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Archive For The “Personajes” Category

ANTONIO MORALEDA, PRIMER PRESIDENTE DEL COLEGIO VETERINARIO CACEREÑO

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De las páginas del Cáceres de Aquellos Tiempos nacen sagas familiares que se abren por el abanico de la ciudad. Como resulta el caso, por ejemplo, de la saga Moraleda. Estampas de la historia que dinamizan el hilo del paisaje humano cacereño a través de los años. Hoy rescatamos, para ese edificio social e histórico de Cáceres, la figura de Antonio Moraleda Burillo, primer presidente del Colegio Oficial de Veterinarios de la provincia.

Antonio Moraleda Burillo (Toledo, 1875- Cáceres, 1933) llegó a Cáceres por la vía profesional de la veterinaria y poniendo en marcha, por esos azares de la vida, una nueva saga en el paisaje cacereño.

Tras sus estudios de bachiller Antonio Moraleda Burillo, estudió Veterinaria en la Facultad de la Universidad de Madrid, ciudad donde conoció a Rosario Roa Pérez, también madrileña, que posteriormente sería su esposa.

Una vez obtenido el título de Veterinario Antonio Moraleda Burillo desempeñó sus primeros oficios en Madrid, más tarde, en la localidad toledana de Nombela y en Cartagena para llegar Cáceres, donde el matrimonio se integró plenamente hasta el extremo que decidieron quedarse a vivir en la capital cacereña, ubicándose a lo largo de muchos años en el número 19 de la calle Margallo.

En el transcurso de sus pasos llegó a ser Inspector Provincial de Higiene y Sanidad Pecuaria, y, también, primer Presidente del Colegio Oficial de Veterinarios de Cáceres, desde el año 1922 hasta finales de los treinta. Un Colegio que se constituyó formalmente en la Diputación Provincial y cuya primera sede estuvo situada, precisamente, en su domicilio particular. Posteriormente, en los años cuarenta, el Colegio se traslada a la sede de la Avenida de La Montaña.

Todo un tiempo en el que trabajó, de modo afanoso, muy intensamente, por erradicar el intrusismo en la profesión. Más, en una provincia eminentemente ganadera, y, más aún, con la amplitud de la geografía provincial, y la paulatina incorporación de licenciados en la carrera veterinaria… Lo que le llevó a volcarse en sus tareas logrando un manifiesto apoyo del Colegio.

Antonio Moraleda desarrollaba una vida de la mayor integración en la pequeña capital de provincia, con unos treinta mil habitantes, entre la mezcolanza social y humana, donde convergen las tertulias, las curiosidades, las particularidades, las inquietudes de esa vecindad tan cercana y conocida en diversos estamentos.

Una personalidad, la de nuestro protagonista, de identidad republicana, talante moderado y tolerante, carácter afable, y amistades en los diversos campos y ámbitos sociales…

Durante el período en el que desempeñó la presidencia del Colegio Oficial de Veterinarios de Cáceres también ejercía como director de la revista “Cáceres Pecuario. Boletín de la Asociación Provincial de Veterinarios”. Publicación con como domicilio oficial, asimismo, la casa de Antonio Moraleda, hasta el año 1935.

Su tarjeta de identidad como Inspector Provincial de Higiene y Sanidad Pecuaria está fechada el 8 de septiembre de 1930 y visada por el Gobernador Civil de Cáceres, a la sazón Tomás Sandalio Carbonell y Arce.

Del matrimonio de Antonio Moraleda Burillo y Rosario Roa Pérez, nacieron seis hijos: Manuel, auxiliar administrativo del Instituto Provincial de Higiene de Cáceres, miembro de UGT y de la Agrupación Socialista de Cáceres, que también militó en las filas del Club Deportivo Cacereño, y que se encaminó a vivir en Madrid; María, Faustino, funcionario en el INP, casado con María Domínguez, que, posteriormente, se trasladaría a Huelva, Tomasa, auxiliar administrativo en el Colegio de Veterinarios, Josefa y Concepción, que también decidió enfocar su vida por los Madriles.

 Antonio Moraleda había creado la saga cacereña de los Moraleda y en el Cáceres de Aquellos Tiempos debiera de ser un personaje de ese serpenteo que corretea por las calles y plazuelas cacereñas, hasta el punto, curioso, que en la esquela de su defunción, 3 de febrero de 1933, figura, en primer lugar, el Excelentísimo Gobernador Civil, Angel Vera Coronel, de Izquierda Republicana, a continuación el Colegio Oficial de Veterinarios, y, seguidamente, su esposa, hijos, hijos políticos, madre política…

En esas raíces familiares llegamos al matrimonio de Juan José Pérez Regodón, secretario de Juzgado en Salvatierra de Santiago, que atendía las tierras familiares, con Josefa Moraleda, maestra en dicho pueblo, del que nacen cuatro hijos: Juan Antonio y José Luis, que estudiaron en el colegio «San Antonio” formándose en carreras técnicas, Manuel Fernando, bachiller en el Instituto «El Brocense» y Rosario, alumna en el Sagrado Corazón, maestra, y Promotora de Imagen de la Diputación Cacereña.

Rosario Pérez Moraleda, catovi de pura raza, matrimonió con Juan Carlos Bravo García, otro catovi, que fuera Jefe de la Unidad de Festejos del Ayuntamiento, desde hace unos años Presidente del Orfeón de Cáceres, autor del Libro “El Orfeón de Cáceres” y que puso en marcha la Asociación “Federación de Corales de Ciudades Patrimonio de la Humanidad”.

