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LA HONDURA DE LAS HURDES

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Las Hurdes. O la inmensidad de una comarca cacereña cuajada de esencias en la historia de sus pueblos, aldeas y alquerías, que forma parte, inconmensurable, por la geografía española.

El pie de la fotografía dice: Niños de la Escuela de Fragosa en un día de exámenes

El pie de la fotografía dice: Niños de la Escuela de Fragosa en un día de exámenes

Una comarca con una extensión de 508 kilométros cuadrados, con sus gentes luchando como jabatos en aquellas duras y ásperas laderas montañosas, intentando arrancar verduras y frutas a una tierra que crecía segmentada ebtre piedras y buscando las riberas de los ríos. Siempre, claro, en Las Hurdes.

Una tierra, la de Las Hurdes, con una historia marcada por numerosas condiciones: El abandono por la desconsideración humana de la desatención social, la lucha y la tremenda e inagotable resistencia de sus gentes, la defensa de ese impresionante rincón que hoy se conforma con un nombre de hondura, en el que destaca la defensa, el aguante, la persistencia de sus hombres, de sus mujeres, de sus pequeñuelos… Con una historia compleja para una total y verdadera admiración de tantas generaciones que fueron saliendo adelante, esfuerzo a esfuerzo, entre sudores y penalidades, logrando hacer de Las Hurdes, tras mucho tiempo, a caballo entre la paciencia y la generosidad de su esfuerzo, un camino de progreso que alcanzaron por derecho propio.

Una tierra que en 1911 recorrieron, de arriba abajo, el escritor Marcos Rafael Blanco Belmonte y el fotógrafo Venancio Gombau, uno de los más cualificados de la época, recorrieron Las Hurdes, para compendiar el libro «Por la España desconocida: Notas de una excursión a La Alberca, Las Jurdes, Las Batuecas y Peña de Francia«.

Y, entre las fotografías de la publicación, ésta, tan llamativa y sugestiva en tantos aspectos de las Hurdes de Aquellos Tiempos.

Una tierra que, a principios de siglo, recorrió, de forma íntegra, el poeta castellano-extremeño José María Gabriel y Galán, que salió absolutamente apenado de aquella visita, cuajada de dolor y de pena, de lágrimas poéticas, pero que le nacían en lo más profundo del alma.

Todo un poema que analiza en estricta profundidad un viaje que, para José María Gabriel y Galán, estuvo cuajado por toda una radiografía en su mente a  través de toda una muy larga y numerosa serie de estampas que se le clavaron, como espinas, en su alma, desde el sufrimiento, y que plasmó en su obra «La Jurdana«.

Un poema, cuajado de versos segmentados por su dolor y por sus dolores, que reza, con toda su alma volcada en el mismo, del siguiente tenor:

Era un día crudo y turbio de febrero
que las sierras azotaba
con el látigo iracundo
de los vientos y las aguas…
Unos vientos que pasaban restallando
las silbantes finas alas…
Unos turbios, desatados aguaceros,
cuyas gotas aceradas
descendían de los cielos como flechas
y corrían por la tierra como lágrimas.
Como bajan de las sierras tenebrosas
las famélicas hambrientas alimañas,
por la cuesta del serrucho va bajando
la paupérrima jurdana…
Lleva el frío de las fiebres en los huesos,
lleva el frío de las penas en el alma,
lleva el pecho hacia la tierra,
lleva el hijo a las espaldas…
Viene sola, como flaca loba joven
por el látigo del hambre flagelada,
con la fiebre de sus hambres en los ojos,
con la angustia de sus hambres en la entraña.
Es la imagen del serrucho solitario
de misérrimos lentiscos y pizarras;
es el símbolo del barro empedernido
de los álveos de las fuentes agotadas…
Ni sus venas tienen fuego,
ni su carne tiene savia,
ni sus pechos tienen leche,
ni sus ojos tienen lágrimas…
Ha dejado la morada nauseabunda
donde encueva sus tristezas y sus sarnas,
donde roe los mendrugos indigestos,
de dureza despiadada,
cuando torna de la vida vagabunda
con el hijo y los mendrugos a la espalda,
y ahora viene, y ahora viene de sus sierras
a pedirnos a las gentes sin entrañas
el mendrugo que arrojamos a la calle
si a la puerta no lo pide la jurdana.II¡Pobre niño! ¡Pobre niño!
Tú no ríes, tú no juegas, tú no hablas,
porque nunca tu hociquillo codicioso
nutridora leche mama
de la teta flaca y fría,
álveo enjuto de la fuente ya agotada.
Te verías, si te vieras, el más pobre
de los seres de la tierra solitaria.
No envidiaras solamente al pajarillo
que en el nido duerme inerte con la carga
de alimentos regalados
que calientan sus entrañas,
envidiaras del famélico lobezno
los festines que la loba le depara,
si en la noche tormentosa con fortuna
da el asalto a los rediles de las cabras…
Estos días que en la sierra se embravecen,
por la sierra nadie vaga…
Toda cría se repliega en las honduras
de cubiles o cabañas,
de calientes blandos nidos
o de enjutas oquedades subterráneas.
Tú solito, que eres hijo de un humano
maridaje del instinto y la desgracia,
vas a espaldas de tu madre recibiendo
las crüeles restallantes bofetadas
de las alas de los ábregos revueltos
que chorrean gotas de agua.
Tú solito vas errante
con el sello de tus hambres en la cara,
con tus fríos en los tuétanos del cuerpo,
con tus nieblas en la mente aletargada
que reposa en los abismos
de una negra noche larga,
sin anuncios de alboradas en los ojos,
orientales horizontes de las almasIIIPor la cuesta del serrucho pizarroso
va bajando la paupérrima jurdana
con miserias en el alma y en el cuerpo,
con el hijo medio imbécil a la espalda…
Yo les pido dos limosnas para ellos
a los hijos de mi patria:
¡Pan de trigo para el hambre de sus cuerpos!
¡Pan de ideas para el hambre de sus almas!

Unas Hurdes siempre llena de vida y esperanza, por la sencilla razón de que, durante tantas y tantas generaciones los hurdanos siempre llegaron a creer en ellos, en sus fuerzas y en sus impetus, en sus impulsos, y también, claro, en que un día, los pueblos y Gobiernos se solidarizarían con ese tierra que hoy marcha con tanto espíritu en los raíles del tren del progreso.

Una comarca cacereña, próspera y llena de vida, de anhelos y que ya dejó hace mucho tiempo, y muy atrás, afortunadamente, otros caminos en los que tantos y y tantos de equivocaron de raíz.

Pero ellos, los hurdanos, supieron luchar desde el principio de los tiempos ante los olvidos a los que les fueron conduciendo otros y las circunstancias y avatares de la vida. Un pulso y un reto que abordaron con tanta dignidad como ejemplaridad.

Ante el desgarro, impresionante, de Las Hurdes, se alzó, entre otros, con su llamamiento generoso y extraordinariamente humano y solidario, una personalidad como la de José Polo Benito, (1879-1936), clérigo y también escritor, estudioso de la sociología rural en el epicentro de la comarca cacereña, que se comprometió al máximo en el empeño hurdano y que lanzó una serie de llamamientos desgarradores, que, afortunadamente, al cabo de demasiado tiempo, llegó a tener su eco.

En la destacada biografía de José Polo Benito, además de una manifiesta labor pastoral, dirigió la revista «Las Hurdes«, que se puso en marcha en el año 1904, y dirigió el Congreso Nacional Hurdafónilo, celebrado en Plasencia, en 1908, dejando constancia de su inquietud por tratar de hacer y allanar, cada día, Más y Mejor, el camino de la comarca cacereña. También fue deán de las catedrales de Plasencia y de Toledo, presidente de la Caja de Ahorros de Plasencia, colaborador de ABC y «Mundo Católico«…

En este sentido es de señalar que José Polo Benito fue uno de los primeros y máximos impulsores, junto al obispo de la diócesis de Plasencia, monseñor Francisco Jarrín, para posibilitar la visita del rey Alfonso XIII a aquellas Hurdes tan maltratadas por muchos y tomar contacto con el paisanaje humano, los parajes y las expectativas para diseñar un mejor camino para aquel mundo tan distante en tantos aspectos de otras partes de la geografía española. Un logro de señalados considerandos. Entre otros motivos porque lo más importante era, precisamente, el de las iniciativas para abrir caminos de esperanza.

Ambos pusieron en marcha asimismo, además, la fundación «La esperanza de Las Hurdes«.  El objetivo común de las tres iniciativas: Tratar de concienciar a todos de la dramática, dura y calamitosa situación de miseria, abandono y aislamiento de la comarca hurdana. Asimismo entre esas problemáticas sobresalen también, en Las Hurdes, las lamentables condiciones higiénicas, el paludismo, unas viviendas inhumanas, un amplio campo de pobreza, la extensión del paludismo, el bocio, la escasez alimenticia y problemas de índole nutricional, anemia…

Poco después, en el año 1908, tuvo lugar en Plasencia un Congreso de y sobre Las Hurdes, denominado Congreso Nacional de Hurdanófilos y tratar de poner todos los remedios al alcance y mejorar el panorama que teñía, aún más, de negros nubarrones el campo y la geografía humana de un rincón extremeño llamado Las Hurdes.

