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Archive For The “Estampas” Category

MONJAS Y SACERDOTES ENTRE SERPENTINAS Y CONFETTIS (1965)

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Día de la Provincia en Cáceres, 1965. La Avenida de España se conforma como un hervidero de alegría festiva en la celebración de una Fiesta con rango de extraordinaria.

José Luis Caldera, Benigno Tovar y Pedro Tovar, entre serpentinas y confettis...

José Luis Caldera, Benigno Tovar y Pedro Tovar, entre serpentinas y confettis…

El día ha salido bueno de verdad, dice el paisanaje que aguarda la celebración del Día de la Provincia. Y, además, acorde con el sabor y la llamada la fiesta, invitando a todos a una siempre animada y magna concentración en las zonas del recorrido del desfile.

Un desfile que se conforma de llamativas carrozas diseñadas por consagrados artistas, tras darle mil vueltas a la configuración de su obra, tan esperadas por todos los cacereños, con ricas imágenes de las comarcas, con la presencia de numerosos grupos folklóricos llegados desde diferentes puntos de la provincia, con una exhibición de trajes y de las ricas canciones, jotas y otras danzas populares…

Una muy amplia muestra, asimismo, de productos típicos de pueblos cacereños con el color y el aroma generoso de las frutas, con verduras, con los siempre sabrosos dulces salidos de los hornos, con trajes, con artesanía naciente de los alfares, con varias generaciones de antigüedad y al amor de la lumbre, entre lebrillos, piporros y cántaros, de telares, armoniosos y creativos por parte de los trabajadores del pueblo cacereño, con aparejos de labranza, arados, colleras, que tanto honran a las buenas gentes de la tierra parda, con todo un aluvión de variedad y diversidades que llaman la atención de miles de personas que se convocan, que se dan cita y participan, con la mirada expectante y en medio de un carrusel configurado por expresiones de exaltación. Siempre, claro es, alrededor del recorrido de la pintoresca celebración. Y de las que las gentes de Cáceres arden en deseos.

Un acontecimiento popular cuajado de jolgorio y de alegría, de diversión, de sonrisas en un ambiente que cuenta de la mayor participación y con el gentío que se desborda por los riachuelos de la cacereña Avenida de España en toda su extensión. Por allí la Avenida de la Montaña, por allá la calle General Primo de Rivera… Atrás quedaba la Feria de Mayo… Pero eso ya se aparcaba en el pasado. Caminemos, pues, adelante.
Suenan los acordes musicales conformados por las bandurrias, por las guitarras, por los laudes, por las cucharas raspando las botellas de anís, por los panderos, por las flautas, por las castañuelas. Se escucha el conjunto de la masa coral. A la que se añaden espontáneamente, de forma popular, todos. Cacéres canta y baila y celebra el Día de la Provincia en el sabor de aquellos tiempos donde los acontecimientos festivos gozaban del mayor aplauso ciudadano.
Se corean entre rítmicas palmadas, por miles de espectadores, las canciones de la tierra, se lanzan piropos a las mozas, que se enorgullecen del rumor de los jóvenes, se palpa el sabor del tipismo ancestral y tradicional extraído, a golpe de esfuerzo y de investigaciones, por muchos estudiosos y que, entre todos, se fueron recuperando… Tal cual como sucede por todos los pueblos de España convocados en sus acontecimientos feriales y en el ritmo de fiesta como un acto de recreación e identidad popular. De norte a sur y de este a oeste por la piel de toro española.
Las guapas jóvenes que lucen en las carrozas, bien aderezadas con las mejores galas, campuzas cacereñas de pura cepa, y otras identidades etnográficas, saludan desde lo alto –sonrisa arrolladora, pasión de cacereñismo– arrojando al público toda una continuada serie de serpentinas y confettis. Un vaivén de sorpresas…
Cáceres, mientras repasamos las dos curiosas secuencias y fotogramas de los reporteros gráficos de NODO, que acompañan este ensayo, canta y baila como hacen, en sus citas con la historia popular, todos los ciudadanos de todos los pueblos,
También, claro es, por supuesto: Una gran Batalla de flores. Adioses, amor, pasión, diversión colectiva de un pueblo con ganas de jarana, desde las carrozas se escapan algunos obsequios a los espectadores, en forma de golosinas, por las que se pelean en acelerada carrera y disputa los muchachuelos y, también, los mayores, mientras que otros, más decididos, se lanzan hasta la misma carroza a ver si alcanzan una perrunilla, que se llevan triunfalmente entre aplausos del personal al héroe del dulce típico cacereño, mientras el mismo exhibe la perrunilla desmijada como si de un trofeo se tratase.
 
— ¡Qué bien bailais las jotas cacereñas, caraja, y que pedazo de salero teneis todas…! –grita un paisano de traje de pana negra, a pesar de los sofocantes calores de ese junio, botas camperas, gorra capada entre motas volanderas, camisa a rayas verticales de azul y marrón, colilla en la comisura de los labios… 
El gentío se apretuja al máximo para presenciar el desfile de carrozas. Sobresalen las cabezas y los ojos mirando a las carrozas. Los hombres, las mujeres, los niños, la juventud, diríase que todo el personal, tiene y mantiene el ánimo predispuesto para una buena tarde. Y apurando ese deseo todos se divierten en la fiesta, que para eso se celebra, mientras los decibelios de los acordes musicales populares cambian su tono de mayor a menor, o viceversa, según evoluciona el paisaje del desfile en el paraje del Día de la Provincia.
Unos, los menos, las autoridades, en la tribuna presidencial, por mor de los rigores y exigencias de la normativa, con traje, así como impecable; otros, casi la práctica totalidad de los asistentes como observadores, con aire deportivo, polos, camisas de manga corta, pantalones vaqueros, o de tergal; las muchachas, siempre atractivas, con su sonrisa de azucena y de jazmín, de amapola, de terciopelo y lirios; otros con el pelo engominado y a la última moda; otros, con indumentaria sacada del baúl casi del olvido, heredada de sus antepasados y conservada como una joya. Diríase que primorosamente.
Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl divertiéndose en el Día de la Provincia. 1965.

Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl divertiéndose en el Día de la Provincia. 1965.

Por allí se agolpaba, como suelen apuntar las crónicas periodísticas de la historia, que se almacenan en las buhardillas de los archivos y hemerotecas, el todo Cáceres, con sus vecinos que llegaban desde San Blas o desde la barriada de Aldea Moret, o, acaso, desde Aguas Vivas, desde diferentes pueblos de la provincia, norte, sur, este y oeste, acompañando a sus representaciones del municipio o de la comarca…

Y ese todo Cáceres, haciendo un alto en el camino, disfrutaba, de forma entusiasmada, en la exaltación de la festividad  con cita en el Día de la Provincia…

 Entre ellos, en la tribuna, instalada a la altura del edificio que se alzaba como el Asilo de Ancianos, con tan admiradas monjas y venerables mayores en sus dependencias, podemos apreciar a los sacerdotes José Luis Caldera, Pedro Tovar, que fuera párroco de la iglesia de Santiago, Benigno Tovar, hermano del anterior, coadjutor de San Blas…
En el otro documento fotográfico apreciamos a  unas monjas pertenecientes a la Orden de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, con tanta y tan buena labor en Cáceres, siempre entregadas a los pobres, los marginados, escuelas, centros de acogidas, aunque en la imagen se encuentran disfrutando, alegremente, en medio de un ramillete en abanico, dibujado de serpentinas y confetis multicolores. Las mismas son, al parecer, por los datos facilitados por un lector sor Aurora (Cruz Roja) y Sor Pilar (Colegio La Milagrosa).
Es de señalar, asimismo, que las hermanas de la Caridad de S.Vicente de Paúl, como nos indica Jimena Ruiz, continúan haciendo una gran labor con el comedor para necesitados, instalado en la casa donde reside la Congregación en la Parte Antigua.
 
N: Las imágenes están entresacadas del reportaje dedicado por Noticiarios y Documentales (el popular NODO) al Día de la Provincia de Cáceres del año 1965.
 
NOTA: A mi querido amigo Francisco J. Paniagua Mata que todos los días cacereñea a base de bien. Gracias, Maestro.