 Una saga cacereña, la Moraleda, que aporta ese sentimiento y recorrido por el paisaje de la ciudad de siempre: La de ayer, la de hoy, la de mañana…

…  Y siempre, claro, en el escenario de todas las historias humanas de tantos tiempos, de tantas épocas, Cáceres.

NOTA: El presente trabajo ha sido posible gracias a la colaboración de Rosario Pérez Moraleda y de Juan Carlos Bravo García, que, un día, hará unos tres años, me remitieron las fotografías de Antonio Moraleda Burillo, de dos de sus hijas, de su nieta, y, por otra parte, de Juan Carlos, porque todos ellos vivieron en la calle General Margallo.

De este modo todos ellos, como residentes en la misma calle, en la que naciera y viviera largo tiempo el autor de este blog, quedaron incorporados a mi recorrido vecinal titulado «NOCHE DE SOLEDAD EN MI CALLE MARGALLO… TAMBIEN MOROS«. Un recorrido de la larga calle Margallo, que sigue siendo posible con la colaboración de tantos vecinos a lo largo de los tiempos, de la misma. Y que, como siempre, continúa con las puertas abiertas de par en par a todos.

Hace unos meses manifesté a mi querido amigo Juan Carlos Bravo la curiosidad alrededor de la personalidad de Antonio Moraleda Burillo, la particularidad de haber sido el primer presidente del Colegio Oficial de Veterinarios de Cáceres y de las fotografías que me remitió, como las que quedan insertadas en este trabajo. Como le manifesté que podríamos intentar algún recorrido por los pasos del mismo y por la saga Moraleda.

Atrás queda, pues, el recorrido de la saga cacereña Moraleda, cuyos pilares puso Antonio Moraleda Burillo.

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PABLO ROMERO MONTESINO-ESPARTERO, IN MEMORIAM

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Pablo Romero Montesino-Espartero se despidió de nosotros el pasado domingo…. Solo se que, al ver el mensaje de mi querido Juan José, su hermano, se me cayeron las lágrimas entre jirones. Este obituario bien podría titularse «Llanto por un amigo cacereño…». Su imagen y personalidad se cuajan de tantos segmentos que, mientras escribo, abro a la eternidad el abanico de una saga de intelectuales cacereños de raza: Romero Montesino-Espartero…

Cacereño, intelectual, marino… Extremeño, recio, humanista… De extraordinaria vitalidad.

Cuajado de virtudes desde el ámbito moral… Se no ha ido Pablo Romero Montesino-Espartero, (Cáceres, 1936-2019). Un cacereño de Aquellos Tiempos que, desde nuestra ciudad eterna, dio un salto inmenso a la vida de la mar.

De padres con honda identidad y compromiso cultural, Pedro Romero Mendoza, director del periódico “El Noticiero”, la revista «Alcántara«, cofundador de “La Sociedad Literaria” y el Ateneo, y Eladia Montesino-Espartero Averly, poetisa, autora de cuentos, primera española que voló en un avión, jugadora de tenis, bisnieta del general Espartero, (que fuera Presidente del Consejo de Ministros y Regente), sesenta y cuatro años en Cáceres, invadidos de esa tenacidad de nuevos horizontes, Pablo acariciaba las olas de la distancia con pasión cercana…

Acaso tamizando la brisa de la mar por los atardeceres cacereños…

Estudiaba los parajes y los paisajes de la lejanía en su tiempo cacereño, como todo lo conocía sobre su tatarabuelo junto a su contacto con historiadores de la figura de su antepasado, le faltaba tiempo para compendiar tanta densidad en su carrera del ciclo vital…

En el despacho de uno de los barcos que comandaba.

En el despacho de uno de los barcos que comandaba.

Hace escasos años, desde Badajoz, rodeado de su familia, amigos, del oleaje de sus recuerdos, como deja en su obra «Cartas de la Mar«, me trasladaba su pasión cacereña… Siquiera fuera de forma ensoñadora. Poeta espiritual de la vida…

Un día, en el correr del año 1965, su madre insertó en la revista «Alcántara«, un poema, titulado “Marino”, dedicado a Pablo. Entresaco:

Tú también, hijo mío, lo mismo que tu hermano,

sentiste la imperiosa llamada de los mares,

y aunque eres casi un niño, cruzaste el gran Océano,

llevando así en los labios el sabor de tus lares.

Como no paraba en investigar la semblanza de José Solano Bote, marino, cacereño de Zorita, que llegara a Capitán General de la Armada, retomando los estudios de Valeriano Gutiérrez Macías, gran amigo siempre de Pedro Romero y Eladia Montesino-Espartero, al respecto, mientras me agarro a aquellos chats, de Mensseger, que impulsaba con extraordinaria generosidad, en los que acariciaba a Cáceres con la palabra. Tanto humana como profunda, adobada de unas inmensas sensibilidades que latían por esos silencios de estas tecnologías. Que, entre sus virtudes, tienen que algunos nos podamos comunicar con la reverberación de Aquel Cáceres de los sesenta, de los setenta, que campan en aquellas soledades de nuestras andanzas niñas…

La emoción me palpa y me tiembla al recortar este mensaje de Pablo Romero Montesino-Espartero.

La emoción me palpa y me tiembla el pulso entre desgarros, en el silencio sobrecogido de esta tarde de duelo, al recortar este mensaje de Pablo Romero Montesino-Espartero.

Asimismo, Pablo, mi querido Pablo, también asomaba con una brillantez excepcional por las páginas del periódico “Hoy”, como por ejemplo, su ensayo “Oración por un cacereño”… Una obra de arte entre surcos de pasión por los lomos cacereños desde su residencia en Badajoz…

Al despedirte con este telegrama de urgencia, la esperanza de que la memoria revitalice la obra cacereña de Pedro Romero Mendoza, más allá de figurar en un rótulo callejero.