Un Congreso con asistencia de numerosas personalidades y que se justificaba, según señala revista «Nuevo Mundo» de «Una obra de colonización dentro del territorio peninsular«.

Para ello en sus páginas se señala, de forma textual, que «viven las gentes de la comarca hurdana la vida más primitiva, bajo chozas grotescas, sucias y mal construidas, sin comunicaciones regulares en los pueblos y ciudades próximas, sin escuelas, sin higiene, totalmente desamparadas de auxilio, oficial«.

Incluso, a esas ya de por sí penosas condiciones expuestas en el párrafo anterior, se subraya que «los hombres labran la tierra desconociendo los procedimientos más elementales de la agricultura, las mujeres no prestan a sus hijos cuidados maternales porque los abandonan pequeños para ir de nodrizas a la ciudad y la miseria domina en todos aquellos chamizos, y la falta de moral y de costumbres hacen de los hurdanos una tribu extraeuropea»…

Y es que no había más remedio que adoptar una decisión de firmeza, de trabajo y de compromiso con toda urgencia. Aunque, evidentemente, se tardó mucho tiempo, muchísimo demasiado, en tomar las medidas necesarias de ayudas económicas, en todo tipo de campos, y aplicarlas con la debida honradez en tiempo y forma.

No debemos de olvidar que ya, en correr del año 1913, el humanista Miguel de Unamuno, catedrático y escritor, decide viajar por toda la geografía hurdana y dejar constancia de aquel viaje.

Tras llevar a cabo el mismo señala, entre otros testimonios: «Esos heroicos hurdanos se apegan a su tierra, porque es «suya»; casi todos son propietarios y prefieren malvivir, penar, arrastrar una miserable existencia en lo que es suyo, antes que bandearse más a sus anchas teniendo que depender de un amo y pagar una renta. Y luego es suya porque la tierra la han hecho ellos, es su tierra fija, una tierra de cultivo que han arrancado entre sudores heroicos, a las garras de la madrastra naturaleza«. a

No obstante aquella tierra hurdana, de esos años en los que hacemos referencia detenida, con imágenes y estudios y análisis sociales, desde diferentes perspectivas, nos dan una estampa de complejas asimilaciones. Más allá de lo que se denominaría, por otros, como «Leyenda Negra de las Hurdes«.

El hecho evidente es que la crudeza y la severidad y las necesidades asistenciales se hacían y reclamaban como de urgentes, para intentar llevar, con la colaboración de todos, necesitándose, y siendo preciso, fundamentalmente,  las ayudas, al máximo nivel, tanto económico como moral y humano, de todos los responsables posibles. Empezando por el Gobierno, siguiendo por otras entidades, continuando por la Iglesia… En todo un camino de manifiestas dificultades, porque, en tantas ocasiones, las vías administrativas son lentas y torpes, de toda lentitud y, también, a la vez de toda torpeza. Y hasta de manifiesta despreocupación.

Seguramente porque la desidia administrativa forma parte de la historia de España y porque nos lleva a esa triste y lamentable, penosa, reflexión, de que cuando los problemas no son de uno, pueden esperar.

¡Cuánto tuvieron que sufrir en sus carnes y en sus almas aquellos hurdanos en aquella tierra, en aquellos momentos, en aquellas condiciones…!

Una época en la que el estudioso Maurice Legendre publicó su libro sobre Las Hurdes, titulado «Las Jurdes. Étude de Géographie Humaine» (1910-1925) con señaladas aportaciones del mayor interés y con fotografías como la que aparece por encima de estas lineas y que titulaba, sencilla, impresionantemente, «Tres generaciones de una misma familia«. Y que cada cual concluya sobre los aspectos y campos en los que tratamos en este ensayo sobre lo que deberíamos denominar, por ajustarnos a los términos más claros y objetivos, como Las Hurdes de Aquellos Tiempos.

Una comarca, la de Las Hurdes, que se encontraba en la necesidad de una ayuda, en todos los campos, y salir adelante ante sus esquemas de vida. Pero fueron algunos los que faltaron a sus compromisos, a sus proyectos, a sus palabras. Y ellos sabrán, ante la historia, el por qué de sus incumplimientos.

Es de señalar que el camino de Las Hurdes tenía y necesitaba estar marcado con la cooperación y la participación de todos cuantos tenían responsabilidades al respecto. Y no solo el afán, el empeño y la buena voluntad de sus gentes.  Por eso se necesitaba que todos, comenzando por las autoridades políticas, supieran mirar hacia el hoy y el mañana, hacia las nuevas generaciones y abrir horizontes de expectativas con el futuro de la inmensidad de la tierra hurdana.

Y así, de este modo, como se aprecia en la fotografía documental de la época, esperaban los hurdanos la visita de Su Majestad el Rey Alfonso XIII. Con esas caras y esas fuerzas y esos buenos deseos y esas esperanzas de redención de la tierra que les vió nacer y en la que tantas penalidades y adversidades pasaban sus habitantes.

Una comarca, la de la geografía hurdana cacereña, que sufría en su alma y en sus esquemas de vida y de futuro. Tal vez, entre temblores de tierra y de hondura y de sensibilidad humana, como una estampa de inquietud y una mirada a los horizontes en los que importaba tanto la propia vida como la de las generaciones que seguían cogiendo el testigo de llevar, día a día, en base al trabajo, pero también al sufrimiento y la dureza, a un camino que querían cuajado del mejor futuro para los suyos.

De ese modo se pusieron a trabajar, seguramente con el mismo espíritu de siempre, entre inquietudes y anhelos… y, también, entre desesperanzas. Y es que había llegado la hora de intentar alcanzar por todos los medios, un equilibrio social, humano, económico, como en otras zonas de la España de Aquellos Tiempos…

Y estampas tan curiosas y llamativas como la que figura a la izquierda, con el más que significativo pie literario que dice «Mestas (Las Hurdes) Calle Principal«, imponían, por qué no decirlo, un respeto y como una montaña de inquietudes sobre el futuro y el mañana más próximo. Todo ello con la pregunta que se hacían, propios y extraños, paisanos y forasteros, «Si esta es la Calle Principal como serán las demás?«.

Pastor hurdano. Años 30.

Pastor hurdano. Años 30.

Y una tierra, también, cuajada de pastores, con rostros curtidos, acaso con severidad, por los rayos del paso del tiempo. Entre las vías de sus inclemencias y el crujido, a veces, cruel, claro, como todos conocemos, de una retahíla de adversidades.

La estampa del pastor se sitúa en el año 1930. Un camino de arrugas que le atraviesan, como los senderos hurdanos de entonces, la cara; la mirada, plena de generosidad; el rostro, encajándose ante tantas circunstancias; la boca, callada y silenciosa… Y la mente, ay la mente, probablemente, anduviera navegando, desde la libertad que existe en el campo interior de sus sueños, por un mundo mejor, y aportando, como marca la tradición, lo mejor para él, para los suyos, para la alquería, para la aldea, para el municipio, para la comarca,

Allí, en aquel difícil, complejo, escaso terreno de campo, un auténtico pedregal, el pastor, los pastores hurdanos procedían a entregarse de un  modo más que afanoso con la inmensidad de su trabajo, azuzado por la filosofía de sus tiempos –vagando por esos terrenos de aquella impresionante y buena gente de campo–…

Y, también, claro, luchando, siempre a brazo partido por salir adelante en medio de ese vendaval que tantas veces les aislaba porque la vida es así.

Todo ello en base a un reto de muy altos compromisos por parte de las gentes hurdanas. Siempre sumamente comprometidas con ellas mismas y con su tierra.

El año 1922 el Rey Alfonso XIII giró una visita de excepcional importancia a una comarca cacereña, Las Hurdes, que necesitaba de una urgente ayuda humanitaria, social, económica, sanitaria, educativa…
 
Una visita esperada largo tiempo por los hurdanos, largos años, largas decenas de años, hasta que lograron ponerse de acuerdo hasta que el clérigo José Polo Benito, tan entregado y comprometido con las gentes hurdanas, y el Obispo de Plasencia, monseñor Francisco Jarrín, lograron poner de acuerdo a autoridades políticas, civiles y eclesiásticas…
 
… Y, de esta manera, posibilitar una visita que marcó una huella sobre una comarca cacereña, extremeña, española, que sangraba de necesidades de todo tipo y condición, para salir adelante y superar una situación verdaderamente compleja y dramática.
 