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ROSTROS CACEREÑOS…

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Confieso que soy un admirador profundo de los rostros, impresionantes, impresionables, duros, esforzados, severos, del Cáceres y de la Extremadura rural, de los campesinos, agricultores y de aquellas mujeres heroicas, cruzadas de pueblo y campo, que se fueron por el sendero de la eternidad, dejándose el pellejo en la dureza y severidad de las caminatas del día a día, entre los surcos, siempre inveterados, de la tierra parda…

 

Mujer de Cañamero, 1928, fotografía de Ruth Matilda Anderson.

Mujer de Cañamero, 1928, fotografía de Ruth Matilda Anderson.

Mi pequeño archivo cuenta con una serie documental de rostros cacereños desdibujados en el pulso de la historia, cansados de trasegar afanosamente en un sin parar, en un sin vivir, desgarrados, que miran quizás con una interrogante de misterio, de enigma, como preguntándose, tan solo, entre resignaciones y paciencias, a voz en grito, o, tal vez, en medio de un estrepitoso silencio «¿Por qué? o, acaso: «¿Por queeeeé?».

Como este Rostro de la izquierda, fotografía titulado CON SOMBRERO DE PAJA, captado por Ruth Matilda Anderson, en 1928, en la localidad cacereña de Cañamero.

Rostros archivados de la mano de extraordinarios fotógrafos, de buenos, muy buenos escritores, ensayistas, filósofos de la razón, ignoro si pura o no, de reportajes sobre la historia de los pueblos y aldeas de la provincia de Aquellos Tiempos, de humanistas y sociólogos, de artículos desgarradores, de personajes que faenaban entre sus andaduras y nos iban dejando ese sorprendente legado de Rostros Cacereños… Rostros de misterio como la negra pena, de sabores como la pena negra, rostros abrasados en el crujido del azar de la vida, rostros que no saben dónde mirar pero que, eso sí, cabalgan a lomos de una dignidad inmensamente infinita, hacia la justicia del juicio tras tantos avatares…

Rostros que, junto a otros testimonios de nuestra historia, sacrosanta, y otras veces, como perseguida –o, tal vez sin como– por los disparos traidores de la maldición, parecieran perseguir, uno y otro día, siempre, por las campas de cada amanecer hasta la propia oscuridad de la noche más cerrada, a nuestras buenas, humildes, esforzadas gentes en el vía crucis de esta vereda. Gente admirable, con un corazón de sortilegio para aguantar los azotes de la ira del viento, las piedras de los tropiezos, la carencia de la sonrisa, quizás, puede, acaso, por la hipotética carencia de músculos en la cara…

Campesino de una comarca del Norte de Cáceres en los años 20

Campesino de una comarca del Norte de Cáceres en los años 20

Pero gentes, siempre, muy luchadoras, pudiera decirse que eternamente luchadoras, que ganaban el pulso a la noria de los sufrimientos, aunque en ocasiones se los llevara por delante la corriente del agua y tuvieran que asirse a la esencia del aire, al misterio de la nada, y, en ocasiones, sucumbir ante la adversidad. ¡Porque la vida no son cuatro días, como señala el dicho popular…!

Me pregunto, ahora, con la mano en mi alma extremeña que he dejado y plasmado cientos de veces, siempre desde la buena fe, mis paisajes y mis parajes por las campas cacereñas y extremeñas, por numerosos lugares de la comunicación: ¿Por qué no sacaba adelante, pues, estas fotografías, en vez de morir en un archivo que, no se, un día podría desfallecer en el aburrimiento y aislamiento de un despacho, como se olvidan tantos recuerdos, tantas estampas, tantas imágenes… para la nada?

Me lo he jugado, entonces, mano a mano, en mi conciencia como si fuera un verso suelto de la paz que uno quisiera guardar y fortalecer… Pero, antes, es de justicia revitalizar esa serie de Rostros Cacereños que tanto quieren decir sin decir nada porque ya, tan solo callados, lo manifiestan, lo relatan, lo cuentan todo, absolutamente todo, cuando han estado días, semanas, meses y años, muchos años, callados en ese hipersilencio que mamaron de la propia rutina cuando sus primeros pasos…

Entonces, al cabo de unas reflexiones conmigo  mismo, pensé que merecía la pena pregonar la expresión de estos rostros que tanto tienen que apuntar en las columnas de la historia de la provincia de Cáceres…

Hurdano, años treinta, aproximadamente.

Hurdano, años treinta, aproximadamente.

Por eso hoy abro la puerta de un camino, a caballo de esos quehaceres del escritor y del periodista, con su pluma apaisajada por las veredas de la admiración y el respeto a tantas gentes que supieron escribir, como muchos, parte del recorrido de la tierra cacereña. Basta, tan solo, con detenerse en las estampas, en las miradas, en los entresijos de esas fotografías…

He de confesar, amigo lector, que al teclear el ordenador y escribir este pequeño ensayo, me tiembla el alma, contemplando esos documentos fotográficos que silban en el aire, que duelen en su reflejo y en su esencia, y que quienes hemos conocido, siquiera fuera un mínimo segmento de algunas de tantas y tantas vidas anónimas de nuestras gentes de pueblo y campo, y también de ciudad, claro, sentimos el escozor de esos hombres, de esas mujeres, de esos chicuelos, que supieron labrar con extraordinaria dignidad los surcos de la tierra parda.

También me pregunto por esas fotografías. A veces no las saqué por dolor ajeno y propio, en ocasiones porque pasaba por el tamiz de los mismos como queriendo dejar atrás una página de la historia de tanto dolor, otras, sencillamente, por olvido, y, finalmente, otras, porque uno también llora y le resulta muy cuesta arriba escribir una línea con los ojos empañados por esas lágrimas que humedecen y nublan la vista.

Aquí, por ejemplo, teneis, a la izquierda, a una lavandera cacereña de extraordinario esfuerzo humano y familiar. Su cara, su rostro pareciera un poema de lucha y de sacar adelante la casa , como lo es, de paz y esperanza. Se trata, sencillamente, de Vicente Polo Salgado, a la que, siguiendo la tradición de aquellos tiempos, conocían bajo el apodo de La Farruca, heredado, al parecer, de ese mismo apodo con el que se conocía a su padre.

Gracias, pues, mil veces mil, a esos Rostros Cacereños de los que emerge tanta Serenidad, tanta Paz, y cuyas gentes fueron capaces de recorrer los pedregales de las andaduras, entre vértigos y dolores, conformado por decenas de arrugas de trabajo, esfuerzo y padecimientos…

La voz, sí, la voz escrita, que es la palabra, me ha conmovido con esos Rostros que, paulatinamente, iré dejando para mis amigos y lectores con la voz atragantada en aquellos enormes afanes a los que se veían obligados, desde la necesidad y la exigencia, para salir adelante, en medio de todo un desgarrador marasmo y un maremagnum de interrogantes…

Gracias, pues, a esos Rostros Cacereños de tanta y tantísima Dignidad…

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LA MONTAÑA DE CACERES…

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Un día cualquiera, del Cáceres de Aquellos Tiempos, nuestro siempre querido Javier (García Téllez, claro es), se encaminó, cámara fotográfica al hombro, a buscar instantáneas, como las que se plasmaron, con su firma, en el álbum de la historia de la fotografía en Cáceres. Ese día se fijó en la Montaña y en su Santuario.

 

Una misión, la de Javier, siempre encomiable, y un compromiso que adquirió, también para siempre, en su identidad por y con Cáceres, que regó con su elevado grado de creatividad, su capacidad de trabajo, asimismo en su estudio, en la calle Pintores, e, igualmente, a través de la corresponsalía en numerosos periódicos y revistas nacionales, como «ABC«, «Blanco y Negro«, la agencia «EFE«…

Una ciudad a la que, como me comentara un día su hijo Valentín, que gloria haya, buen amigo, le debió de dar cientos y cientos de vueltas, «gastando suelas de zapatos permanentemente», comentaba, buscando todo tipo de rincones, imágenes, estampas, perspectivas que enriquecieran la imagen de Cáceres, como retrató a miles de cacereños en bautizos, en comuniones, en bodas, en festejos y acontecimientos diversos, mientras me comentaba, con un rico cocido madrileño al medio:

— ¡La verdad es que mi padre es un genio…!

Hizo un alto y añadió:

— Y un trabajador infatigable.

¡Y vaya si consiguió recrearse en la estampa de fotografiar lo que se podría señalar y manifestar como el todo Cáceres…!

