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Archive For The “Personajes” Category

FRADE, ENTRE EL CORAJE, EL VERTIGO Y LA LUCHA

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Por las páginas de la historia del Cáceres de Aquellos Tiempos, como suele denominar el articulista, existen personajes de una manifiesta dimensión –muchas veces olvidados–, injustamente, y que han hecho de la vida un ritmo de coraje, de lucha, de pasión… José Antonio Frade Martín (San Martín de Trevejo, 1946), es un cacereño que arrastró en su tiempo una vida vertiginosa y, siempre, al azar, con una excepcional personalidad y constancia.

 

José Antonio Frade recibiendo el Premio al Mejor Club Deportivo de la Provincia, de manos del Gobernador Civil de Cáceres.

José Antonio Frade recibiendo el Premio al Mejor Club Deportivo de la Provincia, de manos del Gobernador Civil de Cáceres.

Hijo de Elvira, de origen portugués, y de Marco, que atendía una taberna en la localidad gateña y cuidando, al tiempo, de su campo y de sus cabras, se quedó huérfano de padre y madre en poco menos de un año, que fallecieron por la tuberculosis.

Mientras todos los muebles, ropas, colchones y enseres de la casa paterna son quemados en el trascorral, para evitar cualquier infección y contagio, José Antonio pasó a la Casa Cuna del Hospital, con las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, mientras sus hermanas, Jacinta, con once años, y Josefa, con cuatro, eran ingresadas en el Colegio de la Inmaculada, en la Plaza de Caldereros, donde se servía también a numerosos cacereños la conocida como Gota de Leche. Una especie de biberón que se obtenía para los más pequeños y humildes a través de una ventanilla ovalada.

Al alcanzar la edad escolar, coincidiendo con la llegada de los Salesianos al Colegio de San Francisco, Frade pasó al mismo, donde crecía entre estudios, juegos, deportes y el compañerismo de chicuelos marcados por la carencia de un hogar familiar.

De este modo, casualmente, gracias a Fernando Grande Navascués, administrador de los centros benéficos de la Diputación Provincial, Hospital, Colegio San Francisco y Colegio de la Inmaculada, descubre que tiene dos hermanas, sintiendo la mayor emoción al abrazarse a ellas y recuperar una amplia parcela de su vida. Lo mismo que, por esa época, en su primera visita a San Martín de Trevejo su tía Benita, que le rescató tras el fallecimiento de su madre, procedió a relatarle el desarrollo de aquellos durísimos tiempos y que llevó a cabo las gestiones con el Ayuntamiento para su ingreso en la casa Cuna.

Entregado al oficio de zapatero en el Colegio San Francisco.

Entregado al oficio de zapatero en el Colegio San Francisco.

No obstante José Antonio seguía buscando de forma afanosa el anhelo de su progreso y a caballo con los estudios aprendía el oficio de zapatero, llegando a participar en un concurso de Formación Profesional, celebrado en Valencia, proclamándose campeón nacional. Pero a los 16 años, de la noche a la mañana, dejó de contemplar la panorámica que le ofrecía la vida, muy compleja, al caer en un zonche de cal viva que tenía la Diputación Provincial en las dependencias colegiales. Motivo por el que el mismo perdió una gran capacidad de visión.

Tras varias consultas y pruebas diversas con un oculista de la capital cacereña, el mismo le expuso, textualmente, que no le encontraba ninguna anomalía, que solo era una obsesión y tontunas del joven paciente. Como consecuencia del dictamen procedieron a ingresarle en el Hospital Psiquiátrico de Plasencia, donde padeció inclusive descargas de choques eléctricos que le aplicaban tumbado en la cama de aquel amplio dormitorio de más sesenta internos, rodeado de seis personas, al tiempo  que le colocaban un tubo de goma maciza en la boca para evitar desgarros en la misma.

Lo que José Antonio no podía entender ni comprender porque continuaba careciendo de vista. Pero, afortunadamente, nunca, sin perder su orientación en la vida.

Casualmente, en el transcurso de un encuentro fortuito con una monja auxiliar del hospital placentino, sor María, que más tarde colgaría los hábitos, posibilitó que le recibiera el oftalmólogo Ezequiel de la Cámara, detectándole una artrofia del nervio óptico.

Con el nuevo diagnóstico regresó al Colegio de los Salesianos, atravesando una dura encrucijada, porque los rectores del centro educativo le remitían, día a día, como castigo y desprecio al corredor o pasillo, por el hecho de poseer tan solo un diez por ciento de la visión, mientras José Antonio se desesperaba entre tantas adversidades. Paralelamente el doctor Tomás González, oftalmólogo de la ONCE, le abrió las puertas de la organización al cumplir los dieciocho años.

Al mismo tiempo José Antonio, con su escasez de visión, juega al baloncesto y otros deportes bajo las órdenes de Josué Mimoso.

Un día cualquiera, cansado de tantas desatenciones por parte de los miembros de la comunidad salesiana, harto del trato que le daban, se escapa del colegio y emprende una nueva y desconocida andadura. José Antonio tiene y padece un corto alcance de vista de escasos metros y sin distinguir bien a las personas ni aun pasando las mismas en sus proximidades.

Casualmente, Camino Llano arriba.se lo encuentra la señora Victoria, pinche de cocina del centro, José Antonio le comenta sus desdichas, sus pesadillas, sus sufrimientos, así como su voluntad decidida de no regresar al Colegio, ante lo que decide darle acogida en su casa en la calle San Benito.

Tras todo un tiempo de reflexión no solo no se amilana ante la encrucijada de la travesía que quedaba en su camino, sino que toma nuevos impulsos. De tal forma que inicia su trabajo en la ONCE y, tras la marcha de los salesianos, y con la dirección de Juan Muñoz Sobrado en el colegio, forma varios equipos de baloncesto, fútbol y minibasquet, a los que prepara, entrena y dirige, logra la participación de los mismos en diversas competiciones y obtiene una serie de trofeos con sus conjuntos que iban adornando las vitrinas del centro. En tales equipos deportivos se forma, al tiempo, una amplia cantera destacando en su trayectoria entre otros los futbolistas Plaza y Pedrito, que defendieron los colores del Club Deportivo Cacereño.

Una etapa de una extraordinaria inquietud por el deporte y que le lleva a obtener el título de entrenador provincial de baloncesto.

Más tarde se desliga del San Francisco, crea el Club de Deportes La Unión, bajo el lema “La unión hace la fuerza”, inicialmente en la calle Margallo, más tarde en la Plaza de la Audiencia, logrando  la afiliación de setecientos asociados y poniendo en marcha, inclusive, un equipo femenino.

Sus siguientes pasos le llevan a colocarse al frente del Centro-Hogar de la Organización Juvenil Española, en la calle Parras, gracias a la confianza que le otorga José María Saponi, consigue el trofeo al mejor Club de Deportes de la Provincia y forma un equipo de ciclismo con Joaquín Hormigo, organizando la I edición de la Vuelta Ciclista a Cáceres.

En el año 1971 contrae matrimonio con Claudia Vieira Pereira, pasa a residir en la calle Cuesta de la Reina, Barrio de Aguas Vivas, imprime un giro a su vida, participa activamente en diversos planteamientos de la ONCE: Negociaciones, reivindicaciones, defensa del colectivo cacereño y otras ocupaciones de gran calado, forma parte de una comisión nacional para el estudio de la plantilla de la Organización de Ciegos… Y, entre otras numerosas inquietudes, organiza una manifestación en Cáceres contra la venta de boletos en los bares que tanto les dañaba.

Aun así encuentra un hueco para formar parte del coro de la parroquia de San José, con un párroco de la talla como Severiano Rosado, del que formaría parte durante la friolera de cuarenta años, como participó activa y largamente con la Conferencia de San Vicente de Paúl ayudando a los más necesitados…

Un poco más adelante a pasa a ostentar la Presidencia del Consejo Territorial de la ONCE en Extremadura, implantando los primeros quioscos en Cáceres, También fue el primer presidente del Comité de Empresa de la ONCE en Cáceres, Delegado Provincial…

Mientras tanto se forma en otras características, como en el ajedrez o en el dominó, llegando a obtener diversos títulos regionales y nacionales.

En medio de esa densidad de inquietudes y de esfuerzos, en ocasiones de carácter sobrehumano,  guarda en la memoria, en el alma, en el corazón, toda una multitud de acontecimientos siempre en el marco de Cáceres. Siempre confluyendo en las vías de su forma de ser, en el escenario de sus honduras. Como, por ejemplo, aquel día, pleno de luz, en el que consiguió siente la mano y la voz, cálida, de un Papa como Juan Pablo II,

Al compás del repaso del tiempo, con un trabajo encomiable, intenso y esforzado, luchando siempre como un jabato, como un verdadero jabato, José Antonio Frade pasa revista a una inmensa multitud de hilos y recuerdos que se agolpan por una vida entre el azar, el coraje, el sentido humano…  Con una memoria privilegiada, con una sensibilidad excepcional, con una capacidad inagotable de recursos, como le exigía la vida, se superó de un modo notable…

En un salto en el tiempo regenta su quiosco en la Plaza de América hasta alcanzar una merecida jubilación, tras 47 tantos años, tanto de lucha como de superación de inconvenientes, mientras comparte su tiempo entre Cáceres y su localidad natal de San Martín de Trevejo.