Aquí vemos, en la fotografía de Campúa, al rey Alfonso XIII charlando con unos niños hurdanos.
Impresionante imagen de Aquellas Hurdes que captara Campúa.

Impresionante imagen de Aquellas Hurdes que captara Campúa.

Asimismo el doctor Gregorio Marañón y otros humanistas de la época, ante el estado de necesidad y de urgencia en Las Hurdes de Aquellos Tiempos, colaboraron con decisión para la visita que el rey Alfonso XIII efectuó a la más que deprimida comarca cacereña para comprobar «in situ» y en primera persona la situación de la misma, tal como se la habían descrito.

Un viaje que tuvo lugar en junio del año 1922 por los vericuetos y los rincones más insólitos que pocos se atreverían a diagnosticar en aquella España, en medio de unos segmentos de pobreza verdaderamente conmovedores y comprometedores en la conciencia social de tantos.

Un viaje en el que Su Majestad estuvo acompañado de un fotógrafo de excepcional calidad profesional y que figura en las páginas de oro de la historia de la fotografía española. Nos referimos a José Demaría Vázquez, más conocido en el panorama artístico como Campúa (1900-1975). De una personalidad, creatividad y genio artístico de señalados considerandos, mientras iba desvelando, paso a paso, todas aquellas secuencias de un viaje que todos calificaron de duro en extremo y del aprendieron, al mismo tiempo, mucho.

Un viaje, como se remarcaba en tantos y tantos medios informativos, como la mar de difícil por aquella larga y continuada, interminable serie de secuencias humanas, sociales, morales, económicas, alimenticias, ocupacionales, recreativas, que debemos de calificar como de verdaderamente épicas, de una colectividad de un genio y de una raza, de una gente extraordinaria, como lo es aquella que estaba conociendo durante su trayecto por Las Hurdes.

Aquí vemos otra impresionante secuencia con el Rey recorriendo uno de los caminos en la alquería de Río Malo de Arriba junto al ministro de la Gobernación, publicada en la revista «Mundo Gráfico«, con la firma de Campúa.Y ahí es cuando comenzó a poner en marcha y a llegar, poco a poco, un compromiso de todos y sacar adelante a la comarca cacereña de Las Hurdes. De tanta hermosura entre sus valles, sus montañas, sus riachuelos y sus gentes. Porque nada más llegar a Madrid, el Rey, embargado emocionalmente de cuantas estampas e imágenes pudo contemplar en el viaje, procedió a crear y a poner en marcha el Patronato de Las Hurdes.

El Rey visitaría nuevamente, no obstante, en el año 1930, aquella tierra hurdana, siempre tan hermosa, pero tan abandonada entonces, con un enorme río de adversidades que el álbum de la hemeroteca pasa revista a imágenes muy difíciles –por no decir imposible– de aguantar sin soltar alguna exclamación con palabras críticas. Cuando menos a una clase política que, salvo error u omisión, vivía a espalda de una comarca española en el primer tercio del siglo XX.

De este modo en la imagen de la izquierda podemos apreciar la imagen del recibimiento a Su Majestad, don Alfonso XIII, en ese viaje de supervisión sobre los proyectos y trabajos en Las Hurdes.

La fotografía de la izquierda, obra de Benítez Casaus, con una larga fila de tantos pies descalzos, en medio de un clamor de gritos de «¡Viva el Rey!» y de «¡Viva España!«, como se perciben, junto a otros lastres en las alquerías y aldeas hurdanas, dio la vuelta al mundo desde la portada de prestigiosa revista española «Estampa«.

Una lucha paulatina para sacar adelante el compromiso moral de tantos personajes y de tantas personalidades que se daban cita en este tiempo de intensidad a favor de la mayor celeridad de los pasos que se daban desde el patronato de Las Hurdes.

Sí, así es. Pero que continuaba padeciendo y sufriendo en sus carnes y en su alma el paisanaje hurdano, impregnado de sudor y cariño en y por la tierra en la que les nacieron…

Unas Hurdes que se encontraban en ese estado, a caballo entre su vida, de tantos años atrás, y de los trayectos y proyectos que se albergaban, por un mejor esquema de vida para sus buenas y humildes gentes. Hombres, mujeres y pequeños, que se seguían  abrazando a su tierra de amor y de pasión, aunque envuelto en segmentos de muy fuertes complejidades, como se puede apreciar palpando el hálito de las duras condiciones en la encrucijada de la tierra hurdana.

Esta fotografía, también firmada por el artista Benítez Casaus, que se incrustaba, junto a otras en la misma revista citada anteriormente, «Estampa«, deja constancia, en 1929, del mundo interior, intramuros de una casa cualquiera, que captó el fotógrafo en su camino, y en el reportaje titulado «Una semana en Las Hurdes«, con dos capitulos:

«El pregón de la noche» y «La tierra del dolor«. Dos capítulos que siguen dejando constancia escrita y fotográfica, firmado por el periodista José Ignacio de Arcelo, del testimonio de un modo profundamente humano, en ese mundo tan duro que se reafirmaba, sin embargo, en Las Hurdes.

Del mismo modo que, poco a poco, comenzarían a publicarse más y más testimonios relevantes, de extraordinaria densidad humana y moral, que también, paulatinamente, iban contribuyendo a concienciar a todos. No solo a la clase política, a veces tan olvidadiza en sus campos de actuación, sino lo que es más importante a la propia sociedad española…

No obstante el tiempo avanzaba lentamente, dura, dramáticamente en la geografía hurdana. Una tierra dureza, cuajada de misterios y de enigmas y de sinsabores. Una tierra castigada y flagelada tanto tiempo, en sus buenas gentes, no se sabe por qué.

"Una alegre calle de Río Malo". Pie de foto de la fotografía publicada en el reportaje citado.

«Una alegre calle de Río Malo». Pie de foto de la fotografía publicada en el reportaje citado.

No obstante el año 1929 el periodista y escritor José Miguel de Arcelu volvió a la tierra hurdana y comprobar cómo iba el proceso de la tierra hurdana tras la visita de Alfonso XIII. Primero en 1922, después en 1929. Siete años que dan, evidentemente para mucho. El periodista que publicaría un reportaje en la revista «La Estampa», de ese mismo año, combina, de forma analítica, aquella tierra que denomina estéril e insalubre, que denomina como una tierra quebrada, en la que moran cinco o seis mil habitantes, subraya, , con paludismo en las Hurdes Bajas, y bocio en las Hurdes Altas…

… Pero deja constancia de que con el trabajo de los tres médicos y el avance de caminos forestales, por ejemplo, se va abriendo paso a otras Hurdes y de las que solo el tiempo se encargaría de definir desde esa serie de perspectivas humanas, morales, sociales, educativas, sanitarias, para ese impresionante número de personas que tantas encrucijadas vivieron y seguían abordando, porque así lo quiso el destino.

El hecho evidente es que, más allá de lo expuesto, de forma bonancible por José Miguel de Arcelu, quedaba mucho presupuesto que ceder por todos los puntos de la geografía hurdana, muchas obras por hacer, en todos los campos, y, fundamentalmente, ir abriendo un paulatino camino en la propia estructura y diseño de unas Nuevas Hurdes.

Para lo que, evidentemente, quedaban muchos, pero que muchos años por delante. Y, lo que resultaba más arduo y comprometido, mucho esfuerzo y trabajo por delante. El problema social radicaba en que eran unos miles de personas las que tenían que seguir padeciendo las adversidades de las características y de las circunstancias.

Corría el año 1931. Cuando un periodista el fotógrafo Campúa vuelven a la aspereza humana de Las Hurdes con la revista «Mundo Gráfico«. Un territorio de extrema severidad. Se les hundió la moral en Las Hurdes que se les ofrecía a la vista. Una tierra de la que nadie sabía explicar el por qué de esa situación humana, social, económica… Y con la que tantas deudas tenían contraídas España y la sociedad.

El titular del reportaje resultaba, quiérase o no, verdaderamente demoledor: «La República y la tremenda lacra de Las Hurdes«. El subtítulo resultaba, quiérase o no, verdaderamente pavoroso: «Los ocho mil compatriotas que viven pegados en los breñales hurdanos, víctimas de la miseria moral y fisiológica«.

Aún quedaba pendiente pues, , nada más y nada menos, la gran esperanza que representaba para todos la paulatina pero más firme la integración por igual de Las Hurdes en la dinámica española en tantos terrenos. Palabra de Rey, compromiso de España… Pero el panorama, por mucho que dijera y prometiera el Rey Alfonso XIII, se presentaba arduo.