Siquiera sea, solo por justicia, con la historia y sus personajes, con la saga de su estirpe legendaria que caminan

tantas veces entre sombras,

tantas veces entre glorias,

en, por y entre los latidos de los silencios, solo acompañados y acompasados con el tañido de las campanas de la Monumental Ciudad, ay, entre el florecer de las campas de la tierra inmensa, entre los brazos de la madre cacereña… ¡Santa María, Santiago, San Mateo, San Francisco Javier, San Pablo…

Tecleo de forma desordenada… Me lleva, claro, el imán de las páginas de Cáceres., ahora que escribes desde el mirador de la eternidad. Siento un latido fuerte en mis adentros…

… Es la hora de los adioses…

Un abrazo gigantesco, querido Pablo…

P. D. Baldomero Espartero Alvarez del Toro fue Príncipe de Vergara, Duque de la Victoria, Duque de Morella, Conde de Luchana y Vizconde de Banderas.

 

 

 

 

 

 

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FRADE, ENTRE EL CORAJE, EL VERTIGO Y LA LUCHA

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Por las páginas de la historia del Cáceres de Aquellos Tiempos, como suele denominar el articulista, existen personajes de una manifiesta dimensión –muchas veces olvidados–, injustamente, y que han hecho de la vida un ritmo de coraje, de lucha, de pasión… José Antonio Frade Martín (San Martín de Trevejo, 1946), es un cacereño que arrastró en su tiempo una vida vertiginosa y, siempre, al azar, con una excepcional personalidad y constancia.

 

José Antonio Frade recibiendo el Premio al Mejor Club Deportivo de la Provincia, de manos del Gobernador Civil de Cáceres.

José Antonio Frade recibiendo el Premio al Mejor Club Deportivo de la Provincia, de manos del Gobernador Civil de Cáceres.

Hijo de Elvira, de origen portugués, y de Marco, que atendía una taberna en la localidad gateña y cuidando, al tiempo, de su campo y de sus cabras, se quedó huérfano de padre y madre en poco menos de un año, que fallecieron por la tuberculosis.

Mientras todos los muebles, ropas, colchones y enseres de la casa paterna son quemados en el trascorral, para evitar cualquier infección y contagio, José Antonio pasó a la Casa Cuna del Hospital, con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, mientras sus hermanas, Jacinta, con once años, y Josefa, con cuatro, eran ingresadas en el Colegio de la Inmaculada, en la Plaza de Caldereros, donde se servía también a numerosos cacereños la conocida como Gota de Leche. Una especie de biberón que se obtenía para los más pequeños y humildes a través de una ventanilla ovalada.

Al alcanzar la edad escolar, coincidiendo con la llegada de los Salesianos al Colegio de San Francisco, Frade pasó al mismo, donde crecía entre estudios, juegos, deportes y el compañerismo de chicuelos marcados por la carencia de un hogar familiar.

De este modo, casualmente, gracias a Fernando Grande Navascués, administrador de los centros benéficos de la Diputación Provincial, Hospital, Colegio San Francisco y Colegio de la Inmaculada, descubre que tiene dos hermanas, sintiendo la mayor emoción al abrazarse a ellas y recuperar una amplia parcela de su vida. Lo mismo que, por esa época, en su primera visita a San Martín de Trevejo su tía Benita, que le rescató tras el fallecimiento de su madre, procedió a relatarle el desarrollo de aquellos durísimos tiempos y que llevó a cabo las gestiones con el Ayuntamiento para su ingreso en la casa Cuna.

Entregado al oficio de zapatero en el Colegio San Francisco.

Entregado al oficio de zapatero en el Colegio San Francisco.

No obstante José Antonio seguía buscando de forma afanosa el anhelo de su progreso y a caballo con los estudios aprendía el oficio de zapatero, llegando a participar en un concurso de Formación Profesional, celebrado en Valencia, proclamándose campeón nacional. Pero a los 16 años, de la noche a la mañana, dejó de contemplar la panorámica que le ofrecía la vida, muy compleja, al caer en un zonche de cal viva que tenía la Diputación Provincial en las dependencias colegiales. Motivo por el que el mismo perdió una gran capacidad de visión.

Tras varias consultas y pruebas diversas con un oculista de la capital cacereña, el mismo le expuso, textualmente, que no le encontraba ninguna anomalía, que solo era una obsesión y tontunas del joven paciente. Como consecuencia del dictamen procedieron a ingresarle en el Hospital Psiquiátrico de Plasencia, donde padeció inclusive descargas de choques eléctricos que le aplicaban tumbado en la cama de aquel amplio dormitorio de más sesenta internos, rodeado de seis personas, al tiempo  que le colocaban un tubo de goma maciza en la boca para evitar desgarros en la misma.

Lo que José Antonio no podía entender ni comprender porque continuaba careciendo de vista. Pero, afortunadamente, nunca, sin perder su orientación en la vida.

Casualmente, en el transcurso de un encuentro fortuito con una monja auxiliar del hospital placentino, sor María, que más tarde colgaría los hábitos, posibilitó que le recibiera el oftalmólogo Ezequiel de la Cámara, detectándole una artrofia del nervio óptico.

Con el nuevo diagnóstico regresó al Colegio de los Salesianos, atravesando una dura encrucijada, porque los rectores del centro educativo le remitían, día a día, como castigo y desprecio al corredor o pasillo, por el hecho de poseer tan solo un diez por ciento de la visión, mientras José Antonio se desesperaba entre tantas adversidades. Paralelamente el doctor Tomás González, oftalmólogo de la ONCE, le abrió las puertas de la organización al cumplir los dieciocho años.