 

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VALERIANO GUTIERREZ MACIAS VISTO POR SOLÍS AVILA

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Paseo en esta mañana dominical de otoño, con sabor a colores que van impregnando de sensaciones inmensas, la tierra parda, como un multicolor arcoiris. Como pirámides de belleza se conforman en la inmensidad de expresiones pictóricas que emanaban del dulce sabor de la creatividad figurativa y realista, de los pinceles, de la paleta, de los lienzos de Antonio Solís Avila. Un genuino pintor de pura raza cacereña que, aquel día, hizo un retrato de Valeriano Gutiérrez Macías…

Eran dos extraordinarios amigos unidos por la identidad de ambos, a pesar del flujo generacional entre ambos. Pero las había puesto en contacto la identidad cultural de Cáceres en aquellos difíciles tiempos.

Valeriano Gutiérrez Macías, por Solís Avila.

Valeriano Gutiérrez Macías, por Solís Avila.

Don Valeriano cabalgaba en la senda de la geografía cacereña, incrustrado en esa perspectiva de la esencia del escritor, del investigador, tamizando las idiosincrasias y las fenomenologías de  Cáceres en numerosos ámbitos: La historia, las letras, sus preclaras gentes, el rigor etnográfico, el saber y el sabor de las raíces populares. Mientras que don Antonio (Solías Avila, claro), plasmaba su fuerza y su genio en el ámbito de la pintura por los madriles.

Ahora este modesto escritor hilvana cuando recuerda aquellas estancias de don Antonio, o «el maestro y artista de calibre excepcional«, que solía comentarnos don Valeriano, cuando el pintor se acercaba por Cáceres y se llegaba hasta el domicilio familiar. O viceversa. Cuando mi padre viajaba hasta Madrid, en su múltiple agenda, solía figurar «un salto para acercarme a ver a don Antonio«.

Don Antonio y don Valeriano cultivaron una muy buena relación al calor de la comunión entre el pintor, siempre luciendo en el alma el nombre de Madroñera, de Cáceres, de Extremadura. Compartían raíces cacereñas con sabor a pueblo y pequeña capital de provincias, como compartían sensibilidades culturales, entretenidas y profundas charlas ante un café. Algún día, quizás, relate alguna de ellas por su peculiaridad.

Antonio Solís Avila (Madroñera, 1899-1968) disfrutaba pintando. Al alba, al anochecer, con el largo recorrido que le llevaba desde las galerías de arte y los focos y órbitas y mecas de la pintura hasta su pueblo y municipios colindantes, cuyas veredas, personajes, estampas de caza o de fiestas tradicionales recreaba con esa elegancia, sencilla y perpetua, que le distinguía sobremanera. No pareciera sino que Solís Avila no paraba de pintar y de perfilar y de puntualizar hasta el más mínimo detalle de su personalidad…

Todo un pintor cacereño de notoriedad, presidido por el sentido figurativo y realista, tal cual, que se pespuntean por las campas cacereñas de siempre. Apunta un servidor que la tierra cacereña se abre como una gigantesca atalaya de colores por estas tierras cacereñas, donde se combinan, con fuerza romántica y sentimental, los ocres con los amarillos, tal vez desvaídos, los rojos silvestres con los morados que abren un horizonte de multiplicidad de tonalidades. Siempre, por allá y acullá, todo tipo de verdes y de azules. Verdes pálidos de adioses semimoribundos, verdes fuertes de lluvia y crecimiento, verdes que emergen hacia la fecundidad, verde, decía el poeta, que te quiero verde… Y, más allá, juntándose en el confín de los horizontes, un puñado de azules: Nostálgicos, los unos; asaetados por brumas nubosas, otros; azules intensos como la mar cuando se abren, pareciera, los cielos y se despeja la vista hasta el infinito y más allá…

Quisiera creer que el lector interpreta que Antonio Solís Avila fue producto de una fuerza interna del color… Y, si lo mezclamos con la esencia de la semilla que germina en la tierra cacereña, y su dominio magistral del compás que se llega hasta el lienzo, pues resulta, sencillamente una obra que culmina la perfección de la intelectualidad, magistral del pintor, siempre con una cara de expresiva humildad, con ese aire de pueblo que nunca quiso abandonar… Un día le comentó a don Valeriano a este propósito:

— ¿Y para qué cambiar la cara con la que nos nacieron en nuestros pueblos, que llega cuajada de fuerza en los brotes de la tierra?

El articulista y escritor se quedó así como «in albis«. Esto es, más despistado, como se solía decir, en aquel entonces, que un pato en alta mar o que una gallina en un baile… Don Valeriano le dio un suave y cariñoso golpecillo a su vástago en el cogote y apuntó:

— ¡Juanito, apréndete estas descripciones de don Antonio, que son lecciones magistrales de vida, de un hombre espiritual y siempre con la raíz del pueblo, como homenaje a aquellas casas y parajes por los que le nacieron…!

"Mujer con pañuelo blanco", de Solís Avila.

«Mujer con pañuelo blanco», de Solís Avila.

Hoy, al hilo de este ensayo, he de dejar constancia, aunque ya lo han hecho decenas y decenas de críticos de arte y expertos, que don Antonio era, fue, es, un artista de gran capacidad realista, ensimismado por el aire regionalista, enamorado de la tierra que le viera nacer, la localidad cacereña de Madroñera,

Triunfando en Madrid pintaba de modo permanente los campos, las honduras de los horizontes, la penetración de los paisajes que se descubrían en aquel entorno, siempre palpitante y genuinamente bello, que se arracima por Madroñera, Garcíaz, Almoharín, Logrosán, Zorita, Casas de Don Antonio…

Poco a poco fue incrustando sus trabajos, sus dibujos, su fertilidad en una larga en revistas nacionales de un más que notorio prestigio: “La Esfera”, “Mundo Gráfico”, “La Acción” «Blanco y Negro«, “Mundial” y “Alma Ibérica”. Hasta que el correr del año 1924 se le abren las puertas del periódico ABC,

Es de señalar que la fuerza, el ímpetu, la sobriedad y la riqueza de sus cuadros le encaminan a ser conocido en Madrid, la capital de la nación y la gran meca del arte, como pintor de paisajes extremeños. Entonces, claro es, por supuesto, ya comienzan a correr las exposiciones, los galardones, como por ejemplo, sin ir más lejos, el de la de la Bienal de Pintura de Venecia, de los reconocimientos que abandera su obra.

En 1955 Valeriano Gutiérrez Macías escribe en ABC que «apasionado del paisaje cacereño y amante de su tierra, Solís Avila ha sabido apropiarse de la luz de Extremadura«. Una definición, que, más allá de que el autor de la misma sea el progenitor de mis días, resulta acertada. Mejor aún, muy acertada. señalando que en sus acuarelas y óleos aparecen «viejos rincones, casas vetustas, antañonas iglesias, calles estrechas, ángulos y detalles de las ciudades monumentales de Turgalium y Norba Caesarina«.

Mi madre, Adoración Gómez Sánchez, en un extraordinario retrato de Solís Avila.

Mi madre, Adoración Gómez Sánchez, en un extraordinario retrato de Solís Avila.

… Y, de repente, cualquier día de aquellos, con un cafelito al medio, entre la suave serenidad de la charla amiga, y el camino de la nobleza entre sus miradas, don Antonio le propuso a mis padres que posaran un rato para proceder a un retrato e inmortalizar sus rostros.

Los dos retratos, en un corto segmento del tiempo de riqueza en el creador, siempre, por otra parte, iluminado, son dos obras de arte humano y familiar que se guardan, claro, no en un rincón del alma, aquella balada que cantara Alberto Cortez, sino en todos los rincones del alma de la familia Gutiérrez Gómez cuando los mismos, debidamente enmarcados, adornaban las paredes del salón comedor… Acaso, quién sabe, imantando un haz de luces y de enseñanzas…

Solís Avila aprendió de sus soledades contemplativas y reflexivas por los campos de Extremadura, por el vaho, el aroma, la percepción del rumor de la naturaleza, el correr del viento, la mezcla y explosión de colores, el estudio psicológico de los rasgos del rostro humano de la gente de la tierra: «El tío Tarrara«, «El cazador furtivo«, «El pastorcillo«, «La mozuela del cántaro«, son, ni más ni menos, qué curiosidad popular en los pueblos de la Extremadura Alta, lo pintoresco de tales identidades con los que denominaba algunos de sus cuadros…

El Museo Pedrilla, de Cáceres, cuenta con una relevante obra de don Antonio Solís Avila, un pintor cacereño sencillamente magistral, que, desde la humidad, la naturalidad, la sencillez, la cultura y la elegancia, supo abrir las puertas de la mayor y de la mejor expansión de las gentes, de los pueblos, de los campos, de las escenas tan humanas, familiares y expresivas de los pueblos de Cáceres.

Algo que, honradamente, le hemos de agradecer infinitamente. Sobre todo para que desde esos lugares de culto que existen en los senderos de la cultura cacereña se pudiera posibilitar la divulgación de un nombre de oro por las calles y plazoletas de todos los pueblos y ciudades de la geografía altoextremeña.

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JUAN DE LA CRUZ, SANTO, GRABADOR, TORERO, PINTOR…

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Entre los desordenados apuntes del investigador y escritor he encontrado las referencias sobre algunos personas llamadas Juan de la Cruz (pero con De la Cruz de nombre), como un servidor. Y allá vamos con quienes, con dicho nombre, destacan en una diversidad de facetas a lo largo del tiempo.