Un ejemplo significativo, como resumen de tan duro testimonio puede resultar tanto la fotografía, encima de estas líneas, como el pie de fotografía de la misma: «Esta chozuela es la envidia de los vecinos hurdanos que la han catalogado como la mejor vivienda de Las Hurdes«. Acaso no hicieran falta más palabras. Solo trabajo para superar ese pulso de la vida. Pero hay que continuar en el recorrido de esa vida, por darle un nombre, inhumana…

Es de señalar que en el año 1931 dos periodistas de la revista «Mundo Gráfico«, entre las más leídas e influyentes de España, por los compases de Aquellos Tiempos, un día, cámara al hombro y bolígrafo y libreta en ristre, se encaminaron a aquel complejo y severo mundo de Las Hurdes de entonces, acercándose hasta el corazón de la geografía hurdana, recorriendo la zona de arriba a abajo, pateando alquerías y obteniendo documentos de las buenas gentes hurdanas.

Y, en medio de un reportaje cuajado de ese realidad llamada dramatismo, titulado «LA REPUBLICA Y LA TREMENDA LACRA DE LAS HURDES«, esta joven hurdana –que aparece en la fotografía, unas líneas más arriba, a la izquierda– sacó del baúl el traje típico femenino de ese amplio segmento humano de Las Hurdes.

Entonces la joven hurdana se fue vistiendo prenda a prenda, hasta completarlo y lucirlo, posteriormente, con esa sensibilidad, tan propia, de la mujer cacereña, imprimiendo un gigantesco rayo de hermosura, tan bien ataviada ella, dando vida a la, entonces, tan deprimida comarca extremeña.

Un traje del que mi querido amigo Félix Barroso Gutiérrez, una eminencia en el estudio de Las Hurdes, escribe lo siguiente: «Se trata de una Jurdana con la «saya de picoti«, «mandilón«, «jugona» y el «dengui» cruzado por el pecho, Este «dengui» con flecos es ya una evolución de la «ehcravina«, de un solo color y sin flecos. Asimismo, señala, a la moza le falta el pañuelo a la cabeza, atado al estilo «jurdanu«. Del mismo modo añade que, «lamentablemente, en la comarca de Las Hurdes, actualmente, la indumentaria tradicional femenina está sujeta, en muchos casos, al capricho de las mujeres que la confeccionan, introduciéndose prendas que jamás se usaron en dicha comarca, como el chaleco, o abigarrados bordados que nada tienen que ver con la antigua, austera y preciosa «saya de picoti».

El fotógrafo José Demaria Vázquez, conocido como Campúa, el único que acompañaría al Rey Alfonso XIII, en su viaje a Las Hurdes, captó la fotografía anterior para la posteridad.

Una tierra de lucha, de intensidad emocional, de crujidos al amanecer, de esperanzas tantas veces desesperanzadas por muchos motivos que nacían, para no engañarnos, en las culpabilidades y responsabilidades, quizás, mejor, irresponsabilidades, de otros, que, tal vez, se encogían de hombros ante la imagen y la estampa de aquella inmensidad que conforma la geografía humana, física, agrícola, social, de la comarca de Las Hurdes de Aquellos Tiempos.

En ese mismo reportaje, citado anteriormente, está captada la imagen de la izquierda, siempre en obra del fotógrafo Campúa, que sentí correr por sus venas el alma, siempre esforzada, de las gentes hurdanas, entre trasiegos y asperezas, para salir adelante, en el camino de la vida, entre resignaciones, superaciones, y un espíritu de enorme entereza. Y de la que hemos respetado el pie de fotografía, publicado entonces, y en el que se lee: «La madre hurdana sostiene en sus brazos a su pobre hijo enfermo, como demostración del abandono en que se hallaba antaño la región, sin médicos ni escuelas«. Textual.

Porque la supervivencia allí. en aquellas Hurdes, en aquellos tiempos, suponía todo un verdadero reto, en muchas ocasiones y en muchos aspectos, un milagro. Y, sobre todo, por dejar constancia clara y expresa del mérito y los esfuerzos y sacrificios que suponía el de la supervivencia y salir adelante día a día. Lo que en muchas ocasiones se conformaba como un reto del máximo relieve para la entereza humana en el alma de los hombres, de las mujeres y de los pequeños en Las Hurdes. Una tierra abierta y encaminada a mil senderos de todo tipo y, a la vez, de miles de enigmas, que nunca sabrían los hurdanos hacia donde estaban destinados los mismos.

Pero allí siguieron luchando. Entre las piedras y los silencios, entre las humildes y las soledades, entre el correr del tiempo detenido por esas circunstancias de la vida.

Y en cuyo recorrido, trasegando por la historia de Las Hurdes, iremos profundizando día a día para transitar por una tierra honda, dura, muy adversa en Aquellos Tiempos, con numerosos testimonios de humanidad expuestos por muchos nombres, de los que iremos ocupándonos poco a poco.

Como por ejemplo el estudio, impresionante, llevado a cabo por que mi querido amigo Victor Chamorro Calzón, extraordinario novelista, comprometido con la tierra extremeña, y hurdana en este caso concreto, a sangre y fuego. Medalla de Oro de Extremadura, con una obra verdaderamente ingente y que plasmó en la novela «Las Hurdes, tierra sin sin tierra», un desgarrador testimonio social y humano, que hay al otro lado de las Hurdes: En el que viven y trabajan y se esfuerzan y se desgarran sus gentes al máximo.

O, también, el ensayo que sobre esas mismas Hurdes, una tierra tan comprometida cuando se entraba en ella, desplegó mi también querido amigo, escritor, novelista, ensayista, extremeño de Casar de Palomero, Juan Antonio Pérez Mateos. De cuya tierra y sobre cuya tierra, ay, Las Hurdes, nos dejó el legado de un título tan profundo como el de «Las Hurdes, clamor de piedras«.

Pero hay que seguir, poco a poco, con el corazón en la mano, en esta tierra, entonces sangrante en tantos terrenos, y que recorrimos en Aquellos Años de la segunda mitad de los sesenta, con el mayor agradecimiento a tanta buena gente que vivía enjertada en ese auténtico clamor de piedras, sí, que eran Las Hurdes.

Libros, estudios, ensayos, fotografías, datos, informes, que plasmaban toda una serie de datos de esa urgente necesidad en que se encontraban aquellas Hurdes para tratar de encontrar, de una vez por todas, las vías de progreso de una tierra firme, consistente, de buenas y honradas gentes, y que vivían, el día a día, entre los equilibrios de los sudores, de las necesidades, de los padecimientos y siempre, al mismo tiempo, de las esperanzas. Aunque, en muchas ocasiones, tales anhelos estuvieran marcados por la desesperanza. Por culpa, sencillamente, de aquellos que, con tanto poder, prometieron demasiado en falso y tanto se olvidaron, de la noche a la mañana, de la hondura humana –que es la más importante– las rutas y los caminos de Las Hurdes.

 

 

 

 

 

     

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DIA DE MERCADO EN EXTREMADURA

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… Avanzaba el año 1929. Ya se había recorrido el pueblo entero el pregonero, en cualquier municipio de Extremadura, voceando por todas las esquinas que tocaba mercado: «De parteeeeeee del señor alcaldeeeeeeeee, se hace sabeeeeeeer que el próximo jueves hay Mercado en el lugar de costumbreeeeee….»

Ya se sabe: Se animaba el ambiente de todos los lugareños que hacían del día del mercado una especie de semifestividad.
Bullicio, curiosidad, animación, capricho y duros regateos entre una y otra parte, vendedor y comprador, que ya decían por el pueblo, desde siempre, que «estos vendedores ambulantes, a los que llaman con mucha razón mercaderes, son más listos que el hambre. Y no queda otra que espabilar«.
Lo sabían y conocían  de sobre el paisanaje que se concentraba, de forma periódica, según el anuncio de Emerenciano, el Pregonero, con gorra de plato donde destacaba el escudo municipal, que se le subía el pavo y se consideraba una autoridad, entre los puestos de telas, de zapatos, de ferreterías y de calderos, de ropas de todos los colores y tallas, y que se probaban en las traseras del instalache… Y puesto, también, de dulces típicos de la tierra, como debe de ser, qué caray, de perrunillas, de rosquillas, de mantecados, de pestiños, de roscas de alfajor, de bolluelas, puestos de alfarería, con piporros, cántaros y platos, de puestos conformados por especias de todo tipo, por frutas de la temporada, por golosinas, regaliz, chicles, caramelos, garrapiñadas, algarrobas, pipas de girasol, pipas de calabaza, con niños que parecían enjambres de moscas a los que el vendedor trataba de espantar con una fuerte palmada, «chás», al tiempo que pegaba un zapatazo sobre el suelo y trataba de asustarlos al grito de «¡Uuuuuuuhhhh», como imitando a un mochuelo. Y otros más, claro es.
Mercado arriba, mercado abajo: Un desfile de panas añejas con olor a campo y ganado, de refajos, de chambras, de faldriqueras, de pañuelos sobre la cabeza «para evitar la calor», de sombreros, de botas, de fajas, de chismorreos, de pegar la hebra y darle a la húmeda y echarse una buena parrafada entre bromas, chanzas, risas, piques y zascandileos. Lo propio, Que de todo hay en la viña del Señor…
Luego, al alcanzarse el medio mediodía, con el sol sacudiendo un poco de estopa, que espantaba poco a los lugareños y a las lugareñas, cesta de mimbre o saco de tela en la mano, repleto de compras, el runruneo del periódico volante y hablado del pueblo, entre chismes y cotilleos, y miradas de toda índole, se explayaba junto a la barra del bar, con mostrador de madera mientras los camareros servían «chatos» de pitarra, pegaban un vozarrón por una ventanilla, tras correr una cortina, «»¡Una ración de queso de cabra a la voz de ya…!». que retumbaba por todo el local. Vozarrón al que respondía un berrido de «¡Oído, cocina!«, que también retumbaba por el local de la tasca, mientras iban saliendo, poco a poco, cazuelillas de aperitivos acompañadas con pinchos de torrezno. patatera de la matanza o hasta unas migas extremeñas, aunque fuera la una y media de la tarde. Que para el buen comer nunca es tarde..
También, claro, tal se puede apreciar en el pie de fotografía, un puesto de turrón, almendras y peladillas que sabían, sobre todo, a pureza sin mezclas químicas…
De esto hace la friolera de noventa y un años… Y es que la vida no es más que un suspiro…
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POR UNA CALLE DE GUADALUPE