Al mismo tiempo José Antonio, con su escasez de visión, juega al baloncesto y otros deportes bajo las órdenes de Josué Mimoso.

Un día cualquiera, cansado de tantas desatenciones por parte de los miembros de la comunidad salesiana, harto del trato que le daban, se escapa del colegio y emprende una nueva y desconocida andadura. José Antonio tiene y padece un corto alcance de vista de escasos metros y sin distinguir bien a las personas ni aun pasando las mismas en sus proximidades.

Casualmente, Camino Llano arriba.se lo encuentra la señora Victoria, pinche de cocina del centro, José Antonio le comenta sus desdichas, sus pesadillas, sus sufrimientos, así como su voluntad decidida de no regresar al Colegio, ante lo que decide darle acogida en su casa en la calle San Benito.

Tras todo un tiempo de reflexión no solo no se amilana ante la encrucijada de la travesía que quedaba en su camino, sino que toma nuevos impulsos. De tal forma que inicia su trabajo en la ONCE y, tras la marcha de los salesianos, y con la dirección de Juan Muñoz Sobrado en el colegio, forma varios equipos de baloncesto, fútbol y minibasquet, a los que prepara, entrena y dirige, logra la participación de los mismos en diversas competiciones y obtiene una serie de trofeos con sus conjuntos que iban adornando las vitrinas del centro. En tales equipos deportivos se forma, al tiempo, una amplia cantera destacando en su trayectoria entre otros los futbolistas Plaza y Pedrito, que defendieron los colores del Club Deportivo Cacereño.

Una etapa de una extraordinaria inquietud por el deporte y que le lleva a obtener el título de entrenador provincial de baloncesto.

Más tarde se desliga del San Francisco, crea el Club de Deportes La Unión, bajo el lema “La unión hace la fuerza”, inicialmente en la calle Margallo, más tarde en la Plaza de la Audiencia, logrando  la afiliación de setecientos asociados y poniendo en marcha, inclusive, un equipo femenino.

Sus siguientes pasos le llevan a colocarse al frente del Centro-Hogar de la Organización Juvenil Española, en la calle Parras, gracias a la confianza que le otorga José María Saponi, consigue el trofeo al mejor Club de Deportes de la Provincia y forma un equipo de ciclismo con Joaquín Hormigo, organizando la I edición de la Vuelta Ciclista a Cáceres.

En el año 1971 contrae matrimonio con Claudia Vieira Pereira, pasa a residir en la calle Cuesta de la Reina, Barrio de Aguas Vivas, imprime un giro a su vida, participa activamente en diversos planteamientos de la ONCE: Negociaciones, reivindicaciones, defensa del colectivo cacereño y otras ocupaciones de gran calado, forma parte de una comisión nacional para el estudio de la plantilla de la Organización de Ciegos… Y, entre otras numerosas inquietudes, organiza una manifestación en Cáceres contra la venta de boletos en los bares que tanto les dañaba.

Aun así encuentra un hueco para formar parte del coro de la parroquia de San José, con un párroco de la talla como Severiano Rosado, del que formaría parte durante la friolera de cuarenta años, como participó activa y largamente con la Conferencia de San Vicente de Paúl ayudando a los más necesitados…

Un poco más adelante a pasa a ostentar la Presidencia del Consejo Territorial de la ONCE en Extremadura, implantando los primeros quioscos en Cáceres, También fue el primer presidente del Comité de Empresa de la ONCE en Cáceres, Delegado Provincial…

Mientras tanto se forma en otras características, como en el ajedrez o en el dominó, llegando a obtener diversos títulos regionales y nacionales.

En medio de esa densidad de inquietudes y de esfuerzos, en ocasiones de carácter sobrehumano,  guarda en la memoria, en el alma, en el corazón, toda una multitud de acontecimientos siempre en el marco de Cáceres. Siempre confluyendo en las vías de su forma de ser, en el escenario de sus honduras. Como, por ejemplo, aquel día, pleno de luz, en el que consiguió siente la mano y la voz, cálida, de un Papa como Juan Pablo II,

Al compás del repaso del tiempo, con un trabajo encomiable, intenso y esforzado, luchando siempre como un jabato, como un verdadero jabato, José Antonio Frade pasa revista a una inmensa multitud de hilos y recuerdos que se agolpan por una vida entre el azar, el coraje, el sentido humano…  Con una memoria privilegiada, con una sensibilidad excepcional, con una capacidad inagotable de recursos, como le exigía la vida, se superó de un modo notable…

En un salto en el tiempo regenta su quiosco en la Plaza de América hasta alcanzar una merecida jubilación, tras 47 tantos años, tanto de lucha como de superación de inconvenientes, mientras comparte su tiempo entre Cáceres y su localidad natal de San Martín de Trevejo.

 

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VALERIANO GUTIERREZ MACIAS VISTO POR SOLÍS AVILA

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Paseo en esta mañana dominical de otoño, con sabor a colores que van impregnando de sensaciones inmensas, la tierra parda, como un multicolor arcoiris. Como pirámides de belleza se conforman en la inmensidad de expresiones pictóricas que emanaban del dulce sabor de la creatividad figurativa y realista, de los pinceles, de la paleta, de los lienzos de Antonio Solís Avila. Un genuino pintor de pura raza cacereña que, aquel día, hizo un retrato de Valeriano Gutiérrez Macías…

Eran dos extraordinarios amigos unidos por la identidad de ambos, a pesar del flujo generacional entre ambos. Pero las había puesto en contacto la identidad cultural de Cáceres en aquellos difíciles tiempos.