San Juan de la Cruz,

San Juan de la Cruz,

Una forma de seguir y continuar dando vida a un nombre, Juan de la Cruz, que pareciera irse extinguiendo, de forma paulatina, entre tantas vías de los nombres existentes por del santoral. Una lástima. Pero que no sea por no divulgar las relevancias de algunos. (1)

De este modo un día cualquiera, de hace tiempo, comencé a trabajar sobre los llamados Juan de la Cruz (pero con la particularidad de que el De la Cruz figura como nombre, como el caso de un servidor y no como apellido). Un nombre, pues, como convendrán los amigos y lectores poco frecuente…

Pero, aún así, persistiendo por las vías de las consultas e investigaciones, poco a poco vamos encontrando nombres de relieve bajo el nombre de Juan de la Cruz.

Tras la figura excepcional y sublime de San Juan de la Cruz, carmelita descalzo, místico, enormemente entregado a la perfección del credo religioso, en todas las vertientes espirituales, morales, humanas, que sufrió dura persecución y muy severa prisión, por parte de los carmelitas calzados, ejemplo en las letras españolas, el mismo protagoniza un capítulo de verdadera magnitud durante las intervenciones médicas que sufre en los días finales de su vida.

San Juan de la Cruz, como conocen todos, figurarían, por derecho y méritos propios, nacido con una amplia voluntad de su paso por la vida, con letras de oro en el ejemplo, esmerado de la santidad.

"Señora Mallorquina". Grabado de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla.

«Señora Mallorquina». Grabado de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla.

En ese recorrido que lleva a cabo el escritor e investigador firmante de este Blog nos encontramos con la amplia andadura de Juan de la Cruz Cano y Olmedilla. Un español que se distinguió por sus cualificados trabajos como geógrafo, como cartógrafo, como grabador, y que también fuera miembro de la Real Academia de Bellas Artes, de San Fernando, en el período ilustrado del siglo XVIII.

El mismo elaboró, entre otros numerosos trabajos, un Mapa Geográfico de la América Meridional, que fue su mejor obra.

El grabado adjunto, como tantos del referido Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, sobresale por su realismo, por su veracidad, por su color, por su configuración. y con los que tanto sorprendió a sus coetáneos, a los estudiosos como a quienes trabajamos en las particularidades, variedades y riqueza expositiva de todas aquellas obras que conforman el amplísimo legado que nos dejó a todos.

Todo un trabajo sublime de rigor, de profundidad y de un esmero con el que se colocó en un peldaño y en lugar de la historia de España, sobre todo, dentro de la panorámica de los grabados, donde destacó sobremanera, por todas aquellas cualidades que destacan y despuntan  a lo largo de una obra tan diversa y variada como catalogada de brillante por todos.

Un tercer ejemplo de personas con el nombre de Juan de la Cruz lo conforma el del pintor peruano Juan de la Cruz Machicado Sihuayro. Todo un pintor especializado sobre todo en estampas, cuajadas de color y de austeridad y de belleza sobre las profundidades de su tierra. Un pintor fundamental y esencialmente neoindigenista.

Lienzos de un más que manifiesto calibre humano, de identidad popular con la tierra que le viera nacer, de estampas, láminas, dibujos y cuadros acompasados por el compás histórico de las esencias y constantes de esa hermosa tierra que es Perú y de cuyas gentes, parajes y paisajes Juan de la Cruz Machicado Sihuayro ha logrado crear y recrear, con hondura y profundidad, una plasmación de imágenes, que, evidentemente, nos llenan a todos de una sensibilidad peruana y peruanista, invitándonos a conocer las hermosuras, las bellezas, las artes, las idiosincrasias y las señas de identidad, en todos los campos, de la tierra hermana del Perú…

Un pintor de marcados rasgos de identidad peruana y que siempre se esmeró en divulgar y mostrar al mundo escenas variadas con el protagonismo y la fuerza que emana de la conjunción y la armonía de sus pinceles. Y es que Juan de la Cruz Machicado Sihuayro es un pintor, hasta hemos podido conocer, firmemente comprometido con la tierra que le viera que nacer, y, al tiempo, con la tierra que le inspirara en una de las Bellas Artes.

Lo que. desde la opinión del escritor, es algo muy de agradecer a través de ese esfuerzo de generosidad y de pasión, tanto humana como artística, para divulgar todo un canto de amor a Perú…

Asimismo, en el recorrido de esos ilustres, bajo el nombre de Juan de la Cruz, aparece un profesor de dibujo, vinculado a la ciudad murciana de Cartagena, con una amplia gama de argumentos, en medio de su numerosa y muy diversa obra, pero con un muy atractivo y sugerente realismo a la hora de plasmar una serie de estampas conformadas con la argumentación de la belleza y las suertes que se dan cita en el panorama taurino.

Se trata de Juan de la Cruz Teruel. Aquí, a la izquierda, podeis apreciar un bello lienzo taurino bajo la marca de los pinceles del pintor y artista murciano.

Y que hoy continúa incrustándose, entre la perspectiva de sus lienzos, por los caminos del asfalto artístico para mayor gloria de la propia esencia y cualidad de la palabra Arte, con mayúscula. Un camino siempre comprometido, a lo largo de la historia, pero siempre abierto, a lo largo, asimismo, de la historia, a todos.

Y donde radica el abanico de las más varias y diversas fenomenologías, como es el caso de este Ensayo, histórico-artístico-periodístico, que estamos abordando bajo el nombre de Juan de la Cruz.

Juan de la Cruz, diestro mexicano de mediados de los cincuenta del siglo XX,

Juan de la Cruz, diestro mexicano de mediados de los cincuenta del siglo XX,

También nos encontramos en la compleja aventura de esas investigaciones, con el rastro de importantes, prestigiosos o famosos con  el nombre de Juan de la Cruz, con un torero mexicano, si bien no mucha calidad ni tampoco mayor relieve, que debutó en la arena de los ruedos aztecas allá en el muy lejano año de 1946…

Juan de la Cruz, un torero mexicano, que llegó con tanta ilusión como capacidad de sueños a las plazas de toros, y que por ese cúmulo de as circunstancias, tan complejas y existentes en el difícil mundillo taurino, desapareció pronto y de la noche a la mañana de los carteles anunciadores de espectáculos taurinos por las vías del difícil arte de Cúchares.

Un diestro, por consiguiente, de ida y vuelta, tal como se conoce en el argot taurino. Y que con el nombre de Juan de la Cruz dejó al menos la aportación de su propio nombre. Lo que ya supone, al menos, una aportación de este recorrido por los Juan de la Cruz en la historia.

Un recorrido paulatino, pues, a través de las páginas que, de uno u otro modo, han ido y continúan hilvanando una serie de artistas e intelectuales bajo el nombre de Juan de la Cruz. Uno de los nombres, a fin de cuentas, más hermoso de la historia. Y perdón porque deje constancia de ellos el autor de este trabajo: Juan de la Cruz Gutiérrez.

NOTAS: (1) SAN JUAN DE LA CRUZ, UNA ESTAMPA DE SANTIDAD Y ORACION, es un ensayo, obra de Juan de la Cruz Gutiérrez, que aparece publicado en «CACEREÑEANDO, EL BLOG DE JUAN DE LA CRUZ«, con aspectos inéditos de la vida del santo. Sobre todo en los caminos del dolor y los padecimientos a la hora de la muerte.

 

 

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MARTIN DUQUE FUENTES, UNA EMINENCIA

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Probablemente algunos sepais de mi inquietud e interés por El Insti… Esto es, el Instituto Nacional de Enseñanza Media «El Brocense», en el Cáceres de Aquellos Tiempos… En el recorrido y las semblanzas que voy perfilando de aquellos entrañables profesores, hoy: Martín Duque Fuentes.

 
Todo un eminente pedagogo, enseñante y catedrático. Extraordinaria persona y cualificado profesor: Don Martín Duque Fuentes, con quien aprender Latín representaba todo un placer.
 
Entusiasta de la enseñanza, generoso con el alumnado –cuando a uno se le perdía la vista por los ventanales agigantados de las aulas, tras el vuelo fugaz de las chovas–, seguramente figura como de los profesores más y mejor valorados de aquellas legiones de alumnos.
 
Cordial y ameno, cercano y atento, ejercía el profesorado vocacional de forma manifiestamente humana, cuando aquel traslado al nuevo Insti comentó a don Valeriano: «Yo me quedaría con el sabor histórico que rezuma nuestro eterno Instituto, en el corazón de lo que denominamos la Parte Antigua de Cáceres… Sus pasillos, sus dependencias, sus aulas...». Al parecer don Martín hizo un alto en la charla, desde la emoción de tantos años enseñando entre las paredes del Insti, seducido por el encanto histórico de aquel impresionante y entrañable edificio, y apuntó: «¡Pero si hasta las paredes saben Latín, nunca mejor dicho, en el mejor sentido de la expresión…!«.
Unos segundos más tarde, embargado, tal vez, por la melancolía, por una catarata de recuerdos, entre alumnos y lecciones, entre explicaciones, remató su exposición, según nos relatara don Valeriano, del siguiente tenor: «¡Qué cantidad de alumnos brillantes han pasado por sus aulas, para mayor gloria de Cáceres y, en la medida que nos toca, al profesorado…!«.
 