Entre los cientos y cientos documentos sobre Cáceres, en su fecunda vida profesional, y de tantos y tan diversos campos y panoramas, siempre con el tamiz y el matiz cacereño, hoy dejamos constancia de este bella perspectiva dirigida hacia el camino en el recorrido hasta el Santuario de la Virgen de la Montaña, la Patrona de Cáceres, que todos conocemos tan bien.

Una labor tan abierta y servicial, de tanta y tan exquisita generosidad con la ciudad cacereña, que Javier García Téllez presta hoy su nombre a un Instituto de Educación Secundaria en la ciudad cacereña.

Javier García Téllez (Gata, 1888-Cáceres 1963) obtuvo una Medalla de Oro en la Exposición Iberoamericana de Sevilla, celebrada en el año 1929, con una colección documental sobre los monumentos de Cáceres, Plasencia y Trujillo, presidente de la Escuela Elemental de Trabajo y Capataces Agrícolas, posteriormente Escuela de Maestría Industrial, concejal del Ayuntamiento,

Aquí os dejo hoy, pues, una hermosa imagen de otros tiempos, con una excepcional perspectiva, para el sabor, el recuerdo y la historia del Cáceres de Aquellos Tiempos.

 

 

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MONUMENTO A GABRIEL Y GALÁN

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José María Gabriel y Galán se conforma como uno de los nombres más relevantes de la poesía castellano-extremeña. Como sabemos todos los extremeños.

Estatua a Gabriel y Galán en el Paseo de Cánovas, por Pérez Comendador.

Estatua a Gabriel y Galán en el Paseo de Cánovas, por Pérez Comendador.

Lo que viene al hilo de esta antigua fotografía, referenciada en los años cincuenta/sesenta, que llevara a cabo el excepcional fotógrafo aragonés Luis García Garrabella, 1907-1977), y que, en aquellas décadas, cámara en ristre, decidió recorrerse España de cabo a rabo, por toda la geografía de la piel de toro que se expande por los cuatro puntos cardinales y tratar de plasmar los monumentos, las esencias, las particularidades, los paisajes, las costumbres, las sensibilidades que se dan cita por la hermosura de los pueblos y ciudades de España.

El objetivo: Conformar una colección de postales fotográficas de la marca que llevaría su nombre en el reverso de las postales, EDICIONES GARCÍA GARRABELLA, que tuvo, por cierto, un gran eco en el mercado de Aquellos Tiempos. Y que, por supuesto, habría de encontrar un manifiesto interés en su colección de Tarjetas Postales de España.

Una de las fotografías más representativas de Cáceres, elegidas por Luis García Garrabella para dicha colección, quizás como quiera que el mercado se encontraba saturado de postales cacereñas con los monumentos más representativos de la entonces conocida como Ciudad Antigua, hoy Casco Histórico-Monumental y Ciudad Medieval, se conforma con la estatua de José María Gabriel y Galán, en primer plano, y con el céntrico Paseo de Cánovas al fondo.

Fotografía aparecida en 1926 en el diario ABC, en el día de la inauguración del Monumento.

Fotografía aparecida en 1926 en el diario ABC, en el día de la inauguración del Monumento.

Un monumento elaborado, de forma primorosa, con gran sentido figurativo y con una gran composición artística, por el galardonado y laureado escultor extremeño Enrique Pérez Comendador, en el año 1926, a quien le entusiasmó el encargo, de tanto realce y belleza, en homenaje a una personalidad de la poesía y de las letras como la figura que representa el autor de «El Ama«, José María Gabriel y Galán.

Es de señalar que Enrique Pérez Comendador (Hervás, 1900-Madrid, 1981), perteneciente a la Escuela Sevillana de Escultura se distinguió, desde siempre, por su amplia capacidad de trabajo y sus cualidades imaginativas y realistas. El mismo cuenta en su haber con destacadas obras y significativos galardones: Como son el monumento a San Pedro de Alcántara en la Plaza cacereña de Santa María y al que le puso su propio rostro, los Monumento a Vasco Núñez de Balboa y Ramón Gómez de la Serna, en Madrid,  el de Pedro de Valdivia, en Santiago de Chile el paso «La Despedida«, que desfila procesional, devotamente, durante la Semana Santa de Zamora, una de las más hermosas y sugestivas de España.

Y entre sus galardones destacar las diversas que obtuvo en la Exposición Nacional de Bellas Artes en Madrid, la Medalla de Oro de la Exposición Iberoamericana de Sevilla, el Gran Premio de Roma, el Premio Nacional de Escultura, además de ser Miembro de la Academia Española de Bellas Artes de Roma, de la que alcanzó la dirección e imprimiéndole un señalado y manifiesto impulso….

Una trayectoria tan amplia y cuajada de éxitos y triunfos, gracias a la artística delicadeza de sus manos, para mayor gloria de Cáceres.

José María Gabriel y Galán, (Salamanca, 1870-Guijo de Granadilla, 1905), la figura homenajeada, que da título a este trabajo, se merecía el mayor recuerdo y agradecimiento de Cáceres, a pesar de que nos dejó con tan solo treinta y cinco años y una densa e ingente obra, tanto en castellano como en el dialecto extremeño, el castúo.

Un poeta intenso, generoso con la luz de la vida, con la que gente que camina por el sendero de la vida, con el paisanaje del Guijo, siempre marcado por la admiración al ilustre vate.

Gabriel y Galán, que ejerció un tiempo de maestro en la localidad cacereña de Guijo de Granadilla, donde afincaría, destacó, sobre todo, por su entrega e identidad al sentimiento, la realidad y al mundo a caballo entre el campo y su sentido cristiano de la vida, donde matrimonió con Desideria García Gascón, dejando el colegio, a partir de entonces y dedicándose a la administración denominada «El Tejar», un latifundio de su mujer.

Un tiempo que comienza a compartir con la rica y expresiva poesía que nace en su alma: «El Cristu benditu«, «El Ama«, con la que alcanza la Flor Natural de los Juegos Florales de Salamanca, así como el logro de otras Flores Naturales en Zaragoza, Sevilla y Buenos Aires, que le van culminando como un poeta de relieve.

Un hombre y poeta que se entregó a la vida del campo y a la hondura de los planteamientos cacereños. Y que al fallecer con tan temprana edad se rompió la enorme talla poética de una personalidad que rezumaba identidad de sangre castellana y extremeña y que divulgó, sobremanera, los nombres de Cáceres y Extremadura en los ámbitos literarios extremeños.

Destacar, asimismo, que a pesar de su juventud, a los 33 años, José María Gabriel y Galán ya fue nombrado Hijo Adoptivo de Guijo de Granadilla.

Todavía hoy, afortunadamente, cada 6 de enero, los amigos de Gabriel y Galán continúan rindiéndole homenaje de gratitud y numen poético entre versos cuajados de sensibilidades poéticas.

Una cita que potenció el investigador y escritor cacereño Valeriano Gutiérrez Macías, Premio Nacional de Periodismo «Gabriel y Galán», autor de las obras «Biografía de Gabriel y Galán» y «Anecdotario de Gabriel y Galán»,  ante la misma estatua y con la aportación de destacados intelectuales, escritores, vates, niños y juglares que se aúnan y reúnen gracias a la excepcional figura de la talla, poética y humana, de José María Gabriel y Galán.

En la fotografía de la izquierda, año 1970, se aprecia al poeta Fernando Bravo y Bravo, con capa, el tercero por la izquierda, al investigador y escritor Valeriano Gutiérrez Macías, en el centro de la imagen, al sacerdote Manuel Vidal Carrasco, al poeta José Canal Rosado, segundo por la derecha  y al periodista Fernando García Morales, primero por la derecha.

Posteriormente, tras el fallecimiento de Valeriano Gutiérrez Macías, tomaron el testigo de esta tradición y de este empeño, «eternamente galanista por mérito propio, calidad del poeta y su dedicación a Cáceres y Extremadura«, como señalara Gutiérrez Macías, dos extremeños, tan apasionados como comprometidos con la obra del poeta, Joaquín García-Plata y Matías Simón, que, con el mayor esmero, continúan convocando a todos los cacereños cada 6 de enero ante la estatua de Gabriel y Galán, en el cacereñísimo Paseo de Cánovas.