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«Casas viejecitas como las viejas que a su puerta cogen calceta» es el pie, profundo, inmenso, de la fotografía, aparecida en el año 1930 en el periódico ABC, con una imagen de una calle de Guadalupe.

Y allá que se va el humilde paisano. con su indumentaria, tan característica de aquellos tiempos, y su ruta por la callejuela empedrada y entra esas viejas casas de una calle municipio cacereño de Guadalupe, siempre tan laborioso en sus gentes, en sus afanes, en todos los campos del trabajo, para salir adelante, para ganarse el pan y seguir, paso a paso, en y por las caminatas de la vida.
Bien con la preciosidad que emana de la artesanía del cobre, tan valorada siempre por todos, propios y visitantes, ahora que escribimos estas líneas ochenta y nueve años después; bien con la lucha irredenta de la agricultura, siempre tan dura, en mitad de los campos de las Villuercas cacereñas, entre los calores estivales y los fríos invernales, y hasta cuidando, pacientemente, de las piaras de cerdos, de marranos, de cochinos, de guarros, que conforman un patrimonio sacrosanto y económico en la Extremadura de ayer, de hoy, de mañana, de siempre.
Y allá que se anda la lugareña, también con su indumentaria popular, de negro, tan riguroso como solemne, con sus aparejos en la cestita o costurero para sus afanes con la calceta, con el pañuelo a la cabeza, claro, como debe de ser, seguramente canturreando alguna ancestral canción que recordara de sus tiempos niños, en esa estampa tan significativa del Cáceres y de la Extremadura de Aquellos Tiempos, en medio de una dinámica típica de relieve en nuestras tierras.
Lo que lleva a cabo la buena mujer con todo el amor del mundo como una forma de entretenerse, en su propia soledad, y alargar el costumbrismo típico y popular de las ancianas guadalupanas, tal como acaece en todos los pueblos y municipios de la geografía altoextremeña, a las nuevas generaciones.
A buen seguro que, unos segundos más tarde, el lugareño, al dar alcance a la señora de la calceta, le diría así como:
— ¡Con Dios, buena mujer…! ¿Cómo está usted, señora?
La venerable anciana probablemente hilvanase una sonrisa, respondería que iba tirando, le preguntaría al paisano por la familia, por el campo, por cómo marcha la vida…
Quizás se echaran una parrafada y pegaran la hebra dándole a la húmeda un ratillo. Posteriormente el hombre se despediría:
— ¡Ea, vamos andando…!
La mujer le respondería:
— ¡Hasta más ver…!
Repicarían las campanas del siempre más que impresionante Monasterio de Guadalupe, donde se encuentra la Patrona de Extremadura, la Morenita de las Villuercas, retumbarían por toda la campiña con ese sonido dulce y broncíneo, como solo suenan de bien y profundas, con una especie de mágico repique, las campanas guadalupanas, y, camino adelante, el lugareño y la paisana de la calceta, continuarían, como siempre, en medio de sus trasiegos, de sus quehaceres, de sus labores, de sus ocupaciones, de sus pasatiempos…
¡Por una calle de Guadalupeeeeeeeeeee…! 
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ESTAMPAS TIPICAS CACEREÑAS…

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Hace un par de días publiqué un artículo titulado «EXTREMADURA, LA TIERRA EN LA QUE NACÍAN LOS DIOSES«, un amplio y muy interesante volumen de Miguel Muñoz de San Pedro, Conde de Canilleros, publicado por la editorial Espasa Calpe en 1961. Un estudio riguroso y profundo que debiera de divulgarse por Escuelas, Facultades y Bibliotecas de Extremadura para un mayor y mejor conocimiento de todos sobre nuestra región. Y con unas estampas, literarias y fotográficas, de relieve.

Y hoy, cuando ya he iniciado su prometida relectura, entre los silencios de las noches, que invitan a la reflexión, y los compases que incentivan a la lectura sosegada, serena, tomando notas, a caballo entre el recuerdo de su amistad familiar, a través de mi padre, su interés por la tierra parda y el anhelo de mi Blog, CACEREÑEANDO, me he animado a ofreceros una serie de fotografías del Cáceres provincial de Aquellos Tiempos, con algunas estampas que, entre la cruel emigración contra los intereses extremeños, y los nuevos tiempos van perdiéndose…. Ahí van, pues, esas estampas, que se incrustan entre las páginas del libro «Extremadura, la tierra en la que nacían los dioses«, conformado al hilo de los sentimientos del escritor, mientras tiene entre sus manos un libro de la calidad histórica, cultural, artística, económica, rural, social,  festiva, de Extremadura, como es, en este caso, uno de los muchos libros firmados por don Miguel Muñoz de San Pedro, una verdadera autoridad, del máximo rigor, respeto y consideración, en diversas materias cacerenses..

Iniciamos este recorrido por la imagen de esta joven cacereña,  a la izquierda de estas líneas. Perfecta, impecablemente vestida con la rica indumentaria del traje popular de Montehermoso, siempre tan rico, tan original, tan colorido y tan admirado en todos los lugares del mundo en los que hay oportunidad de lucir el traje típico femenino montehermoseño, que goza de un exquisito prestigio en todas partes.

Un traje cuajado de belleza y que representa un auténtico lujo que dignifica, honra, enorgullece y emociona a cuantas pequeñas, jóvenes y mayores disponen de ese privilegio de ataviarse con el que ha sido calificado por los más prestigiosos etnógrafos y folkloristas como uno de los trajes populares más hermosos, preciados y valorados del mundo.

Pero la emigración ha clavado en el alma de Extremadura un puñal con el que va mermando la población a pasos agigantados. Y, como consecuencia, los pueblos se van desangrando, con todo su bagaje que hay en su historia, como la misma tradición y manifestaciones populares, qué pena, cuánta lástima, por las vías, los caminos, los senderos del olvido, mientras todos nuestros pueblos, todos, al tiempo, perdiendo habitantes. Inclusive, también, las grandes poblaciones.

Al desangrarse, nuestras aldeas, nuestros pueblos, nuestras ciudades continúan perdiendo gentes, historias, tradiciones, familias, casas, recuerdos, sensibilidades, que tanto sabor y tanta vida prestaron, en su tiempo, a nuestros municipios… Un dato, objetivo, tan solo. Las cifras oficiales muestran que en el año 1960 la provincia de Cáceres contaba con 556.359 habitantes, el pasado año tan solo registraba 386.487 almas…

Lo mismo que va extinguiéndose, paulatinamente, el sabroso encanto de la filosofía rural, cuajada de hondura costumbrista, de sufrimiento rural, de festividades plenas de vida, de inveteradas tertulias, con sus componentes pegando la hebra sentados en una silla de enea y dándole a la húmeda, a través de una parrafada, sobre esa dispar serie de temas que siempre andan por los tertulianos de pana, vino y cigarrillo amigo en la comisura de los labios…

Dando un salto y paseando por la geografía popular festiva nos detenemos en esta imagen tan típica de las siempre lucidas, valientes y arriesgadas capeas que se celebran durante las fiestas de la localidad cacereña de Garrovillas de Alconetar.

Fiestas en las que, año tras año, un grupo de osados y atrevidos espontáneos se enfrentan tratando de esquivar y escaparse de las amenazas del morlaco que anda pendiente, diríase que con mil ojos, de llevarse por delante a cualquiera de cuantos torerillos, paisanos y lugareños, se echan al ruedo de los peligros y tratar de burlar las desesperadas embestidas del astado…

Espectáculos taurinos, a caballo entre el riesgo y la diversión, de los que andan pendientes de los cornúpetas y de cuantos espectadores clavan los ojos en los aconteceres del ruedo entre aplausos, gritos, chillidos y olés. Porque ya se sabe que nadie llega a conocer, ni los mejores ganaderos ni los más prestigiosos diestros, las intenciones de los astados que, en cualquier momento, se pueden llevar a cualquiera por delante. Fiestas, hermosas y bellas, genuinas y populares, típicas y festivas, de Garrovillas de Alconétar.