Valeriano Gutiérrez Macías, por Solís Avila.

Valeriano Gutiérrez Macías, por Solís Avila.

Don Valeriano cabalgaba en la senda de la geografía cacereña, incrustrado en esa perspectiva de la esencia del escritor, del investigador, tamizando las idiosincrasias y las fenomenologías de  Cáceres en numerosos ámbitos: La historia, las letras, sus preclaras gentes, el rigor etnográfico, el saber y el sabor de las raíces populares. Mientras que don Antonio (Solías Avila, claro), plasmaba su fuerza y su genio en el ámbito de la pintura por los madriles.

Ahora este modesto escritor hilvana cuando recuerda aquellas estancias de don Antonio, o «el maestro y artista de calibre excepcional«, que solía comentarnos don Valeriano, cuando el pintor se acercaba por Cáceres y se llegaba hasta el domicilio familiar. O viceversa. Cuando mi padre viajaba hasta Madrid, en su múltiple agenda, solía figurar «un salto para acercarme a ver a don Antonio«.

Don Antonio y don Valeriano cultivaron una muy buena relación al calor de la comunión entre el pintor, siempre luciendo en el alma el nombre de Madroñera, de Cáceres, de Extremadura. Compartían raíces cacereñas con sabor a pueblo y pequeña capital de provincias, como compartían sensibilidades culturales, entretenidas y profundas charlas ante un café. Algún día, quizás, relate alguna de ellas por su peculiaridad.

Antonio Solís Avila (Madroñera, 1899-1968) disfrutaba pintando. Al alba, al anochecer, con el largo recorrido que le llevaba desde las galerías de arte y los focos y órbitas y mecas de la pintura hasta su pueblo y municipios colindantes, cuyas veredas, personajes, estampas de caza o de fiestas tradicionales recreaba con esa elegancia, sencilla y perpetua, que le distinguía sobremanera. No pareciera sino que Solís Avila no paraba de pintar y de perfilar y de puntualizar hasta el más mínimo detalle de su personalidad…

Todo un pintor cacereño de notoriedad, presidido por el sentido figurativo y realista, tal cual, que se pespuntean por las campas cacereñas de siempre. Apunta un servidor que la tierra cacereña se abre como una gigantesca atalaya de colores por estas tierras cacereñas, donde se combinan, con fuerza romántica y sentimental, los ocres con los amarillos, tal vez desvaídos, los rojos silvestres con los morados que abren un horizonte de multiplicidad de tonalidades. Siempre, por allá y acullá, todo tipo de verdes y de azules. Verdes pálidos de adioses semimoribundos, verdes fuertes de lluvia y crecimiento, verdes que emergen hacia la fecundidad, verde, decía el poeta, que te quiero verde… Y, más allá, juntándose en el confín de los horizontes, un puñado de azules: Nostálgicos, los unos; asaetados por brumas nubosas, otros; azules intensos como la mar cuando se abren, pareciera, los cielos y se despeja la vista hasta el infinito y más allá…

Quisiera creer que el lector interpreta que Antonio Solís Avila fue producto de una fuerza interna del color… Y, si lo mezclamos con la esencia de la semilla que germina en la tierra cacereña, y su dominio magistral del compás que se llega hasta el lienzo, pues resulta, sencillamente una obra que culmina la perfección de la intelectualidad, magistral del pintor, siempre con una cara de expresiva humildad, con ese aire de pueblo que nunca quiso abandonar… Un día le comentó a don Valeriano a este propósito:

— ¿Y para qué cambiar la cara con la que nos nacieron en nuestros pueblos, que llega cuajada de fuerza en los brotes de la tierra?

El articulista y escritor se quedó así como «in albis«. Esto es, más despistado, como se solía decir, en aquel entonces, que un pato en alta mar o que una gallina en un baile… Don Valeriano le dio un suave y cariñoso golpecillo a su vástago en el cogote y apuntó:

— ¡Juanito, apréndete estas descripciones de don Antonio, que son lecciones magistrales de vida, de un hombre espiritual y siempre con la raíz del pueblo, como homenaje a aquellas casas y parajes por los que le nacieron…!

"Mujer con pañuelo blanco", de Solís Avila.

«Mujer con pañuelo blanco», de Solís Avila.

Hoy, al hilo de este ensayo, he de dejar constancia, aunque ya lo han hecho decenas y decenas de críticos de arte y expertos, que don Antonio era, fue, es, un artista de gran capacidad realista, ensimismado por el aire regionalista, enamorado de la tierra que le viera nacer, la localidad cacereña de Madroñera,

Triunfando en Madrid pintaba de modo permanente los campos, las honduras de los horizontes, la penetración de los paisajes que se descubrían en aquel entorno, siempre palpitante y genuinamente bello, que se arracima por Madroñera, Garcíaz, Almoharín, Logrosán, Zorita, Casas de Don Antonio…

Poco a poco fue incrustando sus trabajos, sus dibujos, su fertilidad en una larga en revistas nacionales de un más que notorio prestigio: “La Esfera”, “Mundo Gráfico”, “La Acción” «Blanco y Negro«, “Mundial” y “Alma Ibérica”. Hasta que el correr del año 1924 se le abren las puertas del periódico ABC,

Es de señalar que la fuerza, el ímpetu, la sobriedad y la riqueza de sus cuadros le encaminan a ser conocido en Madrid, la capital de la nación y la gran meca del arte, como pintor de paisajes extremeños. Entonces, claro es, por supuesto, ya comienzan a correr las exposiciones, los galardones, como por ejemplo, sin ir más lejos, el de la de la Bienal de Pintura de Venecia, de los reconocimientos que abandera su obra.