Joaquín García-Plata y Matías Simón, dos apasionados del poeta siguen, pues, con extraordinario entusiasmo esa estela del galanismo en Cáceres…

Mientras enriquecen y divulgan la imagen de Gabriel y Galán.

Queremos finalizar este ensayo dejando plasmado uno de esos poemas con el que nos deleitó, como siempre, José María Gabriel y Galán. En este caso «El embargo«.

Señol jues, pasi usté más alanti
y que entrin tos esos,
no le dé a usté ansia
no le dé a usté mieo…

Si venís antiayel a afligila
sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s’ha muerto!

¡Embargal, embargal los avíos,
que aquí no hay dinero:
lo he gastao en comías pa ella
y en boticas que no le sirvieron;
y eso que me quea,
porque no me dio tiempo a vendello,
ya me está sobrando,
ya me está gediendo!

Embargal esi sacho de pico,
y esas jocis clavás en el techo,
y esa segureja
y ese cacho e liendro…

¡Jerramientas, que no quedi una!
¿Ya pa qué las quiero?
Si tuviá que ganalo pa ella,
¡cualisquiá me quitaba a mí eso!
Pero ya no quio vel esi sacho,
ni esas jocis clavás en el techo,
ni esa segureja
ni ese cacho e liendro…

¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto
si alguno de ésos
es osao de tocali a esa cama
ondi ella s’ha muerto:
la camita ondi yo la he querío
cuando dambos estábamos güenos;
la camita ondi yo la he cuidiau,
la camita ondi estuvo su cuerpo
cuatro mesis vivo
y una nochi muerto!

¡Señol jues: que nenguno sea osao
de tocali a esa cama ni un pelo,
porque aquí lo jinco
delanti usté mesmo!
Lleváisoslo todu,
todu, menus eso,
que esas mantas tienin
suol de su cuerpo…
¡y me güelin, me güelin a ella
ca ves que las güelo!…

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SAN JORGE EN LA IGLESIA DE SANTA MARIA

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San Jorge, Patrón de Cáceres, 23 de abril, coincidiendo con la fecha en que, allá por 1229, las tropas cristianas de Alfonso IX de León arrebataron Qazrix a los árabes, es una de las imágenes que figura en el retablo plateresco de la Concatedral de Santa María.

 
Casi con toda seguridad es, por el motivo citado anteriormente, por el que, muy posiblemente, la tradición popular señala a San Jorge, como intercesor en la reconquista de la entonces villa.
 
El retablo de la catedral cacereña, de 1551, es obra de Roque de Balduque y Guillén Ferrant, elaborado en madera de cedro. En la estampa de San Jorge se le aprecia, como es habitual y dicta también la tradición, luchando contra el dragón.
 
La fotografía es obra de un eminente cacereño, como Antonio Cristino Floriano Cumbreño, catedrático, arqueólogo, director de la Escuela Normal de Cáceres, Cronista Oficial de la ciudad, director del periódico «La Montaña«…
 
El documento fotográfico referido figura como portada del libro «CACERES MONUMENTAL VISTO EN UNA HORA«, publicado en el año 1941, por Antonio Floriano Cumbreño, con el curioso y muy acertado antetítulo que reza así: «NO SE VAYA USTED SIN VER LA CIUDAD ANTIGUA«, tal como se conocía, en Aquellos Tiempos, al Casco Histórico Monumental Cacereño y hoy, también, CIUDAD MEDIEVAL.
Antonio Floriano Cumbreño es, asimismo, autor de otras publicaciones de relieve como «GUIA HISTORICO-ARTISTICA DE CACERES«, «LA VILLA DE CACERES«, y otras de manifiesto interés.
 
Jorge de Capadocia, formado en la educación cristiana, formó parte de las huestes del ejército del emperador Diocleciano, alcanzando el grado de tribuno en la guardia personal del mismo,  hasta que, en el correr del año 303, fue decapitado por negarse a participar en la persecución de los cristianos.
Posteriormente Jorge de Capadocia fue canonizado por el Papa Gelasio I.
Como anécdota curiosa señalar que en la celebración de las fiestas en honor de San Jorge, en la capital cacereña, se celebraba, con rango histórico-costumbrista, unas peleas a brevazos entre bandas rivales de muchachuelos cacereños.
 
Lo peor no eran las manchas en la ropa, sino algún que otro ojo morado. Hasta que el Ayuntamiento decidió prohibir tales enfrentamientos «bélicos» de la muchachada cacereña por el peligro para los transeúntes que, de repente, se encontraban inmersos en los campos de batalla, recibiendo impactos de la munición entre unos y otros «ejércitos«.

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LA HONDURA DE LAS HURDES

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Las Hurdes. O la inmensidad de una comarca cacereña cuajada de esencias en la historia de sus pueblos, aldeas y alquerías, que forma parte, inconmensurable, por la geografía española.

El pie de la fotografía dice: Niños de la Escuela de Fragosa en un día de exámenes

El pie de la fotografía dice: Niños de la Escuela de Fragosa en un día de exámenes

Una comarca con una extensión de 508 kilométros cuadrados, con sus gentes luchando como jabatos en aquellas duras y ásperas laderas montañosas, intentando arrancar verduras y frutas a una tierra que crecía segmentada ebtre piedras y buscando las riberas de los ríos. Siempre, claro, en Las Hurdes.

Una tierra, la de Las Hurdes, con una historia marcada por numerosas condiciones: El abandono por la desconsideración humana de la desatención social, la lucha y la tremenda e inagotable resistencia de sus gentes, la defensa de ese impresionante rincón que hoy se conforma con un nombre de hondura, en el que destaca la defensa, el aguante, la persistencia de sus hombres, de sus mujeres, de sus pequeñuelos… Con una historia compleja para una total y verdadera admiración de tantas generaciones que fueron saliendo adelante, esfuerzo a esfuerzo, entre sudores y penalidades, logrando hacer de Las Hurdes, tras mucho tiempo, a caballo entre la paciencia y la generosidad de su esfuerzo, un camino de progreso que alcanzaron por derecho propio.

Una tierra que en 1911 recorrieron, de arriba abajo, el escritor Marcos Rafael Blanco Belmonte y el fotógrafo Venancio Gombau, uno de los más cualificados de la época, recorrieron Las Hurdes, para compendiar el libro «Por la España desconocida: Notas de una excursión a La Alberca, Las Jurdes, Las Batuecas y Peña de Francia«.

Y, entre las fotografías de la publicación, ésta, tan llamativa y sugestiva en tantos aspectos de las Hurdes de Aquellos Tiempos.

Una tierra que, a principios de siglo, recorrió, de forma íntegra, el poeta castellano-extremeño José María Gabriel y Galán, que salió absolutamente apenado de aquella visita, cuajada de dolor y de pena, de lágrimas poéticas, pero que le nacían en lo más profundo del alma.

Todo un poema que analiza en estricta profundidad un viaje que, para José María Gabriel y Galán, estuvo cuajado por toda una radiografía en su mente a  través de toda una muy larga y numerosa serie de estampas que se le clavaron, como espinas, en su alma, desde el sufrimiento, y que plasmó en su obra «La Jurdana«.

