena relación al calor de la comunión entre el pintor, siempre luciendo en el alma el nombre de Madroñera, de Cáceres, de Extremadura. Compartían raíces cacereñas con sabor a pueblo y pequeña capital de provincias, como compartían sensibilidades culturales, entretenidas y profundas charlas ante un café. Algún día, quizás, relate alguna de ellas por su peculiaridad.

Antonio Solís Avila (Madroñera, 1899-1968) disfrutaba pintando. Al alba, al anochecer, con el largo recorrido que le llevaba desde las galerías de arte y los focos y órbitas y mecas de la pintura hasta su pueblo y municipios colindantes, cuyas veredas, personajes, estampas de caza o de fiestas tradicionales recreaba con esa elegancia, sencilla y perpetua, que le distinguía sobremanera. No pareciera sino que Solís Avila no paraba de pintar y de perfilar y de puntualizar hasta el más mínimo detalle de su personalidad…

Todo un pintor cacereño de notoriedad, presidido por el sentido figurativo y realista, tal cual, que se pespuntean por las campas cacereñas de siempre. Apunta un servidor que la tierra cacereña se abre como una gigantesca atalaya de colores por estas tierras cacereñas, donde se combinan, con fuerza romántica y sentimental, los ocres con los amarillos, tal vez desvaídos, los rojos silvestres con los morados que abren un horizonte de multiplicidad de tonalidades. Siempre, por allá y acullá, todo tipo de verdes y de azules. Verdes pálidos de adioses semimoribundos, verdes fuertes de lluvia y crecimiento, verdes que emergen hacia la fecundidad, verde, decía el poeta, que te quiero verde… Y, más allá, juntándose en el confín de los horizontes, un puñado de azules: Nostálgicos, los unos; asaetados por brumas nubosas, otros; azules intensos como la mar cuando se abren, pareciera, los cielos y se despeja la vista hasta el infinito y más allá…

Quisiera creer que el lector interpreta que Antonio Solís Avila fue producto de una fuerza interna del color… Y, si lo mezclamos con la esencia de la semilla que germina en la tierra cacereña, y su dominio magistral del compás que se llega hasta el lienzo, pues resulta, sencillamente una obra que culmina la perfección de la intelectualidad, magistral del pintor, siempre con una cara de expresiva humildad, con ese aire de pueblo que nunca quiso abandonar… Un día le comentó a don Valeriano a este propósito:

— ¿Y para qué cambiar la cara con la que nos nacieron en nuestros pueblos, que llega cuajada de fuerza en los brotes de la tierra?

El articulista y escritor se quedó así como «in albis«. Esto es, más despistado, como se solía decir, en aquel entonces, que un pato en alta mar o que una gallina en un baile… Don Valeriano le dio un suave y cariñoso golpecillo a su vástago en el cogote y apuntó:

— ¡Juanito, apréndete estas descripciones de don Antonio, que son lecciones magistrales de vida, de un hombre espiritual y siempre con la raíz del pueblo, como homenaje a aquellas casas y parajes por los que le nacieron…!

"Mujer con pañuelo blanco", de Solís Avila.

«Mujer con pañuelo blanco», de Solís Avila.

Hoy, al hilo de este ensayo, he de dejar constancia, aunque ya lo han hecho decenas y decenas de críticos de arte y expertos, que don Antonio era, fue, es, un artista de gran capacidad realista, ensimismado por el aire regionalista, enamorado de la tierra que le viera nacer, la localidad cacereña de Madroñera,

Triunfando en Madrid pintaba de modo permanente los campos, las honduras de los horizontes, la penetración de los paisajes que se descubrían en aquel entorno, siempre palpitante y genuinamente bello, que se arracima por Madroñera, Garcíaz, Almoharín, Logrosán, Zorita, Casas de Don Antonio…

Poco a poco fue incrustando sus trabajos, sus dibujos, su fertilidad en una larga en revistas nacionales de un más que notorio prestigio: “La Esfera”, “Mundo Gráfico”, “La Acción” «Blanco y Negro«, “Mundial” y “Alma Ibérica”. Hasta que el correr del año 1924 se le abren las puertas del periódico ABC,

Es de señalar que la fuerza, el ímpetu, la sobriedad y la riqueza de sus cuadros le encaminan a ser conocido en Madrid, la capital de la nación y la gran meca del arte, como pintor de paisajes extremeños. Entonces, claro es, por supuesto, ya comienzan a correr las exposiciones, los galardones, como por ejemplo, sin ir más lejos, el de la de la Bienal de Pintura de Venecia, de los reconocimientos que abandera su obra.

En 1955 Valeriano Gutiérrez Macías escribe en ABC que «apasionado del paisaje cacereño y amante de su tierra, Solís Avila ha sabido apropiarse de la luz de Extremadura«. Una definición, que, más allá de que el autor de la misma sea el progenitor de mis días, resulta acertada. Mejor aún, muy acertada. señalando que en sus acuarelas y óleos aparecen «viejos rincones, casas vetustas, antañonas iglesias, calles estrechas, ángulos y detalles de las ciudades monumentales de Turgalium y Norba Caesarina«.

Mi madre, Adoración Gómez Sánchez, en un extraordinario retrato de Solís Avila.

Mi madre, Adoración Gómez Sánchez, en un extraordinario retrato de Solís Avila.

… Y, de repente, cualquier día de aquellos, con un cafelito al medio, entre la suave serenidad de la charla amiga, y el camino de la nobleza entre sus miradas, don Antonio le propuso a mis padres que posaran un rato para proceder a un retrato e inmortalizar sus rostros.

Los dos retratos, en un corto segmento del tiempo de riqueza en el creador, siempre, por otra parte, iluminado, son dos obras de arte humano y familiar que se guardan, claro, no en un rincón del alma, aquella balada que cantara Alberto Cortez, sino en todos los rincones del alma de la familia Gutiérrez Gómez cuando los mismos, debidamente enmarcados, adornaban las paredes del salón comedor… Acaso, quién sabe, imantando un haz de luces y de enseñanzas…

Solís Avila aprendió de sus soledades contemplativas y reflexivas por los campos de Extremadura, por el vaho, el aroma, la percepción del rumor de la naturaleza, el correr del viento, la mezcla y explosión de colores, el estudio psicológico de los rasgos del rostro humano de la gente de la tierra: «El tío Tarrara«, «El cazador furtivo«, «El pastorcillo«, «La mozuela del cántaro«, son, ni más ni menos, qué curiosidad popular en los pueblos de la Extremadura Alta, lo pintoresco de tales identidades con los que denominaba algunos de sus cuadros…

El Museo Pedrilla, de Cáceres, cuenta con una relevante obra de don Antonio Solís Avila, un pintor cacereño sencillamente magistral, que, desde la humidad, la naturalidad, la sencillez, la cultura y la elegancia, supo abrir las puertas de la mayor y de la mejor expansión de las gentes, de los pueblos, de los campos, de las escenas tan humanas, familiares y expresivas de los pueblos de Cáceres.

Algo que, honradamente, le hemos de agradecer infinitamente. Sobre todo para que desde esos lugares de culto que existen en los senderos de la cultura cacereña se pudiera posibilitar la divulgación de un nombre de oro por las calles y plazoletas de todos los pueblos y ciudades de la geografía altoextremeña.

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VALERIANO GUTIERREZ MACIAS VISTO POR SOLIS AVILA by JUAN DE LA CRUZ GUTIERREZ GOMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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