En 1955 Valeriano Gutiérrez Macías escribe en ABC que «apasionado del paisaje cacereño y amante de su tierra, Solís Avila ha sabido apropiarse de la luz de Extremadura«. Una definición, que, más allá de que el autor de la misma sea el progenitor de mis días, resulta acertada. Mejor aún, muy acertada. señalando que en sus acuarelas y óleos aparecen «viejos rincones, casas vetustas, antañonas iglesias, calles estrechas, ángulos y detalles de las ciudades monumentales de Turgalium y Norba Caesarina«.

Mi madre, Adoración Gómez Sánchez, en un extraordinario retrato de Solís Avila.

Mi madre, Adoración Gómez Sánchez, en un extraordinario retrato de Solís Avila.

… Y, de repente, cualquier día de aquellos, con un cafelito al medio, entre la suave serenidad de la charla amiga, y el camino de la nobleza entre sus miradas, don Antonio le propuso a mis padres que posaran un rato para proceder a un retrato e inmortalizar sus rostros.

Los dos retratos, en un corto segmento del tiempo de riqueza en el creador, siempre, por otra parte, iluminado, son dos obras de arte humano y familiar que se guardan, claro, no en un rincón del alma, aquella balada que cantara Alberto Cortez, sino en todos los rincones del alma de la familia Gutiérrez Gómez cuando los mismos, debidamente enmarcados, adornaban las paredes del salón comedor… Acaso, quién sabe, imantando un haz de luces y de enseñanzas…

Solís Avila aprendió de sus soledades contemplativas y reflexivas por los campos de Extremadura, por el vaho, el aroma, la percepción del rumor de la naturaleza, el correr del viento, la mezcla y explosión de colores, el estudio psicológico de los rasgos del rostro humano de la gente de la tierra: «El tío Tarrara«, «El cazador furtivo«, «El pastorcillo«, «La mozuela del cántaro«, son, ni más ni menos, qué curiosidad popular en los pueblos de la Extremadura Alta, lo pintoresco de tales identidades con los que denominaba algunos de sus cuadros…

El Museo Pedrilla, de Cáceres, cuenta con una relevante obra de don Antonio Solís Avila, un pintor cacereño sencillamente magistral, que, desde la humidad, la naturalidad, la sencillez, la cultura y la elegancia, supo abrir las puertas de la mayor y de la mejor expansión de las gentes, de los pueblos, de los campos, de las escenas tan humanas, familiares y expresivas de los pueblos de Cáceres.

Algo que, honradamente, le hemos de agradecer infinitamente. Sobre todo para que desde esos lugares de culto que existen en los senderos de la cultura cacereña se pudiera posibilitar la divulgación de un nombre de oro por las calles y plazoletas de todos los pueblos y ciudades de la geografía altoextremeña.

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JUAN DE LA CRUZ, SANTO, GRABADOR, TORERO, PINTOR…

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Entre los desordenados apuntes del investigador y escritor he encontrado las referencias sobre algunos personas llamadas Juan de la Cruz (pero con De la Cruz de nombre), como un servidor. Y allá vamos con quienes, con dicho nombre, destacan en una diversidad de facetas a lo largo del tiempo.

San Juan de la Cruz,

San Juan de la Cruz,

Una forma de seguir y continuar dando vida a un nombre, Juan de la Cruz, que pareciera irse extinguiendo, de forma paulatina, entre tantas vías de los nombres existentes por del santoral. Una lástima. Pero que no sea por no divulgar las relevancias de algunos. (1)

De este modo un día cualquiera, de hace tiempo, comencé a trabajar sobre los llamados Juan de la Cruz (pero con la particularidad de que el De la Cruz figura como nombre, como el caso de un servidor y no como apellido). Un nombre, pues, como convendrán los amigos y lectores poco frecuente…

Pero, aún así, persistiendo por las vías de las consultas e investigaciones, poco a poco vamos encontrando nombres de relieve bajo el nombre de Juan de la Cruz.

Tras la figura excepcional y sublime de San Juan de la Cruz, carmelita descalzo, místico, enormemente entregado a la perfección del credo religioso, en todas las vertientes espirituales, morales, humanas, que sufrió dura persecución y muy severa prisión, por parte de los carmelitas calzados, ejemplo en las letras españolas, el mismo protagoniza un capítulo de verdadera magnitud durante las intervenciones médicas que sufre en los días finales de su vida.

San Juan de la Cruz, como conocen todos, figurarían, por derecho y méritos propios, nacido con una amplia voluntad de su paso por la vida, con letras de oro en el ejemplo, esmerado de la santidad.

"Señora Mallorquina". Grabado de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla.

«Señora Mallorquina». Grabado de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla.

En ese recorrido que lleva a cabo el escritor e investigador firmante de este Blog nos encontramos con la amplia andadura de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla. Un español que se distinguió por sus cualificados trabajos como geógrafo, como cartógrafo, como grabador, y que también fuera miembro de la Real Academia de Bellas Artes, de San Fernando, en el período ilustrado del siglo XVIII.

El mismo elaboró, entre otros numerosos trabajos, un Mapa Geográfico de la América Meridional, que fue su mejor obra.

El grabado adjunto, como tantos del referido Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, sobresale por su realismo, por su veracidad, por su color, por su configuración. y con los que tanto sorprendió a sus coetáneos, a los estudiosos como a quienes trabajamos en las particularidades, variedades y riqueza expositiva de todas aquellas obras que conforman el amplísimo legado que nos dejó a todos.

Todo un trabajo sublime de rigor, de profundidad y de un esmero con el que se colocó en un peldaño y en lugar de la historia de España, sobre todo, dentro de la panorámica de los grabados, donde destacó sobremanera, por todas aquellas cualidades que destacan y despuntan  a lo largo de una obra tan diversa y variada como catalogada de brillante por todos.