Un poema, cuajado de versos segmentados por su dolor y por sus dolores, que reza, con toda su alma volcada en el mismo, del siguiente tenor:

Era un día crudo y turbio de febrero
que las sierras azotaba
con el látigo iracundo
de los vientos y las aguas…
Unos vientos que pasaban restallando
las silbantes finas alas…
Unos turbios, desatados aguaceros,
cuyas gotas aceradas
descendían de los cielos como flechas
y corrían por la tierra como lágrimas.
Como bajan de las sierras tenebrosas
las famélicas hambrientas alimañas,
por la cuesta del serrucho va bajando
la paupérrima jurdana…
Lleva el frío de las fiebres en los huesos,
lleva el frío de las penas en el alma,
lleva el pecho hacia la tierra,
lleva el hijo a las espaldas…
Viene sola, como flaca loba joven
por el látigo del hambre flagelada,
con la fiebre de sus hambres en los ojos,
con la angustia de sus hambres en la entraña.
Es la imagen del serrucho solitario
de misérrimos lentiscos y pizarras;
es el símbolo del barro empedernido
de los álveos de las fuentes agotadas…
Ni sus venas tienen fuego,
ni su carne tiene savia,
ni sus pechos tienen leche,
ni sus ojos tienen lágrimas…
Ha dejado la morada nauseabunda
donde encueva sus tristezas y sus sarnas,
donde roe los mendrugos indigestos,
de dureza despiadada,
cuando torna de la vida vagabunda
con el hijo y los mendrugos a la espalda,
y ahora viene, y ahora viene de sus sierras
a pedirnos a las gentes sin entrañas
el mendrugo que arrojamos a la calle
si a la puerta no lo pide la jurdana.II¡Pobre niño! ¡Pobre niño!
Tú no ríes, tú no juegas, tú no hablas,
porque nunca tu hociquillo codicioso
nutridora leche mama
de la teta flaca y fría,
álveo enjuto de la fuente ya agotada.
Te verías, si te vieras, el más pobre
de los seres de la tierra solitaria.
No envidiaras solamente al pajarillo
que en el nido duerme inerte con la carga
de alimentos regalados
que calientan sus entrañas,
envidiaras del famélico lobezno
los festines que la loba le depara,
si en la noche tormentosa con fortuna
da el asalto a los rediles de las cabras…
Estos días que en la sierra se embravecen,
por la sierra nadie vaga…
Toda cría se repliega en las honduras
de cubiles o cabañas,
de calientes blandos nidos
o de enjutas oquedades subterráneas.
Tú solito, que eres hijo de un humano
maridaje del instinto y la desgracia,
vas a espaldas de tu madre recibiendo
las crüeles restallantes bofetadas
de las alas de los ábregos revueltos
que chorrean gotas de agua.
Tú solito vas errante
con el sello de tus hambres en la cara,
con tus fríos en los tuétanos del cuerpo,
con tus nieblas en la mente aletargada
que reposa en los abismos
de una negra noche larga,
sin anuncios de alboradas en los ojos,
orientales horizontes de las almasIIIPor la cuesta del serrucho pizarroso
va bajando la paupérrima jurdana
con miserias en el alma y en el cuerpo,
con el hijo medio imbécil a la espalda…
Yo les pido dos limosnas para ellos
a los hijos de mi patria:
¡Pan de trigo para el hambre de sus cuerpos!
¡Pan de ideas para el hambre de sus almas!

Unas Hurdes siempre llena de vida y esperanza, por la sencilla razón de que, durante tantas y tantas generaciones los hurdanos siempre llegaron a creer en ellos, en sus fuerzas y en sus impetus, en sus impulsos, y también, claro, en que un día, los pueblos y Gobiernos se solidarizarían con ese tierra que hoy marcha con tanto espíritu en los raíles del tren del progreso.

Una comarca cacereña, próspera y llena de vida, de anhelos y que ya dejó hace mucho tiempo, y muy atrás, afortunadamente, otros caminos en los que tantos y y tantos de equivocaron de raíz.

Pero ellos, los hurdanos, supieron luchar desde el principio de los tiempos ante los olvidos a los que les fueron conduciendo otros y las circunstancias y avatares de la vida. Un pulso y un reto que abordaron con tanta dignidad como ejemplaridad.

Ante el desgarro, impresionante, de Las Hurdes, se alzó, entre otros, con su llamamiento generoso y extraordinariamente humano y solidario, una personalidad como la de José Polo Benito, (1879-1936), clérigo y también escritor, estudioso de la sociología rural en el epicentro de la comarca cacereña, que se comprometió al máximo en el empeño hurdano y que lanzó una serie de llamamientos desgarradores, que, afortunadamente, al cabo de demasiado tiempo, llegó a tener su eco.

En la destacada biografía de José Polo Benito, además de una manifiesta labor pastoral, dirigió la revista «Las Hurdes«, que se puso en marcha en el año 1904, y dirigió el Congreso Nacional Hurdafónilo, celebrado en Plasencia, en 1908, dejando constancia de su inquietud por tratar de hacer y allanar, cada día, Más y Mejor, el camino de la comarca cacereña. También fue deán de las catedrales de Plasencia y de Toledo, presidente de la Caja de Ahorros de Plasencia, colaborador de ABC y «Mundo Católico«…

En este sentido es de señalar que José Polo Benito fue uno de los primeros y máximos impulsores, junto al obispo de la diócesis de Plasencia, monseñor Francisco Jarrín, para posibilitar la visita del rey Alfonso XIII a aquellas Hurdes tan maltratadas por muchos y tomar contacto con el paisanaje humano, los parajes y las expectativas para diseñar un mejor camino para aquel mundo tan distante en tantos aspectos de otras partes de la geografía española. Un logro de señalados considerandos. Entre otros motivos porque lo más importante era, precisamente, el de las iniciativas para abrir caminos de esperanza.

Ambos pusieron en marcha asimismo, además, la fundación «La esperanza de Las Hurdes«.  El objetivo común de las tres iniciativas: Tratar de concienciar a todos de la dramática, dura y calamitosa situación de miseria, abandono y aislamiento de la comarca hurdana. Asimismo entre esas problemáticas sobresalen también, en Las Hurdes, las lamentables condiciones higiénicas, el paludismo, unas viviendas inhumanas, un amplio campo de pobreza, la extensión del paludismo, el bocio, la escasez alimenticia y problemas de índole nutricional, anemia…

Poco después, en el año 1908, tuvo lugar en Plasencia un Congreso de y sobre Las Hurdes, denominado Congreso Nacional de Hurdanófilos y tratar de poner todos los remedios al alcance y mejorar el panorama que teñía, aún más, de negros nubarrones el campo y la geografía humana de un rincón extremeño llamado Las Hurdes.

Un Congreso con asistencia de numerosas personalidades y que se justificaba, según señala revista «Nuevo Mundo» de «Una obra de colonización dentro del territorio peninsular«.

Para ello en sus páginas se señala, de forma textual, que «viven las gentes de la comarca hurdana la vida más primitiva, bajo chozas grotescas, sucias y mal construidas, sin comunicaciones regulares en los pueblos y ciudades próximas, sin escuelas, sin higiene, totalmente desamparadas de auxilio, oficial«.

Incluso, a esas ya de por sí penosas condiciones expuestas en el párrafo anterior, se subraya que «los hombres labran la tierra desconociendo los procedimientos más elementales de la agricultura, las mujeres no prestan a sus hijos cuidados maternales porque los abandonan pequeños para ir de nodrizas a la ciudad y la miseria domina en todos aquellos chamizos, y la falta de moral y de costumbres hacen de los hurdanos una tribu extraeuropea»…

Y es que no había más remedio que adoptar una decisión de firmeza, de trabajo y de compromiso con toda urgencia. Aunque, evidentemente, se tardó mucho tiempo, muchísimo demasiado, en tomar las medidas necesarias de ayudas económicas, en todo tipo de campos, y aplicarlas con la debida honradez en tiempo y forma.

No debemos de olvidar que ya, en correr del año 1913, el humanista Miguel de Unamuno, catedrático y escritor, decide viajar por toda la geografía hurdana y dejar constancia de aquel viaje.

Tras llevar a cabo el mismo señala, entre otros testimonios: «Esos heroicos hurdanos se apegan a su tierra, porque es «suya»; casi todos son propietarios y prefieren malvivir, penar, arrastrar una miserable existencia en lo que es suyo, antes que bandearse más a sus anchas teniendo que depender de un amo y pagar una renta. Y luego es suya porque la tierra la han hecho ellos, es su tierra fija, una tierra de cultivo que han arrancado entre sudores heroicos, a las garras de la madrastra naturaleza«. a

No obstante aquella tierra hurdana, de esos años en los que hacemos referencia detenida, con imágenes y estudios y análisis sociales, desde diferentes perspectivas, nos dan una estampa de complejas asimilaciones. Más allá de lo que se denominaría, por otros, como «Leyenda Negra de las Hurdes«.

El hecho evidente es que la crudeza y la severidad y las necesidades asistenciales se hacían y reclamaban como de urgentes, para intentar llevar, con la colaboración de todos, necesitándose, y siendo preciso, fundamentalmente,  las ayudas, al máximo nivel, tanto económico como moral y humano, de todos los responsables posibles. Empezando por el Gobierno, siguiendo por otras entidades, continuando por la Iglesia… En todo un camino de manifiestas dificultades, porque, en tantas ocasiones, las vías administrativas son lentas y torpes, de toda lentitud y, también, a la vez de toda torpeza. Y hasta de manifiesta despreocupación.