Sus palabras sabían, entonces, a esa emoción del recuerdo en el trayecto de tantos años y de tantos estudiantes que pasaron con sus enseñanzas y con las de otros destacados y muy cualificados profesores, de los que poco a poco, vamos desarrollando sus semblanzas, que, en nuestro entender, es una forma, también, de honrarles por lo mucho que nos ayudaron con su generosidad y su invitación y aliento al estudio. 
En posesión de la Insignia de la Orden de Alfonso X el Sabio. el recuerdo de su relevancia por las áreas de la geografía estudiantil, así como por su insigne personalidad y relieve, llevó a que su nombre figure en el callejero cacereño.
Natural de la localidad Zarza de Montánchez, bachiller por el Instituto Nacional de Cáceres, aprendiendo de aquel clasicismo intelectual, y notorio, por el que siempre se guió, Licenciado por la Universidad Complutense de Madrid, catedrático en Zafra y, posteriormente, en Cáceres.
 
Hace unas semanas, repasando algunos testimonios gráficos que se apelmazan en ese baúl de las emociones –como el que representa, sencillamente, el paso del tiempo– me encontré en mi Archivo con este curioso testimonio de su presencia en la candidatura, correspondiente a las elecciones del año 1936, con el Partido Republicano Radical.
 
Una persona y un enseñante de exquisita sensibilidad que plasmó una honda huella,  se lo puedo asegurar, entre todos aquellos bachilleres.
Gracias, siempre, muchas gracias, querido don Martín Duque Fuentes.
 
NOTA: A Julita G. Parra, catedrática del Cáceres de Aquellos Tiempos, maestra de la fotografía, siempre cariñosa y atenta con todos, con mi mejor abrazo.

 

 

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PORCALLO, UN INDIANO CACEREÑO

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Vasco Porcallo de Figueroa fue uno de esos intrépidos aventureros cacereños que un día decidió poner tierra por medio. Entonces se lanzó al recorrido del azar y embarcándose hacia el Nuevo Mundo. Mi artículo de hoy, 10 de octubre de 1019, el periódico regional extremeño «Hoy».

 

Vasco Porcallo de Figueroa.

Vasco Porcallo de Figueroa.

En la historia de extremeños en las Indias figuran personajes escasamente conocidos, como Vasco Porcallo de Figueroa. Joven cacereño que, según los historiadores, se enroló con la expedición a la isla La Española, hoy Haití y República Dominicana, bajo el mando de Fray Nicolás de Ovando, abatiendo el último cacicazgo taíno, correspondiéndole gran número de esclavos indios y africanos y tierras en el repartimiento.

Lo que rebate ahora el investigador cubano José de Herrera, descendiente de Porcallo de Figueroa, quien señala un error en la fecha de su nacimiento, por lo que el apunte anterior correspondería a un primo segundo del mismo, Porcallo de Mendoza.

Lo que no obsta para que Vasco, de personalidad aguerrida y severa, emprendiera la ruta en la conquista de Cuba con Diego Velázquez de Cuéllar, asentándose en una zona rica de indios, fundando la villa de la Santísima Trinidad, hoy Patrimonio de la Unesco, siendo dueño de inmensas haciendas y obteniendo una fortuna con la adquisición y venta de esclavos.

Porcallo se unió a Hernando de Soto, gobernador de Cuba, en la conquista de La Florida, prestaba ayuda a aventureros como Pánfilo de Narvaez y se enriqueció aún más con el descubrimiento de minas de oro y plata en sus posesiones, llegando a ser el terrateniente más poderoso de Cuba.

La mayoría de los historiadores le califican como cruel encomendero, sanguinario soldado, gran fornicador, señor feudal de horca y caudillo y «el español más odiado y temido por los siboneyes». Aunque Diego de Sarmiento, cartujo, destaca su cualificación de linaje y hacienda y Marcos Antonio Ramos, un propulsor de la colonización y desarrollo de Cuba.

Adicto a mujeres indígenas, tuvo siete hijos legítimos, y entre cien y trescientos cincuenta ilegítimos, por lo que muchos cubanos son descendientes de Vasco Porcallo de Figueroa y de la Cerda.

Asimismo Herrera apunta, tras la lectura de un ensayo del articulista, que Vasco -enterrado bajo el altar mayor de la parroquia de Puerto Príncipe– no fue tan cruel, sino una de las figuras más importantes en la historia de colonial de Cuba.

Seguiremos, pues, los nuevos apuntes sobre el aventurero cacereño.

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DON VALERIANO

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Un buen amigo de Cáceres me solicitaba días pasados una fotografía de mi padre, don Valeriano, en estos términos:

 

Juan ¿No tienes por ahí una fotografía de tu padre de joven? Que hoy le he hablado a mi padre de ti, a raíz de uno de tus últimos artículos y que se lo he leído de cabo a rabo… Ya sabes que le tenía mucho cariño y me ha dicho que le haría una ilusión enorme ver cómo podía ser por aquella época…

Me pongo manos a la obra. Revolviendo papeles que se conforman como una especie de laberinto en el que el escritor y periodista, se pierde –¡qué contradicción!– ante un más que desordenado archivo.

Encuentro, claro, una amplia serie de fotografías. Pero, con don Valeriano Gutiérrez Macías, ya, más mayor de lo que me solicita el amigo en cuestión. Quizás imprimiendo esa dinámica de hábitos y conocimientos a los que se dedicó y entregó, siempre, con harto afán y empeño.

Y al seleccionar la fotografía elijo la que figura a la izquierda de estas líneas, que data de 1944, cuando don Valeriano contaba con treinta años de edad.

Como ya he escrito de y sobre don Valeriano en diversos artículos y hasta con una semblanza resumida alrededor de su cacereñismo, el hijo del gran amigo de mi padre, me solicita, al tiempo, de parte del suyo, que por qué no le dejo constancia, de paso, de aquellos sus hábitos, de su carácter, de su modo y forma de ser.

Más me lo pone harto cuesta arriba. Porque soy hijo suyo, el cuarto de la saga de siete, aunque el pequeño, Valín, mi querídisimo, inolvidable hermano, se despidió con tan solo ocho años, víctima de una cruel enfermedad… Me pregunto, entonces, que qué va a decir uno de su padre…

Pero consideré que debía de aceptar el reto.

Por ahí quedan algunas páginas –muchas– de la historia de Cáceres con su trayectoria y con su firma. Con su imagen en numerosos actos oficiales, civiles, religiosos, militares, pregones, conferencias, conciertos, congresos, reuniones, encuentros, ferias, certámenes, inauguraciones, procesiones, pruebas deportivas, desfiles de modelos , festivales, entrevistas, artículos, reportajes, libros…

Me encierro un tiempo en el rincón del modesto escritor, en medio de una marabunta de papeles, de folios, de apuntes. Miro por la ventana sin saber qué dirección toma mi visión y que se abre en un abanico con una multitud de secuencias. Todas ellas, por supuesto, cacereñas, en la inmensidad de su entrega, permanente y desde siempre, a la ciudad y a la provincia. Pienso un poco, con el fondo de un cielo pincelado y cincelado de azul bamboleando en la tarde canicular, y encuentro a un hombre, don Valeriano, plenamente generoso, honesto, transparente, invadido por la paz y la moral, la ética y la bonhomía, la cordialidad y la capacidad de servicio, el cacereñismo como santo y seña, desde cuya atalaya oteaba los segmentos de su vida…

Buena gente, amigo lector, buena gente. Trabajador, constante, amable. Su empeño: Cumplir al máximo con sus responsabilidades y ocupaciones y compromisos en, por, para, hacia, con Cáceres en el centro de sus planteamientos y objetivos. Como objetivo prioritario de gran dedicación lo era, por supuesto, el de formarnos a su prole en el recorrido y en la trayectoria de la vida por los caminos, las vías y los segmentos del respeto, la nobleza, la aplicación en las tareas, la cordialidad, el estudio. Y siempre, además, ocupado en numerosos asuntos de diversa índole, parecía estar por todas partes y a todas horas.

Uno de sus hábitos, cuando éramos unos mochuelos, pasaba por hacernos repasar, antes de coger los bártulos camino del Colegio, los deberes y las lecciones. Y, aquí, entre amigos, es de dejar constancia que no había forma humana de engañarle, siquiera fuera venialmente.

Lo mismo que por las tardes, tras dejar a los secretarios, Juan Castaño Suero, primero, funcionario de la Diputación, cuya madre tenía una pensión donde residían jugadores del Club Deportivo Cacereño, y Félix Hidalgo, posteriormente, a quienes dictaba con su elocuencia y énfasis habitual sus ensayos y artículos y crónicas y estudios y apuntes, y tras llevar a cabo sus numerosas ocupaciones, solía sacar tiempo de donde fuera y dictarnos un buen párrafo de la “Ortografía Práctica”, por ejemplo, del terrible Luis Miranda Podadera, para que evitáramos las faltas de ortografía. ¡Con el amigo Miranda Podadera nos traía en jaque…!

Hablaba con nosotros, de modo cercano, cuando buenamente podía y trataba de orientarnos por esos páramos del misterio y el ministerio de la vida. Con su bondad habitual, cuajada de consejos. Lo mismo que nos llevaba de las riendas con frecuencia para que leyéramos frecuentemente alguna página en alta voz de cualquier libro. Por ejemplo, echando mano de la biblioteca, “Castilla”, de Azorín. Un libro, por cierto, delicioso. Eso sí, corrigiéndonos la pronunciación, o algo que nos ponía en algún aprieto mayor. Entonces hacía un alto y te interrogaba:

— ¡A ver, Juanito ¿Qué quiere decir esa palabra que acabas de leer?