La Plaza de Logrosán, un precioso espectáculo de arquitectura típica se conforma como el tercero de nuestros ejemplos.

Una estampa que no solo no parece buscada, a propósito por el fotógrafo y autor de la misma, si no que se convierte, por su propia esencia y filosofía en uno más de los compases habituales de aquel años mil novecientos sesenta y uno, en que fue captado el documento y la instantánea, y que nos da cuenta del tránsito en el sosiego de los aconteceres del tiempo y de los naturales del pueblo. Exentos de prisa alguna, de nervios, de inquietudes, y caminando en la normalidad cotidiana que se dibuja en el día a día de esa dinámica común de tantos pueblos de nuestra Cáceres del alma.

Un corro alrededor de la fuente de la plaza, con un grupo de jóvenes y mujeres para captar agua, la estampa secular de esas casas que permanecen en pie, camino de los nuevos tiempos, mientras un paisano marcha, indiferente al corro, camino o de vuelta, quién sabe, de sus labores, de sus trasiegos, de sus quehaceres, de su campo, de tanto trabajo y cuidado para sacar unas perrillas con las que ir saliendo adelante poco a poco, jornada a jornada, segundo a segundo… Como si el jinete fuera asediado por el tic-tac del reloj del camino existencial de cada hora de labor… ¡Y son tantas y tantas, las mismas, al cabo del año, entra tantas y tan continuadas rutinas…!

Una estampa con cierto aire similar se puede apreciar en esta imagen lograda en la localidad de Guadalupe, donde se encuentra, ni más ni menos, que la imagen morena de la Patrona de Extremadura, la Virgen de Guadalupe, entre rogativas, preces, peticiones, rosarios, visitas, admiraciones y viajes de tantas promesas al hilo de tantas dudas e inquietudes Puede que la superación de una enfermedad familiar, acaso la proximidad del parto de una hija, quizás la colocación del hijo en cualquiera que sea el trabajo, que el caso es empezar y abrirse camino, a lo mejor unas oraciones por los difuntos, que ya no se encuentran entre las aguas de este río que es el de la mar de la vida…

Estampa, asimismo, con aire de belleza y sensibilidad popular, que ahonda , aún más, por los trajes populares de los protagonistas, mozos y mozas, que andan de parrafada alrededor de la fuente, en animada charla, sin mayores prisas, que hay tiempo para todo, antes de decirse un «¡Adiós!» o un «¡Hasta luego…!», repleto y embadurnado de esos ritmos y palpitaciones que nacen en el corazón cuando al mismo le llama o le golpea el énfasis del amor. Que así fue, que así es, que así será, siempre, uno de los ritmos del carrousel de los quereres…

Pasamos al municipio de Belvís de Monroy. Otro de esos tantos y tan hermosos lugares que se esparcen y pueblan la geografía altoextremeña…

Un lugar de relieve, se diría que mágico, con el castillo al fondo, de tantos sudores, de tantas aventuras, de tantas luchas, que quedan almacenadas en las despensas y en los rincones del olvido, lo de casi siempre en esta bendita tierra extremeña, y que se alza hacia los cielos de la eternidad…

Y por delante, esa estampa de unos campesinos con sus bestias, camino no se sabe de qué cotidianos recorridos, mientras las mujeres, una de ellas adornada con sombrero pajizo, con indumentaria de entonces, parecen como despedirse de los mismos, hasta la vuelta, que el hogar siempre espera, aunque sea con una hogaza de pan, un buen trozo de tocino., una patatera de chuparse los dedos, o un trozo del queso elaborado por sus propias manos, pero que saben, claro es, cómo no, a gloria bendita… Y acompañado, como es debido, por un trago de vino de pitarra y una conversación con la parienta… De cualquier asunto: La preocupación por los mochuelillos, el sudor moral del campo o, quien sabe, que a divertirse tocan en las fiestas patronales que ya se avecinan… Y a ver si nos tomamos un poco de descanso, que el cuerpo de este labriego, con el azadón y el arado, también necesita parar de cuando en vez…

Damos otro paso de esos encantos y encantamientos que surgen en la vida de aquella época, por los pueblos cacereños. Una estampa tan tradicional, tan costumbrista, tan típica, tan histórica, y en la que un cerdo resolvía el año, como se solía decir, popularmente, de una familia. El matrimonio, como se aprecia colgando los productos de la la matanza casera.

El berraco de marras, por lo que podemos apreciar, ya pasó a mejor vida tras sufrir el acuchillamiento de su San Martín particular, en esos tiempos de noviembre, cuando se inician los fríos, y los guarros, tras tanta buena vida, pasan a engrosar la alimentación familiar entre chorizos, morcillas, jamones, paletas, salchichones, lomos, tocinos y otros ricos elementos que salen de sus carnes…

Que ya cuenta el dicho popular que del cerdo se aprovecha todo.

Y tanto se aprovecha que ninguna familia de entonces, ante tanta carestía y dificultades o adversidades, desaprovechaba nada del cerdo.

Un animal que hoy goza, afortunadamente, de un prestigio excepcional, que ha hecho que el porcino se convierta en una de las principales bases de la economía extremeña por su exquisitez en todas y cada una de sus especialidades, que hacen que Extremadura sea capital mundial de las suculencias del cerdo extremeño, que hoza entre dehesas buscando bellotas. Y si en base a esa denominación nos llegan buenos dineros que enriquezcan a la tierra parda, bienvenido sea. Que ya va siendo hora que nuestra tierra goce de ese desahogo porque si hay que esperar mucho de Madrid, lo llevamos más bien crudo. De ahí las gigantescas cifras de la pérdida de población en todos los municipios desde los años cincuenta hasta hoy, sin que nadie, claro es, faltaría más, se sonroje lo más mínimo. ¡Pobre Extremadura, tan rica en tantas posibilidades de un campo de tantas posibilidades y de tantas magnificencias…!

Y ahí se encuentran esas gentes de tanto garbo y salero. Los extremeños, fieles a la tradición, se visten con el ropaje típico popular y se echan a la calle con cualquier motivo para entonar las canciones y ejecutar las danzas y los bailes populares al ritmo de flautas, de tamboriles, de panderetas, de laudes, de guitarras, de botellas de anís raspando con una cucharilla, de castañuelas, de bandurrias…

Canciones y danzas, coplas y músicas, indumentarias e instrumentos, que recuperaron, con tanto esfuerzo como ahínco, entre generosos sacrificios de cacereñismo auténtico y desbordante, auténticas personalidades del folklore altoextremeño, como Bonifacio Gil, como Manuel García Matos, como Angelita Capdevielle, como Valeriano Gutiérrez Macías, recorriendo andurriales, pateando los pueblos, hablando con todo quisque, forzando a los lugareños a exprimirse las meninges para captar pasos de baile, aires musicales, entonaciones, romances, coplas, estribillos, ambientes… Y que luego, posteriormente, iban llevando a los periódicos, a las revistas, a los libros los investigadores citados así como  a los escenarios de Festivales y Fiestas Populares de los municipios a trasvés de las interpretaciones y escenificaciones los numerosos Grupos de Coros y Danzas, de flautistas, de tamborileros, de agrupaciones, tan amantes de las peculiaridades folklóricas de la tierra parda… Folkloristas, los citados, que, ya, en el correr generacional, son sustituidos por personalidades en el tipismo popular y costumbrista cacereño como María Fernanda Sánchez Franco, creadora del grupo cacereño de Coros y Danzas «El Redoble«, autora del libro «Indumentaria Tradicional de la Provincia de Cáceres, Recuerdo Vivo«, Félix Barroso Gutiérrez, de Santibáñez el Bajo, licenciado en Historia, enamorado, estudioso e investigador en la inmensidad de Las Hurdes, José Luis Rodríguez Plasencia, natural de Cilleros, Licenciado en Lengua Española y Filología Francesa, autor del libro «Gentilicios en Extremadura«, José María Domínguez Moreno, autor, entre otras, de la obra «Cultos a la fertilidad en Extremadura«, Fernando Flores del Manzano, (Cabezuela del Valle, 1950), .doctor en Filosofía y Letras, premio de investigación folklórica»García Matos«, pionero en el estudio del pastoreo y la trashumancia en Extremadura, y con publicaciones como «La vida tradicional en el Valle del Jerte«, «Mitos y leyendas de tradición oral en la Alta Extremadura» o «El bandolerismo en Extremadura«…

La «Jota del Candil», de Alcuéscar, «El Redoble«, jota dieciochesca Cáceres, «La Jota Cuadrada«, de Monroy, «El Pindongo«, «El Perantón«, el «Riani sí sí, sí«, la «Jota de Guadalupe«, «La Carta«,  «El Cerandeo«, «El Quita y Pon«, «La Jerteña«, «El Pollu«, y otras muchas danzas folklóricas populares y típicas como una muy larga de canciones tradicionales y de celebraciones festivas como los Carnavales, las Romerías, y un largo etcétera, que vienen a constituir el mejor recuerdo a tantas generaciones que sudaron la gota gorda del trabajo, de las privaciones, de las necesidades, y que nos legaron todo un mundo de mágicas esencias en las que hoy se apoya Extremadura combinándolo, claro es, con las exigencias y los circuitos de los nuevos tiempos…

Finalmente, como no podía ser menos, la tertulia. ¿Qué habría sido y qué sería de esa larga serie de pueblos cacereños y de todas partes sin las tertulias? Ahí podemos apreciar a un grupo de paisanetes lugareños metidos de pleno en una tertulia, que tiene lugar a la puerta de cualquier casa, en cualquier calle y de cualquier pueblo.