Un tercer ejemplo de personas con el nombre de Juan de la Cruz lo conforma el del pintor peruano Juan de la Cruz Machicado Sihuayro. Todo un pintor especializado sobre todo en estampas, cuajadas de color y de austeridad y de belleza sobre las profundidades de su tierra. Un pintor fundamental y esencialmente neoindigenista.

Lienzos de un más que manifiesto calibre humano, de identidad popular con la tierra que le viera nacer, de estampas, láminas, dibujos y cuadros acompasados por el compás histórico de las esencias y constantes de esa hermosa tierra que es Perú y de cuyas gentes, parajes y paisajes Juan de la Cruz Machicado Sihuayro ha logrado crear y recrear, con hondura y profundidad, una plasmación de imágenes, que, evidentemente, nos llenan a todos de una sensibilidad peruana y peruanista, invitándonos a conocer las hermosuras, las bellezas, las artes, las idiosincrasias y las señas de identidad, en todos los campos, de la tierra hermana del Perú…

Un pintor de marcados rasgos de identidad peruana y que siempre se esmeró en divulgar y mostrar al mundo escenas variadas con el protagonismo y la fuerza que emana de la conjunción y la armonía de sus pinceles. Y es que Juan de la Cruz Machicado Sihuayro es un pintor, hasta hemos podido conocer, firmemente comprometido con la tierra que le viera que nacer, y, al tiempo, con la tierra que le inspirara en una de las Bellas Artes.

Lo que. desde la opinión del escritor, es algo muy de agradecer a través de ese esfuerzo de generosidad y de pasión, tanto humana como artística, para divulgar todo un canto de amor a Perú…

Asimismo, en el recorrido de esos ilustres, bajo el nombre de Juan de la Cruz, aparece un profesor de dibujo, vinculado a la ciudad murciana de Cartagena, con una amplia gama de argumentos, en medio de su numerosa y muy diversa obra, pero con un muy atractivo y sugerente realismo a la hora de plasmar una serie de estampas conformadas con la argumentación de la belleza y las suertes que se dan cita en el panorama taurino.

Se trata de Juan de la Cruz Teruel. Aquí, a la izquierda, podeis apreciar un bello lienzo taurino bajo la marca de los pinceles del pintor y artista murciano.

Y que hoy continúa incrustándose, entre la perspectiva de sus lienzos, por los caminos del asfalto artístico para mayor gloria de la propia esencia y cualidad de la palabra Arte, con mayúscula. Un camino siempre comprometido, a lo largo de la historia, pero siempre abierto, a lo largo, asimismo, de la historia, a todos.

Y donde radica el abanico de las más varias y diversas fenomenologías, como es el caso de este Ensayo, histórico-artístico-periodístico, que estamos abordando bajo el nombre de Juan de la Cruz.

Juan de la Cruz, diestro mexicano de mediados de los cincuenta del siglo XX,

Juan de la Cruz, diestro mexicano de mediados de los cincuenta del siglo XX,

También nos encontramos en la compleja aventura de esas investigaciones, con el rastro de importantes, prestigiosos o famosos con  el nombre de Juan de la Cruz, con un torero mexicano, si bien no mucha calidad ni tampoco mayor relieve, que debutó en la arena de los ruedos aztecas allá en el muy lejano año de 1946…

Juan de la Cruz, un torero mexicano, que llegó con tanta ilusión como capacidad de sueños a las plazas de toros, y que por ese cúmulo de as circunstancias, tan complejas y existentes en el difícil mundillo taurino, desapareció pronto y de la noche a la mañana de los carteles anunciadores de espectáculos taurinos por las vías del difícil arte de Cúchares.

Un diestro, por consiguiente, de ida y vuelta, tal como se conoce en el argot taurino. Y que con el nombre de Juan de la Cruz dejó al menos la aportación de su propio nombre. Lo que ya supone, al menos, una aportación de este recorrido por los Juan de la Cruz en la historia.

Un recorrido paulatino, pues, a través de las páginas que, de uno u otro modo, han ido y continúan hilvanando una serie de artistas e intelectuales bajo el nombre de Juan de la Cruz. Uno de los nombres, a fin de cuentas, más hermoso de la historia. Y perdón porque deje constancia de ellos el autor de este trabajo: Juan de la Cruz Gutiérrez.

NOTAS: (1) SAN JUAN DE LA CRUZ, UNA ESTAMPA DE SANTIDAD Y ORACION, es un ensayo, obra de Juan de la Cruz Gutiérrez, que aparece publicado en «CACEREÑEANDO, EL BLOG DE JUAN DE LA CRUZ«, con aspectos inéditos de la vida del santo. Sobre todo en los caminos del dolor y los padecimientos a la hora de la muerte.

 

 

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MARTIN DUQUE FUENTES, UNA EMINENCIA

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Probablemente algunos sepais de mi inquietud e interés por El Insti… Esto es, el Instituto Nacional de Enseñanza Media «El Brocense», en el Cáceres de Aquellos Tiempos… En el recorrido y las semblanzas que voy perfilando de aquellos entrañables profesores, hoy: Martín Duque Fuentes.

 
Todo un eminente pedagogo, enseñante y catedrático. Extraordinaria persona y cualificado profesor: Don Martín Duque Fuentes, con quien aprender Latín representaba todo un placer.
 
Entusiasta de la enseñanza, generoso con el alumnado –cuando a uno se le perdía la vista por los ventanales agigantados de las aulas, tras el vuelo fugaz de las chovas–, seguramente figura como de los profesores más y mejor valorados de aquellas legiones de alumnos.
 