Seguramente porque la desidia administrativa forma parte de la historia de España y porque nos lleva a esa triste y lamentable, penosa, reflexión, de que cuando los problemas no son de uno, pueden esperar.

¡Cuánto tuvieron que sufrir en sus carnes y en sus almas aquellos hurdanos en aquella tierra, en aquellos momentos, en aquellas condiciones…!

Una época en la que el estudioso Maurice Legendre publicó su libro sobre Las Hurdes, titulado «Las Jurdes. Étude de Géographie Humaine» (1910-1925) con señaladas aportaciones del mayor interés y con fotografías como la que aparece por encima de estas lineas y que titulaba, sencilla, impresionantemente, «Tres generaciones de una misma familia«. Y que cada cual concluya sobre los aspectos y campos en los que tratamos en este ensayo sobre lo que deberíamos denominar, por ajustarnos a los términos más claros y objetivos, como Las Hurdes de Aquellos Tiempos.

Una comarca, la de Las Hurdes, que se encontraba en la necesidad de una ayuda, en todos los campos, y salir adelante ante sus esquemas de vida. Pero fueron algunos los que faltaron a sus compromisos, a sus proyectos, a sus palabras. Y ellos sabrán, ante la historia, el por qué de sus incumplimientos.

Es de señalar que el camino de Las Hurdes tenía y necesitaba estar marcado con la cooperación y la participación de todos cuantos tenían responsabilidades al respecto. Y no solo el afán, el empeño y la buena voluntad de sus gentes.  Por eso se necesitaba que todos, comenzando por las autoridades políticas, supieran mirar hacia el hoy y el mañana, hacia las nuevas generaciones y abrir horizontes de expectativas con el futuro de la inmensidad de la tierra hurdana.

Y así, de este modo, como se aprecia en la fotografía documental de la época, esperaban los hurdanos la visita de Su Majestad el Rey Alfonso XIII. Con esas caras y esas fuerzas y esos buenos deseos y esas esperanzas de redención de la tierra que les vió nacer y en la que tantas penalidades y adversidades pasaban sus habitantes.

Una comarca, la de la geografía hurdana cacereña, que sufría en su alma y en sus esquemas de vida y de futuro. Tal vez, entre temblores de tierra y de hondura y de sensibilidad humana, como una estampa de inquietud y una mirada a los horizontes en los que importaba tanto la propia vida como la de las generaciones que seguían cogiendo el testigo de llevar, día a día, en base al trabajo, pero también al sufrimiento y la dureza, a un camino que querían cuajado del mejor futuro para los suyos.

De ese modo se pusieron a trabajar, seguramente con el mismo espíritu de siempre, entre inquietudes y anhelos… y, también, entre desesperanzas. Y es que había llegado la hora de intentar alcanzar por todos los medios, un equilibrio social, humano, económico, como en otras zonas de la España de Aquellos Tiempos…

Y estampas tan curiosas y llamativas como la que figura a la izquierda, con el más que significativo pie literario que dice «Mestas (Las Hurdes) Calle Principal«, imponían, por qué no decirlo, un respeto y como una montaña de inquietudes sobre el futuro y el mañana más próximo. Todo ello con la pregunta que se hacían, propios y extraños, paisanos y forasteros, «Si esta es la Calle Principal como serán las demás?«.

Pastor hurdano. Años 30.

Pastor hurdano. Años 30.

Y una tierra, también, cuajada de pastores, con rostros curtidos, acaso con severidad, por los rayos del paso del tiempo. Entre las vías de sus inclemencias y el crujido, a veces, cruel, claro, como todos conocemos, de una retahíla de adversidades.

La estampa del pastor se sitúa en el año 1930. Un camino de arrugas que le atraviesan, como los senderos hurdanos de entonces, la cara; la mirada, plena de generosidad; el rostro, encajándose ante tantas circunstancias; la boca, callada y silenciosa… Y la mente, ay la mente, probablemente, anduviera navegando, desde la libertad que existe en el campo interior de sus sueños, por un mundo mejor, y aportando, como marca la tradición, lo mejor para él, para los suyos, para la alquería, para la aldea, para el municipio, para la comarca,

Allí, en aquel difícil, complejo, escaso terreno de campo, un auténtico pedregal, el pastor, los pastores hurdanos procedían a entregarse de un  modo más que afanoso con la inmensidad de su trabajo, azuzado por la filosofía de sus tiempos –vagando por esos terrenos de aquella impresionante y buena gente de campo–…

Y, también, claro, luchando, siempre a brazo partido por salir adelante en medio de ese vendaval que tantas veces les aislaba porque la vida es así.

Todo ello en base a un reto de muy altos compromisos por parte de las gentes hurdanas. Siempre sumamente comprometidas con ellas mismas y con su tierra.

El año 1922 el Rey Alfonso XIII giró una visita de excepcional importancia a una comarca cacereña, Las Hurdes, que necesitaba de una urgente ayuda humanitaria, social, económica, sanitaria, educativa…
 
Una visita esperada largo tiempo por los hurdanos, largos años, largas decenas de años, hasta que lograron ponerse de acuerdo hasta que el clérigo José Polo Benito, tan entregado y comprometido con las gentes hurdanas, y el Obispo de Plasencia, monseñor Francisco Jarrín, lograron poner de acuerdo a autoridades políticas, civiles y eclesiásticas…
 
… Y, de esta manera, posibilitar una visita que marcó una huella sobre una comarca cacereña, extremeña, española, que sangraba de necesidades de todo tipo y condición, para salir adelante y superar una situación verdaderamente compleja y dramática.
 
Aquí vemos, en la fotografía de Campúa, al rey Alfonso XIII charlando con unos niños hurdanos.
Impresionante imagen de Aquellas Hurdes que captara Campúa.

Impresionante imagen de Aquellas Hurdes que captara Campúa.

Asimismo el doctor Gregorio Marañón y otros humanistas de la época, ante el estado de necesidad y de urgencia en Las Hurdes de Aquellos Tiempos, colaboraron con decisión para la visita que el rey Alfonso XIII efectuó a la más que deprimida comarca cacereña para comprobar «in situ» y en primera persona la situación de la misma, tal como se la habían descrito.

Un viaje que tuvo lugar en junio del año 1922 por los vericuetos y los rincones más insólitos que pocos se atreverían a diagnosticar en aquella España, en medio de unos segmentos de pobreza verdaderamente conmovedores y comprometedores en la conciencia social de tantos.

Un viaje en el que Su Majestad estuvo acompañado de un fotógrafo de excepcional calidad profesional y que figura en las páginas de oro de la historia de la fotografía española. Nos referimos a José Demaría Vázquez, más conocido en el panorama artístico como Campúa (1900-1975). De una personalidad, creatividad y genio artístico de señalados considerandos, mientras iba desvelando, paso a paso, todas aquellas secuencias de un viaje que todos calificaron de duro en extremo y del aprendieron, al mismo tiempo, mucho.

Un viaje, como se remarcaba en tantos y tantos medios informativos, como la mar de difícil por aquella larga y continuada, interminable serie de secuencias humanas, sociales, morales, económicas, alimenticias, ocupacionales, recreativas, que debemos de calificar como de verdaderamente épicas, de una colectividad de un genio y de una raza, de una gente extraordinaria, como lo es aquella que estaba conociendo durante su trayecto por Las Hurdes.

Aquí vemos otra impresionante secuencia con el Rey recorriendo uno de los caminos en la alquería de Río Malo de Arriba junto al ministro de la Gobernación, publicada en la revista «Mundo Gráfico«, con la firma de Campúa.Y ahí es cuando comenzó a poner en marcha y a llegar, poco a poco, un compromiso de todos y sacar adelante a la comarca cacereña de Las Hurdes. De tanta hermosura entre sus valles, sus montañas, sus riachuelos y sus gentes. Porque nada más llegar a Madrid, el Rey, embargado emocionalmente de cuantas estampas e imágenes pudo contemplar en el viaje, procedió a crear y a poner en marcha el Patronato de Las Hurdes.