— Pues, pues, pues… la verdad, es que no lo sé.

— ¿Y no se te ocurre, hijo, preguntarme por su significado?

Se hacía un silencio. Uno no sabía qué decir. Don Valeriano, entonces, te incitaba a que lo consultaras en el Espasa Calpe. Y hala, a buscar entre los catorce o quince tomos de la enciclopedia…! Y a empaparte de lo que significaba una de esas palabras, raras de toda rareza, con que se barnizaba la consulta y por la que te podría preguntar, disimuladamente, o no, a los cuatro o cinco días.

Por las mañanas se encerraba un ratejo en el despacho, con el periódico «Hoy«, trabajando ordenadamente en sus apuntes, en sus notas, en sus artículos, en sus conferencias, hasta que llegaba el correo, hacia eso de las nueve o nueve y media, con un pitido del cartero, que, bajando el picaporte y abriendo la puerta de entrada, así como familiarmente, asomaba la cabeza y gritaba con un vozarrón: “Don Valerianooooo”. Allí esperaba el “ABC”, el “Informaciones”, “La Vanguardia Española”, “El Noticiero”, “El Regional” de Plasencia, “La Estafeta Literaria”, “La Opinión” de Trujillo, la revista “Hespérides”, junto a otra otras, unas cuantas cartas, la mayoría rogando su interés y ayuda en algunas cuestiones referidas a los pueblos de la geografía extremeña… De lo que don Valeriano tomaba buena nota como las tomaba, asimismo, en sus paseos por Cáceres o en sus despachos, apuntándolo todo y cumpliendo, hasta donde buenamente podía, con las sugerencias, propuestas, inquietudes del paisanaje y de los escenarios locales.

Otras veces, quién sabe, te llevaba a acompañarle a alguna labor que se lo permitiera. Y si la misma se llevaba a cabo por las calles de Cáceres, honradamente, aquí, entre amigos, se hacía largo y difícil el recorrido. Enfilábamos la calle General Margallo abajo, porque arriba sería en dirección a la Plaza Delicias.

Tras el saludo a los primeros y más próximos vecinos, con Saturnino Durán, vecino pared con pared, practicante y amante de los canarios, con el que hablaba de sus pájaros y premios en los concursos de canaricultura, o el maestro don Juan Checa Campos, al que le preguntaba cómo marchaba el escolar, y don Juan, buena gente, sonreía piadosamente. Cruzábamos a la acera de los números impares y saludaba a Juan Manuel Cuadrado Ceballos, que vivía enfrente justo de nuestra casa, a quien le daba la mano inclinándose levemente, por su condición sacerdotal, un ratillo con el profesor don Antonio Luceño, y, más adelante, con Antonio Rubio Rojas, que, por aquel entonces, con su Biscuter la puerta, memorizaba los temas de la carrera de Historia, que, en siendo verano, le escuchábamos los vecinos, porque Antonio mostraba su perfil de estudiante haciéndolo en voz alta, en el salón de su casa, que daba a la calle y con la ventana abierta…

Un alto en el camino y una parrafada con Antonio Rubio que, casi siempre le consultaba cuestiones de Cáceres, su predilección, también, de quien sería Cronista de la Ciudad, y que allá por Sexto Curso de Bachiller, me impartiría clases particulares de Latín, con su disciplina amiga. En diversas ocasiones, cuando don Valeriano ejercía de Primer Teniente de Alcalde y presidente de la Comisión de Ferias y Festejos, Antonio Rubio, extraordinario aficionado taurino de la mano de su padre, le apuntaba que había que cuajar las Ferias de Mayo y de Septiembre de buenos espectáculos taurinos. Y así se hizo con el empresario Diodoro Canorea al frente de la Plaza de Toros, que hasta llegó a ofrecer tres corridas en mayo y seis u ocho novilladas en verano con Pepe Luis Blasco, «Caetano», Manuel Alvarez “El Bala”, que citaba en la suerte de banderillas sentado en una silla, Luis Alviz, un buen torero cacereño, serio, profundo, con no demasiada suerte en el siempre difícil panorama taurino, Miguel Oropesa o Enrique Ortega “Orteguita”, entre otros muchos.

Otro cruce de acera y una charla con el teniente coronel y Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, Moreno Antequera, en conversación de aires militares y cacereños, claro es, del que se despedía:

— ¡Saludos para el señor Morán…!, –padre de su encantadora mujer, y, a la sazón amigo, vecino y contertulio de mi abuelo materno, Andrés Gómez Carrasco.

Unos metros más adelante:

— Cédele la parte de la acera, como un caballero, a Doña Valentina.

Junto a la estatua de San Pedro de Alcántara, obra de su gran amigo Enrique Pérez Comendador

Junto a la estatua de San Pedro de Alcántara, obra de su gran amigo Enrique Pérez Comendador

Acera abajo. Y otro saludo. Miraba el reloj y como debiera sobrarle algo de tiempo, cosa extraña por otra parte, se paraba, al lado de la tienda de ultramarinos de Cascos, con el médico otorrinolaringólogo don Luis María Gil y Gil, con quien puso en marcha la Cofradía del Cristo de las Batallas, con desfile en las noches del lunes santo. Charlaban, ambos dos, en función de su respectiva disposición, mientras su hijo Luis y yo charlábamos el rato que estuvieran echando el párrafo nuestros padres. Luego enfilábamos por la Callejina, hoy llamada Palafox, y según subíamos, saludaba en la misma, donde vivía, a doña Quintina, madre de mi amigo y compañero Francisco Sandoval, y maestra…

Tirábamos un poco más arriba y desembocábamos en la calle José Antonio, dándonos de frente con la casa donde moraban, entre otros, un maestro tan culto y esmerado como don Licerio Granados, –«¿Cómo marchan esos estudiantes, don Licerio? Apriételes un poquito, que se apliquen y formen con esmero por su propio bien…!«–, a lo que don Licerio replicaba, con su sempiterna sonrisa, que trataba de formarlos en los principios pedagógicos, docentes, escolares y humanos, y don Martín Duque Fuentes, catedrático de Latín, que alguna vez me preguntara, con aire cordial, como siempre, ante mi padre “¿Quo vadis, Iohannes?” Uno, entonces, enrojecía y no sabía qué decir, a pesar de la generosidad de la pregunta tan sencilla de don Martín. Si bien aclararé que la respuesta no se la podría dar, específicamente, entre latines bachilleres… Ni tan siquiera en latín macarrónico, como nos espetara, de forma bonachona, cuando los alumnos errábamos en las respuestas de sus lecciones, por cierto, siempre magistrales. ¡A ver cómo le respondía que voy acompañando a mi padre, don Valeriano, a saludar a medio Cáceres por lo menos y con cuyas gentes, buena parte amigos y buena parte conocidos, habríamos de toparnos entre la calle Margallo y el Ayuntamiento, hasta la Plaza de San Juan, o vete a saber si no te llevaba hasta el Paseo de Cánovas…! Eso ya sería la intemerata.

Apenas dábamos unos cortos pasos y podía aparecer en la escena del paisaje y del paraje urbano de la calle José Antonio Juan Ramón Marchena para pegar la hebra un rato sobre asuntos munícipes, Y más adelante tirando hacia General Ezponda, allá que te encontrabas, casualitas casualitatis, con don Casimiro García García, por donde comenzaba la calle, con carácter de corte severo, que impartía la asignatura de Religión en el Instituto “El Brocense”, en cuarto de Bachiller, y que en sus mosqueos de clase por el alboroto del alumnado nos llamaba bolcheviques. Por lo que había que echar mano del diccionario y buscar la palabra bolcheviques: “Radicales revolucionarios del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, bajo el mando de Stalin y Lenin, hasta alcanzar la Gran Revolución Rusa”). Con las gafas en la punta de la nariz, y los ojos bien abiertos, merodeaba buscando los rostros de los bachilleres, hijos de conocidos suyos, sacaba el dedo índice de la mano derecha, así como con un aire acusador, y añadía:

— ¡Ya se lo diré a tu padre, Gutiérrez…!