Cordial y ameno, cercano y atento, ejercía el profesorado vocacional de forma manifiestamente humana, cuando aquel traslado al nuevo Insti comentó a don Valeriano: «Yo me quedaría con el sabor histórico que rezuma nuestro eterno Instituto, en el corazón de lo que denominamos la Parte Antigua de Cáceres… Sus pasillos, sus dependencias, sus aulas...». Al parecer don Martín hizo un alto en la charla, desde la emoción de tantos años enseñando entre las paredes del Insti, seducido por el encanto histórico de aquel impresionante y entrañable edificio, y apuntó: «¡Pero si hasta las paredes saben Latín, nunca mejor dicho, en el mejor sentido de la expresión…!«.
Unos segundos más tarde, embargado, tal vez, por la melancolía, por una catarata de recuerdos, entre alumnos y lecciones, entre explicaciones, remató su exposición, según nos relatara don Valeriano, del siguiente tenor: «¡Qué cantidad de alumnos brillantes han pasado por sus aulas, para mayor gloria de Cáceres y, en la medida que nos toca, al profesorado…!«.
 
Sus palabras sabían, entonces, a esa emoción del recuerdo en el trayecto de tantos años y de tantos estudiantes que pasaron con sus enseñanzas y con las de otros destacados y muy cualificados profesores, de los que poco a poco, vamos desarrollando sus semblanzas, que, en nuestro entender, es una forma, también, de honrarles por lo mucho que nos ayudaron con su generosidad y su invitación y aliento al estudio. 
En posesión de la Insignia de la Orden de Alfonso X el Sabio. el recuerdo de su relevancia por las áreas de la geografía estudiantil, así como por su insigne personalidad y relieve, llevó a que su nombre figure en el callejero cacereño.
Natural de la localidad Zarza de Montánchez, bachiller por el Instituto Nacional de Cáceres, aprendiendo de aquel clasicismo intelectual, y notorio, por el que siempre se guió, Licenciado por la Universidad Complutense de Madrid, catedrático en Zafra y, posteriormente, en Cáceres.
 
Hace unas semanas, repasando algunos testimonios gráficos que se apelmazan en ese baúl de las emociones –como el que representa, sencillamente, el paso del tiempo– me encontré en mi Archivo con este curioso testimonio de su presencia en la candidatura, correspondiente a las elecciones del año 1936, con el Partido Republicano Radical.
 
Una persona y un enseñante de exquisita sensibilidad que plasmó una honda huella,  se lo puedo asegurar, entre todos aquellos bachilleres.
Gracias, siempre, muchas gracias, querido don Martín Duque Fuentes.
 
NOTA: A Julita G. Parra, catedrática del Cáceres de Aquellos Tiempos, maestra de la fotografía, siempre cariñosa y atenta con todos, con mi mejor abrazo.

 

 

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PORCALLO, UN INDIANO CACEREÑO

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Vasco Porcallo de Figueroa fue uno de esos intrépidos aventureros cacereños que un día decidió poner tierra por medio. Entonces se lanzó al recorrido del azar y embarcándose hacia el Nuevo Mundo. Mi artículo de hoy, 10 de octubre de 1019, el periódico regional extremeño «Hoy».

 

Vasco Porcallo de Figueroa.

Vasco Porcallo de Figueroa.

En la historia de extremeños en las Indias figuran personajes escasamente conocidos, como Vasco Porcallo de Figueroa. Joven cacereño que, según los historiadores, se enroló con la expedición a la isla La Española, hoy Haití y República Dominicana, bajo el mando de Fray Nicolás de Ovando, abatiendo el último cacicazgo taíno, correspondiéndole gran número de esclavos indios y africanos y tierras en el repartimiento.

Lo que rebate ahora el investigador cubano José de Herrera, descendiente de Porcallo de Figueroa, quien señala un error en la fecha de su nacimiento, por lo que el apunte anterior correspondería a un primo segundo del mismo, Porcallo de Mendoza.

Lo que no obsta para que Vasco, de personalidad aguerrida y severa, emprendiera la ruta en la conquista de Cuba con Diego Velázquez de Cuéllar, asentándose en una zona rica de indios, fundando la villa de la Santísima Trinidad, hoy Patrimonio de la Unesco, siendo dueño de inmensas haciendas y obteniendo una fortuna con la adquisición y venta de esclavos.

Porcallo se unió a Hernando de Soto, gobernador de Cuba, en la conquista de La Florida, prestaba ayuda a aventureros como Pánfilo de Narvaez y se enriqueció aún más con el descubrimiento de minas de oro y plata en sus posesiones, llegando a ser el terrateniente más poderoso de Cuba.

La mayoría de los historiadores le califican como cruel encomendero, sanguinario soldado, gran fornicador, señor feudal de horca y caudillo y «el español más odiado y temido por los siboneyes». Aunque Diego de Sarmiento, cartujo, destaca su cualificación de linaje y hacienda y Marcos Antonio Ramos, un propulsor de la colonización y desarrollo de Cuba.

Adicto a mujeres indígenas, tuvo siete hijos legítimos, y entre cien y trescientos cincuenta ilegítimos, por lo que muchos cubanos son descendientes de Vasco Porcallo de Figueroa y de la Cerda.

Asimismo Herrera apunta, tras la lectura de un ensayo del articulista, que Vasco -enterrado bajo el altar mayor de la parroquia de Puerto Príncipe– no fue tan cruel, sino una de las figuras más importantes en la historia de colonial de Cuba.

Seguiremos, pues, los nuevos apuntes sobre el aventurero cacereño.

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