El Rey visitaría nuevamente, no obstante, en el año 1930, aquella tierra hurdana, siempre tan hermosa, pero tan abandonada entonces, con un enorme río de adversidades que el álbum de la hemeroteca pasa revista a imágenes muy difíciles –por no decir imposible– de aguantar sin soltar alguna exclamación con palabras críticas. Cuando menos a una clase política que, salvo error u omisión, vivía a espalda de una comarca española en el primer tercio del siglo XX.

De este modo en la imagen de la izquierda podemos apreciar la imagen del recibimiento a Su Majestad, don Alfonso XIII, en ese viaje de supervisión sobre los proyectos y trabajos en Las Hurdes.

La fotografía de la izquierda, obra de Benítez Casaus, con una larga fila de tantos pies descalzos, en medio de un clamor de gritos de «¡Viva el Rey!» y de «¡Viva España!«, como se perciben, junto a otros lastres en las alquerías y aldeas hurdanas, dio la vuelta al mundo desde la portada de prestigiosa revista española «Estampa«.

Una lucha paulatina para sacar adelante el compromiso moral de tantos personajes y de tantas personalidades que se daban cita en este tiempo de intensidad a favor de la mayor celeridad de los pasos que se daban desde el patronato de Las Hurdes.

Sí, así es. Pero que continuaba padeciendo y sufriendo en sus carnes y en su alma el paisanaje hurdano, impregnado de sudor y cariño en y por la tierra en la que les nacieron…

Unas Hurdes que se encontraban en ese estado, a caballo entre su vida, de tantos años atrás, y de los trayectos y proyectos que se albergaban, por un mejor esquema de vida para sus buenas y humildes gentes. Hombres, mujeres y pequeños, que se seguían  abrazando a su tierra de amor y de pasión, aunque envuelto en segmentos de muy fuertes complejidades, como se puede apreciar palpando el hálito de las duras condiciones en la encrucijada de la tierra hurdana.

Esta fotografía, también firmada por el artista Benítez Casaus, que se incrustaba, junto a otras en la misma revista citada anteriormente, «Estampa«, deja constancia, en 1929, del mundo interior, intramuros de una casa cualquiera, que captó el fotógrafo en su camino, y en el reportaje titulado «Una semana en Las Hurdes«, con dos capitulos:

«El pregón de la noche» y «La tierra del dolor«. Dos capítulos que siguen dejando constancia escrita y fotográfica, firmado por el periodista José Ignacio de Arcelo, del testimonio de un modo profundamente humano, en ese mundo tan duro que se reafirmaba, sin embargo, en Las Hurdes.

Del mismo modo que, poco a poco, comenzarían a publicarse más y más testimonios relevantes, de extraordinaria densidad humana y moral, que también, paulatinamente, iban contribuyendo a concienciar a todos. No solo a la clase política, a veces tan olvidadiza en sus campos de actuación, sino lo que es más importante a la propia sociedad española…

No obstante el tiempo avanzaba lentamente, dura, dramáticamente en la geografía hurdana. Una tierra dureza, cuajada de misterios y de enigmas y de sinsabores. Una tierra castigada y flagelada tanto tiempo, en sus buenas gentes, no se sabe por qué.

"Una alegre calle de Río Malo". Pie de foto de la fotografía publicada en el reportaje citado.

«Una alegre calle de Río Malo». Pie de foto de la fotografía publicada en el reportaje citado.

No obstante el año 1929 el periodista y escritor José Miguel de Arcelu volvió a la tierra hurdana y comprobar cómo iba el proceso de la tierra hurdana tras la visita de Alfonso XIII. Primero en 1922, después en 1929. Siete años que dan, evidentemente para mucho. El periodista que publicaría un reportaje en la revista «La Estampa», de ese mismo año, combina, de forma analítica, aquella tierra que denomina estéril e insalubre, que denomina como una tierra quebrada, en la que moran cinco o seis mil habitantes, subraya, , con paludismo en las Hurdes Bajas, y bocio en las Hurdes Altas…

… Pero deja constancia de que con el trabajo de los tres médicos y el avance de caminos forestales, por ejemplo, se va abriendo paso a otras Hurdes y de las que solo el tiempo se encargaría de definir desde esa serie de perspectivas humanas, morales, sociales, educativas, sanitarias, para ese impresionante número de personas que tantas encrucijadas vivieron y seguían abordando, porque así lo quiso el destino.

El hecho evidente es que, más allá de lo expuesto, de forma bonancible por José Miguel de Arcelu, quedaba mucho presupuesto que ceder por todos los puntos de la geografía hurdana, muchas obras por hacer, en todos los campos, y, fundamentalmente, ir abriendo un paulatino camino en la propia estructura y diseño de unas Nuevas Hurdes.

Para lo que, evidentemente, quedaban muchos, pero que muchos años por delante. Y, lo que resultaba más arduo y comprometido, mucho esfuerzo y trabajo por delante. El problema social radicaba en que eran unos miles de personas las que tenían que seguir padeciendo las adversidades de las características y de las circunstancias.

Corría el año 1931. Cuando un periodista el fotógrafo Campúa vuelven a la aspereza humana de Las Hurdes con la revista «Mundo Gráfico«. Un territorio de extrema severidad. Se les hundió la moral en Las Hurdes que se les ofrecía a la vista. Una tierra de la que nadie sabía explicar el por qué de esa situación humana, social, económica… Y con la que tantas deudas tenían contraídas España y la sociedad.

El titular del reportaje resultaba, quiérase o no, verdaderamente demoledor: «La República y la tremenda lacra de Las Hurdes«. El subtítulo resultaba, quiérase o no, verdaderamente pavoroso: «Los ocho mil compatriotas que viven pegados en los breñales hurdanos, víctimas de la miseria moral y fisiológica«.

Aún quedaba pendiente pues, , nada más y nada menos, la gran esperanza que representaba para todos la paulatina pero más firme la integración por igual de Las Hurdes en la dinámica española en tantos terrenos. Palabra de Rey, compromiso de España… Pero el panorama, por mucho que dijera y prometiera el Rey Alfonso XIII, se presentaba arduo.

Un ejemplo significativo, como resumen de tan duro testimonio puede resultar tanto la fotografía, encima de estas líneas, como el pie de fotografía de la misma: «Esta chozuela es la envidia de los vecinos hurdanos que la han catalogado como la mejor vivienda de Las Hurdes«. Acaso no hicieran falta más palabras. Solo trabajo para superar ese pulso de la vida. Pero hay que continuar en el recorrido de esa vida, por darle un nombre, inhumana…

Es de señalar que en el año 1931 dos periodistas de la revista «Mundo Gráfico«, entre las más leídas e influyentes de España, por los compases de Aquellos Tiempos, un día, cámara al hombro y bolígrafo y libreta en ristre, se encaminaron a aquel complejo y severo mundo de Las Hurdes de entonces, acercándose hasta el corazón de la geografía hurdana, recorriendo la zona de arriba a abajo, pateando alquerías y obteniendo documentos de las buenas gentes hurdanas.

Y, en medio de un reportaje cuajado de ese realidad llamada dramatismo, titulado «LA REPUBLICA Y LA TREMENDA LACRA DE LAS HURDES«, esta joven hurdana –que aparece en la fotografía, unas líneas más arriba, a la izquierda– sacó del baúl el traje típico femenino de ese amplio segmento humano de Las Hurdes.

Entonces la joven hurdana se fue vistiendo prenda a prenda, hasta completarlo y lucirlo, posteriormente, con esa sensibilidad, tan propia, de la mujer cacereña, imprimiendo un gigantesco rayo de hermosura, tan bien ataviada ella, dando vida a la, entonces, tan deprimida comarca extremeña.

Un traje del que mi querido amigo Félix Barroso Gutiérrez, una eminencia en el estudio de Las Hurdes, escribe lo siguiente: «Se trata de una Jurdana con la «saya de picoti«, «mandilón«, «jugona» y el «dengui» cruzado por el pecho, Este «dengui» con flecos es ya una evolución de la «ehcravina«, de un solo color y sin flecos. Asimismo, señala, a la moza le falta el pañuelo a la cabeza, atado al estilo «jurdanu«. Del mismo modo añade que, «lamentablemente, en la comarca de Las Hurdes, actualmente, la indumentaria tradicional femenina está sujeta, en muchos casos, al capricho de las mujeres que la confeccionan, introduciéndose prendas que jamás se usaron en dicha comarca, como el chaleco, o abigarrados bordados que nada tienen que ver con la antigua, austera y preciosa «saya de picoti».