Otra vez rojo porque don Casimiro, al que con frecuencia le entraban algunas manías, dicho con todo respeto, lo cual no dejaba de ser una opinión bastante mayoritaria, por cierto, del colectivo estudiantil, llevaba a cabo su promesa y, en cuanto se ponía a tiro don Valeriano, le chivaba la amenaza. Ligera reprimenda en casa («Me ha dado parte don Casimiro…«), aunque la mayoría de las veces, uno era inocente, pero no valían las explicaciones y aquí, uno, se convertía en pagano del pato…

Dejando atrás el paraje de la calle José Antonio la opción preferida era echar por General Esponda abajo. Por allí se podía escuchar a Emilio Rey «El Pato«, que hizo sus pinitos toreros, decirle “¡Adiós, don Valeriano y compañía…!”, a Amador, «¡A ver cuándo pasa por esta casa, don Valeriano! ¿No se da cuenta del olor tan apetitoso que sale de la cocina?”, en la bodega de Tino, con amplia profundidad y numerosos y enormes toneles con variadas clases de vino, donde solía aparecer a mediodía el sacerdote don Benjamín, que vivía en la calle Santa Gertrudis, que me daba clase particular, y que se entretenía sentado en un tonel tumbado, y a don Rufino, padre de Antonio Rubio, con su comercio de lozas y otros productos atrapado entre los aromas de la pastelería Cabeig y el bar de Amador… O cruzaba de acera en un salto, a la altura de los bares citados, y se encaminaba hacia la Delegación Provincial de Información y Turismo, y charlar con sus titulares como podría ser el caso, por ejemplo, de Gerardo Mariñas Otero, del que con el tiempo me enteré que era familiar de mi gran amigo y compañero en Televisión Española, ya fallecido, Luis Mariñas Lage, excelente periodista y comunicador, y de Luis Fernández Madrid, que alcanzaría el Gobierno Civil de Sevilla. Y si acaso optaba porque echáramos por la Plazuela de la Concepción, pues más de lo mismo. Seguro, seguro, que una charleta con don Victor Gerardo García Camino, catedrático de Literatura, y al frente de la Biblioteca, o doña Isabel Luna, bibliotecaria de amable atención con los estudiantes que transitábamos por aquel salón repleto de libros. Tan solo con la única diferencia de encontrarnos con distintos personajes del escenario humano incrustado en el Cáceres de Aquellos Tiempos…

Ya llevaríamos cerca de una hora caminando. Si acaso al hijo de don Valeriano le daba por mostrar alguna queja de la lentitud y/o aburrimiento del camino, para el autor de estas líneas, respondía con humor imbativle:

— ¡Pero, hombre! ¿Es que no te gusta saludar a los amigos de tu padre e irlos conociendo poco a poco? Pero si son todos ellos muy agradables…

Uno, entonces, tragaba de salida, murmuraba algo entre dientes, que no pasaba de un «¡jooooooo…!» y continuaba acompañando el desfile eminentemente cacereñeador de don Valeriano, que, para no engañarnos, lo saboreaba plenamente. Llegando a la Plaza Mayor habría de continuar el largo rosario de encuentros. Nos introducíamos por los portales de la izquierda y empezar los saludos. Venga, vamos allá: Con Chelo, en la librería Hormigo, si le tenía guardado alguno de los ejemplares pendientes de entrega, en la imprenta “La Minerva”, en la farmacia Castel, por cuyas esencias y aires revolotean tantas tertulias de aquellos finales del diecinueve y principios del veinte, con personajes ilustres en las páginas de la historia de Cáceres, con Terio, que me animaba a escribir en el “Hoy” sobre baloncesto, (lo que consiguió, gracias a la generosidad de Narciso Puig Megías, delegado del periódico en Cáceres) a ver si incitábamos a que la afición del paisanaje apoyara a aquel San Fernando de tanto eco en Cáceres, Salvador Agusti, Ayúcar, Félix Candela, Juan Palomino, Nani…, –«¡Menudo equipazo…!»–, la charla, obligada con Durán, en el estanco, mientras echaba una ojeadilla a los periódicos nacionales, que encontraban en batería sobre el mostrador, y ya, no te cuento al entrar en la calle Pintores…

Unos y otros, adiós, hola, hasta luego, «A ver si nos vemos don Valeriano, y echamos un párrafo«, «¡Vaya usted con Dios…!«, «¡Usted lo pase bien…!», «¡Don Valeriano no se le olvide, por favor, de aquello que le expuse hace unos días…!«… Y a todos, sin que se les escapara ni uno, respondía. A los del hola, a los del adiós, a los del hasta luego, con un saludo cordial, a los del párrafo con que «Ya quedaremos, hombre, no se preocupe usted«, lo que de uno u otro modo llevaría a cabo más pronto que tarde, y a los del «¡Vaya usted con Dios…!» o «¡Usted lo pase bien…!«, pues lo mismo junto a una semisonrisa de cordialidad.

Comenzábamos por Vicente, que estaba siempre a tiro, al principio, a la derecha, y preguntarle por las novedades de los libros de Cáceres, de Extremadura… Podría pasar por las cercanías don Fernando Bravo y Bravo con su elegante capa invernal, en tiempos fríos, y su sempiterna pajarita, siempre de buen humor y agradable, que le saludaba en rima improvisada –«Don Valeriano, buenos días, a usted y a su compañía«–, un saludo en El Precio Fijo donde entraba siquiera fuera unos segundos con las hermanas de Eulogio Blasco, en aquel precioso almacén de sabor a antigüedad, un rato con el señor Rodas, en la joyería, una parrafadilla con Paquito Burgos, un alto por el Jamec,…

O con Juan Pablos Abril, y se entretenían de sus temas de cuestiones municipales, o con Emilio Ovejero Morales, presidente entonces, de la Federación Cacereña de Hostelería, que había que ayudar como fuera a aquel gran Club Deportivo Cacereño de nuestros amores y de nuestras pasiones, aquel equipazo verdiblanco, con Tate, Escalada, Mandés, Palma, y otros ídolos de tantos aficionados, o con el entonces comandante o teniente coronel Rodríguez Montero, o con Dionisio Acedo Iglesias, “¡Valeriano, mándame cuando puedas un artículo de los tuyos, de esos ilustres cacereños o de las fiestas de nuestros pueblos, o sobre cualquier aspecto de la cultura, que tú lo bordas!«, o con Miguel Muñoz de San Pedro, siempre magistral, exquisito y pulcro en sus conversaciones y disertaciones, plagadas de sensibilidad histórica, cultural y cacereña de todo cacereñismo, con el señor Acha, 0 con Julián Murillo Iglesias, médico de prestigio y por aquellos tiempos mayordomo de la Cofradía de la Virgen de la Montaña, siempre cacereñísimo, como tantos y tantos, o con José López Pascual, general y gobernador militar («¡A la orden, mi general!»), Valentín Pinilla, con Antonio Alvarez, que empezó de camarero en el Hotel Iberia y acabó levantando un céntrico hotel en la calle Moret, donde tantas reuniones de la más pura alcurnia había junto a alguna que otra conspiración, hablando en términos coloquiales, tal como saben las páginas de la historia de la ciudad, con don Manuel Vidal Carrasco, párroco de la iglesia de San Juan, y entonces, ya, nos podían dar las del alba, o con Severo, que nos invitaba a perdiz escabechada cuando lo decidiera don Valeriano, lo que bastaba para no entrar allí… Si bien es de señalar que don Valeriano no era amigo de bares… Prefería, con un descafeinado al medio, la tertulia distendida, con aire urbano, ciudadano, capitalino y con argumentos de hilo cultural… Y también de cuando en vez, allá por el Círculo de la Concordia, que presidiera, una partida de garrafina…

O con Federico Trillo Figueroa, o José Luis de Azcárraga, o Alfonso Izarra Rodríguez, o Valentín Gutiérrez Durán, cacereño de Garrovillas de Alconétar éste último, los cuatro, a la sazón, gobernadores civiles, y echar una parrafada sobre la marcha de la ciudad y la provincia, o con Domingo Tomás Navarro, y hablar de periodismo, o con don Celso Bañeza –«¿Cómo va esa Radio Popular, amigo?«–, o con cualquier concejal o diputado provincial que andaba en dirección contraria a nosotros, o Eustaquio, el del Figón, claro, y preguntar por la marcha del negocio, «en uno de los mejores lugares de Cáceres, amigo«, o con Daniel Serrano, o con Eugenio Matas, o con Constantino Berrocal Leo, psiquiatra, excelente persona, siempre amabilísimo, o con Pedro de Ledesma, médico y humanista de consideración, o con Casto Gómez Clemente, ingeniero de Caminos, que se conocía la red provincial de carreteras como nadie y alcalde de Cáceres, o Pablo Naranjo Porras, que siempre marchaba con el cigarrillo como compañero, o el padre Barrios, que tanto luchó por la juventud cacereña de entonces a través sobre todo del territorio del deporte y, fundamentalmente, el de la canasta, o Fray Antonio Corredor, un intelectual notorio, o con José María Grande, presidente de la Caja de Ahorros…