Una serie de paisanos, que ya han dado por finalizadas las tareas habituales del día, se echan un cuarto a espadas, en la puerta de la casa de cualquiera de ellos, o, lo que es lo mismo, se sientan para pegar la hebra sobre todo tipo de cuestiones, que andan circulando por el pueblo. Con preferencia, por supuesto, por las novedades. Siempre entre bromas e ironías, entre piques y rumores de la esencia más sustanciosa de pueblo, de chismorreos, mientras le van pegando una serie de caladillas al cigarrillo y a la espera de que pase el tiempo, en medio de la parrafada.

Mañana, seguro, los  contertulios volverían a reunirse. Acaso en un bar y echarse unos tragos para el coleto, lo que nunca viene nada mal, por supuesto. Que un vino a tiempo, siempre alegra el alma…

¡Buenas gentes, buenas gentes, estos lugareños de nuestros pueblos, cada día más encogidos en su población, con bastantes de tales municipios al borde la extinción…!

Y, si no, al tiempo… ¡Qué pena, con la riqueza que se esconde en tantos sentidos, en el panorama geográfico de las tierras que se abren, de par en par en nuestros pueblos, en algunos, ya, sin médico, sin farmacia, sin escuela, sin pequeñuelos, sin brazos jóvenes, porque no han tenido más remedio que largarse al Pais Vasco, a Madrid o a Cataluña..!

¡Pobre y lastimosa Extremadura, tan sangrante por tantas heridas, en pleno siglo veintiuno y sin que nadie, desde las altas instancias, sea capaz de poner un hálito de vida en los mismos…!

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FIESTA EN HONOR DE SAN JORGE, PATRON DE CACERES (AÑOS 60)

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En los finales de los años sesenta de la pasada década coincidió, de forma curiosa y muy identificativa para el panorama histórico de la ciudad, la festividad de la celebración San Jorge, Patrón de Cáceres, con el novenario anual en honor de la Santísima Virgen de la Montaña, en la iglesia de Santa María. 

 
La curiosa fotografía, con la Corporación y una representación de la Guardia Municipal Cacereña, vestida con el traje de gala, como corresponde a semejante acto de gran relevancia, en la celebración de San Jorge ante la Virgen de la Montaña, Patrona de Cáceres, es un documento sobre la función religiosa, obra de F. Bernal y publicada, en 1986, en el libro «POR LA GEOGRAFIA CACEREÑA, FIESTAS POPULARES«, del que es autor Valeriano Gutiérrez Macías, declarado de Interés Turístico por el Ministerio de Información y Tuirismo.
 
San Jorge, capitán de Diocleciano, y conformado, al mismo tiempo, como símbolo del sacrificio, es Patrón de la ciudad de Cáceres por coincidir su festividad, que tiene lugar el 23 de abril, con el día de la conquista de la Villa, por parte de las tropas y huestes del Rey cristiano Alfonso IX, de León, ante las fuerzas de los agarenos.
 
Con motivo de dicha celebración, de una gran y manifiesta participación popular, se llevaba a cabo un programa de actos como el de la Misa, un largo desfile entre los componentes de los ejércitos de Moros y Cristianos, con la participación de una ingente cantidad de jóvenes cacereños, acompañados por un siempre gigantesco dragón, y losa acordes de la Banda Municipal de Música…
Posteriormente, llegadas las tropas al campo de batalla, en el impresionante escenario que se sitúa en la Plaza Mayor de Cáceres, habrían de combatir largamente entre ellos y llevándose, como recuerdo, las espadas. en el impresionante escenario que se sitúa la Plaza Mayor, Tras la derrota de los agarenos se procedía a la la quema del dragón…
También, desde la tarde noche anterior, 22 de abril se procedía al encendido de numerosas hogueras por los distintos barrios de la capital, con los trastos que ya no servían ni se utilizaban en las casas, entre canciones, tertulias y comidillas, ante las que la muchachada cacereña procedía a saltar, en medio de una algarabía entre gritos de alegría y ojos siempre expectantes, con una especie de pértigas elaboradas con cañas cortadas en los cañales de Puente Vadillo y otros.
 
También se llevaban a cabo combates y peleas de duras diversiones y rivalidades con peleas entre diversas bandas de chiquillos de los barrios con una munición tan especial como la de higos y brevas, que arrancaban, claro es, verdes y duras, de las higueras. Peleas  que. por motivos de seguridad de los viandantes cacereños que se veían obligados a atravesar por los campos de batalla, tuvo que ser suspendida unos años antes por parte fel Ayuntamiento.
«¡Viva San Jorge!», gritaba entusiasmada la población…

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DEL FOLKLORE CACEREÑO (1944)

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Manuel García-Matos (Plasencia, 1912-1974) se conforma como el máximo exponente del folklore extremeño, y, al tiempo, uno de los de mayor relieve de toda España, tras toda una vida consagrado a la investigación y divulgación de esas ricas manifestaciones de las canciones y danzas de España, muchas de las cuales, estaban en peligro de desaparición y que se recuperaron gracias al intenso trabajo y dedicación del folklorista cacereño.

 

Ya en 1944 sacó a la luz su obra «Lírica Popular de la Alta Extremadura«, con las partituras de numerosas canciones y danzas, que fue sacando dejándose la piel por esos caminos y campos y recovecos del pueblo y del propio folklore cacereño. Entre andaduras, entrevistas, grabaciones, repeticiones y armonizando los pormenores, particularidades y fenomenologías de los más mayores, en un durísimo pero muy grato esfuerzo. Lo que hoy le agradecemos de todo corazón.

Una obra de una gran densidad y sensibilidad, que abrió muchos recorridos por el panorama y las ricas esencias que se dan cita y convergen en el escenario del folklore altoextremeño donde ya se conservan como oro en paño y gracias, también, a tantos y apasionados de la panorámica de las canciones, de las danzas, de las tradiciones, de las costumbres, para enaltecer la fenomenología típica de la provincia de Cáceres, donde se enmarcan otros nombres de relieve como los de Bonifacio Gil García, Angelita Capdevielle Botella, Domingo Sánchez Loro, Valeriano Gutiérrez Macías, María Fernand0 Sánchez Franco… Y otros muchos.

Una joya, el estudio del etnomusicólogo, investigador y folklorista Manuel García Matos sobre el folklore cacereño, como se manifiesta en la obra «Lírica Popular de la Alta Extremadura«. Una persona de gran generosidad y talla humanista, cordial, apasionado de su trabajo y convencido de la hondura emocional de sus inquietudes entre notas musicales, apuntes, dibujos, instrumentos musicales, indumentarias típicas y populares y que extrajo de las raíces de ese pueblo escondido en los rincones más insólitos de la apasionada y siempre más que apasionante tierra cacereña, cuajada de buenas y humildes gentes y que, en aquellos tiempos, le entregaron lo mejor de las ramas folklóricas al profesor Manuel García Matos que supo difundir con extraordinaria magnitud.
 
Una obra en la que nos dejó, entre otras relevantes muestras documentales, tres excepcionales estampas fotográficas, como señalamos en este ligero apunte periodístico. 
 