El fotógrafo José Demaria Vázquez, conocido como Campúa, el único que acompañaría al Rey Alfonso XIII, en su viaje a Las Hurdes, captó la fotografía anterior para la posteridad.

Una tierra de lucha, de intensidad emocional, de crujidos al amanecer, de esperanzas tantas veces desesperanzadas por muchos motivos que nacían, para no engañarnos, en las culpabilidades y responsabilidades, quizás, mejor, irresponsabilidades, de otros, que, tal vez, se encogían de hombros ante la imagen y la estampa de aquella inmensidad que conforma la geografía humana, física, agrícola, social, de la comarca de Las Hurdes de Aquellos Tiempos.

En ese mismo reportaje, citado anteriormente, está captada la imagen de la izquierda, siempre en obra del fotógrafo Campúa, que sentí correr por sus venas el alma, siempre esforzada, de las gentes hurdanas, entre trasiegos y asperezas, para salir adelante, en el camino de la vida, entre resignaciones, superaciones, y un espíritu de enorme entereza. Y de la que hemos respetado el pie de fotografía, publicado entonces, y en el que se lee: «La madre hurdana sostiene en sus brazos a su pobre hijo enfermo, como demostración del abandono en que se hallaba antaño la región, sin médicos ni escuelas«. Textual.

Porque la supervivencia allí. en aquellas Hurdes, en aquellos tiempos, suponía todo un verdadero reto, en muchas ocasiones y en muchos aspectos, un milagro. Y, sobre todo, por dejar constancia clara y expresa del mérito y los esfuerzos y sacrificios que suponía el de la supervivencia y salir adelante día a día. Lo que en muchas ocasiones se conformaba como un reto del máximo relieve para la entereza humana en el alma de los hombres, de las mujeres y de los pequeños en Las Hurdes. Una tierra abierta y encaminada a mil senderos de todo tipo y, a la vez, de miles de enigmas, que nunca sabrían los hurdanos hacia donde estaban destinados los mismos.

Pero allí siguieron luchando. Entre las piedras y los silencios, entre las humildes y las soledades, entre el correr del tiempo detenido por esas circunstancias de la vida.

Y en cuyo recorrido, trasegando por la historia de Las Hurdes, iremos profundizando día a día para transitar por una tierra honda, dura, muy adversa en Aquellos Tiempos, con numerosos testimonios de humanidad expuestos por muchos nombres, de los que iremos ocupándonos poco a poco.

Como por ejemplo el estudio, impresionante, llevado a cabo por que mi querido amigo Victor Chamorro Calzón, extraordinario novelista, comprometido con la tierra extremeña, y hurdana en este caso concreto, a sangre y fuego. Medalla de Oro de Extremadura, con una obra verdaderamente ingente y que plasmó en la novela «Las Hurdes, tierra sin sin tierra», un desgarrador testimonio social y humano, que hay al otro lado de las Hurdes: En el que viven y trabajan y se esfuerzan y se desgarran sus gentes al máximo.

O, también, el ensayo que sobre esas mismas Hurdes, una tierra tan comprometida cuando se entraba en ella, desplegó mi también querido amigo, escritor, novelista, ensayista, extremeño de Casar de Palomero, Juan Antonio Pérez Mateos. De cuya tierra y sobre cuya tierra, ay, Las Hurdes, nos dejó el legado de un título tan profundo como el de «Las Hurdes, clamor de piedras«.

Pero hay que seguir, poco a poco, con el corazón en la mano, en esta tierra, entonces sangrante en tantos terrenos, y que recorrimos en Aquellos Años de la segunda mitad de los sesenta, con el mayor agradecimiento a tanta buena gente que vivía enjertada en ese auténtico clamor de piedras, sí, que eran Las Hurdes.

Libros, estudios, ensayos, fotografías, datos, informes, que plasmaban toda una serie de datos de esa urgente necesidad en que se encontraban aquellas Hurdes para tratar de encontrar, de una vez por todas, las vías de progreso de una tierra firme, consistente, de buenas y honradas gentes, y que vivían, el día a día, entre los equilibrios de los sudores, de las necesidades, de los padecimientos y siempre, al mismo tiempo, de las esperanzas. Aunque, en muchas ocasiones, tales anhelos estuvieran marcados por la desesperanza. Por culpa, sencillamente, de aquellos que, con tanto poder, prometieron demasiado en falso y tanto se olvidaron, de la noche a la mañana, de la hondura humana –que es la más importante– las rutas y los caminos de Las Hurdes.

 

 

 

 

 

     

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DIA DE MERCADO EN EXTREMADURA

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… Avanzaba el año 1929. Ya se había recorrido el pueblo entero el pregonero, en cualquier municipio de Extremadura, voceando por todas las esquinas que tocaba mercado: «De parteeeeeee del señor alcaldeeeeeeeee, se hace sabeeeeeeer que el próximo jueves hay Mercado en el lugar de costumbreeeeee….»

Ya se sabe: Se animaba el ambiente de todos los lugareños que hacían del día del mercado una especie de semifestividad.
Bullicio, curiosidad, animación, capricho y duros regateos entre una y otra parte, vendedor y comprador, que ya decían por el pueblo, desde siempre, que «estos vendedores ambulantes, a los que llaman con mucha razón mercaderes, son más listos que el hambre. Y no queda otra que espabilar«.
Lo sabían y conocían  de sobre el paisanaje que se concentraba, de forma periódica, según el anuncio de Emerenciano, el Pregonero, con gorra de plato donde destacaba el escudo municipal, que se le subía el pavo y se consideraba una autoridad, entre los puestos de telas, de zapatos, de ferreterías y de calderos, de ropas de todos los colores y tallas, y que se probaban en las traseras del instalache… Y puesto, también, de dulces típicos de la tierra, como debe de ser, qué caray, de perrunillas, de rosquillas, de mantecados, de pestiños, de roscas de alfajor, de bolluelas, puestos de alfarería, con piporros, cántaros y platos, de puestos conformados por especias de todo tipo, por frutas de la temporada, por golosinas, regaliz, chicles, caramelos, garrapiñadas, algarrobas, pipas de girasol, pipas de calabaza, con niños que parecían enjambres de moscas a los que el vendedor trataba de espantar con una fuerte palmada, «chás», al tiempo que pegaba un zapatazo sobre el suelo y trataba de asustarlos al grito de «¡Uuuuuuuhhhh», como imitando a un mochuelo. Y otros más, claro es.
Mercado arriba, mercado abajo: Un desfile de panas añejas con olor a campo y ganado, de refajos, de chambras, de faldriqueras, de pañuelos sobre la cabeza «para evitar la calor», de sombreros, de botas, de fajas, de chismorreos, de pegar la hebra y darle a la húmeda y echarse una buena parrafada entre bromas, chanzas, risas, piques y zascandileos. Lo propio, Que de todo hay en la viña del Señor…
Luego, al alcanzarse el medio mediodía, con el sol sacudiendo un poco de estopa, que espantaba poco a los lugareños y a las lugareñas, cesta de mimbre o saco de tela en la mano, repleto de compras, el runruneo del periódico volante y hablado del pueblo, entre chismes y cotilleos, y miradas de toda índole, se explayaba junto a la barra del bar, con mostrador de madera mientras los camareros servían «chatos» de pitarra, pegaban un vozarrón por una ventanilla, tras correr una cortina, «»¡Una ración de queso de cabra a la voz de ya…!». que retumbaba por todo el local. Vozarrón al que respondía un berrido de «¡Oído, cocina!«, que también retumbaba por el local de la tasca, mientras iban saliendo, poco a poco, cazuelillas de aperitivos acompañadas con pinchos de torrezno. patatera de la matanza o hasta unas migas extremeñas, aunque fuera la una y media de la tarde. Que para el buen comer nunca es tarde..
También, claro, tal se puede apreciar en el pie de fotografía, un puesto de turrón, almendras y peladillas que sabían, sobre todo, a pureza sin mezclas químicas…
De esto hace la friolera de noventa y un años… Y es que la vida no es más que un suspiro…
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DIA DE MERCADO EN EXTREMADURA by JUAN DE LA CRUZ GUTIERREZ GOMEZ is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

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