O con Martín Palomino Mejías, presidente de la Diputación Provincial, con el coronel y ensayista Narciso Sánchez Morales, o con ese pintor, luminoso, creativo y artista de mil colores, Pepe Massa Solís, o con Fernando García Morales, que no paraba de escribir por los páramos del Cáceres de siempre, o con don José Canal Rosado, también con pajarita, poeta de versos de belleza creativa en su ventanal de la Plaza Mayor, o con Esteban Berzosa, compositor y militar, con Juan García García, el cartero poeta, de enorme mérito y pulso personal a través del latido de sus versos, o el maestro y escritor Santos Nicolás, experto en el estudio de la figura de José María Gabriel y Galán, o con Francisco González, encargado de los Talleres Municipales, (“¡Don Valeriano, hay que seguir echando una mano desde el Ayuntamiento para mejorar la cancha de baloncesto!”. ¡Y menudo logro que se llevó a cabo en aquel terreno de los Talleres por el que desfilaron extraordinarios equipos para enfrentarse al San Fernando y cientos de cacereños apiñados animando al conjunto local…!),  o con Jesús Alviz, novelista, de la calle Margallo, que desbordaba capacidad creativa e innovadora en las letras, que nos dejó a los cincuenta y dos años y una fértil producción literaria que inició con «Luego, ahora háblame de China«, o con Juan José Narbón, una lucha por el modernismo, o Manuel Bermejo, una persona muy cordial, muy humano, ingeniero agrónomo, que fuera diputado con Unión de Centro Democrático y presidente de la Junta Preautonómica de Extremadura,  o con don Juan Arias Corrales, que saludaba a los alumnos de Magisterio, (“¡Oh, la, lá, bon jour…!”), o con don Isaías Lucero, también profesor en la Escuela Normal de Magisterio, o con don José Ríos Valiente, asimismo otro exquisito y cordial pedagogo, de amplia y cordial simpatía, o con Juan Muñoz Sobrado, (a quien todos llamaban Juanito), director del Colegio de San Francisco, doña Paula, la profesora de la Ronda, que enderezaba al alumno que crecía torcido en los estudios, o con don Luis Nuño Beato, nuestro médico de familia y concejal, con don Ricardo Durán, licenciado en Ciencias Exactas, profesor de Matemáticas, un atleta de entrenamiento diario, o con Francisco Cebrián Ruiz, director de la Banda Municipal de Música, o con doña Ventura Durán, directora del Colegio Delicias, el Perezgil, intelectual,  o pasaba a la farmacia de don Juan Delgado Valhondo, en la calle San Pedro, a ver si estaba el boticario,  o accedía «unos segundos tan solo, Juanito«, que decía él, a la librería «El Noticiero«, y charlar con Don Bonifacio o con Catalina, o se adentraba otros pocos segundos, tan solo, añade un servidor, y saludar al director del Banco Hispanoamericano, o con los padres de algunos amigos de mis hermanos o míos –con una colección de apellidos como los Mogollón Basanta, Berrocal, García Duque, Sarnago, Candela, Pérez Castillo, Sánchez Corrochano, Ballel…— o Pedro Romero Mendoza, que pilotaba magistralmente y con hondo interés y dedicación la revista cultural «Alcántara«, y con tantos paisanos –que me perdonen todos los que no puedo citar, porque no acabaría la lista– que le saludaban:

— ¡Adiós, don Valeriano…!

Don Valeriano, uno de los últimos humanistas de Cáceres, respondía con una sonrisa cordial, que le salía del alma. Tal cual era él. Y decía:

— ¡Adiós. amigo…! ¡Usted lo pase bien…!

 

Lo mismo que, en esas responsabilidades, recorría los pueblos de provincia y palpando las inquietudes de los lugareños como asistía a aquellas celebraciones festivas y ancestrales del calendario popular de la geografía cacereña. Y donde tomaba notas en una libretilla, sacaba coplas a los más mayores, preguntaba por la vestimenta típica, las fiestas ancestrales… Leía, escribía y ejercía sus funciones a todas horas. Ya fueran las responsabilidades de sus cargos, las crónicas de la prensa, sus investigaciones, o los cientos de libros, que se apelmazaban en las estanterías de su despacho, y que trataba de ordenar pacientemente mi madre, Dorita, una mujer jovial, encantadora, que trataba, infructuosamente, de arreglarle el despacho.

Un día de aquellos nos topamos, allá por la Plazuela de San Juan, con ese otro humanista cacereño, don Carlos Callejo Serrano, una eminencia, investigador, conservador del Museo, escritor, ensayista. Otro enamorado y luchador por la rehabilitación de la Ciudad Antigua, como don Valeriano, como Alfonso Díaz de Bustamante, como Miguel Muñoz de San Pedro, y a la que lograron imprimirle, entre tantos esfuerzos, estudios y ayudas desde Madrid, un realce de excelencia, tal cual hoy contemplamos, ni más ni menos, que la Ciudad Medieval. Todo un lujo: Patrimonio de la Humanidad y, hoy, Tercer Conjunto Monumental de Europa, después de Tallín, en Estonia, y de Estambul. Un agradable sol otoñal dejaba caer unos rayos entre los dos contertulios y el bachiller, como pretendiendo iluminar la escena. En mitad de la charla que mantenían los dos escritores, los dos investigadores, los dos amigos, con el mochuelo distraído, mi padre le espetó a don Carlos:

— ¡Pues a mi hijo le ha dado ahora por el ajedrez…!

Don Carlos, sonrió y me sorprendió con una admiración de esas que sonrojaban al adolescente:

— ¡Hombre, un colega…! ¡Ya tengo con quien practicar el ajedrez…!

Me estrechó la mano, me saludó con una cordialidad exquisita, me preguntó, claro, por los estudios, salí del paso como buenamente pude, porque tenía al vigilante al lado, y me dijo:

¿Sabrás entonces qué es el mate pastor, no?

El bachiller respondió que sí. Y el sagaz don Carlos, bonachonamente, volvió a la carga:

— ¿En cuántas jugadas se da un jaque mate pastor?

Resultando una pregunta sencilla, el hijo de don Valeriano, que no se concentraba, se aturulló  y no acertaba a hilvanar la respuesta. Entonces añadió:

— Empecemos la partida. Yo salgo con peón dos, caballo, rey… Ahora le toca a usted, amigo…

Sonreí con la timidez característica y mirando así como al suelo o a las nubes y como mostrando que andaba pensando la jugada.. Don Valeriano, entonces, me lanzó un bote salvavidas al informarme que don Carlos había escrito un libro titulado “El ajedrez romántico”. Librándome, asimismo, del momento de apuro, mientras el bueno del profesor Callejo me invitaba a que lo leyera y le diera mi opinión.

Nuestro siempre querido amigo de los hermanos y de la familia, Vidal Sánchez Corrochano, profesor en el Colegio Diocesano, que se marchó hace unos años, cuyo obituario dejé plasmado en el periódico “Extremadura”, confidente de numerosas aventuras, me dijo:

— Haberle respondido lo mismo: Peón dos, caballo, rey…

Todavía quedaban, afortunadamente, numerosos pasos en el caminar de la larga y fecunda vida de don Valeriano: Cómo andaba la Semana Santa, la marcha de la Cofradía del Cristo de las Batallas, el homenaje a Gabriel y Galán cada seis de enero, las fiestas de San Jorge, los Festivales Folklóricos Hispanoamericanos, Luso-Filipinos, la organización de las Ferias y Fiestas desde la Tenencia de Alcaldía, como avanzaban sus últimas publicaciones, la marcha de tantos asuntos ciudadanos, los despachos del Ayuntamiento y la Diputación, con visitas de alcaldes de una larga serie de municipios de la geografía provincial cacereña como Matías Simón, de Segura de Toro, Ezequiel Pablos Gutiérrez, de Trujillo, Eusebio Vaquero Plaza, de Madrigal de la Vera, Joaquín Hurtado Simón, regidor de Coria, Albino Fernández Pérez, alcalde de Jaraiz de la Vera, o Eugenio Fernández Sánchez, de Baños de Montemayor, afamado torero, con el sobrenombre de «Angelete«, a quien dio la alternativa ni más ni menos que Manolete.

Luego, por casa, le visitaban con frecuencia amigos de una diversidad de lugares cacereños: Nicolás Sánchez Prieto, de Guadalupe, sacerdote, excelente escritor, con diversos premios, que firmaba con el pseudónimo de Gil Cordero de Santamaría, Alonso, de Herguijuela, Isabel Alías Pazos, de Jerte, como llegaba, por ejemplo, el señor Prieto, un piornaliego, que fue legionario, que andaba por Cáceres y no podía regresar al pueblo sin ver a don Valeriano, y entregarle un gallo de corral para un estofado o un buen arroz, y que llevaba en una cesta de mimbre color marrón con el pico y las patas atadas, para que no armara alboroto alguno en el autobús, y que mi madre, una exquisita cocinera, de siempre, preparaba de modo delicioso,  llamaba por teléfono a amigos por cuestiones puntuales, o se acercaba por casa Victoriano Martínez Terrón, con una carpeta, y mostrarle unos siempre preciosos originales suyos, radiografiando, sobre todo, la arquitectura popular de los pueblos cacereños, con impecables trazos y tonalidades, o entraba en un pis pás don José Luis Rubio Pulido, sacerdote, que le había conseguido unas coplas populares para sus publicaciones y afanes etnográficos… O preparar un viaje de trabajo, con Pepe Manteca, al volante, jugador de baloncesto al tiempo, con el equipo de Talleres Municipales…

… Y tiempo, también, para atender, entre Madrid y Cáceres numerosas relaciones humanas, entrañables, amigas, cualificados extremeños: Pedro de Lorenzo, subdirector de ABC, Enrique Pérez Comendador, escultor, Godofredo Ortega Muñoz, pintor de relieve, Manuel García Matos, folklorista de índole nacional, Jaime de Jaraiz, pintor y amante de la guitarra, José Miguel Santiago Castelo, , redactor-jefe de ABC, poeta, que alcanzaría la presidencia de la Academia de Extremadura, Antonio Solís Avila, pintor, Victor Chamorro, Juan Antonio Pérez Mateos, novelistas, ensayistas, muy queridos amigos…

Don Valeriano aprovechaba el tiempo con un hábito así como entre cartujo y militar, se dejaba llevar por una disciplina que se imponía y controlaba él mismo, sin salirse del carril que había determinado, y buscaba la fórmula para no perder ni un segundo.