Una primer fotografía en la que se puede apreciar a una joven con el traje y con la gorra típica y popular de la localidad cacereña de Montehermoso, en un pie de fotografía, escrito por el propio profesor Manuel García-Matos y en el que el mismo señala y manifiesta que, a través del contenido de dicha instantánea, se puede contemplar «una belleza. En la que se puede apreciar los rasgos más puros de la raza indígena extremeña«.
Un análisis sucinto de Manuel García-Matos y del queda constancia más que expresa en el fenómeno contemplativo de la propia fotografía, como expone el documentado profesor.
A ello, evidentemente, hay que añadir la muestra de la riqueza que se conforma en todo el amplio contenido que converge en el traje típico de Montehermoso, considerado, desde siempre, como una joya de señalado relieve, que goza de una gran admiración así como de un más que manifiesto prestigio, en todo el mundo, por su realce, por los elementos que lo conforman y, también, por la hondura y la belleza que destacan en todas y cada una de las piezas de la indumentaria que lucen las montehermoseñas.
Otra fotografía de manifiesta importancia, de todas las que aparecen en el contenido libro «Lírica Popular de la Alta Extremadura«, es la que figura a la izquierda de estas líneas y en la que aparece el tamborilero Antolín Garrido Iglesias, natural de la localidad cacereña de Montehermoso, y con el que el investigador folklórico cacereño, Manuel García-Matos, aprendió a tocar la flauta o gaita  y el tamboril y que ya, en aquel entonces, cuando la publicación del libro, el autor consideraba el mejor tamborilero extremeño.
A esas alturas,. año 1944, cuando la aparición del libro citado, Manuel García-Matos, que también enseñó, asimismo, las artes musicales y rítmicas de la gaita y del tamboril, con numerosas canciones e interpretaciones cacereñas, subraya del flautista y tamborilero montehermoseño Antolín Garrido Iglesias, que también tuvo como discípulos, asimismo, a numerosos tamborileros de diversas localidades, preferentemente del norte de la provincia de Cáceres, subraya que «es el tamborilero mejor de toda Extremadura, no solo por el excelente repertorio folklórico, que conoce, de magnífica calidad, como también por ser un perfecto y acabado ejecutante». 
Entre esos alumnos de Antolín Garrido Iglesias figura y destaca Argimiro Quijada Pulido, otro extraordinario y muy reconocido tamborilero y flautista, asimismo montehermoseño,
Todo un ejemplo, pues, el de Antolín Garrido Iglesias, y que divulgó, de forma magistral, nuestro folklore, dejando  numerosas semillas en ese aprendizaje que mostró a diversos tamborileros y gaiteros cacereños.
La tercera de las fotografías se corresponde con la de una pareja de jóvenes ataviados, asimismo, con la hermosa indumentaria popular y típica de Montehermoso.
 
Manuel García Matos, (Plasencia 1912-1974), ha sido el máximo exponente del folklore cacereño en el transcurso de una vida entregada por completo a las canciones y danzas de la Alta Extremadura, y, también de España.
 
Un día cualquiera, Manuel García-Matos, de buena amistad y relación con mi padre, me confesó en TVE que cuando se dió cuenta en plena juventud del abandono casi absolutamente total en el que se encontraba el folklore cacereño, con grave riesgo de desaparición, y también en otros lugares de España, se encerró su despacho un largo tiempo y diseñó todo un proyecto con el que, afortunadamente, obtendría señeros y muy cualificados logros en el panorama folklórico cacereño y extremeño, como fue el de su resurgimiento.
 
En 1929, con tan solo 17 años, puso en marcha la Coral Placentina y en el año 1935 los Coros Extremeños de Plasencia, en 1935, con su trabajo titulado “Escenas de Domingo”, con una coreografía creada, diseñada y montada por el mismo.
 
Musicólogo, Premio Nacional de Folklore en 1945, catedrático de Folklore en el Conservatorio de Madrid, colaborador del Instituto Español de Musicología, miembro del Comité Internacional de la UNESCO, Asesor de la Sección Femenina…
 
Recopiló cientos de canciones extremeñas como “El Pájaro ya voló”, “Abre la ventana”, “Santu Pablo”, “Que sonaba la campanillina”, “Aquel pino que está en el pinar” y danzas como el “Baile del Pollo y la Pata”, “Las Jotas Cruzadas”, “La Vitorina”, “La Pandereta”, «La Jota del Candil”, “Las Rondeñas”, “Sones brincaos”, “El Pindongo”, “Sones llanos”… Y en base a todo tipo de muestras como Canciones de Quintos, Religiosas, de Cuna, Alboradas, Aceituneras, de Siega, de pimentera, rondeñas, de Nochebuena, de faenas…
 
En 1961 publicó la «Magna Antología del Folklore Musical de España”, con el patrocinio del Consejo Internacional de la Música, perteneciente a la UNESCO, y de extraordinario éxito.
 
La ciudad de Plasencia le recuerda hoy como Hijo Predilecto y, también, con una estatua en la Plaza de la Catedral Vieja.
 
Por su parte la Junta de Extremadura creó en su día el Premio «García-Matos» a la investigación y el estudio del folklore y el mismo y el mismo presta su nombre a dos sendas calles en Plasencia y en Badajoz.
 
CACEREÑEANDO, EL BLOG DE JUAN DE LA CRUZ
NOTA: Para más información puede acudir al trabajo «GARCIA-MATOS, LA DEFENSA DEL FOLKLORE«, publicado en este mismo Blog.

 

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BANDERIN TIPICO DE CACERES (TORRE DE LOS ESPADEROS)

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Allá por los años sesenta con la expansión y revitalización del panorama turístico en España se puso de moda, entre otros, el coleccionismo de banderines con rasgos y características con algunas muestras y particularidades del lugar visitado por los foráneos. Como es el caso del banderín que se dedicó a Cáceres.

Entre esos lanzamientos coleccionable destaca una con banderínes, con determinadas, preciosas y muy coloridas estampas con referencia a las diferentes y muy variadas provincias españolas, sobresale, en medio de otras numerosas colecciones, la titulada PROVINCIAS DE ESPAÑA, de la Editorial Tem, que se divulgó en la década correspondiente a los años 60, con la creatividad, composición y dibujos de la misma a cargo del pintor Joan. Y con uno de ellos en la colección, naturalmente, dedicado a Cáceres.

El pintor, en esa largo recorrido histórico-artístico y costumbrista, que llevó a cabo por toda la geografía española, de norte a sur y de este a oeste, para configurar un esquema de relieve, se quedó profundamente impresionado de Cáceres, se enamoró del recorrido nocturno por las callejuelas y plazoletas y hasta llego a componer una larga diversidad de proyectos, con muy bellos contenidos en su interior.

Una elección nada fácil por cuanto todo el Casco Medieval de Cáceres refleja e irisa una impresionante manifestación de monumentos. Pero le quedó la duda de si proceder a las estampas más conocidas de la ciudad, como por ejemplo el Adarve, el Convento de San Pablo, la Iglesia de Santa María, el Palacio Episcopal, el Palacio de las Veletas, la Torre de Bujaco, el Palacio de los Golfines, la Cuesta de la Compañía, la iglesia de San Francisco Javier Javier, popularmente conocida de la Preciosa Sangre…

Finalmente y para proceder a la elección definitiva del banderín que se pondría a la venta y luciría por las tiendas turísticas y de recuerdos de la ciudad de Cáceres, tras ese recorrido y ese paseo, siempre cuajado de las más profundas emociones y sensibilidades, el pintor Joan y la dirección editorial se inclinaron por esta armónica composición el que podeis ver.

Y en la que convergen la Torre de los Espaderos, también conocida como de los Cáceres Andrada, que se alza y destaca sobre la sensibilidad de un bello cielo azul, el escudo, la identidad del letrero, con el nombre y la marca de Cáceres, la imagen de una pareja ataviada con la indumentaria tradicional de Montehermoso, con la de la moza, siempre una auténtica joya de relieve en la vestimenta típica cacereña, y que levanta la admiración de todos los que contemplan dicha indumentaria, se conforma un banderín que resulta, como podemos apreciar, una auténtica maravilla.

La Torre de los Espaderos, representativa de grandeza y distinciones de los linajes de la entonces villa de Cáceres, edificada en la calle Tiendas, junto a la Puerta del Socorro o de Coria, durante los siglos XIV y XV, de estilo cstellano-mudéjar, se conforma de planta cuadrada y dispone de un impresionante y muy artístico matacán esquinado hacia la puerta de Coria, es un elemento configurativo de la arquitectura que se alzaba en Cáceres en aquellos tiempos. Asimismo es de destacar que en la fachada se encuentra el escudo de armas que forma la identidad y el santo y seña de los Espaderos y que son dos espadas cruzadas con las puntas hacia abajo. Un matacán defensivo ante las fuerzas enemigas.

Una Torre, la de los Espaderos, que hoy se alza, en medio de una profunda belleza artística y amplio sabor histórico, con numerosas aventuras, rivalidades, banderías, amores y leyendas a su alrededor, hacia los cielos de la eternidad.

NOTAS: La segunda fotografía está captada de la página web del Ayuntamiento.

La última fotografía, que aparece a la izquierda de estas líneas, me la ha facilitado Dolores Silva, una cacereña y cacereñeadora de relieve, que conoce a base de bien, Cáceres, su historia, sus gentes, sus tradiciones y sus parajes y paisajes, con la hondura y el sabor de quien disfruta cacereñeando, y que está hecha en la tarde del 31 de mayo.

 

 

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