Adoración Gómez Sánchez, mi madre. Aunque, eso sí, no le faltaba tiempo para en las noches estivales llegarse pian pianito hasta la bandeja del Paseo Alto con mi madre, o acercarse, en ese rosario de saludos, hasta Cánovas y tratar de sentarse en alguna terraza, aunque en esta última le solía faltar privacidad por ese saludo permanente de conocidos… En este último caso, al abandonar las sillas de la cafetería, (mi madre un refresco de naranja o limón, mi padre un descafeinado y un servidor, un helado en tiempos estivales) y respondiéndose a esa carencia de privacidad, habría de decir con su proverbial sencillez: «¡C´est la vie…!, mon ami«

Ahora, contemplando y revisando al tiempo que ya queda atrás, a toro pasado, como diría el clásico, tratando de compendiar una síntesis sobre don Valeriano, especificaría, en una sola frase, que yo, personalmente, aún no he sido capaz de entender cómo podía atender tantos quehaceres sin perder el hilo argumental y el trazado de ninguno de ellos.

Hoy, pues, alzo mi copa plateada del más intenso recuerdo, siempre transparente, por mi padre, por sus lecciones de vida, por su generosidad, por su entrega, por su legado humano y moral, con un brindis habitual:

¡Va por ti, papá…!

Y, también, claro es, por mi madre, que desde aquella labor de ama de casa, incansable, tanto cooperó en la formación y en la educación de sus hijos, con el mismo brindis…

¡Va por ti, mamá…!

El paisaje, hoy, en esta amplia tarde de agosto, se ha eternizado, en medio de un remolino de recuerdos, con una larga serpentina de aquellos lazos infantiles, adolescentes, juveniles, adultos, desde una gratitud que siempre latirá en el alma, porque siempre permanece viva…

… Y porque gracias a su persistencia y conceptos, a su generosidad y mano amiga, a su formación, educación y nociones, a sus esfuerzos, una de sus más señaladas virtudes, gracias a don Valeriano y doña Dorita, que gloria hayan, como se decía por el Cáceres de Aquellos Tiempos, por el que hoy sigo intentando estudiar desde mis humildes ensayos, uno dio muchos pasos en la vida bajo la tutela de sus consejos.

 

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DON LORENZO, UN PARROCO DE AQUELLOS TIEMPOS

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Siguiendo el curso del Cáceres de Aquellos Tiempos me topo con la figura y con la imagen de don Lorenzo Pascual Manzano, párroco de la iglesia de Santiago, una de las cuatro más importantes de Cáceres, que, como se podrá suponer, contaba con una amplia feligresía bajo su criterio y mandato religioso.

Don Lorenzo, en sus últimos tiempos, paseando ante la puerta de Santa María.

Don Lorenzo, en sus últimos tiempos, paseando ante la puerta de Santa María.

Don Lorenzo, un intelectual y un humanista, desde la más profunda sencillez, desarrollaba y cumplía a la perfección, su papel de aquel entonces. Aunque en mi modesta consideración –amigo de charlas culturales con mi padre, don Valeriano, que gloria haya, y otros cacereños, que nos bautizó, impartió la catequesis y dio la comunión a los siete hermanos de la saga Gutiérrez, de la calle Margallo–, como lo hizo con tantas y tantas familias de su jurisdicción religiosa, era consciente de su papel, eminentemente social, y trataba de atender tantas facetas que apenas disponía de tiempo libre, para sacar adelante los compromisos de esta parroquia.

Buena gente, persona agradable y próxima a todos, se distinguía por una manifiesta cercanía a los feligreses, por unas homilías templadas y por tratar de llevar a la iglesia, desde sus responsabilidades, al mejor servicio.

Don Lorenzo Pascual (Gata, 1910-1987), hijo de Elías y Cipriana, era el único varón de siete hermanos. Y que atravesó una compleja niñez, ya que su padre elaboraba zapatos al tiempo que atendía algunas propiedades agrícolas, con las que sacaba a flote una familia con nueve miembros en aquellos tiempos.

Mientras que Lorenzo, ya de crío, echaba una mano como buenamente podía a su padre, al tiempo que, quizás convencido por el párroco de su localidad natal, pronto enfocó una ruta vocacional dirigiendo sus pasos, enseguida, al Seminario de Coria, donde la vida de los estudiantes y aspirantes a religiosos en el correr de aquellos tiempos no resultaba nada fácil y ante las imposiciones inflexibles, asimismo, por parte de los rectores del Centro.

Lorenzo Pascual Manzano, de Seminarista.

Lorenzo Pascual Manzano, de Seminarista.

Un lugar, el Seminario de la ciudad cauriense, donde se fue forjando, poco a poco, su adolescencia, su juventud y su paulatina madurez y sensibilidad, tanto religiosa, como humana y social. Los tres vértices sobre los que pivotaría, fundamentalmente, el eje de su vida. Y disfrutando, enormemente, de aquellos cánticos gregorianos

De este modo el 21 de septiembre de 1935 es ordenado sacerdote, canta la primera misa, con extraordinaria alegría familiar, en su pueblo natal, y, por exigencias de las circunstancias, tiene que incorporarse al Ejército, donde trata de llevar a cabo una misión compleja en plena Guerra Civil y siendo traslado muy pronto como capellán al Hospital Militar de la localidad de Valencia de Alcántara, para pasar más tarde, como coadjutor a una iglesia de la misma localidad, Nuestra Señora de Rocamador, hasta el año 1942, tratando de impregnar a los fieles y parroquianos de las bondades de la iglesia.

Ese mismo año pasa a ser Ecónomo en el municipio de Montehermoso, hasta que ya en el año 1944 es nombrado Ecónomo en la Iglesia de Santiago en Cáceres, tratando de predicar la doctrina y llevar a cabo todas las actividades que buenamente podía con una feligresía, ya, tan amplia y numerosa, así como la colaboración de numerosas personas entre unas y otras labores.

Toda una serie de responsabilidades y de considerandos en el ámbito de sus cometidos religiosos, al frente de la parroquia, como los de:

Un joven sacerdote llamado don Lorenzo Pascuel Manzano.

Un joven sacerdote llamado don Lorenzo Pascuel Manzano.

Coros, ejercicios espirituales, ceremonias funerarias, el besapiés de la talla de Jesús Nazareno, una obra de relieve del imaginero Tomás de la Huerta, con largas colas de gentes por la devoción cacereña al mismo, potenciación de la Semana Santa donde radica una Cofradía de tanta raigambre, la conocida popularmente, como Procesión de la Madrugada, que impregna de fervor y solemnidad, con todo Cáceres arropando a su Jesús Nazareno y el resto de los pasos, el cuidado y la mejora del templo, las homilías dominicales desde aquel precioso y artístico púlpito, a través de una palabra fácil y de un mensaje con la suficiente expresividad para llegar a todos, y finalizando muchas de ellas, con la frase:

Que todo sea por el bien de Cáceres y el bien del mundo”.

Otras actividades también radicaban en la preparación para las catequesis, formación de monaguillos, de sacristanes, la elaboración de la Hoja Parroquial, con carácter semanal, que preparaba, prácticamente, él solo, alguna excursión…

Una, pues, larga y completa serie de actividades, que la dan una imagen de nombre así como de conocimiento popular en el Cáceres de Aquellos Tiempos.

Y a lo que hay que añadir, claro es, esa inquietud en el panorama cultural cacereño y en cuyo escenario tomaba parte en la medida en que lo permitían sus obligaciones al frente de la parroquia cacereña de Santiago

Casa Parroquial en la que vivió don Lorenzo.

Casa Parroquial en la que vivió don Lorenzo.

Todo ello lo va compatibilizando con su pasión por la familia, sin olvidar que el mismo vivía en la casa parroquial de Santiago, con dos hermanas, dos sobrinas, hijas de otra hermana cuyos padres fallecieron a temprana edad, y durante un largo tiempo, también con su padre, con lo que la vida no resultaba demasiado fácil para salir adelante. Pero la capacidad de esfuerzos de todos hizo posible un hogar armónico y de lucha por el día a día.

En Cáceres fomenta un círculo de amistades con los que se recrea en tertulias caracterizadas por la cultura, la historia y la sociedad cacereña, para incrustarse del mejor y mayor conocimiento de la capital, un anhelo al que aspiró desde siempre, lo mismo que componía algunos poemas en la soledad de la noche, cuando se dejaba llevar por el silencio y el azul oscuro del cielo, y en cuya iglesia ostentaría la titularidad de la parroquia, ya, de forma indefinida, hasta el año 1979, con 35 años de ejemplar servicio ininterrumpido.

Más tarde pasa a ser Canónigo de la Santa Iglesia Concatedral, lo mismo que desempeña el cargo de Consiliario de Mujeres de Acción Católica, desempeñando señaladas funciones, practicando esa misión de alcanzar los mejores logros posibles, pero siempre, claro es, de acuerdo con el criterio de las mismas y que veían en don Lorenzo Pascual Manzano un sacerdote ideal para las aspiraciones e inquietudes de las mismas.

Un día, sin embargo, en el transcurso del año 1997, cuando respiraba la satisfacción de la paz interior en el recorrido de la vida, con la conciencia la obra bien hecha, sobre todo con el desempeño de mucho amor y alegría, don Lorenzo Pascual Manzano falleció, dejando una estela de consideración, respeto y admiración entre quienes le conocieron a base de bien, durante muy largo tiempo.

 

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DON LORENZO, UN PARRO DE AQUELLOS TIEMPOS by JUAN DE LA CRUZ GUTIERREZ GOMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

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